6ª T. de ‘Orange is the new black’, el cansancio de la cárcel


Hay series que se alargan innecesariamente por motivos ajenos a la propia historia. Pero hay series cuya historia llega un punto en el que se hace del todo irrelevante y obliga a replantearse muchas cosas, dramáticamente hablando. Este último caso es el de Orange is the new black. La serie comenzó con una clara protagonista para derivar en una producción coral. Pero una vez conocido el trasfondo emocional de los principales personajes, tocaba evolucionar de nuevo. El problema es que esta ficción de Jenji Kohan (serie Weeds) lo ha intentado hacer en su sexta temporada sin demasiado éxito, acentuando sus puntos débiles y perdiendo buena parte del interés generado por estas chicas en las anteriores etapas.

Y eso se deba, posiblemente, a que los cambios producidos en estos 13 episodios vienen motivados únicamente por un cambio de escenario a una cárcel de mayor seguridad, todo ello tras los acontecimientos del motín de la quinta temporada. Más allá de los nuevos personajes, sobre los que hablaremos más adelante, resulta especialmente llamativo cómo la trama construida sobre los miedos, las sospechas y los remordimientos de este grupo de presas queda en un segundo plano ante otras historias a priori más secundarias, pero que terminan por acaparar toda la atención. Esta extraña dinámica dramática desequilibra por completo la estructura de la serie, que en muchos momentos no parece tener un objetivo claro. En el fondo, lo que hace es jugar contra los sentimientos del espectador y, lo más importante, contra sus propios planteamientos, pues tras exponer varios conflictos decide resolverlos por la vía rápida, sin ahondar muchas veces en las consecuencias reales que pueden tener.

Esto se traduce en que la sexta temporada de Orange is the new black no logra emocionar ni entretener tanto como podría esperarse. El grupo de presas protagonista pierde fuerza dramática, diluyéndose en un grupo mucho mayor en el que, eso sí, hay algunos roles de lo más interesantes, entre ellos esa rivalidad casi ancestral entre dos hermanas que llevan toda su vida entre rejas. Si a esto sumamos otra serie de líneas argumentales secundarias planteadas casi como si de los preparativos de una guerra se trataran, obtenemos un panorama en el que las reclusas ya no se dividen por razas, sino por zonas y por las líderes que escogen. Con todo, el tratamiento de este aspecto en ningún momento ahonda en los sentimientos, las motivaciones o los objetivos de las implicadas, lo que al final termina quedándose como una suerte de contexto dramático para una trama protagonista carente de garra.

Esta penúltima temporada (la anunciada séptima finalizará esta historia carcelaria) demuestra además algo que podía haber pasado desapercibido previamente, y es el papel que juegan el resto de personajes alrededor de las presas. Me refiero, evidentemente, a los vigilantes y los gestores de la prisión. La relevancia de los primeros queda patente ante la suerte de parodia en la que se convierten los nuevos personajes, alejados del cierto dramatismo y fatalidad, incluso dentro de su comicidad, que desprendían los primeros. Ni siquiera esa idea de que juegan con la vida y el destino de las reclusas logra eliminar la sensación de estar ante una versión suavizada de lo visto previamente, sobre todo de esa cuarta temporada más radical. Y respecto a los segundos, la dinámica establecida al quedar integrados en las principales tramas se elimina al convertirse más bien en una especie de vehículo muy secundario para algunos de los arcos argumentales, quedando patente que sus propias historias, de forma independiente, no resultan demasiado atractivas.

Nuevas caras

A pesar de todo, la serie ofrece nuevos rostros que nutren notablemente la historia. Al duelo de las dos hermanas ya mencionado, que termina por fagocitar al resto de tramas, se suman otros secundarios que, en realidad, llevan buena parte del peso dramático de la historia. Y es que la estructura narrativa, caracterizada en sus inicios por dedicar cada episodio al pasado de una de las presas, ha ido perdiendo esa frescura poco a poco, sin duda por el conocimiento de los personajes. Por eso, la presencia de nuevas actrices, nuevos personajes y nuevos pasados que narrar ofrece un renovado punto de vista a la trama, definiendo claramente los nuevos comportamientos y estatus que se manejan en esa cárcel. Y ofrece también, por tanto, una nueva dinámica entre las protagonistas, que deben hacer frente a los hechos pasados más recientes y a su nueva situación.

Esta dualidad es posiblemente la más interesante de toda la sexta temporada de Orange is the new black. El problema es que su desarrollo es tan intermitente que termina perdiendo interés, y solo hacia el tercio final de estos 13 capítulos adquiere especial relevancia. En efecto, las traiciones entre las presas, amigas de años entre las paredes de una prisión, aporta al tratamiento dramático un aliciente muy atractivo, pues genera un punto de inflexión en lo visto hasta ahora, donde los grupos formados parecían ser familias que luchan juntas. Ahora, los peligros personales de cada reclusa a raíz del motín son la brecha que divide estos clanes, poniendo al descubierto las debilidades de cada una y el modo en que actúan ante la adversidad. Todo ello puede entenderse como un gran punto de giro dramático en el análisis global de toda la serie, y en el caso concreto de la temporada es un motor narrativo que, sin embargo, no termina de aprovecharse en toda su magnitud.

