La 6ª T. de ‘Homeland’ se apoya en los secundarios para adaptarse


Además de su intensidad dramática, la calidad de sus actores o la solidez de sus tramas, si algo caracteriza a Homeland es su capacidad para reflejar a través de la ficción los matices que dan color a la realidad sociopolítica de Estados Unidos a través de la lucha contra el terrorismo emprendida desde hace años. La quinta temporada fue, en este sentido, simplemente impecable, y la sexta que ahora nos ocupa no se queda atrás. Para entender algunos de los giros argumentales es importante tener presente el contexto electoral que ha vivido el país norteamericano, la elección de Donald Trump y los atentados que se suceden en las capitales europeas. Todo ello aporta un prisma diferente a lo relatado en estos 12 episodios de esta serie creada por Alex Gansa (serie Maximum Bob) y Howard Gordon (serie Tyrant), ya de por sí interesante por la cantidad de tramas secundarias conectadas entre sí.

Porque independientemente de la carga política o de la manipulación mediática que contiene esta temporada, de las que hablaremos más adelante, esta ficción encuentra uno de sus pilares más sólidos en el tratamiento de los personajes y, sobre todo, en las relaciones que se establecen entre ellos. Sin miedo a la evolución que puedan sufrir a raíz de lo vivido en las anteriores temporadas, los protagonistas afrontan sus errores, sus miedos y sus frustraciones tratando de arreglar algo que tiene difícil solución. Las tensiones dramáticas que esto genera, las sensaciones de culpabilidad y de autodestrucción, otorgan al conjunto una profundidad dramática pocas veces vista incluso en esta serie, fruto sin duda de la evolución y de aprovechar el bagaje de esta longeva serie. No queda ahí la cosa. Sus creadores, al igual que ya ocurrió en la tercera temporada, afrontan sin miedo el presente y el futuro de los protagonistas. Si uno tiene que quedar impedido física y mentalmente, adelante. Y si su final tiene que ser la muerte, pues adelante también.

Esta posiblemente sea la clave del éxito de Homeland. Es cierto que el análisis político y social de la actualidad norteamericana y mundial otorga un peso específico sin igual, sobre todo por el modo en que se aborda, pero es el tratamiento dramático el que eleva esta serie hasta niveles que, en mi opinión, no se habían alcanzado en temporadas anteriores. Da la sensación de que la producción es capaz de evolucionar sin límite, pudiendo llevar a los personajes por caminos cada vez más difíciles de afrontar. Evidentemente, el contexto en el que se desarrollen las tramas siempre es cambiante, sobre todo en la realidad en que vivimos, pero más difícil resulta hacer creíble y coherente las peripecias dramáticas del personaje interpretado por Claire Danes (El caso Wells) y compañía, y no digamos ya encajarlas en la trama política de turno.

Ese punto de conexión es lo que define el carácter de la serie, y la sexta temporada lo ha sabido explotar al máximo. Por primera vez, sus responsables no solo han aprovechado el camino recorrido, sino que han introducido la variable de la hija de la protagonista para generar una tensión dramática sin igual. Es cierto que el personaje había sido utilizado de algún modo para acentuar el carácter del rol de Danes, pero ha sido en estos episodios en los que su presencia se ha tornado fundamental para comprender algunas decisiones y la evolución de la trama principal. De este modo, además del pasado adquiere especial protagonismo el futuro de esta ficción, cuyo final en esta etapa deja la puerta abierta a un interesante tratamiento político que, a buen seguro, aprovechará todo lo que pueda ofrecer el polémico presidente Trump.

Cambio de previsiones

Como decimos, el éxito de Homeland no radica únicamente en el peso dramático de sus tramas o en una soberbia definición de personajes, sino también en su capacidad de aproximarse a los acontecimientos reales que tienen lugar, algo en lo que, por cierto, se ha especializado a partir del giro experimentado tras la primera temporada. En esta ocasión las elecciones presidenciales de Estados Unidos han copado el interés político y social del argumento, aunque con unos matices tan enriquecedores como admirables. Con un comienzo que remite claramente a la posibilidad de que Hillary Clinton fuese elegida Presidenta, el final de esta sexta temporada da un giro al personaje interpretado por Elizabeth Marvel (El año más violento) para asemejarlo más al actual inquilino de la Casa Blanca.

Lo más destacable, sin embargo, no es este cambio en sí, sino el modo en que se construye la trama y se aprovechan todas las historias secundarias para producir ese cambio de forma orgánica, progresiva y coherente. Desde la manipulación mediática, hijo muerto mediante, hasta la implicación de los servicios de espionaje en una conspiración interna dentro del poder, la serie construye un relato en el que cualquier mirada puede representar un punto de inflexión y tener un significado crucial para comprender lo que está por llegar en ese momento. Si bien es cierto que estos 12 episodios precipitan la acción en su tercio final de un modo un tanto tosco, no lo es menos que esa sensación de que se quieren introducir con calzador cambios poco naturales queda suavizada por el trabajo previo, amén de una estructura dramática perfectamente construida sobre un entramado de arcos argumentales que se nutren entre ellos.

