‘Arrow’ une pasado y presente en una 5ª T. con un futuro prometedor


Cinco años. Ese es el tiempo que la serie Arrow lleva entre nosotros. El mismo que su protagonista, interpretado por Stephen Amell (Ninja Turtles: Fuera de las sombras) estuvo presuntamente en una supuesta isla desierta sobreviviendo y adquiriendo sus habilidades. Y fruto de esa conexión es esta quinta temporada creada por Greg Berlanti (serie Political animals), Marc Guggenheim (Percy Jackson y el mar de los monstruos) y Andrew Kreisberg (serie Supergirl), cuyos 23 episodios podrían interpretarse como un repaso emocional, dramático y argumental de la serie que, nos guste o no, ha abierto las puertas de una nueva edad dorada para los superhéroes en televisión. Lo que cabe preguntarse es si, más allá de todo esto, la trama es correcta.

La respuesta debería ser ‘sí’, aunque con matices. Después de una cuarta temporada en la que se quiso llevar a los personajes a los rincones más oscuros y dramáticos, en algunos casos recurriendo a herramientas un tanto cuestionables que llevaron la trama por senderos poco acertados, esta etapa se revela como algo más serio, narrativamente mejor estructurado, con giros argumentales elaborados a fuego lento desde el comienzo de la temporada. Para empezar, el nuevo equipo del arquero esmeralda es toda una declaración de intenciones, una suerte de reinicio tanto del apartado visual como de la definición dramática del héroe, dispuesto a abandonar una forma de ser y de abrazar una nueva filosofía. Este punto de partida permite a sus creadores trabajar en un villano excepcional, una némesis idónea que trata de destruir dicha imagen, convirtiéndose en una representación física de esa lucha interna del héroe entre su violento y asesino pasado, y su salvador presente.

Esta idea del bien y del mal que subyace en el ADN de Arrow tiene en esta quinta temporada un discurso aún más reiterativo si cabe que en temporadas anteriores gracias a la presencia de más personajes y a que cada uno, en su trama particular, afronta esa dualidad interna. El caso más evidente, y posiblemente el más arquetípico, sea el de Felicity Smoak, de nuevo con los rasgos de Emily Bett Rickards (Brooklyn). Su presunto paso al lado oscuro para atrapar al villano resulta cuanto menos cuestionable, por no decir risible, teniendo en cuenta sobre todo que en estos años ha participado en decisiones y actos mucho más ilegales. Con todo, sí permite sentar las bases para una evolución del ‘love interest’ y poder salir de un callejón sin salida que parecía atisbarse en un futuro no muy lejano relacionado con este pilar narrativo. Dicho esto, su caso es solo uno de los muchos que nutren la imagen general que estos episodios transmiten, dotando entre todos de una solidez formal a esta temporada mucho mayor.

Comenzaba hablando de los matices a esta correcta y por momentos interesante trama. En efecto, aunque el desarrollo dramático termina resultando coherente y, hasta cierto punto, apasionante, a lo largo del camino el argumento se ha encontrado con varios escollos que ha salvado más o menos bien. Por ejemplo, varios personajes secundarios han entrado y salido sin ofrecer demasiado al conjunto de la historia, lo que lleva al espectador a olvidarlos con relativa facilidad, sobre todo en una temporada tan larga. A esto se suma la necesidad de conectar los diferentes universos seriéfilos creados a partir del arquero de Star City, y que ha llevado a introducir capítulos totalmente independientes que rompen el desarrollo natural de la acción, si bien es cierto que hay que reconocer que lo ocurrido en ellos ha tenido cierta influencia en algunos detalles posteriores. Sin embargo, esto no es suficiente como para que se produzca una integración natural, generando la sensación de estar ante imposiciones comerciales más que ante una apuesta dramática real.

De nuevo en la isla

Lo más destacado de la quinta temporada de Arrow es, sin embargo, esa especie de conjunción de pasado, presente y futuro que se plantea a lo largo de toda la temporada y que tiene su resolución acelerada en los últimos episodios. El hecho de llegar al quinto cumpleaños obligaba a sus creadores a estructurar la trama de modo que, por un lado, pudiera unir el tiempo que pasó (o no pasó, mejor dicho) en la isla con el comienzo de la serie, aprovechando esa circunstancia para abordar la evolución dramática del protagonista y acentuar más si cabe la diferencia entre el primer Oliver Queen y el presentado en estos episodios.

Guste más o menos, esté mejor o peor realizado, lo cierto es que se consigue, y aunque en ese logro tiene buena parte de responsabilidad tanto el villano como el tratamiento de los secundarios, como ya hemos mencionado, también es fundamental el escenario elegido para un final de temporada que deja un gancho dramático como pocos se han visto en esta serie. Posiblemente el último episodio sea el mejor de esta etapa, y lo es porque aúna en menos de 45 minutos todos los elementos ya mencionados: traiciones, la dualidad entre el bien y el mal en el interior del protagonista, un villano sádico hasta decir basta y, sobre todo, unos secundarios cuyas vidas quedan literalmente en interrogante. Es de suponer cuál será el desenlace una vez comience la sexta temporada, pero a pesar de todo genera la suficiente expectación.

Evidentemente, el hecho de que la conclusión se desarrolle en la isla de Lian Yu no es casual, pero incluso dejando a un lado las necesidades narrativas o dramáticas de la trama principal, el escenario tiene un marcado carácter simbólico y un significado que abarca absolutamente todo lo que la serie ha expuesto y explorado a lo largo de estas temporadas. Para empezar, el reencuentro de pasado y presente, tanto físico como psicológico. Y para continuar, la traducción al castellano del nombre es ‘Purgatorio’, muy apropiado para definir lo que vive el héroe en esta etapa. El análisis puede profundizar más si tenemos en cuenta que mientras que durante sus años desaparecido estuvo preocupado de salvarse a sí mismo, en esta ocasión todo lo que hace es por los demás, lo que de paso consolida la evolución del arquero. Si tenemos en cuenta que para derrotar al archienemigo de turno tiene que recurrir a aquellos a los que se enfrentó en ocasiones anteriores, el círculo se completa. Y así sucesivamente con la cantidad de detalles y matices, narrativos y dramáticos, que pueden apreciarse durante ese episodio 23 de la temporada.

