‘El círculo’: ser lo que no somos delante de una cámara


Pros y contras de la tecnología. Beneficios y riesgos de tener todos nuestros datos en internet, ya sea desperdigados por el espacio digital o condensados en una única cuenta. Eterno debate que, en la nueva película de James Ponsoldt (Aquí y ahora), escribe un nuevo episodio cuya aportación al debate es más bien escasa. Y no porque no invite a la reflexión o no exponga claramente la dualidad de un mundo en constante, rápido y peligroso desarrollo, sino porque, como película, plantea un tratamiento dramático cuanto menos cuestionable. Muy a pesar del excelente reparto que tiene, todo sea dicho.

Desde luego, lo más llamativo de El círculo es su apuesta visual y muchos de los hitos que conforman su trama. Bebiendo de producciones previas, ya sean cinematográficas o televisivas, Ponsoldt apuesta por el caos que generan millones de mensajes incapaces de ser leídos en un formato visual que puede llegar a ser confuso, pero que en el fondo termina por llegar al espectador del modo adecuado a lo que se quiere transmitir. A esto se suma un diseño de producción que se nutre directamente del funcionamiento de los grandes gigantes de internet, a los que por cierto el argumento hace una crítica cuanto menos contundente, al menos durante su primera mitad. Todo ello conforma un desarrollo inicial interesante que, sin embargo, se desinfla de forma alarmante.

Y es que, como se menciona en un momento del film, todos nos comportamos diferente delante de una cámara. Da la sensación de que la historia no quiere en ningún momento tomar partido a favor o en contra de la tecnología. En una suerte de búsqueda del equilibrio entre lo bueno y lo malo, la cinta se queda en tierra de nadie, convirtiéndose en una huída hacia adelante de la protagonista que, para denunciar los riesgos de una transparencia absoluta y poner en evidencia a sus jefes, decide recurrir al máximo extremo de la transparencia. Todo ello después de sufrir en sus carnes las nefastas consecuencias de que toda su vida sea retransmitida por una cámara. Pero no queda ahí la cosa. La cinta se centra tanto en el personaje de Emma Watson (saga Harry Potter) que se olvida de dar algo de “cariño”, aunque sea mínimo, a algunas tramas secundarias, sobre todo a la de la mejor amiga, cuya evolución está narrada de forma tan escueta que da la sensación de que se ha quedado algo por el camino en la sala de montaje.

El verdadero problema de El círculo es pura y sencillamente dramático. El tratamiento del guión es tosco, plagado de referencias a otros films e historias previas similares que han abordado, si no este, otros temas relacionados. Y eso se nota a pesar de los actores, más que nada porque lo que podría dar un aire diferente al relato, como son las tramas secundarias, se reducen a la mínima expresión, siendo totalmente inconexas y, hasta cierto punto incomprensibles. Da la sensación de que la historia comienza de un modo pero, a mitad de desarrollo, comprende que hay una cámara que observa lo que está ocurriendo, tratando de rectificar y comportarse como algo que no es. O dicho de otro modo, la película comienza apuntando en una dirección para cambiar de rumbo, hacerlo sin una explicación coherente y terminar de un modo cuanto menos cuestionable.

Nota: 6/10

‘Silicon Valley’ combina tradición y novedad en su tercera temporada


Los protagonistas de 'Silicon Valley' afrontan nuevos retos en la tercera temporada.Después de tres temporadas, decenas de risas por episodio y una frescura que parece no terminar, se puede decir que Silicon Valley es el relevo perfecto de una fatigada The Big Bang Theory. Puede que muchos pongan el grito en el cielo, pero la serie creada por John Altschuler, Mike Judge y Dave Krinsky (responsables de la serie El rey de la colina) tiene todo lo necesario para convertirse en el nuevo referente de la comedia ‘friki’, salvo tal vez un éxito arrollador y masivo que la impulse hasta donde le corresponde estar. Pero no adelantemos acontecimientos y analicemos los últimos y desternillantes 10 episodios.

Con sus fallos, que los tiene, la serie ha sido capaz de consolidarse en su fórmula a través de la construcción de una historia con un claro objetivo. Desconozco si la producción tiene ya planteado su final y en qué temporada será o si, por el contrario, se extenderá el chicle hasta que se agote (como suele ocurrir, por cierto), pero la realidad es que, hasta ahora, ha sabido encontrar el equilibrio idóneo entre los pilares que definen la trama y la evolución necesaria de la misma. Así, en esta tercera etapa los personajes deben hacer frente a un nuevo conflicto dentro de su recién nacida empresa, pero al mismo tiempo se aborda el modo en que todos ellos evolucionan.

Y es aquí donde se hallan los mejores momentos de humor de la temporada. La inocencia y el carácter muchas veces pardillo del rol de Thomas Middleditch (Bronce) contrasta sobremanera en un mundo habitualmente dominado por tiburones, por personas capaces de cualquier cosa por lograr sus objetivos, y habitualmente con más experiencia en esa especie de gran pecera que es Silicon Valley. Este choque de realidades es el mejor ejemplo de cómo las inseguridades personales se trasladan a un contexto de ‘Yo contra el mundo’ que obliga a madurar al protagonista, quien al mismo tiempo sigue aferrado a una idea de hacer las cosas que le lleva a sufrir no pocas situaciones casi ridículas. Con todo, lo mejor es que al final siempre parece salirle bien.

A esto se suma, como no podía ser de otra manera en una sitcom de estas características, las dinámicas internas del grupo protagonista. Acentuándose la rivalidad entre los personajes de Martin Starr (Juerga hasta el fin) y Kumail Nanjiani (Loaded), que alcanza puntos realmente divertidos, destaca sobre todo lo que ocurre con el rol de T.J. Miller (Deadpool), cuyo arco dramático a lo largo de estos episodios es de los más completos, reubicándole dentro de la trama de una forma diferente pero manteniendo, como era de esperar, la esencia de su personalidad. Dicho de otro modo, y esto es algo que podría aplicarse a casi todos los protagonistas, los varapalos que sufren no les hacen ver las cosas de forma diferente. Al contrario, parece reafirmarles en sus posturas.

