‘Escuadrón Suicida’, unos buenos malos… ¿o eran malos buenos?


Will Smith y Margot Robbie lideran el 'Escuadrón Suicida' de David Ayer.A tenor de las críticas recibidas, debo de ser de los pocos que defienden Escuadrón Suicida. Y la verdad es que no me arrepiento. Argumentos a su favor tiene, como también los tiene en su contra. Vamos, lo que le viene a pasar al 80% de las películas, y lo que prácticamente ocurre en todas las cintas de superhéroes. El problema, o al menos uno de los más importantes, de la cinta de David Ayer (Corazones de acero), no radica en la propia historia, sino en algo que va más allá de la película, y que tiene un nombre: DC Cómics. La reciente obsesión por juntar en pantalla a un grupos de personajes conocidos por los amantes de los cómics está llevando a esta compañía a hacer películas irregulares, de difícil narrativa, pero con mucha espectacularidad.

La verdad es que esta película con un plantel de actores más que notable merece un análisis más profundo que el de la mera crítica, de ahí este extenso texto. A David Ayer se le puede acusar de muchas cosas, pero desde luego no de lo principal en cualquier película de superhéroes/supervillanos: entretenimiento. Porque esta reunión de malos no tan malos (hay buenos que son peores) es eso, puro y sencillo entretenimiento. El que quiera buscar algo más puede que lo encuentre, pero saldrá mayormente decepcionado. Y la verdad es que la película no busca nada más. Secuencias brillantemente ejecutadas, un humor algo irregular pero efectivo, sobre todo cuando recae sobre Margot Robbie (La leyenda de Tarzán) y su ya imprescindible Harley Quinn, y algunos diálogos que permiten hacer avanzar la acción son las señas de identidad. Vamos, lo mismo que ocurre en Los Vengadores y cintas similares.

Quizá la mejor defensa para este argumento es que Escuadrón Suicida dura dos horas y apenas se nota, logrando superar los baches propios de la narrativa de forma más o menos solvente. Pero volvamos sobre el reparto, o mejor dicho sobre esa pareja formada por Robbie y Jared Leto (El señor de la guerra), un Joker menos alocado y más psicópata que sin duda eleva el tono del film cada vez que aparece… y se hace poco. Ambos personajes, sin duda los mejor definidos e interpretados, son el mejor ejemplo de cómo los secundarios (o protagonistas con menor peso en la trama) pueden terminar por arrebatar el protagonismo de una historia. Y este sí es un punto débil de la película, que abordaré a continuación.

Pero junto a ellos hay todo un grupo de actores solventes, disfrutando de sus respectivos papeles y demostrando que la película puede funcionar en todos sus aspectos. El desarrollo dramático conseguido por Ayer, aunque claramente diferenciado en dos partes, es lo suficientemente sólido como para componer un mosaico de aventura, acción y humor en el que cada personaje, al menos los principales, está definido no solo por sus motivaciones, sino por su pasado y por su personalidad. Otra cosa es lo que ocurre con el resto de secundarios y lo que cabría esperar de la cinta. En cualquier caso, no se puede negar que esta cinta es una pieza más en la construcción de ese mundo cinematográfico de DC, y personalmente creo que es una pieza interesante y atractiva.

Al humo de las velas

Pero seamos sinceros. Escuadrón Suicida no es una película perfecta. De hecho, posiblemente no sea de las mejores de superhéroes. Y varios son sus problemas, que en principio no afectan al disfrute de estas aventuras, pero que sí pueden resultar determinantes para un tipo de público, sobre todo el más especializado. Para empezar, y como comentaba al inicio, DC Cómics llega tarde. Más bien, llega al humo de las velas a esta especie de fiesta en que se han convertido las películas de superhéroes. Con un tono más oscuro que su eterno rival, Marvel Cómics, la compañía ha querido resumir en un par de películas los años de trabajo en la pantalla grande que lleva su competidora. Y eso pasa factura, en algunos casos más grande que en otros.

En la película que nos ocupa, esto se traduce en una necesidad de presentar a demasiados personajes en una sola historia. Si algo han demostrado este tipo de films es que presentar a más de un personaje en la trama (además del héroe, claro está) tiende a ser un problema narrativo más que evidente. Ha pasado con todos, desde Spider-Man a Batman. Y si eso es así, ¿qué puede ocurrir cuando son 10 los roles a desarrollar? Aunque la opción elegida por Ayer no es la peor de todas, desde luego deja muchas lagunas. Para empezar, divide claramente la historia en dos, impidiendo un desarrollo más o menos profundo de la trama principal y su respectiva amenaza. Además, el director y guionista se ve obligado a desarrollar únicamente a los principales, dejando al resto a su suerte y a tratar de resumir su historia en una sola frase, con suerte en una mínima secuencia. Esta idea, aunque efectiva, termina por desdibujar a este grupo de villanos, convirtiendo a muchos de ellos en arquetipos lineales con poca o ninguna diferencia entre ellos, salvo sus habilidades y su aspecto, claro está.

