‘Secretos de Estado’: la espía con conciencia


Aunque la realidad supera muchas veces la ficción, no siempre es así. Y desde luego, el modo en que ocurren los acontecimientos normalmente no es mejor que un buen relato. La nueva película de Gavin Hood (Espías desde el cielo) tiene un poco de todo, lo que a muchos les entusiasmará y a otros, sin embargo, les aburrirá. Un poco de todo.

Posiblemente el aspecto más débil de Secretos de Estado es, precisamente, la historia real que se encuentra detrás de este drama. No porque no sea interesante, sino porque, como evidencia el desarrollo argumental, tiene muchos momentos de espera en los que la acción apenas avanza, en los que los tiempos de la justicia se imponen a los ritmos del relato. En este punto, la labor de Hood es encomiable al intentar (no siempre lo consigue) amenizar la historia con un interesante montaje y con algunos personajes secundarios cuya función se limita a ser meros agentes del cambio, que no es poco. Si a eso le sumamos la rápida resolución de la historia, como de hecho ocurrió en realidad, nos encontramos con un film al que se le podría pedir más de lo que ofrece.

Pero esta impresión no es del todo real. La película es un relato contundente acerca de las prácticas corruptas de un gobierno, el de Estados Unidos, y la complicidad de otro, el británico, para ir a una guerra manifiestamente ilegal, amparada en información falsa y para la que no se duda en manipular no solo informes, sino a la opinión pública y al resto de estados. Bajo este prisma, Hood compone un relato paralelo al oficial a través de la protagonista, una joven espía a la que Keira Knightley (Colette) aporta, como en todos sus trabajos, un grado más de complejidad y dramatismo. Con la combinación de imagen real de declaraciones de dirigentes con los acontecimientos narrados el espectador cuenta con una visión distinta de lo que pudo conocerse allá en 2003. Es en este punto, así como en la interesante investigación periodística, donde la película crece en todos sus aspectos, convirtiéndose en un relato más complejo acerca del abuso de poder, la conciencia y el desafío a las instituciones cuando se cometen errores.

Así, Secretos de Estado ofrece poco más de lo que promete. En otro contexto, con otro director y otros actores, posiblemente ni siquiera hubiera llegado a las salas de cine, condenándola a algún horario de sobremesa en una de las televisiones en abierto. Pero por fortuna no ha sido así. Y digo “por fortuna” no porque la historia ofrezca al espectador un relato inolvidable, sino porque la mano de Hood, la fotografía y la labor de los actores, todos ellos más que notables, dan la oportunidad de reinterpretar algunos de los acontecimientos de este siglo XXI, de comprender cómo se gestaron algunos hitos históricos basados en mentiras interesadas del poder. Y eso no siempre es fácil de narrar.

Nota: 7/10

‘María, reina de Escocia’: machismos del siglo XVI


Posiblemente el enfrentamiento entre Isabel I y María Estuardo allá por el siglo XVI no haya estado nunca tan de actualidad como ahora. Dos reinas gobernando en solitario en un mundo de hombres que, además, conspiran contra ellas en muchas ocasiones con una clara herida en su masculinidad. Quizá por eso la película dirigida por Josie Rourke en su debut cinematográfico tenga más un interés exógeno que endógeno. O dicho de otro modo, la cinta invita más a la reflexión social que al análisis puramente audiovisual.

Porque María, reina de Escocia es una película histórica algo arquetípica, sin demasiados giros argumentales y, como suele ocurrir con las producciones de corte biográfico, sin un gran interés dramático a cuenta de un final ya conocido. La labor de la directora, además, aporta poca personalidad en el lenguaje, aunque sí deja algunos detalles de fotografía dignos de alabar. No cabe duda de que el gran atractivo se haya en su reparto, encabezado por dos extraordinarias actrices como Saoirse Ronan (En la playa de Chesil) y Margot Robbie (Yo, Tonya) que son capaces de soportar el peso dramático sin mayor problema, y que se encuentran acompañadas por una serie de actores que cumplen con nota su rol secundario.

Pero como decía, lo interesante del film se haya en las reflexiones que ofrece al espectador. Para empezar, las constantes traiciones y conspiraciones por parte de unos hombres que no toleran a una mujer en el trono, y que anhelan un orden establecido por el machismo y la religión católica. En este sentido, el desarrollo dramático es ejemplar, mostrando cómo primero todo se hace en las sombras para, posteriormente, conspirar abiertamente. Paralelismos con diferentes aspectos de la realidad social actual, ya sea nacional o internacional, todos los que se quieran. Y aunque el tratamiento a lo largo del film, con varias elipsis y ciertos diálogos algo irregulares, pueda resultar intermitente, lo cierto es que esta escalada de ataques de los hombres a las mujeres deja algunas escenas imborrables por su crudeza y la labor de los actores.

Así, María, reina de Escocia se revela como un film previsible, arquetípico, que posiblemente no habría llegado a las salas de cine si no fuera por el plantel de actores (y sobre todo las dos actrices) que dan vida a estos personajes históricos. Pero más allá de esa primera impresión, la película ofrece una interesante reflexión sobre la sociedad medieval y actual, sobre un mundo dominado por hombres en el que las mujeres afrontan unos peligros añadidos a los que ya tiene de por sí el mundo masculino. Y lo hace sencillamente exponiendo los hechos tal y como ocurrieron, sin utilizar ningún discurso moral o un speech de sus protagonistas. La historia habla por sí misma.

Nota: 6,5/10

‘Kingsman: El círculo de oro’: no es oro todo lo que brilla, pero brilla


Hasta ahora Matthew Vaughn (Stardust) nunca había dirigido una secuela. Todos sus proyectos tenían ese componente adicional de ser únicas o, al menos, la primera de una serie. Y eso, unido a la fuerza visual del director, convertían esas cintas en auténticas joyas del séptimo arte. Esta primera segunda parte que dirige, aunque igualmente espectacular en su narrativa y su apuesta visual, pierde la frescura que sí otorgan las primeras partes, y eso es algo que, aunque sea muy en el fondo, se nota.

Quizá el problema (y la virtud) de Kingsman: El círculo de oro radica precisamente en el aspecto visual y en el lenguaje de Vaughn, que aunque original como pocos se mantiene fiel a un estilo ya planteado en la primera entrega. Dicho de otro modo, da la sensación de que el director no quiere (o no se atreve) a experimentar con otra narrativa. O sencillamente no puede. Sea como fuere, esta continuación remite demasiado, en algunos casos con acierto y en otros con algo de desatino, al estilo de la cinta original. Si a esto le sumamos un guión que no solo no aporta demasiado a la historia inicial sino que además hace algo más alargada la trama, lo que tenemos es una secuela previsible, entretenida como pocas pero que ofrece pocas novedades a lo ya visto hasta ahora.