Secundarios

Ahora bien, Silicon Valley también ha demostrado en esta tercera temporada que tiende a acomodarse en la reiteración de algunas ideas. Se podría decir que es la parte más negativa de ese equilibrio entre la esencia de la serie y la evolución de los personajes. El problema, en realidad, se haya en algunos personajes secundarios que no terminan de encontrar su verdadero lugar dentro de la trama. El caso más evidente es el del rol al que da vida Matt Ross (serie Revolution), que se ha convertido en una suerte de reflejo deforme del protagonista, un vaticinio sobre lo que podría llegar a ser el papel de Middleditch si se deja seducir por el dinero.

La pérdida de relevancia dentro de la historia le ha llevado a convertirse en una parodia de la propia parodia que ya era, y con ello la trama pierde un antagonista interesante cuyo hueco no logran llenar ninguno de los demás roles secundarios creados a tal efecto. Es más, el efecto conseguido es irregular, reduciendo el interés no solo en las secuencias protagonizadas por este personaje, sino la calidad del desarrollo dramático, que se limita a utilizarle como contrapunto y vía de escape para el resto de la historia. Es de esperar que se recupere para futuras temporadas, pues representa la perfecta oposición entre la pasión por el trabajo y la pasión por el dinero a través de una lucha entre los David y Goliath del mundo de Internet.

Algo similar ocurre con el papel de Josh Brener (Los becarios), ‘Cabezón’ para los amigos, aunque en este caso el personaje ya había quedado relegado a la mínima expresión en la anterior temporada. Su desarrollo en estos episodios, aunque menor y a todas luces definido por las necesidades de otros personajes, resulta más interesante y divertido, sobre todo porque parece llevar el sentido opuesto al de Ross, es decir, en clara integración con el resto de la trama. Y eso, de confirmarse, sería una buena noticia en tanto en cuanto aporta un contrapunto irónico necesario al variopinto grupo protagonista, que alcanzaría un nuevo nivel de humor que la serie agradecería.

La sensación que deja la tercera temporada de Silicon Valley es doble. Por un lado consolida los pilares que han convertido la serie en lo que es, apostando por los protagonistas y las dinámicas entre estos personajes principales. Por otro, desarrolla algunas líneas argumentales secundarias para volver a distribuir el peso narrativo en algunos roles secundarios que, dicho sea de paso, necesitan más presencia en la historia. Esa sensación de evolución de la ficción es lo que hace que sea tan fresca, tan dinámica y tan divertida, y es lo que la convierte en una de las mejores comedias de la televisión.

2ª T. de ‘Silicon Valley’, o cómo triunfar en Internet siendo un primo


Los protagonistas de 'Silicon Valley' deben hacer frente a su propia inocencia en la segunda temporada.He de confesar que me he rendido casi desde el principio a Silicon Valley, esa pequeña joya del humor creada por John Altschuler, Mike Judge y Dave Krinsky, autores de la ficción televisiva El rey de la colina. Su primera temporada, a medio camino entre la ilusión de los proyectos que empiezan y el carácter crítico con el mundo de las grandes marcas de la tecnología e Internet, fue un soplo de aire fresco, algo similar a lo que sucedió con The Big Bang Theory en sus inicios. Por eso la segunda etapa, aunque mantuviera la diversión, debía ser capaz de aportar algo diferente, algo que fuera capaz de hacer crecer a los personajes. Y por suerte, lo consigue, confirmando a esta producción como una de las más originales de la parrilla.

Curiosamente, ese “más difícil todavía” ha llegado de la forma más sencilla posible: explotando aún más las debilidades de sus protagonistas, sobre todo del personaje interpretado por Thomas Middleditch (Search party), verdadero líder del reparto y el personaje más pardillo que puede encontrarse en la televisión. Es precisamente esa inocencia, esa incapacidad para moverse en un mundo plagado de tiburones, lo que hace más irónico el desarrollo dramático de la temporada, que cuenta con 10 episodios. Así, a los problemas propios de cualquier empresa que empieza a crecer (económicos, de personal, etc.) se suman las piedras en el camino generadas por el propio personaje, ya sea en forma de inversor megalómano o de conflictos con competidores a los que se da sin querer el secreto de la empresa.

A esto se suma, sin lugar a dudas, la dinámica interna de los personajes, algo ya planteado en la anterior temporada y ahora mucho más explotado. Más allá de la diferencia de caracteres, lo que mejor funciona del conjunto son los contrastes que cada uno de los protagonistas parece desarrollar de forma paralela cuando está en compañía de los demás. Por ejemplo, el rol de T.J. Miller (Transformers: La era de la extinción) tiende a ser egocéntrico y en cierto modo despectivo, pero siempre deja entrever la necesidad de formar parte de un grupo al que considera algo más que trabajadores. Algo similar ocurre con Martin Starr (Veronica Mars) y Kumail Nanjiani (Loaded), sin duda la pareja más dinámica de Silicon Valley, y cuya competitividad se ve compensada por la fuerza que ambos tienen cuando colaboran.

Con este análisis puede parecer que la serie abandona la trama en favor de unos personajes bien construidos y mejor interpretados, pero nada más lejos de la realidad. Manteniendo el desarrollo iniciado en la primera etapa, esta segunda temporada ahonda en los conflictos ya planteados e incorpora otros nuevos para dotar de una mayor complejidad (aunque tampoco excesiva) a las desventuras de los cinco protagonistas. Y lo consigue fundamentalmente con tramas secundarias que, aunque a simple vista no parecen tener demasiada relevancia, terminan por complementar la trama principal de tal modo que el resultado final en una estructura bien armada, sin cabos sueltos dejados por el camino y con nuevos retos para el futuro.

