2ª T. de ‘Westworld’, magistral cambio de sentido dentro del laberinto


Los grandes directores y guionistas, presentes y pasados, suelen ser recordados no solo por sus películas, sino por especializarse en un tipo de relatos, en unos valores narrativos, conceptuales y artísticos muy concretos. La historia del séptimo arte está repleta de estos casos. Y aunque habrá quien diga que todavía es pronto para decirlo, en esa categoría de inmortales del cine se encuentran por derecho propio los hermanos Jonathan y Christopher Nolan, guionista y director de Interstellar (2014) respectivamente. En esta ocasión toca hablar del primero, tal vez menos conocido que el segundo pero verdadero cerebro autor de un estilo inconfundible definido por su uso y la combinación de las líneas temporales de la trama. Y la segunda temporada de Westworld es el último gran ejemplo.

Porque si la primera parte fue un ejercicio magistral del manejo de los tempos narrativos, alternando pasado y presente para construir un relato apasionante de redención, búsqueda y liberación, estos nuevos 10 episodios no solo mantienen ese espíritu, sino que dan una vuelta más de tuerca a una historia ya de por sí compleja, cambiando por completo el sentido de lo visto hasta ese momento y convirtiendo lo que parecía una rebelión de las máquinas contra sus creadores en algo más, en una búsqueda del sentido de la vida, en un intento por sobrevivir a su propia materia física. Y no estoy hablando únicamente de los robots. Lo cierto es que esta continuación debería interpretarse más bien como una reinterpretación de lo visto hasta ahora, en todos y cada uno de los aspectos.

En medio de esta revolución, Nolan, creador de la serie junto a Lisa Joy (serie Criando malvas), hace gala de su ingenio para estructurar cada episodio no ya en dos líneas temporales totalmente independientes, sino en tres, añadiendo complejidad y retando al espectador a permanecer atento a la historia y los detalles. Lo cierto es que el reto es fácil de aceptar, pues los personajes adquieren una mayor profundidad dramática. Lo que al principio parecía una mera diversión en un parque temático poco usual se convierte en una búsqueda de la inmortalidad. Aquellos personajes que parecían máquinas rebeldes se convierten en realidad en una suerte de seres mortales que solo desean justicia para años y años de tortura que ahora pueden recordar con total claridad. Lo cierto es que la riqueza de las líneas argumentales de los protagonistas es tal que cada uno daría para varios análisis.

Por lo pronto, lo que queda patente en esta segunda temporada de Westworld es que la idea original de Michael Crichton, autor de la película homónima de 1973, ha quedado empequeñecida. Ya no estamos ante una mera revolución de las máquinas. La idea de que el ser humano que se expone a tecnología para la que no está preparado puede terminar consumido por ella ha dado paso a algo mayor, a la idea de utilizar esa tecnología para alcanzar la inmortalidad, para que el alma permanezca siempre y pueda pasar de un cuerpo artificial a otro. Adquiere ahora más sentido que nunca el título en español de la película original: Almas de metal.

El subtexto, siempre el subtexto

También adquieren sentido muchas de las cosas aparentemente incongruentes de la primera temporada. La búsqueda del laberinto que protagoniza el rol de Ed Harris (Madre!), por ejemplo. También da un nuevo y mucho más interesante sentido a otras secuencias, como la puesta a punto del personaje de Evan Rachel Wood (Allure) por parte de otro protagonista, un magistral Jeffrey Wright (The public) que en esta segunda temporada logra altas cotas interpretativas. Para muchos espectadores posiblemente esto pueda parecer un intento de los creadores de dar continuación a una trama que parecía tener fin en una única temporada, en un intento de alargar la gallina de los huevos de oro. Sin embargo, la mera complejidad de la historia ya rebate cualquier posible argumento en este sentido.

