‘El desafío’: un paseo por las nubes


Joseph Gordon-Levitt da vida a Philippe Petit en 'El desafío'.De un tiempo a esta parte a Robert Zemeckis, autor de la trilogía ‘Regreso al futuro’, parece no interesarle demasiado el contenido de una historia. Al menos no tanto como explorar la forma de contarla, y de utilizar la tecnología para encontrar nuevas vías de expresión cinematográfica. Y más que le pese a algunos, lo consigue, independientemente de que las historias sean más o menos interesantes. Su última propuesta se mantiene en esta línea, aunque por suerte cuenta con una base más sólida.

No se trata de que El desafío esté basado en la vida de Philippe Petit, sino en el modo en que el guión aborda la historia de este funambulista que cruzó la distancia entre las Torres Gemelas. La ironía, el humor y, sobre todo, la natural descripción de los personajes que realiza la trama son los ingredientes perfectos para abordar una historia, por otro lado, previsible y sin grandes giros dramáticos. Quizá ese sea el mayor ‘pero’ del film, su falta de ambición dramática. Aunque la verdad es que nunca trata de venderse como tal, por lo que tampoco engaña.

Lo que sí sorprende, y aquí se vuelve a ver la mano de Zemeckis, es el uso de la cámara y de la profundidad de campo. La cinta, a través de la narración de los primeros años del protagonista, introduce poco a poco al espectador en ese mundo de alturas en el que se mueve el rol de Joseph Gordon-Levitt (Hesher). Desde esa cuerda tendida entre dos árboles, hasta el espectáculo en Notre Dame, el director aprovecha todos los recursos a su disposición para imbuir al film del vértigo, la tensión y la concentración del espectáculo, convirtiendo al film en toda una experiencia.

 Al final lo que se recordará de El desafío es, sin lugar a dudas, sus espectaculares planos, su forma de narrar la historia y la angustia que llegan a generar algunos momentos finales. ¿Y la historia en sí? Bueno, es lo que es, ni más ni menos. No exige nada al espectador, salvo que sea receptivo a lo que está viviendo. Podría pedirse mayor carga dramática, mayores giros argumentales que sostengan la espléndida narrativa visual de Zemeckis, pero al fin y al cabo es un biopic.

Nota: 6,5/10

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‘Un día perfecto’: una vaca en la carretera


Benicio del Toro y Tim Robbins encabezan el reparto de 'Un día perfecto', de Fernando León de Aranoa.Ante el horror de la guerra, nada mejor que un poco de humor, aunque sea negro. Este es el ingrediente secreto de la nueva cinta de Fernando León de Aranoa (Princesas), un relato sumamente atractivo que encuentra sus mejores momentos en el delicado equilibrio entre humor y drama, entre la ironía y la impotencia de asistir a terribles situaciones con las manos atadas por uno u otro bando en la guerra de los Balcanes. Todo ello en una historia extremadamente sencilla que, tal vez por eso, funciona tan bien.

Desde luego, lo que más puede sorprender en un primer momento es el tono que Aranoa imprime a sus personajes y al difícil entorno en el que se mueven. Liderado por un Tim Robbins (Cadena perpetua) simplemente excepcional, el humor negro se apodera de la trama de forma progresiva hasta alcanzar picos de auténtica carcajada que, si no fuera por la terrible guerra que relata, podrían adjudicarse a una comedia del montón. Pero Un día perfecto es equilibrio, es igualdad de opuestos. Al igual que sus personajes hacen con el dilema de la vaca en la carretera, la cinta busca constantemente una salida hacia el humor o hacia el drama. La brillantez del relato estriba, precisamente, en su capacidad para elegir uno u otro sin perder el ritmo.

Ello no quiere decir, sin embargo, que sea una película perfecta. Antes mencionaba la sencillez de su propuesta como uno de los motivos por los que la trama funciona. Pero es este detalle el que también termina por dotar al conjunto de una serie de limitaciones narrativas y dramáticas importantes. La cinta solo plantea algunos de los dilemas morales de la guerra sin profundizar demasiado en ellos. Si bien es cierto que esto permite ahondar en las relaciones de los personajes, impide por otro lado que la naturaleza de los protagonistas tenga oportunidad de rebelarse, salvo tal vez al final. El resultado es un argumento con buen desarrollo pero algo carente de conflictos sólidos que puedan moldear la forma de ser del grupo de cooperantes.

