La 6ª T. de ‘Homeland’ se apoya en los secundarios para adaptarse


Además de su intensidad dramática, la calidad de sus actores o la solidez de sus tramas, si algo caracteriza a Homeland es su capacidad para reflejar a través de la ficción los matices que dan color a la realidad sociopolítica de Estados Unidos a través de la lucha contra el terrorismo emprendida desde hace años. La quinta temporada fue, en este sentido, simplemente impecable, y la sexta que ahora nos ocupa no se queda atrás. Para entender algunos de los giros argumentales es importante tener presente el contexto electoral que ha vivido el país norteamericano, la elección de Donald Trump y los atentados que se suceden en las capitales europeas. Todo ello aporta un prisma diferente a lo relatado en estos 12 episodios de esta serie creada por Alex Gansa (serie Maximum Bob) y Howard Gordon (serie Tyrant), ya de por sí interesante por la cantidad de tramas secundarias conectadas entre sí.

Porque independientemente de la carga política o de la manipulación mediática que contiene esta temporada, de las que hablaremos más adelante, esta ficción encuentra uno de sus pilares más sólidos en el tratamiento de los personajes y, sobre todo, en las relaciones que se establecen entre ellos. Sin miedo a la evolución que puedan sufrir a raíz de lo vivido en las anteriores temporadas, los protagonistas afrontan sus errores, sus miedos y sus frustraciones tratando de arreglar algo que tiene difícil solución. Las tensiones dramáticas que esto genera, las sensaciones de culpabilidad y de autodestrucción, otorgan al conjunto una profundidad dramática pocas veces vista incluso en esta serie, fruto sin duda de la evolución y de aprovechar el bagaje de esta longeva serie. No queda ahí la cosa. Sus creadores, al igual que ya ocurrió en la tercera temporada, afrontan sin miedo el presente y el futuro de los protagonistas. Si uno tiene que quedar impedido física y mentalmente, adelante. Y si su final tiene que ser la muerte, pues adelante también.

Esta posiblemente sea la clave del éxito de Homeland. Es cierto que el análisis político y social de la actualidad norteamericana y mundial otorga un peso específico sin igual, sobre todo por el modo en que se aborda, pero es el tratamiento dramático el que eleva esta serie hasta niveles que, en mi opinión, no se habían alcanzado en temporadas anteriores. Da la sensación de que la producción es capaz de evolucionar sin límite, pudiendo llevar a los personajes por caminos cada vez más difíciles de afrontar. Evidentemente, el contexto en el que se desarrollen las tramas siempre es cambiante, sobre todo en la realidad en que vivimos, pero más difícil resulta hacer creíble y coherente las peripecias dramáticas del personaje interpretado por Claire Danes (El caso Wells) y compañía, y no digamos ya encajarlas en la trama política de turno.

Ese punto de conexión es lo que define el carácter de la serie, y la sexta temporada lo ha sabido explotar al máximo. Por primera vez, sus responsables no solo han aprovechado el camino recorrido, sino que han introducido la variable de la hija de la protagonista para generar una tensión dramática sin igual. Es cierto que el personaje había sido utilizado de algún modo para acentuar el carácter del rol de Danes, pero ha sido en estos episodios en los que su presencia se ha tornado fundamental para comprender algunas decisiones y la evolución de la trama principal. De este modo, además del pasado adquiere especial protagonismo el futuro de esta ficción, cuyo final en esta etapa deja la puerta abierta a un interesante tratamiento político que, a buen seguro, aprovechará todo lo que pueda ofrecer el polémico presidente Trump.

Cambio de previsiones

Como decimos, el éxito de Homeland no radica únicamente en el peso dramático de sus tramas o en una soberbia definición de personajes, sino también en su capacidad de aproximarse a los acontecimientos reales que tienen lugar, algo en lo que, por cierto, se ha especializado a partir del giro experimentado tras la primera temporada. En esta ocasión las elecciones presidenciales de Estados Unidos han copado el interés político y social del argumento, aunque con unos matices tan enriquecedores como admirables. Con un comienzo que remite claramente a la posibilidad de que Hillary Clinton fuese elegida Presidenta, el final de esta sexta temporada da un giro al personaje interpretado por Elizabeth Marvel (El año más violento) para asemejarlo más al actual inquilino de la Casa Blanca.

Lo más destacable, sin embargo, no es este cambio en sí, sino el modo en que se construye la trama y se aprovechan todas las historias secundarias para producir ese cambio de forma orgánica, progresiva y coherente. Desde la manipulación mediática, hijo muerto mediante, hasta la implicación de los servicios de espionaje en una conspiración interna dentro del poder, la serie construye un relato en el que cualquier mirada puede representar un punto de inflexión y tener un significado crucial para comprender lo que está por llegar en ese momento. Si bien es cierto que estos 12 episodios precipitan la acción en su tercio final de un modo un tanto tosco, no lo es menos que esa sensación de que se quieren introducir con calzador cambios poco naturales queda suavizada por el trabajo previo, amén de una estructura dramática perfectamente construida sobre un entramado de arcos argumentales que se nutren entre ellos.

Esto permite, por ejemplo, que secundarios aparentemente intrascendentes adquieran protagonismo fundamental en los momentos clave. Posiblemente sean ellos los que permitan a sus creadores llevar el sentido de la historia hacia una u otra dirección, sin que el conjunto se vea excesivamente mermado. Me refiero, por ejemplo, al personaje de Shaun Toub (Juego de armas), cuya mentira ante la Presidenta electa da un giro completo al sentido dramático de la serie, poniendo a los personajes ante un abismo y a los espectadores en una situación de superioridad (informativamente hablando). Su caso es el más evidente, pero muchos otros confirman esa idea de que la serie se consolida sobre las historias secundarias, sobre los datos aparentemente complementarios que terminan definiendo el verdadero destino de los personajes.

Y poco a poco, Homeland sigue consolidándose como una de las mejores producciones del momento. Superado ya el “bache” de la tercera temporada, y habiendo demostrado con creces que la historia tiene fuerza para vivir sin la premisa original, esta sexta temporada da un nuevo paso y no solo confirma su peso dramático, sino que traslada la acción a Estados Unidos para unir bajo el mismo techo el terrorismo islámico, las conspiraciones internas contra el Gobierno, las manipulaciones de espías y medios de comunicación, y el poder de convicción que puede llegar a tener un cóctel de semejante calibre. El final del último episodio deja abierta una puerta peligrosa tanto para los protagonistas como para el futuro de la trama en sí. No tanto porque genere problemas a la hora de desarrollarse, sino porque amplía el abanico de posibilidades de forma casi exponencial, lo que obligará a elegir bien el siguiente paso. Sea como fuera, casi con toda seguridad que la actualidad volverá a definir el trasfondo.