Ascender por la cara

Pero al comienzo mencionaba que la primera temporada de Silicon Valley tenía en la parodia y la crítica a las grandes compañías como Apple o Microsoft uno de sus mejores bazas. Quizá lo más interesante, o al menos aquello que aporta una mayor riqueza, sea el hecho de que entre tanta desventura, entre tantos problemas a los que se enfrentan los personajes, sigue habiendo hueco para la denuncia. Y esto, para aquellos que sigan la serie, está ejemplificado en la figura de Hooli, esa compañía medio Apple medio Microsoft en la que su “visionario” líder se desquicia porque un grupo de jóvenes en el salón de su casa han logrado superar toda su poderosa y rica estructura de desarrollo.

Aunque es cierto que adquiere más relevancia hacia la segunda mitad de la temporada (y esto puede ser algo que perjudica el desarrollo fluido de la trama), lo que aporta toda esta historia secundaria es sumamente revelador a la par que divertido e irónico. Sin ir más lejos, la forma en que asciende el personaje de Josh Brener (Los becarios), cuyo único mérito ha sido ser amigo del protagonista, es tan surrealista como creíble, sobre todo viendo los méritos que hacen algunos dirigentes para llegar a donde están. En este sentido, el lanzador de patatas que desarrolla es revelador. Pero dentro de esta gran compañía hay mucho más: los equipos de desarrolladores que se van pasando los problemas de uno a otro, las “magníficas ideas” que no se podrán desarrollar hasta dentro de 20 años, los aduladores que solo buscan su propio beneficio.

El final de la temporada es el mejor ejemplo de lo que significa la serie en esta segunda tanda de episodios. La amarga victoria que logra el protagonista es directamente proporcional a la derrota que sufre el antagonista. Curiosamente, y aunque el segundo pierde más que el primero, la sensación que resta en el espectador es la de que ninguno sale ganando, quizá porque ambos han perdido mucho por el camino, quizá porque los siguientes retos se plantean mucho más complejos. Sea como fuere, esa imagen del vencedor derrotado resume con detalle el modo en que la serie debe interpretarse. Todos los reveses y las pírricas victorias en el mundo digital no hacen sino acrecentar esa idea de que los protagonistas se mueven constantemente en un mundo que no terminan de comprender.

La segunda temporada de Silicon Valley, por tanto, responde a esa idea de más y mejor de cualquier saga cinematográfica (y por qué no, de la tecnología). Lejos de desarrollar únicamente la trama principal ya planteada, la ficción decide apostar por añadir capas dramáticas en forma de tramas y lograr así un enriquecimiento del mundo en el que viven los protagonistas. Lo más satisfactorio es que la serie logra dejarse muy pocas cosas en el tintero, salvo claro está aquellas que deben mantener la historia una tercera temporada ya confirmada. Los personajes crecen, aunque sea a golpe de escarmiento; las tramas evolucionan, y el humor nunca desaparece del todo, ni siquiera en los momentos más dramáticos. Esta nueva temporada confirma que es una producción que no debe ignorarse.

‘Blackhat: Amenaza en la red’: perder el tiempo hackeando la nada


Chris Hemsworth es el protagonista de 'Blackhat: Amenaza en la red', lo nuevo de Michael Mann.Lo peor que le puede pasar a una película es que no aporte absolutamente nada. Ni bueno ni malo, nada. Y si eso ocurre en un film apadrinado, dirigido, escrito o producido por un nombre como el de Michael Mann (Heat), algo no cuadra. Y en efecto, algo no cuadra en su regreso a la gran pantalla tras seis años de ausencia. Este nuevo thriller ambientado en el mundo de la ciberdelincuencia tiene mucho potencial pero poco trabajo dramático, por no decir ninguno. Y el principal responsable de todo ello no es su director, sino su guionista, el debutante Morgan Davis Foehl.

En efecto, el libreto carece de pulso narrativo. Más allá de un comienzo altamente repetitivo que queda muy bonito visualmente hablando pero innecesario desde un punto de vista dramático, la cinta parece avanzar a trompicones, ofreciendo al espectador “paquetes” de historia que son presentados bajo formas muy diversas. El guión da vueltas sobre sí mismo durante buena parte del inicio del segundo acto, alargando en exceso las teorías y las explicaciones de la inteligencia del villano. La poca acción que ofrece la historia, lo único admirable del film (y eso es gracias a la labor siempre agradecida de Mann), sucede en dosis muy contadas, por lo que en ningún momento parece existir una continuidad en lo narrado, más allá de tener como nexo de unión la caza al hombre que lidera un Chris Hemsworth (La cabaña en el bosque) que o bien no sabe dónde se ha metido o es que su capacidad interpretativa no da para mucho más.

Pero es precisamente el villano lo que descoloca las posiciones adoptadas previamente. Se antoja un tanto infantil que la motivación de un cerebro criminal capaz de hacer las genialidades que se narran en la historia sea, simple y llanamente, el dinero. La trama, a través de sus teorías, dirige la atención en todo momento hacia algo más elevado y menos tangible. Por eso el resultado final produce emociones encontradas, dejando en el aire la pregunta: ¿y todo esto para esto? Pues sí, todo esto para esto. Dos horas y cuarto de metraje que no solo son excesivas, sino que parecen mucho más por esa incomprensible necesidad del guionista de dar vueltas sin parar sobre una misma idea para ralentizar el avance.

Al final, Blackhat: Amenaza en la red es un thriller sin demasiada sustancia, una cinta cuyo suspense se va diluyendo hasta convertirse en una cinta de acción al uso aunque con menos acción de lo que cabría esperar. Ni el reparto logra estar a la altura (tampoco es que se pueda hacer mucho con estos personajes) ni el guión sabe manejar los tiempos y las herramientas del género. Al final, curiosamente, lo mejor de todo es la agilidad con la que su director maneja las pocas secuencias de acción que tiene el film. Eso y la fotografía, que vuelve a definir ese particular estilo que Mann ha adoptado en la última década. Pero eso no es suficiente.

