‘Tyrant’ se deja llevar en una última temporada de final ambiguo


Cómo se convierte un líder en un tirano? ¿Y cómo una serie con un planteamiento puede derivar en un producto sin un objetivo claro? Los motivos son muchos, y la tercera temporada de Tyrant es un ejemplo idóneo de cómo una ficción puede terminar siendo algo ficticio, valga la redundancia. Dicho de otro modo, lo que comienza siendo una especie de thriller familiar que gira en torno al poder, la traición y la violencia termina siendo… pues lo mismo, pero transformando a sus personajes de tal modo que se vuelven irreconocibles, dejándose llevar por una narrativa incontrolada para terminar en un final ambiguo y abierto como pocos. Y todo ello en 10 episodios.

Y es que la serie creada por Howard Gordon (serie Homeland), Gideon Raff (serie Prisoners of war, en la que se basa Homeland) y Craig Wright (serie Sexy money) ha evolucionado de forma irregular e intermitente. Con una trama principal realmente sólida e interesante, los primeros compases sentaron las bases de un drama y thriller político, social y familiar en Oriente Medio, planteando todos los actores posibles, desde los intereses de un país como Estados Unidos hasta los deseos de la sociedad de una libertad que no les otorga una dictadura militar. Todo eso se sigue manteniendo en esta última etapa, y puede que ese sea el gran problema. La ficción, aunque ha sufrido una evidente evolución, no ha cambiado en esencia su dinámica. Da la sensación de que ha sustituido unos personajes por otros, introduciendo por el camino elementos anexos para regular tramas secundarias como el ‘love interest’ o las historias de familiares y amigos.

Esto genera una doble y extraña sensación. Por un lado, la historia de Tyrant evoluciona en una especie de espiral que solo evoluciona hacia más violencia, pero que siempre vuelve a la situación inicial recrudecida por la sangre y la muerte. Y por otro, los personajes principales dan un giro radical a sus personalidades de un modo tosco, algunas veces motivado por un suceso extremo, otras simplemente por la necesidad de la trama, cuando debería de ser al revés o, al menos, una sincronía entre personajes e historia. El mejor ejemplo es el protagonista interpretado por Adam Rayner (Tracers). Cuesta creer que un hombre que ha liderado una revolución y una rebelión contra su hermano asuma el mando de un país de forma temporal, sea incapaz de enfrentarse a sus consejeros y termine haciendo aquello que más odia solo porque está obligado.

A ello se añaden algunos elementos propios de una telenovela destinada a durar cientos de episodios. Hijos secretos, amores pasados que regresan para volver a irse, intrigas familiares, etc. Todo ello envuelve una historia que, por si sola, tiene el suficiente peso dramático como para poder ser desarrollada de forma íntegra, sobre todo en esta tercera temporada, donde el apartado político y social adquiere un mayor protagonismo. Con todo lo que supone una convocatoria electoral, la amenaza del terrorismo, las protestas ciudadanas, los presos políticos y el resto de elementos parece poco necesario centrar la atención en elementos superfluos que solo hacen enrevesar dramáticamente la historia pero que aportan más bien poco a su desarrollo real. Todo ello invita a pensar que esta última temporada, en realidad, iba a tener una continuación. Si no, la serie tendría uno de los finales menos acabados que se recuerdan.Falsas elecciones

Con todo, esta tercera y última temporada de Tyrant ofrece una visión muy interesante sobre cómo el poder corrompe, sobre cómo la venganza consume al ser humano y sobre el modo en que podemos llegar a aprovechar una situación para tratar de salir indemnes de nuestros delitos anteriores. Y todo ello con la sencilla premisa de celebrar unas elecciones democráticas en un país dominado por una dictadura. Esta decisión, más allá del modo en que luego se desarrolla en pantalla, es el desencadenante de toda una serie de consecuencias que componen un interesante mosaico de ideas que, en conjunto, dibujan un desolador panorama acerca de la libertad en un país tradicionalmente controlado con tiranía.

