6ª T. de ‘The americans’, un final impecable para una serie sólida


Hay teorías narrativas que hablan de cinco temporadas como la duración perfecta de una serie. Personalmente creo que la clave está en encontrar los tiempos y plazos necesarios para contar lo que se quiere contar. De ahí que sea tan complicado lograr que una producción funcione, pues es difícil hallar el equilibrio y, por supuesto, es aún más difícil no alargar innecesariamente una historia cuando está tiene éxito. Por eso ficciones como The americans son tan necesarias como raras de encontrar. Su sexta y última temporada es la confirmación de que ha sido una serie sólida, compleja, atractiva, que ha sabido casi siempre hallar un ritmo coherente y, ante todo, ha tenido el final perfecto para la historia narrada. ¿Se puede pedir más?

Tal vez sí, pero no se puede pedir mucho más. Los 10 episodios de esta temporada final son una carrera contrarreloj creada con maestría por Joseph Weisberg y su equipo. Y hablo de maestría porque, después de los acontecimientos vividos en las anteriores etapas, esta temporada viene a ser una conclusión evidente y lógica de lo vivido con antelación, tanto en lo personal como en lo profesional. La trama viene a mostrar la decadencia de un sistema en franco retroceso, incapaz de asumir, al menos por algunos de sus miembros, que los tiempos han cambiado, que se buscan y se necesitan otras cosas. En este sentido es sencillamente espléndida la relación entre los roles de Keri Russell (El amanecer del planeta de los simios) y Matthew Rhys (Los archivos del Pentágono), la primera representando esa reticencia y el segundo esa mentalidad cambiada.

Aunque sin duda, lo que mejor resuelve The americans es la incógnita planteada desde el primer episodio, es decir, la amistad entre los espías soviéticos y el agente del FBI al que da vida Noah Emmerich (La venganza de Jane). Durante las cinco temporadas anteriores ha podido haber momentos en que la tensión entre ellos, ese tira y afloja sobre el que se ha construido buena parte de la tensión dramática de la serie, ha podido parecer excesivamente teatralizada (de ahí ese pequeño margen de mejora que antes mencionaba). Sin embargo, ha funcionado lo suficientemente bien como para que el dramatismo en esta última tanda de capítulos alcance cotas sencillamente brillantes. Más allá del modo en que el rol de Emmerich (por cierto, sobresaliente en su interpretación) empieza a sospechar de sus amigos y vecinos, lo realmente aplaudible es la escena en el garaje, ese cara a cara resuelto con pausa y sobriedad, manejando de forma ejemplar los tiempos y las emociones, buena muestra de una definición de personajes tan magistral que debería de ser estudiada en las escuelas de guión. Esa escena convertiría a muchas series mediocres en producciones a tener en cuenta. En esta lo que logra es un hito dramático tan solo igualado por lo sucedido a continuación.

Pero antes de llegar ahí es conveniente analizar el pormenor de este diálogo. Su fuerza no reside tanto en el modo en que se desarrolla, que también, como en los hechos de los episodios anteriores. Este clímax es en realidad la cumbre de una escalada dramática y de tensión construida primero sobre las sospechas de uno, segundo sobre ciertos diálogos velados entre los implicados, y por último sobre la amistad construida durante estos años. Así, se llega a un final en el que el espectador es capaz de identificarse con todos los implicados en esa escena. Con todos. Habrá más de uno (y me incluyo entre ellos) que discuta sobre la decisión final adoptada, y es esa discusión la que hace grande esta escena, pues implica que las dudas de los personajes son las mismas que tiene el espectador. Y lograr eso es sumamente difícil.

Un buen final no es un final feliz

Pero si por algo será recordada The americans es por no ser una serie edulcorada, en la que a los protagonistas todo les sale bien simplemente porque son los protagonistas. A lo largo de estas temporadas han tenido que afrontar todo tipo de desafíos, algunos resueltos con más pericia que otros, y en bastantes generando casi más problemas que soluciones. Esta dinámica ha permitido, por otro lado, que la tensión dramática haya ido en aumento. Y esta misma idea es la que ha predominado sobre uno de los mejores finales de serie de televisión de los últimos años.

La serie creada por Weisberg lleva hasta el extremo la teoría de que un buen final no tiene que ser un final feliz, sino el final que merecen sus personajes. Y lo cierto es que esta ficción podría haber tenido una amplia gama de finales, desde el más edulcorado (familia feliz se salva de ser detenida) hasta el más infeliz (los espías mueren). Pero lo que se ha optado es por el realismo más duro posible. Dos personajes que llegaron a Estados Unidos para espiar y robar secretos, que crearon una familia como tapadera y que terminan siendo perseguidos. ¿Cuál podría ser el mayor castigo? Visto el desarrollo dramático de la serie, los minutos finales de esta sexta temporada son sencillamente magistrales. Sin desvelar demasiado, tan solo decir que el manejo de los tiempos en ese tren con destino a la salvación es de una maestría difícilmente superable. El carrusel de emociones que provoca es tal que más de un espectador puede soltar una lágrima. Y todo ello sin derramarse una gota de sangre.