Nota: 4/10

‘Silicon Valley’ añade crítica al desternillante humor de su 1ª T


Los protagonistas de 'Silicon Valley' tratan de sacar adelante su empresa en la primera temporada.El mundo de las empresas dedicadas a la tecnología, sobre todo al mundo informático, han sido objeto en numerosas ocasiones de tramas centradas en el espionaje industrial y en thrillers con marcado componente digital (ciberterrorismo, hackers, …). Sin embargo, son pocas las ocasiones en las que podemos afrontar una historia de este tipo desde un punto de vista cómico como el que presenta la serie Silicon Valley, cuya primera temporada de apenas 8 episodios finalizó a comienzos de junio en Estados Unidos. En realidad, pocas veces una serie se toma a sí misma tan poco en serio, lo que consigue, aunque parezca una contradicción, un nivel de exigencia narrativo y paródico que la sitúa entre las mejores producciones cómicas de la pequeña pantalla de los últimos años.

Creada por Mike Judge (serie El rey de la colina), John Altschuler y Dave Krinsky, que ya colaboraron en Patinazo a la gloria (2007), la historia se centra en un grupo de jóvenes que buscan su oportunidad en Silicon Valley creando una aplicación capaz de comprimir archivos hasta niveles nunca antes conseguidos y sin perder calidad en el proceso. Y aunque a grandes rasgos la trama principal podría resumirse en esta sencilla frase, la producción se nutre, y de qué manera, de unos personajes tan corrientes como surrealistas. Corrientes porque todos ellos son el vivo retrato de la imagen (errónea) que el gran público tiene de los “frikis” de la informática, es decir, chicos apasionados por los ordenadores y la computación cuyas capacidades para relacionarse con el resto del mundo son algo limitadas. Y surrealistas porque ninguno de ellos es lo que podríamos definir como “normal”.

Ambos conceptos enriquecen la trama de Silicon Valley hasta dejarla, en cierto modo, en un segundo plano. A medida que el desarrollo dramático permite al espectador conocer más en profundidad todos los aspectos de los roles principales el interés por ver cómo es el proceso para llegar a sus objetivos se impone a, por ejemplo, los acontecimientos que se suceden. Poco importa que necesiten un nombre para su empresa; poco importa que no tengan un lobo o carezcan de financiación. Las reacciones a dichas situaciones, la forma en que unos personajes tan diferentes entre sí interactúan para llegar a un logro común es lo verdaderamente relevante y lo que al final provoca una cadena de carcajadas de la que es muy difícil escapar. Evidentemente, de esto tienen buena parte de responsabilidad los propios actores, que más allá de una trama bien estructurada y sencilla incluso para aquellos “infieles” de las nuevas tecnologías, logran hacer que el espectador conecte con sus personajes.

En líneas generales, todo el reparto es excepcional. Desde Thomas Middleditch (Fun size) hasta secundarios como el malogrado Christopher Evan Welch (The master), que murió durante el rodaje de la serie, todos los personajes, con sus luces y sus sombras, crean un mundo único, casi irreal, en el que los problemas a afrontar son, sin embargo, de lo más corriente, incluso demasiado sencillos para el hombre corriente. Aunque si hay que destacar a alguien ese es T.J. Miller (El oso Yogui), cómico relevante en Estados Unidos que dota a su papel de una presencia tal que termina por hacerse dueño y señor de absolutamente todo. Da igual que participe o no en una secuencia, su labor en cada episodio es soberbia, lo que extiende su influencia a todos y cada uno de los planos. No me cabe duda de que la calidad del personaje reside en buena medida en una definición sobre el papel plagada de matices, pero la soberbia que Miller logra aportar a su personaje y ese aspecto a medio camino entre desahuciado y empresario en ciernes es algo único del actor. De algún modo, es un roba escenas que se convierte en el alma de la serie.

Burlarse de los iconos

Prueba de ello es que los mejores momentos de estos primeros capítulos los protagoniza él, desde alguno sencillo como la búsqueda del logotipo ideal de la nueva empresa (con setas alucinógenas, un desierto y unos lavabos de gasolinera incluidos) hasta ese momento del último episodio con una extraña teoría sobre los asistentes a un evento, pasando por una especie de crisis de identidad en la que imita a Steve Jobs, fundador de Apple, en su forma de vestir. Un momento que, aunque más sutil en el balance general de la serie, representa el otro gran elemento de Silicon Valley: la irreverencia por los iconos de ese caldo de cultivo tecnológico al que hace referencia el título, algo que por cierto queda patente en la imagen promocional de la ficción, en la que los protagonistas visten el famoso jersey negro de cuello vuelto mientras imitan la expresión de Jobs.

Puede que el humor con el que se aborda todo en la serie y los personajes tan extravagantes que pueblan el arco dramático resten protagonismo a la ironía con la que se trata el mundo de la informática y los ordenadores, pero no puede desdeñarse el tono sarcástico que en no pocas ocasiones se utiliza para referirse a personajes como Bill Gates, el mencionado Jobs o los fundadores de Google, Facebook o Twitter. Referencias, por cierto, tanto visuales como verbales. A la ya mencionada referencia del jersey habría que añadir la propia guerra de gigantes en la que se ven envueltos los protagonistas y que, no por casualidad, recuerda a la enemistad mantenida entre Microsoft y Apple. Pero hay mucho más: el funcionamiento de las grandes empresas, que tienen trabajadores sin hacer nada para no dejarles irse a la competencia; el espionaje industrial; los coches inteligentes que terminan llevando a un personaje a una especie de isla tecnológica, etc.

Todo ello deja la sensación de estar ante algo más que una sitcom al uso en la que el humor se basa en los personajes. Por supuesto, sin ellos el resultado no sería ni siquiera parecido, y posiblemente terminaría resultando monótono e incluso incomprensible. Pero la serie, y este es uno de sus grandes aciertos, incorpora cada vez más elementos críticos a medida que se suceden los episodios. Este concepto evolutivo con el que se enriquece la trama no solo permite distraer la atención de un argumento, por otro lado, excesivamente simple, sino que ofrece a los personajes afrontar situaciones novedosas y frescas. Sin ir más lejos, el momento en el que el personaje de Zach Woods (Damiselas en apuros) se dedica a proponer negocios de dudosa moralidad a transeúntes para que estos lo valoren recuerda a las encuestas realizadas por las empresas para valorar la satisfacción de sus clientes.