Unas elecciones, falsas al fin y al cabo como se desprende del final de la serie, que a pesar de querer ser democráticas sirven, en definitiva, para los intereses personales de cada personaje que, en mayor o menor medida, participa en ellas. Desde la mujer del dictador que las usa a modo de redención, hasta el amigo crítico del dictador que las utiliza para desmarcarse de esa amistad, todos los personajes encuentran en esta promesa una vía para desarrollar sus miedos, sus anhelos y sus objetivos. Poco parece importar, por tanto, el interés del pueblo, y es este uno de los aspectos más interesantes de esta etapa final. Porque, en efecto, la batalla entre dictadura y democracia se traduce en realidad en un conflicto entre personalismos y sociedad en el que siempre pierden aquellos que defienden lo segundo. Y aquí no tienen cabida ni el amor ni la amistad.

El problema, como he dicho antes, no radica tanto en la trama principal, bien planteada y con hitos dramáticos interesantes. No, el problema está en el desarrollo de dicha trama, en el modo en que se plantean las líneas argumentales secundarias (muchas a modo de telenovela que concuerda poco con el espíritu que pretende tener la serie) y, sobre todo, en algunos puntos de giro obligados para poder mantener un formato poco natural o, por lo menos, en el que los personajes no solo no parecen encajar, sino en el que se les obliga a cambiar su personalidad y su definición según conviene. A priori, estos cambios podrían considerarse una suerte de debate moral (y hasta cierto punto lo es), pero el modo en que se realiza, toscamente y sin asentar previamente las bases de esas dudas éticas, es lo que termina por no encajar correctamente.

Que no exista ese trabajo previo es fruto, precisamente, de que Tyrant introduce líneas secundarias innecesarias que quitan tiempo y protagonismo a lo realmente interesante. Esta tercer y última temporada confirma que en esta serie han existido dos interpretaciones muy diferentes, aquella que pretendía ser un thriller sobrio sobre la dictadura, el poder, el terrorismo y la lucha por la libertad, y otra que pretendía otorgar más dramatismo, más giros argumentales enfocados a enrevesado la parte personal de los personajes. Por desgracia, no es capaz de encontrar el equilibrio, y el final de la serie lo confirma, dejando inacabado el desarrollo de la historia, sin explicar el futuro de los protagonistas y sin cesar ninguna de las principales tramas que se dan cita en esta tercera etapa. Al final, lo que pretendía ser un relato sobre un país de Oriente Medio dominado por la tiranía y el modo en que la libertad se abre camino se queda, precisamente, a medio camino.

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La 6ª T. de ‘Homeland’ se apoya en los secundarios para adaptarse


Además de su intensidad dramática, la calidad de sus actores o la solidez de sus tramas, si algo caracteriza a Homeland es su capacidad para reflejar a través de la ficción los matices que dan color a la realidad sociopolítica de Estados Unidos a través de la lucha contra el terrorismo emprendida desde hace años. La quinta temporada fue, en este sentido, simplemente impecable, y la sexta que ahora nos ocupa no se queda atrás. Para entender algunos de los giros argumentales es importante tener presente el contexto electoral que ha vivido el país norteamericano, la elección de Donald Trump y los atentados que se suceden en las capitales europeas. Todo ello aporta un prisma diferente a lo relatado en estos 12 episodios de esta serie creada por Alex Gansa (serie Maximum Bob) y Howard Gordon (serie Tyrant), ya de por sí interesante por la cantidad de tramas secundarias conectadas entre sí.

Porque independientemente de la carga política o de la manipulación mediática que contiene esta temporada, de las que hablaremos más adelante, esta ficción encuentra uno de sus pilares más sólidos en el tratamiento de los personajes y, sobre todo, en las relaciones que se establecen entre ellos. Sin miedo a la evolución que puedan sufrir a raíz de lo vivido en las anteriores temporadas, los protagonistas afrontan sus errores, sus miedos y sus frustraciones tratando de arreglar algo que tiene difícil solución. Las tensiones dramáticas que esto genera, las sensaciones de culpabilidad y de autodestrucción, otorgan al conjunto una profundidad dramática pocas veces vista incluso en esta serie, fruto sin duda de la evolución y de aprovechar el bagaje de esta longeva serie. No queda ahí la cosa. Sus creadores, al igual que ya ocurrió en la tercera temporada, afrontan sin miedo el presente y el futuro de los protagonistas. Si uno tiene que quedar impedido física y mentalmente, adelante. Y si su final tiene que ser la muerte, pues adelante también.

