‘Destroyer: Una mujer herida’: la importancia del tiempo


El tiempo no lo cura todo. Hay heridas que permanecen, que parecen cicatrizadas pero que pueden volver a abrirse con un pequeño roce. Bajo esta premisa se construye la nueva película de Karyn Kusama (Jennifer’s body), y es precisamente el tiempo el que acapara toda la atención de una trama con una Nicole Kidman (El sacrificio de un ciervo sagrado) sencillamente inmensa.

La historia de Destroyer: Una mujer herida, en realidad, podría considerarse más bien simple si no fuera por el manejo de los tiempos narrativos del guión, que siguiendo el ejemplo de películas previas juega con el antes y el después en el orden narrativo para ofrecer al espectador un giro argumental final que cambia por completo la perspectiva de todo lo visto hasta ese momento. Al menos modifica en cierto modo parte de la interpretación que da el espectador a los acontecimientos. De otro modo, es decir, si la historia se desarrollara de forma lineal, posiblemente estaríamos ante una obra más mediocre de lo que es, amén de que cuenta con un reparto en buen estado de forma. La labor de Kusama, por otro lado, tampoco ofrece demasiado a la cinta, toda vez que se limita a narrar de un modo aséptico, sin ninguna huella personal y sin demasiada garra en los momentos más tensos de la trama.

En realidad, junto al manejo de los tiempos dramáticos la película se sostiene gracias a la labor de Kidman, quien sostiene sobre sus hombros el paso de un tiempo que ha destrozado a su personaje. Un tiempo en el que el arrepentimiento, la culpa y la venganza han consumido su vida hasta el punto de destruir sus relaciones, su trabajo y su salud. En esta situación, y ante el regreso de sus demonios después de tantos años, la actriz asume el viaje sin retorno de su personaje y lo nutre con matices gracias a los saltos temporales que se dosifican con acierto a lo largo de un metraje algo excesivo pero en cierto modo necesario. Así, lo que en principio no es más que una investigación con conexiones pasadas se convierte en una forma de exorcizar demonios, en una viaje de aceptación de unos errores que han pesado durante demasiado tiempo, y en una venganza disfrazada de justicia en la que todo sacrificio es poco para lograr el ansiado final.

De este modo, Destroyer: Una mujer herida se aleja de las motivaciones de películas similares protagonizadas por hombres para ofrecer una visión relativamente nueva sobre el tiempo y el efecto que tiene en nuestras vidas. Y lo hace con crudeza, con algunos momentos de violencia descarnada que, aunque rodados con mano excesivamente simple, no dejan de generar un impacto en el espectador. El giro final aporta un sentido completamente distinto al conjunto, pero no impide que la labor de Kidman brille por sí sola. Un personaje complejo, atormentado, destruido por sus decisiones y sin nada que perder que la actriz eleva de categoría dramática en un film, por otro lado, demasiado lineal hasta sus minutos finales.

Nota: 7/10

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4ª T. de ‘Mozart in the jungle’, un inesperado y sobresaliente final


Uno de los efectos secundarios habituales de las series es que dejan una sensación casi de orfandad cuando llegan a su fin. Una sensación de haber terminado una etapa de nuestras vidas que no volveremos a recuperar, al menos no del mismo modo. Y cuanto más dura la serie, más acentuada es esa sensación. Pero cuando una producción de este tipo se cancela casi sin previo aviso y, por lo tanto, no es posible llegar a terminar su historia de forma correcta, lo que el espectador puede llegar a sentir es algo muy diferente, a medio camino entre la pérdida y la indignación, entre la frustración y la pena. Y eso es exactamente lo que ha ocurrido con la cuarta temporada de Mozart in the jungle.

Y es que esta comedia con la música como telón de fondo ha finalizado, y curiosamente no lo ha hecho con un final abierto. Más bien, la trama que ha centrado estos 10 episodios ha tenido un arco dramático completo, situando a los personajes ante nuevos retos de futuro. Y eso es precisamente lo que genera más frustración. La serie creada por Alex Timbers, Roman Coppola (Moonrise kingdom), Jason Schwartzman (Viaje a Darjeeling) y Paul Weitz (El circo de los extraños) termina planteando nuevos hilos conductores que ahora se quedarán sin resolver, como si sus autores tuvieran la esperanza de retomar la historia de estos personajes en un futuro no muy lejano, lo que crea un delicado equilibrio de emociones y de estructuras dramáticas.

