‘Arrow’ une pasado y presente en una 5ª T. con un futuro prometedor


Cinco años. Ese es el tiempo que la serie Arrow lleva entre nosotros. El mismo que su protagonista, interpretado por Stephen Amell (Ninja Turtles: Fuera de las sombras) estuvo presuntamente en una supuesta isla desierta sobreviviendo y adquiriendo sus habilidades. Y fruto de esa conexión es esta quinta temporada creada por Greg Berlanti (serie Political animals), Marc Guggenheim (Percy Jackson y el mar de los monstruos) y Andrew Kreisberg (serie Supergirl), cuyos 23 episodios podrían interpretarse como un repaso emocional, dramático y argumental de la serie que, nos guste o no, ha abierto las puertas de una nueva edad dorada para los superhéroes en televisión. Lo que cabe preguntarse es si, más allá de todo esto, la trama es correcta.

La respuesta debería ser ‘sí’, aunque con matices. Después de una cuarta temporada en la que se quiso llevar a los personajes a los rincones más oscuros y dramáticos, en algunos casos recurriendo a herramientas un tanto cuestionables que llevaron la trama por senderos poco acertados, esta etapa se revela como algo más serio, narrativamente mejor estructurado, con giros argumentales elaborados a fuego lento desde el comienzo de la temporada. Para empezar, el nuevo equipo del arquero esmeralda es toda una declaración de intenciones, una suerte de reinicio tanto del apartado visual como de la definición dramática del héroe, dispuesto a abandonar una forma de ser y de abrazar una nueva filosofía. Este punto de partida permite a sus creadores trabajar en un villano excepcional, una némesis idónea que trata de destruir dicha imagen, convirtiéndose en una representación física de esa lucha interna del héroe entre su violento y asesino pasado, y su salvador presente.

Esta idea del bien y del mal que subyace en el ADN de Arrow tiene en esta quinta temporada un discurso aún más reiterativo si cabe que en temporadas anteriores gracias a la presencia de más personajes y a que cada uno, en su trama particular, afronta esa dualidad interna. El caso más evidente, y posiblemente el más arquetípico, sea el de Felicity Smoak, de nuevo con los rasgos de Emily Bett Rickards (Brooklyn). Su presunto paso al lado oscuro para atrapar al villano resulta cuanto menos cuestionable, por no decir risible, teniendo en cuenta sobre todo que en estos años ha participado en decisiones y actos mucho más ilegales. Con todo, sí permite sentar las bases para una evolución del ‘love interest’ y poder salir de un callejón sin salida que parecía atisbarse en un futuro no muy lejano relacionado con este pilar narrativo. Dicho esto, su caso es solo uno de los muchos que nutren la imagen general que estos episodios transmiten, dotando entre todos de una solidez formal a esta temporada mucho mayor.

Comenzaba hablando de los matices a esta correcta y por momentos interesante trama. En efecto, aunque el desarrollo dramático termina resultando coherente y, hasta cierto punto, apasionante, a lo largo del camino el argumento se ha encontrado con varios escollos que ha salvado más o menos bien. Por ejemplo, varios personajes secundarios han entrado y salido sin ofrecer demasiado al conjunto de la historia, lo que lleva al espectador a olvidarlos con relativa facilidad, sobre todo en una temporada tan larga. A esto se suma la necesidad de conectar los diferentes universos seriéfilos creados a partir del arquero de Star City, y que ha llevado a introducir capítulos totalmente independientes que rompen el desarrollo natural de la acción, si bien es cierto que hay que reconocer que lo ocurrido en ellos ha tenido cierta influencia en algunos detalles posteriores. Sin embargo, esto no es suficiente como para que se produzca una integración natural, generando la sensación de estar ante imposiciones comerciales más que ante una apuesta dramática real.

De nuevo en la isla

Lo más destacado de la quinta temporada de Arrow es, sin embargo, esa especie de conjunción de pasado, presente y futuro que se plantea a lo largo de toda la temporada y que tiene su resolución acelerada en los últimos episodios. El hecho de llegar al quinto cumpleaños obligaba a sus creadores a estructurar la trama de modo que, por un lado, pudiera unir el tiempo que pasó (o no pasó, mejor dicho) en la isla con el comienzo de la serie, aprovechando esa circunstancia para abordar la evolución dramática del protagonista y acentuar más si cabe la diferencia entre el primer Oliver Queen y el presentado en estos episodios.