Esta posiblemente sea la clave del éxito de Homeland. Es cierto que el análisis político y social de la actualidad norteamericana y mundial otorga un peso específico sin igual, sobre todo por el modo en que se aborda, pero es el tratamiento dramático el que eleva esta serie hasta niveles que, en mi opinión, no se habían alcanzado en temporadas anteriores. Da la sensación de que la producción es capaz de evolucionar sin límite, pudiendo llevar a los personajes por caminos cada vez más difíciles de afrontar. Evidentemente, el contexto en el que se desarrollen las tramas siempre es cambiante, sobre todo en la realidad en que vivimos, pero más difícil resulta hacer creíble y coherente las peripecias dramáticas del personaje interpretado por Claire Danes (El caso Wells) y compañía, y no digamos ya encajarlas en la trama política de turno.

Ese punto de conexión es lo que define el carácter de la serie, y la sexta temporada lo ha sabido explotar al máximo. Por primera vez, sus responsables no solo han aprovechado el camino recorrido, sino que han introducido la variable de la hija de la protagonista para generar una tensión dramática sin igual. Es cierto que el personaje había sido utilizado de algún modo para acentuar el carácter del rol de Danes, pero ha sido en estos episodios en los que su presencia se ha tornado fundamental para comprender algunas decisiones y la evolución de la trama principal. De este modo, además del pasado adquiere especial protagonismo el futuro de esta ficción, cuyo final en esta etapa deja la puerta abierta a un interesante tratamiento político que, a buen seguro, aprovechará todo lo que pueda ofrecer el polémico presidente Trump.

Cambio de previsiones

Como decimos, el éxito de Homeland no radica únicamente en el peso dramático de sus tramas o en una soberbia definición de personajes, sino también en su capacidad de aproximarse a los acontecimientos reales que tienen lugar, algo en lo que, por cierto, se ha especializado a partir del giro experimentado tras la primera temporada. En esta ocasión las elecciones presidenciales de Estados Unidos han copado el interés político y social del argumento, aunque con unos matices tan enriquecedores como admirables. Con un comienzo que remite claramente a la posibilidad de que Hillary Clinton fuese elegida Presidenta, el final de esta sexta temporada da un giro al personaje interpretado por Elizabeth Marvel (El año más violento) para asemejarlo más al actual inquilino de la Casa Blanca.

Lo más destacable, sin embargo, no es este cambio en sí, sino el modo en que se construye la trama y se aprovechan todas las historias secundarias para producir ese cambio de forma orgánica, progresiva y coherente. Desde la manipulación mediática, hijo muerto mediante, hasta la implicación de los servicios de espionaje en una conspiración interna dentro del poder, la serie construye un relato en el que cualquier mirada puede representar un punto de inflexión y tener un significado crucial para comprender lo que está por llegar en ese momento. Si bien es cierto que estos 12 episodios precipitan la acción en su tercio final de un modo un tanto tosco, no lo es menos que esa sensación de que se quieren introducir con calzador cambios poco naturales queda suavizada por el trabajo previo, amén de una estructura dramática perfectamente construida sobre un entramado de arcos argumentales que se nutren entre ellos.

Esto permite, por ejemplo, que secundarios aparentemente intrascendentes adquieran protagonismo fundamental en los momentos clave. Posiblemente sean ellos los que permitan a sus creadores llevar el sentido de la historia hacia una u otra dirección, sin que el conjunto se vea excesivamente mermado. Me refiero, por ejemplo, al personaje de Shaun Toub (Juego de armas), cuya mentira ante la Presidenta electa da un giro completo al sentido dramático de la serie, poniendo a los personajes ante un abismo y a los espectadores en una situación de superioridad (informativamente hablando). Su caso es el más evidente, pero muchos otros confirman esa idea de que la serie se consolida sobre las historias secundarias, sobre los datos aparentemente complementarios que terminan definiendo el verdadero destino de los personajes.