Esto permite, por ejemplo, que secundarios aparentemente intrascendentes adquieran protagonismo fundamental en los momentos clave. Posiblemente sean ellos los que permitan a sus creadores llevar el sentido de la historia hacia una u otra dirección, sin que el conjunto se vea excesivamente mermado. Me refiero, por ejemplo, al personaje de Shaun Toub (Juego de armas), cuya mentira ante la Presidenta electa da un giro completo al sentido dramático de la serie, poniendo a los personajes ante un abismo y a los espectadores en una situación de superioridad (informativamente hablando). Su caso es el más evidente, pero muchos otros confirman esa idea de que la serie se consolida sobre las historias secundarias, sobre los datos aparentemente complementarios que terminan definiendo el verdadero destino de los personajes.

Y poco a poco, Homeland sigue consolidándose como una de las mejores producciones del momento. Superado ya el “bache” de la tercera temporada, y habiendo demostrado con creces que la historia tiene fuerza para vivir sin la premisa original, esta sexta temporada da un nuevo paso y no solo confirma su peso dramático, sino que traslada la acción a Estados Unidos para unir bajo el mismo techo el terrorismo islámico, las conspiraciones internas contra el Gobierno, las manipulaciones de espías y medios de comunicación, y el poder de convicción que puede llegar a tener un cóctel de semejante calibre. El final del último episodio deja abierta una puerta peligrosa tanto para los protagonistas como para el futuro de la trama en sí. No tanto porque genere problemas a la hora de desarrollarse, sino porque amplía el abanico de posibilidades de forma casi exponencial, lo que obligará a elegir bien el siguiente paso. Sea como fuera, casi con toda seguridad que la actualidad volverá a definir el trasfondo.

‘Mr. Holmes’: los estragos de la culpabilidad


Milo Parker e Ian McKellen protagonizan 'Mr. Holmes'.La mejor prueba de que el personaje de Sherlock Holmes ha trascendido la literatura, la historia y hasta su propia dimensión de investigador privado es el alto número de relatos, ya sean escritos o audiovisuales, que han surgido en torno a su figura y que han ampliado el universo creado por Arthur Conan Doyle, ubicando al famoso investigador privado en entornos muy diferentes al de las novelas. Evidentemente, algunos de esos productos son mejores que otros. Por eso resulta gratificante encontrarse con una historia tan intimista, personal y deductiva como la que protagoniza Ian McKellen (El código Da Vinci), quien por cierto no solo está espléndido en la piel de Holmes, sino que es capaz de representar la decadencia del cuerpo a través de los años simplemente con su interpretación.

Quizá lo más interesante de Mr. Holmes, y eso es algo que también hay que reconocer al resto de los actores (en especial al joven y casi debutante Milo Parker) y al director, Bill Condon (Dioses y monstruos), sea la relación entre los dos protagonistas, un anciano y un niño que ve en él la figura paterna que nunca tuvo y el maestro que siempre había necesitado. La necesidad mutua que surge entre ambos roles es el auténtico motor del film, más allá del caso a resolver que, todo sea dicho, es más sencillo de lo que suele ser en estos casos pero es indudablemente más interesante en tanto en cuanto afecta directamente a Holmes y sus propias capacidades mentales.

La ternura de la relación, además, es la que permite desarrollar el resto de tramas secundarias, lo que termina por componer un relato que pivota sobre varios tiempos narrativos y, a la vez, sobre varias investigaciones que corren de forma paralela pero que, gracias a las abejas, encuentran nexos de unión que ayudan a dar una explicación conjunta a los sucesivos misterios que se plantean. Puede parecer que el argumento, en líneas generales, es excesivamente simple. Y desde luego algunos roles secundarios necesitan de una definición más precisa. El segundo, sin duda, es un lastre notable; el primero, sin embargo, debe ser entendido como una necesidad dramática. Complicar el misterio a resolver habría puesto en duda la solidez de la relación entre personajes, auténtico corazón de la trama.

Dicho esto, Mr. Holmes se revela como una historia tierna, ajena en cierto modo al universo literario de Conan Doyle pero muy influido por sus personajes y sus aventuras. La cinta, en realidad, es un testimonio sobre la vejez, sobre los errores y cómo estos pueden llegar a obsesionar hasta el punto de boicotear nuestros propios recuerdos. Y es un testimonio hermoso, elegante y brillantemente interpretado. En otras palabras, es una reflexión sobre la lucha de la mente contra sus propias limitaciones, y sobre el modo en que la pasión de los que nos rodean puede devolvernos aquello que creíamos perdido. Una nueva faceta del personaje para sus más fieles seguidores.

