‘True Blood’, contagio y enfermedad en una previsible temporada final


La enfermedad de los vampiros centra la séptima y última temporada de 'True Blood'.He de confesar que, a pesar de haber visto las siete temporadas de True Blood, nunca me he acercado a las novelas de Charlaine Harris que se encuentran en la base de la serie creada por Alan Ball (serie A dos metros bajo tierra). Tal vez debería haberlo hecho para tener una visión más completa de este fenómeno televisivo, pero lo cierto es que la producción es lo suficientemente sólida como para tener entidad propia. Sin embargo, a lo largo de las temporadas ha habido ciertas concesiones al dramatismo adolescente que los guionistas no han sabido, o no han querido, eliminar. La conclusión de esta magnífica serie en su séptima temporada es la guinda de ese pastel dramático que empaña un poco el desarrollo de toda la ficción, aunque no lo hace por los acontecimientos en sí, sino por el enfoque previsible de su desarrollo.

Si algo ha caracterizado a la serie a lo largo de estos años es su capacidad para abordar polémicas sociales. Lo que comenzó siendo una suerte de crítica al racismo, en contra de la homofobia y a favor de la diversidad ha derivado con el paso del tiempo en todo un arte interpretativo de las claves religiosas, fanáticas e incluso neonazis. Como colofón la trama se centra en una enfermedad que solo afecta a los vampiros, una especie de hepatitis que envenena sus cuerpos y sus mentes hasta volverles sádicos animales como paso previo a la verdadera muerte. Planteado en la temporada anterior, el tema podría haber dado mucho juego si se hubiese enfocado con la seriedad de la primera temporada. Sin embargo, lo que comienza siendo una reflexión sobre la actitud ante la muerte de unos seres que se consideran inmortales, poco a poco da paso a un enfoque trágico de la enfermedad, entregándose al más puro drama lacrimógeno en sus dos últimos episodios.

A esto habría que añadir el factor conclusivo de True Blood, que en este caso hace mucha mella en el resultado final. Los guionistas suelen aprovechar las temporadas finales para dejar todas las líneas argumentales cerradas, tratando de dotar de sentido a todos y cada uno de los personajes. Lo que hace Ball y su equipo en esta ocasión, empero, es algo tosco y previsible. Puede que durante los primeros compases de la temporada, sobre todo en ese primer episodio que comienza de forma salvaje y brutal, la confusión sorprenda al espectador, pero a medida que se avanza en los 10 episodios que dura esta última entrega las intenciones de los responsables se intuyen hasta volverse completamente visibles. Que mueran determinados personajes no es sino una de las formas más antiguas de eliminar un obstáculo hacia un fin mayor. Y traer de vuelta a roles como el de Hoyt , al que da vida Jim Parrack (El último deseo), con una novia del brazo puede generar no pocas sospechas, que sin duda se tornarán certezas antes del último fundido a negro.

Pero más allá de su aspecto narrativo, esta séptima y última temporada deja una serie de ideas notables en la mitología vampírica, manteniendo así la sintonía con etapas anteriores. La propia enfermedad, sin ir más lejos, es un caldo de cultivo perfecto para mostrar, por ejemplo, la fragilidad de estos seres que se antojan todopoderosos. Sus febriles recuerdos de su vida humana, sus pesadillas o su “sentimiento humano”, como se menciona en la serie, ofrecen al espectador una reinterpretación de los estados más críticos de una enfermedad grave. Del mismo modo, es la enfermedad la que provoca el frente común entre humanos y vampiros, y es también la responsable de la locura y la intransigencia de los sectores más fanáticos de la sociedad. Todo ello ofrece un marco perfecto que deja una serie de premisas interesantes en el aire que rodea al drama que antes mencionaba.

El final feliz de unos personajes sufridores

Sin duda, lo más chocante de este final de True Blood es el hecho de que todos los personajes, al menos los principales, logran su final feliz tras temporadas y temporadas de dolor, sufrimiento y miedo. La imagen final de los protagonistas sentados a una larga mesa para compartir una comida es buena muestra de que existía la necesidad de dar a los roles de Anna Paquin (El piano) y compañía algo de sosiego en medio de todo este caos. Eso sí, un final feliz que llega después de uno de los momentos más dramáticos de toda la serie, visceral y sangriento tanto visual como conceptualmente, y que aquí no desvelaremos. En general, todos consiguen lo que quieren, aunque algunos lo hacen de una forma más natural que otros.