Es cierto que Arrow había perdido algo de fuerza en las últimas temporadas. A pesar del dinamismo y la acción espléndidamente elaborada, la trama parecía haber caído en una suerte de bucle sin avanzar demasiado, salvo para presentar a un villano cada vez más difícil de derrotar. Puede que se deba, precisamente, a que era necesario rellenar el espacio hasta llegar a esta quinta temporada, una de las mejores en lo que va de serie. Esa sería una excusa un tanto débil, es cierto. Sea como fuere, la realidad es que las aventuras de Flecha Verde han vuelto a estar en un alto nivel, estructurando la trama desde el principio en un plan orquestado por un villano tan odioso como inolvidable. El significado moral, simbólico y dramático de lo visto en estos capítulos no solo eleva a la ficción a un nuevo nivel, sino que cierra una especie de ciclo narrativo que deberá ser sustituido por otra cosa, por otro ser. Ese interrogante, unido al gancho dramático del último episodio, es una de las cosas que sin duda ha dejado a los fans reclamando más.

‘Arrow’ ahonda en el drama y la oscuridad en su cuarta temporada


'Arrow' se enfrenta a su mayor enemigo en la cuarta temporadaParece mentira, pero ya son cuatro temporadas. Cuatro años en los que el género de superhéroes en la pequeña pantalla ha experimentado un crecimiento exponencial, y lo ha hecho tomando como base las primeras producciones, aprovechando su éxito para catapultar nuevos títulos. Y son cuatro años. Por aquel entonces Arrow llegó de la mano de Greg Berlanti (serie Eli Stone), Marc Guggenheim (Linterna Verde) y Andrew Kreisberg (serie Boston legal) sin demasiadas aspiraciones, tal vez para convertirse en una ficción de culto para los más acérrimos fans del personaje de DC Cómics. Pero no solo ha traspasado esa barrera, sino que se ha convertido en algo serio, algo más que personajes disfrazados, secuencias de acción y villanos muy, muy… villanos.

Los 23 episodios de su cuarta temporada confirman, de hecho, que la serie se atreve con todo. Aunque solo sea por ese comienzo en el cementerio, que presagia un giro dramático fundamental en la trama, esta etapa merece ser considerada como la más compleja desde un punto de vista dramático y narrativo. Su posterior desarrollo, con las limitaciones y carencias propias de la serie (y que siguen ahí sin visos de querer mejorar), confirma la idea de estar ante un reto interesante. Los creadores de la trama juegan en todo momento con la ventaja de conocer el momento, el lugar y la víctima que ocupa esa tumba, lo que aprovechan para dotar a la historia de numerosos giros argumentales de diferente intensidad e interés, pero que en su conjunto componen lo que toda historia debería ser: un crescendo dramático hasta el esperado clímax.

Pero esta nueva temporada de Arrow también ofrece otros aspectos a considerar dentro de esa evolución que ha vivido la serie. Para empezar, el cambio de nombre del personaje interpretado cada vez con más solvencia por Stephen Amell (Cerrando el círculo), así como su aspecto, ambos más próximos a la imagen de los cómics. Un cambio en principio simplemente formal que, en realidad, es la punta de algo mucho mayor. Aunque visualmente la serie ha mejorado en el tratamiento de sus secuencias de acción y en el diseño de sus decorados, la evolución más interesante se encuentra en el trasfondo emocional de los protagonistas. Unos personajes incapaces de dejar de mentirse a si mismos y a los que les rodean, que son incapaces de confiar ya sea por no herir a los que aman o por buscar el modo de enfrentarse a sus enemigos. Una complejidad que genera algunos de los momentos más dramáticos de la trama, y que desde luego aportan un aspecto más oscuro a la ficción.

A todo ello se suma, como es habitual, el trasfondo de la ya famosa isla en la que el personaje de Amell vivió varios años. Una isla “desierta” que estaba más poblada que Tokio, y por la que han pasado desde militares hasta, como es el caso, buscadores de poderes místicos. Pero todo vale, o al menos eso parece, para explicar el pasado de este arquero y los conocimientos que ha adquirido. Conocimientos, por cierto, que no se limitan a la isla, como ya se pudo comprobar en la anterior temporada. Y aunque el dinamismo que imprimen los saltos del pasado al presente ayuda en muchas ocasiones a la trama cuando esta se estanca en conflictos personales, empieza a resultar algo extraño, por no llamarlo de otro modo, que todo vaya a ocurrir en esa isla. En fin, cosas de la ficción.

Fuertes y débiles

Lo que desde luego deja clara esta cuarta temporada de Arrow es que la serie, a pesar de sus matices, es una historia de buenos contra malos, de héroes cuya fortaleza se mide no solo por los problemas personales que afrontan, sino por la fuerza de los villanos a los que se enfrentan. Y en esta ocasión, más que nunca, la magia está muy presente, lo que acentúa más si cabe esa dualidad del bien y del mal. El malo de turno, al que da vida espléndidamente Neal McDonough (serie Mob city), no deja de ser la encarnación del mal más absoluto, capaz de destruir lo que ama con tal de lograr sus propósitos. Y su fuerza, nutrida por las vidas que quita, no deja de ser el reto de un héroe que debe ahondar en su bondad para poder superarlo. Dicho de otro modo, el tradicional conflicto del bien contra el mal.

Pero estos 23 episodios también demuestran que la serie, como cualquier otra producción, tiene puntos fuertes y débiles. Afortunadamente, los creadores de esta ficción son lo suficientemente hábiles como para potenciar los primeros y disimular los segundos. Empero, esta etapa ha puesto de manifiesto que la producción tiende a un cierto melodrama carente de recorrido y en el que los personajes (y porqué no, los actores) no saben desenvolverse. Las idas y venidas de amistades, amores y relaciones familiares varias no hacen sino crear una suerte de trasfondo telenovelesco que hace flaco favor a la historia. Es cierto que es necesario para completar y dotar de más densidad a la serie, pero eso no quiere decir que no se pueda hacer de otro modo, o que al menos se opte por algo menos evidente.