En cinematografía se suele hablar mucho del subtexto, aunque su uso no es tan habitual. Cualquier escena, cualquier diálogo, debe contar algo que no se ve en pantalla, debe mostrar las intenciones ocultas de los personajes. Los grandes hitos del séptimo arte suelen construirse sobre esto. Y Westworld es subtexto puro y duro. Dicho de otro modo, las dos primeras temporadas se pueden entender como texto y subtexto: la primera contaría lo que el espectador ve y la segunda lo que en realidad se esconde tras el parque temático y las motivaciones de los personajes. Y es aquí donde radica la belleza y la magistral labor de Nolan. Estos 10 capítulos se convierten así en una auténtica montaña rusa dramática, calculada milimétricamente para construirse sobre puntos de giro que no solo dan nuevo sentido a las lagunas que, inevitablemente, se forman durante la historia (todas ellas explicadas al final de la temporada), sino que aportan una nueva comprensión al conjunto de la serie, obligando a revisionar no solo los episodios, también los conceptos que hasta ahora se manejaban.

El problema de esta segunda temporada está, sin embargo, en cómo continuar en el futuro. Estando Jonathan Nolan detrás del proyecto es fácil suponer que todo está atado y bien atado, pero el final de esta etapa abre muchas incógnitas, por no hablar de los numerosos personajes que dicen adiós después del fantástico episodio 10. La pregunta más importante es si el espíritu de la serie podrá mantenerse, si las ideas planteadas a lo largo de esta temporada podrán germinar en la siguiente, o si se volverá a dar un giro. Parece evidente que la idea de que los robots se muevan en el mundo real confundiéndose entre los humanos será la base de la historia, pero a partir de aquí las posibilidades son casi infinitas.

Pero hasta que eso llegue, que según parece no será hasta 2020, se puede disfrutar una y otra vez de estas dos temporadas de Westworld. Y digo de las dos porque deben verse casi como una única historia en la que todo tiene un doble sentido, en la que nada es lo que parece. Esta idea subyace en cada uno de los aspectos, desde el primer y clásico primer episodio hasta el último. Si en la primera temporada eso se narraba en las relaciones entre humanos y robots, en esta segunda se produce entre lo visto en aquellos episodios y las verdaderas intenciones mostradas en estos nuevos capítulos. Todo ello en un ejercicio soberbio y magistral que debería estudiarse en las escuelas de guión, con un manejo de los tiempos narrativos sencillamente perfecto, unas interpretaciones impecables y una puesta en escena fascinante. Poco más se puede pedir, salvo que pase rápido el tiempo hasta el siguiente episodio.

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‘Torchwood: el día del milagro’ confirma la evolución formal de la serie


Si hay una serie de televisión que ha evolucionado en forma y contenido, esa es Torchwood. Planteada como una especie de spin off de Doctor Who, con uno de sus personajes secundarios como protagonista (el inmortal Capitán Jack Harkness), la serie comenzó siendo una sucesión de casos extraños relacionados con un fenómeno espacio temporal que permitía la entrada en la Tierra de extraterrestres y tecnología de otros planetas y tiempos. ¡Qué lejos queda esa idea al terminar de ver la cuarta temporada, que lleva por título El día del milagro!. Pero… ¿ha traicionado la serie creada por Russell T. Davies su propio espíritu? Puede que en ciertos aspectos se entienda de ese modo, pero esta última entrega, más espectacular y rimbombante que las anteriores, no es más que una evolución lógica de lo acontecido en las anteriores temporadas.

Y es que ya la tercera temporada presentó un cambio interesante en el devenir formal de la serie. De tener un formato episódico pasó a contar una historia común en cinco episodios que, a mi modo de ver, son lo mejor de todo el producto. Pero además, planteaba un nuevo escenario en el que el equipo secreto del Gobierno británico se convertía en enemigo de la sociedad tras perder en la temporada anterior a varios de sus miembros y sufrir un ataque militar a gran escala. Con todo, logran salvar al mundo una vez más, aunque con consecuencias muy dramáticas para el grupo. En base a esto, esta cuarta temporada se plantea del mismo modo, es decir, presenta a los personajes en una vida coherente con la evolución de lo acontecido al final de la tercera temporada y utiliza una historia a gran escala para volver a ponerles en la línea de fuego.