Y poco a poco, Homeland sigue consolidándose como una de las mejores producciones del momento. Superado ya el “bache” de la tercera temporada, y habiendo demostrado con creces que la historia tiene fuerza para vivir sin la premisa original, esta sexta temporada da un nuevo paso y no solo confirma su peso dramático, sino que traslada la acción a Estados Unidos para unir bajo el mismo techo el terrorismo islámico, las conspiraciones internas contra el Gobierno, las manipulaciones de espías y medios de comunicación, y el poder de convicción que puede llegar a tener un cóctel de semejante calibre. El final del último episodio deja abierta una puerta peligrosa tanto para los protagonistas como para el futuro de la trama en sí. No tanto porque genere problemas a la hora de desarrollarse, sino porque amplía el abanico de posibilidades de forma casi exponencial, lo que obligará a elegir bien el siguiente paso. Sea como fuera, casi con toda seguridad que la actualidad volverá a definir el trasfondo.

La 2ª T. de ‘Tyrant’ mejora a pesar de los problemas que arrastra


Adam Rayner vuelve a luchar por el poder en 'Tyrant'Cuando una serie apuesta por un tipo de estructura y por, digamos, un nivel dramático concreto, es muy difícil que pueda desprenderse de esos límites auto impuestos. Los casos más evidentes de éxito suelen coincidir en un golpe de efecto en la primera temporada o, al menos, en la introducción paulatina de cambios a lo largo de los primeros episodios. Por eso el caso de Tyrant es un buen ejemplo de un querer y no poder, de tratar de profundizar en la idea pero manteniendo al mismo tiempo un tratamiento ligero, casi telenovelesco.

La segunda temporada de esta serie creada por Howard Gordon, Gideon Raff (autores ambos de Homeland) y Craig Wright (serie Greenleaf) evidencia los intentos de la trama por dar el paso a la edad adulta y abordar temas como las dictaduras, el terrorismo islamista o la traición de forma más profunda, más seria. Lo cierto es que el final de la anterior etapa daba pié a ello, y hasta cierto punto eso ha sido lo que ha permitido que en muchos momentos del desarrollo de estos 12 capítulos la serie haya alcanzado notables resultados, sobre todo cuando se ha centrado en el conflicto interno de un país árabe con el ISIS.

Es en esta guerra, con todas las decisiones que conlleva, lo que realmente acapara la atención en la segunda temporada de Tyrant, pues permite diversificar los efectos dramáticos de los acontecimientos. Dicho de otro modo, es el catalizador para que la trama adquiera un verdadero significado dramático, alejado de conceptos que habían sido poco o nada explicados en los anteriores episodios. Se puede decir que se ha producido una simplificación de la historia, poniendo el foco en un tema de actualidad que, además, genera a su vez otras ideas que se abordan, con mayor o menor fortuna, en las tramas secundarias.

El problema de esto es que el intento de madurar se queda a medio camino. Vaya por delante que ninguno de los actores, ninguno, tiene el carisma suficiente como para cargar sobre sus hombros con el tratamiento dramático que podría esperarse para esta historia, pero en este caso el problema no es el reparto, sino el arco narrativo y su desarrollo. A lo largo de toda esta temporada la serie deambula entre dos aguas, entre el cariz más melodramático y el más maduro, y eso termina por generar una indefinición inconveniente para el resultado final y para la resolución de esta etapa, tan impactante como inesperada.

Familia feliz

Quizá el mejor ejemplo de esta dualidad está en el cisma que se genera en la presunta “familia feliz” del protagonista. Mientras que el personaje de Adam Rayner (The task) adquiere un tono más sombrío de un hombre capaz de todo por lograr lo que considera justo y salvar a los que le importan, el resto de su núcleo familiar (mujer e hijos) se convierte casi en una rémora de la trama general. Poco interés tiene el fallido affair de la mujer con un abogado. Y mucho menos lo que ocurre con la hija, que directamente desaparece de la trama de forma tan brusca como calculada. El único que parece salvarse de la quema es el hijo interpretado por Noah Silver (Los últimos caballeros), que parece tener algo más de relevancia como futuro heredero.

El tiempo que Tyrant dedica en su segunda temporada a abordar la paulatina destrucción de esta familia es tiempo perdido que no se destina a conceptos mucho más interesantes, como la locura y la obsesión que se adueñan poco a poco del rol de Ashraf Barhom (Ágora), posiblemente uno de los mejores de la serie pero que, al no ahondar en su evolución hacia la locura conspiranoica, queda desdibujado y, en muchos casos, injustificado en sus decisiones. Una lástima, porque habría sido muy interesante poder comparar con solvencia los caminos tan diferentes que toman los dos hermanos protagonistas, sugeridos pero poco trabajados.

