‘Inferno’: el infierno cinematográfico de Dan Brown


Tom Hanks vuelve a ser Robert Landgdon en 'Inferno'.El éxito de Dan Brown como escritor es un fiel reflejo de lo que es la sociedad actual. Novelas como El código Da VinciÁngeles y demonios son tan fáciles y atractivas de consumir como obras mediocres y rápidamente olvidables. Y por desgracia, las películas que se han hecho de estas historias pecan exactamente de los mismos problemas, sobre todo porque la propia novela es un guión cinematográfico en sí mismo que no necesita mucha adaptación. Y la tercera de sus historias llevada al cine no es una excepción, con el inconveniente añadido de conocer tanto a su autor como a los personajes y la estructura narrativa.

El efecto sorpresa que pudo tener la primera novela y su consecuente película se pierden en Inferno de forma irremediable. Ni Ron Howard (Una mente maravillosa) ni Tom Hanks (El atlas de las nubes) son capaces de mantener el ritmo y el interés de una trama que pierde fuelle de forma progresiva y, en algunos casos, a marchas forzadas. El guión, excesivamente largo, peca de previsibilidad casi desde el inicio, sobre todo para cualquier espectador que tenga en mente las anteriores adaptaciones. Como siempre, los giros argumentales se basan en un amigo que resulta ser un traidor, en una especie de sicario que persigue al protagonista, en un código que se desvela con relativa facilidad y, cómo no, en un nombre fundamental de la historia de la cultura.

Con todo, hay que reconocer que el inicio de la cinta es lo más interesante de todo, cuando se recrean en forma de sueños y pesadillas los anillos del infierno de Dante. Las imágenes, de una fuerza arrolladora, se convierten en el empuje necesario para la historia, y puede llevar a pensar a aquellos que no han leído la novela que están ante algo diferente. A esto se suma esa amnesia del protagonista que, aunque no sea tratada de forma seria, sí aporta el suficiente misterio como para alargar el interés algunos minuto más. El problema es cuando todo esto se acaba, entrando en una dinámica de diálogos muy débiles, de situaciones con poco o ningún sentido, y de personajes ya conocidos.

Al final, Inferno es más de lo mismo, un infierno cinematográfico se mire por donde se mire que se hace más llevadero gracias a los nombres que sustentan esta historia, cuya calidad es incuestionable y dan al espectador la sensación de que está ante algo mejor de lo que realmente es. Para aquellos que quieran distraerse un par de horas, posiblemente lo consigan si son capaces de pasar por alto los momentos más débiles del argumento y aceptan que los giros argumentales que se imaginan llegarán antes o después. Para los que busquen una intriga sólida, mejor que lean al propio Dante.

Nota: 6/10

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‘Independence Day: Contraataque’: autodestrucción innecesaria


La llegada de una nueva nave pondrá en jaque a la Humanidad en 'Independence Day: Contraataque'.Cualquier aficionado al cine conoce la expresión “Segundas partes nunca fueron buenas”. Y como toda expresión, es tan cierta como injusta, pues la historia ha demostrado que algunas de las mejores películas son segunda partes. Pero lo nuevo de Roland Emmerich (Godzilla) no es el caso. Es más, la impresión que deja en el espectador, sobre todo en aquel que disfrutó de ese espectáculo que fue Independence Day en 1996, es si realmente era necesaria esta fanfarria destructiva a mayor ego de un director que parece buscar nuevas formas de apocalipsis más que narrar una historia, aunque esta sea mínima.

Y este contraataque alienígena en el Día de la Independencia norteamericana no tiene, precisamente una historia. Al menos no una historia coherente. Si bien es cierto que su comienzo, aunque titubeante, sí sienta las bases de lo que podría ser una trama, el desarrollo posterior a la segunda invasión de los extraterrestres (espectacular y, desde luego, lo mejor de la cinta) es tan plano, previsible y carente de ritmo que puede llegar a provocar cierto estrés. La falta de carisma de los jóvenes actores que, en teoría, deben de coger el testigo de Will Smith (Dos policías rebeldes) se convierte en una carga más de una cinta que arrastra problemas conceptuales, narrativos y de definición acuciantes.

Que la Humanidad haya avanzado cientos de años gracias a la tecnología alienígena no impide, por ejemplo, que los soldados sigan llevando pistolas con balas limitadas; que se haya aprendido del primer ataque no significa que se haya creado un campo de protección que impida la llegada de los extraterrestres (como de hecho sí parece que siguen utilizando las naves invasoras); y que una nave con su propia gravedad (mayor que la terrestre, al parecer) no sea capaz de acabar con el planeta en un abrir y cerrar de ojos son licencias narrativas que el director se toma para tratar de aportar carga dramática al conjunto, pero que debido al tratamiento de personajes y al fallido intento de combinar drama, ironía y acción lo que realmente aportan es un tono irreal a una cinta ya de por sí fantástica.

El principal problema de Independence Day: Contraataque es el que sufren muchas cintas de acción y ciencia ficción de hoy en día: la tecnología ha superado a la imaginación, y eso permite hacer a los directores todo lo que se les ocurra. Absolutamente todo. La falta de limitaciones, por desgracia, intercambia espectacularidad por originalidad, por un lenguaje más elaborado que ofrezca al espectador algo más de lo que ve en pantalla. Si en la primera parte la destrucción se centraba en unos pocos edificios, ahora son ciudades; si en 1996 los aliens apenas se veían, aquí hay uno del tamaño de la Casa Blanca, y a plena luz del día. Y si hace 20 años Roland Emmerich ofreció al mundo una buena película de invasiones extraterrestres con un reparto más que notable, ahora lo que muestra es un compendio de efectos digitales, diálogos absurdos y actores que parecen preguntarse por el sentido de todo esto. Pero la pregunta importante es: ¿era necesaria esta continuación?