Entre los primeros están, sin duda, Eric y Pam, los personajes de Alexander Skarsgård (The East) y Kristin Bauer van Straten (Life of the party). Tal vez porque son los mejores personajes de la serie, tal vez porque han sido los que han recibido un trato más sincero a lo largo de las temporadas, el caso es que su evolución a lo largo de estos 10 capítulos es una de las mejores bazas de la temporada. Su obsesiva búsqueda de una cura para la enfermedad y su natural tendencia a dominar a aquellos que tienen más cerca les lleva a convertirse en dueños y señores de un final tan irónico y estremecedor como ellos mismos, y que incluye una Sangre Nueva que bien podría ser la excusa para otra producción. Puede que algunos acontecimientos se precipiten en exceso, pero en líneas generales poseen la mejor línea argumental.

No solo es mejor que otras secundarias, como la que protagonizan Ryan Kwanten (Mystery road), Deborah Ann Woll (Ruby Sparks) y el ya mencionado Parrack, sino que es incluso mejor que el drama que vive la protagonista, cuyo periplo en esta última entrega es incluso más caótico que en etapas anteriores. En efecto, lo que acontece en la trama principal que gira en torno a Paquin es una sucesión de situaciones previsibles que se encaminan a dejar su futuro en perfecta situación de felicidad, aunque para ello deba llorar unas cuantas veces. Hay que incidir aquí en el hecho de que lo visto en pantalla no es, en sí misma, una mala propuesta. El problema surge por la debilidad de su presentación. Más o menos como le ocurre al trío romántico de Kwanten, Ann Woll y Parrack, que puede saborearse casi desde el primer momento en que el último hace acto de presencia de nuevo en la serie tras unas cuantas temporadas alejado.

True Blood termina de forma agridulce. Los intentos de Alan Ball por dotar a la serie de una conclusión madura y seria son loables, y la trágica imagen previa a la dicha absoluta así lo confirma. Del mismo modo, los ecos socioculturales de esa hepatitis vampírica, que pueden identificarse con varias enfermedades reales, dotan al conjunto de ese aire oscuro y sobrio que tan buenos resultados ha dado a esta ficción. Sin embargo, la sensación de estar ante una tragedia romántica en la que los buenos siempre acaban bien y los malos acaban mal nunca desaparece. Que determinados personajes cambien su forma de ser casi por arte de magia es algo que no encaja con el sentido general de la trama. Asimismo, la falta de pulso en el desarrollo de algunas líneas argumentales resta interés a los personajes, que se antojan más como herramientas para el final feliz. Pero como reza el último episodio, ante una serie como esta solo cabe decir: “gracias”.

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‘Underworld’, la definición de un estilo tradicionalmente moderno


Kate Beckinsale es la absoluta protagonista de la saga 'Underworld'.El inminente estreno de Yo, Frankenstein ha devuelto al candelero, aunque solo sea de una forma referencial, una de las películas que poco a poco han adquirido la categoría de culto entre los aficionados al fantástico. Se trata de Underworld, producción del 2003 dirigida por Len Wiseman (Total Recall) que abordaba las mitologías de vampiros y hombres lobo desde un punto de vista bastante novedoso aunque sin perder nunca el respeto por los orígenes y los elementos definitorios de cada una de las criaturas. El resultado obtenido fue lo suficientemente bueno como para dar origen a una saga con altibajos que, en líneas generales, nunca ha logrado estar a la altura del original.

No quiere decir esto que esta primera película de hace más de 10 años sea una obra maestra del género, pero sí debería incluirse entre lo mejor que ha dado el cambio de siglo en lo que a criaturas de la noche se refiere. Y como no podía ser de otro modo, su mejor baza es su argumento y el desarrollo dramático del mismo. Wiseman, auténtico motor de la saga, elaboró una trama que encontraba sus raíces en el pasado, en una lucha ancestral entre dos criaturas surgidas de la sangre de dos hermanos. El conflicto se remonta a la esclavitud que los vampiros ejercen sobre los hombres lobo y la forma en que éstos se liberan a raíz del romance vivido entre un licántropo y una vampiresa al más puro estilo Romeo y Julieta. Esto, unido a un futuro tecnológico con estética punk y a una profecía, genera un marco incomparable para dar rienda suelta a una lucha que se desarrolla, al menos en esta primera entrega, al margen de la Humanidad.