Y en medio de todo esto, una guerra, mujeres y el mundo islámico. Lo cierto es que posiblemente lo mejor de estos episodios sea precisamente ese contexto, a medio camino entre la opulencia de un palacio y las polvorientas calles de los pueblos. A pesar de que el tratamiento visual deja que desear (iluminación con poco contraste, planificación estándar incluso para las secuencias bélicas, etc.), el mundo árabe, con los problemas de terrorismo islámico que llegan en cada telediario, encuentra un notable reflejo en esta trama, lo que a su vez ayuda a mejorar la imagen algo alicaída de la primera temporada.

El mejor resumen de esta segunda temporada de Tyrant es que mejora respecto a la primera, pero todavía tiene mucho camino por recorrer. Por ahora, una tercera etapa en la que deberá solventar muchos problemas, algunos de ellos congénitos, para poder convertirse en un producto sumamente interesante. Puede que no sea ese su objetivo, y eso es tan loable como cualquier otra apuesta dramática, pero lo cierto es que algunos de sus pilares narrativos indican lo contrario, sobre todo si tenemos en cuenta el final de su último episodio, tan inesperado como impactante y que abre todo un mundo de posibilidades para ese futuro más inmediato. El futuro de este tirano al que hace referencia el título está, más que nunca, en el aire.

‘Homeland’ continúa evolucionando dramáticamente en la 5ª T


Claire Danes viaja a Alemania en la quinta temporada de 'Homeland'.Desconozco si Alex Gansa y Howard Gordon (serie 24), autores de Homeland, tienen algún tipo de conocimiento sobre los movimientos geoestratégicos en Oriente Medio, pero lo cierto es que han logrado que la serie protagonizada por Claire Danes (Stardust) sea una interpretación al menos actual de lo que ocurre en el panorama internacional. Con la quinta temporada, que finalizó el pasado 20 de diciembre en Estados Unidos, han confirmado no solo que la ficción todavía está tomando forma dramática, sino que es una de las producciones más apasionantes de la parrilla actual.

Y lo es precisamente por el componente de realismo que se imprime a la trama. Con esto no quiero decir que no se tomen ciertas licencias dramáticas (el personaje interpretado por Rupert Friend –Hitman: Agente 47– es un claro ejemplo), sino que sus acontecimientos están rodeados de un halo de veracidad tan complejo y sutil que convierte a la serie en una suerte de punto de vista de lo que ocurre realmente con el terrorismo en Oriente Medio. A esto se suman los terribles atentados de París, acaecidos en plena emisión y que se antojan un spin off real y cruel de lo narrado en estos 12 episodios.

Pero más allá de coincidencias o de reflexiones que aportan más bien poco, la quinta temporada de Homeland ha dejado claro que el “reinicio” de la serie en la cuarta temporada todavía está creciendo desde un punto de vista dramático, y todo apunta a que lo hace para lograr una mayor complejidad sin perder un ápice de intriga, acción y drama. Así, a los arcos dramáticos de la lucha contra el terrorismo y la situación personal de la protagonista se suma ahora la traición dentro de la CIA y el contraespionaje. Tres pilares que, aunque ayudan a sustentar más sólidamente la historia, también generan alguna complicación narrativa.

En realidad, la aparición de esta tercera trama no deja de ser una transformación de lo que siempre ha abordado esta ficción: la presencia en las organizaciones norteamericanas de activos enemigos. La novedad, y tal vez lo mejor que tiene esta nueva tanda de episodios, es que en este caso ese espionaje dentro de la agencia de espías más famosa del mundo no tiene nada que ver con el yihadismo, sino con el otro gran enemigo de Estados Unidos: Rusia. La conformación de dos frentes abiertos es, desde un punto de vista dramático, más enriquecedora para la trama, que combina esas dos grandes líneas argumentales de forma armónica para introducir más personajes (lo que nutre a los protagonistas de nuevos conflictos) y nuevos giros dramáticos.