El caso más palpable tal vez sea el de Felicity, papel interpretado por Emily Bett Rickards (Brooklyn) que ha pasado por todo, desde rupturas sentimentales hasta parálisis, pasando por dramas familiares y un reencuentro idóneamente producido en medio de una crisis que sirva para desvelar verdades y acercar posiciones. Pero es solo uno de los múltiples ejemplos. En cierto modo, esta temporada ha sido la más “familiar” de todas las que hasta ahora se han sucedido (y eso teniendo en cuenta que la familia siempre ha sido un pilar de la trama), pero lo ha sido de forma algo tosca en algunos momentos, con situaciones introducidas de forma poco natural y al albor de un dramatismo muchas veces innecesario.

Con todo, la cuarta temporada de Arrow vuelve a demostrar la buena salud de la serie. Tal vez no haya logrado alcanzar el nivel de otras etapas, pero en cualquier caso ha sabido avanzar en una historia a través de decisiones nada fáciles, con giros argumentales ciertamente arriesgados y, en todo caso, apostando más por la oscuridad que por la luz, al contrario que su protagonista. Eliminar, o al menos suavizar, las debilidades dramáticas supondrá, muy probablemente, una vuelta a un sendero de puro entretenimiento, de dinamismo y eficacia narrativa. Pero eso, por ahora, es algo secundario.

‘Arrow’ lleva la trama hasta sus últimas consecuencias en la 3ª T


Ra's Al Ghul es el principal villano de la tercera temporada de 'Arrow'.Ya lo comenté durante el análisis de la segunda temporada de Arrow, pero no está de más reafirmarlo. La serie sobre el enmascarado verde es a la televisión lo que la trilogía de Batman dirigida por Christopher Nolan (Interstellar) es al cine. La tercera temporada de esta producción creada por Greg Berlanti, Marc Guggenheim y Andrew Kreisberg (serie Eli Stone) ha confirmado que estamos ante una de las ficciones más completas, frescas y diferentes de la televisión actual. Y lo más importante: es capaz de reinventarse a sí misma y de servir como plataforma para todo un mundo seriéfilo cuyas consecuencias todavía estamos por ver.

Hablar de la complejidad de la trama y de la calidad de los personajes tal vez sea, a estas alturas, algo irrelevante. Estos nuevos 23 episodios logran mantener la tensión dramática de etapas anteriores gracias, sobre todo, a la absoluta falta de especulación con el género. Es una serie sobre superhéroes, sobre justicieros enmascarados, y sus creadores comprenden los límites y las posibilidades que eso conlleva. Gracias a unos roles fieles a sí mismos que logran evolucionar lo suficiente para no resultar repetitivos, la trama de esta temporada explora no solo caminos ya conocidos (el love interest del protagonista, la aparición de antiguos enemigos, etc.), sino que incorpora nuevas historias que se integran en el conjunto para modificar el mundo del protagonista de forma irremediable.

Y este es sin duda el gran acierto de Arrow. Estamos tan acostumbrados a que en estas producciones los villanos aparezcan y desaparezcan sin dar demasiadas explicaciones que cuando la trama se plantea para justificar todo este vaivén resulta sumamente interesante. En efecto, en esta tercera temporada recupera protagonismo el villano de la primera etapa, un John Barrowman (serie Torchwood) que vuelve a convertirse en uno de los mejores atractivos de la producción. Pero lejos de hacerlo con ansias de venganza su papel en la trama resulta refrescante en tanto en cuanto se dota al personaje de entidad propia, de motivaciones y objetivos que van más allá del simple enfrentamiento con el héroe de turno. Evidentemente, la forma de presentarlo tiene también una notable importancia, pues el espectador no descubre la esencia hasta el desenlace final, pero más allá de todo eso ofrece al desarrollo dramático de la serie en su conjunto una complejidad admirable.

La incorporación de un villano tradicional del Universo DC como es Ra’s Al Ghul, al que da vida estupendamente Matt Nable (Riddick), aporta la novedad a la historia y, sobre todo, un “más difícil todavía” que parecía imposible a tenor del final que tuvo la segunda temporada. Y lo hace, como casi todo en la serie, sin miedo a las consecuencias dramáticas que pueda tener su evolución. Lejos de pirotecnias, efectos especiales o espectaculares secuencias de acción (que las hay, y muy conseguidas), Berlanti, Guggenheim y Kreisberg optan más por las consecuencias de las acciones y decisiones de los personajes. Esto ofrece al espectador una sucesión de puntos de giro dramáticos que no dejan lugar para el aburrimiento en ningún momento. Sin desvelar demasiado a aquellos que todavía no hayan podido verla, esta temporada depara importantes sorpresas que sitúan la trama en un panorama incomparable para la cuarta entrega episódica ya confirmada.

El origen de todo

A lo largo de esta tercera temporada de Arrow no son pocas las ocasiones en que, ya sea a través de diálogos o de nuevos personajes, se deja patente que el personaje interpretado por Stephen Amell (Cerrando el círculo), quien por cierto tendrá un papel relevante en la próxima secuela de Las Tortugas Ninja, ha sido el origen de todo un universo en el que los héroes y superhéroes enmascarados tienen un papel protagonista. Es, de hecho, una de las líneas argumentales que sostienen la trama principal, ahondando en el debate personal y colectivo que se abre entre los protagonistas acerca de la responsabilidad para salvar la ciudad del héroe. Esto ha permitido, además, la aparición de nuevos héroes en la historia, alguno con serie propia (The Flash) y otros a punto de protagonizar la suya (Legends of Tomorrow). Coincidencia o no, el origen de ambos se produce en esta magnífica serie de la mano de sendas explosiones.