Por un lado, esta cuarta y última temporada se revela como, posiblemente, la más original de las cuatro. Durante todos sus capítulos Mozart in the jungle ha hecho gala de una transgresión narrativa, visual y sonora sin igual, pero es en esta última etapa cuando apuesta por echar toda la carne en el asador. Desde inteligencias artificiales creadas para poder componer música y dirigir orquestas, hasta un viaje de autoconocimiento o, sobre todo, una interpretación de la vida del protagonista a través de la danza, el arco argumental ha dejado algunos de los momentos más bellos de la serie, amén de ahondar en las motivaciones y los objetivos de la pareja protagonista interpretada por Lola Kirke (Barry Seal: El traficante) y Gael García Bernal (Me estás matando Susana) hasta un punto pocas veces visto, lo que por extensión convierte a esta temporada en la más dramática de todas.

Por otro, el final deja un sabor agridulce. Y no precisamente porque su resolución busque ese efecto, que en cierto modo también lo hace. Más bien, lo que se genera es la sensación de estar ante una etapa que termina y otra que comienza en la trama, con la salvedad de que la segunda parte nunca va a ocurrir. El tsunami dramático que se produce en el tercio final de esta temporada es de tal magnitud que no hay ni un solo personaje que no modifique su situación dentro de la trama. En mayor o menor medida, cada rol con cierto protagonismo en esta musical historia evoluciona personalmente, algo que se traduce en su posición laboral y en su búsqueda de nuevos retos profesionales. Y aunque el tratamiento de estos arcos argumentales sea irregular (a algunos secundarios no se les da el espacio suficiente), en líneas generales todos han cambiado desde sus inicios, lo que añade valor a esta temporada y la convierte, posiblemente, en la mejor de las cuatro, tanto musical como visual y dramáticamente hablando.

La importancia de los secundarios

Y aquí entra en juego el otro gran aspecto de esta cuarta temporada de Mozart in the jungle y de toda la serie en general. Si bien es cierto que la pareja protagonista, sus tira y afloja, sus éxitos y sus fracasos, son el motor fundamental de la trama, la presencia de unos secundarios con entidad propia ha permitido al argumento crecer en complejidad, ser mucho más transversal y, por tanto, menos lineal. Con sus fobias, sus esperanzas y su bagaje dramático propio y ajeno al resto, cada uno de estos roles menos relevantes en la trama ha crecido hasta hacerse un hueco propio en el desarrollo del arco dramático principal, enriqueciéndolo y aportando matices tanto humorísticos como reflexivos.

Esta producción viene a confirmar algo fundamental en cine y televisión que, sin embargo, muchas veces se ignora. Un buen plantel de secundarios puede convertir una serie mediocre en una producción aceptable, y una obra notable en algo fuera de lo común. Y eso es en lo que se ha convertido en apenas cuatro temporadas esta obra de música, romance, humor y algo de locura. Asimismo, esto ha provocado una dinámica sumamente interesante en toda la serie. Mientras que el peso narrativo comenzó estando más sobre los hombros de García Bernal que de Kirke, en la última parte de la historia ha sido al revés, algo que no solo se ve en la fuerza que ha adquirido el personaje, sino en algo tan palpable y a la vez identificativo como las conversaciones con los compositores muertos que tiene inicialmente el Maestro y que luego asume la joven oboísta.

La última temporada de esta original serie, por tanto, es el canto de cisne de una historia que apuntaba al futuro. Porque aunque es cierto que estos 10 capítulos cierran argumentos, también abren otros muy interesantes y, a raíz de esos secundarios capaces de evolucionar y crecer de forma independiente, plantea un escenario completamente nuevo que renovaría la serie. Dicho de otro modo, esta cuarta temporada podría ser, hasta cierto punto, el fin de un ciclo, y como tal permite la posibilidad de finalizar la producción en este punto. Pero la capacidad de renovarse de forma autosuficiente hace que se abran nuevas expectativas, nuevas posibilidades tanto o más interesantes de lo visto hasta ahora. Y ahí radican los sentimientos encontrados de esta obra.

