‘Los Médici. El Magnífico’, un conflicto complejo con un diseño sencillo


Hay historias que necesitan de grandilocuentes puestas en escena para crear interés. Otras, sin embargo, pueden utilizar la más sencilla producción y ser igualmente interesantes. El caso de la serie Los Médici: Señores de Florencia pertenece a la segunda categoría, aunque parezca lo contrario. Porque aunque tiene un diseño de producción y de vestuario sencillamente espectacular, en realidad no es más que la recreación (magnífica recreación) de la época en la que transcurre una historia con una fuerza propia fuera de toda duda. La segunda temporada, subtitulada El Magnífico, demuestra que con poco puede lograrse mucho.

Estos 8 episodios de la serie creada por Nicholas Meyer (La mancha humana) y Frank Spotnitz (serie El hombre en el castillo) aborda, en esta ocasión, el ascenso y surgimiento de la figura de Lorenzo de Medici y su lucha contra su principal rival, la familia Pazzi. Y lo hace aprovechando al máximo las posibilidades dramáticas de una historia con tintes shakesperianos y con un subtexto emocional que los actores, además, dotan de una gravedad mucho mayor si cabe. Aprovechando los saltos temporales entre la infancia de los protagonistas y su presente, así como su relato en una suerte de flashback de temporada completa, la trama explora los orígenes de un conflicto generacional, las motivaciones y anhelos de protagonistas y antagonistas, y las caras más ocultas de los mismos.

Desde luego, lo más interesante es el duelo establecido entre los personajes de Daniel Sharman (serie Fear the Walking Dead) y Sean Bean (Marte), Lorenzo de Medici y Jacobo de Pazzi respectivamente. Ambos se convierten, en cierto modo, en las dos caras de una misma moneda, en la personificación de los intereses antagonistas en una sociedad dominada por la religión y la guerra. El modo en que los actores suman progresivamente gravedad dramática en sus personajes no hace sino reflejar el progresivo deterioro de un conflicto que termina con ese atentado dentro del Duomo de Florencia durante una misa, lo que refleja además los “valores cristianos” de unos personajes (y una parte de la sociedad) movidos únicamente por el poder y el dinero.

Este es, precisamente, uno de los mayores aciertos de esta segunda temporada de Los Medici: Señores de Florencia. La serie analiza al detalle no solo el conflicto familiar, sino todas las ramificaciones y cómo eso afecta a la vida de ambos clanes y de la ciudad-estado. Dicho de otro modo, la serie no se limita a mostrar una animadversión histórica, sino a enriquecerla hasta convertirla en una suerte de estudio sociológico tanto de la época como actual. Los ecos de la enemistad se oyen en una relación prohibida, en un conflicto bélico con otra ciudad-estado, … Puede que a muchos les resulte poco creíble esta estructura dramática, pero lo cierto es que es efectiva, pues a medida que avanza la trama por estos 8 capítulos el espectador asiste a un creciente ambiente de odio, casi bélico, movido por los intereses egoístas de un personaje o una familia. Y siempre respetando la base histórica. Salvando las distancias de la época, hoy en día se pueden ver comportamientos similares.

Buenos muy buenos y malos malísimos

Con todo, el recurso de una puesta en escena sencilla para agrandar la complejidad de la trama tiene un efecto secundario algo irrisorio, y es el hecho de presentar a los héroes como grandes hombres y a los villanos como seres oscuros. Y eso, al igual que el conflicto dramático, se refleja absolutamente en todo, desde la fotografía hasta el vestuario. Precisamente en los ropajes de época es donde más se aprecia este contraste. Mientras los Medici se mueven en entornos luminosos con ropas más o menos coloridas, los Pazzi visten prácticamente de negro en cada plano de esta segunda temporada. Es cierto que esta apuesta cromática acentúa la distancia entre las familias, pero repetir patrones a lo largo de los 8 capítulos termina por resultar un tanto incoherente, fundamentalmente porque mientras “los buenos” cambian sus ropas con cierta asiduidad, “los malos” parecen siempre vestir el mismo atuendo.