Eso no quiere decir, ni mucho menos, que no estemos ante una cinta divertida y sumamente entretenida. Y a esto contribuyen, no cabe duda, las incorporaciones al reparto original, desde una Julianne Moore (Siempre Alice) muy cómoda como la villana de turno, hasta un Pedro Pascal (Destino oculto) que es capaz de acaparar la atención en prácticamente todas las secuencias del film en las que aparece. Eso por no hablar del humor que desprende toda la trama incluso en los momentos teóricamente más serios o dramáticos. Gracias a estos elementos la cinta es capaz de superar con relativa facilidad los problemas que presenta en lo que a ritmo se refiere, sobre todo en algunos momentos más narrativos del metraje.

En el fondo, Kingsman: El círculo de oro no deja de ser una cinta de aventuras y espionaje más. Visualmente poderosa y muy divertida, la película entretiene, los actores y los espectadores se lo pasan en grande, y la narrativa es ágil, fresca y dinámica, salvo en algunos momentos. Pero la película aporta más bien poco al universo ya presentado en la primera parte, y eso termina por restar algo de brillo al conjunto. En cierto modo, esta segunda parte responde a todo lo que debe tener una segunda parte: más de todo. Tal vez sea porque Vaughn nos ha acostumbrado a cosas fuera de lo común cada vez que se pone tras las cámaras, y esta cinta no lo es. No significa un fracaso. Es simplemente que no tiene el factor sorpresa de la primera entrega, pero eso no impide que se pueda disfrutar a carcajada limpia.

Nota: 7/10

La 4ª T. de ‘Vikingos’ alecciona sobre el peligro de las drogas


Travis Fimmel y Clive Standen luchan cara a cara en la cuarta temporada de 'Vikingos'.Las drogas son malas. Ya sea en la actualidad o en la época vikinga, abusar de estas sustancias transforma al hombre en alguien diferente. Y eso es lo que, bajo el punto de vista de Michael Hirst (serie Los Tudor), le ocurrió a Ragnar Lothbrok para ser derrotado en París y comenzar así la decadencia de su reinado. Al menos así lo aborda la cuarta temporada de Vikingos, cuyos 10 episodios, con algunos de los momentos más espectaculares de la serie, dejan un sabor agridulce al introducir conceptos que resultan un tanto oportunistas.

Sin duda lo más interesante del arco argumental de esta etapa es el carácter atormentado del personaje interpretado por Travis Fimmel (Warcraft. El origen), asentado sobre las experiencias vividas en temporadas anteriores y, sobre todo, en el ataque a París que centró buena parte de la tercera temporada. Es ese trauma personal, esa carga de dolor, responsabilidad y culpa la que engrandece aún más la lucha interna entre sus tradiciones y sus ansias de conocimiento, entre sus amistades y las traiciones de aquellos que siempre había tenido más cerca. Si a esto sumamos un entorno plagado de personajes que cada vez parecen alejarse más de él, lo que nos encontramos es un fresco marcado por la soledad.

Y es en este contexto donde mejor se enmarcaría sus experimentaciones con la “medicina” que una asiática le ofrece. Hasta cierto punto, abrir la puerta a un nuevo mundo de experiencias es algo propio del protagonista de Vikingos, pero eso conlleva, por otro lado, la pérdida de una esencia quizá mucho mayor: su inteligencia y liderazgo para imponerse a sus enemigos. Que un personaje como Ragnar sea derrotado en la capital de Francia por su propio hermano es algo relativamente inexplicable si atendemos al recorrido del personaje en las anteriores temporadas, y de ahí también la necesidad de presentarle con capacidades mermadas, con un juicio nublado que lo único que provoca es una masacre de su pueblo. Y es aquí donde la presencia de la drogadicción y sus malas consecuencias se vuelve oportunista y se convierte en una herramienta necesaria para justificar algo a priori injustificable.

En realidad, la presencia de un vikingo como el interpretado por Clive Standen (serie Camelot) en las filas de los francos, más desarrollados, debería haber sido suficiente para derrotar a un ejército de invasores, uniendo lo mejor de ambos mundos a orillas del Sena. En lugar de ello, era necesario introducir un factor externo para convertir al héroe en un personaje más débil, más desdibujado. Y es una lástima, pues mientras el protagonista se pierde en secuencias un tanto innecesarias, otros personajes como el de Alexander Ludwig (Un equipo legendario) crecen, y de qué forma, para convertirse en parte fundamental de una trama que finaliza de un modo notablemente interesante, abriendo de par en par las puertas de una última temporada que despierta la curiosidad.

Un mundo más amplio

Este crecimiento en importancia de personajes secundarios más o menos tradicionales viene acompañado de otro aspecto igual de relevante para el futuro más inmediato de la serie. Mientras que las primeras temporadas se centraron en el protagonista y su particular visión del mundo (lo que, a su vez, le convierte en un hombre excepcional entre los suyos), esta cuarta etapa amplía el espectro para narrar lo que ocurre en Inglaterra y en Francia. Y quizá lo más interesante es, precisamente, que la historia de las islas es, simple y llanamente, independiente de la historia vikinga.

La consecuencia más inmediata es evidente. La trama resta tiempo a las historias de Ragnar Lothbrok y compañía para atender las luchas reales y familiares por los territorios de Inglaterra. Esta apuesta puede parecer arriesgada, pero lo cierto es que está muy medida. La introducción en la segunda temporada del rey Ecbert, al que da vida magníficamente Linus Roache (Innocence), supuso un soplo de aire fresco, un espejo en el que se reflejaba el protagonista en todos los aspectos. Perder el desarrollo de un personaje similar habría sido un error por varios motivos, entre ellos que dejaría al espectador con una suerte de incertidumbre sobre el devenir de sus ansias de conquista.

Y es aquí donde se halla la necesidad de su cada vez mayor presencia en la historia. En cierto modo, parece recoger el testigo del héroe protagonista, perdido éste como está en una nube de drogadicción. Pero además se le prepara para un eventual ataque futuro, construyendo los pilares narrativos de uno y otro bando para ofrecer al espectador las dos caras de una misma moneda. A ello se suma ahora la presencia del personaje de Standen en la capital de Francia, convertido en un franco más y obteniendo lo que siempre había deseado: derrotar a su hermano. Analizado en profundidad, la evolución de Rollo es impecable, moviéndose siempre entre el amor y la envidia, la admiración y el odio.

Por eso resulta especialmente difícil de entender que la cuarta temporada de Vikingos haya optado por reducir al personaje de Ragnar a un simple drogadicto. Sí, es cierto que concuerda con sus ansias de conocimiento y experiencias. Y sí, justificaría en parte las derrotas sufridas. Pero nada de eso parece necesario a tenor de cómo se desarrollan los acontecimientos a su alrededor, con su hermano traidor y con los conflictos generados por los actos de Floki (de nuevo Gustaf Skarsgård). Todo ello habría tenido que ser suficiente para mostrar la caída de una especie de semidiós convertido en humano. Los escarceos con las drogas no solo restan credibilidad a su personaje, sino que obligan a destinar secuencias y minutos a algo que desvirtúa la esencia de la trama.

Tráiler de ‘Spectre’: el reencuentro muy esperado de James Bond


Uno de los momentos del tráiler de 'Spectre', nueva aventura de James Bond.Hace más o menos un día que ha salido el primer avance en movimiento de Spectre, la nueva aventura de James Bond, de nuevo bajo la batuta de Sam Mendes tras el éxito que supuso Skyfall hace 3 años. Un éxito que se debió, en parte, a la particular visión que imprimió el director a un personaje y a una estructura narrativa limitados por la cantidad de aventuras cinematográficas que ha protagonizado. Ésta será la número 24, pero no por ello parece haber perdido energía. De hecho, si atendemos a este primer teaser-tráiler, el veterano agente está más en forma que nunca.

Y curiosamente, no se ve ninguna secuencia de acción, lo que ya da una idea de lo que podremos encontrar en el film. Evidentemente, esto no quiere decir que no vaya a haberla, pero sí que la trama vuelve a tener un peso relevante en el conjunto. Habrá quien piense que Skyfall fue en extremo sencilla, pero eso no quiere decir que su trama no estuviera bien estructurada y tuviera una importancia notable sobre todo en el protagonista. Siguiendo esta idea, lo que muestra este primer avance son precisamente las consecuencias de lo ocurrido en aquel film, lo que establece una conexión entre ambos y entre los anteriores protagonizados por Daniel Craig (Millennium: Los hombres que no amaban a las mujeres), lo que ya de por sí supone una reinterpretación profunda del personaje. En esta ocasión, la trama se centra en la investigación de Bond de una siniestra organización secreta de nombre SPECTRE que parece conectada con su pasado. Todo mientras la sede del servicio secreto ha sido destruida y hay un nuevo M al mando.

De nuevo, la mano de Mendes se deja ver incluso en las pocas imágenes que se adelantan en el tráiler que encontraréis a continuación. Los contrastes entre luces y sombras, las siluetas y ese ritmo pausado de la cámara dotan al conjunto de un aspecto diferente, ahondando en los aspectos más oscuros y misteriosos del protagonista, y abordando ahora un pasado que muy pocas veces se ha mostrado en pantalla, lo que sin duda ayudará a conocerle. Claro que no solo de eso vive el tráiler, y por extensión el fan. La última imagen, que acompaña a este texto, es sumamente sugerente: “ha pasado mucho tiempo, y finalmente, aquí estamos”. Aunque no se le vea claramente, no es difícil descubrir quién es el villano que la dice, y sobre todo cómo la dice.

A estrenar entre octubre y noviembre de este mismo año, la cinta cuenta con un impresionante reparto, como suele ser habitual, en el que se dan cita Ralph Fiennes (El gran hotel Budapest), Monica Bellucci (El aprendiz de brujo), Léa Seydoux (La bella y la bestia), Dave Bautista (Guardianes de la galaxia), Christoph Waltz (Big Eyes), Ben Whishaw (The Zero Theorem), Naomie Harris (Ninja Assassin), Andrew Scott (Pride) y Rory Kinnear (The Imitation game). A continuación, el tráiler.

‘Vikingos’ se apoya en la religión para engrandecer su trama en la 2ª T


George Blagden y Travis Fimmel escenifican el choque de creencias en la segunda temporada de 'Vikingos'.He de confesar que la segunda temporada de Vikingos me ha dejado, desde un punto de vista puramente personal, una sensación extraña. Por un lado, la mejor noticia de estos 10 episodios es que van a tener más desarrollo en otra temporada. Por otro, existe un cierto desánimo al comprender que habrá que esperar varios meses hasta que eso ocurra. Porque si la primera temporada era un ejercicio notable de dramatización histórica, esta nueva entrega se erige más como un trabajo de intriga y suspense, de traiciones e intereses enfrentados, brillante e imprescindible, capaz de jugar con el espectador incluso cuando le da las pistas suficientes para que intuya el lugar y las verdaderas intenciones de cada personaje. Todo gracias a un trabajo, fundamentalmente, de desarrollo dramático de los roles principales.

Algo en lo que, lógicamente, tiene mucho que ver el creador de la serie, Michael Hirst (serie Los Tudor), cuyo amor por contar la Historia de forma creíble y alejada de subjetivismos no hace sino acrecentar el valor de una producción como ésta. Eso no quiere decir que no se distingan entre héroes y villanos, claro está, pero es su forma de tratar los conflictos lo que le lleva a distinguirse de productos que, en cierto modo, son mucho más lineales en ese sentido. Esta nueva temporada, que continúa con el ascenso de Ragnar Lothbrok (de nuevo un magistral Travis Fimmel) y su deseo por atacar Inglaterra, ofrece al espectador una visión mucho más compleja del conflicto entre vikingos e ingleses, y lo hace a través de algo tan sencillo y universal como la religión, utilizando para ello a tres personajes fundamentales: el propio Ragnar, el monje interpretado por George Blagden (Los miserables) y el rey Ecbert de Wessex, al que da vida Linus Roache (Non-Stop).