Al final, la conclusión de esta serie no deja de ser un reflejo de lo visto a lo largo de estos años. Con tres episodios menos que en temporadas anteriores, la trama deja de lado historias secundarias que habían lastrado un poco el desarrollo dramático para centrarse de lleno en los protagonistas, ahondando en sus dudas y miedos internos, en sus conflictos familiares y, por último y más importante, en el delicado equilibrio en el que viven. Es cierto que ha habido margen de mejora. La historia de la hija interpretada por Holly Taylor (The otherworld) se ha desarrollado de un modo algo irregular. Y el rol del hijo al que da vida Keidrich Sellati (Rockaway) sencillamente ha quedado como algo residual, si bien se le ha sabido sacar provecho en el tercio final de esta temporada. Y algunos secundarios habrían merecido algo más de peso específico en la trama, sobre todo a la hora de solucionar sus arcos dramáticos, como es el caso del papel de Costa Ronin (The midnighters), actor que por cierto debería de empezar a tener más presencia en la pequeña y la gran pantalla.

Pero a pesar de sus pequeñas irregularidades, The americans ha sido una de las mejores producciones de los últimos años. Fría, calculada, sobria y tensa, la sexta y última temporada es el ejemplo perfecto de lo que debería ser un final. Construido sin prisa pero sin pausa en una duración menor que en etapas anteriores, el argumento se centra finalmente en lo que parecía que podría haber sido toda la serie: la lucha entre el agente del FBI y los espías rusos. Pero lo hace sabiendo todo el bagaje dramático que lleva a cuestas, lo que aporta un plus de dramatismo al ya de por sí dramático desarrollo. Y los minutos finales del último episodio son, sencillamente, ejemplares. Se podría pedir más, en efecto, pero poco se puede echar en cara a una serie que ha sabido moverse dentro de sus límites, ha sabido construir unos personajes sólidos y complejos, y ante todo ha hecho de la contención dramática un arma con la que golpear de forma impecable en su clímax. En definitiva, tiene todo lo que cualquier drama podría desear.

Anuncios

5ª T. de ‘The americans’, o el principio del fin de la Guerra Fría


Con sus altibajos, The americans es posiblemente uno de los thrillers dramáticos más interesantes de la televisión. Esta ficción creada por Joseph Weisberg ha sido capaz de aunar en un difícil equilibrio el espionaje de la Guerra Fría, los conflictos familiares y las diatribas morales y personales de los protagonistas. Ahora, en su quinta temporada, todo parece estar a punto de terminar, sin duda un indicio de que la serie llega a su fin. Estos 13 episodios son la mejor prueba de que la serie funciona mejor cuando sus diferentes tramas se vertebran entre sí para crear un todo uniforme, pero también evidencian las dudas cada vez mayores que surgían en uno y otro bando de la Guerra Fría.

Una Guerra Fría que, al menos para la pareja protagonista, parece comenzar un declive que terminará en la próxima temporada. En realidad, esta sensación de decadencia se ha dejado notar a lo largo de las anteriores temporadas, si bien es cierto que solo a través de dudas morales de corto recorrido. Sin embargo, esta temporada, centrada sobremanera en el personaje al que da vida Matthew Rhys (Doble vida), ahonda en dichas dudas extendiendo el tratamiento dramático a prácticamente todos los personajes. Y lo hace de un modo que, aunque sencillo, requiere una elaboración a fuego lento a lo largo de todas las temporadas. Los personajes tienden en estos momentos a anteponer a las personas antes que a la ideología, un concepto que no se aprecia en los comienzos de la serie y que ahora tiene un peso más que importante.

La mejor prueba de esto es el trabajo con una familia procedente de Rusia a la que espían. Lo que comienza como una colaboración idónea entre dos sistemas de espionaje evoluciona poco a poco hacia una confrontación de ideas, no tanto sistemáticas como personales. El modo en que los personajes implicados en este arco dramático afrontan lo que tienen que hacer es sumamente revelador, toda vez que la pareja protagonista defiende una labor más humana y el tercer personaje en discordia aboga por un acatamiento completo de las órdenes, poniendo la misión por encima de cualquier otra variable. Y no es el único caso. De hecho, todas las decisiones que se toman tienen como base esa dualidad generadora de conflicto que es lo humano frente al conflicto. Posiblemente la línea argumental que mejor evidencia esta evolución sea la que involucra tanto la relación de los protagonistas con el agente del FBI al que da vida Noah Emmerich (La venganza de Jane) como las relaciones románticas que tienen que mantener con otros objetivos. El grado de intimidad que se aprecia en estos aspectos de la trama choca frontalmente con lo que pudo verse en la primera o la segunda temporadas, demostrando la madurez de un producto que ha sabido evolucionar de forma coherente.