Pero más allá de estos detalles y de la unión de tramas entre las series de DC que actualmente están en curso, lo más interesante es el trasfondo dramático que esa idea de “el origen de todo” deja en la historia y sus personajes. Curiosamente, en esta ocasión el pasado de Oliver Queen no resulta tan relevante para esta idea, lo que no quiere decir que no tenga su repercusión en el desarrollo de los acontecimientos. En cierto modo, el componente dramático camina de la mano del componente puramente físico, nutriéndose uno de otro de forma mutua pero ofreciendo al espectador dos niveles diferentes de relato. Esto, en definitiva, no hace sino aportar un mayor grado de interés.

La temporada ha servido también para hacer un poco de limpieza entre los personajes. Quizá uno de los talones de Aquiles más peligrosos de la producción era que algunos secundarios tendían a quedarse estancados ante la falta de tiempo para desarrollarlos, generando un inevitable lastre respecto al resto. Era el caso, por ejemplo, de los roles de Willa Holland (Perros de paja) y de Katie Cassidy (Pesadilla en Elm Street), que parecían destinados a ser simples espectadores cuyo conocimiento de la realidad se antojaba casi incoherente. A lo largo de estos episodios ambos personajes evolucionan (alguno mejor que otro) para convertirse en verdaderos activos de la trama, dotándoles de una identidad secreta que les permita integrarse en el grupo de forma natural. Claro que para eso ha sido necesario el sacrificio de otros dos personajes. La idoneidad del cambio queda a gusto del consumidor.

Lo que está claro es que con este cambio y con la resolución final de esta tercera temporada de Arrow la serie ha dado un giro notable respecto al inicio de la primera etapa. Un cambio natural, obligado por el desarrollo dramático de los personajes y por el camino que ha tomado la propia serie, siempre dispuesta a explorar nuevos caminos que lleven a los personajes a tomar decisiones comprometidas. Tal y como queda el tablero de juego la cuarta temporada se antoja apasionante, sobre todo por poder comprobar cómo encajarán todos los cambios en la nueva trama y en los propios personajes. Si los creadores mantienen el criterio, la serie seguirá siendo uno de los productos más atractivos de la televisión.

‘Arrow’ logra superarse en su 2ª T uniendo pasado, presente y futuro


'Arrow' deberá enfrentarse a su mayor enemigo en la segunda temporada de la serie.Hace poco afirmaba en este espacio que las adaptaciones de cómics, novelas gráficas y superhéroes están viviendo una época dorada. Uno de los principales culpables de este fenómeno es la serie Arrow, cuya segunda temporada ha terminado hace menos de 15 días. La forma en que esta ficción ha abordado el tema de los héroes enmascarados recuerda mucho a la trilogía de El Caballero Oscuro, es cierto, pero en esta nueva tanda de episodios ha sabido ir más allá. Ha sabido encontrar un sentido propio, una identidad que la define no solo como un entretenimiento en estado puro, sino como una producción de calidad ajena a sus propias circunstancias.

Puede que muchos detractores no encuentren grandes diferencias entre la primera temporada y estos nuevos 23 capítulos. Y en cierto modo, la estructura narrativa es similar, con esos viajes al pasado del protagonista en una isla desierta o las investigaciones eventuales contra villanos arquetípicos. Pero quedarse en eso sería muy injusto para la serie, además de tremendamente parcial. Si algo define (y definirá a largo plazo) a esta temporada es su capacidad para superar sus propias barreras. La dramatización episódica ha dado paso, sobre todo a partir de la mitad de la temporada, a una concepción seriada, a una mayor continuación en las tramas principales y secundarias, y a una mayor profundización en los personajes. Esto, evidentemente, ha tenido sus pros y sus contras, de los que hablaremos más adelante, pero en líneas generales la serie ha sabido evolucionar notablemente, sobre todo en personajes y entramado emocional, lo que sin duda ha beneficiado al conjunto.

En efecto, la segunda temporada de Arrow ha ahondado más en los traumas del pasado del personaje de Stephen Amell (Cerrando el círculo) y cómo esto afecta a sus relaciones familiares, que encuentran en la tragedia uno de los momentos más impactantes y soberbios de la serie en general. Igualmente, la necesidad de ampliar el marco superheróico de la producción ha obligado a incorporar nuevos personajes, ya sean villanos y héroes, que lejos de restar fortaleza a lo visto hasta ahora han logrado consolidar la nueva estructura dramática, gracias fundamentalmente a que sus tramas secundarias han sabido encontrar nexos de unión con la trama principal, que para colmo tiene sus orígenes en los propios orígenes del personaje protagonista, un Oliver Queen del que Amell, por suerte o por desgracia, no va a poder desprenderse en mucho tiempo.

Pero la importancia de estos nuevos capítulos no se limita a una mayor complejidad dramática y emocional (siempre dentro de los marcos propios de una producción de estas características, no lo olvidemos). Ni siquiera tiene que ver con la espectacular puesta en escena y el elegante estilo visual de sus luchas cuerpo a cuerpo, cuya máxima expresión se alcanza en un episodio final simplemente apoteósico y perfecto. No, su verdadera importancia, aquello por lo que ha superado sus propias dimensiones, es el hecho de influir notablemente en el pasado, el presente y el futuro de todo un mundo ficticio generado a su alrededor. Al igual que ha hecho Marvel con sus películas y la serie sobre S.H.I.E.L.D. (y que está haciendo el director Zack Snyder con su Batman vs. Superman: Dawn of Justice), la serie creada por Greg Berlanti (serie Political Animals), Marc Guggenheim (serie Eli Stone) y Andrew Kreisberg (serie Boston legal) ha sido el entorno en el que nuevos superhéroes ha surgido con la intención de tener sus propias series, como es el caso de Flash, al que dará vida Grant Gustin (serie Glee) y cuya propia producción contará con el arquero enmascarado como modelo a seguir.

Grandes villanos

Aquellos que sigan la serie con asiduidad sabrán que uno de los pilares conceptuales de Arrow es que los errores del pasado siempre regresan al presente para ajustar cuentas. Esta temporada ha sido, en ese sentido, un modelo de estructura narrativa, sobre todo si atendemos a la forma en que los secretos y las consecuencias de los actos de los protagonistas se han desarrollado a lo largo de la trama. Para poder analizarlo, sin embargo, es necesario revelar algunos detalles que siempre intentamos ocultar en Toma Dos, por lo que sugiero que si usted, lector, no ha terminado de ver la serie, no siga leyendo. Una vez hecho el correspondiente aviso, retomamos el análisis para abordar esa idea que comentábamos antes acerca del pasado, el presente y el futuro.