Nota: 6,5/10

‘Forbrydelsen III’ concluye una serie que deja con ganas de más


La investigación de 'Forbrydelsen III' gira de nuevo alrededor de una niña.Es la conclusión más sencilla, directa y contundente que se puede hacer de la tercera temporada de Forbrydelsen, serie danesa creada por Søren Sveistrup (Hotellet) que, recordemos, ha dado pie a la versión norteamericana bajo el título The killing. Y no deja con ganas de más por una mala resolución o un desarrollo irregular, sino porque su final representa una de esas conclusiones agridulces que sitúan a la protagonista ante un dilema moral y una decisión obligada que prácticamente devuelve al personaje de Sofie Gråbøl (El jefe de todo esto) a la casilla de salida, con la enorme diferencia del recorrido realizado a lo largo de estas tres temporadas.

Un final de esta temporada de 10 episodios, y de la serie en general, que representa el colofón más acertado a una trama en la que política, crimen y conflictos personales se mezclan de forma inteligente para desarrollar un entramado de suspense que recupera el tono general de la primera temporada. La introducción de personajes que representan, en cierto modo, el pasado y el futuro de la protagonista no solo nutren la investigación criminal, de nuevo con una niña como protagonista, sino que enriquecen el trasfondo social y dramático del argumento, generando un interés mayor hacia la trama secundaria de la relación materno-filial de la protagonista con su hijo, algo que por cierto se había degradado un poco en la segunda temporada.

Todo ello envuelto en la ya característica apuesta visual y el ritmo narrativo que imprime Sveistrup. En muchos sentidos, ambos elementos quedan engrandecidos precisamente por la trama abordada, con escenarios como los barcos, los muelles o zonas marginales que ayudan a destacar el carácter ciertamente malsano de secuestro de la niña del empresario y el antiguo crimen con el que está conectado. No por casualidad, estos decorados contrastan con la elegancia y luminosidad del Parlamento y del Gobierno, así como de la empresa envuelta en el misterio. Su aporte de distinción al conjunto no hace sino enfatizar la idea de que la corrupción, el crimen y los secretos son corrupción, crimen y secretos independientemente del traje que se les ponga encima.

El desarrollo dramático de la trama principal aprovecha, además, los resquicios que dejan todas las historias secundarias para abrir la puerta a nuevos misterios e interpretaciones que plantean al espectador un interesante juego en el que descubrir la verdad antes que los protagonistas. En este sentido, la aportación de nuevas líneas de investigación, nuevas pistas y nuevos sospechosos genera el caos en la interpretación de la trama habitual en este tipo de ficciones, por lo que obliga al espectador a mantener atenta la mirada a detalles, conversaciones y, sobre todo, a esas imágenes finales de cada episodio que, aunque aparentemente irrelevantes, muchas veces aportan un grado más de misterio o una solución relativamente inesperada.

Excesos dramáticos

Desde luego, la última temporada de Forbrydelsen se mantiene al más alto nivel, en línea con sus dos anteriores predecesoras. Sin embargo, la necesidad de enriquecer al personaje principal con su bagaje personal genera una serie de excesos que fuerzan en buena medida la interpretación de un rol que, hasta ahora, se había definido por una frialdad y una obsesión malsana por el trabajo. Más allá de la introducción del personaje de Nikolaj Lie Kaas (La verdad oculta), lo realmente relevante es el desarrollo de la trama secundaria centrada en la relación con su hijo y la novia embarazada de éste.

Mientras que el primero, agente de inteligencia que vuelve a su vida para investigar el caso, aporta un trasfondo interesante por lo que tiene de contrapeso al carácter esquivo del personaje de Gråbøl, la presencia de los segundos tiene como único fin ser la vía de escape para desarrollar el lado más humano de la protagonista y dotar, de este modo, de una mayor carga dramática al final, en el que las emociones hasta ahora contenidas explotan en una decisión puramente visceral que no termina de encajar con el desarrollo de Sarah Lund, pero que en cualquier caso resulta comprensible y, desde un punto de vista narrativo, necesario para el final deseado.

El problema de esto, aunque sea un problema menor, es que el desarrollo dramático de la trama principal se ve obligada a adoptar los planteamientos de esta trama secundaria cuyo peso específico es relativamente notable en el conjunto. De este modo, la forma en que la historia avanza se ve forzada en más de una ocasión para poder mostrar cómo la protagonista va cambiando poco a poco. Esta idea produce un doble efecto: el conjunto se enriquece, es cierto, pero también se generan situaciones de difícil lógica que solo tienen justificación dramática por la necesidad de que la historia avance en la dirección requerida.