Gracias a ellos, Vikingos se convierte en algo más que un estudio sobre la cultura y costumbres nórdicas para derivar en una reflexión sobre las creencias, los dioses a los que adora cada cultura y, sobre todo, la ignorancia e intolerancia de aquellos hombres que no ven más allá de lo que su mitología les cuenta. Teniendo esto en cuenta, esta segunda temporada logra engrandecer la figura del protagonista al convertirle en un individuo de una inteligencia fuera de lo común. Inteligencia que va más allá del campo de batalla o de las intrigas palaciegas. Como ya se apreció en la primera parte, el personaje de Fimmel, a quien se le ha podido ver en The experiment (2010), es un hombre curioso, inquieto, cuyo único objetivo es lograr unas condiciones de vida mejores. Su constante apuesta por el diálogo y el acuerdo contrastan notablemente con la idea que siempre se ha tenido de la cultura vikinga, más si tenemos en cuenta que los secundarios principales tienen tendencia a usar la violencia antes que la cabeza.

Empero, la genialidad de Hirst no reside tanto en esto como en el hecho de establecer una comparación bastante curiosa de las dos culturas. Vikingos y cristianos se definen como grupos sociales fanáticos e incapaces de ver más allá de lo que sus creencias les dictan. Lejos de poseer rasgos diferenciadores, ambas culturas se muestran muy similares, capaces de las mayores atrocidades en nombre de unos dioses que uno y otro bando tachan de falsos. No hay más que tomar dos de los acontecimientos más violentos y salvajes de la temporada para comprender que las diferencias entre ambos mundos no son tantas. Me refiero, claro está, a la crucifixión y al águila de sangre, dos métodos de tortura que, cada uno en su estilo, denotan un gusto por la sangre y la violencia igual de bárbaro para aquellos a los que se considera traidores. Pero como uno se puede imaginar, son muchas más las conexiones entre ambos mundos, entre ellas las similitudes entre los personajes de Roache y Fimmel (un futuro enfrentamiento entre ambos será algo digno de analizar) y, sobre todo, el personaje de Blagden, verdadero nexo de unión de ambos mundos y cuyo debate espiritual es síntoma más que evidente de las similitudes entre todas las religiones.

Intriga perfecta

Pero dejando a un lado tratamientos y personajes históricos que se dan cita en esta nueva temporada, lo más llamativo de Vikingos es su desarrollo dramático, un ejemplo de suspense formal que debería ser estudiado varias veces antes de escribir una sola palabra de un thriller, sea el que sea. Y no porque la trama sea capaz de ocultar sus verdaderas intenciones al espectador; ni siquiera porque tenga un giro de última hora en su tercio final. Suele decirse que la magia consiste desviar la atención hacia una mano para, con la otra, hacer el truco. Bueno, pues Hirst podría ser calificado de mago. Prácticamente desde su primer episodio la serie presenta a un héroe atacado, preso de sus pactos de lealtad y asediado por traiciones de los que antaño fueron sus aliados, entre ellos un Floki que vuelve a erigirse como uno de los pilares de la producción gracias al trabajo del actor Gustaf Skarsgård (Kon-Tiki).

Comenzando por su hermano, al que vuelve a dar vida de forma imponente Clive Standen (Namastey London), y terminando por su primera esposa, una imprescindible Katheryn Winnick (Tipos legales), el mundo que rodea a Ragnar se derrumba de forma progresiva a medida que avanza la trama. Apenas existen momentos de satisfacción personal para el personaje, lo que por cierto acentúa el carácter dramático y derrotista de su viaje. Los guionistas aprovechan estos acontecimientos iniciales para generar la idea de incertidumbre, de vulnerabilidad en el héroe y, sobre todo, para hacer olvidar su inteligencia. Y de hecho lo logran a tenor del resultado final, que si bien no es una sorpresa mayúscula, si es un tanto inesperado. Estos primero momentos sirven, como digo, para introducir una serie de detalles de la trama que la reconducen por donde los creadores pretenden, y que pasan fundamentalmente por mostrar únicamente las intenciones del personaje de Donal Logue (serie Copper), situando al protagonista como epicentro de las intrigas. Esto puede provocar, como de hecho ocurre, que algunos hechos de la trama no encuentren una explicación lógica, y este es uno de los pocos reproches que se le puede hacer a la serie. Si es que es un reproche, claro.

Este desarrollo de la trama principal, además, cuenta con el apoyo de las numerosas tramas secundarias, cuyo objetivo no es otro que consolidar la idea de que los conflictos alrededor del personaje de Fimmel se multiplican de forma exponencial. La traición de su hermano, el divorcio de su primera mujer, la guerra en Inglaterra, la traición de sus amigos, el incremento de su familia o los ataques a su pueblo crean un marco perfecto para el drama en el que se ve sumido el personaje. Curiosamente, en medio de la temporada este drama pasa a ser una ficción absoluta, y Hirst deja las pistas suficientes al espectador para que este ate los cabos necesarios. La genialidad de su desarrollo reside, no obstante, en que a pesar de esas pistas, a pesar de que puede llegar a intuirse el juego de poder que se establece entre los personajes, el clímax del episodio final funciona a la perfección. Puede que incluso mejor. Un clímax que puede verse varias veces de forma sucesiva sin llegar a resultar obvio, lo que da una idea de la magnitud de lo construido a lo largo de la temporada. Pocas veces un desenlace ha sido tan planificado a lo largo de los episodios previos.

Se puede decir, por tanto, que esta segunda temporada de Vikingos es notablemente mejor que su predecesora desde todos los puntos de vista, sobre todo del dramático. La apuesta por centrar la atención en la religión y el tratamiento que se hace del suspense otorgan una mayor entidad a la serie, que más allá de combates espectaculares y unos actores en estado de gracia, ofrece un trasfondo social y político muy interesante. La única nota discordante no pertenece al contenido de la serie, sino a su formato. Al igual que ocurre con Juego de Tronos, una producción de estas características, con un nivel artístico, narrativo y formal que roza la perfección, no puede tener temporadas tan cortas y con un desarrollo tan acentuado, pues la espera hasta la siguiente tanda de episodios puede hacerse tan eterna como los banquetes del Valhalla.

‘Snatch, cerdos y diamantes’, o los personajes como base narrativa


Guy Ritchie, Brad Pitt y Stephen Graham en 'Snatch, cerdos y diamantes', de Guy Ritchie.Me atrevería a decir casi sin miedo a equivocarme que a todo el mundo le ha sorprendido el hecho de ver a Brad Pitt (Troya) en una película de zombis. A algunos más y a otros menos, pero la idea de ver a una estrella de este calibre luchando contra una horda de muertos vivientes con ganas de cerebro es, cuanto menos, diferente. Cierto es que la inminente Guerra Mundial Z no es “una de zombis al uso”, pero en cualquier caso es algo pocas veces visto. Y a pesar de todo, no es la primera vez que el protagonista de El árbol de la vida (2011) se involucra en un proyecto tan extraño. Uno de los casos más representativos de estas inquietudes, por llamarlo de alguna manera, es Snatch, cerdos y diamantes, la película que puso al director inglés Guy Ritchie (Sherlock Holmes) en el mapa de Hollywood en 2000.