Nota: 4/10

Quinta temporada de ‘The Walking Dead’ (I), de la Terminal al inicio


Los protagonistas de 'The Walking Dead' comienzan la quinta temporada contra las cuerdas.Una de las críticas que suele recibir The walking dead es que es una serie en la que la acción va por etapas, teniendo momentos de gran dinamismo y otros de excesiva calma. Y aunque esto pueda ser cierto, es una crítica un tanto injustificada, pues incluso en esos momentos en los que supuestamente no ocurre nada el trasfondo dramático dota a los siguientes acontecimientos de una trascendencia aun mayor. Eso es algo que ha podido verse en esta primera etapa de la quinta temporada, que terminó hace dos semanas y de la que todavía muchos nos estamos recuperando. Y es que si algo define estos primeros 8 episodios no es precisamente su pausa narrativa.

Más bien al contrario. El final de la cuarta temporada dejó en el aire absolutamente todo, con esa emboscada en la Terminal y la amenaza al aire del protagonista, un Andrew Lincoln (Love Actually) cada vez más espléndido en su personaje. La serie creada por Frank Darabont (serie Mob city) a partir del cómic de Robert Kirkman, Charlie Adlar y Tony Moore generó unas expectativas que necesitaban ser cubiertas por este inicio de la nueva etapa. Las impresiones serán muy variopintos, pero en líneas generales se superaron con nota. Las consecuencias de lo visto en ese último episodio, que por cierto exige una revisión a cámara lenta, adquieren en el primer episodio de esta temporada un cariz épico, casi apocalíptico dentro del propio Apocalipsis en el que viven los personajes. El ritmo frenético, la acción sin descanso y esa sensación de estar en un campo de batalla suponen un inicio que permite acallar buena parte de las voces contrarias al desarrollo dramático de los personajes y que apoyan una apuesta por la acción más visual.

Pero como decía antes, The walking dead necesita, puede que de forma indispensable, abordar las relaciones entre sus personajes para poder avanzar. Prueba de ello es, precisamente, ese primer episodio, en el que el desarrollo dramático de capítulos anteriores tiene una relevancia fundamental. Es más, esta primera etapa, más allá de sus secuencias de acción y de sus momentos de tensión zombi (que los tiene, y mucho) hay una clara apuesta por situar al espectador con respecto al momento que viven los protagonistas, tanto los veteranos como los debutantes. Con una estructura dramática que puede resultar confusa, sus responsables aprovechan algunas lagunas en el desarrollo de la acción presente para abordar el pasado de personajes como el de Melissa McBride (La peligrosa vida de los altar boys), al que se perdió la pista durante la primera parte de la cuarta temporada.

Es este repaso al pasado de los personajes el que nutre la serie para el futuro más inmediato, demostrando una vez más que la ficción es tan sólida y tan amplia que da cobijo a la acción, el drama, la tensión e incluso el miedo, si bien es cierto que los zombis son, cada vez más, una excusa para abordar las miserias del ser humano y la evolución que viven este grupo de supervivientes. Dicho eso, resulta interesante comprobar cómo la historia ha vuelto a sus inicios, dejando la Terminal para volver a Atlanta, ciudad en la que se encuentra el grupo por primera vez. Un regreso que, evidentemente, no es casual, pues lo que ocurre en esa ciudad no solo certifica el paso del tiempo, sino el cambio de los personajes.

Rick Grames vs. Rick Grames

Claro que si hay un cambio llamativo es el del protagonista, Rick Grimes. La labor de Lincoln en este sentido es simplemente soberbia, digna de reconocimiento en forma de premios pero que, como es de suponer, nunca llegará. Pero volviendo a lo que nos ocupa, este inicio de la quinta temporada de The walking dead, con ese viaje del “término del camino” al comienzo del mismo, se convierte en una especie de broche de ciclo que deja reflexiones sumamente interesantes. La más importante es la influencia del mundo que rodea al grupo en la conducta de Grimes, algo que ya se dejaba ver a lo largo de los últimos capítulos pero que ahora, y a raíz de una serie de acontecimientos que no desvelaré, adquiere un grado de relevancia mucho mayor.

Por poner un ejemplo que todos los seguidores recordarán, su actitud respecto al enemigo de Atlanta es diametralmente opuesta a la que tuvo con el Gobernador, inolvidable papel interpretado por David Morrissey (Centurión). La ausencia de empatía, de escrúpulos y de bondad, unido a la obsesión por salvar a los que integran su grupo, le convierten en un ser peligroso, cada vez más inestable y menos reflexivo de lo que fue en los inicios de la serie. Una evolución interesante, magistralmente elaborada y cuyas consecuencias todavía no se han llegado a ver del todo, aunque poco a poco parecen vislumbrarse. Esto es, sin duda, el aspecto más interesante de la ficción desde un punto de vista dramático.

Estos primeros 8 episodios de la quinta temporada han servido, como digo, para cerrar en cierto modo el ciclo iniciado en aquella primera temporada. Sobre todo si atendemos al modo en que finaliza esta etapa, con un acontecimiento trágico donde los haya y acentuado por esa imagen final de la ciudad asolada por la muerte, como si la esperanza hubiera abandonado definitivamente el futuro de los personajes. Si a esto sumamos el hecho de que buena parte de los objetivos se esfuman con una de las confesiones más sorprendentes y cómicas de la serie (no tan sorprendente si se conoce el cómic), el resultado es ese reinicio para los personajes y para los espectadores. Reinicio representado por esa ciudad fantasma que antes era Atlanta.

Desde luego, este inicio de la quinta temporada de The walking dead ha sido un cóctel de emociones de lo más interesante. Puede que su desarrollo haya generado algo de confusión por esa necesidad de abordar, casi en cada episodio, el recorrido de los personajes hasta el momento presente de la serie, pero viendo la forma en que acaba el octavo episodio merece la pena. Personalmente esta ha sido una de las mejores etapas desde su inicio, no solo por el calado dramático que han adquirido los personajes (sobre todo el protagonista y su evolución moral), sino por la inteligente forma en que se ha vuelto a la casilla de salida. Habrá que esperar para comprobar cuál es el futuro de este grupo, pero una cosa parece clara: el ser humano sigue siendo más peligroso que los muertos vivientes.