No significa que Un día perfecto no tenga conflictos. De hecho, los que tiene dan buena cuenta de la labor de este tipo de personas en los conflictos armados. Pero sí resalta la poca solidez dramática de algunos instantes que podrían haber dado más de sí, al igual que la de los personajes femeninos (en clara desventaja respecto a los masculinos) y del trasfondo emocional que, irremediablemente, debe afectar a los protagonistas. La impresión, en definitiva, es estar ante un producto interesante y con mucho atractivo pero que desprende en todo momento la sensación de que podría haber sido algo más.

Nota: 6,5/10

‘Castle’ empieza a mostrar síntomas de fatiga en la sexta temporada


'Castle' y Beckett resuelven los casos más extraños en la sexta temporada.Ya se intuía en la pasada temporada y se ha confirmado en esta. La serie Castle está llegando, poco a poco, a su fin. Tras una cuarta temporada espléndida y una quinta temporada divertida, la sexta se ha revelado como un vehículo para ir atando todos los cabos sueltos que podían quedar en la trama. O mejor dicho en las tramas, porque si algo han tenido de bueno estos 23 episodios son las tramas secundarias y una profundización aún mayor en el humor y la originalidad de los casos policiales.

Por suerte, eso no ha impedido un desarrollo correcto de los principales temas de la serie ni ha restado interés a la temporada de esta serie creada por Andrew W. Marlowe (El fin de los días). De hecho, tener tantos episodios ha propiciado que los personajes hayan superado todo tipo de situaciones, convirtiendo sus arcos dramáticos en algo más que una repetición de momentos. Así, la protagonista interpretada por Stana Katic (La sombra de la traición) ha pasado por el FBI y ha resuelto, de una vez por todas, el drama de su pasado que, en buena medida, ha marcado toda la serie. Igualmente, las relaciones entre los principales roles han evolucionado notablemente, sobre todo la del protagonista con su hija.

Es fácil olvidar algunos momentos de una temporada tan larga en la que ocurren tantas cosas. Pero vista en perspectiva y revisados todos sus episodios, la sexta entrega de Castle evidencia una influencia bastante relevante de la actualidad y de algunos personajes conocidos y convenientemente disimulados. A esta consolidación de una tendencia que se ha ido implantando poco a poco (y que no resta originalidad a una serie caracterizada por casos extravagantes) se suma la incorporación más habitual de personajes muy secundarios, como es el padre espía del protagonista. Su presencia, además de proporcionar algunos de los mejores episodios, abre una puerta a nuevas tramas de temporada que sustituyan a la de la madre de Kate Beckett.

Con todo, la sensación de haber empezado el ocaso de la serie no deja de planear sobre las diferentes tramas que nutren la serie. Evidentemente, mientras siga siendo divertido, entretenido y original el producto puede estirarse todo lo que se quiera, pero el hecho de haber dado carpetazo al pasado de Beckett y de haber planteado la boda de los protagonistas (a pesar de ese final impactante que impide la celebración) parece apuntar a pocas temporadas más. Sus responsables tendrán que buscar nuevas bases dramáticas con las que nutrir la ficción si la intención es aguantar en lo más alto.

Secundarios de lujo

Al principio afirmaba que esta sexta temporada ha potenciado las tramas secundarias. Aquellos que sigan la serie de forma más o menos asidua sabrán que uno de los puntos fuertes y más estables desde el inicio de las aventuras de Richard Castle son los personajes secundarios, más concretamente los interpretados por Jon Huertas (Stash House) y Seamus Dever (Hollywoodland). Sus aportaciones a la trama, además de su propia definición sobre el papel, suelen servir para apoyar el humor, la intriga o el drama de la pareja protagonista.