Por supuesto, el otro gran elemento de la historia es la integración de Paige, la hija interpretada por Holly Taylor (The otherworld). Integración que ya comenzó en la anterior temporada y que ahora da sus primeros pasos firmes hacia… bueno, en realidad ese es uno de los grandes aciertos de The Americans. Porque, aunque se puede intuir cuál es el futuro de este rol, en realidad su tratamiento está siendo sumamente cauto, sin dejar pistas en ningún sentido, y centrándose exclusivamente en el modo en que una adolescente asume y acepta la verdadera condición de unos padres que le han ocultado un secreto durante toda su vida. Gracias a esta apuesta de los guionistas la historia particular de este personaje madura, al igual que el resto de la serie, poco a poco, introduciéndolo en el mundo de mentiras en el que viven sus padres. Lo que ocurra a partir de aquí con ella es una incógnita, pero su integración en la trama ya es definitiva. Y esos dos factores son precisamente los que convierten a esta joven en uno de los mayores atractivos dramáticos de la ficción.

De vuelta a Rusia

Quizá el aspecto menos elaborado del arco argumental de esta quinta temporada, o al menos el tratado de un modo menos profundo, sea Rusia. Y me explico. No me refiero al punto de vista soviético, que posiblemente esté presente más que nunca, sino al modo en que los protagonistas ven su hogar. Es cierto que, de un modo u otro, está presente en muchos diálogos protagonizados por Rhys y Keri Russell (Los hombres libres de Jones), pero su fuerza dramática dentro de la estructura parece limitarse más a un mero elemento contextual que a una verdadera motivación dramática. Su rol dentro de la trama adquiere más relevancia, no por casualidad, a medida que el personaje de Holly Taylor se introduce más conscientemente en la historia de espionaje, pero al final la relevancia del objetivo de la pareja protagonista se antoja excesivamente débil, como si fuera un aspecto dramático a potenciar cuando conviene. Esto genera, por ejemplo, que la historia no adquiera un peso dramático constante, moviéndose casi más por impulsos que por una evolución constante.

Curiosamente, y hablando de Rusia, esta etapa de The Americans ha centrado más su atención en la actividad soviética fuera de Estados Unidos de lo que hasta ahora había ocurrido, una evolución que debe ser bienvenida porque, entre otras cosas, ofrece una visión de ese otro bando de la Guerra Fría igualmente marcado por las emociones personales en constante conflicto con la ideología o el deber. De este modo, el contenido dramático principal que afecta sobremanera a los protagonistas se extiende también a secundarios como Emmerich o Costa Ronin (Red Dog), que ha ido ganando peso en la historia a pasos agigantados. El modo en que estos personajes afrontan su papel en esta guerra de espías evidencia un cambio sustancial en el modo de ver el conflicto que se extiende a un ámbito mucho mayor que el de una pareja de espías visiblemente cansados (y por momentos hastiados) de su labor.

Todo ello viene a confirmar la idea de que, al menos para estos personajes, la Guerra Fría está llegando a su fin. O al menos, un enfrentamiento con dos bandos bien diferenciados trabajando cada uno por destruir al otro y en el que los seres humanos y todo lo que conllevan no parecen tener voz ni voto. La evolución dramática de esta temporada deja muy claro que a medida que la moral y la conciencia personal de los que realmente actúan sobre el terreno adquiere protagonismo, la línea que separa un bando y otro del conflicto se difumina, toda vez que algunas decisiones “por el bien de la nación” chocan frontalmente con los sentimientos de aquellos que ejecutan las decisiones. Y esa complejidad dramática queda perfectamente reflejada en el entramado narrativo de esta temporada, haciendo que prácticamente todos los personajes, al menos los que forman el núcleo principal de la serie, afronten esa dualidad entre obligación y conciencia. Y el hecho de que, en mayor o menor medida, todos tomen una decisión similar mina, por necesidad, los cimientos de la Guerra Fría.

El modo en que se resuelva definitivamente todo esto habrá que verlo en la sexta y última temporada, pero por lo pronto The Americans ha confirmado que es una de las grandes series dramáticas de los últimos años. Esta quinta temporada, con sus defectos (la historia del hijo ruso del protagonista es algo que aporta más bien poco), señala el final de un camino complejo en el que sentimientos y deber, familia y nación, se mezclan hasta el punto de difuminarse en una compleja estructura dramática que, como buen producto audiovisual, parece aproximarse a la realidad más de lo que podría pensarse en un principio. Y esta quinta temporada confirma también que una historia, ante todo, son sus personajes. Sin ellos, sin sus relaciones ni sus tramas propias, cualquier ficción termina por desestabilizarse. Por fortuna, esta serie de Joseph Weisberg ha sabido enmendar los problemas de sus primeras temporadas para erigirse como lo que es actualmente: una de las ficciones más interesantes de la parrilla televisiva.