Guste más o menos, esté mejor o peor realizado, lo cierto es que se consigue, y aunque en ese logro tiene buena parte de responsabilidad tanto el villano como el tratamiento de los secundarios, como ya hemos mencionado, también es fundamental el escenario elegido para un final de temporada que deja un gancho dramático como pocos se han visto en esta serie. Posiblemente el último episodio sea el mejor de esta etapa, y lo es porque aúna en menos de 45 minutos todos los elementos ya mencionados: traiciones, la dualidad entre el bien y el mal en el interior del protagonista, un villano sádico hasta decir basta y, sobre todo, unos secundarios cuyas vidas quedan literalmente en interrogante. Es de suponer cuál será el desenlace una vez comience la sexta temporada, pero a pesar de todo genera la suficiente expectación.

Evidentemente, el hecho de que la conclusión se desarrolle en la isla de Lian Yu no es casual, pero incluso dejando a un lado las necesidades narrativas o dramáticas de la trama principal, el escenario tiene un marcado carácter simbólico y un significado que abarca absolutamente todo lo que la serie ha expuesto y explorado a lo largo de estas temporadas. Para empezar, el reencuentro de pasado y presente, tanto físico como psicológico. Y para continuar, la traducción al castellano del nombre es ‘Purgatorio’, muy apropiado para definir lo que vive el héroe en esta etapa. El análisis puede profundizar más si tenemos en cuenta que mientras que durante sus años desaparecido estuvo preocupado de salvarse a sí mismo, en esta ocasión todo lo que hace es por los demás, lo que de paso consolida la evolución del arquero. Si tenemos en cuenta que para derrotar al archienemigo de turno tiene que recurrir a aquellos a los que se enfrentó en ocasiones anteriores, el círculo se completa. Y así sucesivamente con la cantidad de detalles y matices, narrativos y dramáticos, que pueden apreciarse durante ese episodio 23 de la temporada.

Es cierto que Arrow había perdido algo de fuerza en las últimas temporadas. A pesar del dinamismo y la acción espléndidamente elaborada, la trama parecía haber caído en una suerte de bucle sin avanzar demasiado, salvo para presentar a un villano cada vez más difícil de derrotar. Puede que se deba, precisamente, a que era necesario rellenar el espacio hasta llegar a esta quinta temporada, una de las mejores en lo que va de serie. Esa sería una excusa un tanto débil, es cierto. Sea como fuere, la realidad es que las aventuras de Flecha Verde han vuelto a estar en un alto nivel, estructurando la trama desde el principio en un plan orquestado por un villano tan odioso como inolvidable. El significado moral, simbólico y dramático de lo visto en estos capítulos no solo eleva a la ficción a un nuevo nivel, sino que cierra una especie de ciclo narrativo que deberá ser sustituido por otra cosa, por otro ser. Ese interrogante, unido al gancho dramático del último episodio, es una de las cosas que sin duda ha dejado a los fans reclamando más.

‘Shutter Island’, la colaboración más compleja de DiCaprio y Scorsese


Leonardo DiCaprio y Michelle Williams en un momento de 'Shutter Island', de Martin Scorsese.Dice Leonardo DiCaprio que para El lobo de Wall Street, su última película con Martin Scorsese tras las cámaras, tuvo que convencer al director, con el que quería trabajar a toda costa porque, entre otras cosas, le considera su mentor. Ya hemos comentado en este espacio que el protagonista de Origen (2010) está en proceso de cambio, en una evolución hacia personajes más complejos y profundos. Todo como parte de un intento por dejar atrás esa imagen de chico guapo que cultivó en sus primeros años. No es casualidad que tenga en tan alta estima a Scorsese, pues dicho cambió empezó a fraguarse con Gangs of New York, primera colaboración de ambos, en 2002. Sin embargo, hoy quiero poner el foco sobre otra película más compleja, posiblemente el papel más difícil al que se haya enfrentado el actor y, sin lugar a dudas, una de las más bellas e inquietantes obras del director: Shutter Island (2010).