‘The last ship’ halla entretenimiento en la simpleza de su 1ª T


Eric Dane y Rhona Mitra protagonizan la primera temporada de 'The last ship'.Escuchar la frase “la serie más vista del año en Estados Unidos” o alguna similar puede dar lugar a equívoco. A priori debería ser una buena señal para la producción, pero en muchas ocasiones lo que oculta es una suerte de dibujo de los valores norteamericanos en una trama cuanto menos cuestionable. Ya le ocurrió a Rehenes, thriller dramático que no duró más de una temporada, y demasiado fue. Ahora le llega el turno a The last ship, thriller apocalíptico con el sello Michael Bay (Transformers) que, a diferencia del anterior, sabe encontrar en sus defectos las virtudes necesarias para ser un producto distraído y hasta irónico en muchos momentos.

Basada en la novela de William Brinkley, esta serie creada por Steven Kane (serie The closer) y Hank Steinberg (serie Sin rastro) centra la trama en un futuro no demasiado lejano en el que la Humanidad ha sido asolada por un virus que mata en cuestión de días. Ninguna de las vacunas han surtido efecto, por lo que los gobiernos son incapaces de hacer frente a su avance. La única esperanza se deposita en un destructor naval norteamericano en el que viaja una científica cuya misión es desarrollar una cura a partir de una veta primigenia del virus. Pero incluso en esta situación, los tripulantes no son ajenos a los ataques de otras naciones… o de lo que queda de ellas.

Todos aquellos que sepan leer entre líneas, o que hayan tenido oportunidad de ver los 1o episodios de esta primera temporada de The last ship, se habrán percatado de que el conflicto básico de esta ficción es buenos contra malos, o lo que es lo mismo, norteamericanos contra el resto del mundo. En efecto, la serie no apuesta por la complejidad dramática o narrativa. Los tripulantes del barco son los buenos, los únicos héroes en un mundo donde la gente, desesperada, toma lo que quiere por la fuerza. Son, en definitiva, el último reducto de la rectitud, la moralidad y la democracia. Y con esto queda definida buena parte de la problemática de la temporada. A todo esto acompañan, por supuesto, los personajes, con el capitán interpretado por Eric Dane (serie Anatomía de Grey) y la doctora a la que da vida Rhona Mitra (Vidas robadas) a la cabeza. Apenas existen matices entre ellos, siendo todos héroes capaces de sacrificar su integridad por salvar al de al lado, e incluso por salvar a quien no conocen en aras de la buena moral.

En el lado opuesto, como no podía ser de otro modo, están los villanos, primero los rusos y luego todo tipo de personajes secundarios. La serie sirve, en este sentido, para hacer un repaso de todos los demonios que han ocupado las pesadillas norteamericanas durante las últimas décadas, a excepción de Oriente Medio y el terrorismo islamista. Rusos que parecen intentar ganar una carrera armamentística (en este caso sanitaria), dictadores de tres al cuarto que viven en selvas, e incluso el enemigo dormido dentro de sus fronteras, son algunos de los temas que aborda esta primera temporada, cuyo viaje por todo el globo terráqueo sirve al espectador para desarrollar una cierta simpatía por la simpleza de la propuesta.

Mal que nos pese

Y llegamos así al meollo de la cuestión. The last ship es una producción que no engaña, que a pesar de su evidente ausencia de tensión dramática sabe lo que es y lo explota. Y eso es digno de admirar, sobre todo porque otras producciones similares tratan de dotar de gravedad una historia que no tiene ni pies ni cabeza. Y no me refiero con esto a su premisa básica, sino a su desarrollo. Este último barco que queda en el mundo se convierte en un microcosmos donde todo viene determinado por acontecimientos externos, no internos. Si un día están a punto de quedarse sin combustible, otro deben encontrar agua; si en un episodio son atacados por los rusos, en otro deben salvar a toda una comunidad. Paso a paso, heroicidad a heroicidad, los personajes se definen, o mejor dicho el conjunto de protagonistas.

Porque como decía antes, apenas hay diferencias entre ellos. Tan pocas que ni siquiera hay conflictos entre ellos, salvo para demostrar que las dudas las solventa el capitán con su ejemplo. Ante tal propuesta, parece más que obvio pensar en todo aquello que ha gustado en Estados Unidos, y que básicamente es lo que han sabido exportar más allá de sus fronteras. No solo son los encargados de encontrar una cura, sino que su rectitud en una situación en la que ni siquiera existe el Gobierno norteamericano está fuera de toda duda, lo que termina por engrandecer a unos personajes diminutos en lo que a definición dramática se refiere.

Eso sí, hay que reconocer que el golpe de efecto de su último episodio da un giro cuanto menos interesante al conjunto de la primera temporada. Sin desvelar nada relevante, básicamente se pasa del enemigo externo al interno, y del mar a la tierra. Un giro que, en cierto modo, era de esperar, aunque eso no impide que abra la puerta a una nueva vía de desarrollo dramático que, esperemos, ofrezca algo más de complejidad a la historia. Personalmente lo dudo, pero la esperanza es lo último que se pierde, y de eso saben mucho los protagonistas de esta serie. Es más, puede que aquellos que hayan empezado a verla y no hayan apagado la pantalla a los cinco minutos estén interesados en ver cómo evolucionan todos los conflictos que ya se pueden prever. Habrá que esperar al 2015 para eso.

Así que sí, The last ship es una serie que puede disfrutarse, aunque para ello debe cumplirse una condición sine qua non: hay que tomársela como lo que es, un producto mediocre que sabe reírse de sí mismo y de sus propias limitaciones. Que nadie espere un intenso drama o una especie de thriller con tensión en cada esquina. Es entretenimiento que no obliga a pensar, e incluso mata alguna que otra neurona en algún momento. Permite pasar unos minutos sin pensar en nada más que en lo buenos que son los buenos, y en lo malos que son los malos. Quien quiera eso encontrará en la serie un producto que incluso disfrutará. Pero no nos llevemos a engaño: no es una buena serie.