En cualquier caso, esta tercera y última temporada de Forbrydelsen adquiere un alto nivel de ejecución en todos los sentidos. Los amantes del thriller disfrutarán con cada uno de sus giros argumentales, cada nueva revelación y cada reto al que se enfrenta la protagonista. Su final, sobre todo ese último plano, resume casi a la perfección lo vivido a lo largo de estos años, es decir, la impotencia de saber que el proceso se ha visto dañado por las emociones de la protagonista. Desde luego, y aunque solo sirva a modo de referencia, la forma de resolver la serie danesa es muy superior a la forma en que se resolvió la versión norteamericana. Pero más allá de comparaciones, lo único que se puede decir de la serie, en su conjunto, es que es uno de los productos más atractivos, frescos e interesantes de los últimos años.

‘Matar al mensajero’: los mismos héroes y villanos sobre el papel


Jeremy Renner da vida a Gary Webb en 'Matar al mensajero', dirigida por Michael Cuesta.Hay algo muy curioso en los thrillers ambientados en la corrupción política y el mundo del periodismo: todos ellos son, en esencia, iguales sobre el papel, pero todos ellos dejan un buen sabor de boca una vez que los títulos de crédito hacen acto de presencia. Es cierto que algunos son mejores que otros; que algunos directamente son soporíferos; y que muchos otros son directamente inverosímiles. Pero la base de verdad que suele acompañar este tipo de historias hacen que sus guiones posean una fortaleza única que lleva a los espectadores a estremecerse, indignarse y compadecerse con lo ocurrido en la trama. Lo nuevo de Michael Cuesta (Roadie) no es distinto, para bien y para mal.

Desde luego, si alguien acude a ver Matar al mensajero con la esperanza de encontrar una isla en un océano, mejor será que desista. Nada en la película interpretada por Jeremy Renner (En tierra de hombres), quien por cierto vuelve a un terreno dramático que maneja muy bien, supone una novedad. En este sentido, el desarrollo dramático puede preverse con varios minutos de antelación, pues las situaciones y los lugares son comunes a los que han presentado muchas otras películas (mejores películas) antes que esta. La puesta en escena de Cuesta, además, tampoco opta por una visión más transgresora de esta lucha quijotesca contra unos gigantes que, en esta ocasión, son gigantes de verdad. De hecho, es en el apartado visual donde más flojea el film.

Entonces, ¿no hay nada en ella digno de mención? No hay nada… y todo. Tal vez sea por la época de corrupción que vivimos; tal vez influya el hecho de que determinados aspectos del Gobierno de un país siguen siendo ajenos al gran público; o simplemente que este tipo de thrillers apasionan. Sea como fuere, la película entretiene gracias precisamente a no salirse del guión establecido, a presentar una lucha imposible de un hombre contra el sistema. Una lucha que, todo sea dicho, le otorga una victoria pírrica. Pero el resultado es lo de menos. Lo más interesante reside en el viaje personal y destructivo que vive el protagonista y el modo en que aquellos que le rodean reaccionan al desarrollo de los acontecimientos. Eso y la reivindicación de una profesión, el periodismo, que necesita más hombres como Gary Webb.

La conclusión de Matar al mensajero, por tanto, es que es una aportación más a este tipo de historias. No tiene nada de original, pero aun así entretiene. No tiene pretensiones de ningún tipo, y a pesar de ello logra generar una cierta incomodidad en el espectador al mostrar la espiral en la que se introduce sin red de seguridad. Posiblemente en otras circunstancias esta historia no habría pasado de un mero telefilm, pero gracias al espectacular reparto y a algunas secuencias bastante impactantes (la primera amenaza al protagonista, el final ideal que contrasta con el real, …) la película alcanza un nivel medio. Una prueba más de que a veces es mejor no experimentar y dejar las cosas como están.

Nota: 6/10

‘Hannibal’ desarrolla su inteligencia y su violencia en la 2ª temporada


Mads Mikkelsen da vida a 'Hannibal' en la espléndida segunda temporada.Aunque pueda parecer lo contrario, es mucho más complicado escribir sobre una buena producción que sobre una mala. Y si el objeto del texto es algo como la serie Hannibal, la tarea es casi titánica. Reducir a un puñado de párrafos la complejidad y calidad de este producto que recoge los años del personaje previos a las novelas de Thomas Harris es inútil. Es más, puede que ni siquiera un análisis individualizado de cada episodio permita una comprensión completa de la serie creada por Bryan Fuller (serie Criando malvas). Si la primera temporada fue un derroche de inteligencia, elegancia y buen gusto, esta segunda tanda de episodios es mucho más violenta y salvaje, pero al mismo tiempo mucho más inteligente. O lo que es lo mismo, una delicia para los seguidores del caníbal más famoso de la ficción.