‘The americans’ afronta con valentía el desarrollo de su 4ª temporada


Keri Russell, Holly Taylor y Matthew Rhys, en la cuarta temporada de 'The americans'.Desde que el séptimo arte me cautivó siempre ha habido una máxima que he buscado: la coherencia de una historia. Puede parecer algo simple y sencillo, pero como el sentido común, muchas veces es lo menos común en cualquier historia. Por eso la cuarta temporada de The americans ha resultado tan interesante. Su creador, Joseph Weisberg (serie Falling Skies) ha sido lo suficientemente inteligente y valiente para dejar que los acontecimientos narrados en la tercera temporada siguieran su curso hasta sus últimas consecuencias, lo que ha ofrecido a la serie un desarrollo dramático vivo, dinámico y con unas conclusiones sumamente interesantes.

Y es que una vez superado el escollo narrativo de las dos realidades que se mostraron en las primeras temporadas (espionaje y familia), era el momento de exponer en qué grado se influyen mutuamente ambos mundos. Son preguntas sencillas, que cualquier espectador puede hacerse, pero que no siempre encuentran respuesta, fundamentalmente porque las ficciones tienden a centrarse en un único aspecto. Sin embargo, espionaje y familia toman en estos 13 episodios una dimensión única y, como ya he dicho, inteligente. Lo que esto provoca, más que conflictos (que los hay), es una tensión dramática muy alta, no tanto por el riesgo de que el entorno de esta familia de espías soviéticos desvele su secreto, como por el trasfondo moral y psicológico que supone descubrir la realidad detrás de un comportamiento.

Dicho de otro modo, toda vez que los personajes de Keri Russell (El amanecer del Planeta de los Simios) y Matthew Rhys (Mayo de 1940) se han descubierto ante su hija, a la que da vida notablemente bien Holly Taylor (Ashley), las sospechas de que traicione su secreto surgen casi desde el inicio. Y del mismo modo, la joven ve con otros ojos las salidas nocturnas y las excusas sobre trabajo de sus progenitores. Esto provoca un contexto totalmente nuevo en The americans y, sin duda, supone un refrescante punto de vista de la dinámica entre personajes, a lo que se suma la introducción de nuevos roles que, aunque secundarios, juegan un papel fundamental en este espionaje soviético en plena Guerra Fría.

Incluso el interés que parece mostrar el personaje de Taylor hacia el espionaje y la realidad de sus padres en la ficción está tratado con sutileza. No se trata de que la obliguen (es más, parece lo contrario); ni siquiera pretenden reclutarla en alguna misión. Ella, simplemente, comienza a actuar de un modo sutil, considerando que debe, por fidelidad, recabar información de su entorno. Y se produce de forma natural y progresiva, generando no pocas fricciones y evidenciando, en el fondo, que la transformación que parece empezar a sufrir no va a ser un proceso sencillo. Sin duda, esta evolución en el aspecto familiar es una de las más interesantes de la temporada, aunque desde luego no es la única.

Cura y enfermedad

En realidad, lo más interesante de esta cuarta temporada de The americans es la trama de espionaje. Mejor dicho, la que tiene que ver única y exclusivamente con el espionaje. Dejando a un lado los conflictos personales de cada uno de los protagonistas, marcados precisamente por el hastío que parecen sentir respecto a su trabajo (acentuado por la introducción de su hija en la ecuación), es necesario destacar el modo en que la historia de espías de esta etapa se desarrolla. Sin miedo, afrontando los retos con honestidad y siendo consciente de que todo puede pasar. Es más, todo pasa.

Sin esa honestidad, por ejemplo, no se explicaría el giro argumental tan interesante que da la trama secundaria protagonizada por Alison Wright (Diario de una niñera). Sin esa valentía no se habría visto el impactante suceso de mitad de temporada que envuelve a uno de los roles que más juego estaban dando a lo largo de las anteriores temporadas. Y sin eso, en definitiva, no se habría dado desarrollo al entorno del FBI que tanto prometía en las primeras etapas pero que parecía haberse quedado en un mero apoyo para generar algo de tensión dramática cuando el resto de historias perdían interés.

Ahora, sin embargo, Weisberg logra aunar todas las historias en una única trama con diferentes caras. Para ello, evidentemente, elimina secundarios cuyos arcos dramáticos habían caído en una deriva incontrolable y sin demasiado sentido. A otros, los más interesantes, les otorga un papel más o menos determinante en el futuro de la historia, cuyo final en esta temporada es tan inesperado como lógico si se analiza con detenimiento. Y es que en lugar de alargar situaciones que no son capaces de sostenerse sólidamente, el creador de esta ficción opta por dejar que los acontecimientos dominen a los personajes, situándoles en contextos que son incapaces de controlar, y generando así la angustia y la ansiedad en el espectador.

En resumen, The americans evoluciona manteniendo a sus seguidores pegados a la pantalla. La cuarta temporada, lejos de quedarse en una simple reiteración de situaciones, introduce nuevos elementos a la trama principal para complicar el devenir de los protagonistas. Este aumento de la presión y tensión dramática elimina, además, tramas secundarias de forma apabullante y sumamente efectiva, lo que cierra un tanto el abanico de realidades que trata de abarcar la serie (lo que en cierto modo simplifica) pero aumenta la tensión sobre los protagonistas (lo que definitivamente hace más compleja la historia). El final de la temporada pone el foco sobre los protagonistas como nunca antes lo había hecho y, sobre todo, les enfrenta a una realidad incontestable: o desvelarse ante toda su familia como lo que son o arriesgarse a ser atrapados. Para conocer la decisión habrá que esperar a la quinta parte.

‘The americans’ alcanza el clímax dramático en la tercera temporada


Matthew Rhys y Keri Russell, durante la revelación de la tercera temporada de 'The americans'.Después de una temporada cuyo desarrollo fue algo irregular y de otra en la que la trama familiar tomó conciencia de su verdadera importancia, la tercera etapa de The americans ha logrado aunar, por fin, las principales tramas bajo un único paraguas. Estos nuevos 13 episodios de la serie creada por Joseph Weisberg (serie Falling skies) han sido capaces de equilibrar el peso de cada una de las historias para desarrollar un concepto relativamente nuevo dentro de la serie, permitiendo a los personajes evolucionar, enfrentarse a sus miedos y, sobre todo, afrontar la coherencia de los acontecimientos con la desnudez propia de quienes se adentran en lo desconocido.

Sin duda la relevancia de la trama principal, con sus ramificaciones en la historia del espionaje, es lo más atractivo de la tercera temporada. A diferencia de lo que ocurrió en la primera parte, el trabajo de la pareja protagonista pierde interés en favor de una cada vez mayor presencia del conflicto familiar. Lejos de suponer un problema dramático, Weinberg aprovecha las sospechas del rol de Holly Taylor (Worst friends) para generar uno de los puntos de giro más interesantes de la televisión, y desde luego el más impactante de toda la serie. Tratado con seriedad y dramatismo, el momento en que el secreto familiar es revelado es uno de esos momentos que quedan grabados en la retina, tanto por la exquisita realización como por el impacto que se prevé va a tener, y que de hecho tiene.

Aunque tal vez lo realmente interesante es el impacto que las tensiones familiares tienen sobre los personajes de Keri Russell (El amanecer del Planeta de los Simios) y Matthew Rhys (Amor y otros desastres). Cada uno en su estilo, los conflictos en el hogar y la revelación obligada por las circunstancias llevan a la pareja de espías a afrontar sus misiones de un modo más complejo, sembrando de dudas todas y cada una de las decisiones y teniendo cada vez menos conexión con sus superiores, sobre todo él. Si bien es cierto que las repercusiones dramáticas de este proceso no son evidentes (uno de los pocos ‘peros’ de esta temporada), no cabe duda de que The americans ha iniciado un camino que ya no puede desandar, lo que promete un futuro sumamente atractivo.

Eso no quiere decir que no existan las repercusiones. Posiblemente la más notable sea la que relaciona de un modo más directo la gran trama conceptual de la serie: el espionaje ruso al FBI. Tras dos temporadas un tanto alicaídas, el arco dramático del personaje de Alison Wright (Diario de una niñera) ha protagonizado una de las etapas más turbadoras de la temporada, lo que ha obligado a los creadores de la trama a dirigir su rol hacia un territorio nuevo en el que las mentiras en las que vivía se desmoronan, y en el que todavía queda por comprobar el papel que juegan el resto de personajes implicados, incluyendo el de Noah Emmerich (Caza a la espía), que esta etapa ha sido uno de los grandes sacrificados.

El sacrificio de las tramas secundarias

Y es que el agente del FBI vecino de los espías rusos que no parece enterarse de nada ha perdido, en esta temporada, el poco atractivo que tuvo en los primeros compases de The americans. Sin el juego a dos bandas protagonizado junto al rol de Annet Mahendru (Sally Pacholok), su protagonismo se diluye lentamente a pesar de los intentos por darle poder e influencia narrativa. Previsible y sin grandes conflictos, su trama es más bien una excusa para mantener el interés en la embajada rusa y en lo que le ocurre al personaje de Mahendru allí en Rusia, algo que por cierto también se cae por su propio peso. Es, de hecho, el gran talón de Aquiles de una temporada, por otro lado, magnífica.

La paulatina desaparición del interés de estos personajes se debe sobre todo a la necesidad de establecer un contrapunto algo más ligero (y en algunos momentos irónicamente cómico) al dramatismo que se desprende de la trama principal, tanto en su vertiente de suspense como en su vertiente dramática. La intensidad de su desarrollo, sobre todo en el tercer acto conformado por los últimos 3 episodios, exige al equilibrio formal una vía de escape para no convertir la serie en un constante giro dramático en una escalada que solo perjudicaría al resultado final. De ahí la obligación de buscar una alternativa, y de ahí la elección de sacrificar las tramas secundarias.

Porque sí, la protagonizada por Emmerich no es la única que se sacrifica. La historia sobre el grupo de autoayuda, que puede ser entendida como una forma de volcar las frustraciones por parte del patriarca de los espías, se revela más bien como un intento de devolver a la acción a un personaje que debería haber desaparecido definitivamente en la primera temporada. Este intento no termina de funcionar, por lo que habrá que esperar a la cuarta temporada para comprobar el camino tomado. Por lo pronto, las secuencias de esta trama secundaria son más bien un paréntesis que permite al espectador reflexionar sobre los acontecimientos realmente interesantes.

Desde luego, habrá quienes alaben esta estrategia y quienes la denosten. Personalmente considero que sacrificar las líneas secundarias en cualquier drama es una apuesta demasiado arriesgada. En el caso de The americans funciona únicamente por la fuerza de su trama principal, que devora el resto de las historias y se nutre de ellas para alcanzar un gancho de final de temporada tan esperado como soberbio. Pero es importante no perder de vista que si la serie mantiene el bajo nivel dramático de las líneas argumentales de apoyo puede derivar en un producto sumamente irregular. En cualquier caso, eso es el futuro. Si hubiera que resumir la tercera temporada de la serie, posiblemente lo que habría que decir es que estamos ante la mejor etapa de esta ficción.

‘The americans’ supera sus problemas familiares en la 2ª temporada


Keri Russell y Matthew Rhys tendrán en Lee Tergesen un peligroso enemigo en la segunda temporada de 'The Americans'.Hay veces que cuesta distinguir si una serie mejora por iniciativa propia o si, por el contrario, la percepción del espectador mejora simplemente porque sabe lo que le espera. Cuando The americans presentó su primera temporada las expectativas puestas en esta intriga de espías en plena Guerra Fría no terminaron de cubrirse. Sí, el thriller tenía todos los componentes y su desarrollo era muy completo, pero algo no terminaba de encajar: la tapadera de los dos protagonistas, con una familia por la que se preocupaban y un matrimonio de conveniencia que hacía aguas por todas partes, temblaba cada vez que su creador, Joseph Weisberg (serie Falling skies), trataba de incidir en ella. Era algo a solucionar, y lo cierto es que su segunda temporada ha logrado enderezar la serie para convertirla en lo que se esperaba de ella en su debut: un thriller enriquecido por el drama familiar.

En cierto modo, la trama familiar ha desaparecido como línea argumental independiente para integrarse en el desarrollo del arco principal, que esta vez se centra en un único proyecto que parte, además, del asesinato de dos espías soviéticos a los que los personajes de Keri Russell (El amanecer del Planeta de los Simios) y Matthew Rhys (serie Cinco hermanos) consideraban amigos. Este brutal acontecimiento deriva en una enrevesada trama política y militar cuyas ramificaciones afectan al resto de tramas secundarias, que devuelven el favor aportando numerosos matices que enriquecen la venganza de los dos protagonistas. Como puede apreciarse de este repaso general, la práctica totalidad de los argumentos que se desarrollan en estos 13 episodios están relacionados con el espionaje. De ahí que no quede espacio para los conflictos familiares, salvo cuando influyen en la trama principal como agente activo.

Esto no implica, sin embargo, que Weisberg se olvide por completo de ello. De hecho, buena parte del desarrollo dramático de la trama principal posee, en mayor o menor medida, una influencia familiar notable. Ya sea de forma explícita o como simple referencia, la pareja protagonista debe afrontar los problemas de una hija adolescente que empieza a sospechar de su actitud con el día a día de su labor como espías. Y si bien la evolución del personaje interpretado por Holly Taylor (Ashley) puede resultar algo irritante en algunos momentos, su presencia es tan relevante que se vuelve incluso imprescindible, sobre todo teniendo en cuenta la sorprendente resolución de la temporada, que por cierto enfoca el futuro de The americans en una dirección de lo más interesante por lo poco trabajada que ha estado en el cine y la televisión.

La fusión entre familia y espionaje, algo que fallaba en la primera temporada, es lo que hace crecer a esta segunda parte hasta convertir la serie en un producto atractivo y complejo. Pero como toda buena ficción, debe tener un villano acorde al nivel dramático de los protagonistas. Y ese rol corre a cargo de Lee Tergesen (serie Generation kill), quien compone un personaje violento e inteligente que representa una auténtica amenaza, a diferencia de lo que podría entenderse que hacía Noah Emmerich (Super 8) en los anteriores episodios. La influencia de Tergesen va en aumento a la par que la complejidad de la trama, hasta convertirse en un catalizador de los acontecimientos durante los últimos episodios, dando rienda suelta a una amenaza para la que no están preparados ninguno de los implicados. Una amenaza, por cierto, que permite al espectador asomarse un poco más al entramado de las comunicaciones soviéticas, lo que a todas luces mejora el resultado.

El FBI y los rusos

Durante sus primeros episodios The americans trató de ofrecer una especie de imagen global del espionaje entre Estados Unidos y la URSS. En principio, dicha imagen tenía su máximos representantes en los personajes de Russell, Rhys y Emmerich, este último como agente del FBI. Sin embargo, el thriller que se intuía no terminaba de cuajar, lo cual a su vez debilitó esa primera parte. Dado que el villano adquiere otros rasgos en estos nuevos capítulos, el FBI en su conjunto pasa a un segundo plano para convertirse en protagonista absoluto de la trama secundaria principal, adquiriendo con ello una relevancia que, de algún modo, no tenía anteriormente. Gracias a esta nueva “libertad”, la serie logra desarrollar toda una intriga política y tecnológica en torno a la creación de Internet, en sus orígenes ARPANET.

Ya he mencionado que esta segunda temporada posee una mejor y mayor integración de todos sus elementos, ofreciendo al espectador una imagen más completa. Prueba de ello es el hecho de que esta línea argumental secundaria nace de la trama principal, o mejor dicho del brutal asesinato inicial, cuyo desarrollo se bifurca para dar vida a todos y cada uno de los personajes. Así, toda la lucha entre el FBI y la URSS tiene sus consecuencias en la investigación de la pareja protagonista, y viceversa. En este sentido hay que destacar la evolución que sufre el personaje de Emmerich al ser menos dependiente de la familia de espías. Su papel en la trama, sobre todo la relación que mantiene con el personaje de Annet Mahendru (Escape from tomorrow), se convierte en uno de los procesos dramáticos más interesantes de la serie al convertirle en un títere en manos soviéticas.

Esto, unido a nuevos personajes llamados a adquirir un mayor peso dramático y a la situación en la que quedan otros secundarios, ofrece una amplia gama de posibilidades para esta trama desarrollada en las altas instancias del espionaje. Se establecen así dos niveles narrativos que discurren de forma paralela pero que tienen numerosos puntos en común, además de consecuencias inolvidables en cada uno de los entornos. Todo ello cambia sustancialmente el panorama de la serie y la otorga una madurez necesaria, así como una oscuridad que se intuía en la primera temporada, pero que ahora adquiere una mayor relevancia gracias, entre otras cosas, a la evolución de los dos protagonistas en lo que su forma de entender la lucha se refiere.

Todo esto convierte a esta nueva temporada de The americans en un producto superior a lo que se conocía hasta ahora. Puede que sea porque las expectativas a raíz de la primera temporada estaban un poco bajas, pero en cualquier caso es indudable que la serie ha sufrido un lavado de cara interesante, centrándose en el frágil equilibrio entre la dinámica familiar y los encargos de espionaje. Y lo mejor de todo es que gracias a ese equilibrio la serie ha podido encontrar nuevas vías dramáticas y ha desarrollado varios niveles narrativos que, aunque propios, son dependientes uno de otro. La conclusión de la temporada, con una serie de revelaciones inesperadas, deja en el aire un futuro muy atractivo que, esperemos, siga las indicaciones iniciadas a lo largo de estos episodios.

‘The americans’ no logra compaginar trabajo y familia en su 1ª T


Imagen promocional de 'The americans', serie creada por Joseph Weisberg.El espionaje está de moda. El espionaje y la traición. Y no es algo exclusivo del cine o la televisión a tenor de las informaciones que diariamente aparecen en los medios y que tienen que ver con la presencia de un Gran Hermano muy real. Uno de los principales impulsores, al menos en la pequeña pantalla, es la impecable producción Homeland, y de su éxito parece querer nutrirse otra serie de espías y traiciones, The americans. La serie creada por Joseph Weisberg, guionista con poca experiencia cuyos últimos trabajos son algunos episodios de Falling Skies, traslada la acción a la Guerra Fría entre Estados Unidos y la URSS, teniendo como protagonistas a una pareja de espías rusos en suelo norteamericano que, con los años, han creado una familia que ignora su verdadero trabajo, y que ven cómo sus misiones se complican cuando se muda al vecindario un agente de contraespionaje del FBI cuyo objetivo es destapar las identidades de estos agentes rusos.

La serie, cuya primera temporada de 13 episodios terminó en mayo en Estados Unidos, se distancia significativamente del referente que hemos mencionado. En líneas generales, existen dos líneas argumentases principales que, por desgracia, pocas veces se fusionan de forma coherente a lo largo de esta entrega. Por un lado tenemos el trabajo de espías, las misiones y la constante lucha entre los servicios de inteligencia de ambos bandos. A través de misiones episódicas Weisberg crea una delicada red en la que buena parte de las decisiones, de las acciones y de los diálogos influyen en el resultado final, algo que abordaremos más adelante. Por otro, está el conflicto familiar, la necesidad de mantener una mascarada no tanto por aparentar ser algo que no son, sino por otorgar a sus hijos una vida alejada de un mundo que ni siquiera comprenden.

Es este uno de sus elementos más interesantes, y es al mismo tiempo el menos elaborado y más perjudicial para el resultado final. La poca conexión entre las dos líneas desarrolladas, espionaje y familia, convierte a esta última prácticamente en un estorbo, en una especie de fondo de cartón piedra que ofrece un marco pero aporta más bien poco. Los constantes conflictos morales de los dos protagonistas, quienes parecen quererse y odiarse en días alternos, no ofrece una continuidad coherente con lo ocurrido en la otra línea argumental. Es más, determinadas tramas secundarias destinadas a complementarla parecen convertirla más bien en un drama en el que los romances a tres bandas, las confesiones y las confidencias están a la orden del día. Eso por no hablar de los hijos, interpretados por Holly Taylor (Ashley) y Keidrich Sellati.

Un elemento con tanto potencial como los hijos queda relegado a un segundo plano durante la práctica totalidad de estos primeros 13 capítulos de The americans. Los dos jóvenes asisten como un espectador más a toda la farsa montada a su alrededor. Nadie pregunta. Nadie se mueve por la casa con la libertad necesaria para provocar una situación que comprometa una operación. Todo está excesivamente acotado, como si los personajes adolescentes, tradicionalmente motor de situaciones delicadas, fuesen un miembro más del decorado que, eso sí, reacciona cuando se trata de aportar elementos lacrimógenos a determinados momentos de la trama. Personalmente, no creo que esta serie pueda ser comparada con Homeland, ni en su contenido ni en su forma, pero sí que podría haber tomado en consideración la forma de abordar la relación padres-hijos.

Salvados por la Guerra Fría

Pero si el componente familiar es el eslabón más débil, el espionaje es el que tira de la producción, sobre todo en su tramo final. La primera temporada ha sido irregular, eso es indudable. Con un episodio piloto bastante interesante, la trama perdió fuerza en sus primeros episodios para recuperarla en los últimos. No por casualidad, este fenómeno coincide con una apuesta sólida por ahondar más en la Guerra Fría y en los daños colaterales que provoca. Así, mientras la serie comienza con los personajes de Keri Russell (serie Felicity) y Matthew Rhys (serie Cinco hermanos) realizando misiones más o menos independientes, su final se acerca más a un formato seriado en el que las acciones provocan una serie de acontecimientos que derivan en nuevas crisis y conflictos a resolver.

En este caso, esa concatenación de momentos está determinada por las muertes en uno y otro bando y, lo más importante, por los errores que cometen los protagonistas. Es este otro factor a tener en cuenta. La presentación en el episodio piloto era de dos personas capaces de compaginar una enorme mentira con el riesgo de las operaciones secretas. Los errores quedaban como algo secundario, casi anecdótico (la muerte de un personaje en el primer episodio apenas tiene continuación en los siguientes). Pero a medida que avanza la acción dichos errores se vuelven determinantes, siendo de hecho los que provocan la crisis con la que termina esta primera tanda de episodios. Claro que no todo depende exclusivamente de la trama principal.

Contrariamente a lo que ocurría en esa línea argumental familiar de la que hablábamos antes, aquí las tramas secundarias fortalecen y completan la historia de los dos espías del Directorio S. Del mismo modo que el desarrollo se vuelve más coherente a medida que se suceden los episodios, la presencia del personaje de Noah Emmerich (Super 8) adquiere mucha más presencia, hasta el punto de convertirse en lo que debería haber sido desde el principio: el principal antagonista. Su relación con una fuente del KGB y el doble juego que se establece entre ellos tiene muchas oportunidades de convertirse en una trama sólida en la segunda temporada, ya confirmada. Mención especial necesita el personaje de Alison Wright (Diario de una niñera) y la historia romántica y de espionaje que mantiene con el rol de Matthew Rhys. Al igual que el resto de la serie, ha ido creciendo en intensidad, pasando de un simple contacto al que sonsacar información (con el interés de que ella no sabe lo que ocurre) a una verdadera complicación en forma de vida marital, siendo durante el proceso el detonante del cambio que se produce en la serie.

Dicho en pocas palabras, The americans es una serie que ha crecido con el paso de los episodios. Es algo que se espera. Pero a pesar de todo, no resuelve las dudas que planteaba en sus primeros episodios, entre otras cosas porque la relación que debería existir entre familia y espionaje, entre farsa y realidad, debería ser mucho más difusa. Hay intentos, es cierto, como son las discusiones acerca de la vida familiar, el futuro de los hijos si su verdadera identidad se descubre, etc. Pero son casos aislados. Al final, el espionaje va por lado y la ignorancia de los jóvenes por otro. Tan solo la conclusión de la primera temporada abre la puerta a un conflicto entre tramas que debería haber tardado menos en aparecer. Solo queda desear que ese atisbo, esa puerta abierta al sótano donde se guardan los secretos, no se cierre sin arrojar algo de luz a las numerosas sombras de la producción.

Diccineario

Cine y palabras

A %d blogueros les gusta esto: