‘The Big Bang Theory’ llega tarde al final esperado en la 12ª T.


No es habitual que una serie supere las 10 temporadas. Cuando eso ocurre lo normal es que surjan dudas. ¿Es necesaria una duración tan larga? ¿Realmente los personajes tienen tanto interés? Y sobre todo, ¿se podría haber contado lo mismo con menos capítulos? Las respuestas dependen del formato, la frescura y la concepción inicial de la ficción. El caso de The Big Bang Theory es una buena muestra de que una buena serie es mucho mejor si es directa, sencilla y corta. O al menos, no alargada de forma artificial. Su última temporada, la número 12, es la prueba palpable.

Los 24 episodios de esta etapa final de la serie creada por Chuck Lorre (serie Dos hombres y medio) y Bill Brady (serie The Muppets) oscilan entre el humor original de esta ficción que ha puesto a los frikis en el mapa y el cansancio narrativo y creativo que han evidenciado las últimas tandas de capítulos. Porque hay cansancio, y mucho. Los personajes han llegado a un punto en el que, sencillamente, no pueden evolucionar más sin cambiar el sentido de la serie. Las situaciones cómicas, en muchas ocasiones, han dejado de tener gracia porque, de tanto repetirse, han perdido la frescura que las caracterizaba al inicio. Y los diálogos, siendo sinceros, tampoco es que hayan sabido adaptarse a las nuevas demandas de los espectadores. En cierto modo, la serie ha colapsado en un intento de evolucionar manteniendo sus rasgos iniciales (que no su esencia).

Y me explico. Muchos espectadores, yo entre ellos, defenderán que toda historia tiene que evolucionar si quiere resultar atractiva. Y es cierto. La mayor amenaza de cualquier relato es el inmovilismo. Pero… ¿qué significa evolucionar? En realidad, significa enfrentar a los protagonistas ante retos externos e internos que les obliguen a modificar su forma de entender el mundo y a sí mismos para poder superarlos, de modo que sean personajes diferentes a lo que comenzaron siendo. Pero con un matiz: nunca se debe cambiar tanto que cambie por completo el concepto dramático de la trama. Del mismo modo que nunca debe mantener demasiado de ese origen del que procede. Pues bien, The Big Bang Theory ha evolucionado tanto que el aspecto inicial de la serie se ha perdido. Los personajes han madurado, tienen una vida en pareja, familia, objetivos y retos diferentes. Sin embargo, sus creadores tratan de seguir presentándoles como aquellos científicos frikis aficionados a cómics, videojuegos y películas de ciencia ficción que se presentaron en sociedad hace ya tantos años.

El problema es que eso ya es inviable, y esa dualidad interna en todos los protagonistas no termina de resolverse. Hay momentos en que vuelven a ser esos niños grandes, pero en otros parecen unos jóvenes adultos asentados en una nueva etapa de sus vidas. Esto genera que algunos de los gags que en otras ocasiones podían resultar hilarantes ahora simplemente arranquen una sonrisa como mucho. Curiosamente, algunos de los mejores momentos los siguen protagonizando los secundarios que participan en la serie, muestra del interés que han ido perdiendo los protagonistas poco a poco. Los episodios, igual de cortos, se hacen más largos. Y hasta puede dar la sensación de que algunos personajes, a pesar de seguir siendo prácticamente iguales, han perdido algo de su esencia, precisamente por esa cierta falta de ritmo y humor que desprenden estos 24 episodios.

Al César lo que es del César

Todo esto, aunque evidentemente perjudica el desarrollo y la impresión general de The Big Bang Theory como serie, no impide sin embargo que el final de temporada y de serie sea bueno. Yo diría notable. Y es que a pesar de alargarse innecesariamente, la última etapa presenta una conclusión coherente con sus personajes, con los anhelos y deseos que han mostrado en la recta final de la ficción. Por ello, y aunque presente momentos que directamente se podrían suprimir sin que afecte al desarrollo de la historia, los últimos episodios se utilizan para cerrar todos los arcos argumentales de los protagonistas, respondiendo con un final feliz a cada uno de ellos. Al César lo que es del César, y a este grupo de amigos le corresponde una recompensa de la que, posiblemente, ni ellos mismos sean conscientes.