La trama, basada en la novela de Dennis Lehane, se ambienta en 1954, cuando un Marshall viaja hasta una isla para investigar la desaparición de una paciente de un hospital psiquiátrico conocido por sus técnicas pioneras en el tratamiento de diversas enfermedades mentales. Junto a su compañero deberá iniciar una investigación que poco a poco se convertirá en un laberinto plagado de asesinos, recuerdos de un pasado doloroso y secretos en cada esquina. Un laberinto cuya salida será más traumática que los secretos que guarda. Planteada como cine negro de corte muy clásico, la película es una de esas producciones que, con el paso del tiempo, ganan en presencia, convirtiéndose cada vez más en un referente. Y lo hace fundamentalmente por tres factores: su director, su protagonista y su fotografía, amén de un guión deliciosamente sutil.

De todos ellos, tal vez los más relacionados entre sí sean los dos últimos. Texto e imagen, desarrollo dramático y cromatismo. Uno de los grandes aciertos del film reside en saber combinar dichos elementos de forma totalmente armónica, creando un microcosmos insano, gris y sucio que no solo genera ansiedad solo con observarlo, sino que introduce al espectador en el frenesí de una investigación en la que los secretos se vuelven más y más evidentes con el paso de los minutos. Gracias a la labor de Robert Richardson (Django desencadenado), Scorsese logra una ambientación única, un mundo en el que los colores apenas existen, en el que todo es tan irreal y al mismo tiempo escalofriante que da la sensación de que, en cualquier momento, el género fílmico cambiará hacia uno más terrorífico o fantasioso.

Afortunadamente, nada de eso ocurre. Sin embargo, eso no impide que no haya lugar para la ensoñación. En este sentido, tanto director como director de fotografía destacan las denotadas diferencias entre un ambiente y otro, el primero con una planificación más pausada y menos asfixiante (planos más amplios pero igualmente incómodos) y el segundo recurriendo a una gama más vívida de color. Esos contrastes ensalzan, al mismo tiempo, un arco argumental especialmente elaborado para no dejar nada al azar, para no permitir que la verdad se sepa hasta el final. No existen concesiones en esta lucha intelectual con el espectador. Shutter Island está pensada para atrapar, y lo logra con creces.

Entre el monstruo y el hombre

Ya he mencionado que la labor de Scorsese tras las cámaras, y no seré yo quien vaya a descubrir a estas alturas el genio de este director. Empero, sí es conveniente señalar algunos hallazgos del film. Uno de ellos es, sin duda, el recurso visual de utilizar planos muy cerrados para los interiores y más amplios para los interiores. Esta opción, lejos de provocar contraste, sigue una pauta narrativa realmente eficaz. Ambos son dos pilares de esa sensación de desasosiego, miedo y descontrol que parece adueñarse del argumento. Ambos son, en definitiva, el sentido visual de un texto que avanza entre sombras y recovecos para no llegar nunca a mostrar el verdadero puzzle en el que se mueve el protagonista.

Y con él, con el protagonista, llegamos a la labor de DiCaprio. Comenzaba asegurando que es su trabajo más complejo. Durante los últimos años el actor ha abordado roles realmente conflictivos, muchos basados en personalidades extravagantes de personajes reales. Sin embargo, lo que logra con este Teddy Daniels es asombroso. Ya desde su primer plano logra definirlo casi con una mirada, una mezcla de cansancio, tristeza y desazón. Sin saber nada de él el espectador es capaz de intuir que algo no funciona como debería. Aunque no es esto, evidentemente, lo más destacable. A lo largo de las aproximadamente dos horas y diez minutos de metraje el actor sufre la transformación de su personaje, tanto física como psicológica.

Gracias principalmente a las secuencias oníricas, DiCaprio muestra de forma progresiva una transformación de la naturaleza de su personaje, que pasa de ser un hombre de la ley a un prófugo, un hombre perseguido por sus demonios (a los que parece querer controlar en esos primeros minutos) e incapaz de escapar a su propia obsesión por solucionar un rompecabezas que se complica a medida que su historia personal se involucra en la investigación criminal. Una evolución que culmina con una revelación impactante y una decisión moral tan difícil como comprensible. Un momento que el actor aprovecha para mostrar, una última vez en la película, la dualidad de su personaje con apenas una mirada. Lejos del histrionismo en el que podría haber caído, el protagonista de Revolutionary Road (2008) busca en todo momento el control, al cordura en medio de tanta locura. El resultado es un descenso a los infiernos sobrecogedor.