‘Interstellar’: los Nolan crean una nueva odisea en el espacio


MAtthew McConaughey y Anne Hathaway son los principales protagonistas de 'Interstellar'.Hay películas que desde el primer fotograma se intuyen épicas, atemporales. Películas que, independientemente de su magnitud o de su presupuesto, tienen eso que muy pocas historias logran hoy en día: magia. Los hermanos Nolan, pues a pesar del genio individual de cada uno dependen mucho uno del otro, pertenecen a ese pequeño grupo capaz de narrar las historias más fantásticas e inverosímiles de la forma más humana posible. Con su última película van un paso más allá, utilizando la majestuosidad y grandiosidad del espacio para, en definitiva, adentrarse en los conflictos emocionales de un padre y una hija a través del espacio y del tiempo.

Y como todo artista que se precie, sabe reconocer que muchos otros antes que él han abonado el terreno que ahora él trabaja. O lo que es lo mismo, Christopher Nolan (Insomnio), en su calidad de director, es consciente de que las odiseas espaciales tienen un referente cultural inamovible, por lo que la mejor manera de triunfar es homenajeando el clásico de Stanley Kubrick. En cierto modo, Interstellar puede entenderse como una versión moderna y algo menos conceptual de 2001: Una odisea en el espacio, con las distancias más que evidentes que las separan en materia argumental y dramática. Pero a pesar de dichas diferencias, las influencias y las referencias son más que evidentes. Desde la estructura de su tercio final hasta detalles como los robots que acompañan la misión (una especie de fusión entre el monolito y HAL 9000), el film posee ese aire clásico y vanguardista que define al film de Kubrick.

Pero esta odisea moderna creada por los Nolan va más allá. Con un comienzo algo lento pero magistralmente elaborado, la película es una reflexión sobre la relatividad del tiempo y cómo eso afecta a los seres humanos. También es un intenso drama familiar en el que la mayor tragedia no es la separación entre padre e hija, sino las promesas difíciles de cumplir y los sacrificios de nuestra propia vida para salvar toda una especie. Los dilemas morales que se suceden en la historia, combinados con esa obsesión de director y guionista con el paso del tiempo y sus diferentes dimensiones, otorgan al conjunto un sentido grandilocuente de una historia que casi podría considerarse intimista. Todo ello con el trasfondo de la ciencia y el misterio de los agujeros negros, lo que por cierto genera uno de los mejores puntos de giro que tiene el film.

Estamos, por tanto, ante una de esas historias que tienen todos los elementos para convertirse en un clásico. Incluso en un referente. Aunque al igual que ocurre en Interstellar, solo el paso del tiempo permitirá saber si el film ha alcanzado ese lugar en el que pueda subsistir una vez su vida actual termine. Desde luego, los fans de Christopher Nolan (y de su hermano, aunque no sean conscientes) encontrarán en esta epopeya de ciencia ficción uno de los relatos más sólidos, emotivos y espectaculares de los últimos años. Los premios deberían caer por el propio peso de la gravedad, aunque como suele ocurrir con estas películas, posiblemente se queden orbitando. Por supuesto, eso no resta ningún mérito a lo que se puede disfrutar durante casi tres horas que apenas se notan.

Nota: 8,5/10

‘2001: Una odisea en el espacio’, punto de inflexión en su género


Fotograma de '2001: Una odisea en el espacio', de Stanley Kubrick.El reciente estreno de Gravity ha vuelto a poner de actualidad las odiseas espaciales, en este caso la supervivencia personal de un individuo gravitando alrededor de la Tierra. Pero si hablamos de odiseas más allá de los límites de nuestro planeta es imposible no referirnos al que posiblemente sea el mayor clásico (y el más influyente) de este género: 2001: Una odisea en el espacio (1968), basado a su vez en un relato de Arthur C. Clarke. Desconozco si Alfonso Cuarón, director de la primera, tomó como modelo a Stanley Kubrick, director de la segunda, pero más allá de tramas, luchas entre humanos y máquinas y monolitos evolutivos ambos films comparten varios aspectos formales salvando las décadas que les separan.

Antes de nada, y para aquellos que no se hayan acercado todavía a la película del director de La chaqueta metálica (1987), o para los que no hayan entendido demasiado, una breve sinopsis que no desvelará el verdadero significado de la película (eso lo dejamos para más adelante). El grueso del relato se centra en dos expediciones: una a la Luna para estudiar un misterioso monolito que ha aparecido allí, y otra a Júpiter en la que cinco tripulantes y un superordenador con inteligencia artificial deben realizar una misión secreta. Cuando están a punto de llegar a su destino el ordenador, que responde a H.A.L. 9000, empieza a tener un comportamiento extraño, a experimentar una conciencia y unos sentimientos atribuibles solo a los humanos, llevándole a rebelarse contra sus compañeros humanos.

Como puede verse, los puntos en común entre una y otra película no residen en sus tramas. Por contra, sí cabe encontrarlos en la forma de narrar todo lo relacionado con el espacio y la planificación. Empezando por este último aspecto, y recordando de nuevo la diferencia temporal entre ambas, hay que señalar que Kubrick utiliza una narrativa pausada que se nutre de numerosos planos generales en los que el espectador aprecia todo el movimiento de la acción que transcurre ante sus ojos. Los viajes espaciales de los protagonistas (sobre todo del personaje de Keir Dullea) o el uso del sonido para diferenciar entre el tenso silencio del interior y la ausencia de audio en el exterior (la diferencia entre ambos se aprecia, y mucho) son buenos ejemplos de que la película se nutre de una especie de contemplación formal que permite una mayor libertad para desarrollar la acción de forma global. Evidentemente, en aquellos tiempos hacer planos secuencia como los que pueden verse en Gravity era algo complicado, costoso y, en muchos sentidos, imposible. Pero el concepto narrativo es el mismo.