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‘Homeland’ continúa evolucionando dramáticamente en la 5ª T


Claire Danes viaja a Alemania en la quinta temporada de 'Homeland'.Desconozco si Alex Gansa y Howard Gordon (serie 24), autores de Homeland, tienen algún tipo de conocimiento sobre los movimientos geoestratégicos en Oriente Medio, pero lo cierto es que han logrado que la serie protagonizada por Claire Danes (Stardust) sea una interpretación al menos actual de lo que ocurre en el panorama internacional. Con la quinta temporada, que finalizó el pasado 20 de diciembre en Estados Unidos, han confirmado no solo que la ficción todavía está tomando forma dramática, sino que es una de las producciones más apasionantes de la parrilla actual.

Y lo es precisamente por el componente de realismo que se imprime a la trama. Con esto no quiero decir que no se tomen ciertas licencias dramáticas (el personaje interpretado por Rupert Friend –Hitman: Agente 47– es un claro ejemplo), sino que sus acontecimientos están rodeados de un halo de veracidad tan complejo y sutil que convierte a la serie en una suerte de punto de vista de lo que ocurre realmente con el terrorismo en Oriente Medio. A esto se suman los terribles atentados de París, acaecidos en plena emisión y que se antojan un spin off real y cruel de lo narrado en estos 12 episodios.

Pero más allá de coincidencias o de reflexiones que aportan más bien poco, la quinta temporada de Homeland ha dejado claro que el “reinicio” de la serie en la cuarta temporada todavía está creciendo desde un punto de vista dramático, y todo apunta a que lo hace para lograr una mayor complejidad sin perder un ápice de intriga, acción y drama. Así, a los arcos dramáticos de la lucha contra el terrorismo y la situación personal de la protagonista se suma ahora la traición dentro de la CIA y el contraespionaje. Tres pilares que, aunque ayudan a sustentar más sólidamente la historia, también generan alguna complicación narrativa.

En realidad, la aparición de esta tercera trama no deja de ser una transformación de lo que siempre ha abordado esta ficción: la presencia en las organizaciones norteamericanas de activos enemigos. La novedad, y tal vez lo mejor que tiene esta nueva tanda de episodios, es que en este caso ese espionaje dentro de la agencia de espías más famosa del mundo no tiene nada que ver con el yihadismo, sino con el otro gran enemigo de Estados Unidos: Rusia. La conformación de dos frentes abiertos es, desde un punto de vista dramático, más enriquecedora para la trama, que combina esas dos grandes líneas argumentales de forma armónica para introducir más personajes (lo que nutre a los protagonistas de nuevos conflictos) y nuevos giros dramáticos.

Personajes sin cariño

Y si algo ha confirmado la quinta temporada de Homeland es que los personajes, salvo tal vez los dos principales, no son demasiado queridos. Al menos no lo suficiente como para modificar los acontecimientos para su comodidad. Y me explico. La tercera temporada de la serie fue, en pocas palabras, un terremoto. Que el principal protagonista, aquel con el que no solo había arrancado la serie sino que era el pilar fundamental de su argumento, muriera de forma violenta fue un giro tan impensable y arriesgado que muchos asumieron el final de esta ficción. Sin embargo, supo rehacerse con nuevos protagonistas, nuevas tramas y un cambio de foco bastante evidente.

Estos nuevos episodios vienen a ser algo parecido, a menor escala pero igualmente violento, desagradable y determinante. La presunta desaparición de algunos personajes clave en el desarrollo de los acontecimientos pone de manifiesto que nada ni nadie parece intocable en esta producción, algo que sin duda es positivo siempre y cuando la trama, como ha ocurrido hasta ahora, esté dominada por la coherencia dramática. La falta de miedo a explorar los territorios a los que llevan las decisiones de los personajes es uno de los aspectos más apasionantes de este thriller, y desde luego aporta un cariz más serio que el que se pueda encontrar en otros productos con la CIA o el FBI de por medio.

Mencionaba antes la falta de cariño a los personajes. Bueno, eso depende del cristal con el que se mire. Personalmente considero que la mayor muestra de amor que se puede hacer en un guión a sus protagonistas es anteponer la trama a sus propios intereses, ofreciéndoles siempre una salida acorde a su naturaleza. Eso es lo que logra esta quinta temporada, aunque para ello tenga que sacrificar parte de su desarrollo narrativo y no logre aunar en un único final las dos líneas argumentales que nutren esta última etapa. Es un problema menor, en realidad, pero sí provoca la sensación de presenciar un epílogo en el último episodio más que estar ante un final de temporada como tal.

Pero repito, es un mal menor. Mucho menor. La quinta temporada de Homeland ha demostrado que la serie está en plena forma, que es capaz de afrontar todo tipo de retos narrativos con una solidez asombrosa, y sobre todo que no tiene miedo a lo que pueda llegar. La duda que empieza a generar, y ahí está parte de su genialidad, es si se nutre de la realidad o si la realidad ha tomado prestadas algunas ideas de la ficción. Ironías aparte, el desarrollo dramático, la presencia de sus actores y la coherencia con la que aborda las tramas son incuestionables, y devuelven la posible salud perdida en temporadas anteriores. Y la sexta es en Nueva York… ¡agárrense a sus asientos!

‘Homeland’ recupera su esencia en una 4ª T con nuevos enemigos


Mandy Patinkin y Claire Danes vuelven en la cuarta temporada de 'Homeland'.Las emociones respecto a la nueva temporada de Homeland han sido, a lo largo de este último año, relativamente dispares. Por un lado, existía el temor de no saber remontar la trama de la serie a raíz de los acontecimientos sucedidos en la tercera temporada y, sobre todo, del ritmo aparentemente irregular de su desarrollo. Por otro, la expectación era máxima si tenemos en cuenta que estamos hablando de una de las producciones más interesantes de los últimos años. En ambos casos la expectación era muy alta. Y en líneas generales, los 12 episodios de esta cuarta temporada no han defraudado, siendo capaces de retomar lo mejor de la ficción y reconvertirlo en una nueva historia.

Es evidente que la anterior temporada supuso la conclusión de un arco dramático que duró hasta tres entregas. Sin embargo, y como señalé en el análisis de dichos episodios, no hay que entender la serie como un thriller sobre un marine reconvertido en terrorista árabe, sino sobre el trabajo de la CIA y, más concretamente, del personaje interpretado por Claire Danes (Stardust). Esta nueva etapa creada por Alex Gansa y Howard Gordon (serie 24) confirma tal hipótesis al presentar no solo una historia totalmente distinta, sino al hacerlo con los principales personajes involucrados en una nueva misión y en una nueva conspiración de espionaje que amenaza la vida y el equilibrio dentro de la agencia.

Se puede decir que, en líneas generales, esta nueva temporada de Homeland recupera el nivel dramático y de suspense que ya tuviera la primera y, sobre todo, la segunda temporada. La historia, trasladada a Pakistán, desarrolla de forma inteligente y con relativa coherencia el conflicto entre agencias de inteligencia alimentado por las diferentes visiones que ambos grupos tienen de un líder terrorista. Al igual que ocurriera en los inicios de la serie, en esta ocasión un acontecimiento tan aparentemente “inocente” desemboca en todo un conflicto armado con asalto a la embajada estadounidense que deja varias decenas de muertos por los pasillos y las calles del recinto. Sin duda ese es uno de los momentos más impactantes del desarrollo dramático, pero ni por asomo es el que más tensión genera.

De hecho, este último aspecto es de lo más admirable de esta ficción. Su trama está tan bien construida, sus personajes son tan ricos dramáticamente hablando y los secretos son tan relevantes que cada episodio, cada secuencia, añade un grado de tensión física y dramática al conjunto, generando una escalada que desemboca en ese violento capítulo del que la foto que acompaña este texto es solo un leve reflejo. Esta aparente sencillez para construir el thriller es lo que permite a la serie reconciliarse con todos aquellos fans que encontraron en la tercera temporada un vacío narrativo y dramático. Es un regreso por todo lo alto, no cabe duda, y devuelve a la serie al lugar que le corresponde, si es que en algún momento lo abandonó.

Futuro incierto

Cabe señalar, además, que esta cuarta temporada de Homeland ha sabido aprovecharse de todo aquello que arrastra de las temporadas anteriores. La niña que la protagonista ha tenido fruto de su relación con el personaje de Damian Lewis (serie Hermanos de sangre); la tensa relación con el personaje de Rupert Friend (Aprendiz de caballero); el regreso de Mandy Patinkin (La princesa prometida) a la primera fila de la dirección de la CIA. Y así sucesivamente. La integración de todos estos elementos en el desarrollo de la trama principal hace que la serie se nutra de elementos aparentemente intrascendentes, pero que dotan a los personajes y al conjunto en general de una profundidad que no lograba en etapas anteriores. Hay que decir, empero, que el desarrollo de la trama principal se ha visto salpicado de diversos giros argumentales algo forzados dentro de la definición no solo de la historia, sino de los propios personajes, obligándoles a actuar de forma algo incoherente para poder desarrollar la trama.

El final de la temporada puede parecer dócil, incluso derrotista. Mientras que durante 10 episodios la tensión y el drama van en aumento, los últimos capítulos se centran en cerrar las líneas secundarias relacionadas con la vida personal de la protagonista. Lo cierto es que conceptualmente hablando contrastan mucho ambos mundos, pero no por ello es un mal final, más bien al contrario. La serie aprovecha esos elementos para situar a todos y cada uno de los personajes ante una nueva perspectiva, impidiendo al espectador tener acceso al conocimiento de qué es lo que va a ocurrir. Más o menos como ocurrió al final de la tercera temporada, con la diferencia de que ahora mismo no se ha cerrado una etapa como tal, sino tan solo un capítulo de algo que se atisba mucho mayor.

Buena parte de estas sensaciones se debe a que la trama desarrollada en Pakistán no ha concluido del todo. Las relaciones entre los personajes, su forma de afrontar la derrota sufrida en suelo pakistaní y el hecho de que la CIA parezca apoyar de algún modo a un líder terrorista dejan abiertos sendos interrogantes que permiten pensar en una quinta temporada de lo más variada. Y digo pensar, porque si algo ha demostrado la serie es que no tiene miedo alguno a sorprender al espectador con un desarrollo impacientemente coherente, lo cual siempre es de agradecer y admirar.

Desde luego, Homeland ha logrado en esta cuarta temporada desprenderse de todo aquello que la eclipso durante sus primeras temporadas para revelarse como una serie de espionaje, una serie capaz de tener una vida más allá de un marine reconvertido, de la enfermedad mental de su protagonista (que en estos episodios tiene cierta relevancia, pero en ningún caso es fundamental) o de la amenaza terrorista en suelo norteamericano. Lo cierto es que, quitándose una serie de sambenitos que se le habían asignado no sin cierto fundamento, se ha definido como uno de los mejores thrillers de la televisión, al menos dentro del mundo del espionaje. Y lo ha hecho con las armas que siempre le han funcionado: una buena historia y unos personajes profundamente complejos. Solo cabe esperar que la quinta temporada siga la senda iniciada en estos episodios.

‘Homeland’ cierra ciclo y rompe todos los esquemas en su 3ª T


La tercera temporada de 'Homeland' supone un antes y un después en la serie.Hace casi un año la segunda temporada de Homeland dejaba sin aliento a sus seguidores en todo el mundo. Por aquel entonces confesaba que su inicio no había sido todo lo adictivo que podía ser, al menos en los primeros tres episodios. Sin embargo, y guiados por una lógica fría, calculada y aplastante, los guionistas habían logrado aportar giros dramáticos impactantes y soberbios, concluyendo con ese final de difícil asimilación. Ahora toca hablar del mundo tras el ataque terrorista en la tercera temporada, y curiosamente posee más o menos el mismo desarrollo, aunque los efectos de su conclusión son mucho más devastadores dramáticamente hablando. Tanto que, en cierto modo, debe hablarse de un fin de ciclo.

Antes de analizar cualquier otro aspecto, es conveniente explicar el porqué de la expresión “fin de ciclo”. Para aquellos que no hayan visto todavía la serie, tranquilos, no desvelaremos nada. Si bien es cierto que muchos espectadores hemos identificado la serie con el terrorismo y esa premisa inicial tan interesante sobre un marine norteamericano convertido en radical islamista, hay que aclarar que era solo eso, una premisa. La serie es, en realidad, un retrato de la lucha terrorista de la agencia de inteligencia de Estados Unidos. En este sentido, la trama descansa sobre los hombros de la protagonista, y eso es algo que, aunque pueda no apreciarse durante el desarrollo de la producción, sí es algo que se percibe si se echa una ojeada a todo lo sucedido. Los 12 episodios de esta temporada dejan patente que es ella el verdadero interés del conjunto, independientemente de que los secundarios, de lo mejor que se puede ver en televisión ahora mismo, tengan un peso específico enorme, lo cual plantea numerosas dudas sobre el futuro de la serie. Pero de eso hablaremos más adelante.

Narrativamente hablando, esta tercera entrega se ha hecho esperar, al menos para las previsiones de la mayoría de espectadores. La ausencia del personaje de Damian Lewis (Alta sociedad), quien por cierto alcanza un nivel interpretativo excepcional en estos episodios, así como la atención que se otorga a su familia, en especial a la hija, han generado una ansiedad lógica y, hasta cierto punto, esperada, por no abordar de lleno los acontecimientos que cerraban la trama de la segunda temporada. Hay que decir, empero, que esta no es una serie al uso. El breve resumen que hacía más arriba de la segunda temporada no era gratuito. La estructura dramática de Homeland se ha caracterizado por una presentación de los hechos un tanto indirecta, tangencial si se prefiere, ofreciendo una imagen más o menos anodina para luego revelar las verdaderas cartas que protagonizan este juego.

Dichas cartas son, en estos episodios, la primera pieza de un plan para acabar con la situación iraní a nivel internacional. Y como buena trama de espionaje, los acontecimientos y los puntos de giro juegan en todo momento con el espectador, obligándole a pensar en un sentido para revelarle otra realidad muy distinta. Es por eso que cuando la serie muestra su verdadera naturaleza la atracción se multiplica de forma proporcional a lo visto anteriormente. Y es por eso también que la trama secundaria de la hija es tan importante. Sé que esto puede resultar absurdo, pero es así. Sin esa constante presencia de los dramas adolescentes del personaje de Morgan Saylor (El circo de los extraños), quien por cierto no le hace ningún bien a la serie, las decisiones posteriores de Brody o el chantaje emocional que realiza Carrie Mathison (de nuevo Claire Danes en estado de gracia) no habrían tenido el impacto que tienen. Incluso me atrevería a decir que sin la ruptura total con su pasado, personalizado en la figura de la hija muy ligada emocionalmente, la resolución no habría sido tan increíblemente sólida.

Por mucho que pueda parecer lo contrario, todo en Homeland está interconectado. Ese es uno de sus mayores éxitos y uno de los motivos por los que se destaca del resto. Todo, desde un pequeño detalle en una trama secundaria hasta una revelación fundamental en la historia principal, está destinado a justificar la forma de resolver la trama. Es por eso que para acceder a la serie deben dejarse prejuicios o experiencias previas que se tengan en producciones similares, pues nada es lo que parece. Una historia tan aparentemente insustancial como el drama familiar del personaje de Saylor ayuda a encontrar las motivaciones principales de los protagonistas; los conflictos familiares del personaje de Mandy Patinkin (La princesa prometida) son la clave para iniciar la operación con la que desbloquear Irán; incluso la odisea que sufre Brody en Sudamérica y que, a priori, nada tiene que ver con la CIA, generan una revelación de lo más interesante que modifica el prima con el que debe verse la serie.

Un futuro peligroso

Está claro que estamos ante una serie excepcional en todos sus aspectos. Tanto la temporada que aquí abordamos como su predecesora son claros ejemplos de que una historia debe tener vida propia, de que sus personajes no deben estar atados por convencionalismos dramáticos que les obliguen a actuar de forma distinta a su naturaleza. Y mucho menos que les eximan de responder por sus actos. Siendo sinceros, he de reconocer que la conclusión del último episodio fue un impacto se mire por donde se mire. Tal vez fuese algo que, en cierto modo, se venía preparando desde algunos episodios antes (desde luego, no genera tanto impacto con el atentado), pero sus secuelas son mucho más duraderas y profundas. No quiero decir con esto que no sea una final apropiado. Es más, es el único posible. La valentía de afrontarlo sin paliativos de ningún tipo es digna de aplaudirse, sobre todo teniendo en cuenta las numerosas presiones que con toda probabilidad hubo por parte de los responsables de emitirla.

Pero esto, aun a riesgo de resultar repetitivo, es Homeland, y al igual que otras series como Boardwalk Empire, no tiene miedo de explorar nuevos territorios dramáticos. Eso sí, siempre dentro de sus propios límites y sabiendo en todo momento cuáles son sus fortalezas y sus debilidades, quiénes son sus protagonistas y sus verdaderos argumentos. Esto le permite jugar al ratón y al gato, ofreciendo una experiencia única que alcanza cotas extrañamente desconcertantes en esta tercera temporada. El problema es el conjunto de preguntas sin respuesta que siempre deja en el aire (algo que, por cierto, también contribuye a engrandecer su presencia). Si la segunda temporada era impactante y sorprendente, esta se vuelve intrigante y dramáticamente irremediable. Un final que, sin lugar a dudas, marca un antes y un después en la serie, y que obliga a replantear numerosas cuestiones en torno a los personajes y sus posiciones en la trama.

La forma de concluir los arcos dramáticos de los principales integrantes del reparto (Danes, Lewis y Patinkin) obliga a pensar que sus relaciones y sus participaciones en la serie serán radicalmente distintas. En algunos casos posiblemente se reduzca a la mínima expresión (en otros ni siquiera existirá). Esto abre una abanico de posibilidades no solo desde un punto de vista argumental (parece que se juega con la idea de centrar la atención en Iraq), sino también a la hora de incorporar nuevos personajes, algunos de los cuales ya han tenido presencia en esta tercera temporada. Este es, por cierto, un aspecto que la serie necesita cuidar. Muchos de los secundarios que adquieren un cierto peso en las tramas tienden a diluirse a medida que su participación se aleja de la zona de influencia de la protagonista, relegándose a apariciones esporádicas que contrastan con la importancia que se les otorga en dichos momentos.

Claro que es un problema menor, pues la intensidad de la trama es tal que pocas veces importa el destino de estos personajes y sus respectivas tramas. Sea como fuere, Homeland ha cerrado un arco argumental en esta su tercera temporada, y lo ha hecho de una forma tan brutal y maravillosamente lógica que ha puesto patas arriba todas las previsiones y convenciones que puedan existir (algo parecido pasó en la temporada anterior). Muchos pensarán que este es el fin de la serie, pero ya se está trabajando en la cuarta temporada. Ahora las dudas recaen en este futuro inminente y peligroso de una serie que se enfrenta a dos caminos distintos: continuar (o mejorar) su calidad dramática, o convertirse en un producto mediocre a la sombra de sus tres primeras y excepcionales temporadas. En todo caso, el resultado será el mismo: redefinirse.

Pocas sorpresas en unos Emmy previos a un cambio de tendencia


'Breaking Bad' y 'Modern Family' triunfan en los Premios Emmy 2013.Poca sorpresa. Ese ha sido en líneas generales el balance de la 65 edición de los Premios Emmy que en la noche de ayer premiaron a las mejores producciones de la pequeña pantalla en Estados Unidos. Y como decimos, pocas sorpresas. Behind The Candelabra fue la gran triunfadora en la mayoría de categorías relacionadas con películas para televisión o miniserie en las que participaba. De nuevo, la comedia estadounidense está dominada por Modern Family, con el permiso del siempre efectivo Jim Parsons como Sheldon Cooper en The Big Bang Theory (es el tercer premio que logra en esta gala) y el drama ha quedado repartido entre Breaking BadHomeland, inclinándose más hacia la primera, sobre todo en las categorías más importantes. Pero entre toda esta cantidad de premios más o menos previsibles ha habido algunos detalles que llaman la atención, y que invitan a pensar en un cambio para la próxima edición.

Uno de ellos es el impacto de las series de corte político entre los nominados y premiados. Cierto es que a pesar de su presencia parecía claro que no tenían muchas opciones, pero la cantidad de producciones de este tipo suponen un interesante cambio de aires. La lucha en este sentido estaba entre House of cardsPolitical animals. Una lucha que no se produjo en lo referente a categorías (la primera es una serie y la segunda una miniserie), sino en lo relativo a la cantidad de premios. Y lo curioso es que la ficción protagonizada por Sigourney Weaver (Avatar) ha salido airosa frente al drama producido por David Fincher (Seven), quien por cierto se ha llevado el premio al Mejor Director de serie dramática. Digo curioso porque, en líneas generales, la miniserie que sigue las andanzas de la familia política posee un nivel dramático bastante inferior al de la primera temporada de las intrigas en la capital estadounidense. Claro que los contrincantes no eran los mismos.

En cualquier caso, y sumando los premios obtenidos por Veep en la vertiente más cómica, entre todas han situado el foco sobre los entresijos políticos del país, abriendo las puertas a un nuevo panorama seriéfilo en un futuro no demasiado lejano, sobre todo con la ausencia de los grandes ganadores durante los últimos años. Parece ser que, tras médicos y abogados, le llega el turno a los políticos. Hay que destacar en este sentido la ausencia en las nominaciones de The Newsroom, muy relacionada también con el mundo político, aunque desde el punto de vista del periodismo. Tan solo su actor principal, Jeff Daniels (La sombra del poder), ha conseguido el premio, siendo además la única nominación de la serie escrita por Aaron Sorkin (serie El Ala Oeste de la Casa Blanca).

En el ámbito de las series, por lo demás, poco más hay que comentar. Las habituales producciones se mantienen en sus respectivas categorías y, salvo la presencia del terror en algunas de ellas, pocos cambios ha habido. Tal vez por aquello de que no son las categorías más conocidas, destaca el premio a Homeland en la categoría de Mejor Guión para serie dramática o el premio a James Cromwell (The Artist) por su papel secundario en American Horror Story: Asylum, categoría en la que competía con Zachary Quinto (Star Trek: En la oscuridad). En este sentido no hay que dejar pasar la nominación de Vera Farmiga (Expediente Warren: The Conjuring) como actriz principal en Bates Motel, confirmando la cada vez mayor presencia de thrillers psicológicos y de terror en las parrillas de televisión.

Behind the Candelabra: actor, director y peli

Antes de entrar en los premios de Behind the Candelabra, muy justos, no quiero dejar pasar, aunque sea de forma testimonial, la presencia y ausencia de Boardwalk Empire, serie a la que le ocurre lo mismo que a The Newsroom. No termino de comprender cómo dos producciones de semejante calidad se han quedado fuera de la carrera por los principales premios. De hecho, la tercera temporada de la serie mafiosa es posiblemente la mejor, con uno de los villanos más atractivos que han pasado por su metraje. La mejor evidencia es que su actor, Bobby Cannavale (Los otros dos) se ha llevado el premio al Mejor Actor secundario en serie dramática por delante de veteranos pesos pesados en estas categorías.

Pero dejando a un lado las series es importante destacar lo ocurrido por la película sobre Liberace interpretada por Michael Douglas (Jóvenes prodigiosos). La verdad es que parecía un secreto a voces que los premios iban a ir a parar a las manos que finalmente los recibieron. A pesar de los nombres con los que competía (Benedict Cumberbatch, Matt Damon, Toby Jones y Al Pacino), la presencia de Douglas ensombrece cualquier posibilidad que pudieran tener estos actores. Más allá de la épica vuelta a la interpretación tras superar un cáncer de garganta, su labor con el personaje alcanza un nivel muy difícil de superar gracias a los matices que introduce en su rol a lo largo de la trama.

Ya comentamos en este mismo espacio que Behind the Candelabra destacaba sobre todo por sus actores y su director, quien sabe aportar un toque personal a cada fragmento de la trama convirtiéndolo casi en un cuadro de las emociones y sentimientos que dominan a los protagonistas. Steven Soderbergh (Traffic) ha logrado de esta forma el premio al Mejor Director en su categoría (y a la Mejor Película para televisión), no así el de Mejor Guión, que fue a parar a la miniserie The Hour.

En efecto, los premios Emmy de este 2013 (que encontraréis a continuación) no han deparado grandes sorpresas. Las producciones más veteranas y las más cacareadas han sido las ganadoras. No ha sido una victoria clara, es cierto, pues los ganadores han estado muy repartidos entre las diferentes series. Pero la presencia cada vez mayor de la política y del terror en sus categorías parece indicar un cambio de rumbo en los gustos y en los géneros de las ficciones televisivas. Evidentemente, esto no se sabrá hasta que dentro de un año conozcamos a los ganadores de la siguiente edición. En cualquier caso, ya sea por la finalización de series o por nuevas apuestas dramáticas, el cambio de aires parece inminente.

Relación de candidatos y premiados en la 65 edición de los premios Emmy

Globos de Oro 2013: Affleck da la sorpresa y ‘Homeland’ se confirma


Ben Affleck, en un momento de los Globos de Oro 2013.Se les suele llamar “la antesala de los Oscar”, pero lo cierto es que los votantes son críticos extranjeros de Hollywood. Suele entenderse que los ganadores de los Globos de Oro serán los que tengan todas las papeletas de ganar en los posteriores Oscar. Tal vez sea por esto que la Academia de cine norteamericana, en un intento por desmitificar dicha relación, decidió este año adelantar sus candidaturas. Y lo cierto es que tampoco se ha despejado gran cosa en lo que respecta a nominados y posibles ganadores. Es más, si fuese cierto todo lo mencionado anteriormente, estaríamos ante uno de los años más sorprendentes en lo que a premiados se refiere, pues los Globos de Oro de este año han dado un giro en su apartado cinematográfico para proclamar vencedora a una película pequeña, casi independiente, realizada por un actor/director que está demostrando una capacidad narrativa impecable.

Hablamos de Ben Affleck (Pearl Harbor), la gran sorpresa de una gala presentada por Tina Fey (Noche loca) y Amy Poehler (Cuestión de pelotas) en la que tuvieron cabida desde los momentos más emotivos hasta los más cómicos. Desde luego, si algo confirman estos premios es que los críticos y analistas del cine afrontan las producciones desde un punto de vista muy distinto al de los profesionales y, sobre todo, se encuentran libres de prejuicios morales, históricos o sociales. Personalmente, no me sorprendió demasiado que Argo se llevara los premios de Mejor Película Dramática y Mejor Director de Película Dramática. La sencillez de su planteamiento y la honestidad de su realización la convierten en uno de esos títulos que, sin ser espectaculares en su forma, son maravillosos en su fondo, y eso suele ser algo que gusta entre los círculos más especializados.

Empero, que Hollywood no premie ni los últimos días de Lincoln ni la caza del mayor terrorista de la historia resulta algo poco creíble, por no decir imposible. Que Affleck repita en los Oscar de este 2013 sí sería sorprendente, aunque no sería la primera vez que ocurre. Lo que no parece probable, en ningún caso, es que la disputa por las doradas estatuillas se encuentre entre las ganadoras en esta edición de los Globos: la ya mencionada ArgoLos miserables. Ni siquiera en categorías como la de Mejor Actor, donde Daniel Day-Lewis (En el nombre del padre) parece ser el claro vencedor.

En cierto modo, esta gala ha servido, como en muchos otros años, para poner algo de justicia y equilibrar la balanza de los Oscar. Cierto, no es lo mismo ganar uno que otro, pero al recordar los premios anuales en Estados Unidos normalmente ambos van de la mano. Es por eso que premios como el de Hugh Jackman (Acero puro) resultan tan positivos, pues dejar sin reconocimiento una labor como la suya en el musical basado en la obra de Victor Hugo sería una auténtica injusticia. Por lo demás, muchos de los premios sí han confirmado algunas expectativas, como el de Mejor Película de Animación (Brave) o Extranjera (Amor).

A los pies de ‘Homeland’

Pero el cine no ha sido el único que salió ganando de los Globos de Oro de este año. La televisión ha visto confirmada la trayectoria ascendente de la que, posiblemente, sea la mejor producción televisiva de la temporada y, por qué no, de los últimos años (y de los venideros). La segunda temporada de Homeland ha supuesto tal revolución en el concepto narrativo y de construcción de personajes que parecía impensable que no terminada con algún premio. Al final, los tres principales en categoría de Mejor Serie Dramática (producto, actor y actriz). Y eso que la competencia era realmente alta, con pesos pesados como Boardwalk EmpireThe NewsroomDownton Abbey, auténticas joyas de la pequeña pantalla; con todo, el final de la última entrega de Homeland es insuperable, se mire por donde se mire.

Ni siquiera una sorpresa como la de Girls parece haber eclipsado el reinado de la serie sobre terrorismo y traición. En efecto, la serie creada por Lena Dunham, quien también la protagoniza, le arrebató por cuarto año consecutivo el premio a la Mejor Serie de Televisión  – Comedia o Musical a Modern Family, dejando por el camino también a dos comedias más clásicas como The Big Bang TheoryEpisodes. Con todo y con esto, en lo que a número de estatuillas se refiere la serie cómica no ha sido la otra gran protagonista de la gala.

No, la otra producción televisiva que se ha llevado elogios ha sido Game Change, la reproducción de la vida de Sarah Palin durante las elecciones presidenciales de 2008. Con el premio de Mejor Miniserie se convierte, por delante de producciones como The HourHatfields & McCoys (en la que solo fue premiado el fantástico trabajo de Kevin Costner), en la revelación de este año, y a la que habría que sumar el de Mejor Actriz para Julianne Moore (Magnolia) y Mejor Actor Secundario para Eda Harris (Una mente maravillosa).

La verdad es que poco importa al final que los Globos de Oro sean o no la antesala de los Oscar. Lo que sí está claro es que este año los premios han supuesto toda una sorpresa respecto a las previsiones que se tenían, tanto en cine como en televisión, aunque no por ello han sido menos coherentes. De hecho, en medio de ese pequeño revuelo que se ha levantado con Ben Affleck se pueden encontrar otros tantos premios que reflejan una consonancia clara de crítica y público, pues poca gente puede negar que los premiados han sido y son de lo mejor, si no lo mejor, de 2012. Tanto en cine como en televisión.

Ganadores y nominados de los Globos de Oro 2013

‘Homeland’ da un vuelco lógico a su trama en su segunda temporada


El final de la segunda temporada de 'Homeland' destruye la CIA.Si he de ser sincero, la segunda temporada de esa obra de arte que es Homeland me parecía, en su puesta en escena, menos impactante que la primera temporada. No quiero decir con esto que no sea igual de intensa. De hecho, supera con creces el drama, la tensión y los giros dramáticos profundos que tenían los 12 episodios anteriores. Pero sí daba la sensación de que, capítulo tras capítulo, las revelaciones sorprendentes e inesperadas habían desaparecido. Debo entonar un merecido mea culpa por dudar de la capacidad de los creadores de la serie. No solo ha tenido un desarrollo capaz de dejar anonadado al espectador capítulo tras capítulo. Es que con la conclusión de la temporada rompen todos los esquemas habidos y por haber en la dramatización de cualquier historia, situando el punto de giro más importante justo antes de finalizar la trama. Una muestra más de que estamos ante uno de esos productos diferentes, únicos y coherentes que abundan poco en la televisión y el cine.

Puede que lo más destacable de todo el producto sea, precisamente, su coherencia. Al igual que ocurre con otras series como Boardwalk Empire, existe una ausencia total de miedo escénico a la hora de afrontar los caminos por los que transita la historia y el desarrollo emocional de los personajes. Si hay que enfrentar al protagonista a su moral terrorista, se hace, aunque haya que romper con el argumento básico de la serie; si hay que torturar a la agente de la CIA protagonista, pues se la tortura. Y si hay que destruir la CIA para convertir al principal villano de la producción en el buen y acosado militar que debe esconderse en la tercera temporada, pues se hace. Y se hace a lo grande, como todo lo sucedido en este thriller. Es este acontecimiento el final de una temporada brillante, un punto y aparte en la historia que pone patas arriba todo lo acontecido hasta ahora, con una sede de inteligencia tocada de muerte (como puede verse en la imagen) y con nuevos y suculentos sospechosos de terrorismo infiltrado en esta guerra que, con acierto, se describe en estos ya 24 episodios.

Disfrutar de Homeland es disfrutar de una coherencia narrativa que pocas veces se consigue en una producción audiovisual. Porque si los guionistas no tienen reparos en afrontar situaciones complejas desde un punto de vista dramático, muchos menos tienen a la hora de adaptar a los personajes a dichas situaciones, modificando no solo sus puntos de vista, cada vez menos simples (si es que alguna vez lo fueron), sino las relaciones entre ellos. En este sentido, la segunda temporada deja para la posteridad algunos momentos que ocuparán, o deberían ocupar, un puesto relevante en la historia de la televisión. Sin ir más lejos, el interrogatorio al protagonista donde este confiesa, entre lágrimas y una derrota moral apabullante, los planes a futuro del terrorista más buscado de Norteamérica (y que, a falta de Bin Laden, responde al nombre de Abu Nazir). Pero hay mucho más, como el asesinato del Vicepresidente de los Estados Unidos o la ya citada bomba en la CIA.

Todos ellos, hilados con mano firme entre numerosas líneas argumentales secundarias cuya incidencia en la principal es bastante notable, conforman un entramado tan complejo como deleitable, tan intenso como sencillo de atender. En esta dualidad radica el gran atractivo de la serie. Con un tema tan puramente norteamericano como es el ataque en su propio suelo de terroristas islamistas consigue atrapar al espectador en una telaraña de intereses, amenazas y sentimientos encontrados que ni el mejor cine negro podría lograr. Y en esto, por suerte, no solo cuenta con unos guiones impecables.

Los actores, de buenos y malos

Antes mencionaba que esta segunda temporada ha tenido cambios dramáticos en estratos muy profundos. Dichos cambios se han producido, sobre todo, en el ámbito emocional y psicológico de los personajes, tanto en los principales como en los secundarios. Empero, el mayor cambio se ha producido en Nicholas Brody, marine norteamericano convertido a terrorista que interpreta Damian Lewis (Hermanos de sangre) y que, casi por arte de magia, termina convertido en fugitivo, inocente de un atroz crimen que se le imputa por falsas pruebas. Un cambio de 180 grados que, como todo en la vida, tiene su lado oscuro y no es, ni mucho menos, así de simple.

Junto con Carrie Mathison (una Claire Danes menos radical y paranoica), es el personaje más complicado. Su moralidad, como la de cualquier ser humano, no es blanca o negra, sino que está compuesta por una serie de tonalidades grises que lo hacen mucho más cercano a la realidad, más vulnerable y al mismo tiempo más accesible en sus decisiones y sus diatribas. Es gracias a esta falta de prejuicios de los creadores que el espectador puede empatizar con un terrorista, hasta el punto de aceptar sus motivaciones y convertirlo en el bueno de la historia, posición que parece ocupará en la tercera temporada (visto lo visto en estos episodios, la verdad es que nadie puede hacer una apuesta segura).

Incluso las nuevas incorporaciones al elenco, algunas más destacas que otras, poseen un grado de complejidad pocas veces visto. Si hubiese que etiquetar algún aspecto de categoría inferior al resto, ese podría ser el de los terroristas que trabajan para Nazir (sobrio Navid Negahban), delineados con poca o ninguna profundidad dramática, aunque lo cierto es que tampoco existe el tiempo necesario para ello. Por lo demás, la evolución dramática de los secundarios ya conocidos (como la relación de Brody con su familia, cada vez más degradada) y la de los nuevos personajes (sobre todo Peter Quinn, con los rasgos de Rupert Friend) no solo está a la altura de los acontecimientos, sino que demuestran que el mundo creado en la serie tiene vida propia y casi independiente al control de los guionistas.

Esta segunda temporada confirma a Homeland como uno de los mejores productos de los últimos años. Su solidez narrativa y la valentía a la hora de afrontar cambios importantes en su desarrollo dramático la convierten en un producto de obligado visionado y dejan al espectador en una situación total de indefensión. Indefensión entendida como una falta total de previsión de los acontecimientos, lo que obliga a entregarse al devenir natural de lo que vaya a ocurrir. Solo queda, por tanto, maravillarse de los intensos diálogos y las impactantes revelaciones, y esperar la resolución del imprescindible giro dramático final de esta segunda temporada.

‘Homeland’ destrona a ‘Mad Men’ en la 64 edición de los Emmy


Desconozco si en la reciente entrega de los premios Emmy (la edición número 64) han tenido algo que ver la reciente muerte del embajador norteamericano en Libia, las declaraciones del presidente Barack Obama sobre sus gustos televisivos o la sensibilidad a flor de piel, 11 años después, que mantienen los estadounidenses a raíz del 11-S. Lo más probable es que todo eso no sean más que tonterías con las que se especula para poner más morbo a un hecho bastante simple: una magnífica obra como Homeland le ha arrebatado el trono de las series de televisión a otra gran obra de la pequeña pantalla como es Mad Men. La otra gran triunfadora, como viene siendo habitual, fue Modern Family.

Particularmente soy de la opinión de que el terror a otro atentado dentro de las fronteras de Estados Unidos ha tenido mucho que ver en la decisión, pues la forma en la que aborda el terrorismo, el islamismo y el trabajo del espionaje la serie protagonizada por Damian Lewis (Una vida por delante) y Claire Danes (Stardust), ambos ganadores de un premio, es impecable, dejando en cada capítulo, en cada giro argumental, una duda razonable sobre la moralidad de las decisiones del marine converso. Si a esto se suma el otro factor, el de la lucha antiterrorista, se obtiene un producto que explora todos y cada uno de los rincones del sentir norteamericano, desde el miedo a fallar en la defensa del país hasta grupos sociales como el núcleo familiar.

En cierto sentido, es el tratamiento de este núcleo familiar el que ha hecho que la comedia Modern Family sea una de las más reconocidas de los últimos años, y en esta ocasión ha vuelto a demostrar que los próximos proyectos necesitarán de todas sus armas si quieren acabar con el reinado de esta particular familia. Ni siquiera estrenos tan sonados como GirlsVeep han conseguido hacer tambalear el mito de esta serie.

Aunque puede que la mayor sorpresa fuese la de Mejor Serie Dramática, sobre todo si se tienen en cuenta algunas de las candidatas (Boardwalk EmpireBreaking BadJuego de tronos), no han sido menos sorprendentes algunos galardones de actores y actrices. Sin ir más lejos, Jim Parsons, el ya icónico e inolvidable Sheldon Cooper de The Big Bang Theory se quedó sin su tercer Emmy consecutivo como Mejor Actor de Comedia, premio que fue a parar a Jon Cryer por Dos hombres y medio.

La política ha sido, junto a la familia, otro de los temas que más presencia han tenido en los ganadores. La propia Homeland posee una buena carga de crítica y radiografía política, pero no es la única. Una veterana de la comedia como Julia Louise-Dreyfus (serie Seinfield) fue premiada como Mejor Actriz por la ya mencionada Veep, una especie de crónica de la vida de la vicepresidenta de Estados Unidos con un estilo visual y humorístico muy particular de los norteamericanos… tal vez demasiado particular. Por otro lado, Game Change, que relata la vida de Sara Palin durante las elecciones del 2008, se llevó dos premios, uno a Mejor Miniserie o Película, y otro a Mejor Actriz en esta categoría, que fue a las manos de Julianne Moore (Hannibal).

En cualquier caso, esta 64 edición de los Emmy abren la puerta a un cambio en el panorama televisivo, monopolizado en cuestión de premios durante los últimos años. Homeland se convierte así en la punta de lanza de una serie de productos de la pequeña pantalla de una altísima calidad que ven cómo sus posibilidades de ser reconocidos algún día con este galardón crecen notablemente. Lo mejor de todo es que en esta pugna siempre gana el mismo dada la calidad dramática de los candidatos y la sobresaliente factura técnica que están alcanzando las series de televisión. Me refiero, claro está, al espectador.

Relación de candidatos y premiados en la 64 edición de los premios Emmy

El mayor miedo de Estados Unidos toma forma con ‘Homeland’


Que el 11-S ha marcado a los estadounidenses ha sido algo evidente desde que se produjo el atentado. La política internacional ha estado basada, casi en exclusiva, en detener a los islamistas. Pero el cine y la televisión, sobre todo esta última, han tardado algo más en hacerse eco de las consecuencias devastadoras que tuvo la masacre. Y, como era de esperar, no lo han hecho desde un punto de vista político, sino social. Muchas de las ideas, además, dejan entrever la teoría de que detrás de cualquier atentado en suelo norteamericano hay responsables de las altas esferas del país. La reciente Revenge es una muestra de ello, si bien algo velada por las venganzas, los amores y las traiciones personales. El caso de Homeland, uno de los títulos más importantes del 2012, es bien distinto, y aborda de forma más clara ese concepto del traidor oculto entre la sociedad que amenaza la seguridad del país.

De hecho, posiblemente ponga en imágenes uno de los mayores miedos de Estados Unidos, si no el mayor: la conversión a la causa islamista de un soldado que ha jurado defender la bandera de rayas y estrellas, y las sospechas de la CIA acerca de sus verdaderas intenciones cuando, tras ocho años de cautiverio, regresa a casa de forma casi milagrosa. Intrigas, sospechas e informaciones ocultas que poco a poco van saliendo a la luz son las bazas de este tipo de historias, y la serie protagonizada por Claire Danes (Stardust) y Damian Lewis (Hermanos de sangre) no renuncia a ellas, sino todo lo contrario: las explota de forma excepcional haciendo al espectador partícipe de la paranoia de la espía protagonista.

Es este uno de los pilares más sólidos de todos los episodios. Los guionistas estructuran los diversos arcos narrativos de forma harto sutil, controlando en todo momento lo que quieren mostrar para generar una idea falsa o dar pistas sobre la evolución de cada uno de los personajes. Un juego, en definitiva, en el que el espectador entra con la intención de resolverlo antes de verlo en pantalla, pero que nunca llega a conseguirlo por la cantidad de ases escondidos en las mangas de los creadores. Junto a esto, los continuos saltos temporales entre presente y pasado, en lugar de aclarar algunos acontecimientos, generan nuevos giros argumentales tan coherentes como inesperados.

Hemos mencionado antes la paranoia que acosa constantemente al personaje de Danes. Más allá de que la actriz se muestra un tanto sobreactuada en algunos momentos, forzada en buena medida por un personaje extremo al más puro estilo Sarah Lund en Forbrydelsen, la impotencia de ver cómo sus teorías, que comienzan con buen pie, son desbaratadas una vez tras otra, provoca que el espectador realice sus propias elucubraciones sobre posibles villanos infiltrados en las filas de los buenos de la función. Una consecuencia lógica de un trama tan bien armada que encuentra el corazón en una idea imprevisible aunque sencilla vista a posteriori.

Futuros atentados

Estos primeros 12 episodios enfocan constantemente hacia una dirección: un atentado focalizado en una persona aunque con múltiples víctimas y con la venganza personal como sustrato. La resolución de los diversos arcos argumentales, que confluyen en un único escenario dramático, es empero uno de los momentos más perturbadores de la serie, y que abre la puerta a casi tantos interrogantes como los que se plantearon en el espléndido piloto de esta primera temporada.

Era de esperar que el atentado al que se hace referencia durante la trama no se produzca finalmente. Y, curiosamente, no es por motivos ideológicos (aunque existe un pequeño resquicio de que la conversión del soldado no fuera del todo satisfactoria), sino por la familia, ese pilar fundamental de la sociedad norteamericana que en esta ocasión evoluciona desde la ruptura y el desasosiego hasta la unión férrea y el mensaje de que lo más importante es la unidad de este núcleo social. Así y todo, es precisamente este elemento el que provoca una evolución de los acontecimientos más peligrosa si cabe, dejando la puerta abierta a un tipo de terrorismo ideológico con el que no se especulaba desde la lucha contra el comunismo.

Puede que Homeland no cuente con una labor interpretativa de alto nivel (aunque sí hay momentos de auténtico deleite), pero la magnífica definición de personajes, cada uno con la grandeza que otorgan las miserias personales, integrada en una trama con giros argumentales sólidos y bien repartidos, convierten a esta trama de espionaje y terrorismo en uno de los mejores programas de la parrilla televisiva.

Diccineario

Cine y palabras

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