Hay muchas teorías cinematográficas que afirman que toda gran película (léase serie o ficción audiovisual) debe tener un gran villano. La primera temporada contó con la inestimable presencia de John Barrowman (serie Torchwood), quien por cierto todavía tiene mucho que decirle al arquero verde, pero en líneas generales presentaba a un villano diferente en cada episodio, lo que a la larga hacía entretenida a la serie pero sin llegar a convertirla en nada más que un entretenimiento de alta calidad. Empero, la reconversión en villano del personaje de Manu Bennett (serie Spartacus), actor que parece haber nacido para este tipo de roles, ha aportado a las aventuras del superhéroe un grado más de complejidad, enlazando una vieja rivalidad con temas como la venganza, el odio o el dolor. Gracias a su aportación, la cual no parece que vaya a terminar con estos 23 capítulos, la serie alcanza un nivel superior al logrado en su presentación en sociedad, erigiéndose como un producto más cuidado en su arco dramático y en su factura técnica. La concepción de Bennett de Deathstroke eleva al personaje pro encima de los demás, incluido el protagonista, dotándole de numerosos matices que generan al mismo tiempo atractivo e inquietud.

Ni qué decir tiene que su sangre fría para torturar psicológicamente al protagonista es de lo mejor que aporta a la serie (el momento del asesinato de la madre es imprescindible), además de ese suero capaz de crear un ejército de superhombres cuyo resultado no es otro que un apocalíptico final por las calles de la ciudad. Su presencia, como decimos, eleva el tono general de la producción, permitiendo al resto de personajes, además, desarrollar algo más sus posibilidades. Claro que si hay una cara tan luminosa siempre tiene que haber una cruz algo más sombría, y esta la representa el personaje de Katie Cassidy (Pesadilla en Elm Street), no tanto por la actriz como por los guionistas, que relegan al rol a una evolución inconstante y carente de objetivo durante buena parte de la temporada. Sus problemas personales nunca logran encajar como deberían en el contexto de los acontecimientos a pesar de los intentos de integrarla, y eso se debe fundamentalmente a que nunca parece existir una utilidad para su presencia, sobre todo cuando el resto de personajes, en mayor o menor medida, aportan algo a la trama, aunque solo sean complicaciones.

De todo esto se desprende que Arrow es una serie magnífica. Y estos nuevos episodios lo son en su gran mayoría. Pero no hay que olvidar que estamos hablando de una serie de superhéroes. Si alguien pretende poner al mismo nivel a esta producción con, por ejemplo, True detective, que ni lo intente. Las aventuras de este arquero enmascarado han alcanzado un nivel singular, es cierto, pero siempre dentro de los márgenes que acotan el mundo de los superhéroes y los cómics. Por supuesto, ambas características no son antagónicas. La serie ha sabido sobreponerse a su propia imagen de producto distraído para ser la punta de flecha de una estrategia mucho mayor: la creación de un universo en la pequeña pantalla que, al menos en esta producción, tiene todas las papeletas para dejar huella.

Cómic en estado puro en la primera temporada de ‘Arrow’


Stephen Amell protagoniza la serie 'Arrow'.Con el paso de los años está siendo más y más evidente la influencia narrativa y dramática que la trilogía de ‘El Caballero Oscuro’ dirigida por Christopher Nolan (Insomnio) ha ejercido sobre ese particular género que es el cine de superhéroes. Y eso que solo han pasado 8 años desde el estreno de Batman Begins. Hasta ahora, dicha influencia era percibida únicamente en las salas de cine, pero la emisión de la primera temporada de Arrow en la televisión ha abierto el ámbito de influencia. La serie, creada por Greg Berlanti (serie Los increíbles Powell), Mark Guggenheim (serie FlashForward) y Andrew Kreisberg (serie Boston Legal) es una adaptación del cómic de DC Flecha Verde, personaje que guarda no pocas similitudes con el protagonista de la trilogía de Nolan y que, al menos en esta adaptación, posee numerosos puntos en común con las historias de otros superhéroes y, quizá lo más importante, es un cómic trasladado en esencia a la pantalla.

En concreto, el protagonista es un joven multimillonario que, tras ser rescatado de una isla desierta en la que sobrevivió durante más de cinco años, inicia una cruzada para limpiar su ciudad de criminales, tarea en la que utilizará a una serie de aliados. Evidentemente, el hombre que regresa no es el mismo que se fue, ni moral ni físicamente. Para lograr su objetivo utiliza una lista de nombres que su padre le entrega antes de morir y un disfraz similar al de Robin Hood, así como un arco con el que dispara todo tipo de flechas verdes modificadas.

Como suele ocurrir en este tipo de historias, lo más interesante no es la premisa inicial, sino la evolución de las diferentes historias que se dan cita alrededor del superhéroe. Y si bien es cierto que la producción no se caracteriza por una gran profundidad dramática, no es menos cierto que logra mantener el espíritu de cualquier historia de superhéroes, o dicho de otro modo no insulta al espectador. Los personajes, al menos en su gran mayoría, poseen un desarrollo limitado, siendo en muchas ocasiones algo arquetípicos: el joven vengador enmascarado, el interés romántico del protagonista, el compañero sensato y consejero, o la familia preocupada e ignorante de las actividades al margen de la ley. Pero más allá de todo eso, estos primeros 23 episodios poseen el interés necesario para seguir las aventuras sin realizar demasiadas preguntas, principalmente por poseer el conjunto una lógica interna que nunca se incumple.

Por otro lado, uno de los pilares más interesantes de la serie, al menos de esta primera temporada, es la alternancia constante entre presente y pasado, entre la lucha contra el mal y los acontecimientos que convirtieron en héroe a este joven náufrago. Estos dos relatos alternos, además de ofrecer una información mucho más detallada y una perspectiva más amplia de la trama, otorgan la posibilidad de centrarse en uno cuando el otro sea excesivamente débil, o de abandonarlo si lo exige el desarrollo del episodio, como de hecho ha ocurrido en alguna ocasión, manteniendo así el interés y un cierto nivel formal.