Algo similar ocurre con la fotografía y los decorados. La vivienda de los Medici es el vivo ejemplo de un espacio luminoso, diáfano, en el que interior y exterior parecen estar separados por una fina frontera en forma de paredes, pero que nunca impide que entre el aire ni la luz. O dicho de otro modo, no impide que entre el sentir del pueblo de Florencia. Por el contrario, la casa de los Pazzi se antoja oscura, incluso en las zonas en las que la luz entra por completo lo hace sin brillo. Un hogar oscuro como su vestuario en el que, además, los muros sí parecen marcar frontera entre lo que ocurre en el exterior y los maquiavélicos planes que se gestan en su interior. No cabe duda de que esta forma de narrar en Los Medici: Señores de Florencia. El Magnífico es efectiva, pues acentúa y ahonda en los conflictos emocionales y en los giros dramáticos de la trama de un modo casi subconsciente, pero la reiteración de fórmulas termina por agotar en los compases finales de la historia.

A esto se suman cierta debilidad en las motivaciones de unos y otros, al menos en algunos momentos del desarrollo argumental. Mientras que los protagonistas parecen moverse únicamente por el bien de una ciudad para que prospere económica y culturalmente, los antagonistas solo se afanan en su beneficio personal, en enriquecer sus bolsillos a costa de los ciudadanos. Y aunque visto con la perspectiva de la historia puede que se entienda así, la realidad siempre es mucho más compleja, y una serie de corte histórico debería de reflejar, en cierto modo, dicha complejidad. La serie lo logra en muchos momentos, sobre todo en aquellos relativos a la relación con la Iglesia Católica y el Papa, pero flaquea en algunos momentos, como si necesitara avanzar en una determinada dirección y los argumentos para ello se hubieran expuesto de forma apresurada y poco elaborada.

En cualquier caso, Los Medici: Señores de Florencia. El Magnífico es una más que digna sucesora de la primera temporada. Con un mayor interés histórico por la curiosidad que despierta ya de por sí Lorenzo de Medici, esta etapa aprovecha el conflicto familiar para exponer toda una estructura social y dramática que no deja nada al azar. En este trabajo hay momentos más débiles narrativamente hablando, es lógico, pero son hechos puntuales dentro de una producción que persigue la sencillez en su forma para potenciar la complejidad de su fondo. Y lo consigue con notable éxito. Sin duda estamos ante una de las producciones más serias, profundas y elaboradas sobre esta época de nuestra historia.

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‘María, reina de Escocia’: machismos del siglo XVI


Posiblemente el enfrentamiento entre Isabel I y María Estuardo allá por el siglo XVI no haya estado nunca tan de actualidad como ahora. Dos reinas gobernando en solitario en un mundo de hombres que, además, conspiran contra ellas en muchas ocasiones con una clara herida en su masculinidad. Quizá por eso la película dirigida por Josie Rourke en su debut cinematográfico tenga más un interés exógeno que endógeno. O dicho de otro modo, la cinta invita más a la reflexión social que al análisis puramente audiovisual.

Porque María, reina de Escocia es una película histórica algo arquetípica, sin demasiados giros argumentales y, como suele ocurrir con las producciones de corte biográfico, sin un gran interés dramático a cuenta de un final ya conocido. La labor de la directora, además, aporta poca personalidad en el lenguaje, aunque sí deja algunos detalles de fotografía dignos de alabar. No cabe duda de que el gran atractivo se haya en su reparto, encabezado por dos extraordinarias actrices como Saoirse Ronan (En la playa de Chesil) y Margot Robbie (Yo, Tonya) que son capaces de soportar el peso dramático sin mayor problema, y que se encuentran acompañadas por una serie de actores que cumplen con nota su rol secundario.

Pero como decía, lo interesante del film se haya en las reflexiones que ofrece al espectador. Para empezar, las constantes traiciones y conspiraciones por parte de unos hombres que no toleran a una mujer en el trono, y que anhelan un orden establecido por el machismo y la religión católica. En este sentido, el desarrollo dramático es ejemplar, mostrando cómo primero todo se hace en las sombras para, posteriormente, conspirar abiertamente. Paralelismos con diferentes aspectos de la realidad social actual, ya sea nacional o internacional, todos los que se quieran. Y aunque el tratamiento a lo largo del film, con varias elipsis y ciertos diálogos algo irregulares, pueda resultar intermitente, lo cierto es que esta escalada de ataques de los hombres a las mujeres deja algunas escenas imborrables por su crudeza y la labor de los actores.