Silicon Valley es, en pocas palabras, un soplo de aire fresco. Puede resultar algo difícil en un primer momento; incluso puede que el episodio piloto resulte extraño. Pero una vez superado ese primer escalón, y sobre todo cuando T.J. Miller se hace con el control de la escena, la primera temporada gana enteros hasta convertirse en una auténtica revelación en este 2014. El hecho de que aúne humor y crítica no hace sino mejorar el resultado final, sustituyendo sus carencias (sobre todo en lo que a argumento se refiere) con conceptos dinámicos y adaptados a unos tiempos en los que Internet y los ordenadores dominan el día a día. Eso sí, viendo el final de esta corta temporada el futuro de la serie y de los personajes será, sin duda, muy diferente. Si a lo visto hasta ahora se le añade una nueva trama más compleja el resultado puede ser imprescindible.

‘Transcendence’: replicarse sin sentido no sirve de nada


Johnny Depp logra introducir su mente en un ordenador en 'Transcendence', de Wally Pfister.La actual sociedad de la información ha generado un curioso fenómeno: podemos conectar con cualquier parte del mundo pero al mismo tiempo nos aísla de lo que tenemos al alcance de nuestra mano. De un tiempo a esta parte el cine y la televisión han recogido las preocupaciones sociales que esto genera y las han plasmado en historias con más o menos fortuna. El problema es que el tema es tan recurrente y tiene tan poco recorrido que las producciones empiezan a repetirse. Lo último de Johnny Depp (Enemigos públicos) sufre, irónicamente, el mismo fenómeno que aborda en su trama, y en un intento por ser original lo único que logra es trasvasar historias de la pequeña pantalla al formato cinematográfico.

De hecho, cualquier aficionado al fantástico moderno encontrará no pocas referencias a series como RevolutionBlack mirror. En efecto, el debut en la dirección de Wally Pfister aporta pocas novedades a las teorías ya enunciadas por otras producciones, limitándose a reiterar los peligros de una inteligencia artificial superior (en este caso creada a partir de la “trascendencia” de una mente humana) y la gran dependencia del ser humano hacia las máquinas, Internet y las redes de comunicación global. En este sentido, el film se revela simplemente como un vehículo para exponer los hechos, sin llegar en ningún momento a postularse a favor o en contra de algunas de las posturas que en él se plantean. O lo que es lo mismo, el abuso tecnológico es malo, pero la tecnología es necesaria.

Una postura que puede parecer realista pero que, en formato cinematográfico, deriva en un producto algo tedioso, con un ritmo irregular y sin demasiados alardes visuales, lo cual por cierto es una lástima teniendo en cuenta las posibilidades que ofrece la historia. El desarrollo dramático, además, no presenta giros demasiado relevantes, lo que produce una especie de balsa de aceite en la que los conflictos no consiguen enganchar al espectador. No significa esto que el film sea aburrido, sobre todo si se acude a las salas con la idea de reflexionar sobre el tecnológico mundo que nos rodea. Pero desde luego las posibilidades narrativas que plantea su inicio quedan diluidas en una ausencia total de conflicto entre protagoniza y antagonista. Y esto se debe principalmente a que no hay ni lo uno ni lo otro. A lo largo del metraje prácticamente todos los personajes pasan de héroe a villano en cuestión de minutos, por lo que es muy difícil identificar quién es quién en la historia y cuáles son sus intenciones.

El resultado es una película que no logra trascender, valga el juego de palabras. Transcendence trata de hacer reflexionar sobre diversos temas, pero no lo hace de la mejor forma posible. Si el formato hubiese sido el del documental posiblemente estaríamos hablando de otra cosa, pero la apuesta por la ciencia ficción no encaja con algunas lagunas narrativas y formales como es la indefinición de los personajes, lo que deriva en la indefinición de la propia historia. Los actores, que hacen lo que pueden con sus respectivos roles, logran sustentar una historia por lo demás algo manida y conocida. Se deja ver, pero algo de agilidad narrativa y de concreción conceptual no habría estado nada mal.

Nota: 5/10

‘Dates’ exhibe la naturaleza del ser humano en las primeras citas


Logo de la serie británica 'Dates'.He de reconocer que, en líneas generales, las producciones inglesas para la pequeña pantalla tienen siempre algo fresco, algo que no ocurre con las estadounidenses. Desconozco si es por la saturación de productos que provienen del país norteamericano (o porque lo que llega desde Inglaterra es solo lo mejor), pero desde luego una producción de las islas siempre es sinónimo de, cuanto menos, algo a tener en cuenta. El caso de Dates, serie creada por Bryan Elsley (serie Skins), encaja bastante bien en el perfil. No tanto porque tenga un formato diferente o novedoso, sino por la forma de desarrollar sus tramas y, sobre todo, por ese inconfundible estilo inglés a la hora de dar forma a las historias.

Para aquellos que todavía no hayan visto los 9 episodios que conforman su primera temporada, la serie se puede definir como un estudio de las relaciones sociales, y más concretamente de las “citas” que dan nombre a la producción. A través de las miradas y de las diferentes personalidades de sus protagonistas el espectador asiste a ese extraño baile que son las primeras citas, en esta ocasión orquestadas a través de alguna de las múltiples plataformas digitales que existen para conocer gente. Es, por tanto, una serie en la que a priori ninguno de los episodios guarda relación con el anterior, presentando en cada uno conflictos diferentes.

Como decimos, no es en sí un tema novedoso. El hecho de que cada capítulo tenga protagonistas diferentes y una trama única ya ha sido tratado en numerosas ocasiones. De hecho, habrá quienes vean en Dates una falta de originalidad pasmosa al descubrir que los personajes son, en su gran mayoría, arquetipos. Los homosexuales no declarados, la joven que busca el amor a través de Internet, un médico divorciado, una chica de compañía, … Todos ellos responden, en mayor o menor medida, a los estereotipos que la sociedad ha impuesto para este tipo de páginas o plataformas para conocer gente.