Sentimientos que, en cualquier caso, no restan calidad a Mozart in the jungle. Más bien al contrario, esta serie es una de las pocas que pueden presumir de haber crecido y mejorado con cada temporada, de haber explorado los rincones más interesantes de sus personajes, principales o secundarios, capítulo a capítulo y con el humor y la ironía por bandera. Es cierto que su narrativa puede resultar en algunos momentos un tanto confusa. Y no es menos cierto que con tantos personajes algunos roles menos importantes han tenido un desarrollo intermitente. Pero nada de eso debería de ser un impedimento para disfrutar de una comedia fresca, dinámica y diferente con una banda sonora, evidentemente, fuera de lo común. ¿La única pega? Que se haya acabado antes de tiempo.

4ª T de ‘House of lies’, o la comedia como contrapunto al drama


Kristen Bell, Josh Lawson, Don Cheadle y Ben Schwartz vuelven en la cuarta temporada de 'House of Lies'.No es extraño que el espectador, cuando se enfrenta a una comedia dramática, termine preguntándose qué tiene de cómico o de dramático la historia en cuestión. Lograr el equilibrio entre ambos géneros sin que ninguno de ellos llegue a dominar es muy complejo, pero lograr que ambos funcionen adecuadamente dentro del conjunto es más difícil todavía. Matthew Carnahan (serie Dirt) se ha acercado bastante a dicho equilibrio en la cuarta temporada de House of lies, y lo ha hecho gracias a la separación de géneros a través de los personajes, lo que ha ayudado a la serie a encontrar diferentes vías narrativas que sitúan a esta producción entre lo mejor de la pequeña pantalla… otra vez.

En realidad, el cambio de comedia a drama que dio la serie en su segunda temporada se acentúa aún más con los acontecimientos narrados en estos 12 episodios, cuya emisión finalizó hace unos 15 días en Estados Unidos. La forma de abordar la trama principal que implica al personaje de Don Cheadle (Iron Man 3) ha evolucionado significativamente hasta situarse más próxima al drama humano que a la comedia gamberra. Eso no implica que se pierda el tono irónico que siempre ha caracterizado a la serie, pero sí que no todo tiene un “final feliz”. Las temporadas, articuladas como la presentación de un reto que el protagonista tiene que superar, tienden cada vez más a dejar al personaje en una situación comprometida que le lleva a arrastrar conflictos de una temporada a otra sin ofrecer una solución clara.

Quizá la mejor decisión que ha adoptado House of lies es apoyar el grueso del drama sobre los hombros de las tramas secundarias personales, que poco a poco están convirtiéndose en tramas principales. Mientras que los problemas en el trabajo, las empresas a las que asesoran o los proyectos que avalan mantienen la frescura narrativa de las primeras etapas, gracias sobre todo a esas imágenes congeladas, el mundo que rodea a los personajes adquiere cada vez más un tono serio, en muchas ocasiones incluso sombrío, que permite a la serie abordar problemas de cierto calado social como puede ser la discriminación por raza o sexo, o las relaciones familiares. El contraste entre ambas líneas argumentales es lo que aporta el tono tragicómico al conjunto, pero es la forma en que encajan lo que realmente convierte a la serie en lo que es.

Aunque si hay algo que merece la pena destacar es la dinámica creada entre los personajes de Ben Schwartz (Ahí os quedáis) y Josh Lawson (Los amos de la noticia), dos secundarios que en muchas ocasiones adquieren más protagonismo en pantalla incluso que el propio Cheadle. Los conflictos entre ellos, que en esta temporada adquieren una dimensión cuanto menos extravagante, soportan muchas veces el tono más serio del resto de secuencias, aportando la frescura que puede perderse en otras situaciones. La definición de los personajes, tan diferentes entre ellos pero al mismo tiempo con varios puntos en común, queda engrandecida por la labor de los actores, cada vez más cómodos entre ellos y cada vez más conscientes de su relevancia en el plano general. Prueba de ello es que en estos 12 episodios han podido contar con su propia trama y han aprobado con nota el reto.

La importancia del protagonista

Es evidente que el alma de House of lies es Cheadle. No solo porque es el protagonista, sino porque el actor ha sabido aportar a su personaje el toque canalla y descarado que necesita. Empero, en esta cuarta temporada ha habido algo más. O al menos ha sido cuando más se ha notado. Gracias a la complicidad con el espectador, que aportó la transgresión suficiente en la primera temporada para poder desmarcarse del resto de series, esta nueva etapa ha podido pasar a un nuevo nivel narrativo y dramático al aprovecharla en su propio beneficio, no tanto para generar un contrapunto cómico como para abrir las puertas del alma del protagonista.