Un villano final

El arquero deberá hacer frente a un poderoso villano en la primera temporada de 'Arrow'.El otro gran interés de la trama de esta primera entrega ha sido la presencia de un villano que controla al resto de objetivos de este arquero verde. En este sentido, hay que remarcar que la temporada ha evolucionado desde una estructura episódica y autoconclusiva a una trama cuyo valor reside en la forma de afectar al resto de historias y de personajes. Lo que comienza como casos aislados que el héroe debe resolver termina por convertirse en una lucha contra un supervillano que amenaza con destruir la ciudad y que, además, controla al resto de villanos y posee muchas similitudes con el personaje de Norman Osborn, enemigo de Spider-man.

La forma en que se produce este cambio es lo realmente relevante, pues lo que comienza siendo una trama secundaria (o si se prefiere paralela) termina por adquirir protagonismo, hasta el punto de involucrar, como decimos, a todos los personajes protagonistas en la historia, provocando en el último episodio una serie de giros dramáticos algo sorprendentes en este tipo de argumentos, una de las pruebas más evidentes de la influencia que mencionábamos al inicio. Un cambio orgánico que se nutre de una previsión narrativa muy calculada y que permite a los responsables de la serie tener el tiempo suficiente de sentar las bases morales de cada uno de los integrantes de la serie.

Por supuesto, lo que no puede faltar es la acción y las diferentes secuencias de persecución y lucha. Con una factura técnica muy elevada, uno de los mayores atractivos visuales es comprobar cómo un arquero es capaz de acabar con varios enemigos a base únicamente de disparar flechas y golpear con su arco. En este sentido, los momentos de combate, sobre todo ese esperado final entre el protagonista y el villano Flecha Negra, son espectaculares. Casi tan espectaculares, de hecho, como ver el despliegue físico de su protagonista, un Stephen Amell (serie Sin cita previa) que aporta todo lo necesario tanto físicamente como dramáticamente hablando.

Al final, esta primera temporada de Arrow demuestra que en televisión no son todo médicos y abogados, dramas o comedias. También existe un hueco para las producciones más sencillas y directas, aquellas que buscan única y exclusivamente entretener al espectador y saciar el interés de los fieles seguidores de los cómics y los superhéroes. La serie lo consigue con creces, y aunque su evolución sea más bien limitada, tampoco cabe exigir más a este tipo de historias. El final de esta primera temporada, sin embargo, deja abierto un futuro incierto en el que, sin duda, deberán aparecer nuevos villanos y héroes. Todo sea bienvenido siempre y cuando mantenga el espíritu que la ha convertido en un producto digno de disfrutar.

‘Torchwood: Los hijos de la Tierra’, defender a los niños para salvar la Humanidad


El final de la segunda temporada de Torchwood, la serie derivada de Doctor Who, no solo dejó la puerta abierta a nuevas aventuras, sino que obligaba a presentar un cambio importante en la estructura del producto. La muerte de dos personajes importantes en los últimos episodios de la trama, unido al ataque contra la ciudad de Cardiff que revelaba la existencia de alienígenas en la Tierra, planteaba un nuevo terreno de juego que su creador, Russel T. Davies (Queer as Folk), podía aprovechar para dar un lavado de cara a la estructura narrativa de las temporadas o bien para mantener una línea argumental similar a las anteriores, es decir, con casos episódicos.

La opción elegida fue la primera, y a tenor del resultado final no podría haber sido mejor. Manteniendo ese estilo británico tan característico, y bajo el título Los hijos de la Tierra, esta tercera temporada se asemeja más a una miniserie propia que comparte con sus predecesoras a los protagonistas, pero que apenas contiene elementos de continuidad (una foto y algún que otro diálogo). Sin embargo, tanto el punto de partida como el contenido dramático del desarrollo presentan una fuerza narrativa que mantiene la línea ascendente de la segunda temporada, y que es muy superior a la de la primera entrega.

La historia comienza de forma contundente cuando los protagonistas asisten, al igual que el resto del mundo, a un fenómeno que involucra a los niños de todo el mundo: totalmente inmóviles, todos los preadolescentes del planeta empiezan poco a poco a avisar de la llegada de algo. Todo responde a una señal alienígena que el Gobierno ha ocultado durante décadas y que, ahora, muestra los pasos para construir una cámara ante la inminente visita extraterrestre. De forma paralela, y de cara a contener cualquier efecto secundario, las instalaciones de Torchwood son arrasadas, por lo que los tres protagonistas deben huir y comenzar una búsqueda propia para comprender lo que ocurre.

Más allá del dramatismo y la inquietud que genera ya de por sí ver a todos los niños haciendo lo mismo al mismo tiempo (y que recuerda en cierto modo a El pueblo de los malditos), el hecho de que los protagonistas se conviertan en proscritos y sean perseguidos como criminales confiere al conjunto un aspecto único, un cambio de registro tan inusual en las series de televisión como efectivo, pues es gracias a esta nueva situación cuando el espectador ahonda en todos y cada uno de los personajes, conociendo sus fortalezas y sus debilidades, sus límites y sus reacciones en momentos críticos.

En este sentido, y como ya hemos dicho, la fuerza dramática del conjunto crece de forma casi exponencial. Si en la segunda temporada la mayor carga dramática del conjunto recaía en Eve Myles (la protagonista Gwen Cooper), esta tercera temporada, que se podría decir sirve de bisagra entre lo anterior y lo que vendrá, centra su foco en el capitán Jack Harkness (John Barrowman), convirtiéndole en un personaje mucho más humano. Su implicación directa en la llegada alienígena o la crudeza de algunas decisiones que toma le dibujan como un ser más frágil por dentro de lo que se le presenta por fuera. No desvelaremos lo que ocurre, pero la forma que tiene de salvar a la Humanidad es, sencillamente, aterradora desde un punto de vista moral y emocional.