Y sí, es cierto que dicho estereotipo existe… ¿y qué? Esa es la pregunta que debe ser contestada. La televisión está plagada de esos personajes que responden a una definición bastante sencilla de los ideales que todos los espectadores tienen en la cabeza. En el caso que nos ocupa, además, es algo secundario. Que una joven no termine de aceptar su homosexualidad por las presiones familiares, por poner un ejemplo, es lo de menos. Lo realmente interesante es comprobar si la evolución dramática de los personajes en estos pequeños bocados de realidad que son cada episodio (unos 20 minutos cada uno) tiene la entereza suficiente para generar interés. Y aquí, personalmente, me decantaría por el sí.

Una serie de actores

Dividido cada uno de estos 9 primeros episodios en dos partes bien diferenciadas, la sencilla y aparentemente arquetípica trama sirve de base para exponer al ojo de la cámara los defectos, las virtudes, los miedos y las bondades de estos personajes que poco o nada tienen en común. En cada uno de los capítulos, además, el espectador logra un conocimiento exhaustivo de los personajes gracias a la sutileza con la que son presentados y, sobre todo, a la elegancia formal y narrativa de distribuir los puntos de giro y los conflictos de personalidades que tienen lugar en esos bares, cafeterías, restaurantes u hoteles en los que transcurre. Por no hablar de los diálogos, todo un ejercicio del que deberían aprender muchos guionistas.

En buena medida, los actores tienen mucho que ver en esto. Bueno, más bien son imprescindibles. Dates es, por así decirlo, una serie simple. Un escenario, a lo sumo dos, con dos actores y algún secundario en forma de camarero. Con este planteamiento, la labor interpretativa es esencial, y lo cierto es que todos los actores que pasan por las tramas, o casi todos, bordan cada una de sus interpretaciones, desde los más habituales como Oona Chaplin (serie Juego de Tronos), Ben Chaplin (El retrato de Dorian Gray) o Will Mellor (serie Broadchurch) hasta los más esporádicos como Neil Maskell (serie Utopía) o Andrew Scott (serie Sherlock).

Todos ellos, sin excepción, conforman un universo único en el que sus inseguridades marcan el devenir de sus acciones. Este es, en el fondo, el verdadero sentido de la serie. A pesar de su aparente éxito, de sus personalidades dominantes o de sus atractivos físicos, todos los personajes poseen una serie de inseguridades y de miedos que les convierten en atractivos para el público. El hecho de que se conozcan por Internet es, al final, secundario (de hecho, es un dato que se conoce por menciones de los propios personajes). Lo realmente interesante es comprobar cómo hacen frente a sus propias debilidades y a las de sus citas.

Dates no es, por tanto, una serie rompedora en ningún sentido. Es un producto de personajes, una serie de relatos intimistas sobre aquello que el ser humano suele guardar escondido bajo numerosas capas de formalismos y convenciones sociales. Y a pesar de no mantener una relación directa entre cada una de sus historias (con la excepción de las que protagonizan los dos Chaplin y Mellor), sí que encuentra un denominador común en el retrato social que presenta. No es una serie hecha para aquellos que buscan entretenimiento puro, eso es evidente. Pero divierte, sobre todo con las personalidades surrealistas de algunos personajes.

‘Sharknado’, despropósito sin criterios cinematográficos mínimos


Ian Ziering lucha por su vida contra los tiburones de 'Sharknado'.Hay películas que poseen numerosos defectos narrativos de forma consciente. Muchos films pertenecientes a la llamada serie B suelen pecar de lugares conocidos, personajes manidos y diálogos y situaciones carentes de dinamismo y originalidad. Pero siempre suelen tener un alma. Algo que permite identificarlas y, por lo tanto, atenernos a las consecuencias de lo que estamos viendo. Y luego está el caso de Sharknado. La producción de la compañía The Asylum, especializada en un tipo de películas que todavía no tengo claro cómo calificarlas, tiene todos los elementos anteriores salvo uno: el alma. Porque si de algo peca este relato sobre unos tornados que recogen del agua a la mitad de la población mundial de tiburones para soltarlos por las calles de Los Ángeles es de un exceso de celo en hacer las cosas mal.

Es evidente que la película, dirigida por Anthony C. Ferrante (Boo) y protagonizada por Ian Ziering (Steve Sanders en Melrose Place) y Tara Reid (American Pie), comete numerosos errores formales y de contenido de forma consciente. Algunos por la falta de medios, como los efectos especiales o la resolución formal de determinadas secuencias a base de planos cortos sobre los que trabajar luego digitalmente, y otros simplemente porque el guión de Thunder Levin (Atlantic Rim) simplemente no da más de sí. Pero incluso en este contexto, incluso con los parámetros prefijados tanto por la fama que precede al film (su éxito en Internet ha sido abrumador, pero de eso hablamos más adelante) como por las características del producto, hay un límite. Siempre hay un límite.

En esta ocasión, dicha frontera la marca el raccord, esa teoría que afirma que entre planos consecutivos debe existir una continuidad entre los elementos que aparecen en ellos. Sharknado es un despropósito desde este punto de vista. Entendiendo, como digo, que la película rezuma poca calidad por los cuatro costados casi por imperativo comercial de su productora, es incomprensible que en medio de una tormenta haya planos donde el cielo está totalmente despejado, o que se utilicen diversos planos de recurso una y otra vez. Sí, es cierto que el presupuesto es alarmantemente bajo, pero estos errores no son un problema económico.

Dejando esto a un lado, la película solo puede ser abordada como una curiosidad social y cultural, como el resultado de un fenómeno que parece haber encontrado en el mundo de Internet un nicho de mercado que, por desgracia, no encuentran otras películas igualmente mediocres pero mucho mejor realizadas. Y eso que la labor de Ferrante no es de lo peor del film, aunque sin duda define el resultado final. En conjunto, la labor del director se antoja algo limitada creativamente hablando, recurriendo a planos estáticos y sin demasiada expresividad. Algunos por limitaciones de presupuesto, como mencionaba antes, pero otras simplemente por sus propias limitaciones como realizador.