Y este es precisamente el gran problema de esta etapa. A pesar de contar con ingredientes a priori atractivos, el tratamiento en su conjunto es sumamente irregular, centrándose en demasiadas ocasiones en elementos que podrían ser secundarios y obviando el potencial de muchas tramas y personajes. Tal vez todo se deba al hecho de que, en producciones corales de este tipo, dividir y dispersar a los personajes obliga a abarcar más espacio no solo físico, sino también dramático (cada uno de ellos necesita de una historia propia, y es difícil que compartan arco argumental con el resto de protagonistas), lo que a la larga impide un seguimiento adecuado de cada historia. La mejor evidencia de todo ello es que existen varios personajes interesantes que, ante la poca fuerza de las protagonistas, se hacen con el control de la trama. Eso no impide, claro está, que no haya momentos dramáticamente intensos, pero en líneas generales se confirma una tendencia descendente en la fuerza de los personajes y el tratamiento del argumento.

Dicho esto, Orange is the new black afronta su última temporada con muchas dificultades. El último episodio de la etapa que aquí analizamos deja a los personajes que hasta ahora habían protagonizado la serie mucho más separados, con todo lo que eso conlleva. Será necesario, por tanto, encontrar un arco narrativo lo suficientemente sólido como para sostenerlo. Eso, y abordar con más intensidad el devenir de algunos de los personajes, algunos de ellos perdidos en esta temporada en una intrascendencia que resulta alarmante. El caso más evidente es el de la protagonista interpretada por Taylor Schilling (Take me). No es que la labor de la actriz sea mala, sino que su personaje es tan limitado que se ha convertido casi más en un secundario que en motor de crecimiento narrativo, como demuestra la trama que se le ha dado en estos episodios en un intento de reintegrarla en los elementos más relevantes de la serie. La ficción de Kohan entra en su recta final, y lo hace con un cansancio evidente.

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‘Orange is the new black’, reivindicación y denuncia en su 5ª T.


La evolución de Orange is the new black es cuanto menos interesante desde un punto de vista narrativo y de construcción de tramas. Lo que comenzó siendo una serie carcelaria de mujeres con una clara protagonista se ha convertido en una producción coral con muchos y atractivos personajes entre los que, curiosamente, se ha diluido por completo el personaje de Taylor Schilling (Noche infinita), con el que comenzó todo hace ya cinco temporadas. Y aunque en líneas generales siempre ha existido un tratamiento dramático con un trasfondo de denuncia social, en los 13 episodios de esta quinta etapa esa denuncia del sistema penitenciario y la reivindicación de los derechos de presos y presas es más acusado que nunca.

Y es que, con una historia concentrada en unos pocos días y con un motín como contexto narrativo, la creadora Jenji Kohan (serie Weeds) compone un universo en constante evolución en el que la tensión se nota en casi cada plano. Una tensión combinada con el ácido humor del que siempre ha hecho gala la serie pero que, en esta ocasión, dispara de forma indiscriminada contra cualquier personaje, tenga la condición que tenga. Así, los momentos más dramáticos, siempre en torno a la muerte del personaje que da pie al motín, se mezclan con situaciones de lo más irónicas y surrealistas, desde el secuestro de los rehenes y lo que hacen con ellos, hasta los problemas existentes entre los diferentes clanes dentro de la prisión. Este tratamiento cómico-dramático, al fin y al cabo presente durante toda la serie, genera algunos momentos sumamente divertidos a la par que preocupantes, manteniendo en definitiva el espíritu de esta producción.

Sin embargo, el carácter reivindicativo de Orange is the new black está mucho más presente, sobre todo en el tramo final de la temporada. Y lo está por muchos motivos. Más allá de la negociación entre presas y responsables de la penitenciaría, la serie pone el foco en diversos aspectos sociales que enriquecen el desarrollo de la historia como tal. Por un lado, el trato inhumano e insensible con el que se mantiene a las presas, no tanto por el poco espacio en el que conviven sino por la falta de tacto después de que una de ellas haya muerto aplastada por un guardia. Por otro, el hecho de que todo esté en manos privadas hace que solo interesen los beneficios, con el impacto que eso tiene en la vida entre rejas de estas mujeres. Pero es que además, y esto puede que sea más importante, se aprecia una falta de interés del sistema en reintegrar a estas personas. Los intentos de construir algo parecido a una sociedad dentro de la cárcel, en la que el intercambio entre productos fabricados por las presas sea la base del buen funcionamiento, se vienen abajo al no existir una integración real entre los diferentes grupos, lo que invita a pensar en las dificultades de reintegrarlas en la sociedad.