Así, María, reina de Escocia se revela como un film previsible, arquetípico, que posiblemente no habría llegado a las salas de cine si no fuera por el plantel de actores (y sobre todo las dos actrices) que dan vida a estos personajes históricos. Pero más allá de esa primera impresión, la película ofrece una interesante reflexión sobre la sociedad medieval y actual, sobre un mundo dominado por hombres en el que las mujeres afrontan unos peligros añadidos a los que ya tiene de por sí el mundo masculino. Y lo hace sencillamente exponiendo los hechos tal y como ocurrieron, sin utilizar ningún discurso moral o un speech de sus protagonistas. La historia habla por sí misma.

Nota: 6,5/10

‘Los Médici: Señores de Florencia’, ficción histórica de impecable factura


Richard Madden, Stuart Martin y Dustin Hoffman protagonizan 'Los Medici: Señores de Florencia'.Si ya resulta complicado encontrar un equilibrio en cualquier historia para lograr su éxito, hacerlo en una de corte histórico tiende a ser casi misión imposible. Si se opta por ser fiel a la realidad, se puede perder el pulso dramático y caer en el tedio. Si se elige la opción de una fantasía, el resultado puede ser una invención entretenida que no solo no se ajuste a la realidad, sino que desvirtúe el carácter de los personajes tal y como se conoce. De ahí que lo logrado por Nicholas Meyer (Elegy) y Frank Spotnitz (serie Hunted) con Los Médici: Señores de Florencia tenga tanto mérito. Porque, en efecto, la serie tiene un marcado carácter histórico en todos sus aspectos, pero en su trama principal subyace un thriller que nada tiene que ver con la realidad.

Y esto es lo más interesante de esta ficción. Toda la trama de asesinatos, sospechas, engaños y manipulaciones queda perfectamente integrada con los acontecimientos históricos que sí vivió Cosme de Médici, interpretado con sobriedad por Richard Madden (Robb Stark en Juego de tronos). Se produce, por tanto, un desarrollo dramático casi paralelo entre ambos aspectos de la trama, pero nutriéndose uno de otro hasta desembocar en un final tan inesperado como satisfactorio. Ahora bien, dicho desarrollo no es del todo perfecto. A lo largo de los 8 episodios que componen esta primera temporada, la historia cuenta en muchas ocasiones, tal vez demasiadas, con oscilaciones hacia una u otra línea argumental, si bien esto no supone un gran problema narrativo en sí mismo.

Es digno de mención igualmente el recurso de los flashbacks a lo largo de la trama, sobre todo en los primeros episodios. Ya sea por la presencia de un brillante Dustin Hoffman (El coro) o por la posibilidad de comprender la evolución de algunos protagonistas, la introducción de estas secuencias no solo ayuda a sostener la definición de personajes, sino que es un soplo de aire fresco a una trama que en ocasiones puede ser pesada dramáticamente hablando, nutrida de numerosos conflictos de diversa índole que enriquecen el conjunto pero pueden llegar a saturar al espectador. De ahí que, cuando el desarrollo se centra más en el carácter histórico de los personajes, los recuerdos de juventud sean una herramienta más que útil para aliviar la carga y dibujar más claramente a los protagonistas.

A todo ello se suma una cuidada puesta en escena, alejada de efectismos pero que tampoco cae en la sobriedad más absoluta, recurriendo en muchas ocasiones a movimientos que cámara capaces de acaparar toda la belleza de los decorados y, sobre todo, la fuerza de las secuencias más determinantes. Aunque posiblemente puede considerarse que la serie carece de un ritmo idóneo en las secuencias de acción (algunas narradas de forma un poco tosca), es indudable que este lenguaje visual embellece el conjunto y es capaz de ofrecer varios matices que, de otro modo, podrían escaparse a la atención del espectador, ya sea en las intrigas palaciegas o en las secuencias en exterior.