Entre el éxito y el fracaso

Aunque el premio a la labor más surrealista debería llevárselo Levin, cuya labor en la escritura del guión es tan impactante como increíble. El relato, además de estar plagado de esos lugares y personajes comunes a los que hacía referencia al inicio (un bar, surf, una padre de familia preocupado por sus hijos y su ex mujer, la casa de esta, un amigo gracioso, …), posee un desarrollo tan sencillo y previsible como plagado de fenómenos paranormales. Esto no es a priori un defecto, salvo si se ve con los ojos equivocados. Teniendo en cuenta que la premisa consiste en unos tiburones volando por los aires gracias a varios tornados, el hecho de que el héroe sea un surfista capaz de rescatar a todo un autobús de un colegio o que mate a tiros a tiburones que vuelan por los aires a varios metros de altura no es algo descabellado. Ni siquiera su resolución final, a la que pertenece la imagen que acompaña el texto y que habla por sí sola.

La verdad es que su éxito viral en la red es comprensible. Es un producto pensado para el consumo masivo, rápido y ligero por parte de los jóvenes, sin demasiado que analizar y como vía de liberación de tensiones y risas nerviosas. Lo que realmente sorprende es que haya personas y medios de comunicación que tomaran como noticia el hecho de que Sharknado fuese un fiasco en su estreno en circuito comercial. ¿Realmente alguien pensaba que cualquier aficionado al cine, independientemente de la edad que tenga, pagaría el precio de una entrada por ver un producto de semejantes características? Una cosa es disfrutarlo en la intimidad del salón o de una habitación de un colegio mayor de forma gratuita, y otra muy distinta gastarse entre 7 y 10 euros en verla en pantalla grande, con la consecuente pérdida de calidad que indudablemente tendría.

La película, posiblemente el mayor éxito hasta la fecha de su productora, debe ser entendida única y exclusivamente en este contexto. Sus evidentes limitaciones a todos los niveles encuentran justificación en la idea de que es un producto pensado para eso, y solo para eso. Tal vez pueda parecer un contrasentido el hecho de intentar analizar desde un punto de vista profesional una producción tan informal. Y lo es, al menos en cierto modo. Pero el cine es cine, al igual que la literatura es literatura o la música es música. Y en toda disciplina que requiera creatividad existen unos elementos comunes que la definen independientemente de la calidad de sus obras. Por ejemplo, toda película debe tener un planteamiento, un nudo y un desenlace. El héroe debe enfrentarse a retos que le permitan superarse y mostrarse tal y como es. Y sobre todo, debe tener una narrativa coherente con lo que se está contando.

Sharknado posee algunos elementos, pero carece de muchos otros. Es por eso que es un despropósito incluso en el ámbito en el que se mueve. Para aquellos que se acerquen a ella por curiosidad, como ha sido mi caso (la película se estrenó en septiembre en España, pero hasta ahora no había tenido la suerte de verla), solo decirles que traten de superar los primeros minutos, tiempo que necesita el cuerpo humano para acostumbrarse a lo que está presenciando. Una vez aceptadas las reglas del juego, la película se convierte en una sucesión de despropósitos a cada cual más surrealista, culminando con ese giro argumental tan inesperado como imposible. Un final que, la verdad, define a la perfección lo que es este éxito de Internet y fiasco de taquilla.

‘Runner Runner’: el buen jugador sabe cuando retirarse


Ben Affleck y Justin Timberlake en un momento de 'Runner Runner', de Brad Furman.Hay ocasiones en que una película, a pesar de su aparente atractivo, envía señales inequívocas de que algo no funciona, de que posiblemente decepciones una vez haya sido vista. Más o menos como la nueva película de Brad Furman (The take) afirma que ocurre en el póquer, en el que el buen jugador se define como aquel que sabe cuándo retirarse. Eso implica que hay mucha gente que no se ajusta a dicha categoría, y por extensión que hay muchos espectadores que tampoco saben cuándo deben escuchar a su instinto. Seguramente más de uno y más de dos se sentirá así una vez se enciendan las luces de la sala en la que proyecten Runner Runner.

La palabra que mejor define este thriller ambientado en el juego online es, aunque parezca un juego de palabras, la indefinición. Sí, la historia está bastante bien montada. La ambientación es tan idílica como cabría esperar, y hasta cierto punto la corrupción y el lujo desenfrenado que rodea este mundo quedan retratados de forma creíble. Pero ya. Si la trama es más o menos acertada, su desarrollo es un ejemplo de mala escritura, con diálogos simplemente absurdos y secuencias que lejos de aportar impiden una visión panorámica del conjunto, pues proponen vías de tratamiento que finalmente se solucionan apresuradamente.

Si los decorados y la ambientación se ajustan a lo que se espera de ellos, los personajes juegan al siempre peligroso juego del gato y el ratón… pero con el espectador. Y en esta ocasión la casa no gana. Es más, sale muy mal parada. El villano de turno queda retratado como un mafiosillo de tres al cuarto cuyas amenazas se identifican como tales únicamente porque utiliza más clichés que insultos. La supuesta jugada maestra, que consiste en ocultar sus verdaderas intenciones hasta el final (menuda novedad, ¿no?), se identifica casi desde el principio, convirtiendo el suspense en una espera un poco interminable para el espectador. Por no mencionar la floja relación sentimental, que más que una motivación o un escollo es una forma de rellenar minutos en pantalla.

Y no hablemos ya de los actores, ninguno de ellos cómodo en su papel y alguno demostrando que se le da mejor estar detrás de las cámaras que delante de ellas. Al final, Runner Runner dura hora y media, y parecen dos horas. La premisa inicial, interesante aunque algo manida, se pierde en una maraña de ideas y viajes a ninguna parte que lo único que hacen es entorpecer lo realmente interesante: la forma en la que el malo va a tratar de atacar al bueno. Un caos indefinido y previsible que, como decimos, demuestra que, como en todos los ámbitos de la vida, hay jugadores buenos y jugadores malos.