En este sentido, es interesante establecer el paralelismo entre los distintos comportamientos que se producen dentro de la prisión entre las internas, y cómo todos ellos derivan de un único acontecimiento en el que, eso sí, estuvieron todas unidas casi por primera vez en toda la serie. Desde aquellas que quieren evitar el conflicto a aquellas que quieren controlarlo; desde las presas que solo quieren paz en un rincón apartado hasta aquellas que provocan más y más caos. En este pequeño microcosmos están representados absolutamente todos los comportamientos, todos los modos de afrontar y aprovechar un motín como el que narra esta quinta temporada. Y tal vez sea por la falta de coordinación, o simplemente que era algo que tenía que pasar, pero lo cierto es que el desenlace es uno de los que más posibilidades de futuro ofrece a esta ficción si se sabe aprovechar.

Torre de Babel

Como mencionaba al comienzo, la desaparición del protagonismo de Schilling en la trama ha abierto las puertas a una verdadera “Torre de Babel” en la que varios personajes han ido asumiendo más y más peso dramático. Y si bien esto es algo positivo dado que la primera protagonista no es, ni de lejos, tan interesante como otros roles más o menos secundarios, también genera varios problemas narrativos que a lo largo de las cinco temporadas de Orange is the new black se han tratado de forma irregular.

En el caso de esta quinta etapa el tratamiento ha sido realmente interesante. A pesar de un ritmo intermitente, la trama se ha apoyado sobre los personajes más importantes, que han adquirido una mayor responsabilidad dramática y han salido airosos de la prueba. Asimismo, el hecho de que el argumento se haya desarrollado en varios núcleos claros en los que transcurre prácticamente toda la acción ayuda a ubicar tanto temporal como espacialmente el grueso de una trama mucho más condensada y con un objetivo más claro que el de temporadas anteriores. Todo ello conforma un arco argumental cuyo planteamiento, nudo y desenlace son más evidentes, más directos y, en cierto modo, más tradicionales de lo que esta serie nos tiene acostumbrados, lo cual no resta un ápice a la ironía ni al carácter de los personajes. Al contrario, los potencia, lo que debería hacer reflexionar sobre el rumbo que debe tomar la serie en lo que a tratamiento y estructura narrativa se refiere.

Y es que a diferencia de las anteriores temporadas, el hecho de desarrollar la trama en poco tiempo, siempre con un tema claro como telón de fondo y con la necesidad de encontrar una salida correcta al conflicto planteado, permite a su creadora centrar la atención y acotar la narrativa a las protagonistas de siempre, cuyas particularidades se potencian gracias a estas limitaciones espacio-temporales. Es evidente que la temporada puede tener (y de hecho tiene) altibajos de ritmo y de interés, sobre todo por la introducción de algunas tramas secundarias que, aunque divertidas, aportan poco al conjunto salvo definir algo mejor el universo de la serie. Pero con todo y con eso, la temporada se erige como una de las más completas.

De hecho, y aunque para gustos se hicieron los colores, esta quinta etapa de Orange is the new black posiblemente sea la más completa en lo que a contenido dramático se refiere. El acontecimiento que da lugar al motín, el desarrollo del mismo, los hitos dramáticos y los puntos de giro convierten a estos 13 capítulos en los más intensos de la serie. Tal vez no los mejores, pues parte de su tratamiento puede resultar algo caótico o irregular, pero sin duda los más complejos. Y su final, abierto como siempre pero con muchos más interrogantes, es la guinda perfecta de un pastel que ha cambiado su receta para tener un sabor más intenso. La duda que queda ahora es si esto tendrá una continuidad en el futuro o se volverá al caos resuelto en un puñado de episodios que venía siendo hasta ahora.

‘Orange is the new black’ confirma su apuesta desordenada en la 4ª T.


Es justo reconocer que Orange is the new black ha sabido reinventar su fórmula para, con los mismos personajes y el mismo contexto dramático, convertirse en algo completamente diferente a lo que se planteó en su primera temporada. La llegada de la, en teoría, protagonista a la cárcel de mujeres ha dado paso a una ficción coral en la que cada vez más personajes tienen relevancia en la trama. Pero su cuarta temporada confirma otra idea que tal vez sea menos positiva, y es el hecho de que todos estos personajes provocan un errático avance argumental que puede jugar en contra de esta producción creada por Jenji Kohan (serie Weeds).