Y precisamente los villanos es otro punto débil de la cinta. Puede parecer irónico que una cinta que se basa en un grupo de malos tenga como debilidad precisamente eso, pero así es. El problema es la necesaria humanización de los personajes. Todos ellos, sobre todo los principales, deben tener un aspecto con el que se puedan identificar los espectadores. Y esto termina siendo un problema, amén de escoger a actor como Will Smith (La verdad duele), héroe por antonomasia del cine de aventuras moderno, para un asesino a sueldo que parece más una figura paternal para el resto de supervillanos. La película utiliza dos herramientas para esa humanización, a cada cual más peligrosa. Por un lado, convertir a los presuntamente buenos, y en general a todos los que les rodean, en más malos que los propios villanos. Y por otro, demostrar que todos los malos lo que buscan, en realidad, es una vida tranquila, sencilla y en paz.

Eso es algo que no funciona, al menos no como vehículo para demostrar que son villanos sin escrúpulos que pueden lograr la redención con sus buenas acciones por un bien mayor. Y no funciona porque, además de que parecen héroes en lugar de antihéroes, los buenos parecen demasiado inocentes. Algo que representa a la perfección el personaje de Joel Kinnaman (serie House of cards), quien comienza la cinta aparentando un desprecio hacia su escuadrón de villanos y termina por ser amigo de asesinos, psicópatas y monstruos. Y ni siquiera la muerte inicial de un miembro del grupo puede eliminar la sensación de que estos antihéroes son héroes; para eso ya se cuidan mucho de que el único que muere es aquel que no tiene casi ni presentación. El resultado final es que Escuadrón Suicida funciona como película de superhéroes, no de supervillanos obligados a hacer el bien. Funciona por su entretenimiento, aunque falla en algunos aspectos que para muchos pueden ser fundamentales. Ahora bien, se disfruta mucho, tanto de la acción como del humor, de su banda sonora y de la locura que imprimen al conjunto Leto y Robbie. Al final, como todo, la película funciona porque se encuentra en un punto intermedio. Y puede que ese sea el problema.

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‘True Blood’, contagio y enfermedad en una previsible temporada final


La enfermedad de los vampiros centra la séptima y última temporada de 'True Blood'.He de confesar que, a pesar de haber visto las siete temporadas de True Blood, nunca me he acercado a las novelas de Charlaine Harris que se encuentran en la base de la serie creada por Alan Ball (serie A dos metros bajo tierra). Tal vez debería haberlo hecho para tener una visión más completa de este fenómeno televisivo, pero lo cierto es que la producción es lo suficientemente sólida como para tener entidad propia. Sin embargo, a lo largo de las temporadas ha habido ciertas concesiones al dramatismo adolescente que los guionistas no han sabido, o no han querido, eliminar. La conclusión de esta magnífica serie en su séptima temporada es la guinda de ese pastel dramático que empaña un poco el desarrollo de toda la ficción, aunque no lo hace por los acontecimientos en sí, sino por el enfoque previsible de su desarrollo.

Si algo ha caracterizado a la serie a lo largo de estos años es su capacidad para abordar polémicas sociales. Lo que comenzó siendo una suerte de crítica al racismo, en contra de la homofobia y a favor de la diversidad ha derivado con el paso del tiempo en todo un arte interpretativo de las claves religiosas, fanáticas e incluso neonazis. Como colofón la trama se centra en una enfermedad que solo afecta a los vampiros, una especie de hepatitis que envenena sus cuerpos y sus mentes hasta volverles sádicos animales como paso previo a la verdadera muerte. Planteado en la temporada anterior, el tema podría haber dado mucho juego si se hubiese enfocado con la seriedad de la primera temporada. Sin embargo, lo que comienza siendo una reflexión sobre la actitud ante la muerte de unos seres que se consideran inmortales, poco a poco da paso a un enfoque trágico de la enfermedad, entregándose al más puro drama lacrimógeno en sus dos últimos episodios.

A esto habría que añadir el factor conclusivo de True Blood, que en este caso hace mucha mella en el resultado final. Los guionistas suelen aprovechar las temporadas finales para dejar todas las líneas argumentales cerradas, tratando de dotar de sentido a todos y cada uno de los personajes. Lo que hace Ball y su equipo en esta ocasión, empero, es algo tosco y previsible. Puede que durante los primeros compases de la temporada, sobre todo en ese primer episodio que comienza de forma salvaje y brutal, la confusión sorprenda al espectador, pero a medida que se avanza en los 10 episodios que dura esta última entrega las intenciones de los responsables se intuyen hasta volverse completamente visibles. Que mueran determinados personajes no es sino una de las formas más antiguas de eliminar un obstáculo hacia un fin mayor. Y traer de vuelta a roles como el de Hoyt , al que da vida Jim Parrack (El último deseo), con una novia del brazo puede generar no pocas sospechas, que sin duda se tornarán certezas antes del último fundido a negro.