En esta ocasión, empero, su labor ha ido un poco más allá, entre otras cosas por la necesidad de desviar la atención de una trama principal que, siendo sinceros, ha sido más floja que en ocasiones anteriores (los preparativos de la boda son entrañables, pero no dan para 23 capítulos). Así, la pareja secundaria de policías ha visto cómo sus propias historias han tenido protagonismo, más la de Dever que la de Huertas. No solo han sido el apoyo del personaje de Nathan Fillion (Percy Jackson y el mar de los monstruos) en los primeros compases de la serie, sino que han tenido sus propios episodios, convenientemente ubicados en mitad del desarrollo (concretamente, las tramas correspondientes al noveno y al undécimo).

Esta estrategia evidencia varias cosas. Por un lado, que los responsables de la serie son conscientes de las debilidades dramáticas en cada momento, algo esperanzador. Esto les permite recurrir a estas tramas secundarias en los momentos precisos, no sin haberlas anunciado antes con alguna frase, alguna ironía, etc. Pero por otro, confirma no solo que el contexto que rodea a los protagonistas es espléndido, sino que la producción cuenta con unos secundarios de lujo que son capaces de sostener sobre sus hombros los diferentes géneros que se entremezclan en los casos policiales.

Todo ello convierte a esta sexta temporada de Castle en una especie de reinicio. Habiendo cerrado todas las tramas principales, la serie se enfrenta ahora al reto de reinventarse o de caer en la repetición y monotonía más absoluta. Puede que la palabra monotonía no encaje con el espíritu de este escritor reconvertido en investigador, pero lo cierto es que si no fuese por la originalidad de los crímenes aportaría más bien poco. No quiere esto decir que en estos episodios haya perdido interés, al contrario. Es divertida y dinámica, sus casos tienen la complejidad necesaria y los personajes cuentan con el carisma de sus actores, y eso ya es mucho más de lo que encontramos en otras series.

‘La vida de Brian’, ironía y crítica modernas en una parodia bíblica


La crucifixión final de 'La vida de Brian', uno de los momentos más recordados del cine.La comedia está repleta de nombres inmortales que han convertido al género en lo que es. Dejando a un lado los protagonistas del cine mudo, directores como Billy Wilder (Con faldas y a lo loco), actores como Jerry Lewis (El profesor chiflado) o el grupo Monty Phyton se han erigido en iconos de un tipo de comedia muy concreto. Si el primero suele asociarse al enredo y la comedia de situación, el segundo es un referente en el humor más físico. Los terceros, sin embargo, hicieron del humor ácido y crítico su bandera. Hoy jueves, 21 de noviembre de 2013, el grupo anuncia su regreso tras décadas de inactividad (al menos en conjunto), una noticia que se espera con interés en algunos círculos. Por ese motivo, desde Toma Dos vamos a abordar algunas de las claves de su particular visión de la comedia en la que posiblemente sea su película más importante, La vida de Brian (1979).

Dirigido por Terry Jones (Los caballeros de la mesa cuadrada y sus locos seguidores), el film es una parodia del cine religioso y, en líneas generales, de la religión católica. El protagonista de la cinta, Brian, ha sido marcado desde que nació. Su sino es ser confundido con el mesías. No es de extrañar, pues nació el día de Navidad en un establo muy próximo al verdadero mesías. A medida que se va haciendo adulto los malentendidos se irán haciendo cada vez mayores y más importantes, hasta el punto de que su vida se convertirá en un pálido reflejo de la que tuvo Jesucristo. De esta breve sinopsis se desprenden algunos de los pilares narrativos presentes en todas sus obras, que se completan con una visión muy crítica de lo absurdo de la sociedad actual, por mucho que esté ambientado en el Imperio Romano.

Así, La vida de Brian parte de la idea que tenían Graham Chapman (El sentido de la vida), John Cleese (Un pez llamado Wanda), Terry Gilliam (Doce monos), Eric Idle (Casper), Michael Palin (Brazil) y el propio Jones de que el humor debía partir de la ironía que existía en las grandes historias a través de los detalles que las componen. No se trata de crear gags visuales; nadie tiene que estamparse contra una pared para provocar una risa. Basta simplemente con diálogos que reflejen el absurdo comportamiento del ser humano en determinadas situaciones. El hecho de que el film tome como excusa la historia bíblica de Jesús no es sino una excusa para criticar, siempre con el humor inglés que caracterizó al grupo, algunos de los aspectos del ser humano más ridículos.