Ya ocurrió con la anterior temporada. Los 13 episodios que conforman esta cuarta etapa poseen el denominador común de no tener denominador común, salvo tal vez el hecho de transcurrir en una cárcel y la llegada de un grupo de guardias a cada cual más tirano. La ausencia de un desarrollo dramático con cierta continuidad de un episodio a otro provoca la sensación de estar ante una ficción sin un objetivo claro, sin una línea argumental que se nutra de otras secundarias y que el espectador pueda seguir de forma más o menos nítida.

El resultado más inmediato de esta apuesta por el caos que hace Kohan es la pérdida de interés. La cuarta temporada de Orange is the new black posee numerosas depresiones de ritmo y narrativas que invitan a desconectar demasiado a menudo de la trama principal, que existe escondida en un bosque de líneas argumentales secundarias. La falta de una conexión clara, unida a que algunos episodios se olvidan de conflictos planteados previamente solo porque hay que dar cabida a muchas historias, invita a perder el rastro de lo realmente importante, amén de que algunos personajes principales de anteriores etapas no hacen acto de presencia hasta bien entrada la temporada, lo que acentúa la sensación de desconexión con lo visto hasta ahora, sobre todo si no se recuerdan determinados detalles.

Todo ello, como digo, provoca un cierto vértigo y, en algunos casos, incluso hastío. Pero al igual que ocurriera en la anterior etapa, todo esto enmascara en realidad una línea argumental que resulta interesante si se observa con cierta distancia y de forma global. Y, como analizaremos a continuación, conduce a un final tan atractivo como complejo, tan significativo como indispensable para cambiar el futuro de la serie de un modo irrevocable. Es precisamente ese final el que revela que existe algo más que tramas secundarias unidas por los personajes, y es el que evidencia que tras todo el caos se esconde una historia profunda.

Drama, mucho drama

A pesar de las apariencias, y de que el humor ácido es una tónica habitual de la serie, Orange is the new black posiblemente haya alcanzado su techo dramático en esta cuarta temporada. Claro que con el episodio final se deja la puerta abierta a un tratamiento dramático mucho mayor, pero en líneas generales estos 13 capítulos se confirman como los más difíciles para los personajes protagonistas. Bandas raciales, torturas (entre presas y por parte de los vigilantes) e incluso una muerte son algunos de los hitos dramáticos de esta etapa. Muerte que, sin desvelar a quien afecta, debe ser entendida como un recurso narrativo necesario para dar un giro argumental a todo el planteamiento.

Incluso la pérdida de protagonismo del personaje de Taylor Schilling (Noche infinita) está mejor integrada en el conjunto de la serie, ya sea por el caos de tramas a su alrededor o porque ha encontrado su hueco entre tanto personaje mucho más interesante. Personalmente me decanto por la segunda opción. Sea como sea, lo cierto es que su falta de protagonismo (y de carisma en algunos casos) ha permitido a la trama centrarse en el pasado de muchos roles, continuando de este modo la estructura dramática que tanto define a esta ficción. Pero también ha permitido, y esto es más importante, abordar la evolución dramática de este amplio abanico de roles femeninos, lo que ha enriquecido notablemente la visión general de las relaciones entre personajes.

Vista en perspectiva, esta cuarta etapa confirma esa ausencia de una línea argumental única (o al menos principal) que se nutre de tramas secundarias. Más bien al contrario, cada historia de cada personaje tiene su importancia y camina de forma paralela al resto. Pero si algo diferencia a estos episodios es que esta estructura dramática se ha definido más y mejor, permitiendo apreciar un cierto sentido, aunque sea muy genérico, sobre lo que realmente aborda esta temporada. El problema es lo que se menciona al principio del párrafo: esto se aprecia con la perspectiva de haber superado los 13 capítulos. Durante ellos, y salvo el tramo final de la historia, puede resultar muy difícil seguir el hilo argumental, y por tanto mantener el interés.

Y aquí está la piedra angular de todos los problemas de Orange is the new black. A pesar de sus potentes personajes, a pesar de su valiente e inteligente tratamiento argumental, la serie tiene tantos y tan buenos personajes que darles a todos una cierta relevancia termina por difuminar en exceso lo que se quiere contar. Esto tiene difícil solución, pues al fin y al cabo es la esencia de la serie. Esta cuarta temporada demuestra que la ficción de Kohan ha alcanzado un delicado equilibrio que se rompe con demasiada facilidad. Dicho de otro modo, la serie puede resultar tediosa, pero siempre existen ciertos momentos de interés que se van agrandando conforme se llega a la resolución del arco dramático. Es algo que pasó en la tercera temporada y que aquí se acentúa. El final de esta etapa deja la puerta abierta a un cambio total, que según todas las informaciones se va a producir a nivel dramático y narrativo. Veremos, porque de no ser así puede ser consumida por su propia originalidad.