Y es aquí donde Cheadle demuestra el talento que tiene. El último plano de la temporada es prueba suficiente para demostrar que con una simple mirada es capaz no solo de resumir los altibajos que el personaje ha sufrido a lo largo de los capítulos, sino de expresar las incertidumbres y los problemas a los que sabe que va a tener que hacer frente en un futuro próximo, que por cierto llegará a Estados Unidos el próximo año. Pero esto es solo un ejemplo. Toda la temporada ha estado repleta de miradas similares que convertían al espectador en confidente, en el único capaz de comprender la mente de un personaje que parece moverse siempre en la cuerda floja, pero que es consciente de su situación, de quiénes son sus enemigos y de cómo lograr salir a flote. Y eso, aunque sobre el papel exista una buena definición del personaje, es labor del actor.

Un actor que, además, ha encontrado en esta última entrega de House of lies un nuevo conflicto que más o menos venía gestándose desde la temporada anterior, y que está muy relacionado con su hijo, al que da vida un cada vez más sólido Donis Leonard Jr. (Holiday Plans). Por supuesto, los contrastes entre padre e hijo han sido una constante en la serie, pero en esta ocasión adquieren una significación mayor al introducir de lleno el tema del racismo, aunque no entendido de la forma que suele entenderse. Las consecuencias de lo que se desarrolla en el tramo final de la temporada, que no desvelaré, cambia por completo el panorama de estos dos personajes y del resto de la familia, ofreciendo una interesante vía narrativa para la próxima temporada.

La verdad es que House of lies se adentra cada vez más en el drama. Es cierto que tras una primera temporada cómica y una segunda mucho más trágica, la serie ha logrado encontrar un equilibrio entre ambas. Ya ocurrió en la tercera entrega, pero en esta ha evolucionado para equilibrar todos los elementos desarrollados en las temporadas en un producto brillante. Habrá que esperar un año para ver cuál es el camino a seguir para estos personajes, pero si nos atenemos a la trayectoria solo nos queda suponer que será mejor. Va a ser difícil superar esta cuarta temporada, pero parece que no hay nada que Marty Kaan & Asociados no puedan conseguir.

‘La princesa prometida’, aventuras y literatura de estilo clásico


Robin Wright y Cary Elwes protagonizan 'La princesa prometida', de Rob Reiner.El cine es un claro ejemplo de cómo el tiempo no pasa en balde por mucho dinero y recursos para mantenerse joven que uno pueda tener. Hace poco tuve la oportunidad de revisionar uno de los mejores clásicos de aventuras de los años 80, La princesa prometida (1987), dirigida por Rob Reiner (Algunos hombres buenos) y protagonizada por un puñado de actores que hoy en día se han convertido en estrellas más o menos importantes. No es este espacio para comentar lo bien o mal que ha envejecido cada uno, sino para analizar los motivos por los que un film tan sencillo y humilde como este no solo ha sabido mantenerse década tras década, sino que se ha erigido como un modelo perfecto del cine de aventuras.

La historia, para aquellos que no hayan tenido ocasión de verla, gira en torno a una joven cuyo amado parte en busca de aventuras. Al enterarse de que ha sido atacado por un temible pirata que nunca hace prisioneros se sume en una profunda depresión. Años después un apuesto y arrogante príncipe decide desposarla, pero unos días antes de la boda es secuestrada por tres personajes que buscan provocar una guerra entre su reino y otro vecino. Un misterioso enmascarado de negro frustrará sus planes y salvará a la princesa, pero desvelará otros mucho más peligrosos que tienen como autor al propio príncipe. Todo ello narrado desde la perspectiva de un cuento leído por un abuelo a su nieto enfermo.

Este último detalle tal vez sea el más relevante de la idea básica de la película. En sí mismo, el argumento y su desarrollo es tan sencillo y directo como entretenido y enternecedor, pero no reviste especial relevancia frente a otras cintas de aventuras con ingredientes similares. Lo que supone una cierta revolución, y que dota al conjunto de un aire mucho más especial, es el hecho de enfrentar la literatura y la imaginación a un mundo cada vez más dominado por la televisión, los ordenadores y los videojuegos. De hecho, el niño enfermo está jugando a un videojuego cuando recibe la visita de su abuelo, a lo que se muestra inicialmente reticente para sumergirse después en la pasión que levanta una obra de ficción literaria.