El debate de las clases sociales

Con todo, este Torchwood: Los hijos de la Tierra posee numerosos elementos que son ajenos al aspecto más fantástico, algunos positivos y otros negativos, pero todos ellos con el nexo en común de pertenecer a una reflexión social que, de un modo u otro, está a la orden del día. La presencia alienígena que centra la trama de esta temporada se realiza con el único propósito de llevarse al 10% de los niños del planeta con el objetivo de utilizarlos como una droga en otros planetas (al parecer, producen una sustancia química que hace sentirse bien a alguna que otra raza extraterrestre).

Dejando a un lado el tema alienígena, la serie británica plantea diversos debates muy interesantes, materializados en las discusiones gubernamentales que deciden sobre el futuro de los hombres. Una de ellas, y posiblemente la más importante, es si ese 10% de los niños deberían pertenecer a todos los estratos sociales o solo a aquellos marginales cuyos estudios demuestren que no aportarán nada a la sociedad. Por decirlo de una forma políticamente correcta, los argumentos que se dan en esa sala son de una hipocresía tan ruin que no sorprende mucho viniendo de políticos. A este respecto, la expresión de uno de los personajes ante este debate es muy significativa del rechazo que produce en el espectador.

El mero planteamiento de que la entrega se llevará a cabo sin luchar puede parecer muy reprobable, pero es una de las decisiones más realistas que puede contener una serie de ciencia ficción como esta. Al menos, mucho más que el órdago que lanza Harkness ante los alienígenas augurando una guerra en la que hombres y mujeres lucharán por proteger a sus hijos. Sí, es muy cinematográfico, pero no encaja con el devenir del resto de la serie, y es algo que queda patente con la consecuencia de semejante tontería: varias personas mueren (entre ellas, uno de los protagonistas).

En apenas cinco episodios, Torchwood: Los hijos de la Tierra da una vuelta de 180º al universo de la serie. Si la temporada anterior dejaba un escenario muy abierto, el final de esta no hace sino agrandar las posibilidades de cara al futuro: embarazos, huidas, sacrificios, … Todos los elementos para mejorar el drama están presentes en estos cinco capítulos, de los mejores de la serie y de la ciencia ficción de la pequeña pantalla.

‘Torchwood’ mejora su evolución dramática en su segunda temporada


La primera temporada de Torchwood, serie nacida como un spin off de Doctor Who, dejó sensaciones muy variadas. Considerada de culto por miles de fans en todo el mundo, muchas críticas, entre las que se encuentra este blog, consideraban esos primeros 13 capítulos muy irregulares, pudiendo haber ofrecido mucho más de sí. En todos los casos, empero, dejó la sensación de que se iba por buen camino, de que las próximas aventuras del capitán Jack Harkness y su equipo mejorarían. Y lo cierto es que así es. La segunda temporada presenta un mundo fantástico mucho más compacto, más integrado en el aspecto real del conjunto y con un componente dramático más desarrollado y atractivo.

En estos nuevos 13 capítulos la amenaza de la fisura temporal une de un modo u otro todo lo que ocurre alrededor del equipo de contención alienígena. A diferencia de la primera temporada, donde varios capítulos simplemente tenían como misión mostrar la dinámica de trabajo de los protagonistas, ahora los casos, mucho más elaborados en su complejidad, están relacionados con un hilo conductor que debería haber servido ya en los episodios anteriores como detonante de una historia más directa que evitase distracciones algo simplonas (caso de los caníbales).

Puede que Torchwood se tome más en serio en esta segunda temporada; puede también que haya tomado conciencia de serie independiente y no como complemento a Doctor Who (personaje que curiosamente es mencionado más veces en esta nueva temporada). Sea como fuere, lo cierto es que ha crecido en calidad narrativa y dramática, ha mejorado sus efectos digitales y, lo más importante, sus personajes se han vuelto, por así decirlo, más adultos. Prueba de ello es que la protagonista introduzca a su novio y futuro marido en la búsqueda de alienígenas, algo que debería haber ocurrido mucho antes.

Gracias al cada vez mayor protagonismo del personaje interpretado por Kai Owen (serie Rocket Man), la serie entra en un terreno nuevo y atractivo en el que la protagonista debe lidiar con su trabajo y su vida privada por igual, buscando un equilibrio que generará toda clase de problemas. Se evitan así algunas situaciones algo forzadas vistas en la primera temporada, incluyendo un borrado de memoria por unas decisiones erróneas.

Más drama y sexo, mucho sexo

Sin duda, y al igual que ocurrió en los primeros 13 episodios, el punto álgido de esta segunda temporada se alcanza en sus dos últimos capítulos, cuando personajes que han estado presentes de un modo u otro a lo largo de la trama adquieren una relevancia fundamental en el devenir de los acontecimientos. Un protagonismo que conlleva una tensión dramática como nunca antes se había visto en Torchwood, y que cambiará el panorama de la serie para siempre. Esta progresión dramática, claro está, no habría sido posible sin los puntos de inflexión que se dosifican a lo largo de los capítulos.

Puntos de inflexión, por cierto, que no solo están relacionados con la evolución de los personajes, mucho más interesantes ahora que en sus primeras aventuras, sino también con su pasado. Numerosos episodios encierran, ya sea de forma indirecta o mediante flash-backs, acontecimientos del pasado que ayudan a comprender las decisiones a veces difíciles que deben tomar los protagonistas, en especial Harkness. Igualmente, el hecho de que todos y cada uno de los miembros del equipo sea golpeado moralmente una y otra vez obliga a sus creadores a exponer tanto sus debilidades como sus fortalezas, lo que a todas luces no hace sino aumentar su presencia, mejorar la comprensión del espectador y, en última instancia, convertirlos en personas de carne y hueso, en personajes identificables. A esto ayuda, sin duda, la labor de los actores, mucho más serios en su trabajo de lo que estuvieron en un primer momento, sobre todo Eve Myles (A bit of Tom Jones?) y Burn Gorman (Los crímenes de Oxford).