3ª T de ‘Orange is the new black’, estructura caótica para notable final


Taylor Schilling se hace con el control de un negocio ilegal en la tercera temporada de 'Orange is the new black'.Si algo hay que reconocerle a Orange is the new black es su capacidad para, a través de las historias y del pasado de todos sus personajes, componer un mosaico capaz de dar sentido a una temporada completa. La serie, desde su primera temporada, ha evolucionado hacia un formato más inconformista, menos tradicional y más coral, en el que la supuesta protagonista interpretada por Taylor Schilling (Argo) tiene una relevancia cada vez menor. El problema es que en esta tercera temporada el componente de unión entre todos los roles se pierde… o al menos eso parece.

Porque lo cierto es que esta etapa de 13 episodios en la serie creada por Jenji Kohan (serie Weeds) tiene una temática bastante más genérica que en las anteriores temporadas, aunque también algo más dispersa. Dicha temática, teniendo en cuenta el contexto de la trama, es de lo más simple: los anhelos de libertad de todos y cada uno de los personajes, incluyendo aquellos que deben vigilar a las presas. Es esta idea la que mueve no solo a los personajes entre las cuatro paredes y las rejas de la cárcel, sino en los flashbacks de su pasado. No en vano, todas y cada una de las historias elegidas tratan de abordar las necesidades de escapar, de huir de su propia realidad de las internas.

El problema es que ese objetivo queda desperdigado por la trama de Orange is the new black. Ante la falta de una protagonista sólida, el desarrollo dramático de la historia no tiene un foco capaz de guiar los acontecimientos, lo que da lugar a una sucesión de tramas secundarias que, es cierto, nutren muy bien la riqueza que presenta esta particular cárcel, pero que también son incapaces de aunar esfuerzos por abordar algo concreto, algo tangible. Prueba de ello es que los arcos dramáticos comienzan y acaban dentro de la propia temporada, algunos con una velocidad excesivamente alta.

Eso no es impedimento para que el final de la temporada sea, posiblemente, el mejor de toda la serie. Y es aquí donde hay que retomar la idea de libertad que subyace en todo el relato. Ese baño final en un lago es simbólico por dos motivos. Uno, por la frescura que transmiten las imágenes y por la sensación redentora de muchos de sus detalles, desde las dos amigas que se perdonan con una mirada a la felicidad de aquellas que peor parecen haberlo pasado. Pero el otro, tal vez más importante, radica en el hecho de que ninguna de ellas sienta el deseo de huir físicamente de la cárcel. Nadie intenta escapar, solo disfrutar de un momento de desasosiego que, además, contrasta con el cambio que se produce intramuros. Un paralelismo que abre las puertas a nuevos retos narrativos.

El detonante del personaje

Del mismo modo, hay que valorar positivamente la evolución del personaje de Schilling, que parece convertirse en aquello por lo que la encerraron en un primer momento. Ya sea por la evidente falta de carisma del personaje, o simplemente porque ha perdido interés con el paso de los episodios, el caso es que la transformación dramática que sufre en esta tercera temporada es algo a tener en cuenta. Es más, resulta interesante comprobar cómo es capaz de actuar cada vez con menos empatía, con una mentalidad de supervivencia que se lleva todo por delante.

En dicho cambio juega un papel primordial la incorporación del rol de Ruby Rose (Around the block), calculador como pocos y cuya participación en la jugada final de la protagonista supone un giro interesante no solo para la trama, que parece incorporar definitivamente un personaje tan atractivo como algo peligroso, sino para el propio personaje de Piper Chapman, cuyo ataque frontal definitivo parece eliminar todo tipo de inocencia para dejar exclusivamente a una mujer movida por el interés personal.

Sin duda, este proceso de cambio es lo más interesante de la tercera temporada, aunque hay que remarcar que se produce de forma intermitente, más o menos como el resto de tramas de los episodios. Con todo, la impresión final, una vez analizado el arco dramático general de la protagonista, es que se produce una separación notable del resto de roles. Dicho de otro modo, en ese proceso de transformación de Chapman se dejan atrás no solo las emociones, sino a las amigas y amantes. Ahora solo queda comprobar que dicho cambio genere frutos en las siguiente etapa.

Al final, Orange is the new black logra salvar los muebles en una tercera temporada que, aunque mantiene la estructura dramática de las anteriores, se vuelve algo más caótica, menos dirigida hacia un claro objetivo. Es cierto que la idea de libertad es el nexo de unión de todas las historias, pero es un concepto tan vago que no logra conformar un claro desarrollo. El final combinado de la historia protagonizada por Taylor Schilling y esa suerte de cierre coral de la búsqueda de la libertad logran generar la sensación de que esta etapa ha sido mejor de lo que realmente ha sido. Ahora bien, las bases del futuro ya está puestas. Habrá que ver si saben aprovecharlas.