Shutter Island es uno de esos fenómenos que ganan peso, y mucho, con los años. Un film que en su momento tal vez no tuvo la repercusión que cabría esperar pero que, una vez descubierta, se convierte en un thriller imprescindible. Y no solo lo es por la trama, brillante y trágica, sino por su apartado más artístico. Diseño de producción, vestuario, música, … pero sobre todo fotografía, dirección e interpretación. DiCaprio destaca, es cierto, pero sería injusto no mencionar al resto del reparto (Mark Ruffalo y Ben Kingsley sobre todo), aunque solo sea para destacar aún más la compleja labor del actor en un personaje de estas características. Tal vez sea este el año de DiCaprio, pero durante la última década ha dejado para la posteridad una buena cantidad de personajes. Sin duda, este ha sido uno de los más interesantes.

Cómic en estado puro en la primera temporada de ‘Arrow’


Stephen Amell protagoniza la serie 'Arrow'.Con el paso de los años está siendo más y más evidente la influencia narrativa y dramática que la trilogía de ‘El Caballero Oscuro’ dirigida por Christopher Nolan (Insomnio) ha ejercido sobre ese particular género que es el cine de superhéroes. Y eso que solo han pasado 8 años desde el estreno de Batman Begins. Hasta ahora, dicha influencia era percibida únicamente en las salas de cine, pero la emisión de la primera temporada de Arrow en la televisión ha abierto el ámbito de influencia. La serie, creada por Greg Berlanti (serie Los increíbles Powell), Mark Guggenheim (serie FlashForward) y Andrew Kreisberg (serie Boston Legal) es una adaptación del cómic de DC Flecha Verde, personaje que guarda no pocas similitudes con el protagonista de la trilogía de Nolan y que, al menos en esta adaptación, posee numerosos puntos en común con las historias de otros superhéroes y, quizá lo más importante, es un cómic trasladado en esencia a la pantalla.

En concreto, el protagonista es un joven multimillonario que, tras ser rescatado de una isla desierta en la que sobrevivió durante más de cinco años, inicia una cruzada para limpiar su ciudad de criminales, tarea en la que utilizará a una serie de aliados. Evidentemente, el hombre que regresa no es el mismo que se fue, ni moral ni físicamente. Para lograr su objetivo utiliza una lista de nombres que su padre le entrega antes de morir y un disfraz similar al de Robin Hood, así como un arco con el que dispara todo tipo de flechas verdes modificadas.

Como suele ocurrir en este tipo de historias, lo más interesante no es la premisa inicial, sino la evolución de las diferentes historias que se dan cita alrededor del superhéroe. Y si bien es cierto que la producción no se caracteriza por una gran profundidad dramática, no es menos cierto que logra mantener el espíritu de cualquier historia de superhéroes, o dicho de otro modo no insulta al espectador. Los personajes, al menos en su gran mayoría, poseen un desarrollo limitado, siendo en muchas ocasiones algo arquetípicos: el joven vengador enmascarado, el interés romántico del protagonista, el compañero sensato y consejero, o la familia preocupada e ignorante de las actividades al margen de la ley. Pero más allá de todo eso, estos primeros 23 episodios poseen el interés necesario para seguir las aventuras sin realizar demasiadas preguntas, principalmente por poseer el conjunto una lógica interna que nunca se incumple.

Por otro lado, uno de los pilares más interesantes de la serie, al menos de esta primera temporada, es la alternancia constante entre presente y pasado, entre la lucha contra el mal y los acontecimientos que convirtieron en héroe a este joven náufrago. Estos dos relatos alternos, además de ofrecer una información mucho más detallada y una perspectiva más amplia de la trama, otorgan la posibilidad de centrarse en uno cuando el otro sea excesivamente débil, o de abandonarlo si lo exige el desarrollo del episodio, como de hecho ha ocurrido en alguna ocasión, manteniendo así el interés y un cierto nivel formal.

Un villano final

El arquero deberá hacer frente a un poderoso villano en la primera temporada de 'Arrow'.El otro gran interés de la trama de esta primera entrega ha sido la presencia de un villano que controla al resto de objetivos de este arquero verde. En este sentido, hay que remarcar que la temporada ha evolucionado desde una estructura episódica y autoconclusiva a una trama cuyo valor reside en la forma de afectar al resto de historias y de personajes. Lo que comienza como casos aislados que el héroe debe resolver termina por convertirse en una lucha contra un supervillano que amenaza con destruir la ciudad y que, además, controla al resto de villanos y posee muchas similitudes con el personaje de Norman Osborn, enemigo de Spider-man.