Sin desvelar absolutamente ningún detalle (salvo tal vez el que se ve en la fotografía, con los dos personajes recibiendo el Premio Nobel), sí se puede decir que el cierre de tramas principales y secundarias resulta interesante, sobre todo para ser una comedia de situación que comenzó de forma algo transgresora y ha terminado siendo un producto común aderezado con chistes científicos y el mayor de los frikismos. A pesar de los vaivenes de algunos personajes (uno de los motivos para que la serie haya bajado en interés), en líneas generales nos encontramos ante un cierre dramático tan previsible como bien ejecutado. Evidentemente, que nadie espere algo que no sea un ‘… y vivieron felices’, porque la serie no busca otra cosa, pero incluso ese final tan blanco como positivo hay que saber ejecutarlo, y los guionistas salen airosos de intentar levantar ligeramente, aunque solo sea para su final, el nivel dramático, cómico y de interés de la serie.

Lo que representa esta última temporada, en pocas palabras, es lo que ha ocurrido con toda la serie. Es decir, ha pasado por buenos momentos, por otros más tediosos, algunos brillantes y un desarrollo dramático y de personajes sin un objetivo claro, al menos no de antemano. La incorporación de secundarios, sin duda, es un claro aliciente que no solo insufla aire fresco al conjunto, sino que evidencia la fuerza mediática que ha adquirido esta sitcom. Pero ni siquiera ellos son capaces de eliminar esa sensación de estar viendo pocas novedades en la relación entre personajes y en la evolución de las tramas, más allá de momentos puntuales que es necesario modificar por ‘obligaciones de guión’. En este sentido, por tanto, lo que tenemos es una temporada 12 divertida a ratos (más que las dos inmediatamente anteriores), con desarrollo de algunas tramas y con una cierta incongruencia en algunas situaciones que viven los personajes.

Y eso es lo que ha sido The Big Bang Theory. En realidad, la serie fue toda una sorpresa y un fenómeno durante las primeras temporadas. La serie supo evolucionar correctamente durante un tiempo, introduciendo a los protagonistas en la edad adulta de forma progresiva y pausada, lo que además provocó numerosas situaciones cómicas y gags por los diferentes ritmos narrativos de cada uno de ellos. Pero la historia se estiró demasiado. Las situaciones comenzaron a parecer algo repetitivas; los personajes, todos ellos ya en la vida adulta, parecían perder frescura al tiempo que sus creadores querían mantenerlos jóvenes; y el humor se fue diluyendo ligeramente. No cabe duda de que esta comedia es el referente del género del siglo XXI, como Friends lo fue en su momento. Pero le sobran temporadas, y eso lastra ligeramente al conjunto. En todo caso, es innegable que, con sus fallos y sus aciertos, ese plano final de todos los personajes en ese salón que tantas cosas ha vivido es el broche de oro a una importante etapa televisiva. Y para muchos espectadores, es el final de toda una vida.

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11ª T. de ‘The Big Bang Theory’, comienzo de un final necesario


Prácticamente ninguna serie es capaz de soportar una duración demasiado larga. Las historias se acaban, los personajes no pueden reinventarse constantemente y, sobre todo, el espectador los llega a conocer demasiado bien. Y todo eso es lo que se está empezando a ver en The Big Bang Theory, la comedia de culto creada por Chuck Lorre (serie Mom) y Bill Prady (serie The mupptes). Y ahora que su duodécima y última temporada está a medio camino de su desarrollo, es conveniente hacer un repaso a lo que fue la undécima etapa, centrada mucho en el rol de Sheldon Cooper (Jim Parsons, visto en Figuras ocultas) y algo menos en el resto de personajes, con todo lo que eso conlleva.

Y lo que conlleva es un desequilibrio narrativo, dramático y cómico en muchos puntos del desarrollo de estos 24 capítulos. Posiblemente el mayor éxito de esta sitcom haya sido la dinámica entre los protagonistas. Pero una dinámica que, a pesar de las tramas individuales de cada uno, siempre involucraba de forma orgánica al resto. Dicho de otro modo, aunque cada personaje tiene su propio desarrollo argumental, las tramas episódicas tendían a involucrar a dos personajes, muchas veces ajenos a las parejas que se han ido formando con el paso de los años. Esto permitía gags algo inesperados (tampoco demasiado conociendo el carácter de cada miembro del grupo), pero sobre todo un ritmo mucho más quebrado, saltado de una trama a otra y uniéndolas gracias a que los personajes, en definitiva, se movían entre ellas.