Personajes sin cariño

Y si algo ha confirmado la quinta temporada de Homeland es que los personajes, salvo tal vez los dos principales, no son demasiado queridos. Al menos no lo suficiente como para modificar los acontecimientos para su comodidad. Y me explico. La tercera temporada de la serie fue, en pocas palabras, un terremoto. Que el principal protagonista, aquel con el que no solo había arrancado la serie sino que era el pilar fundamental de su argumento, muriera de forma violenta fue un giro tan impensable y arriesgado que muchos asumieron el final de esta ficción. Sin embargo, supo rehacerse con nuevos protagonistas, nuevas tramas y un cambio de foco bastante evidente.

Estos nuevos episodios vienen a ser algo parecido, a menor escala pero igualmente violento, desagradable y determinante. La presunta desaparición de algunos personajes clave en el desarrollo de los acontecimientos pone de manifiesto que nada ni nadie parece intocable en esta producción, algo que sin duda es positivo siempre y cuando la trama, como ha ocurrido hasta ahora, esté dominada por la coherencia dramática. La falta de miedo a explorar los territorios a los que llevan las decisiones de los personajes es uno de los aspectos más apasionantes de este thriller, y desde luego aporta un cariz más serio que el que se pueda encontrar en otros productos con la CIA o el FBI de por medio.

Mencionaba antes la falta de cariño a los personajes. Bueno, eso depende del cristal con el que se mire. Personalmente considero que la mayor muestra de amor que se puede hacer en un guión a sus protagonistas es anteponer la trama a sus propios intereses, ofreciéndoles siempre una salida acorde a su naturaleza. Eso es lo que logra esta quinta temporada, aunque para ello tenga que sacrificar parte de su desarrollo narrativo y no logre aunar en un único final las dos líneas argumentales que nutren esta última etapa. Es un problema menor, en realidad, pero sí provoca la sensación de presenciar un epílogo en el último episodio más que estar ante un final de temporada como tal.

Pero repito, es un mal menor. Mucho menor. La quinta temporada de Homeland ha demostrado que la serie está en plena forma, que es capaz de afrontar todo tipo de retos narrativos con una solidez asombrosa, y sobre todo que no tiene miedo a lo que pueda llegar. La duda que empieza a generar, y ahí está parte de su genialidad, es si se nutre de la realidad o si la realidad ha tomado prestadas algunas ideas de la ficción. Ironías aparte, el desarrollo dramático, la presencia de sus actores y la coherencia con la que aborda las tramas son incuestionables, y devuelven la posible salud perdida en temporadas anteriores. Y la sexta es en Nueva York… ¡agárrense a sus asientos!

‘Homeland’ recupera su esencia en una 4ª T con nuevos enemigos


Mandy Patinkin y Claire Danes vuelven en la cuarta temporada de 'Homeland'.Las emociones respecto a la nueva temporada de Homeland han sido, a lo largo de este último año, relativamente dispares. Por un lado, existía el temor de no saber remontar la trama de la serie a raíz de los acontecimientos sucedidos en la tercera temporada y, sobre todo, del ritmo aparentemente irregular de su desarrollo. Por otro, la expectación era máxima si tenemos en cuenta que estamos hablando de una de las producciones más interesantes de los últimos años. En ambos casos la expectación era muy alta. Y en líneas generales, los 12 episodios de esta cuarta temporada no han defraudado, siendo capaces de retomar lo mejor de la ficción y reconvertirlo en una nueva historia.

Es evidente que la anterior temporada supuso la conclusión de un arco dramático que duró hasta tres entregas. Sin embargo, y como señalé en el análisis de dichos episodios, no hay que entender la serie como un thriller sobre un marine reconvertido en terrorista árabe, sino sobre el trabajo de la CIA y, más concretamente, del personaje interpretado por Claire Danes (Stardust). Esta nueva etapa creada por Alex Gansa y Howard Gordon (serie 24) confirma tal hipótesis al presentar no solo una historia totalmente distinta, sino al hacerlo con los principales personajes involucrados en una nueva misión y en una nueva conspiración de espionaje que amenaza la vida y el equilibrio dentro de la agencia.