La forma en que se produce este cambio es lo realmente relevante, pues lo que comienza siendo una trama secundaria (o si se prefiere paralela) termina por adquirir protagonismo, hasta el punto de involucrar, como decimos, a todos los personajes protagonistas en la historia, provocando en el último episodio una serie de giros dramáticos algo sorprendentes en este tipo de argumentos, una de las pruebas más evidentes de la influencia que mencionábamos al inicio. Un cambio orgánico que se nutre de una previsión narrativa muy calculada y que permite a los responsables de la serie tener el tiempo suficiente de sentar las bases morales de cada uno de los integrantes de la serie.

Por supuesto, lo que no puede faltar es la acción y las diferentes secuencias de persecución y lucha. Con una factura técnica muy elevada, uno de los mayores atractivos visuales es comprobar cómo un arquero es capaz de acabar con varios enemigos a base únicamente de disparar flechas y golpear con su arco. En este sentido, los momentos de combate, sobre todo ese esperado final entre el protagonista y el villano Flecha Negra, son espectaculares. Casi tan espectaculares, de hecho, como ver el despliegue físico de su protagonista, un Stephen Amell (serie Sin cita previa) que aporta todo lo necesario tanto físicamente como dramáticamente hablando.

Al final, esta primera temporada de Arrow demuestra que en televisión no son todo médicos y abogados, dramas o comedias. También existe un hueco para las producciones más sencillas y directas, aquellas que buscan única y exclusivamente entretener al espectador y saciar el interés de los fieles seguidores de los cómics y los superhéroes. La serie lo consigue con creces, y aunque su evolución sea más bien limitada, tampoco cabe exigir más a este tipo de historias. El final de esta primera temporada, sin embargo, deja abierto un futuro incierto en el que, sin duda, deberán aparecer nuevos villanos y héroes. Todo sea bienvenido siempre y cuando mantenga el espíritu que la ha convertido en un producto digno de disfrutar.

‘La isla de los olvidados’: la rigidez de una educación hipócrita


Hay veces que la realidad supera a la ficción. Aunque es una frase hecha, lo más difícil de asimilar es que es cierta. Las películas inspiradas en hechos verídicos abordan historias que muchas veces remueven más emociones que una intriga o un drama ficticio. Claro que detrás de todas ellas debe existir un conflicto mucho mayor que el que se nos muestra, para lo que es imprescindible conocer el contexto en el que se desarrolla esa historia real.

Todos esos elementos, y muchos más, son los que hay que tener en cuenta a la hora de acudir a ver La isla de los olvidados, drama no apto para las almas más sensibles que saca a la luz la brutalidad humana y climática a la que se ven abocados una serie de adolescentes a principios del siglo XX. Porque sí, el espacio en el que se desarrolla la trama es salvaje, mortal en muchos casos, pero se revela casi como un lugar idílico si se compara con los especímenes humanos que rigen el centro de reinserción social en el que están confinados los jóvenes.

En este sentido, destaca sobremanera la labor del siempre interesante Stellan Skarsgård (Los fantasmas de Goya) en un papel con muchas aristas y sombras que se mueve en todo momento en un terreno más frágil que el hielo protagonista del desenlace. De mano firme con los débiles, su propia debilidad queda patente ante su incapacidad de condenar públicamente un atrocidad moral y física como es una violación, aunque de ello dependa su propio futuro. Refleja así la hipocresía de un sistema que trata a los adolescentes como criminales para educarles en un sistema corrupto y alejado del idealismo que se les enseña.

Lo más achacable a esta historia es un exceso en los lugares comunes, en las situaciones conocidas y en las reacciones de los personajes. El guión se define de forma algo mediocre para lo que, tal vez, podría haber sido, optando por secuencias y personajes vistos en mil y una películas sobre campos de concentración, sobre adiestramiento o sobre las relaciones entre los adolescentes problemáticos. Eso no quita, empero, para que su contenido no haga salir al revolucionario que llevamos dentro y que clama justicia ante la pasividad y el abuso de poder de los adultos hacia unos jóvenes a los que consideran desecho social. Lo cual es digno de mención.

Nota: 7/10

Diccineario

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