Pero si algo define a esta segunda temporada es la sexualidad de sus personajes. Como se menciona en un momento de la serie, “siempre estáis pensando en el sexo”, y en cierto modo, es así. Cualquier tabú en torno a las relaciones de pareja de cualquier índole queda roto desde un punto de vista verbal y físico. Si ya en la primera temporada se deja entrever la liberación sexual que parecen tener todos los personajes, en esta segunda es algo patente y que influye, de un modo u otro, en las relaciones internas del equipo y en su forma de afrontar los casos. Esto no significa, empero que haya que clasificar la serie como homosexual, heterosexual o bisexual, pues sería encasillarla en un concepto que no se ajusta a la realidad.

La impresión general de esta segunda temporada de Torchwood es la de un producto más elaborado, mucho menos ligero en sus planteamientos de puro entretenimiento y enfocado de forma más directa hacia un objetivo que, es de suponer, se resolverá en las siguientes temporadas. Para aquellos que disfrutaron con los primeros 13 capítulos, los siguientes ofrecen todo un mundo más complejo por descubrir; para los que no, es la ocasión ideal de reconciliarse con la serie.

Primera temporada de ‘Torchwood’, la hermana pobre de ‘Fringe’


Quien más quien menos ha oído hablar de una serie de culto de la BBC titulada Dr. Who. Aunque de factura técnica algo pobre, el imaginativo mundo en el que mueve ese extraño personaje llamado simplemente El Doctor ha hecho que muchos aficionados a la ciencia ficción hallan encontrado un producto más que interesante. Por supuesto, hablamos del remake realizado en 2005 de otra serie con el mismo título y que por aquel entonces llegó a durar 26 temporadas. El caso es que todo esto viene a cuento porque uno de los personajes que apareció de forma más o menos asidua en un momento de la trama respondía al nombre de Jack Harkness. Su éxito fue tal que tenía que ser explotado de algún modo, y ahí entró la idea de realizar otra serie bajo el nombre de Torchwood, anagrama de Doctor Who.

Aunque es cierto que su creador, Russell T. Davies (guionista de Dr. Who), ya tenía en mente una serie similar antes de entrar en el equipo del clásico británico, lo cierto es que no se materializó hasta que éste se convirtió en un éxito. Tal vez por mantener la estética de la serie matriz, tal vez por falta de medios, esta serie sobre un equipo secreto que no responden ante nadie y cuyo único objetivo es salvar a la Humanidad de una brecha temporal por la que entran todo tipo de seres, repite en cierto modo las limitaciones visuales y narrativas, además de algunos actores.

Así, John Barrowman mantiene su personaje del Capitán Jack Harkness; Eve Myles (These foolish things) es Gwen Cooper, personaje que introduce este nuevo mundo al espectador (y que también tuvo un papel en la serie del Doctor); Gareth David-Lloyd vuelve a interpretar a Ianto Jones (igualmente, en Doctor Who); Burn Gorman (El caballero oscuro: La leyenda renace) es Owen Wilson; y Naoko Mori (Running time) es Toshiko Sato, que también tuvo una breve aparición.

Como suele pasar en este tipo de arcos narrativos, los 13 capítulos de la primera temporada presentan una irregularidad alarmante, centrándose demasiado en casos aislados que se intuye pueden tener relación pero que no encuentran una explicación en el resto del episodio. Alienígenas, caníbales, hadas, … cualquier asesinato relativamente extraño es digno de estudio por parte de esta especie de agencia secreta, pero ahí queda todo. Teniendo en cuenta que esta serie es de 2005, se puede decir que es la hermana fea (y pobre) de Fringe, con la que guarda más de una similitud.

Al igual que ésta, Torchwood está integrada principalmente por dos hombres y dos mujeres, con el añadido de un quinto miembro cuya presencia aumenta con el paso de la serie. Ambas comparten el objetivo de estudiar y resolver casos extraños, con criaturas a cada cual más desagradable y con fisuras espacio temporales de por medio. La principal diferencia, claro, estriba en el estilo visual, mucho más oscuro y sobrio la norteamericana, y más divertido y despreocupado la inglesa.

Evolución positiva

Dentro de este marco, en el que la evolución dramática de los personajes parece quedar relegada a los huecos que dejan los casos a resolver (y que provoca, por tanto, una desconexión con el conjunto), existe un elemento positivo que, posiblemente, es el que ha hecho que se hayan rodado varias temporadas. Como decimos, la mayor parte de esta primera entrega deambula por tierra de nadie, ofreciendo información confusa sobre algunos personajes, sobre lo que ocurre en Cardiff (ciudad protagonista de las aventuras) y, en general, sobre el conjunto de la trama. Sin embargo, estos primeros 13 episodios terminan con una especie de episodio doble en el que la trama no solo supera su carácter episódico, sino que se eleva por encima de la propia serie para absorber a personajes y sus situaciones particulares.

Más allá de la credibilidad que puedan aportar los actores (que todo hay que decirlo, podrían dar mucho más de sí), las situaciones en las que se encuentran cada uno de los protagonistas al final de la temporada lleva a pensar que la fuerza dramática y las consecuencias de sus decisiones tendrán un peso mucho más específico que el que tienen en esta primera parte. Sin duda, todo ello se debe, en primer lugar, a que el espectador no aficionado comprende algo más del líder del grupo, un personaje oscuro, con un pasado hermético que, afortunadamente, poco a poco va dejando entrever. Además, el hecho de que el mundo de Torchwood ya sea conocido ayuda a eliminar las malas sensaciones que dejó el personaje de Gwen Cooper, quien parece aceptar todos los fenómenos extraños con una rapidez y naturalidad asombrosas.

No es uno de los mejores títulos de la pequeña pantalla inglesa, pero la sensación al final de su primera temporada no es del todo negativa. La integración de las investigaciones con las situaciones personales y los romances termina por hacerse bajo un único parámetro tangible y visual como es una amenaza a escala global. En cierto modo, la serie crece en esta primera temporada, pasando de ser un producto relativamente infantilizado a un título más serio y elaborado… aunque sus efectos visuales y la integración del trabajo por ordenador siga siendo algo deficiente.

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