Esa reducción al absurdo de problemas sociales como los ídolos de barro, los falsos profetas o las escisiones políticas para crear nuevos grupos que, en el fondo, solo se distinguen en detalles insignificantes, ofrecen una imagen global de una sociedad incongruente, individualista y al mismo tiempo necesitada de creer en algo más que en sí misma. De ahí que se idolatren individuos que llegan a donde están por circunstancias, por carambolas que, en otro contexto y situación, tal vez no llegarían a ningún sitio. Ejemplos en la película hay muchos: ese falso milagro con el hombre que llevaba décadas sin hablar, la adoración de una zapatilla o, en otro orden, esas extrañas organizaciones pseudopolíticas cristianas que nunca dejan de debatir sin llegar a conclusiones claras.

El humor cotidiano

Ese es, sin duda, el punto fuerte de este clásico de la comedia. La vida de Brian termina siendo el reflejo de una sociedad paródica, ridícula, que sitúa a un individuo como centro de todas sus esperanzas y, al mismo tiempo, de todos sus males. Y mientras tanto, problemas más reales (algunos de ellos mostrados en el film, aunque solo sea de forma testimonial), son relegados a un segundo plano. El resultado, al igual que ocurre en la Biblia, es la condena de un hombre inocente que, en el caso del film, tiene la mala suerte de atraer miradas que no desea, buscando únicamente cosas tan sencillas como integrarse en algún grupo o gustarle a una chica.

Pero el humor de los Monty Phyton no se limita únicamente a la crítica de estos valores o, mejor dicho, de estos comportamientos. Otra de las claves de su obra es la cotidianidad de sus situaciones cómicas, la rutina de muchos de sus giros narrativos y de sus gags visuales. Momentos como el anuncio de Pilatos ante una multitud que se congrega únicamente para reírse de él, o el que tiene lugar en los angostos pasillos de las prisiones para que los condenados sigan las instrucciones para una correcta crucifixión dan cuenta no solo de esa ironía que antes mencionábamos, sino de la imagen habitual de situaciones extraordinarias y trágicas. Lejos de considerarlo falta de sensibilidad, el grupo de cómicos se nutre de esto para ahondar aún más si cabe en el legado que el ser humano ha dejado a lo largo de su Historia, y que aún hoy sigue haciendo.

Gracias a esto, y al hecho de tomar como punto de partida las historias bíblicas, la película crea un panorama único en el que lo absurdo hace acto de presencia desde el primer momento, humanizando hasta situaciones casi grotescas situaciones como la lapidación, que es presentada como un espectáculo de masas prohibido a las mujeres (“porque está escrito”), pero al que acuden ellas casi en exclusiva disfrazadas con una barba. Por no hablar del final en la cruz, todo un resumen perfecto de la filosofía del humor de estos cómicos: la mejor forma de afrontar las peores situaciones es mirando el lado brillante de la vida. Dicho de otro modo, el humor es la mejor medicina para analizar, con una perspectiva amplia, los problemas que nos rodean.

Desde luego, La vida de Brian es un clásico, al igual que otros films de los Monty Python. Y lo es gracias a ese humor ácido del que hacen gala y que les permite no solo reírse de conceptos más o menos generales, sino bajarlos a un nivel más mundano para criticarlos. En este proceso son imprescindibles los detalles, pero no son lo que otorga fuerza a su humor. Es, por el contrario, el carácter mundano de las situaciones que presentan lo que genera el gag, lo que provoca el choque visual y conceptual que da lugar a la carcajada. Que una lapidación se considere casi como una oportunidad de fiesta, o que un encargado de prisiones despache a los condenados a crucifixión como si estuviera sellando impresos dan una idea de esta conversión en cotidiano lo extraordinario. Eso es en el fondo el humor de este grupo de cómicos que, como decía al inicio, anuncian hoy su regreso.

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Cine y palabras

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