Planteada como una especie de remake/secuela, esta película coral tiene como protagonista un enorme diamante que pasa de unas manos a otras en una búsqueda protagonizada por mafiosos, matones y boxeadores de tres al cuarto. Si hubiese que buscar unos protagonistas posiblemente serían los personajes de Jason Statham (Transporter) y Stephen Graham (serie Boardwalk Empire), un entrenador de boxeo/promotor y su ayudante que ven cómo sus vidas peligran al perder al boxeador que iba a enfrentarse al luchador de un mafioso. El culpable de todo es un gitano al que convencen para que se deje ganar.

Desde luego, lo más interesante y atractivo de Snatch es la frescura que emanan tanto su guión como su realización, ambos de Ritchie. Por un lado, el texto es una sucesión de situaciones y personajes a cada cual más extraño, un cúmulo de despropósitos sin motivo aparente que encuentran su resolución en un final algo sorprendente pero, ante todo, acorde a la locura que suponen sus diálogos y sus secuencias de acción. Por otro, la firmeza visual del director no solo descubre una mirada distinta al mundo de los bajos fondos ingleses, sino que aporta por momentos algunas de las secuencias más bellas y simbólicas de unos años para acá. Planos como los del combate de boxeo final o el doble punto de vista utilizado para contar un tiroteo muestran que una historia puede alcanzar cotas mayores si existe libertad para narrar.

El estilo decadente y suburbial del film queda acrecentado, qué duda cabe, por la iluminación de la Gran Bretaña, cuya luz y colorido son casi tan representativos como algunos de sus espacios, tanto rurales como urbanos. Los tonos ocres y grises que acompañan a los personajes enmarcan la acción en un entorno del que todos pretenden salir si logran hacerse con el diamante. Da igual que sean propietarios de una joyería, mafiosos aficionados a las peleas de perros o boxeadores de bajo nivel. El ambiente deprimente y gris que les envuelve a través de los escenarios, la fotografía y hasta la ropa les convierte en potenciales fugitivos del único mundo que conocen. Mención especial habría que hacer al campamento gitano, prácticamente única nota discordante del resto que supone no solo un cambio de colores, sino también un cambio de emociones y de forma de afrontar la historia.

Cuanto más extravagante, mejor

Pero Snatch, cerdos y diamantes no sería nada sin sus personajes. La historia por sí sola no aporta nada (o casi nada) a la película en sí. Lo realmente interesante es la definición de cada uno de los personajes que hace Ritchie en los primeros minutos que tienen en pantalla. Más que por la descripción que se hace de ellos, por las decisiones que toman en esos instantes. A cada cual más extremo, posiblemente quede representado todo el abanico criminal posible, aunque siempre visto desde un punto de vista cómico, casi ridículo. Cualquier persona que se esté introduciendo al guión sabrá que una de las primeras cosas a realizar es una biografía de cada uno de los personajes principales. Pues bien, da la sensación de que los protagonistas de esta cinta de cine negro cómico han plasmado dichas biografías en los minutos que tienen en pantalla.

El resultado es una obra mucho más completa que centra sus esfuerzos en las relaciones entre los personajes, en sus reacciones a las situaciones que se les plantean. En el fondo, el diamante que pasa de mano en mano no deja de ser un McGuffin, una mera excusa para mantener una cierta intriga que relacione a todos los protagonistas y secundarios, entre los que se encuentra Brad Pitt. En efecto, su personaje, ese gitano que debe enfrentarse al boxeador de un mafioso en un combate amañado es un secundario. Al menos a priori, porque lo cierto es que termina adquiriendo un cierto protagonismo, en parte por el carisma del actor y en parte por las propias necesidades de la historia.

En la pequeña introducción inicial trataba de poner en palabras la idea de que Pitt, más allá de su imagen y de su aura de estrella, es un actor que ha buscado siempre papeles extravagantes, extremos. El caso del film de Ritchie se ajusta como un guante a ese perfil. Además de tener un rol menos protagonista que el resto, su forma de afrontarlo es, dicho coloquialmente, desternillante. Tanto en su versión original como en su versión doblada, la velocidad y el argot con el que habla Pitt convierten a este boxeador gitano en uno de los iconos del relato más representativos. Por supuesto, buena parte de su labor estaba plasmada ya en el papel, pero el lenguaje corporal, más frenético incluso que su vocabulario, otorgan al personaje un estilo único.

Puede que considerar Snatch, cerdos y diamantes como un clásico moderno todavía sea prematuro. En determinados círculos ya lo será, sin duda. Sea como sea, la película es un reflejo del alma de su director, un testimonio audiovisual de la forma de pensar y de narrar. Y es una prueba fehaciente de que los personajes son una parte imprescindible de cualquier historia. Si esta es buena, la película será un punto y aparte en el cine. Si no es tan buena ofrecen una salida narrativa que muchas veces es más interesante que cualquier otro factor.

‘Utopía’, belleza formal al servicio de su perturbadora trama


Dos de los extraños personajes que protagonizan 'Utopía', creada por Dennis Kelly.Puede que los estadounidenses estén situando las producciones televisivas en unos niveles que no se habían conocido nunca, pero lo que están logrando los británicos requeriría de muchas horas de debate y análisis. La facilidad que tienen los guionistas de aquel país para sumergir al espectador en historias perturbadoras, radicales en su forma y su contenido, y política y socialmente críticas, es inaudita. Estados Unidos ha sido capaz de encontrar las claves para realizar productos de una calidad inigualable, pero tiende a repetirse en sus fórmulas. Inglaterra, por el contrario, busca transgredir el lenguaje audiovisual con muchas de las producciones que realiza. Utopía es una prueba, magistral a mi modo de ver, de que estamos ante una industria a la que debería de prestarse más atención.

Creada por Dennis Kelly (serie Pulling), la trama gira en torno a una extraña novela gráfica de culto y a cuatro personajes que se reúnen porque, según parece, uno de ellos se ha hecho con la secuela de la misma. Lo que ninguno de ellos sospecha es que las páginas de esa secuela esconden un secreto relacionado con el Gobierno británico y un experimento científico a gran escala que pretende cambiar la sociedad tal y como la conocemos. Perseguidos por el Gobierno y las empresas implicadas en el proyecto, su única vía de salvación es una joven que responde al nombre de Jessica Hyde y cuya presencia será la clave para desentrañar el misterio. Vista así, la historia parece que se mueve por argumentos e intrigas conocidas, y en cierto modo así es, salvo por la presencia del cómic. Lo que diferencia a esta producción, y lo que la define como el pequeño fenómeno en que se está convirtiendo en algunos círculos, son los personajes y el acabado formal.