Sin embargo, esta undécima temporada de The Big Bang Theory se ha convertido en algo sustancialmente diferente. Que sea mejor o peor queda al gusto de cada uno, pero de lo que no cabe duda es de que el ritmo cambia notablemente. Lo cierto es que el comienzo de estos episodios ya hacía augurar que la etapa se centraría en el rol de Parsons, toda vez que, no cabe duda, es el alma de esta comedia y los preparativos de su boda requerían de toda la atención posible. Pero lo que tiene una explicación menos lógica es que esto haya provocado, por ejemplo, que el resto de parejas hayan pasado a un segundo plano, no solo en cuestión de interés dramático, sino sobre todo en su profundidad narrativa. En otras palabras, sus historias episódicas no es que duren poco, es que se resuelven sin apenas conflicto. Y lo más importante, mientras que en anteriores temporadas algunos giros argumentales tenían efecto en capítulos posteriores, ahora sencillamente se opta por dar carpetazo en el momento.

Todo ello genera una limitación importante de la carga argumental de la temporada, dejando el protagonismo a Cooper y demostrando que una serie coral como esta, por mucho que haya un personaje más interesante o que sea el motor de la trama, necesita de todos los protagonistas para lograr sus objetivos y mantener el mismo nivel que hasta ahora se había mostrado. Cada uno en su medida, los personajes juegan un rol muy concreto, sobre todo si tenemos en cuenta que su evolución en más de una década ha sido, digamos, limitada. Por ello, reducir su participación o modificar su peso específico dentro de la trama sin que eso vaya acompañado de una serie de cambios en sus personalidades lo que provoca es un desequilibrio narrativo cuyo efecto más inmediato es que, a pesar de que sigan arrancando las carcajadas al espectador, los episodios dejan una extraña sensación de vacío e incluso cansancio.

Más de lo mismo

En efecto, otro de los principales problemas de The Big Bang Theory es la poca evolución de sus personajes. Bueno, es un problema y una ventaja, según se mire y, sobre todo, según se afronte por parte de sus guionistas. Porque el hecho de que los personajes mantengan sus debilidades, sus fortalezas y un carácter ‘friki’ en muchos sentidos permite mantener los conflictos y las dinámicas entre los personajes, recuperando en esta undécima temporada algunos momentos realmente hilarantes. Pero al mismo tiempo, la falta de tratamiento de las historias de pareja y, sobre todo, el aislamiento cada vez mayor que parece producirse entre los miembros del grupo, provoca que esa falta de evolución convierta a los roles en islas argumentales que, por sí solas, aportan poco interés al conjunto de la serie.

La mejor prueba de esto son los episodios en los que se intenta crear parejas argumentales diferentes para dotar a la ficción de nuevas dinámicas. Por ejemplo, las formadas por Sheldon y Bernadette (Melissa Rauch, vista en la serie True Blood), o la que forman los roles de Howard (Simon Helberg –Florence Foster Jenkins-) y Amy (Mayim Bialik –The Chicago 8-). Aun con las dinámicas cómicas que se producen a raíz de las personalidades de estos personajes, lo cierto es que no solo no tienen más recorrido que el episodio de turno (algo que no pasaba, por ejemplo, con el conflicto entre los compañeros de piso que definió las primeras temporadas), sino que no generan una influencia real en el resto de personajes ni en el resto de tramas argumentales.

Todo ello genera esa idea de estar ante más de lo mismo, ante una fórmula que debería haber terminado desde el momento en que los jóvenes ‘frikis’ logran construir sus vidas de forma independiente. El hecho de haber querido alargar esta historia de forma prolongada en un intento de mostrar cómo unos personajes a los que les cuesta cambiar afrontan etapas de la vida como la madurez o la paternidad puede resultar interesante desde un punto de vista dramático o analítico, pero desde luego genera un vacío cómico importante que, aunque es cierto que se tapa con algunas situaciones realmente hilarantes, no logra en ningún caso recuperar el espíritu con el que comenzó y evolucionó esta ficción en sus primeras temporadas.

Pero para gustos los colores. No cabe duda de que The Big Bang Theory es ya una comedia de culto, una sitcom de referencia para muchas generaciones. Y alcanzar la undécima temporada, con sus luces y sus sombras, es un logro al alcance de muy pocos. Su última temporada, ya empezada, supondrá el colofón a más de una década de humor, ciencia y frikismo, que por cierto ha logrado gracias a esta producción dejar de ser algo marginal. Puede que esta etapa haya sido algo más irregular, que no haya logrado mantener los delicados equilibrios humorísticos y narrativos que había formado, pero no cabe duda de que deja algunos momentos para el recuerdo. Es más de lo mismo, es cierto, y evidencia la necesidad de poner fin a la historia, pero mientras consiga arrancar carcajadas su objetivo, al menos uno de ellos, se habrá cumplido.

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