Nota: 4,5/10

‘La red social’, innovar en historias de personajes contemporáneos


Andrew Garfield, Joseph Mazzello y Jesse Eisenberg, protagonistas de 'La Red Social'.Las biografías de personajes influyentes en la sociedad, ya sean históricos o contemporáneos, siempre ha sido un tema muy apreciado por cineastas y actores. Quizá la mejor prueba de ello sea que aquellos intérpretes que adoptan las características de dichos iconos suelen estar nominados a la mayoría de premios, consiguiendo muchos de ellos. Ashton Kutcher (Algo pasa en Las Vegas) será el último en sumarse a esta tendencia con su papel en jOBS, que aborda la vida del fallecido creador de Apple y que en pocos días llegará a medio mundo. Casualidad o no, hace tres años el mundo de la informática e Internet ya fue tratado en otra recreación de la vida de uno de los gurús de este mundo: Mark Zuckerberg, creador de Facebook. La red social, dirigida por David Fincher (El curioso caso de Benjamin Button), es uno de esos experimentos audiovisuales en los que una historia aparentemente poco cinematográfica se convierte en una pieza de estudio desde varios puntos de vista.

Y digo lo de “aparentemente poco cinematográfica” porque poco hay en su trama que pueda destacarse como algo fuera de lo común. El argumento no tiende en ningún momento a generar sorpresa o intriga. Ni siquiera provoca cierto malestar, salvo que se considere al protagonista como el verdadero villano del film (algo que, por cierto, se consigue en muchas ocasiones). El verdadero atractivo de la película, por tanto, reside en el retrato que se hace de los personajes y en la labor del propio Fincher, que vuelve a demostrar su talento en un film que, repasando su filmografía, encaja poco con sus otros proyectos.

Esto no es algo casual. Si los personajes tienen el peso que tienen en la trama es gracias a la labor del que es uno de los mejores guionistas en la actualidad: Aaron Sorkin (serie The Newsroom). Su habilidad innata para crear diálogos frescos y dinámicos en los que el contenido de lo que se dice es fundamental para comprender el desarrollo dramático, así como su capacidad para crear situaciones y secuencias corrientes cargadas de significado convierten esta historia sencilla en un estudio sobre la ambición, sobre la amistad (o la falta de ella) y sobre el poder de controlar nuestro entorno. Lo más destacable en este sentido posiblemente sea su retrato del protagonista, un hombre cuya alarmante falta de empatía y su egocentrismo sobrepasan el resto de aspectos de su personalidad.

Hace poco tuve la oportunidad de hacerme con una copia del libreto de la película en su versión original. Y tras leerlo solo se pueden destacar dos aspectos. Uno es precisamente esa agilidad a la hora de componer diálogos, entre otras cosas porque son textos cortos, incisivos y muy calculados. El otro es que cualquier estudiante de guión debería analizarlo en profundidad. Tal vez no en el sentido de la estructura dramática del film, sino en la forma de escribir, de estructurar la acción en cada una de las secuencias. Y todo ello sin la necesidad de contar una historia original o creativa. Simplemente adaptando el libro escrito por Ben Mezrich sobre una historia que, por su actualidad, buena parte de la sociedad ya conoce. Ahí radica el éxito de la obra.

El tándem perfecto

Claro que todo este aspecto narrativo es conveniente analizarlo una vez visto el film y leído el texto original. El otro gran pilar de la película, el visual, es mucho más directo y atractivo. Como ya hemos señalado, la historia en sí misma tiene pocos alicientes. Un drama de estas características con algún que otro detalle de intriga ofrece pocas posibilidades a la innovación, no digamos ya a la revolución. Empero, David Fincher logra crear algunos de los momentos más interesantes en lo que podríamos llamar una lección de dirección cinematográfica en toda regla.

La red social es un claro ejemplo de la máxima que obliga a no planificar por encima de las posibilidades de la historia. Y una trama como esta exige una planificación más bien neutral, con poco margen para filigranas con la cámara. Eso no impide que haya algunos momentos brillantes que, todo hay que decirlo, tienen buena parte de su mérito en el montaje, la fotografía o la música. En este aspecto hay dos momentos que pueden ser reveladores. Uno de ellos es la secuencia inicial, aquella que nos define al protagonista y que pone la semilla para el posterior desarrollo de la serie. Es una simple conversación de dos personajes sentados en una mesa. ¿Hay algo más simple y más manido? Puede que no, pero Fincher lo convierte en un frenético intercambio de ideas en el que los planos de uno y otro se suceden casi sin respiro hasta el punto de inflexión de la secuencia, aquel en el que la cámara se para para mostrar un contexto más amplio de la situación. En esta ocasión, la visión del director no hace sino acrecentar el tono del guión, convirtiendo el diálogo en una auténtica batalla verbal.

El otro es la regata. De nuevo, un momento sencillo y con poco margen a la innovación. Y si bien en este caso la planificación no es excesivamente novedosa (aunque tiene algún que otro detalle), resulta interesante comprobar cómo la fotografía y la música pueden jugar un papel igual o más determinante en uno de los papeles fundamentales de todo relato: transmitir emociones. La secuencia va de menos a más en todos sus elementos. Mientras que el inicio es pausado el final es tenso y un tanto dramático. El montaje, al contrario que la secuencia antes analizada, pasa de ser lento y con planos más o menos largos y amplios, a ser dinámico, con planos cortos y centrados en los elementos más significativos de la trama en ese momento. Del mismo modo, la música crece en intensidad hasta llegar al clímax en la resolución de la carrera. Es, como decimos, una forma de dramatizar un momento que a priori no significa nada dentro del cuadro general de la trama para convertirlo en una pieza que aporta una mayor profundidad a los personajes que la protagonizan.

Resumiendo, La red social es uno de esos films que, con los años, deberían ser analizados en profundidad. Tal vez no pase a la historia; tal vez ni siquiera sea el mejor trabajo de cada uno de sus responsables. Pero desde luego es un claro ejemplo de lo que es un buen guión, en su estructura general y en su narrativa particular, y de lo que se puede hacer visualmente hablando si lo que se trata es de narrar con cierta originalidad situaciones cotidianas repetidas hasta la saciedad a lo largo de los años. No por casualidad, Aaron Sorkin y David Fincher, dos de los talentos más interesantes del panorama actual, son los responsables.

Diccineario

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