‘Orange is the new black’ gana interés y pierde protagonista en su 2ª T


La rivalidad entre Kate Mulgrew y Lorraine Toussaint acapara la atención de la segunda temporada de 'Orange Is The New Black'.A primera vista, las diferencias entre una serie para televisión y una película cinematográfica son evidentes. Duración, formato, estructura narrativa e incluso los efectos visuales marcan las pautas más básicas, si bien este último aspecto cada vez es menos relevante. Pero existen otros aspectos tal vez menos evidentes que marcan distinciones fundamentales que, por diversos motivos, pueden pasarse por alto. Una de esas características propias es el protagonismo del producto, algo en lo que la segunda temporada de Orange is the new black tiene mucho que decir. Y es que a pesar de que la primera entrega fue un soplo de aire fresco por la temática abordada y los personajes presentados, estos nuevos 13 episodios han superado las expectativas gracias a un interés creciente en el microcosmos que conforma la cárcel de mujeres, dejando a un lado a la supuesta protagonista.

En efecto, la nueva temporada de la serie creada por Jenji Kohan (serie Weeds) abandona en cierto modo la línea argumental protagonizada por Taylor Schilling (Argo) para centrar todos sus esfuerzos en abordar las relaciones humanas de un grupo de presas que, de un modo u otro, están entre rejas por errores cometidos en lugar de por ser un peligro real y físico para la sociedad. La introducción de un nuevo y soberbio personaje, interpretado brillantemente por Lorraine Toussaint (El solista) confirma esta idea. La presencia de un rol verdaderamente maligno y superior en todos los aspectos a sus congéneres supone un factor desestabilizador en el equilibrio de las internas de esa cárcel, fundamentalmente porque en el tiempo que dura la temporada, apenas unos meses, es capaz de hacerse con el control de personas y negocios. Y como digo, todo ello sin contar con Schilling, dando un mayor protagonismo a Red, el personaje al que da vida Kate Mulgrew (Perception), y a “Ojos Locos”, papel por el que Uzo Aduba ha recibido un Emmy.

Sobre todo esta última. Desde que comenzó la serie su personaje ha sido uno de los pocos que son capaces de generar risa e inquietud a partes iguales. La capacidad de la actriz para transmitir no solo los bruscos cambios de ánimo del personaje, sino la complejidad psicológica de las ideas que pasan por su mente, es abrumadora. En este sentido, en esta segunda temporada de Orange is the new black logra alcanzar un peldaño más al apoyarse en el personaje de Toussaint y convertirse en un ser casi maquiavélico, leal hasta extremos inimaginables y violento cuando su jefa es atacada. La secuencia de la ducha en la que apalea a una “disidente” es, simple y llanamente, espeluznante y reveladora. De hecho, es posible que sea de lo mejor que tienen estos 13 capítulos. Pero más allá de este personaje, el desarrollo dramático de esta trama que nace como secundaria pero se convierte en principal es brillante en su uso de la sutileza moral. Puede que sea por eso que termina acaparando toda la atención posible.

Con todo esto la pregunta que cabe hacerse es: ¿y qué pasa con el personaje de Schilling? Pues más bien poco. Como decía al comienzo, esta ficción creada por Kohan es un buen ejemplo para comprobar que en televisión, si algo no funciona y se dan los elementos adecuados, el cambio es posible. Su personaje, justificación para introducir al espectador en ese mundo entre rejas, se desvanece notablemente a lo largo de la temporada, llegando incluso a ser una mera sombra en varios capítulos. Su trama, con el desarrollo de su relación amor/odio entre su amante lesbiana (una Laura Prepon –The kitchen– casi testimonial) y su ex novio (al que da vida el protagonista de American Pie, Jason Biggs), pierde buena parte del interés dramático que pudo tener en su primera temporada, convirtiéndose casi en una suerte de muletilla irónica que sirve de contraste para los demás problemas, muchos de ellos bastante más sólidos. Esto no quiere decir, claro está, que no tenga cierto protagonismo, sobre todo en los primeros compases de esta etapa, pero sin duda ha perdido mucha fuerza, en buena medida debido a la presencia del personaje interpretado por Toussaint.

A vueltas con el pasado

Esta segunda temporada de Orange is the new black mantiene intacta su estructura narrativa, aunque lo hace con menos variedad que en la temporada de su estreno. Por supuesto, la práctica totalidad de los episodios cuentan con una serie de flashbacks que ayudan a comprender a los personajes más allá de los motivos por los que ingresan en la cárcel. La obsesión del personaje de Yael Stone (West) o los problemas de acogida del rol interpretado por Danielle Brooks son solo algunos ejemplos. En relación con esto, una de las cosas más interesantes que incorporan estos nuevos capítulos es la reinterpretación de este concepto, ofreciendo al espectador un marco más amplio que nutre de forma indiscutible el crisol de personalidades que viven en ese recinto.