Otro de los puntos en común es la música, o mejor dicho el uso de ella. Kubrick fue, en este sentido, todo un maestro. Bueno, la verdad es que lo fue en todos los sentidos. Pero volviendo a la banda sonora, el director de Senderos de gloria (1957) se aprovecha de composiciones clásicas para dotar a sus naves y a sus personajes de poesía, como si de un ballet se tratara. El caso de la película de Cuarón, si bien es algo distinto en sus momentos de mayor tensión y acción, también posee en su parte inicial una poética composición que ayuda a introducirnos en un mundo donde todo se mueve armónicamente, similar a lo que podríamos ver en la danza. Volviendo a 2001: Una odisea en el espacio, no cabe duda de que la película es parca en casi todos sus aspectos: hay pocos diálogos, los sonidos ambientes y propios de la acción son más bien escasos, y la música prácticamente se utiliza solo para mostrar los momentos más importantes del metraje, como la secuencia inicial en la prehistoria o la que es la mayor elipsis de la Historia del cine: el paso del hueso a la nave espacial y la posterior aproximación a una estación espacial.

¿Es en verdad una odisea en el espacio?

Un momento del final de '2001: Una odisea en el espacio', de Stanley Kubrick.Todo esto no quiere decir que ambas películas exista un vínculo evidente, pero sí se podría decir que Cuarón, de forma consciente o inconsciente, utilizó como modelo la obra de Kubrick. Incluso hay algún que otro plano muy similar, como la imagen del astronauta perdido en el espacio. En cualquier caso, y dicho esto, toca abordar el otro aspecto fundamental de la película de 1968: su argumento. Quizá una de las mejores cosas que tenga el film son sus numerosas capas de comprensión. Por un lado está la simple y llana historia de los astronautas, precedidas por ese fragmento en el que se narra los orígenes del hombre. Por otro lado, tenemos el drama del hombre luchando contra las máquinas que él mismo ha creado. Y por otro está todo lo referente a los monolitos y a ese final en una habitación tras un viaje psicodélico.

La pregunta que cabe hacerse viendo 2001: Una odisea en el espacio en su conjunto es la que da título a esta segunda parte. ¿La película trata realmente sobre una odisea espacial? Sinceramente, no. Ocupa la mayor parte de la trama, es cierto, pero no trata de eso. En realidad, esta imprescindible obra de Kubrick trata sobre la evolución humana, marcada eso sí por unos monolitos rectangulares que en la obra literaria eran de origen alienígena, pero que en el film nunca llega a aclararse del todo, especulando incluso con la idea de una influencia divina en el devenir de la Humanidad. Una evolución que comienza con el descubrimiento del hueso como arma y, por tanto, como herramienta para someter al resto de nuestros semejantes, y termina con la influencia que dicho monolito tiene sobre un único individuo, llevándole a la siguiente fase evolutiva.

Es significativo en este sentido cómo el relato obvia por completo todo lo vivido por el hombre como especie durante siglos para centrarse en aquello que todavía no ha vivido, y que no es otra cosa que sobrepasar las fronteras de nuestro planeta y colonizar el espacio. Ese primer monolito que otorga a los simios la capacidad de usar herramientas lleva, gracias a esa magistral elipsis, al siguiente paso evolutivo en la película, o lo que es lo mismo al siguiente monolito, esta vez descubierto en la Luna. Siglos que carecen de interés por ser conocidos son superados narrativamente en pocos segundos, dando paso a un futuro en el que los viajes espaciales están a la orden del día. Aunque lo más importante se deduce del siguiente monolito, aquel que lleva al hombre a dotar de conciencia a las máquinas, que terminan por rebelarse. La exposición definitiva a estos monolitos de un solo ser humano es lo que recoge los últimos minutos de película, en los que el envejecimiento y posterior renacimiento en algo nuevo se producen rápidamente y con una superposición de las etapas del hombre.

2001: Una odisea en el espacio es, sin ningún género de dudas, una de las mejores películas de ciencia ficción del cine. Una obra atemporal como la trama que aborda que supuso un antes y un después en la forma de entender el género y de tratar todo lo relativo al espacio. Sí, el hecho de que lleve en su título ese año puede parecer una limitación con el paso del tiempo, pero es algo circunstancial. Si se elimina de su título y en su lugar se pone, por decir algo, 3001, lo que narra el relato sería igualmente válido. Puede que el carácter intimista y pausado de la propuesta desconcierte a algunos y aburra a otros, pero esta no es una película apta para todos los estados de ánimo. Requiere atención, comprensión y una mente muy, muy abierta, capaz de abarcar una imagen panorámica del conjunto. Al fin y al cabo, no estamos hablando de una odisea espacial, sino de una odisea evolutiva de miles de años.

‘Los últimos días’: la angustiosa búsqueda de humanidad


Quim Gutiérrez y José Coronado en 'Los últimos días', de David y Álex Pastor.Tras décadas en las que el cine español se identificaba, al menos a nivel popular, con historias sobre la Guerra Civil, el sexo o las drogas, desde hace ya varios años se está produciendo un cambio de dichas impresiones generado principalmente por las producciones de género, en concreto del fantástico y del terror. Y lo cierto es que la factura técnica y artística de dichas películas se encuentra a la altura de muchos de los films en los que se miran, los de Hollywood. Lo último de los hermanos Pastor, David y Álex, quienes por cierto ya han tenido su particular aventura norteamericana con Infectados (2009), sigue esta estela de buen cine de género, componiendo una historia asfixiante y dinámica que camina por derroteros tal vez demasiado conocidos.

Y como suele pasar en este tipo de tramas, tal vez lo más terrorífico sea una premisa inicial cuyo origen desconocen protagonistas y espectadores. La epidemia de esa especie de agorafobia que mata al instante a cualquier persona que salga de un edificio es la excusa perfecta para mostrar una Barcelona apocalíptica en la que la Humanidad ha perdido todos aquellos valores que un día la definieron. Si bien es cierto que en ningún momento Los últimos días intenta ser nada más de lo que es, hay que reconocer que en ese contexto de previsibilidad los directores y guionistas consiguen una atmósfera opresiva, acorde a la locura y la desesperación de no poder salir de un edificio.

Al igual que ocurrió con su film norteamericano, los Pastor muestran un viaje cuya motivación fundamental es la supervivencia en un entorno donde el ser humano es el mayor de los peligros, y para eso son fundamentales sus dos actores principales. Curiosamente, es José Coronado (El cuerpo) quien termina por atraer todas las miradas gracias a un personaje tan odioso como heroico que se convierte en el motor y el apoyo del protagonista, un Quim Gutiérrez (La cara oculta) que no resulta del todo convincente. La relación entre ambos, nutrida por numerosos flashbacks que muestran el inicio del fin (y que son de lo mejor del film), es lo que debe sustentar el relato, y lo consigue gracias no tanto a la química de los actores, sino al trasfondo de ambos personajes, unidos por unas circunstancias de lo más irónicas.

Es una lástima, como ya hemos comentado, que la historia se mueva por terrenos excesivamente conocidos. Apenas hay lugar para la sorpresa o la novedad. Ni siquiera el final, esperanzador como pocos y muy hermoso, logra eliminar la sensación de estar ante un producto que ya se ha visto con anterioridad. Esa falta de originalidad es lo que convierte a Los últimos días es un producto de género sólido y muy interesante, pero no en una obra sobresaliente. Y podría haberlo sido, sin duda. Con todo, y acostumbrados a lo que muchas veces nos llega desde la maquinaria cinematográfica de España, hay que reconocer su calidad, sobre todo en un diseño de producción que quita el aliento.

Nota: 6,5/10

La búsqueda de una cura para una sociedad enferma de ‘El último hombre… vivo’


Pocas cosas hay más aterradoras que saberse el último hombre sobre la Tierra. Primero, por la propia soledad que eso conlleva, y segundo por la inevitable desaparición de todo aquello que nos hace humanos, obligados a vivir fuera de los límites sociales a los que estamos acostumbrados. Estos miedos vuelven, en mayor o menor medida, a la actualidad cinematográfica con FIN, cinta española de corte apocalíptico en el que un grupo de jóvenes se encuentran con lo que parece ser el fin de la humanidad tal y como la conocían. Si hay un relato que refleja perfectamente este tipo de apocalipsis es Soy leyenda, de Richard Matheson. Puede que la mayoría de los aficionados al cine recuerden su versión más moderna protagonizada por Will Smith (Hombres de negro III) en el 2007, pero para entonces ya se habían hecho dos adaptaciones más. Una de ellas estuvo protagonizada por Vincent Price (La caída de la casa Usher) en 1964, y otra, la que ahora nos ocupa, tuvo por protagonista a Charlton Heston (Los 10 mandamientos) en 1971, titulada El último hombre… vivo.

Si algo tiene de diferente esta versión es, precisamente, los seres que rodean al doctor Neville, protagonista absoluto de esta trama en la que la humanidad se ha visto asolada por un virus que les ha convertido en una especie de vampiros, plaga contra la que trata de luchar a través de la investigación y con las armas de fuego a su alcance. Al menos eso ocurre en el argumento original, porque lo cierto es que la versión dirigida por Boris Sagal (Loco por las muchachas) se aleja bastante de esta concepción para ofrecer una visión mucho más siniestra si cabe, en la línea de los temores y sentimientos que se respiraban en los años 70 en Estados Unidos.

Y es que lo interesante no es tanto la “vampirización” de la raza humana como la concepción de que dicho virus ha convertido a los hombres en unos seres dementes autoconvencidos de su propia superioridad intelectual y física, a los que se niega la luz del sol por una mutación de su piel y ojos que les ha convertido en una especie de albinos semiciegos. Los nuevos seres, por tanto, no son criaturas violentas y despiadadas sin autocontrol, como podría ocurrir en la interpretación más reciente de la historia, sino que son seres humanos enloquecidos por un virus biológico que les otorga, entre otras cosas, unos delirios de grandeza relativamente fundados. En este contexto es donde la presencia del personaje de Heston adquiere una mayor relevancia. Se establece una lucha de intelectos y de intenciones: mientras que la nueva sociedad trata por todos los medios de convertir (o matar, lo que antes suceda) al último hombre vivo, este busca una cura convencido de que la humanidad puede abandonar su estado de locura para volver a un entorno civilizado.

En cierto modo, y aunque modifica notablemente el original literario, El último hombre…vivo pone el énfasis en todos los elementos críticos de la obra de Matheson, adaptándolos a una época muy concreta marcada por temores no solo bélicos, sino sociales. Por lo demás, el film contiene a nivel dramático algunos conceptos explotados en otras versiones, como la fortaleza en la que vive Neville, en la que investiga y en la que juega y habla con su entorno para evitar la locura de la soledad. Pero hay más. La película contiene algunos de los planos más impactantes del cine, como son esos paseos por las vacías y sucias calles de Nueva York, en las que solo se oye el ruido del coche que conduce el protagonista, que parece disfrutar de una libertad que no es tal cuando comprueba que el sol empieza a ponerse. Unos planos, por cierto, que fueron homenajeados en otro film de corte apocalíptico, aunque mucho más amable: Wall·E (2008).

La última esperanza de supervivencia

Muchos de esos momentos memorables están protagonizados, como no podía ser de otro modo, por los miembros de la nueva raza, principalmente por el personaje de Anthony Zerbe (Licencia para matar), una especie de líder espiritual y social que inquieta más con sus conversaciones pausadas y sus amenazas veladas (y no tan veladas) que con su aspecto. En realidad, es el combate intelectual y dialéctico que se establece entre protagonista y antagonista el que mantiene el interés en buena parte del film, que de otro modo naufragaría en algunos momentos menos álgidos de la trama, coincidentes además con las fases de investigación.

Tal vez el componente menos explotado de esta historia sea, en esta ocasión, el de las relaciones humanas. Y es que la presencia de otros personajes humanos, supervivientes a la plaga por una resistencia de su sistema inmunológico, queda relegada a una posición casi de invitado a la historia, a excepción del personaje de Rosalind Cash (Klute), único enlace del mundo humano. Aunque puede parecer a primera vista una debilidad del guión, en realidad es una muestra más de la soledad del personaje principal y de su absoluto desarraigo de todo aquello que le convertía en un ser humano completo. Su entrega a la búsqueda de una cura, unido a los años que ha pasado en soledad y constante peligro, es tan absoluta que queda patente en ese primer encuentro con el personaje femenino, al que no logra distinguir de un maniquí.

Las lecturas sociológicas de El último hombre… vivo son las que le dan al film algo más de entereza narrativa. Eso, y el siniestro diseño de los seres que amenazan al personaje de Heston, auténticos reclamos del film (y que han sido parodiados en más de una ocasión). Pero la película cojea, por desgracia, en muchos otros aspectos, entre ellos el de los efectos visuales, algo toscos incluso en aquella época, o la resolución del arco dramático de Heston, equiparándole a un nuevo mesías que carga con los pecados del mundo para que este pueda volver a la senda de la luz. Una interpretación religiosa que empaña la crítica social previa, aunque no impide que el relato sea disfrutable y un icono de la ciencia ficción.

Calor humano frente a la frialdad social en ‘El quinto elemento’


Para muchos será un clásico moderno de la ciencia ficción. Para otros, solo un título destacable del género. Por eso, y por algunos elementos que apuntaremos más adelante, he decidido no incluirla como un clásico en este blog. En cualquiera de los casos, El quinto elemento (1997) debe ser considerada como una película notable, una mezcla de humor y fantasía al más puro estilo Luc Besson, autor de la historia, del guión y de la dirección. Nada en ella resulta insulso o desmedido, e incluso las secuencias de acción están abordadas con una fuerza narrativa tal que encajan a la perfección en esta historia casi romántica protagonizada por Bruce Willis (Moonrise Kingdom) y Milla Jovovich (Stone).

Y digo lo de romántica porque la historia gira en torno a un antihéroe (como muchos de los personajes en la carrera de Willis) que es elegido para salvar el planeta de una amenaza exterior a través de la protección de una joven en la que se ha encarnado el quinto elemento de la Tierra. Más allá de los elementos originales introducidos en su trama (muchos de ellos tienen que ver con la visión europea de Estados Unidos) como el ya mencionado quinto elemento o los personajes secundarios, lo que más llama la atención es el imaginativo mundo civilizado del futuro y, sobre todo, la estructura casi militar de su sociedad y de sus infraestructuras.

Todo en ella, desde los cubículos a los que se llama apartamentos hasta la forma en la que se realizan identificaciones o compras de billetes recuerdan en cierto modo al férreo control que en otros films de corte menos fantástico y más histórico se refleja. La originalidad de este ambiente diseñado por Besson queda completada por su visión fresca y viva de todos los elementos de la historia, desde los decorados hasta el villano, un nuevo trabajo sobresaliente de Gary Oldman (El topo). En este sentido, el director recupera con acierto el sentido de la aventura sin fisuras, evitando en todo momento el tono sombrío o lúgubre de otras cintas apocalípticas.

Pieza clave del conjunto son, sin lugar a dudas, los actores, comenzando por un Willis en estado de gracia que recupera la esencia de muchos de sus personajes gracias a, como hemos dicho, ese aire de antihéroe, de hombre involucrado en una aventura que no ha buscado pero de la que debe salir por su propia seguridad. Aunque tal vez el verdadero descubrimiento de la cinta sea Jovovich, actriz que por aquel entonces comenzaba a ganar renombre gracias a títulos como Regreso al lago azul (1991) o Chaplin (1992). Su labor como quinto elemento, reuniendo en un solo ente el candor de la inocencia y la efectividad mortífera de una máquina de matar, unido a la extravagancia en su expresividad y en su forma de entender el mundo (por otro lado, lógicas con su personaje) lanzaron al estrellato a esta actriz que, curiosamente, el pasado fin de semana llegaba a la cartelera española al mismo tiempo que el director de este film.

El mensaje dentro del fantástico

Ya he afirmado en varias ocasiones que el género fantástico y la ciencia ficción son caldos de cultivo excelentes para desarrollar críticas agudas de la sociedad actual o del camino que puede tomar la Humanidad si se siguen tomando las decisiones que se toman. El quinto elemento no pierde ese elemento, aunque para ser justos lo minimiza en favor del entretenimiento más palpable. Y es que Luc Besson nunca ha sido un creador que guste de mensajes grandilocuentes o de historias muy profundas o metafísicas. De hecho, es más que probable que tuviera dificultades en narrarlas, lo cual no quiere decir que no sea un buen artista en su género.

En el caso del film con Willis, el director de Juana de Arco (1999), por cierto también protagonizada por Jovovich, aborda tanto con el diseño de producción como con la propia trama un conflicto que, curiosamente, cada vez se está mostrando más evidente, y que no es otro que la falta de calor humano en un mundo más y más mecanizado. Es gracias a esta idea que los caracteres de los dos protagonistas contrastan tanto en su forma y en su fondo. Si él se muestra frío, monótono y rodeado de un mundo donde el espacio es aprovechado hasta el más mínimo milímetro y todo se sirve de máquinas y computadoras, ella se mueve más por el conocimiento tanto de la historia como de las relaciones humanas.

Dicho contraste, que como decimos queda reducido muchas veces a la mínima expresión por las necesidades de un guión donde predomina la acción y la aventura (muy bien rodadas, todo hay que decirlo), es el que mantiene buena parte de la tensión dramática del argumento. El espectador “sufre” con el dolor de un ser solo agrede cuando se le ataca, y se pone de su parte desde su aparición en el primer acto, actitud que comparte con el personaje de Willis. En cierto modo, el foco de esperanza que representa el personaje de Jovovich y la resolución del film representan la mayor y mejor lección del relato, y que no es otro que la Tierra no es nada sin un quinto elemento imprescindible para unir a los hombres y poder salvar el planeta.

Comenzábamos diciendo que El quinto elemento puede que sea un clásico moderno. Y en cierto modo es así, pero su apuesta decidida por el entretenimiento más puro la convierten, por ahora, en un título destacable dentro del género. Posiblemente con el paso de los años alcance el grado de título imprescindible. De lo que no cabe duda es de que Besson firma una de sus mejores obras, una combinación de humor y acción que, desde Francia, bebe del estilo norteamericano.

‘Torchwood: Los hijos de la Tierra’, defender a los niños para salvar la Humanidad


El final de la segunda temporada de Torchwood, la serie derivada de Doctor Who, no solo dejó la puerta abierta a nuevas aventuras, sino que obligaba a presentar un cambio importante en la estructura del producto. La muerte de dos personajes importantes en los últimos episodios de la trama, unido al ataque contra la ciudad de Cardiff que revelaba la existencia de alienígenas en la Tierra, planteaba un nuevo terreno de juego que su creador, Russel T. Davies (Queer as Folk), podía aprovechar para dar un lavado de cara a la estructura narrativa de las temporadas o bien para mantener una línea argumental similar a las anteriores, es decir, con casos episódicos.

La opción elegida fue la primera, y a tenor del resultado final no podría haber sido mejor. Manteniendo ese estilo británico tan característico, y bajo el título Los hijos de la Tierra, esta tercera temporada se asemeja más a una miniserie propia que comparte con sus predecesoras a los protagonistas, pero que apenas contiene elementos de continuidad (una foto y algún que otro diálogo). Sin embargo, tanto el punto de partida como el contenido dramático del desarrollo presentan una fuerza narrativa que mantiene la línea ascendente de la segunda temporada, y que es muy superior a la de la primera entrega.

La historia comienza de forma contundente cuando los protagonistas asisten, al igual que el resto del mundo, a un fenómeno que involucra a los niños de todo el mundo: totalmente inmóviles, todos los preadolescentes del planeta empiezan poco a poco a avisar de la llegada de algo. Todo responde a una señal alienígena que el Gobierno ha ocultado durante décadas y que, ahora, muestra los pasos para construir una cámara ante la inminente visita extraterrestre. De forma paralela, y de cara a contener cualquier efecto secundario, las instalaciones de Torchwood son arrasadas, por lo que los tres protagonistas deben huir y comenzar una búsqueda propia para comprender lo que ocurre.

Más allá del dramatismo y la inquietud que genera ya de por sí ver a todos los niños haciendo lo mismo al mismo tiempo (y que recuerda en cierto modo a El pueblo de los malditos), el hecho de que los protagonistas se conviertan en proscritos y sean perseguidos como criminales confiere al conjunto un aspecto único, un cambio de registro tan inusual en las series de televisión como efectivo, pues es gracias a esta nueva situación cuando el espectador ahonda en todos y cada uno de los personajes, conociendo sus fortalezas y sus debilidades, sus límites y sus reacciones en momentos críticos.

En este sentido, y como ya hemos dicho, la fuerza dramática del conjunto crece de forma casi exponencial. Si en la segunda temporada la mayor carga dramática del conjunto recaía en Eve Myles (la protagonista Gwen Cooper), esta tercera temporada, que se podría decir sirve de bisagra entre lo anterior y lo que vendrá, centra su foco en el capitán Jack Harkness (John Barrowman), convirtiéndole en un personaje mucho más humano. Su implicación directa en la llegada alienígena o la crudeza de algunas decisiones que toma le dibujan como un ser más frágil por dentro de lo que se le presenta por fuera. No desvelaremos lo que ocurre, pero la forma que tiene de salvar a la Humanidad es, sencillamente, aterradora desde un punto de vista moral y emocional.

El debate de las clases sociales

Con todo, este Torchwood: Los hijos de la Tierra posee numerosos elementos que son ajenos al aspecto más fantástico, algunos positivos y otros negativos, pero todos ellos con el nexo en común de pertenecer a una reflexión social que, de un modo u otro, está a la orden del día. La presencia alienígena que centra la trama de esta temporada se realiza con el único propósito de llevarse al 10% de los niños del planeta con el objetivo de utilizarlos como una droga en otros planetas (al parecer, producen una sustancia química que hace sentirse bien a alguna que otra raza extraterrestre).

Dejando a un lado el tema alienígena, la serie británica plantea diversos debates muy interesantes, materializados en las discusiones gubernamentales que deciden sobre el futuro de los hombres. Una de ellas, y posiblemente la más importante, es si ese 10% de los niños deberían pertenecer a todos los estratos sociales o solo a aquellos marginales cuyos estudios demuestren que no aportarán nada a la sociedad. Por decirlo de una forma políticamente correcta, los argumentos que se dan en esa sala son de una hipocresía tan ruin que no sorprende mucho viniendo de políticos. A este respecto, la expresión de uno de los personajes ante este debate es muy significativa del rechazo que produce en el espectador.

El mero planteamiento de que la entrega se llevará a cabo sin luchar puede parecer muy reprobable, pero es una de las decisiones más realistas que puede contener una serie de ciencia ficción como esta. Al menos, mucho más que el órdago que lanza Harkness ante los alienígenas augurando una guerra en la que hombres y mujeres lucharán por proteger a sus hijos. Sí, es muy cinematográfico, pero no encaja con el devenir del resto de la serie, y es algo que queda patente con la consecuencia de semejante tontería: varias personas mueren (entre ellas, uno de los protagonistas).

En apenas cinco episodios, Torchwood: Los hijos de la Tierra da una vuelta de 180º al universo de la serie. Si la temporada anterior dejaba un escenario muy abierto, el final de esta no hace sino agrandar las posibilidades de cara al futuro: embarazos, huidas, sacrificios, … Todos los elementos para mejorar el drama están presentes en estos cinco capítulos, de los mejores de la serie y de la ciencia ficción de la pequeña pantalla.

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