Y es que desde el primer momento los personajes que se mueven por este thriller son, por decirlo sutilmente, extravagantes. Otra forma de definirlos sería marginales, y otra podría ser psicóticos. Sobre todo aquellos que rodean al grupo protagonista, integrado por los que tal vez sean los papeles más coherentes de toda la serie. Destaca sobremanera el personaje de Neil Maskell (The football factory), un asesino impasible e implacable cuyo aspecto, forma de andar y forma de expresarse inquietan más que cualquier otro aspecto. Y lo hacen porque inducen a pensar en todo menos en un asesino, no porque posea una cara angelical, sino porque parece improbable que sea capaz físicamente de hacer daño a nadie. Es, con diferencia, el mejor personaje de la trama, y desde luego el que más impacta durante su presencia en pantalla.

Aunque no es el único. Si bien es cierto que su definición es la más atractiva, muchos de los secundarios (el verdadero alma mater de la producción) adquieren relevancia por la complejidad de la trama y de las numerosas ramificaciones que posee y que se resuelven de forma convergente en un episodio final cuyos giros argumentales lo convierten casi en una montaña rusa narrativa. Ya durante el desarrollo de la trama se intuye que ningún personaje es lo que dice ser, o que por lo menos posee motivaciones ocultas que obligan a desconfiar, pero lo que se produce en esos últimos minutos da un sentido único a todo lo visto anteriormente, mucho mayor de lo que cabría esperar. De hecho, la historia pasa de ser un alegato sobre las conspiraciones y cómo detenerlas a una prueba fehaciente de que no se puede luchar contra el sistema.

Narrativa visual por encima de todo

Como hemos dicho, varias páginas podrían escribirse sobre Utopía. La forma de integrar todas las ramificaciones de la trama en un único final capaz de cambiar el sentido de la serie es algo difícil de ver hoy en día sin que resulte un ejercicio forzado y poco creíble. Ahí está, por ejemplo, la historia del funcionario gubernamental (quizá la más hilarante de todo el conjunto, si es que dicho calificativo se puede aplicar a esta serie) o los dilemas morales de cada uno de los miembros protagonistas. No entraremos en un análisis más profundo sobre el contenido, pero sí merece una mención especial la forma. Calificar la obra de Kelly de belleza visual sería hacerle un flaco favor a la forma de narrar esta intriga. Y me explico.

Lo que más llama la atención de la serie es su paleta cromática. Ya desde los primeros planos en esa tienda de cómics, donde los saturados colores de las paredes contrastan con el vestuario de los actores, el espectador comprende que la forma de narrar el subtexto del argumento reside en la elección de los colores, en lo que podría ser perfectamente una traslación a la pequeña pantalla del estilo cromático de la novela gráfica que da título a la serie. El inteso azul de uno de los asesinos, el verde de las paredes o la bolsa amarilla son algunos de los elementos. No queda ahí el intento, por supuesto. El cielo, los extensos campos, la decoración urbana propia de cualquier ciudad o los muebles de una habitación. Cualquier elemento, por pequeño que parezca, posee un color único, intenso y distintivo, que le define en esta estrambótica historia de conspiraciones y planes apocalípticos. El mejor y más evidente ejemplo tal vez sea oscura habitación en la que los villanos de la función deciden los pasos a seguir en la búsqueda y captura del manuscrito.

Claro que no es lo único. Buena parte de los diálogos y de las secuencias de acción cuentan con una iluminación muy particular, muchas veces verdosa y otras tantas apagada, pálida. Todas ellas permiten transmitir el mensaje oculto en las reacciones corporales de los intérpretes, todos ellos por cierto perfectos en sus respectivos roles, el diálogo no hablado que se desprende de muchas de las situaciones. Si a esto añadimos una extraordinaria banda sonora tan perturbadora y nerviosa como la propia serie, lo que obtenemos es una clara muestra de lo que significa narrar en imágenes.

Empero, no se puede ni se debe obviar la elección de los planos. Buena parte de la serie está compuesta por unos amplios planos, la mayoría generales, en los que los personajes aparecen únicamente de cintura para arriba o confundiéndose con los elementos del entorno. Desde luego, son los elementos más bellos de los 6 capítulos, y permiten apreciar la maravillosa fotografía en todo su esplendor. Pero que nadie piense que su función es meramente embellecedora, más bien al contrario. La elección de dichos planos y su uso en determinadas situaciones suponen la mejor forma de reflejar el sentimiento que más aparece en toda la trama: la soledad. Ya sea la angustia de sentirse perseguido en todo momento, el miedo de ser abandonado por aquellos que te apoyaban unos minutos antes o la certeza de que la muerte está próxima, cualquier emoción que genere soledad queda patente en dicha planificación. Claro que no es únicamente su uso; la forma de situar al personaje dentro del cuadro ofrece una visión distorsionada del propio lenguaje visual, lo que no hace sino generar una mayor sensación de estar ante algo distinto, un poco extravagante pero indudablemente bello.

Al igual que ocurre con Black mirror o con The fadesUtopía es uno de esos productos televisivos extrañamente maravillosos. Por supuesto, para gusto los colores, nunca mejor dicho, pero todos aquellos que busquen algo distinto lo encontrarán en esta serie de 6 episodios que, según parece, tiene intención de volver en una segunda entrega. Tal vez la resolución de la trama sea algo fantástica para el desarrollo relativamente serio del conjunto, pero encuadra perfectamente dentro de las teorías de la conspiración tantas veces abordadas. Lo relevante no es, en realidad, si la trama queda bien resuelta (aunque sí es importante, claro está), sino los descubrimientos que se realizan a lo largo del desarrollo y los conflictos morales y sociales que se producen. Esto no solo está bien narrado sobre el papel, sino que se muestra acompañado de un lenguaje visual sublime capaz de hipnotizar al espectador y ocultar sus posibles carencias. Como suele ocurrir en estos casos, lo mejor y lo peor de todo es que solo dure lo que dura. Más tiempo hubiese jugado en su contra con toda probabilidad, pero es una lástima que se termine.