La verdad es que vista en perspectiva la evolución de la serie en estos 13 episodios hay que reconocer que parecía complicado poder llevar a los personajes de la producción por un camino que no fuese el típico y tópico, sobre todo teniendo en cuenta que en la anterior temporada todos ellos eran marionetas al servicio del personaje interpretado por Mads Mikkelsen (La caza). Sin embargo, y sin necesidad de realizar giros argumentales excesivos o que desentonen, Fuller desvía el desarrollo hacia un destino inesperado, libre de ataduras y coherente. Se puede decir que las marionetas que antes bailaban al son de un ser superior tienen ahora mayor conciencia de sus propios actos, rebelándose contra lo que antes creían como cierto. Esto no significa, ni mucho menos, que no sigan estando controladas, pero sí que existe ahora un conflicto mucho más interesante, más sutil y que requiere de una atención a los detalles mucho mayor.

La traducción más directa de esto es el juego del gato y el ratón que inician los dos protagonistas. Con el detonante del asesinato de una agente del FBI (uno de los más impactantes de la temporada), los personajes de Mikkelsen y Hugh Dancy (Martha Marcy May Marlene) desatan un peligroso y subrepticio duelo intelectual de mortal desenlace, como de hecho se muestra en esa secuencia inicial del episodio que abre la temporada, lo que en términos de Hannibal se traduciría por un aperitivo. Como digo, la muerte de este personaje abre un abanico de posibilidades narrativas que afecta a todos los personajes, principales y secundarios, y permite introducir nuevos roles que conectan directamente con las tramas narradas en los libros y en las películas, como es el caso del papel interpretado por Michael Pitt (serie Boardwalk Empire), cuya trascendencia puede ser notable.

Así, y aunque la trama involucra de forma más directa a otros personajes, el peso vuelve a recaer en la pareja protagonista y la particular relación de amistad que ambos cultivan. Lo más interesante de esta segunda temporada es que el espectador, aun cuando responda a las exigencias de una serie como esta, está a merced de los acontecimientos, identificándose como un personaje más y dudando de la cordura de los roles protagonistas, de los que nunca puede esperarse nada. Es aquí donde reside la genialidad de estos nuevos episodios, pues lejos de incidir de nuevo en los parámetros de la primera temporada, permite a los personajes evolucionar y madurar, abriéndoles los ojos a un mundo macabro y salvaje en el que ellos mismos son objetivos. Y como suele ocurrir, dicho despertar llega demasiado tarde.

Rienda suelta a los instintos

Pero como decía al inicio, Hannibal no solo ha sabido buscar una vuelta de tuerca a su desarrollo dramático desde un punto de vista intelectual. También lo hace en el plano visual, desarrollando al máximo las secuencias oníricas del personaje de Dancy y ofreciendo al espectador todo un repertorio de mensajes simbólicos que, lejos de crear confusión, permiten una mejor comprensión de las intenciones, inquietudes y roles morales de todos los personajes. Momentos como la pesca en el río, el ciervo y su correspondiente versión humanoide o la transformación de Will Graham en ciervo permiten acceder a mensajes visuales que, de otro modo, tendrían que ser intuidos o desarrollados mediante otras técnicas. El hecho de optar por esta alternativa, más allá de que encaje en el sentido general de este thriller psicológico, es uno de los grandes aciertos de la producción.

Y si el duelo entre los dos protagonistas alcanza en la segunda temporada de Hannibal cotas insospechadas, el carácter caníbal del personaje de Mikkelsen tiene en estos episodios carta blanca para hacer prácticamente lo que se le antoje. La anterior temporada jugaba con la idea de no mostrar la verdadera naturaleza de Hannibal Lecter, utilizando la sutileza y el montaje para transmitir los movimientos en las sombras del personaje. Ahora, sin embargo, la brutalidad de su personalidad adquiere todo su esplendor. No solo se le ve cocinando miembros y órganos humanos, sino que el sadismo y la superioridad física y mental del Dr. Lecter se desarrollan sin traba alguna. Dar de comer a un individuo su propia pierna, manipular a sus semejantes para que maten por él o utilizar cuerpos a modo de campo de cultivo son solo algunas de las aficiones que expresa este hipnótico personaje al que, por cierto, Mikkelsen da vida de forma simplemente magistral, permitiendo olvidarse por un momento de la labor que hizo Anthony Hopkins en El silencio de los corderos (1991), Hannibal (2001), con la que por cierto guarda alguna conexión y El dragón rojo (2002).