De actores y hombres

Con todo, si algo destaca de Los Médici: señores de Florencia es la definición de sus personajes y los actores elegidos para interpretarlos. Curiosamente, el que menos destaca es el protagonista, no tanto por el modo en que se le presenta como por Madden, que aunque sobrio, en demasiados momentos parece más bien una de las muchas esculturas de las que se rodea Cosme de Médici. Si bien es cierto que la gravedad del rol que interpreta invita a una mínima expresividad, no lo es menos que hay varias situaciones que exigen una mayor muestra de emociones, aunque solo sea por el contexto en el que se desarrollan. Con todo, esta apuesta interpretativa permite apreciar con mayor evidencia el cambio en el carácter del protagonista con respecto a sus años de juventud.

Aunque si hay un personaje que destaca sobremanera es el de Contessina, mujer de Cosme y auténtico espíritu de la familia. Mujer fuerte e inteligente, es presentada como un rol capaz de dominar toda una estirpe a pesar de ocupar un lugar que, para la época, podía considerarse secundario. Su entereza para afrontar los desaires del marido, las humillaciones e incluso los desprecios en algunas miradas es admirable. Y a todo ello contribuye, y de qué modo, Annabel Scholey (Walking on sunshine), actriz que no solo da vida a esta mujer, sino que la engrandece hasta convertirla en un referente para todos y cada uno de los personajes. Desde luego, los momentos que protagoniza se cuentan entre los mejores de estos 8 capítulos, y aquellos que comparte con Madden son magistrales.

En realidad, estos son solo dos ejemplos de que esta historia, con sus intrigas y su recreación histórica, es una historia de personajes, de hombres y mujeres y de los actores y actrices que les interpretan. El modo en que se desarrollan muchos de los diálogos da buena cuenta de que estamos ante una ficción en la que nada es lo que parece, o al menos no lo que el espectador espera. La revelación final sobre la identidad del asesino es el colofón a un desarrollo dramático que desafía la inteligencia en diferentes niveles y que, a lo largo de sus episodios, desgrana los entresijos no solo de la familia más poderosa de Florencia, sino del sistema social, político y económico de la época, incluyendo esa especie de Parlamento de la ciudad o los cambiantes apoyos del Papa en base a sospechas, informaciones o, simplemente, dinero.

Habrá quienes consideren que Los Médici: señores de Florencia no es una serie histórica, sino una ficción que utiliza un trasfondo histórico como excusa. Bueno, es cierto. Pero eso no impide que no se pueda disfrutar a partes iguales de su fidelidad a los acontecimientos que vivió Cosme de Médici y de su elaborada intriga que planea durante toda la serie. Dos elementos que, además, se integran perfectamente en determinados momentos, lo que aporta una especial gravedad a algunos de los hechos históricos que se narran en la trama. Una producción rica en detalles, de una factura técnica muy alta y con un desarrollo dramático muy bien medido, con algunos altibajos pero en cualquier caso muy recomendable, sobre todo para los amantes de este tipo de ficciones.

‘Rojos’, la evolución de los ideales tras el triunfo de la Revolución Rusa


Diane Keaton y Warren Beaty protagonizan 'Rojos'.La carrera de Warren Beatty como director es muy corta. Cuatro largometrajes para cine y uno para televisión es todo lo que atesora el protagonista de Bonnie y Clyde (1967) tras las cámaras. Pero prácticamente todas ellas son auténticas joyas dentro de su género. Una de ellas es Rojos, intenso drama de 1981 basado en la vida del periodista y activista John Reed y su lucha a favor del comunismo, una iniciativa que le llevó a vivir junto a su mujer, la escritora feminista Louise Bryant, la Revolución Rusa desde dentro, participando posteriormente en la creación del partido comunista de Estados Unidos. La película, más allá de su belleza formal y de un reparto sencillamente excepcional (en el que destacan Jack Nicholson y Diane Keaton, además del propio Beatty), recoge con inteligencia el sentimiento de frustración una vez superados los primeros compases de cualquier fenómeno social de este tipo, algo que la Historia ha demostrado en no pocas ocasiones.

Desde luego, las más de tres horas de metraje son tiempo más que suficiente para abordar diversas tramas y conflictos, tanto emocionales como sociales, pero en nuestro caso todos ellos tienen mucho que ver no solo con una interpretación algo extrema del comunismo, sino con la lucha entre sentimientos e ideología, entre el corazón y la mente. La relación de la pareja protagonista, hilo conductor del resto de tramas secundarias, es presentado como un tortuoso camino de encuentros, disputas y sentimientos encontrados que tienen su origen en una idea de amor libre que ninguno de los protagonistas es capaz de tolerar por mucho que lo intenten. Da igual las promesas que hagan o la imagen que pretendan ofrecer al mundo. En la intimidad de una casa vacía el temor a perder al ser amado y a la soledad es más fuerte que cualquier otro sentimiento, algo que les separa y que al mismo tiempo termina por unirles.

Pero si el romance entre estos personajes es el motor y la excusa para narrar el acontecimiento histórico, la propia Revolución Rusa adquiere un significativo papel en la segunda mitad del film, aunque no en el sentido que podríamos estar acostumbrados a ver. Beatty, quien también participa en el guión, disecciona a la perfección el proceso de frustración que deriva en insatisfacción cuando un movimiento tan relevante y radical como una revolución debe hacer frente a sus ideales para asentarse sobre unas bases coherentes para construir una sociedad. Mientras que el nacimiento se produce por el empuje de toda una sociedad para cambiar las cosas, el desarrollo y maduración debe ser coordinado por unos pocos, es decir, se debe dejar el poder en manos de alguien.

Personalmente, es esta segunda parte del film lo más interesante de toda la trama. La lucha contra el sistema del protagonista se convierte en una lucha contra sus propios compañeros, en una implicación cada vez mayor por defender unos ideales que considera no reflejados (o directamente violados) en la construcción de los nuevos partidos comunistas. Rojos se convierte, por tanto, en un documento muy interesante a analizar, no tanto como reflejo fiel de una época convulsa, sino como un proceso dramático en el que la indignación, la tristeza y el amor a una causa se entremezclan para derivar en una lucha interna que no hace sino demostrar que la sociedad necesita cambiar, aunque después no tenga muy definido cómo continuar.

La luz de una revolución

La película, por supuesto, es mucho más que la implicación política y social que demuestra Beatty. De hecho, las 12 nominaciones a los Oscar en 1981, algo que no se lograba desde 15 años antes, no son por su compromiso ideológico, sino por los valores formales y dramáticos que expone la cinta. Los segundos ya los hemos mencionado, y los primeros pasan inevitablemente por la labor del director de fotografía, Vittorio Storaro (El último emperador). Su labor, por la que ganó su segundo Oscar, ofrece los dos aspectos fundamentales de toda fotografía cinematográfica: la capacidad de emocionar y de narrar. En efecto, el uso de la luz por parte de Storaro permite al espectador acercarse más a los personajes, a sus emociones y a sus miedos.

La forma de presentar el hogar de los protagonistas, muchas veces en penumbras, transmite la idea de una soledad generada por esa confrontación interna entre emociones e ideología de la que antes hablábamos. Y eso es solo un ejemplo. El uso del color durante la Revolución Rusa o las diferentes discusiones del protagonista con compañeros de profesión y de partido aportan a la historia un naturalismo único, acercando la forma de realizar de Beatty (tradicional pero formalmente bella) al documento histórico que recrea, no tanto al movimiento ruso como al realismo de la azarosa vida de Reed.

El principal problema con el que se encuentra es, como suele ocurrir en estos casos, la duración de su metraje. Más de tres horas es, salvo honradas y muy escasas excepciones, una duración demasiado larga para mantener un nivel de interés alto durante todo el desarrollo dramático. Además, como toda historia basada en la vida de un personaje conocido presenta la dificultad de una narrativa coherente entre los saltos temporales imprescindibles para resumir décadas en minutos. Tal vez el film de Beatty peque en ciertos momentos de dichas flaquezas, pero lo cierto es que no son muy distintas de las que se pueden encontrar en cualquier guión, con la diferencia de que muchos otros no poseen el interés que puede generar esta.

En cualquier caso, Rojos es un clásico más que recomendable para cualquier persona que quiera acercarse a una época tan convulsa como las primeras dos décadas del siglo XX. Imprescindible para aquellos a los que les guste la Historia. Su plasmación de los sentimientos que genera una revolución, y de cómo estos evolucionan a medida que dicho movimiento debe consolidarse en algo sólido socialmente hablando, es uno de los mejores motivos para sentarse frente al televisor y recuperar esta historia de amor, de lucha por unos ideales y del nacimiento de un movimiento que cambió para siempre el panorama político y social del mundo.

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