La coherencia narrativa de la ciencia ficción en ‘The Fades’, imprescindible serie apocalíptica


Que la televisión está viviendo una época dorada resulta, a estas alturas, decir poco. Añadir que Estados Unidos es el principal impulsor de dicha evolución es algo similar a describir la forma de un objeto. Incluso mencionar que Inglaterra se erige como digna competidora gracias a productos como Dowton Abbey Sherlock es aportar muy poco a la comprensión del panorama actual de la pequeña pantalla. Sin embargo, producciones inglesas como Black Mirror o la que ahora nos ocupa, The Fades, elevan el concepto serial a un nuevo nivel, traspasando todas las fronteras posibles entre los géneros para crear historias únicas y mundos complejos, muy complejos, guiados por unos sentimientos tan coherentes como reales.

Y es que esta serie escrita por Jack Thorne (serie Skins) es un claro ejemplo de lo que debería ser cualquier historia, seriada o no, de ficción o no: un desarrollo coherente y ascendente donde cualquier elemento está sujeto a las leyes del propio universo creado. The Fades cumple con creces dicho principio, pero lo hace de una forma tan brillante, irónica y terrorífica al mismo tiempo, que se convierte automáticamente en un título imprescindible para cualquier amante de las series. Incluso aunque su trama no se ajuste a los gustos de cada espectador.

La producción pone las cartas sobre la mesa desde el episodio piloto: un joven, capaz de ver a los muertos, se ve envuelto en una guerra que desconoce entre un grupo de “guardianes” autodenominados angélicos, y un grupo de espectros que han descubierto la forma de volver a la vida (y no es una forma muy agradable, por cierto). Marginado en el instituto, con una hermana que le odia y un amigo friki a más no poder, deberá equilibrar la batalla y su propia vida debido a una serie de poderes que descubre poco a poco.

Suele decirse que todas las historias están contadas, por lo que lo importante es la forma en que se cuentan. En base a esto, podría acordarse un cierto déjà vu en la trama, aunque sin duda hay que reconocer una originalidad en su simbolismo, en su puesta en escena y, lo que es más importante, en sus personajes. Porque si de algo puede presumir The Fades es de unos personajes complejos, serios y acordes a su desarrollo dramático y sus cualidades. Aquí no existe el arquetipo de héroe (aunque sí el de villano… más o menos) que hace lo correcto en todo momento; no existen los escuderos que aconsejan sabiamente mientras se oponen a ciertas decisiones.

No. La serie protagonizada magistralmente por Iain De Caestecker (Up there), Daniel Kaluuya (uno de los actores de Black Mirror y puede que el mejor personaje), Natalie Dormer (Los Tudor) y Johnny Harris (El imaginario del Doctor Parnassus) entre muchos otros supone todo un reto para el espectador. Ningún personaje actúa según los cánones a los que estamos acostumbrados, sino a la situación límite en la que se encuentran (el fin del mundo) y las decisiones que toman, que les lleva irremediablemente hacia un final que, en ningún caso, está cerca del comienzo.

Seriedad narrativa, belleza formal

Esta forma de tratar a los personajes y, por ende, a la trama, denota una seriedad impropia en los relatos de ficción, aunque bastante común en los productos ingleses. A diferencia de los norteamericanos, los anglosajones no optan necesariamente por el final feliz, sino por la coherencia de una historia en la que sus responsables participan casi como un personaje más. Y esto, pese a quien pese, es una bocanada de aire fresco, un disfrute único de emociones encontradas, de situaciones inesperadas e, incluso, de complicidad ante decisiones previsibles una vez se conoce un poco a los personajes.

Claro que todo esto es sobre el papel. El traslado a la pantalla es lo que al final queda en la retina, por lo que termina siendo lo más inmediato. En este aspecto, The Fades puede que no innove tanto como producciones recientes, pero sin duda tiene algo que decir. Con una estética gris, opaca y triste que deriva hacia la suciedad y el desahogo a medida que avanza la historia, la serie deja auténticos momentos para el recuerdo como la puesta en escena de algunas transformaciones, el momento de la resurrección de uno de los personajes (por cierto, el mejor capítulo de los 7 con los que cuenta la producción) o las introducciones realizadas por el mejor amigo del protagonista, toda una oda al humor y el mundo fan de los cómics y el cine.

Sin duda, al magnífico resultado ayudan los actores, todos sin excepción. Gracias a su trabajo, los personajes tan bien definidos sobre el papel adquieren consistencia, generan empatía y, lo más importante, transmiten la impresión de ser meros espectadores en ese fin del mundo por mucho que actúen contrarreloj. Es esa familiaridad lo que les hace muy humanos y, por extensión, muy vulnerables. Porque si algo define a cualquiera de los rostros que aparecen en pantalla, ya sean villanos casi invencibles o secundarios asustados, es su vulnerabilidad y su debilidad manifestada de cualquier modo: seres queridos, miedo, la creencia de tener el destino del mundo sobre los hombros, el odio, …

Posiblemente The Fades sea una de las mejores series de los últimos años. Y aunque su final deje la puerta abierta a una posible continuación que parece no va a llegar nunca (los responsables ya han dicho que no hay intención de seguir con la historia), eso no quita para disfrutar de una historia apocalíptica tan bien narrada, tan coherente y serie en sus planteamientos y su desarrollo, que se revela como un auténtico ejercicio maestro de cinematografía.

‘Black Mirror’, la imprescindible y sobresaliente crítica a la sociedad de la comunicación


Perturbadora, arriesgada, transgresora, crítica, soberbia, espectacular, intrigante, reveladora, reflexiva, … genial. Con estos epítetos, y muchos más, podría definirse una de las últimas propuestas televisivas que llegan desde Inglaterra. Una producción estructurada en tres capítulos que nada tienen que ver entre ellos, al menos visualmente, pero que vistos en conjunto ofrecen una visión muy crítica con lo que ha quedado en llamarse “sociedad de la información y la comunicación”, y que viene definida por internet, las nuevas tecnologías y las recientes plataformas para que cualquier persona del planeta esté conectada al resto de seres humanos.

En efecto, cada una de las historias es independiente, como si de una película corta se tratara. Todas ellas, en mayor o menor medida, incluyen sin embargo una crítica muy acentuada a la degradación de una sociedad cuyo principal objetivo es observar la humillación ajena, gastar el dinero en objetos irreales de su mundo digital o recordar absolutamente todo lo que se ha vivido desde la infancia. Una crítica que, al mismo tiempo, ofrece un aviso importante sobre la dirección que toman unos individuos absorbidos por la necesidad de comunicarlo todo, de exponer la vida privada al ojo crítico de personas que no entienden de contextos, causas o efectos.