Se puede decir que, en líneas generales, esta nueva temporada de Homeland recupera el nivel dramático y de suspense que ya tuviera la primera y, sobre todo, la segunda temporada. La historia, trasladada a Pakistán, desarrolla de forma inteligente y con relativa coherencia el conflicto entre agencias de inteligencia alimentado por las diferentes visiones que ambos grupos tienen de un líder terrorista. Al igual que ocurriera en los inicios de la serie, en esta ocasión un acontecimiento tan aparentemente “inocente” desemboca en todo un conflicto armado con asalto a la embajada estadounidense que deja varias decenas de muertos por los pasillos y las calles del recinto. Sin duda ese es uno de los momentos más impactantes del desarrollo dramático, pero ni por asomo es el que más tensión genera.

De hecho, este último aspecto es de lo más admirable de esta ficción. Su trama está tan bien construida, sus personajes son tan ricos dramáticamente hablando y los secretos son tan relevantes que cada episodio, cada secuencia, añade un grado de tensión física y dramática al conjunto, generando una escalada que desemboca en ese violento capítulo del que la foto que acompaña este texto es solo un leve reflejo. Esta aparente sencillez para construir el thriller es lo que permite a la serie reconciliarse con todos aquellos fans que encontraron en la tercera temporada un vacío narrativo y dramático. Es un regreso por todo lo alto, no cabe duda, y devuelve a la serie al lugar que le corresponde, si es que en algún momento lo abandonó.

Futuro incierto

Cabe señalar, además, que esta cuarta temporada de Homeland ha sabido aprovecharse de todo aquello que arrastra de las temporadas anteriores. La niña que la protagonista ha tenido fruto de su relación con el personaje de Damian Lewis (serie Hermanos de sangre); la tensa relación con el personaje de Rupert Friend (Aprendiz de caballero); el regreso de Mandy Patinkin (La princesa prometida) a la primera fila de la dirección de la CIA. Y así sucesivamente. La integración de todos estos elementos en el desarrollo de la trama principal hace que la serie se nutra de elementos aparentemente intrascendentes, pero que dotan a los personajes y al conjunto en general de una profundidad que no lograba en etapas anteriores. Hay que decir, empero, que el desarrollo de la trama principal se ha visto salpicado de diversos giros argumentales algo forzados dentro de la definición no solo de la historia, sino de los propios personajes, obligándoles a actuar de forma algo incoherente para poder desarrollar la trama.

El final de la temporada puede parecer dócil, incluso derrotista. Mientras que durante 10 episodios la tensión y el drama van en aumento, los últimos capítulos se centran en cerrar las líneas secundarias relacionadas con la vida personal de la protagonista. Lo cierto es que conceptualmente hablando contrastan mucho ambos mundos, pero no por ello es un mal final, más bien al contrario. La serie aprovecha esos elementos para situar a todos y cada uno de los personajes ante una nueva perspectiva, impidiendo al espectador tener acceso al conocimiento de qué es lo que va a ocurrir. Más o menos como ocurrió al final de la tercera temporada, con la diferencia de que ahora mismo no se ha cerrado una etapa como tal, sino tan solo un capítulo de algo que se atisba mucho mayor.

Buena parte de estas sensaciones se debe a que la trama desarrollada en Pakistán no ha concluido del todo. Las relaciones entre los personajes, su forma de afrontar la derrota sufrida en suelo pakistaní y el hecho de que la CIA parezca apoyar de algún modo a un líder terrorista dejan abiertos sendos interrogantes que permiten pensar en una quinta temporada de lo más variada. Y digo pensar, porque si algo ha demostrado la serie es que no tiene miedo alguno a sorprender al espectador con un desarrollo impacientemente coherente, lo cual siempre es de agradecer y admirar.

Desde luego, Homeland ha logrado en esta cuarta temporada desprenderse de todo aquello que la eclipso durante sus primeras temporadas para revelarse como una serie de espionaje, una serie capaz de tener una vida más allá de un marine reconvertido, de la enfermedad mental de su protagonista (que en estos episodios tiene cierta relevancia, pero en ningún caso es fundamental) o de la amenaza terrorista en suelo norteamericano. Lo cierto es que, quitándose una serie de sambenitos que se le habían asignado no sin cierto fundamento, se ha definido como uno de los mejores thrillers de la televisión, al menos dentro del mundo del espionaje. Y lo ha hecho con las armas que siempre le han funcionado: una buena historia y unos personajes profundamente complejos. Solo cabe esperar que la quinta temporada siga la senda iniciada en estos episodios.

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