Ya hemos dicho que su guión, obra de William Goldman, autor de la novela homónima en la que está basada, es directo y sencillo, con una estructura de análisis claro que puede ser un buen ejemplo para iniciarse en esta especialización cinematográfica. Pero si la base literaria es clara (lo que no implica que no tenga interés, al contrario), la forma de narrar es igualmente eficaz. Nada de largos y enrevesados planos. Nada de jugar con los puntos de vista o con las diferentes posibilidades lumínicas. La princesa prometida es, desde su inicio hasta su fin, un cuento de aventuras, de amor y de acción, de comedia y de drama, y como tal está planteado. En cierto modo, todo se podría resumir en dos palabras: entretenimiento directo. Cierto es que estamos hablando de la década de los 80 del siglo pasado, pero en esos años ya se empezaba a experimentar con los efectos digitales como TRON (1982).

La importancia de los secundarios

Como suele ocurrir en este tipo de historias, la película de Reiner se apoya mucho en sus personajes secundarios. Puede que incluso sean lo mejor de la película. No quiero decir con esto que la labor de Cary Elwes (Sin compromiso) y Robin Wright (serie House of cards) no sea relevante, ni mucho menos. Sin embargo, a todo aquel que se le nombre este relato posiblemente lo primero que recuerde sea la frase: “Hola, me llamo Íñigo Montoya. Tú mataste a mi padre. Prepárate a morir”, pronunciada por el personaje de Mandy Patinkin, de actualidad gracias a la serie Homeland.

Dicha cita, junto a otros conceptos y la caracterización de muchos de los secundarios, aportan a la trama un aura única que termina por definir su verdadero carácter. En otras palabras, muestra su alma. No se trata ya de que el héroe recupere a su amada, sino de que las tramas secundarias de cada uno de los personajes encuentre su resolución en un único clímax que, como no podía ser de otro modo, se desarrolla mediante combates a espada y luchas cuerpo a cuerpo. Unas tramas secundarias, por cierto, que poseen un interés y una importancia casi tan relevante como la trama principal. Puede que la historia del personaje de Patinkin sea visualmente la más evidente, pero existen muchas otras: la del gigante que busca su sitio en un mundo que le rechaza, la del villano cuyos planes aspiran a mucho más que un simple matrimonio, … Todo conforma un paisaje mucho más rico que la propia historia de los protagonistas.

Todo esto no implica que La princesa prometida sea una obra muy distinta a otras aventuras como pueden ser las de Robin Hood, con las que guarda no pocos parecidos. La película contiene todas las facetas que se le pueden pedir a su género, desde personajes extraños hasta la combinación de acción y magia, pasando por personajes muy, muy característicos y por la combinación de géneros. La idea de aventura literaria, de un relato capaz de despertar la imaginación y la curiosidad de generaciones alienadas o conquistadas por la televisión y los videojuegos se muestra en su máximo esplendor gracias a una trama en la que comedia, drama, intriga y acción se entremezclan armónicamente. Mención especial habría que hacer a la banda sonora compuesta por Mark Knopfler, pero eso lo dejaremos para otra entrada de Toma Dos.

Lo más evidente es que, a pesar de los años y de la humildad que emana de cada fotograma, La princesa prometida sigue siendo un documento a analizar perfecto. Tal vez ese sea su secreto. En cualquier caso, las nuevas generaciones (que cada vez están más involucradas en el mundo digital) siguen descubriendo en sus imágenes y en las páginas de la novela todo un mundo capaz de motivar la imaginación de los más jóvenes. Es directa, clara y concisa. Para algunos esto puede ser una debilidad. Para otros será sin duda el legado de una forma tradicional y siempre eficaz de contar una historia.

‘Llévame a la Luna’: la importancia de ser agradable


Dany Boon y Diane Kruger protagonizan 'Llévame a la Luna', de Pascal Chaumeil.Películas como Llévame a la Luna demuestran que los tiempos actuales tienden hacia el sexo como epicentro de todo gag y chiste fácil que contenga una comedia. Hay ocasiones en las que es necesario dar un paso atrás para poder ver con perspectiva el panorama general de la comedia cinematográfica y comprender que, más allá de experimentos con cierto éxito, la calidad general de las producciones de este tipo tiende a ser realmente baja. Es por eso que propuestas como esta, sin ser grandes obras que graben a fuego sus escenas en la memoria de los espectadores, se convierten en un soplo de aire fresco gracias a su sencillez y su humildad.

Dos elementos fundamentales en esta clásica historia de chico encuentra chica, chico se enamora de chica, chico pierde chica, chico recupera a chica. Bueno, no tan clásica si atendemos a que todo está urdido por la chica para hacer frente a una especie de tradición/maldición familiar. El desarrollo dramático, a pesar de ser muy conocido y previsible, responde con creces a lo que se espera de él, es decir, algún que otro momento divertido (como la secuencia en la sala del dentista), pero sobre todo consigue mantener un aire afable y distraído que mantiene en todo momento la sonrisa cómplice del espectador.

En este sentido tienen mucho que ver los actores, tanto los más que correctos protagonistas Diane Kruger (Troya) y Dany Boon (Bienvenidos al norte) como algunos secundarios, en especial los masculinos. Visto lo visto, ¿qué tiene de malo la película? En realidad, nada y todo. El film es intrascendente. Su historia, a pesar de estar llevada con cierta soltura por Pascal Chaumeil (Los seductores), es plana y algo mediocre en lo que a conflicto se refiere. En ningún momento logra destacar, sobresalir, lo que termina por definirla como una comedia más.

A pesar de todo, Llévame a la Luna es un producto a disfrutar para los seguidores del género. Puede que no encuentren en ella nada particularmente memorable, pero en ningún momento notarán la sensación de estar ante una propuesta soez e incapaz de encontrar una identidad propia alejada del humor adolescente que solo sabe reírse del sexo. Es, en este sentido, un soplo de aire fresco, una agradable comedia romántica que demuestra que todavía hay posibilidad de recuperar los cánones más tradicionales del género.

Nota: 6/10

‘Oblivion’: la importancia de los recuerdos


Olga Kurylenko y Tom Cruise protagonizan 'Oblivion', de Joseph Kosinski.Lo nuevo de Joseph Kosinski, director que hace tres años debutó con TRON: Legacy, gira en torno al recuerdo. Así lo anuncia en sus carteles promocionales, y así lo atestigua a lo largo de su metraje de poco más de dos horas. Porque si algo consigue Oblivion es que el espectador tenga siempre en mente algunos de los films más relevantes de la ciencia ficción apocalíptica, convirtiendo la historia en una especie de homenaje con alma propia gracias a una historia bien narrada, sabedora de su lugar en el contexto cinematográfico pero de acabado perfecto.

Una historia, por cierto, que dosifica casi con cuentagotas la información que ofrece acerca de su verdadera naturaleza. La obra protagonizada por Tom Cruise (Minority Report), quien por cierto vuelve a personajes interesantes y poco convencionales, es una constante apuesta por mantener en la incertidumbre al espectador prácticamente hasta su tercio final, cuando revela todas sus cartas. Es este uno de los elementos que, tal vez, más debiliten el sólido conjunto, pues provoca una sensación de incomprensión de los acontecimientos que puede llevar a desentenderse del relato.

Es un problema relativamente menor, sin embargo, si se observa el film con cierta distancia. Sin un reparto estelar en su interpretación, aunque sí solvente para lo que se pide en este tipo de películas, Oblivion es un festín visual de un mundo apocalíptico en el que los grandes monumentos de Nueva York (siempre Nueva York) están semienterrados o derruidos. Pero además, la soledad del personaje protagonista cuando pisa la Tierra, así como determinados momentos de la trama, avivan recuerdos de El último hombre… vivo (1971), El planeta de los simios (1968) o la reciente Moon (2009). Cierto es que la trama de la película apuesta por la acción, pero ésta está perfectamente dosificada, dejando espacio para el desarrollo de una intriga que, vista con perspectiva, es más que interesante y, lo más importante, explica todos y cada uno de los detalles que se muestran a lo largo de la historia.

Lo último de Cruise es, por tanto, uno de los mejores films de ciencia ficción de los últimos meses, gracias principalmente a una trama sólida que sustenta toda la espectacularidad de sus escenarios y de sus batallas. El principal problema, más allá de unos personajes que apenas varían de su definición inicial, es el tradicional altibajo del segundo acto, que debería haber sido rellenado con una explicación de la trama, algo que se deja para el final. No está a la altura de los clásicos que homenajea, ni mucho menos, pero sí sigue su estela. Y lo hace de forma brillante.

Nota: 7,5/10

Diccineario

Cine y palabras

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