El cambio, como ya hemos dicho, estriba entonces en el diseño de producción. El éxito de la serie la ha llevado a ser producida en Estados Unidos, con todo lo bueno y lo malo que eso conlleva. Lo bueno es que cuenta con mayores medios, lo que la convierte en mucho más espectacular, dinámica y compleja. Lo malo es que todo eso difumina un poco el carácter narrativo que tenían los anteriores episodios, centrados más en el entorno de los personajes y en su propia evolución dramática. Por no hablar de que la historia evoluciona de tal modo que se vuelve bastante más grande de lo que merece ser, sobre todo teniendo en cuenta la resolución final, tal vez demasiado rápida y carente de explicación para todo lo visto con anterioridad.

En concreto, toda esta temporada de 10 episodios narra cómo todo el planeta, de la noche a la mañana, se convierte en inmortal. Nadie puede morir, aunque todo el mundo sufre las heridas, los infartos, las enfermedades y, en general, el dolor. Ante este fenómeno los dos miembros que quedan de Torchwood (Harkness y Gwen Cooper, de nuevo con los rasgos de Eve Myles) salen de sus escondites, pero son capturados por la CIA. Ya en Estados Unidos, unen sus fuerzas con dos agentes para descubrir quién está detrás de este milagro y cómo detenerlo para evitar que las consecuencias sean nefastas (la economía se colapsa, los hospitales no dan a basto, la comida empieza a escasear, …).

El interés de un personaje

Dichos agentes, por cierto, se convierten en los dos nuevos miembros del equipo, siendo uno de ellos clave para el devenir de la temporada y de la futura continuación de la serie, ahora mismo a la espera de dar luz verde a su quinta temporada. De hecho, están tan planteados como sustitutos de los miembros originales que son casi una copia idéntica: el personaje de Mekhi Phifer (Amanecer de los muertos) es una especie de Owen Harper superlativo, mientras que el de Alexa Havins (Fat girls) parece un familiar muy cercano de Toshiko Sato. Esto, aunque mantiene la estructura y algunos de los conflictos más tradicionales de la serie, no termina de encajar en el contexto de la trama, sobre todo la evolución algo forzada que deben realizar estos nuevos roles para hacer creíble el final de la serie.

Con todo, Torchwood: el día del milagro es un producto de lo más entretenido, alejado de las explicaciones científicas de sus predecesoras para mostrarse más cercano al público menos ducho en el universo particular de la serie, adquiriendo un carácter más universal. Buena prueba de ello es que uno de los personajes más relevantes, un asesino pedófilo condenado a la inyección letal el mismo día en que se produce el milagro, está interpretado por Bill Pullman (Independence Day). Esto no quita para que la trama no sea interesante. Los giros narrativos habituales al final de cada episodio no solo atraen aún más la atención, sino que abren nuevas puertas a una conspiración cada vez mayor que, por fortuna o por desgracia, tiene una resolución algo escueta y limitada, dejando libre el camino para una posible segunda parte.

Pero sin duda lo más interesante de todo es, de nuevo, el personaje de Jack Harkness, inmortal en temporadas anteriores a raíz de algo ocurrido en la serie Doctor Who y que ahora, por motivos que no desvelaremos, se ha vuelto mortal. Su evolución dramática en su comprensión de su nueva naturaleza es uno de los pilares más sólidos de estos 10 episodios, en los que por cierto sufre todo tipo de penalidades, desde un simple corte en un brazo hasta envenenamiento, disparos y golpes críticos. Sencillo sería mostrar a un personaje muy distinto, pero lo cierto es que Russell T. Davies trabaja poco a poco todas y cada una de las facetas de este complejo personaje, lo que muchas veces sostiene la atención en episodios algo menos interesantes.

En general, esta conclusión de la serie (como decimos, a la espera de una posible nueva temporada) supone la confirmación de una nueva Torchwood, tanto en personajes como en desarrollo dramático. Sin duda, la conclusión del último episodio abre muchas y muy interesantes vías de trabajo, y deja en el aire algunos interrogantes que deben ser respondidos con urgencia por parte de los creadores. Mientras tanto, este Día del milagro es un digno sucesor de esa evolución que mencionábamos al principio. Es más larga y más espectacular. Más norteamericana y menos inglesa, por decirlo así. Y aunque su resolución deje al espectador con la sensación de que algo falta, eso no es sino una consecuencia de la interesante trama que se desarrolla previamente.

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