Desde luego, la serie no es apta para estómagos sensibles. La imaginación a la hora de mutilar cuerpos llega a ser indescriptible. Víctimas como panales, como una paleta de colores o hasta como una especie de animal son solo algunos de los artísticos cuadros que crea el caníbal protagonista. Pero con todo y con eso, es el final de la temporada lo que realmente deja sin aliento. El primer episodio de esta segunda tanda comienza, como ya he dicho, con una secuencia de acción poética que deja a algunos personajes principales en una situación límite e interesante por las consecuencias evidentes que conlleva. Empero, no es hasta la conclusión del último episodio cuando dicha secuencia encuentra su explicación, por otro lado espléndida. La resolución de esos acontecimientos, precipitando el final de prácticamente todos los roles protagonistas, es de lo mejor que se puede ver en televisión ahora mismo. Si a esto le sumamos el pequeño extra que puede verse tras los títulos de crédito, el resultado es simplemente impactante, dejando el mundo de Lecter tan abierto que aventurarse a predecir por dónde evolucionará la trama en el futuro es absurdo.

Personalmente, Hannibal es de las mejores series que el aficionado puede encontrar. Es cierto que exige del espectador algo más que sentarse frente al televisor o la pantalla, pero la recompensa es sensacional. Esta segunda temporada, cuyos episodios llevan por título un plato de la cocina japonesa, supone un paso más en todos los aspectos, evitando estancarse en la repetición de conceptos para llevar a los personajes un paso más allá y explicar las consecuencias que esto puede tener. Es indudable que este thriller requiere de estómagos fuertes y de un interés por el personaje de Lecter, pero en cualquier caso su factura técnica, con una iluminación y concepción visual sublimes, y su base narrativa, sostenida en unos personajes espléndidamente complejos, son incuestionables. Ahora queda comprobar si la tercera temporada es capaz de recomponer el fragmentado mundo que deja la conclusión de estos episodios.

‘The americans’ no logra compaginar trabajo y familia en su 1ª T


Imagen promocional de 'The americans', serie creada por Joseph Weisberg.El espionaje está de moda. El espionaje y la traición. Y no es algo exclusivo del cine o la televisión a tenor de las informaciones que diariamente aparecen en los medios y que tienen que ver con la presencia de un Gran Hermano muy real. Uno de los principales impulsores, al menos en la pequeña pantalla, es la impecable producción Homeland, y de su éxito parece querer nutrirse otra serie de espías y traiciones, The americans. La serie creada por Joseph Weisberg, guionista con poca experiencia cuyos últimos trabajos son algunos episodios de Falling Skies, traslada la acción a la Guerra Fría entre Estados Unidos y la URSS, teniendo como protagonistas a una pareja de espías rusos en suelo norteamericano que, con los años, han creado una familia que ignora su verdadero trabajo, y que ven cómo sus misiones se complican cuando se muda al vecindario un agente de contraespionaje del FBI cuyo objetivo es destapar las identidades de estos agentes rusos.

La serie, cuya primera temporada de 13 episodios terminó en mayo en Estados Unidos, se distancia significativamente del referente que hemos mencionado. En líneas generales, existen dos líneas argumentases principales que, por desgracia, pocas veces se fusionan de forma coherente a lo largo de esta entrega. Por un lado tenemos el trabajo de espías, las misiones y la constante lucha entre los servicios de inteligencia de ambos bandos. A través de misiones episódicas Weisberg crea una delicada red en la que buena parte de las decisiones, de las acciones y de los diálogos influyen en el resultado final, algo que abordaremos más adelante. Por otro, está el conflicto familiar, la necesidad de mantener una mascarada no tanto por aparentar ser algo que no son, sino por otorgar a sus hijos una vida alejada de un mundo que ni siquiera comprenden.

Es este uno de sus elementos más interesantes, y es al mismo tiempo el menos elaborado y más perjudicial para el resultado final. La poca conexión entre las dos líneas desarrolladas, espionaje y familia, convierte a esta última prácticamente en un estorbo, en una especie de fondo de cartón piedra que ofrece un marco pero aporta más bien poco. Los constantes conflictos morales de los dos protagonistas, quienes parecen quererse y odiarse en días alternos, no ofrece una continuidad coherente con lo ocurrido en la otra línea argumental. Es más, determinadas tramas secundarias destinadas a complementarla parecen convertirla más bien en un drama en el que los romances a tres bandas, las confesiones y las confidencias están a la orden del día. Eso por no hablar de los hijos, interpretados por Holly Taylor (Ashley) y Keidrich Sellati.

Un elemento con tanto potencial como los hijos queda relegado a un segundo plano durante la práctica totalidad de estos primeros 13 capítulos de The americans. Los dos jóvenes asisten como un espectador más a toda la farsa montada a su alrededor. Nadie pregunta. Nadie se mueve por la casa con la libertad necesaria para provocar una situación que comprometa una operación. Todo está excesivamente acotado, como si los personajes adolescentes, tradicionalmente motor de situaciones delicadas, fuesen un miembro más del decorado que, eso sí, reacciona cuando se trata de aportar elementos lacrimógenos a determinados momentos de la trama. Personalmente, no creo que esta serie pueda ser comparada con Homeland, ni en su contenido ni en su forma, pero sí que podría haber tomado en consideración la forma de abordar la relación padres-hijos.

Salvados por la Guerra Fría

Pero si el componente familiar es el eslabón más débil, el espionaje es el que tira de la producción, sobre todo en su tramo final. La primera temporada ha sido irregular, eso es indudable. Con un episodio piloto bastante interesante, la trama perdió fuerza en sus primeros episodios para recuperarla en los últimos. No por casualidad, este fenómeno coincide con una apuesta sólida por ahondar más en la Guerra Fría y en los daños colaterales que provoca. Así, mientras la serie comienza con los personajes de Keri Russell (serie Felicity) y Matthew Rhys (serie Cinco hermanos) realizando misiones más o menos independientes, su final se acerca más a un formato seriado en el que las acciones provocan una serie de acontecimientos que derivan en nuevas crisis y conflictos a resolver.

En este caso, esa concatenación de momentos está determinada por las muertes en uno y otro bando y, lo más importante, por los errores que cometen los protagonistas. Es este otro factor a tener en cuenta. La presentación en el episodio piloto era de dos personas capaces de compaginar una enorme mentira con el riesgo de las operaciones secretas. Los errores quedaban como algo secundario, casi anecdótico (la muerte de un personaje en el primer episodio apenas tiene continuación en los siguientes). Pero a medida que avanza la acción dichos errores se vuelven determinantes, siendo de hecho los que provocan la crisis con la que termina esta primera tanda de episodios. Claro que no todo depende exclusivamente de la trama principal.

Contrariamente a lo que ocurría en esa línea argumental familiar de la que hablábamos antes, aquí las tramas secundarias fortalecen y completan la historia de los dos espías del Directorio S. Del mismo modo que el desarrollo se vuelve más coherente a medida que se suceden los episodios, la presencia del personaje de Noah Emmerich (Super 8) adquiere mucha más presencia, hasta el punto de convertirse en lo que debería haber sido desde el principio: el principal antagonista. Su relación con una fuente del KGB y el doble juego que se establece entre ellos tiene muchas oportunidades de convertirse en una trama sólida en la segunda temporada, ya confirmada. Mención especial necesita el personaje de Alison Wright (Diario de una niñera) y la historia romántica y de espionaje que mantiene con el rol de Matthew Rhys. Al igual que el resto de la serie, ha ido creciendo en intensidad, pasando de un simple contacto al que sonsacar información (con el interés de que ella no sabe lo que ocurre) a una verdadera complicación en forma de vida marital, siendo durante el proceso el detonante del cambio que se produce en la serie.

Dicho en pocas palabras, The americans es una serie que ha crecido con el paso de los episodios. Es algo que se espera. Pero a pesar de todo, no resuelve las dudas que planteaba en sus primeros episodios, entre otras cosas porque la relación que debería existir entre familia y espionaje, entre farsa y realidad, debería ser mucho más difusa. Hay intentos, es cierto, como son las discusiones acerca de la vida familiar, el futuro de los hijos si su verdadera identidad se descubre, etc. Pero son casos aislados. Al final, el espionaje va por lado y la ignorancia de los jóvenes por otro. Tan solo la conclusión de la primera temporada abre la puerta a un conflicto entre tramas que debería haber tardado menos en aparecer. Solo queda desear que ese atisbo, esa puerta abierta al sótano donde se guardan los secretos, no se cierre sin arrojar algo de luz a las numerosas sombras de la producción.

‘La noche más oscura’: visión sobria de una búsqueda a ciegas


Jessica Chastain es la protagonista de 'La noche más oscura'.Estamos tan acostumbrados a ver en una película que los Estados Unidos son los héroes de turno, ensalzados por un patriotismo visual espectacular e innecesario, que cuando llega a nuestras manos un producto más o menos objetivo, emocionalmente distante y, sobre todo, crítico con su propio sistema, puede llegar a parecernos hasta un rara avis. Kathryn Bigelow (Acero azul) no solo lo consigue con un tema tan delicado y fácilmente manipulable como es la persecución y muerte de Osama Bin Laden, sino que ofrece una película sobria, perfecta en su planteamiento y valiente en su forma de abordar las diferentes fases de una investigación que duró más de una década.

No cabe ninguna duda de que estamos ante una de las mejores producciones del 2012, y es una firme candidata a los Oscar. Y lo es principalmente por la labor de su directora y de su guionista, Mark Boal (En tierra hostil). La historia, narrada a través de bloques en los que se recogen las diferentes fases y líneas de investigación seguidas a lo largo de los años, da pie en numerosas ocasiones para entregarse a un fanatismo estadounidense y anti islamista capaz de arrasar con Oriente Medio varias veces. Afortunadamente, y ciñéndose a las informaciones de agentes de la CIA, los responsables optan por un tono mucho más comedido, desnudo en muchas ocasiones, dejando al espectador la labor de valorar si aquello que ve es lo suficientemente espectacular, violento o tenso, lo que es de agradecer.