Todo ello utilizando tres guiones sencillamente perfectos, cuya firme estructura engancha al espectador al asiento hasta el punto de ponerse en el lugar de los protagonistas. Igualmente, la dirección de cada uno de ellos acentúa la facilidad de los realizadores ingleses para generar tensión, drama o indignación. La naturalidad de las decisiones, lo incomprensible (y no porque esté mal explicado) de las situaciones y lo frustrante de los contextos sociales en los que se desarrollan las historias convierten a este Black Mirror en una obra imprescindible audiovisualmente hablando y básica para entender los peligros de una sociedad donde las relaciones humanas tienen los días contados.

El rescate de la princesa

La primera de las historias se centra en el presente y en algo tan común como surrealista: el secuestro de la princesa de Inglaterra y las condiciones de su rescate, que no son otras que ver al Primer Ministro manteniendo relaciones sexuales con un cerdo. Ni dinero, ni reivindicaciones políticas. Simplemente, la humillación y la vejación de una de las máximas figuras públicas del país en una emisión televisiva completa. Lo que se desencadena a partir de ese momento esta narrado con tal fuerza e intensidad que se podría decir que no es apto para cardíacos.

La acción se divide en tres grandes líneas que, aunque relacionadas, evidencian la falta de escrúpulos de una sociedad ávida de rumores y de morbo. Por un lado, la investigación gubernamental, torpedeada por unas filtraciones que se difunden como la pólvora en el mundo virtual; por otro, la necesidad de los medios de comunicación de ser los protagonistas de la mayor historia de los últimos años, perdiendo para ello la poca dignidad moral y ética que podían tener; y por último, la voluble sociedad capaz de cambiar de parecer en un instante simplemente por ver unas imágenes que podían ser trucadas.

Ya de por sí, la historia cuenta con la fuerza suficiente para realizar una crítica feroz a la hipocresía de una sociedad que rechaza a priori cualquier elemento morboso o censurable para después difundirlo en la red como un virus, estableciendo normas de comportamiento moral diferentes en uno y otro ámbito. Sin embargo, el final del episodio va mucho más allá. En una simple frase, el guionista Charlie Brooker destruye esa supuesta moral social, convirtiendo a los seres humanos en personajes casi caricaturescos, capaces de valorar positivamente una situación tan desagradable, censurable y violenta como la vivida durante el episodio simplemente por incluirla en un supuesto cajón de sastre llamado arte.

El futuro de los concursos de talentos

Si la primera historia aborda el tema desde la intriga y la política, el segundo capítulo lo hace desde la ciencia ficción. En un futuro, las personas deben, literalmente, mantener toda la estructura social con su esfuerzo físico mientras se distraen con programas pre-cocinados sin sentido, videojuegos a cada cual más simple, vídeos eróticos o concursos de talentos. Precisamente, es este último el que se considera más importante, pues permite a la gente que participa conseguir una salida a una vida anodina, repetitiva y gris donde el principal logro es, como se dice en un momento del metraje, “comprar una gorra para nuestro avatar”, es decir, nada.

Pero más allá del terrible futuro que se plantea, donde la vida no tiene más sentido que el de pedalear hacia ninguna parte, la historia ofrece un panorama aún más desolador, descubriendo a unos ídolos de barro manipulados por un grupo de personajes cuyo máximo interés es exprimir las cualidades que ellos creen ver en las personas (o que necesitan, que para el caso es lo mismo) sin importar el daño moral que puedan sufrir. En efecto, los jóvenes que se presentan a esa especie de America’s Got TalentTú sí que vales futurista lo hacen con la intención de un futuro mejor, alejado de las bicis y de los méritos necesarios para sobrevivir.

Nada de eso importa. Parodiando a los jurados de este tipo de programas, los tres personajes no valoran el esfuerzo o el talento, sino las necesidades personales de los de más arriba, distribuyendo a dichos concursantes, por ejemplo, al canal erótico (con todo lo que eso conlleva para alguien que, por ejemplo, quería triunfar en la música). La representación de dichos programas, con una puesta en escena que combina los físico y lo digital, es en definitiva un ataque sin paliativos a la necesidad de la sociedad de encontrar ídolos, modelos o héroes allí donde sólo hay marionetas cuyas vidas son casi más miserables que cuando estaban en las bicicletas estáticas.

La necesidad de saberlo todo

Empero, puede que la historia más importante sea la última, a medio camino entre la ciencia ficción y la realidad, y en la que una pareja debe hacer frente a una crisis a través de los recuerdos y la temporalidad de los hechos, aunque con una salvedad: toda la sociedad lleva implantada una pequeña memoria digital donde se almacenan todos los recuerdos desde la infancia, por lo que es más sencillo saber cuándo alguien miente u oculta algo.

Este tercer guión, cuyos efectos digitales son tan sutiles como sorprendentes, aborda la idea de qué pasaría si todo el mundo pudiera almacenar recuerdos indefinidamente, algo similar a lo que, hoy en día, son las redes sociales (mucha gente deja imágenes, comentarios, vídeos y audios a modo de legado personal digital). Y lo hace con una de las situaciones más destructivas a nivel personal que pueden existir; prueba de ello es el final, tan desolador como emotivo y desesperado.

Con una estructura que ofrece pequeños puntos de giro casi a cada instante, el texto apunta numerosas ideas que surgen en el imaginario colectivo a raíz de la implantación de las mencionadas redes sociales, como la posibilidad de revivir lo dicho y hecho en una noche de borrachera, analizar los detalles de una entrevista de trabajo, etc.

Detrás de ello se esconde, sin embargo, el descrédito de esa necesidad imperiosa de cualquier persona a conocer lo que hacen los demás, a valorar y criticar los momentos de la vida de cualquier persona sin pararse a pensar cuáles son las causas de dicha situación o qué podrá generar dicho comportamiento. Lo importante es, ante todo, saber.

Y dicho conocimiento no siempre trae consecuencias positivas, aunque sí provoca un estado total de veracidad, impidiendo la mentira en cuanto que todo queda registrado y datado en esa pequeña memoria que, en su abuso, termina por convertirse en la peor pesadilla de cualquier ser humano con el sentido común mínimamente desarrollado.

Diccineario

Cine y palabras

A %d blogueros les gusta esto: