‘Juego de tronos’ logra su máximo esplendor en su 6ª temporada


Jon Nieve a punto de entrar a luchar en la batalla de los bastardos en la 6ª T. de 'Juego de tronos'.Si alguien quiere entender por qué Juego de tronos es una de las mejores producciones televisivas de la actualidad, si no la mejor; si alguien quiere entender por qué la serie que adapta las novelas de George R.R. Martin es una de las mejores de la historia; y si alguien quiere entender, en definitiva, el fenómeno adaptado a la pequeña pantalla por David Benioff (Cometas en el cielo) y D.B. Weiss que atrae tanto a los fans como a los mayores detractores de la fantasía, que se siente a ver con pausa y atención la sexta temporada. Porque no solo es la mejor entrega, sino que posiblemente sea el mejor desarrollo narrativo y de personajes que se vea en una producción cinematográfica o televisiva.

Los 10 episodios que componen esta etapa son, de forma individual y en su conjunto, una carrera hacia adelante perfectamente ejecutada. Una de las mayores críticas que se han hecho a la serie (y que en comentarios anteriores he suscrito) es la falta de desarrollo de algunas tramas, lo que deriva en falta de ritmo en muchos momentos de la historia, que necesita situar a los personajes en el tablero de juego que representa Poniente. Una carencia que no solo ha sido subsanada en esta primera temporada libre del yugo de las páginas impresas de Martin, sino que ha sido sustituida por una constante sucesión de giros argumentales que, además de hacer avanzar la trama a pasos agigantados, ha permitido a los personajes crecer y convertirse en lo que se espera de ellos desde hace mucho, mucho tiempo.

El mejor y más claro ejemplo es el de Sansa Stark, una Sophie Turner (X-Men: Apocalipsis) que por fin ha salido del cascarón para convertirse en el personaje que se intuía ya desde la cuarta temporada. La evolución que ha tenido, aunque irregular, es tan espectacular que roba buena parte del protagonismo al resto de roles que rodean a esta pelirroja de carácter cada vez más fuerte. Su papel en el destino de Invernalia y de los personajes involucrados en esta trama principal no solo es clave, sino que se antoja indispensable para el futuro, siendo por tanto el catalizador de la evolución que sufra la serie desde este punto de vista. Asimismo, el papel de Emilia Clarke (Terminator: Génesis), aunque fuerte desde las primera temporadas, parecía tener también un carácter dubitativo que se pierde por completo en estos episodios, lo que define mejor al personaje y le dirige hacia un final que se presume apoteósico.

Porque, en efecto, la sexta temporada de Juego de tronos es lo que podría considerarse como el paso del segundo al tercer acto de la historia. Todos los personajes, sin excepción, han dejado a un lado sus dudas existenciales, los problemas que arrastran o los dilemas morales y sociales que les impiden avanzar para dar rienda suelta a su verdadera personalidad, a sus deseos largamente anhelados pero siempre ocultados bajo capas y capas de intereses familiares, de problemas externos o de decisiones equivocadas. Una decisión dramática que tiene sus consecuencias, es cierto (sin ir más lejos, que los personajes lleguen a descontrolarse), pero que en esta ocasión, y dado que hay una base más que sólida de cinco temporadas, no solo es necesaria, es perfecta.

Menos personajes, más impacto

Aunque posiblemente la mejor decisión de los creadores, y eso es algo que puede deberse a que la historia ha adelantado a las novelas, es la eliminación de muchos, muchísimos personajes secundarios de cierto peso que terminaban por lastrar el avance de la historia precisamente por el interés de sus tramas particulares. Gracias a esta apuesta la trama no solo se carga de mayor peso dramático, sino que se aligera de historias que tenían poco o ningún sentido, centrándose en las intrigas principales, léase Lannister, Stark y Targaryen. Esta alternativa de Benioff y Weiss tiene su principal efecto en los numerosos momentos de carga dramática y espectacularidad de la temporada, posiblemente más que ninguna de sus predecesoras, aportando un dinamismo nunca visto hasta ahora.

Claro que a esto se suman villanos de nuevo cuño cuya fuerza es tal que convierte a los tradicionales “malos” en auténticos angelitos víctimas de un dolor y una humillación sin precedentes. Pero no hay que olvidar que estamos hablando de Juego de tronos, donde la venganza no es que se sirva fría, es que directamente es un témpano de hielo. Pero refranes aparte, lo cierto es que la introducción de estos antagonistas, muchos de la temporada anterior, dota al conjunto de una frescura incomparable, pues genera nuevas tensiones dramáticas que complementan a las ya existentes y a las creadas también por la muerte o partida de esos personajes secundarios.

Antes he mencionado que esta temporada, la sexta, es posiblemente la que posea más episodios determinantes. Los más fieles seguidores estarán acostumbrados a que el episodio 9 sea el gran evento. Ya en la anterior temporada los últimos capítulos fueron, en realidad, todo un ascenso dramático y épico de consecuencias imprevistas. Pero en esta, en parte también por el precedente de la quinta, son prácticamente todos los episodios que impactan al espectador, ya sea por su fuerza épica, dramática o de intriga. Sin revelar grandes detalles, el episodio tres, el cinco, el ocho son grandes ejemplos para los guionistas acerca de cómo manejar los tiempos narrativos para generar emotividad, dramatismo o suspense. La pregunta que se plantea entonces es: ¿si la temporada es así, qué ocurre en el noveno episodio? Bueno, digamos que posiblemente es el mejor de toda la serie, y que contiene una de las mejores batallas del séptimo arte.

Y como colofón, un último episodio que no solo deja las piezas perfectamente agrupadas para la esperada guerra entre familias, sino que desvela, por fin, a qué podría hacer referencia esa ‘Canción de Hielo y Fuego’ que da nombre a la saga literaria. El origen de uno de los personajes más importantes de la serie permite la cuadratura del círculo, la integración de todas las historias. Y abre ante el espectador un futuro prometedor que, de repetir lo conseguido en esta secta temporada de Juego de tronos, convertirá a la serie en un pilar narrativo y audiovisual fundamental para el futuro del cine y la televisión. Un esplendor que, todo hay que decirlo, es difícil que se repita, pero que en cualquier caso convierte a esta etapa en la mejor de la serie. Y con el esplendor ha llegado el invierno.

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‘Ringu’, la revolución asiática del terror fantasmagórico


Los conceptos visuales de 'Ringu' han marcado a toda una generación.Es curioso cómo una cinta es capaz de convertirse, casi de la noche a la mañana, en un referente cultural y generacional. Puede que a muchos esto no sea un motivo real para hablar de clásico, pero el hecho de que su influencia abarque diferentes culturas, épocas y estilos visuales deberían convertir a dicho título en una de las obras básicas de una época. Sin duda, ese es el caso de The Ring: el círculo, traducción del original japonés Ringu, estrenado en 1998 con un éxito tan arrollador que aún hoy deja ver su influencia, como es el caso de la reciente Mamá. Y lo más curioso de todo es que la película no es en sí una obra que contenga una fuerte crítica social o sea un alarde de originalidad visual. Más bien, supo trasladar a la pantalla y a todas las culturas la estética asiática en el campo del terror, generando una auténtica fiebre que ha cambiado para siempre el panorama del género.

Lo que sí cabe reconocer al film es lo original de su trama, basada en la novela de Kôji Suzuki, al que se equipara con Stephen King. La historia gira en torno a una joven reportera que investiga la misteriosa y aterradora muerte de su sobrina y otros tres amigos. Sus pesquisas le llevan a encontrar una cinta VHS maldita que, tras ser vista, provoca la muerte al cabo de siete días, llamada de teléfono incluida avisando del fatídico final. Tras ver la cinta, la joven iniciará una carrera contrarreloj por averiguar cuál es el origen de la maldición, salvar su vida y, lo que es más importante, la de su hijo, quien tuvo acceso a la cinta sin que ella se diera cuenta.

El argumento, como puede apreciarse, posee todos los elementos clásicos del moderno cine de fantasmas: un entorno actual confrontado a un pasado sobrenatural y trágico que acecha a los protagonistas en busca de la ayuda necesaria para poder descansar en paz. Sin embargo, en el caso de la cinta dirigida por el maestro del género Hideo Nakata (Dark Water), el meollo de la trama no es en sí el terror de las criaturas fantasmagóricas, sino la investigación casi policíaca que realiza la joven, los descubrimientos y ese desenlace frenético por seguir viviendo. A diferencia de otras cintas similares provenientes del mismo país, Ringu se nutre principalmente de una ambientación deliberadamente angustiosa, provocada más por la historia que se descubre poco a poco (y por algunos detalles realmente estremecedores) que por el susto fácil o las apariciones bruscas.

Este, sin duda, es el gran punto de inflexión entre el cine oriental y el cine occidental de terror. En la película de Nakata (de la que, por cierto, se hizo un remake con Naomi Watts como protagonista) prima por encima de todo el desarrollo coherente de la trama. Coherente en la medida de lo posible, claro está. Así, se evita casi en todo momento la necesidad de mostrar al fantasma de turno, una joven de camisón blanco empapado y pelo negro como el carbón que, para bien o para mal, ha señalado los cánones del monstruo de terror moderno. ¿O acaso existe algún fantasma de película de terror en los últimos 10 años que no encaje en tal definición? El principal problema de las propuestas que llegaron más tarde es que solo se quedaron con este elemento, y no con el trasfondo de toda la cinta.

Mayor impacto final

La teoría del género de terror asegura que siempre es mejor ocultar el monstruo, mantenerlo oculto en las sombras el mayor tiempo posible y mostrarlo solo parcialmente. Psicológicamente, es evidente que esta idea unida a una creciente tensión y ansiedad conseguida con la ambientación y una historia bien cuidada generan un miedo mucho más efectivo que los efectismos de hoy en día. La cinta japonesa pone de manifiesto la idea en un grado superlativo. A medida que avanza el metraje el espectador se sumerge junto a la protagonista en esa carrera hacia adelante por lograr una victoria sobre un mal que parece inevitable. Pero en ningún momento dicho mal se muestra, salvo al final.

Para toda una generación que tuvo la oportunidad de ver Ringu en pantalla grande, de la que tengo la suerte de formar parte, esta es una de las películas más aterradoras de los últimos tiempos. Como decimos, no tanto por los sustos fáciles que tienen su efecto en el momento, sino por la intranquilidad que se apodera del cuerpo durante varias horas después. En este sentido, la creciente tensión va aparejada a una expectativa por ver qué es lo que provoca esa mueca de terror en las víctimas del vídeo. Una expectación que no decepciona, pues es inolvidable la imagen de la joven saliendo del pozo en la imagen de la televisión… y saliendo a su vez de esta, en lo que podríamos considerar la fusión entre el pasado y el presente, entre el mundo audiovisual y el mundo real.

De este modo, el mundo fantasmagórico de la película se mueve, a diferencia de buena parte del imaginario occidental, en la tecnología, algo con lo que el mundo asiático está bastante obsesionado. En el caso de la película que nos ocupa, en la tecnología más clásica, las viejas cintas VHS que permiten a la historia un desarrollo que no habrían podido tener con las modernas redes sociales o las descargas por Internet. O tal vez sí, aunque entonces posiblemente estaríamos hablando de un fantasma que debería llegar a cobrar un canon por matar a tantos jóvenes. Bromas aparte, el film de Nakata supone así un homenaje al tradicional sistema de grabación, al mismo tiempo que confirma la idea de que el terror se mueve más rápido y se sirve de la tecnología para subsistir.

Ringu fue la primera y la de mayor éxito. Puede que no fuera la más terrorífica, aunque para esto, como para todo, hay diversidad de opiniones. Lo que sí parece unánime es que ha supuesto un antes y un después en el desarrollo de esta particular rama del terror. Tanto el diseño de sus personajes terroríficos como en las motivaciones que llevan al fantasma a matar, la historia de la cinta de vídeo se deja ver en buena parte de la producción occidental, sobre todo norteamericana, experta en exprimir al máximo el fruto del éxito. Empero, lo mejor de la cinta no se encuentra en elementos puntuales como esos, sino en una historia sólida engrandecida por una ambientación envidiable que ha dejado para la posteridad un film de terror tradicional en su concepción pero moderno en su técnica.

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