Pero más allá de su aspecto narrativo, esta séptima y última temporada deja una serie de ideas notables en la mitología vampírica, manteniendo así la sintonía con etapas anteriores. La propia enfermedad, sin ir más lejos, es un caldo de cultivo perfecto para mostrar, por ejemplo, la fragilidad de estos seres que se antojan todopoderosos. Sus febriles recuerdos de su vida humana, sus pesadillas o su “sentimiento humano”, como se menciona en la serie, ofrecen al espectador una reinterpretación de los estados más críticos de una enfermedad grave. Del mismo modo, es la enfermedad la que provoca el frente común entre humanos y vampiros, y es también la responsable de la locura y la intransigencia de los sectores más fanáticos de la sociedad. Todo ello ofrece un marco perfecto que deja una serie de premisas interesantes en el aire que rodea al drama que antes mencionaba.

El final feliz de unos personajes sufridores

Sin duda, lo más chocante de este final de True Blood es el hecho de que todos los personajes, al menos los principales, logran su final feliz tras temporadas y temporadas de dolor, sufrimiento y miedo. La imagen final de los protagonistas sentados a una larga mesa para compartir una comida es buena muestra de que existía la necesidad de dar a los roles de Anna Paquin (El piano) y compañía algo de sosiego en medio de todo este caos. Eso sí, un final feliz que llega después de uno de los momentos más dramáticos de toda la serie, visceral y sangriento tanto visual como conceptualmente, y que aquí no desvelaremos. En general, todos consiguen lo que quieren, aunque algunos lo hacen de una forma más natural que otros.

Entre los primeros están, sin duda, Eric y Pam, los personajes de Alexander Skarsgård (The East) y Kristin Bauer van Straten (Life of the party). Tal vez porque son los mejores personajes de la serie, tal vez porque han sido los que han recibido un trato más sincero a lo largo de las temporadas, el caso es que su evolución a lo largo de estos 10 capítulos es una de las mejores bazas de la temporada. Su obsesiva búsqueda de una cura para la enfermedad y su natural tendencia a dominar a aquellos que tienen más cerca les lleva a convertirse en dueños y señores de un final tan irónico y estremecedor como ellos mismos, y que incluye una Sangre Nueva que bien podría ser la excusa para otra producción. Puede que algunos acontecimientos se precipiten en exceso, pero en líneas generales poseen la mejor línea argumental.

No solo es mejor que otras secundarias, como la que protagonizan Ryan Kwanten (Mystery road), Deborah Ann Woll (Ruby Sparks) y el ya mencionado Parrack, sino que es incluso mejor que el drama que vive la protagonista, cuyo periplo en esta última entrega es incluso más caótico que en etapas anteriores. En efecto, lo que acontece en la trama principal que gira en torno a Paquin es una sucesión de situaciones previsibles que se encaminan a dejar su futuro en perfecta situación de felicidad, aunque para ello deba llorar unas cuantas veces. Hay que incidir aquí en el hecho de que lo visto en pantalla no es, en sí misma, una mala propuesta. El problema surge por la debilidad de su presentación. Más o menos como le ocurre al trío romántico de Kwanten, Ann Woll y Parrack, que puede saborearse casi desde el primer momento en que el último hace acto de presencia de nuevo en la serie tras unas cuantas temporadas alejado.

True Blood termina de forma agridulce. Los intentos de Alan Ball por dotar a la serie de una conclusión madura y seria son loables, y la trágica imagen previa a la dicha absoluta así lo confirma. Del mismo modo, los ecos socioculturales de esa hepatitis vampírica, que pueden identificarse con varias enfermedades reales, dotan al conjunto de ese aire oscuro y sobrio que tan buenos resultados ha dado a esta ficción. Sin embargo, la sensación de estar ante una tragedia romántica en la que los buenos siempre acaban bien y los malos acaban mal nunca desaparece. Que determinados personajes cambien su forma de ser casi por arte de magia es algo que no encaja con el sentido general de la trama. Asimismo, la falta de pulso en el desarrollo de algunas líneas argumentales resta interés a los personajes, que se antojan más como herramientas para el final feliz. Pero como reza el último episodio, ante una serie como esta solo cabe decir: “gracias”.

Diccineario

Cine y palabras

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