La película huye en todo momento del efectismo facilón y barato. Nada de banderas; nada de discursos motivadores; nada de héroes. Si algo destaca por encima de todo en La noche más oscura es su reflejo fiel de la realidad. Los militares no son máquinas de matar, sino seres humanos entrenados para situaciones violentas; la CIA no es un cuerpo de inteligencia de élite donde sus miembros se entregan a un fin superior, sino individuos marcados por sus propios miedos; ni siquiera se representa a Estados Unidos como una potencia honesta, una crítica a esas torturas que tanto dieron que hablar y que aquí se muestran en toda su crudeza.

Sumando a este tono sincero un reparto de auténtico lujo que asume su rol vehicular de una historia más grande que ellos mismos, nos encontramos ante una obra diferente, un film que se acerca, en cierto modo, al documental ficcionado, capaz de llevar al espectador por un caudal de nombres, investigaciones, torturas y atentados que, por cosas del destino y la perseverancia de una agente de la CIA, dan como resultado la captura de Bin Laden… a pesar de la incertidumbre de su ubicación. Y ese es el otro gran pilar de la trama. Los acontecimientos históricos no se escriben en el primer borrador, sino que son fruto del ensayo, del error y de las corazonadas que tanto han marcado el devenir del ser humano. La noche más oscura es un compendio de más de 10 años de todo ello.

Nota: 9/10

‘Skyfall’: Bond encuentra sus lugares más oscuros


Han pasado 50 años, 23 películas (y otras tantas ocasiones en las que ha salvado al mundo) y muchos villanos muertos. Y, de lejos, es en la nueva película en la que James Bond es más James Bond. El personaje interpretado por Daniel Craig (Resistencia) por tercera vez consecutiva se mira en el espejo de las novelas de Ian Fleming para ser más fiel al original literario, dejando a un lado ese carácter dandy y seductor de sus predecesores y explotar su lado más cínico, oscuro y alcohólico. Pero no es el único cambio en este Skyfall que dirige de forma magistral Sam Mendes (Jarhead).

De hecho, lo que más llama la atención de este Bond 23, nombre que tuvo el proyecto durante bastante tiempo, es su falta de pirotecnia y su diálogo directo con el espectador, convirtiendo al personaje en un ser más realista, sin que eso evite ciertos excesos propios de la serie. Por supuesto, existe acción, y con un estilo muy marcado, pero esta no acapara la atención de una historia que, aunque puede parecer sencilla, posee un trasfondo mucho mayor, sobre todo si se tiene en cuenta los cambios que produce en las futuras entregas del agente secreto más famoso del mundo. En este sentido es fundamental la labor de Javier Bardem, villano de la función y un personaje que ya ha entrado en los anales de la saga como uno de los más complicados y siniestros antagonistas del trajeado agente secreto. Su claridad de intenciones, su intencionado amaneramiento y su detallada planificación elevan al personaje casi por encima del resto, de lo que es responsable, en buena medida, el propio actor, que ofrece otro trabajo sublime.

Este nuevo Bond supone, en cierto modo, el final de una etapa. Más allá de la introducción de nuevos personajes y la pérdida de otros, este Skyfall es la última entrega de una trilogía que comenzó con 007: Casino Royale y que narra los inicios del personaje. Con lo ocurrido a lo largo de sus cerca de dos horas y media se retoman los elementos más clásicos de la saga, incluyendo la famosa secretaria con la que Bond tontea sin éxito. Aunque no es el único homenaje que contiene el film. Frases, secuencias e incluso vehículos refuerzan esa sensación de devolver al personaje a un estado original, aunque modificando la interpretación que el espectador tendrá de él a partir de ahora.

Y de eso tiene gran parte de culpa la labor de Mendes. Gracias a ese estilo personal y elegante que imprime a todas sus imágenes, la nueva entrega de James Bond contiene, ya desde el principio, una serie de recursos únicos, hermosos y dramáticos que confieren a la película un estrato de interpretación mayor. Baste como ejemplo la presentación tanto del protagonista como del antagonista, ambos acercándose a cámara, o algunos combates a contraluz en el que lo único que se aprecia son las siluetas. La filmografía del director constata un estilo narrativo preciosista, casi pictórico, y eso aplicado a una saga como esta no hace sino convertir al film en una pieza tan extraña como continuista. Sin duda, una de las mejores entregas de los últimos años a la que pocas cosas se le pueden achacar (la mayoría secundarias) si se tiene en cuenta que estamos ante una película algo atípica en comparación con las anteriores aventuras del agente secreto. Aunque algo sí hay en común con las demás: los títulos de crédito iniciales, una auténtica joya.

Nota: 8/10

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