Más allá de que su diseño visual sea más o menos acertado, lo realmente interesante de Underworld reside en un aspecto tan antiguo y utilizado como el amor. Contrariamente a lo que se pueda pensar, la película protagonizada por Kate Beckinsale (Contraband) utiliza la idea del ‘love interest’ como piedra angular de venganzas, traiciones y sacrificios. Y lo hace, además, en las dos tramas principales que se desarrollan de forma paralela a lo largo del film. Nutriéndose una de otra, ambos arcos dramáticos terminan confluyendo en el clímax y en el personaje de Scott Speedman (Todos los días de mi vida), pero tienen la suficiente personalidad como para no ser dependientes. Por supuesto, esto tendría poco sentido sin unos personajes que, aunque algo arquetípicos, funcionan lo suficientemente bien como para hacer que la acción avance sin complicarla demasiado, permitiendo a las secuencias de acción desarrollarse plenamente.

Éste es el otro pilar fundamental de la obra. Ya sea por las limitaciones de presupuesto con las que contó, ya sea por la novedad que supuso su estreno, el caso es que el film presenta una acción víctima de su época (cámaras lentas, efectos digitales más que evidentes, …) con notables momentos algo más, digamos, a la antigua usanza. A diferencia de muchas de sus secuelas, en las que la historia se limita a ser un vehículo para la acción (sí, narra un aspecto del mundo creado, pero su relevancia es mínima), esta entrega original equilibra perfectamente ese cierto aire tradicional de las criaturas con las técnicas más modernas. Y no solo en lo referente a narrativa visual o efectos especiales. Ese mundo futuro en el que ambas razas libran una guerra posee un diseño interesante y sencillo que combina sabiamente conceptos tan modernos como las armas de fuego y las municiones utilizadas con conceptos largamente utilizados en la mitología popular (la plata, la luz solar, la sangre, etc.).

Una noche muy americana

Puede que lo más llamativo, que al mismo tiempo es una de las señas de identidad de la saga, sean esos vestuarios de cuero negro que definen a los personajes, sobre todo a los vampiros. Víctimas igualmente de su época (a nadie se le escapan las influencias de Matrix), posiblemente sea este elemento que más desentona en lo que respecta a la definición de los personajes, si bien no se puede negar que unido al diseño de los escenarios y a la tecnología de las armas conforma un todo orgánico que ha sabido erigirse como un estilo propio.

Aunque si algo destaca, y mucho, en Underworld es el uso deliberado de lo que se conoce como “noche americana”, o mejor dicho de la iluminación azulada para representar la noche en la que se mueven los personajes la mayor parte del tiempo. Por supuesto, no todo el film utiliza esta paleta cromática, pero su predominancia genera en el espectador la idea de estar ante una historia oscura (cuando lo cierto es que no deja de ser una aventura de acción). El hecho de que Wiseman optará por esta estética en un film de estas características aporta al conjunto un sentido único: la identificación con los personajes. Más allá de idilios románticos, más allá de traiciones o de figuras paternales ante las que nos rebelamos, la película encuentra uno de los mejores puntos de conexión con el público en esa tónica azulada que lo impregna todo.

Puede que los espectadores no lo aprecien de forma consciente, pero los elementos comunes que se revelan a lo largo de la trama generan una red de conexiones que les permiten introducirse en un mundo del que el ser humano no tiene noticias. El hecho de que la protagonista tenga los ojos de un azul tan irreal genera la idea de estar ante una historia vista a través de la mirada de un vampiro, lo que a la larga instala la sensación de formar parte de ese mundo. De este modo, el film utiliza su fotografía para explorar de forma paralela a la acción el mundo en el que todo se enmarca, ayudando a su vez a definir un marco narrativo único que se ha mantenido a lo largo de todas las películas.

Como decía al inicio, Underworld no es una obra maestra. Tal vez adquiera la categoría de clásico dentro del género con el paso de los años, pero en ningún caso debería compararse con grandes títulos protagonizados por ambas criaturas. Esto no implica que no puedan valorarse sus virtudes, principalmente su capacidad para crear un mundo nuevo y una estética única. Todo ello sin perder nunca la esencia de sus personajes (sus fortalezas y debilidades nacidas de siglos de mitología) y utilizando unas temáticas tan clásicas como eficaces. La mejor prueba de su relevancia no son tanto las secuelas a las que dio lugar como las numerosas obras que han seguido su estela. Y eso es algo que no todas las obras, sean mejores o peores, consiguen.

La crítica al racismo y la xenofobia regresan en la 6ª T de ‘True Blood’


Anna Paquin deberá enfrentarse a nuevos enemigos en la sexta temporada de 'True Blood'.Cuando la sexta temporada de True Blood empezó a emitirse ya hubo voces que aseguraban un retorno a los orígenes de la serie. Tras finalizar hace unos días los 10 episodios que componen esta última entrega hay que rendirse a la evidencia. La serie ha retomado ese espíritu, es cierto, y lo ha hecho de una forma que solo Alan Ball (serie A dos metros bajo tierra), su creador, podía permitirse: llevando a los personajes y las tramas por unos senderos surrealistas para exponer sus propias debilidades a la luz del sol, devolviendo a cada uno de los protagonistas a un estado similar al inicial y permitiendo, por tanto, una puesta a punto de algunas relaciones deformadas por el paso del tiempo.

En esta ocasión, la trama retoma exactamente el momento con el que concluía la quinta temporada, desvelando la nueva naturaleza de Bill Compton (Stephen Moyer), la influencia de la muerte de los padres de la protagonista en su futuro más inmediato y la presencia de una nueva criatura, un hada vampiro que posee lo mejor de ambos mundos. Pero lo verdaderamente relevante es la presencia de un nuevo villano casi más aterrador que el ya mítico vampiro Russell Edgington (Denis O’Hare). Y lo es porque proviene del mundo de los humanos, y porque lo que propone es una especie de campo de concentración para desarrollar un virus capaz de matar vampiros.

Analizado en conjunto, el mencionado retorno a los orígenes de la serie no estriba tanto en la destacada presencia de vampiros (el resto de criaturas prácticamente desaparecen de la trama, incluyendo secundarios de peso) como en el aspecto social a tratar. Siendo sinceros, la serie se ha desviado en muchas ocasiones por derroteros puramente comerciales, dejando de lado el reflejo de las miserias sociales que tanto definieron la primera temporada. Con estos nuevos capítulos la producción vuelve a denunciar, siempre a su modo, algunos de los aspectos más oscuros del ser humano, retrocediendo unos años en la Historia. Concretamente, hasta la época de la II Guerra Mundial. La presencia de ese villano que busca conocer mejor a su enemigo y la imponente construcción en la que se experimenta con los vampiros es una clara versión moderna de los campos de exterminio.

Y en este caso, al igual que entonces, se argumenta una supuesta lucha contra un enemigo que en el fondo no lo es tanto única y exclusivamente para tener la excusa perfecta de su aniquilamiento. Esta potente premisa en torno a la cual gira buena parte del desarrollo dramático de la temporada otorga al conjunto una solidez que hacía mucho no tenía la producción, si bien es cierto que la combinación de esta línea principal con las secundarias (más débiles en esta ocasión) ha dado lugar a una situación bastante poco creíble incluso en una serie como esta, pero que por fortuna se ha resuelto con inteligencia, originalidad y bastante sentido del humor. Me refiero al hecho de que los vampiros puedan caminar bajo la luz del sol por beber la sangre de ese hada vampiro y su posterior forma de devolverlos a su naturaleza original, aparente muerte del personaje de Alexander Skarsgård (Melancolía) incluida.

Una debilidad secundaria

La trama principal de True Blood en esta sexta temporada ha provocado altas y bajas en el bando vampírico, incluyendo alguna con una carga crítica bastante relevante, como la transformación en vampiro de la hija del villano, en lo que es una muestra más de lo absurdo que resulta el racismo o la xenofobia, sobre todo en un mundo donde nada es blanco o negro, humano o vampiro, bueno o malo. Habría que hacer mención especial también a la evolución de los dos vampiros principales. Ambos vuelven a sus orígenes, en efecto, pero las formas de hacerlo son muy distintas. Mientras el personaje de Skarsgård se mueve por la venganza para volver a ser ese vampiro despiadado y sanguinario (su momento en el búnker de vampiros es uno de los momentos más salvajes de la serie), lo del vampiro Bill resulta un poco débil.

Hay que recordar que al final de la temporada anterior este personaje resucitaba convertido en lo que parecía una especie de dios. Su evolución sigue esa senda, pero la propia naturaleza de este nuevo personaje, este Blilith, como le llaman en algún momento de la serie, lo convierte en inservible. Y me explico. El hecho de que un personaje protagonista posea todo tipo de poderes y ninguna debilidad termina por destruir las posibilidades narrativas del resto de personajes, tanto humanos como vampiros. Es por eso que era necesario terminar con su forma divina. El problema es que la forma de hacerlo ha sido, por así decirlo, un tanto cristiana: su sacrificio para que el resto de su especie pueda vivir, en un plano que parece una macabra representación de Cristo en la cruz, lo devuelve a su estado natural, buscando desde entonces redimir sus actos previos.

En cualquier caso, el verdadero punto débil de esta temporada han sido las tramas secundarias y la forma de afrontar los conflictos de los personajes menos relevantes. Más allá de la muerte de uno de ellos, que supone un cierto punto de inflexión en el futuro desarrollo de la serie, el resto de nudos argumentales no aportan nada, o casi nada, al desarrollo de la serie. Todo lo relacionado con los hombres lobo y los cambiantes queda aquí aparcado, pero como los personajes no pueden desaparecer se les sitúa en medio de una historia un tanto peregrina. Desconozco si esto ha sido por influencia de los libros en los que se basa o por falta de ideas, pero su inclusión deja que desear. Sobre todo porque son historias autoconclusivas que no llevan a ninguna parte, salvo tal vez a encontrar una justificación para ese pequeño epílogo final del episodio 10 en el que, a ritmo de ‘Radioactive’ del grupo musical Imagine Dragons, se ofrece el futuro más inmediato de la séptima temporada: ahora hay vampiros sanos y vampiros infectados con el virus desarrollado en ese campo de concentración, estos últimos mucho más peligrosos y sanguinarios.

Personalmente, esta sexta temporada de True Blood creo que está entre las mejores de toda la producción, principalmente porque retoman el conflicto original entre humanos y vampiros desde un punto de vista racial. El hecho de que las historias secundarias resulten algo flojas respecto al resto no debería ser un impedimento para disfrutar de estos 10 capítulos. Además, el futuro de los personajes se antoja muy interesante con esa nueva plaga de vampiros infectados y la situación social de cada uno de los personajes, alguna realmente novedosa. Y aviso para navegantes: aquellos que crean que el vampiro de Skarsgård ha muerto, una frase de Brian Buckner (Friends), showrunner de la serie: “No voy a sacar a Alexander Skarsgård de los salones de la gente”.

‘Crepúsculo’, el inicio del amor adolescente y el final del vampiro


Kristen Stewart y Robert Pattinson en 'Crepúsculo'.El personaje del vampiro es y ha sido siempre un icono del romanticismo, desde que Bram Stoker escribiera Drácula. Por supuesto, a lo largo de las décadas ha evolucionado, eliminando algunos estereotipos y perdiendo, en determinadas ocasiones, ese carácter romántico y maldito. Pero de todas las aproximaciones a este icono de la cultura puede que la más extraña sea la de Stephenie Meyer, autora de la saga Crepúsculo en cuyo primer volumen se basa, precisamente, Crepúsculo (2008). Si por algo será recordada la película es por iniciar una moda de cine juvenil que ofrece no solo unos estereotipos algo anticuados sobre las relaciones amorosas y sexuales, sino por destruir por completo la imagen de las criaturas fantásticas que han poblado la imaginación del ser humano desde joven.

En el caso de esta película, los vampiros dejan de ser esas criaturas temibles y a la vez fascinantes para convertirse en una especie de familia que evita por todos los medios destacar sobre el resto. Hasta que la protagonista se fija y se obsesiona con uno de ellos. Es entonces cuando el espectador/lector descubre que, si bien es cierto que se alimentan de sangre, no poseen colmillos, y tienen una fuerza y una velocidad sobrehumanas, amén de una piel que brilla como el diamante cuando se expone al sol (de ahí que lo eviten, si es que tiene eso algún sentido). El film, en sí mismo, no deja de ser una historia de amor imposible en la que las diferencias quedan apartadas por un sentimiento que finalmente rompe todas las barreras posibles.

Similar en el fondo a lo que ocurre en Hermosas criaturas, esta primera entrega dirigida con excesiva parsimonia por Catherine Hardwicke (Los amos de Dogtown) peca de numerosos errores en guión, dirección y, sobre todo, reparto. Si bien la historia en general es aceptable, pues toma no pocos elementos de otras tramas anteriores, el hecho de que el concepto que prime por encima de todo sea el amor incondicional termina por desmembrar cualquier atisbo de coherencia. A lo largo del relato no existen verdaderos conflictos más allá de las amenazas externas que parecen perseguir a la protagonista. En ningún momento existen dudas personales o verdaderos cambios de orientación en la línea argumental, creando un relato plano, por momentos aburrido en su reiteración de los problemas amorosos de dos jóvenes.

Pero a esto se suma, por desgracia, la débil visión de la directora, cuya puesta en imágenes, con un montaje excesivamente encorsetado y una estética visual tan gris como su planificación, pone el foco en los fallos y oculta los pocos aciertos que tiene el film. Claro que el principal problema es que esos fallos residen en la elección del elenco principal, Kristen Stewart (Jumper) y Robert Pattinson (Little ashes). La primera todavía tiene que demostrar al gran público, y no solo a los fans, que es actriz, pues su inexpresividad alcanza cotas pocas veces vistas en una pantalla de cine; el segundo, simplemente, resulta sobreactuado en su papel de galán atormentado, algo sin duda provocado por la falta de trabajo por parte de Hardwicke.

Un mensaje ultraconservador

Aunque lo más llamativo del film es el subtexto que emana de todos y cada uno de los diálogos. No es ningún misterio que Meyer, autora de todo este mundo, es mormona, lo que se traduce en un conservadurismo y puritanismo extremo. Trasladado al mundo vampírico de Crepúsculo obtenemos a unos seres irracionales cuya sed de sangre ante un ser humano que les atrae pocas o ninguna vez puede ser controlada… salvo si hay amor de por medio. Son, por así decirlo, unos seres atractivos por su belleza pero que esconden una bestia en su interior capaz de acabar con la vida. Y qué curioso que sea el protagonista masculino el que cargue sobre sus espaldas con este rol.

Por contra, la joven protagonista se muestra sumisa y, lo más preocupante, deseosa de adentrarse en ese mundo tan intrigante como peligroso. Es él el que lleva la batuta en la relación, marcando los tiempos de todos los aspectos, incluso de la relación sexual, reservada hasta después del matrimonio por miedo a no poder controlar su propia fuerza. Unos conceptos, en fin, que sitúan a la mujer varios años por detrás del hombre y desdibujan a una criatura como el vampiro que queda relegada, en esta ocasión, a mero espejo de lo que se considera al hombre y el peligro que representa para la mujer.

Crepúsculo posee demasiados elementos en su contra como para ser considerada una buena película. Esto no implica, por supuesto, que no atraiga a una legión de seguidores. Sin embargo, el trabajo técnico y artístico es flojo, principalmente por una falta de liderazgo lo suficientemente sólido como para saber que una novela no puede ser llevada de forma literal a una pantalla de cine. Al menos, la mayor parte de las veces. El texto audiovisual es muy diferente al literario, y mientras que en una novela se hacen determinadas concesiones, una película no puede dar vueltas siempre sobre un mismo concepto sin avanzar a través de la resolución de verdaderos conflictos.

La religión y el fanatismo, pilares de la sangrienta 5ª T de ‘True Blood’


Stephen Moyer, en la última escena de la quinta temporada de 'True Blood'.Han pasado cinco temporadas, pero aquel primer capítulo en el que los seguidores de True Blood descubrían a una joven capaz de leer la mente que se enamoraba de un vampiro después de que estos se dieran a conocer parece muy, muy lejano. Tanto, que ahora se antoja hasta inocente. Desde entonces no solo han evolucionado los personajes principales, algunos de forma harto vertiginosa, sino que el mundo de humanos y vampiros se ha complicado hasta límites insospechados. Demonios, fantasmas, hombres lobo, hombres pantera, cambiantes, hadas, … La verdad es que pocas criaturas quedan por explorar ya en esta adaptación de las novelas de Charlaine Harris escrita por Alan Ball (American Beauty). Con todo, no es eso lo más llamativo de esta quinta temporada sino, una vez más, el trasfondo de crítica social que se realiza a través de la ciencia ficción, la violencia y la sangre, sobre todo la sangre.

En cierto modo, el desarrollo dramático de esta quinta temporada es muy coherente con lo acontecido en años anteriores. Si durante los capítulos previos se han abordado temas como la intolerancia religiosa, el racismo, la lucha de clases o, incluso, la paternidad no deseada (al modo vampírico, claro está), en estos nuevos 12 episodios tocaba afrontar tal vez uno de los aspectos sociales más polémicos de la historia: la interpretación religiosa del mundo. Y si el espectador ya conocía más o menos como funcionaba el mundo de estos muertos en vida (con sus áreas, zonas, shérifs, reyes y autoridades), ahora descubre con cierto regocijo que poseen algo que les acerca a su pasada humanidad: el conflicto religioso entre los creyentes en un ser creado a imagen y semejanza de Dios (quien, por cierto, es vampiro también), llamados “sanguinistas”, y aquellos que abogan por unificar a los seres humanos y a los chupasangre bajo un parapeto de igualdad y tolerancia.

Un conflicto, como decimos, tan humano que puede hacer pensar en estar viendo más un estudio sobre las interpretaciones tan opuestas de un mismo concepto que una serie sobre vampiros y otras criaturas sobrenaturales. Esto, claro está, ocurre solo en los instantes, pocos la verdad, en los que la sangre y la brutalidad no hacen acto de presencia. Sería injusto no reconocer a True Blood el carácter transgresor, ya desde sus impecables títulos iniciales (que tras todas estas temporadas no han cambiado), pero igual de injusto es no aceptar que esta última temporada es, de lejos, la más violenta de las cinco. Baste como ejemplo el final de la temporada, con un Bill Compton (de nuevo el taciturno Stephen Moyer) resurgiendo de un charco de sangre y dispuesto a matar a todo lo que se le ponga por delante, como podéis ver en la imagen.

Una evolución exigente

No cabe duda de que la serie protagonizada por Anna Paquin (Una historia de Brooklyn), quien en esta ocasión parece ceder algo de protagonismo en favor del desarrollo de los personajes vampíricos, está teniendo un crecimiento casi tan extraño como su propia temática. Con la aparición de nuevos personajes y de nuevas criaturas, así como con el descubrimiento de nuevos secretos, el espectador se sumerge cada vez más en un mundo incomprensible si no se accede a él con la mente total y absolutamente abierta. Los prejuicios deben quedar en otra habitación antes de ver siquiera el primer plano. De lo contrario, el producto tiende a generar algo de rechazo, tanto por su violento contenido como por los saltos narrativos entre capítulos que generan algo de confusión.

¿Cuál es el resultado de todo esto? Simplemente, la sensación de estar asistiendo a un espectáculo esperpéntico, a medio camino entre la comedia y el drama, entre el terror y el gore, que puede desenganchar a aquellos menos fieles. Esto no implica que la serie esté reduciendo su calidad, ni mucho menos. La factura técnica ha mejorado notablemente gracias a esa incorporación de nuevas criaturas. Los actores, por su parte, afrontan en esta quinta temporada unos cambios de registro realmente complejos con una naturalidad difícilmente igualable (sobre todo Moyer y Alexander Skarsgård). Y las diferentes tramas secundarias están, en general, resueltas de forma sólida. Todo ello convierte a esta, por ahora, última temporada en una digna sucesora de las anteriores entregas. Y aunque puede no llegar en su desarrollo al nivel que alcanzaron otras temporadas, su abrupto e inesperado final deja la puerta abierta a un desarrollo totalmente diferente en el que el protagonista principal, el “bueno” de la película, tiene todas las papeletas para haberse convertido en el próximo villano a derrotar, por no hablar de los cambios en personajes tan relevantes como el de Tara (Rutina Wesley), quien afronta una nueva naturaleza.

Como contrapunto a este aspecto sangriento, Alan Ball ironiza acertadamente con el aspecto religioso del conjunto, considerando a Salomé (sí, aquella que pidió la cabeza de Juan Bautista) como una antigua vampiresa, a Jesucristo como un hippie, o la visión de Dios como el efecto de ingerir una droga, en este caso sangre vampírica. Incluso pone sobre la mesa la existencia de una Biblia vampírica que alienta a los vampiros a alimentarse de forma descontrolada de los humanos. Son estos, y algunos otros aspectos, los que confieren al final ese grado humorístico que ayuda a digerir los numerosos frentes abiertos que se crean, y algunos de los cuales seguirán así en la sexta temporada.

De este modo, True Blood es, en su quinta temporada, todo un festín para los fans del fantástico en general y de la serie en concreto, pero también supone una reflexión irónica y mordaz de unos conflictos religiosos que, como se deja entrever a lo largo de sus capítulos, resulta inofensiva y hasta ridícula hasta que el fanatismo toma el control, desbocándose hacia una guerra abierta que solo trae locura y muerte. Dos conceptos, por cierto, que parecen sentar las bases de la trama de la próxima entrega.

Títulos conocidos, pequeñas joyas por descubrir y evolución en el ‘Cine de terror contemporáneo’


“No hay género cinematográfico más despreciado por la crítica “oficial” y, sin embargo, que haya obtenido más aceptación popular, que el cine de terror moderno”. La frase no pertenece a ningún director del género, sino a un crítico de cine. Sobre esta idea, el periodista Pedro J. Berruezo realiza todo un estudio de la evolución cinematográfica de un género tan particular que ha estado presente en las pantallas desde comienzos del cine. Bajo el título Cine de terror contemporáneo, el autor repasa de forma más o menos profunda (el libro posee poco más de 140 páginas) todos los mitos, personajes y elementos claves que han marcado el cine de terror desde finales de los años 70 hasta los años 90 del siglo pasado.

Editado en 2001 por La Factoría, el libro reparte en tres capítulos los diferentes aspectos del terror, centrando el primero en temas como las posesiones o los psycho killers, el segundo en la revisión que se hizo en esos años de los principales mitos del cine (vampiros, hombres lobo, zombies, …) y dejando para el último algunos títulos emblemáticos producidos fuera de las fronteras de Estados Unidos. Recopilar aquí todos los títulos sería tarea hercúlea, pero sí es relevante señalar que, más allá de ofrecer una visión completa del panorama cinematográfico previo al actual torture pornhomemade que parece reinar en las carteleras de principios del siglo XXI, permite descubrir a los seguidores del género muchas películas menores tal vez desconocidas pero igualmente interesantes.

Con una intención claramente evolutiva del género, Berruezo aborda cómo los diferentes títulos han ido influyendo de una manera u otra en las propuestas posteriores, introduciendo el contexto social en el que se realizan y los motivos por los que personajes como Freddy, Jason Voorhes o Michael Myers han pasado a ser mitos del género y a poseer su propia saga de películas que, en la primera década de este siglo, se han visto revisionadas hacia el slasher más violento.

Películas menores

Pero junto a títulos tan conocidos como La matanza de TexasDrácula de Bram StokerPosesión InfernalLa noche de los muertos vivientes se esconden en las líneas de este texto innumerables referencias a películas menos conocidas. Algunas de ellas piden a gritos una revisión y un redescubrimiento; otras sólo completan el panorama con una propuesta más bien casposa y de muy mala calidad que, sin embargo, pueden hacer las delicias de los seguidores más fieles.

De hecho, uno de los títulos que este libro me permitió descubrir fue Demons (1985), una especie de homenaje italiano de Posesión Infernal (1981) dirigido por Lamberto Bava (Crímenes en portada)  y con Dario Argento (Suspiria) como guionista y productor. La cinta aborda una posesión demoníaca que, poco a poco, va haciéndose con todos los espectadores de un cine (y de medio mundo) a raíz de la película que proyectan. Al igual que la película de Sam Raimi (Spiderman), utiliza todos los medios a su alcance para ofrecer un espectáculo violento, desagradable y provocativo en una reflexión metalingüística en la que muchos han querido ver un aviso de la influencia del cine de terror en la sociedad.

Algo similar a lo que ocurrió a raíz del estreno en los 90 de Scream (1996), de Wes Craven (Pesadilla en Elm Street), que también utilizaba el cine dentro del cine. Pero volvamos a los títulos menores más interesantes. Centrándonos en los vampiros, destacan Lifeforce (1985), de Tobe Hooper (La matanza de Texas), todo un espectáculo para los amantes de este cine en el que se mezclan murciélagos gigantes, destrucción masiva y unos chupasangre de lo más curioso: en lugar de conseguir la vitalidad a través de la sangre, lo hacen a través de besos, aunque el resultado es incluso más desagradable que el de un mordisco.

Concluiremos este repaso señalando un último título que es algo más conocido, pero en cualquier caso imprescindible. Hablamos de Reanimator (1985), dirigida por Stuart Gordon (Fortaleza infernal) y basada en el relato de H. P. Lovecraft, Herbert West, reanimador. La película, que dio pie a dos secuelas (a cada cual más gore e infame), resulta no sólo una gran adaptación de la obra literaria, sino que se revela como un relato con entidad propia, generando una sensación de malestar que no llega a convertirse en terror gracias a sus elementos cómicos, muchos de ellos aportados por el protagonista, el actor Jeffrey Combs (Agárrame esos fantasmas), que se convirtió con este papel en todo un mito del género. Pero el film incluye también la reflexión que ya se hacía Lovecraft sobre los límites de la ciencia y hasta dónde está dispuesto a llegar el ser humano por alcanzar el máximo conocimiento.

Una reflexión que, al igual que muchas otras incluidas en el libro de Berruezo, pocas veces se toma en serio por el género en el que se plantean, dominado por las vísceras, el miedo y la fantasía. Sin embargo, Cine de terror contemporáneo las pone sobre la mesa, logrando no sólo una obra para los fans más acérrimos, sino un estudio sobre lo que ha significado el terror a finales del siglo XX y lo que le diferencia de las propuestas anteriores. Incluso, y aunque no haya sido premeditado, permite comprender el porqué de muchas obras actuales.

Diccineario

Cine y palabras

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