Y no hablo solo de las presas. Los responsables de la serie optan por una mayor introducción de los guardias que trabajan entre esos mismos barrotes, presentándoles fuera de su entorno para poder, de ese modo, definirlos de forma más precisa. Si durante la primera etapa fue el personaje de Michael Harney (serie True Detective) el que tuvo el peso en este sentido, en esta segunda parte es Nick Sandow (All roads lead), Joe Caputo en la ficción, el que toma el relevo. Su arco dramático, motivado por los deseos de prosperar y de hacer algo bien en una cárcel que se cae a pedazos, es el otro gran pilar sobre el que se asienta la temporada, permitiendo un desarrollo más profundo y algo más caricaturesco de este funcionario de prisiones al que todo parece salirle mal a pesar de sus buenas intenciones.

Aunque hablar sobre los vigilantes y no hacerlo del personaje de Pablo Schreiber (Los amos de Dogtown) puede ser poco menos que contradictorio. En realidad, este es uno de los pocos “peros” que se le puede poner a la segunda temporada. Su personaje, que abandonaba la cárcel al final de la primera temporada, tiene en esta una presencia mínima, solamente justificable como detonante de la evolución de alguna trama secundaria. Y es una lástima, pues tanto la labor del actor como la definición sobre el papel son de lo mejor que ha dado este producto en los dos años de vida que tiene. Y eso dentro de un cúmulo de personajes que, en líneas generales, son inolvidables. Su ausencia trata de disimularse con el resto de vigilantes, pero un hueco así es difícil de cubrir. La ironía y el desagrado que aportó en los primeros episodios desaparecen en esta nueva etapa, lo que a la larga dota al conjunto de otros aires, si no distintos al menos sí modificados.

Pero en conjunto, la segunda temporada de Orange is the new black confirma que lo visto en la primera etapa no fue un éxito fulgurante. Gracias a los elaborados personajes que pueblan la cárcel la serie ha sabido rearmarse para convertirse en una producción coral donde las historias de las presas tienen más interés y peso que la de la propia protagonista, quien por cierto sigue siendo de lo más débil del conjunto. La incorporación de nuevos personajes, además de enriquecer ese particular universo, ha hecho avanzar el carácter dramático de la obra creada por Jenji Kohan, dotándola de un tono irónicamente dramático mucho mayor. En este proceso de transformación, como es lógico, ha habido víctimas que se han quedado por el camino. Algunas son recuperables (caso del rol de Schreiber), pero todo apunta a que otras dejarán de existir definitivamente (caso de la vida previa de la protagonista). Sea cual sea el futuro, parece claro que si se sigue de este modo la tercera temperada consolidará la serie como una de las más frescas del panorama actual.

‘Orange is the new black’ evoluciona de menos a más en su 1ª T


Imagen promocional de la serie 'Orange is the new black'.Cuando una serie de televisión basa su argumento en una trama cuyo arco transcurre a lo largo de toda una temporada suele exigirse, o al menos ser necesaria, una evolución que lleve al protagonista a terminar siendo algo diferente a lo que inicialmente conocimos. Pues bien, Orange is the new black, una de las series a destacar en lo que va de año, es el más vivo ejemplo de ese cambio. En todos los sentidos, la verdad, pues no solo varía el personaje en torno al cual gira la historia, sino en líneas generales todos y cada uno de los secundarios, y con ellos la propia trama creada por Jenji Kohan (serie Weeds).

Todo comienza cuando una joven de clase acomodada y un estatus social medio alto ingresa voluntariamente en la cárcel por un delito que cometió hace años. Esta primera temporada de 13 episodios, que concluyó a finales de febrero, narra cómo la mujer, prometida a un escritor que trata de hacerse un hueco en el periodismo, debe enfrentarse tanto a las internas con las que comparte prisión (entre las que se encuentra una antigua novia responsable de estar encerrada) como a sus propios demonios, que poco a poco van saliendo a la superficie. Como muchos se habrán dado cuenta al leer la sinopsis, existe una cierta contradicción en los géneros utilizados. En efecto, la protagonista, interpretada con solvencia por Taylor Schilling (Argo), es bisexual, y ese es uno de los aspectos más interesantes del personaje, sobre todo por lo que provoca en las diferentes tramas.

Y es que los conflictos emocionales que se derivan del hecho de estar encerrada con su antigua novia, traficante de drogas y delatora de su participación, terminan dominando casi por completo el conjunto de la producción. O al menos se convierten en originarios de los últimos acontecimientos de la trama, realmente impactantes. En cierto modo, dichos conflictos son los que hacen que la mujer que se presenta en el episodio piloto, algo flojo por cierto, no sea la misma que termina cerrando el último capítulo. Los problemas con su prometido (un Jason Biggs que sigue encasillado en su personaje de American pie) y los escarceos amorosos con su ex amante lesbiana (Laura Prepon, la de Aquellos maravillosos 70) terminan por destruir el mundo que conocía y que consideraba seguro, revelando una naturaleza sombría y amenazadora que hasta entonces apenas se había dejado ver.

Esta es la principal evolución que puede verse en Orange is the new black. Con una estructura narrativa que utiliza los flashbacks para narrar los motivos por los que las compañeras de cárcel acabaron encerradas (una forma de evolución más), la serie adquiere verdadero significado cuando centra su completa atención en la adaptación de la protagonista a un entorno que, a priori, no es ni remotamente el suyo. Un entorno en el que delincuentes, drogadictas, asesinas o mafiosas se dan cita, y en el que las clases y grupos sociales están, si cabe, más definidos que en el mundo ajeno a esas verjas. Sin quitar relevancia a muchos de los pasados de las presas, lo realmente interesante es comprobar cómo la separación física de dos prometidos termina por modificar sus propias naturalezas y, por ende, destruir la relación iniciada. Y todo eso se logra precisamente cuando se ahonda en las decisiones y relaciones de la protagonista, muchas promovidas por los propios secundarios.

Secundarios tópicos

Precisamente otro de los pesos pesados de la serie es la cantidad de secundarios relevantes que posee, lo que ofrece infinidad de posibilidades a la hora de desarrollar tramas secundarias que adquieran entidad propia (caso de la relación romántica entre vigilante y presa) o que influyan en la historia principal. Y si bien es cierto que la forma de manejar dichos personajes e historias es brillante, la forma de presentar la cárcel resulta algo tópica, excesivamente arquetípica. Sí, la serie no aburre, e incluso provoca interés por conocer el pasado y los motivos que llevaron a esas mujeres a estar allí. Pero el problema es que las diferentes clases sociales quedan reflejadas de una forma algo genérica, sin apenas rasgos definitorios entre los integrantes de cada grupo racial. Salvo los secundarios principales, el resto conforman un marco tipo en el que integrar algunas anécdotas. Por ejemplo, las latinas quedan reflejadas como mujeres lujuriosas; las afroamericanas se muestran agresivas y amenazadoras, con un lenguaje que hace pensar en los guetos que tantas veces se han visto en las películas; y las blancas son, en líneas generales, lesbianas o devotas de algún tipo de religión.

Curiosamente, esta visión general (repito, se salvan algunos secundarios) contrasta mucho con los motivos que llevaron a las mujeres a la cárcel. Es cierto que algunas cometieron los crímenes de forma consciente, pero muchas de ellas simplemente cometieron un error o estaban en el momento y lugar equivocados. Algo parecido a lo que le ocurre a la protagonista. En otras palabras, a pesar de los humildes orígenes o el difícil pasado que puedan haber tenido, esas mujeres comparten la cruz de haber cometido un error por el que deben de pagar, pero eso no las convierte necesariamente en criminales. Unos pasados muy particulares que, como decimos, son la contrapartida de esa forma tan clasista de presentar a los diferentes grupos sociales.

Aunque si hay un secundario que destaca por encima de todos (incluso de la protagonista) es el encarnado magistralmente por Pablo Schreiber (El mensajero del miedo), un tirano vestido de guardia consciente de su poder y de la facilidad para manipular a unas mujeres que lo único que comparten es el temor a la autoridad. Aunque la definición del personaje sobre el papel puede dejar la sensación de haberse visto antes, el trabajo de Schreiber es sencillamente perfecto, componiendo un rol que genera repugnancia y respeto con su simple presencia física, y que llega a convertirse en el villano por excelencia de la serie más allá de dramas amorosos o problemas legales. El hecho de que sea un traficante en su propia cárcel, de que apenas muestre empatía o de que por momentos sea un auténtico misógino no hace sino engrandecer su figura por encima de todos los demás aspectos del drama. La mejor noticia es que la derrota que sufre hacia el final de la temporada ha abierto la puerta a nuevos aspectos de su personalidad que pueden (y deben) llevar al personaje hacia nuevos niveles.

Así, Orange is the new black es una de esas producciones que van de menos a más, de un piloto curioso pero no espléndido a un final impactante, alejado por completo del origen de la serie y que asienta las bases para un futuro con novedades. La serie es entretenida, con verdaderos momentos irónicos y otros muy trágicos. A pesar de sus definiciones algo esquemáticas de las clases sociales y de algunos personajes, el carácter realista del conjunto (muchas actrices son desconocidas), al que introduce una presentación compuesta por los rasgos faciales de verdaderas presas, aporta un tono único que la convierte en algo fresco y diferente. Podría haber sido mejor, sin duda, pero si sigue creciendo como lo ha hecho en esta primera temporada llegará a serlo.

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Cine y palabras

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