Un personaje, dos historias en la primera temporada de ‘The Son’


La serie que ahora nos ocupa, The Son, es posiblemente el caso más evidente en los últimos años de una producción dual, de una historia diferenciada en dos partes claras que, para colmo, generan un interés diferente y provocan, en definitiva, casi dos historias independientes unidas por un nexo en forma de protagonista. La primera temporada de esta adaptación de la novela de Philipp Meyer, realizada a cuatro manos por Brian McGreevy y Lee Shipman (serie Hemlock Grove), se convierte así en una producción compleja, en algunos momentos irregular pero con un potencial prometedor gracias, fundamentalmente, a ese atractivo personaje que es Eli McCullough.

Para aquellos que no hayan visto estos primeros 10 episodios, la trama se mueve a caballo entre la madurez y la adolescencia de un personaje marcado por la muerte de su familia a manos de los indios, que le secuestran primero como esclavo y que le aceptan luego como uno de los suyos. Décadas después, a comienzos del siglo XX, este joven convertido en un exitoso hombre de negocios busca agrandar su fortuna y la de su familia con el petróleo al sur de Texas, todo ello con una escalada de enfrentamientos con México como telón de fondo. Con este argumento como base, la trama se construye con constantes saltos de una época a otra que pretenden, al menos en teoría, buscar un paralelismo y una explicación a las decisiones y acciones del protagonista. Y curiosamente, la parte más interesante suele ser la de su adolescencia, que en principio está tratada como un mero apoyo dramático y narrativo.

Posiblemente se deba al hecho de que esa historia de la adolescencia de este personaje cuenta con muchos más aspectos dramáticos y conflictivos que la parte en la que es adulto, donde es interpretado por Pierce Brosnan (Mejor otro día). En efecto, el calvario que sufre el joven en esta primera temporada de The Son, primero como esclavo al que maltratan y luego como un miembro más de la tribu que no es aceptado por todos, le convierte casi sin querer en el foco de toda la atención del espectador. Y si a esto sumamos el proceso de integración que vive y las consecuencias dramáticas que eso conlleva, entre ellas enfrentarse a los que, en principio, son de su raza, lo que obtenemos es un relato complejo, cargado de matices emocionales y con múltiples lecturas que se enriquecen con los actos de la otra trama que sostiene a la serie.

Curiosamente debería de ser al revés. La trama en la que el protagonista es adulto, en principio, aprovecha los acontecimientos de su etapa adolescente para que el espectador entienda mejor sus motivaciones, sus miedos y sus reacciones. Y hasta cierto punto, así es. Con todo, el proceso inverso adquiere un mayor interés, es decir, la historia termina por generar una mayor interés en lo que ocurre en el pasado, que es complementado con los actos del presente. En este proceso de cambio que se da a lo largo de la primera temporada también influyen, y mucho, los secundarios que se dan cita en cada rama del argumento. Son mucho más atractivos, más profundos desde un punto de vista dramático, los miembros de la tribu, destacando los personajes de Zahn McClarnon (serie Fargo) y Elizabeth Frances (Ghost forest), que los roles que acompañan a Brosnan.

La locura del petróleo

Todo esto no quiere decir que la historia protagonizada por Pierce Brosnan no sea capaz de ofrecer nada en esta primera temporada de The Son. Al contrario, podría entenderse como un reflejo de las tensiones sociales, políticas y culturales que convivían en una época convulsa marcada por la locura del petróleo y la riqueza. Es más, el modo en que los guionistas funden los diferentes aspectos en esta parte de la trama resulta notable, toda vez que logran una progresión orgánica de la trama que explota al máximo las posibilidades dramáticas que establecen todos los secundarios que aparecen. De la lucha por el poder al juego político y judicial para robar tierras; de la guerra por intereses personales a los amores prohibidos y el racismo. La trama, en este sentido, crece a medida que las verdaderas intenciones de muchos personajes van saliendo a la luz, y eso es algo a destacar.

El problema de esta parte de los 10 capítulos es que los secundarios no quedan bien definidos, o al menos no al mismo nivel que la intensidad de la trama. Por ejemplo, los hijos del protagonista parecen dibujados con línea gruesa, tendiendo a convertirlos en arquetipos cuyas decisiones y reacciones a los acontecimientos se antojan previsibles. Algo parecido ocurre con la familia amiga/enemiga encabezada por Carlos Bardem (Assassin’s Creed). Su presencia en la trama es irregular, adquiriendo relevancia en algunos momentos y quedando casi relegada a un mero elemento ornamental de fondo en otras. El hecho de que ande entre dos tierras dramáticamente hablando tampoco termina de ayudar a mostrar claramente la postura de cada uno de los personajes que integran este clan familiar, aunque es justo reconocer que logra el objetivo final de mostrar al personaje de Brosnan como un ambicioso hombre para quien los amigos significan más bien poco.

Y he aquí el meollo de esta serie. Hasta ahora he hablado de estas dos historias como algo independiente, y hasta cierto punto lo son ante la diferente definición del protagonista en sus años de adolescente y en sus años de adulto. Pero la magia de esta ficción radica en el camino que ha convertido a uno en otro, en aquellas vivencias y decisiones que le han llevado hasta donde está, tanto física como psicológicamente. Y es un viaje sumamente interesante. En esta primera temporada ya pueden intuirse algunos matices, algunas ideas que traspasan ambos arcos argumentales. La mayor evidencia es la secuencia en la que Brosnan ve a su ‘yo’ adolescente, un momento en el que, más allá de las connotaciones románticas que pueda tener, se aprecian ciertos reproches velados de su pasado ante las decisiones que ha tomado en su vida. Hay algo más que deberá ser explorado en sucesivas temporadas, y no hay nada más intrigante que conocer la historia de un personaje con tantos claroscuros.

En cierto modo, se puede decir que esta primera temporada de The Son es una presentación de algo mucho mayor. Una presentación algo inconexa en algunos momentos, con dos grandes líneas argumentales que discurren de forma paralela con diversas conexiones entre ellas. Esto puede llevar al espectador a elegir centrar su atención en una antes que en otra (personalmente, en la de juventud), pero es algo que debe intentar evitarse. Porque la serie ofrece bajo esta capa algo más, algo complejo y llamado a captar la atención si es que se aborda con sensatez. Por lo pronto, esta ficción promete un intenso drama que relata una época de la Historia compleja y marcada por la ambición y la guerra. La principal asignatura pendiente es un mejor tratamiento de los secundarios, sobre todo en la época de adulto. Pero eso es algo para lo que todavía hay tiempo.

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‘Melanie. The girl with all the gifts’: nuevos zombis, viejas historias


Unos zombis diferentes dominan el mundo en 'Melanie. The girl with all the gifts'.El cine de zombis ofrece tantas posibilidades como restricciones. El contenido de las historias puede ser sumamente original, pero su tratamiento narrativo tiende a ser, por regla general, lineal y algo previsible. Pero si hay algo que han demostrado los años es que el bajo presupuesto beneficia a estas historias. Y como resultado de todo ello surge la primera película para la pantalla grande de Colm McCarthy, una historia tan curiosa como carente de giros argumentales.

Desde luego, lo más atractivo de Melanie. The girl with all the gifts es el trasfondo de la enfermedad que convierte a los humanos en ‘hambrientos’ (se empiezan a agotar los calificativos para no llamarlos zombis), en esta ocasión un hongo que, lejos de matar para luego resucitar, provoca una transformación que continúa durante diferentes fases, en una especie de malsana interpretación de que la naturaleza siempre se abre camino. Sin duda, lo relevante reside en el personaje de la niña protagonista interpretada por Sennia Nanua, tan aparentemente dulce como violenta. En su figura quedan representados diferentes matices del género, desde la conciencia de los zombis hasta los híbridos.

El problema, y no es algo secundario, es que el desarrollo dramático de esta trama basada en la novela de Mike Carey carece de sorpresas. Los roles adultos, con un reparto de altura (Gemma Arterton, Glenn Close y Paddy Considine), son arquetípicos, respondiendo a los cánones de la serie B más tradicional. Las secuencias se suceden sin grandes sorpresas, salvo tal vez al final, cuando se introducen una serie de elementos novedosos en este tipo de tramas que aportan nuevos niveles interpretativos. Pero hasta entonces, ya sean las motivaciones, los diálogos, los miedos o los recelos, todo en la cinta resulta conocido, sobre todo si el espectador es un fiel seguidor de este tipo de cine.

Así, Melanie. The girl with all the gifts se convierte en un producto menor, en una aportación más a este subgénero del thriller y el terror que son los zombis. Y aunque la aportación, desde un punto de vista conceptual, tiene su interés y ofrece ideas frescas sobre las que apoyar futuras interpretaciones más elaboradas, su desarrollo carece del ritmo y la intensidad necesarios para que el film sea recordado como algo más que una sencilla cinta británica. Dicho de otro modo, entretiene y en algunos momentos incluso puede llegar a resultar sumamente interesante, pero la sensación final no logra llenar. Eso sí, siempre es de agradecer que se pueda disfrutar de un reparto como este, incluso cuando los personajes no tienen demasiada profundidad.

Nota: 6/10

‘Un monstruo viene a verme’: sentimientos encontrados


El joven Lewis MacDougall es el protagonista de 'Un monstruo viene a verme'.Si algo deja claro la nueva película de J.A. Bayona (Lo imposible) es que el director catalán tiene una habilidad única para la dirección de actores y para exprimir al máximo la intensidad dramática de las historias que narra, normalmente con una espectacularidad más que notable. Y si algo se puede aprender también de esta emotiva historia es que menos es más, como siempre se ha defendido en diversos sectores del séptimo arte.

Desde luego, lo mejor de Un monstruo viene a verme es su historia, cargada de emoción en cada plano, en cada movimiento de cámara. No hay nada en este film, al menos durante su primer y segundo acto, que no esté milimétricamente calculado para asentar en el espectador cierta congoja y una innegable belleza formal al servicio del drama. Las dos pequeñas historias narradas por el consabido monstruo son de una elegancia tan apabullante que se convierten casi en lo mejor de un film espléndido. A esto se suman, por supuesto, los actores, todos ellos brillantes, aunque destaca sobremanera el joven Lewis MacDougall (Pan: Viaje a Nunca Jamás), cuya interpretación, complicada por el contexto en el que se desarrolla, es simplemente impecable.

Ahora bien, la cinta tiende al melodrama a medida que se acerca el aciago final. Y es aquí donde se nota la mano del guionista, que también es autor de la novela en la que se basa la película. Patrick Ness decide olvidarse de que se está narrando una película para golpear al actor con la fuerza de una situación que, al menos visualmente, es innecesaria. El final del film se asemeja más a un melodrama televisivo que a la historia que se narra, sobre todo si se tiene en cuenta que la resolución del film, con ese cuaderno de dibujo que encuentra el joven protagonista, tiene un significado abierto a la interpretación pero, en cualquier caso, poco relacionado con lo visto anteriormente.

Es por esto que Un monstruo viene a verme no llega a ser una película excepcional. Su factura técnica es impecable, sus actores son maravillosos, e incluso el tono general del film, un drama salpicado por ciertas dosis de humor, frustración, ira, miedo y odio, narra a la perfección las emociones que debe de vivir un niño de 12 años que no entiende la vida que le ha tocado vivir y que no comprende los sentimientos encontrados a los que tiene que hacer frente. Pero el guión, que tiene un desarrollo magnífico a lo largo de la mayor parte del metraje, se pierde en el dramatismo más innecesario en un intento de arrancar las lágrimas del espectador. Y eso no solo es algo innecesario, sino que no cuadra demasiado con el relato previo. En cualquier caso, es una obra indispensable.

Nota: 7,5/10

La 8ª T. de ‘Castle’ demuestra que no es bueno apresurar el final


Nathan Fillion y Stana Katic han afrontado su último desafío en la 8ª T. de 'Castle'Bueno, pues ya llegó. Han pasado ocho años, y como es habitual en este tipo de series que funcionan con la tensión sexual entre los protagonistas, Castle ha perdido fuerza de forma progresiva a medida que la relación entre el escritor y la policía se consolidaba. Y aunque Andrew W. Marlowe (El hombre sin sombra) ha demostrado ser capaz de dar giros interesantes a la historia, al final la gravedad ha vencido. Es algo natural que no solo no puede criticarse, sino que debe alabarse. Lo que ya no es tan de agradecer es que, por cuestiones ajenas a la propia historia, ésta se vea forzada a tomar un camino antinatural, con giros cuanto menos cuestionables y resoluciones que podrían calificarse de interesadas, por no decir ridículas.

La octava y última temporada de la serie ha presentado, como es habitual en esta ficción, un villano único para el arco dramático de los 22 capítulos. Un arco que, en cierto modo, aúna todo lo ocurrido hasta el momento para dar coherencia al desarrollo de los personajes. Todo ello, claro está, combinado con historias episódicas a cada cual más original o extravagante. Y hasta aquí todo normal, si es que hay algo normal en esta producción protagonizada por Nathan Fillion (Percy Jackson y el mar de los monstruos) y Stana Katie (Big Sur). El problema nace, como suele ocurrir en cualquier historia, cuando se traiciona las bases. Y si esas bases se han construido durante tantos años, es necesario andar con pies de plomo.

Por ello resulta tan extraña la resolución ofrecida para ese villano de la temporada. Sin entrar a valorar esa especie de doble final que presenta la serie (y que personalmente es equivocado en la forma y en el fondo, pues demuestra una cobardía a la hora de afrontar un final real para los personajes), la temporada está estructurada de tal forma que la clave ofrecida en la conclusión narrativa del arco argumental resulta poco creíble. El espectador que haya seguido la serie desde el principio es consciente de que las tramas no episódicas de Castle aparecen y desaparecen durante cada temporada, pero siempre tienen un cierto nexo de unión entre héroe, villano y desarrollo.

En esta octava temporada, sin embargo, la identidad del villano queda siempre en la sombra, ofreciendo una narrativa que parece recurrir más bien a un McGuffin que a un enemigo real. Y aunque esto no es en sí mismo un problema, cuando se levanta el telón y se descubre la realidad la sensación que queda es ciertamente decepcionante. Y lo es porque el señalado como oponente de estos dos genios de la ley es totalmente inconexo a la trama, sin un desarrollo dramático previo y con una falta absoluta de conocimiento por parte del espectador. Dicho de otro modo, se desconoce motivación, objetivos, relaciones con el resto de personajes o actos previos. Muchos tal vez consideren válida la elección dado que, al ser un personaje que se mueve en las sombras, puede ser cualquiera. Pero incluso en este contexto es necesaria una construcción más sólida que la simple criminalización de sus actos.

La vida de 'Castle' vuelve a peligrar en la octava temporada.

Historias secundarias sin terminar

Todo esto evidencia una realidad que, por otro lado, es habitual en productos con finales apresurados: las prisas nunca son buenas. Y si bien es cierto que algunas series y películas salen airosas de la prueba, el remanente siempre queda, generando una sensación agridulce que combina la insatisfacción del final poco elaborado, la alegría de una historia que gusta y, como es inevitable, la sensación de vacío que deja un producto de tantos años. Del final depende que ese estado emocional sea luminoso o sombrío, y en el caso de Castle es… bueno, personalmente creo que más tirando a sombrío.

Pero esa sensación no solo se genera por el desarrollo dramático de esta última etapa. Las prisas por cerrar una historia que se preveía, al menos en teoría, para alguna temporada más obligan a la estructura narrativa a centrar la atención en un único objetivo, lo que deja de lado las tramas secundarias que, en mayor o menor medida, siempre han sido parte importante de la serie. Es lógico, pero no por ello menos alarmante. Y no me refiero a las historias personales de los roles de Seamus Dever (Ready or not) y Jon Huertas (Miss dial), el primero más atado que el segundo, sino al hecho de que la presencia de prácticamente todos los secundarios queda relegada al mero testimonio a utilizar cuando es necesario para la trama principal.

Esto ocurre, sobre todo, con los personajes de Susan Sullivan (Puzzled) y Molly C- Quinn (Somos los Miller), madre e hija del escritor respectivamente. Mientras que su desarrollo ha ido creciendo temporada a temporada, en estos últimos episodios se limitan a ser testigos de la acción, sirviendo de apoyo cuando es necesario para los intereses de una trama de la que apenas forman parte. Y para muestra un botón: ¿nadie se ha preguntado por qué no aparecen en esa última escena compartiendo plano con los dos protagonistas y completando la estampa familiar? Independientemente de simbolismos, interpretaciones oníricas o realidades paralelas, lo cierto es que ambos personajes, y con ellos otros secundarios, se han convertido más en figuras representativas que en auténticos motores de tramas propias que enriquezcan el conjunto.

Y tal vez sea por eso que la octava y última temporada de Castle representa el nivel más bajo que ha alcanzado la serie. Lo cual, por otro lado, no es decir que sea mala, ni mucho menos. Muchas series, longevas o no, matarían por lograr el nivel que ha tenido esta ficción de Andrew W. Marlowe a lo largo de los años. Y muchas incluso lo harían con la originalidad de los crímenes presentados en cada episodio. Pero eso no debe ser impedimento para que se reconozca que estos 22 episodios han sido en muchos momentos apresurados, toscos y carentes del sentido habitual de la serie. Y de eso da buena cuenta el último capítulo. Aunque lo peor de todo es saber que se debe a un problema ajeno a la narrativa. En fin, sea como sea, Castle ha escrito la última línea de su novela final. Adiós, Richard.

Un botones sustenta las irregulares historias de ‘Four rooms’


Tim Roth es el protagonista de los cuatro fragmentos de 'Four rooms'.Los hoteles, ya sea a modo de excusa argumental o como verdaderos protagonistas de la trama, han estado muy presentes en el cine a lo largo de toda su historia. Puede que una de las películas más surrealistas realizadas en estos lugares sea Four rooms (1995), un irregular experimento en el que cuatro directores realizaron cada uno una especie de cortometraje o, mejor dicho, una historia ambientada en un extraño hotel durante Nochevieja. Cuatro historias, por tanto, unidas por la presencia de un botones que empieza a trabajar ese mismo día y que se verá envuelto en todo tipo de desventuras, desde un aquelarre hasta una peligrosa apuesta. Allison Anders (Mi vida loca), Alexandre Rockwell (En la sopa), Robert Rodriguez (Desperado) y Quentin Tarantino (Pulp Fiction) son los nombres propios tras esta idea.

Una idea que, como decimos, terminó siendo algo irregular. Como suele ocurrir con cualquier creación, el tiempo ha sido la que ha puesto en su sitio la obra, y sobre todo a sus realizadores. La película va de menos a más en todos los sentidos, desde el ritmo hasta el surrealismo, pasando incluso por el número de estrellas que participan en el film. Y no por casualidad los segmentos de historia dirigidos por los dos directores más conocidos de este cuarteto son los que más se recuerdan tras casi 20 años de existencia. Dejando a un lado el interés que puedan generar un aquelarre de brujas o un hombre apuntando a su mujer amordazada con un arma, lo que realmente impide que los dos primeros fragmentos estén al mismo nivel que los dos últimos es el estilo visual utilizado, mucho más comedido, más académico y con un ritmo mucho menor.

Tanto ‘El ingrediente que faltaba’ como ‘El hombre equivocado’, títulos de esas primeras aventuras del botones interpretado magistralmente por Tim Roth (Funny games), no logran aprovechar al máximo sus opciones narrativas, revelándose como relatos lineales dentro de un proyecto que, por su propia definición, posee un arco dramático quebrado. Son, por así decirlo, historias que preparan tanto al protagonista como al espectador para lo que está por venir, lo cual juega a favor de Rodriguez y Tarantino, pero en detrimento de Anders y Rockwell. Sí, cada uno posee un estilo único y muy definido, pero precisamente eso es lo que demuestra el talento de unos y la manufactura de otros. En cierto modo, lo que sostiene la primera mitad del metraje es el propio Roth, quien aprovecha esos instantes para sentar las bases de la psicosis de un personaje sobrepasado por las circunstancias que intenta, por encima de todo, sobrevivir sin volverse loco.

Como decía antes, es curioso comprobar cómo estas cuatro historias reflejan no solo las narrativas de cada director, sino también la capacidad de convocatoria y atractivo de cada una de ellas. En efecto, los primeros dos episodios de Four rooms cuentan con algunos nombres conocidos, mientras que los dos siguientes están protagonizados por estrellas de Hollywood. Y eso en un film dirigido por directores en sus inicios por aquel entonces. Claro que la película pudo contar con muchos de ellos porque tanto Rodriguez como Tarantino acababan de terminar dos de sus éxitos más importantes protagonizados, precisamente, por los mismos actores que participan en sus segmentos.

Violencia ‘in crescendo’

En cierto modo, esta película dividida en cuatro partes tiene, además, una división más general en dos fragmentos. Si el primero está marcado por un tono algo monótono, sin grandes sobresaltos y con una visión más bien artesanal, el segundo peca precisamente de los contrario, imprimiendo un ritmo enloquecido que aumenta de forma exponencial hasta derivar en una surrealista apuesta que representa, en cierto modo, la vía de escape de un hombre frente a la locura y la sin razón de un mundo plagado de mafiosos, brujas y psicópatas encubiertos. Me refiero al botones, por supuesto. Y si antes decía que tanto Anders como Rockwell imprimen sus estilos personales a sus historias, Rodriguez y Tarantino no se quedan atrás. Es más, al igual que pasó en ese otro experimento titulado Grindhouse (2007), ambos directores dan rienda suelta a sus instintos y a todos los conceptos que les definen.

Bajo el título ‘Los niños malos’ el director de Abierto hasta el amanecer (1996) compone un fresco de lo más salvaje visualmente hablando, a medio camino entre la locura y lo apocalíptico (esa imagen de Roth con una muerta en la cama, los niños a su lado y el fuego de fondo es inimitable) que, curiosamente, comienza de la forma más anodina. Es este el verdadero punto de inflexión del film, aquel en el que adquiere verdadera hilaridad y ácida ironía al tomarse a broma todo lo visto con anterioridad (y lo que se verá con posterioridad). Es aquí también donde el botones protagonista toca fondo, donde el personaje supera con creces todas sus limitaciones morales para encontrarse en medio de una locura sin sentido de la que solo quiere escapar. Me atrevería a decir que ocurre desde el momento en que el personaje de Antonio Banderas (La máscara del zorro), un mafioso, deja a sus hijos, verdaderos diablos, a cargo del botones, quien debe multiplicarse en sus dos funciones.

Evidentemente, el devenir de la historia convierte esas ganas de dejar su trabajo en verdadero instinto de supervivencia, no solo por la presencia de Banderas, una especie de parodia de otros personajes similares, sino porque el hotel se revela en ese momento como una especie de caja de Pandora en el que todos los males se hallan ocultos en los rincones más insospechados. Pero si Rodriguez deja su sello en este fragmento, el corto titulado ‘El hombre de Hollywood’ solo podría estar firmado por Tarantino (quien, por cierto, aprovecha para hacer su habitual cameo). No tanto por la violencia implícita y explícita de lo que en él ocurre, sino por la inteligencia de los diálogos y la determinación a la hora de resolver la secuencia, un ejemplo más de que sus personajes, si bien tienden a ser poco complejos, actúan siempre conforme a su naturaleza, incluso en sus últimas consecuencias. Por no hablar de su apuesta por el plano secuencia, una muestra más de su genialidad.

Four rooms queda en la memoria, por tanto, como un interesante experimento que, como suele ocurrir en estos casos, no logra toda la repercusión que podría obtener. Buena parte se debe al desequilibrio entre los directores, dos de ellos convertidos en referentes de un tipo de cine con el paso de los años y los otros dos reciclados en televisión o en cintas de poca difusión, pero no toda la responsabilidad es de ellos. El propio formato impide que el espectador se identifique completamente con la historia, asistiendo a las desgracias de un botones cuyo techo moral se va resquebrajando hasta desaparecer. Sí, su decadencia, mostrada con un tono irónico y ácido, genera comicidad y lástima a partes iguales, pero no logra conectar. Al final lo que se recuerdan son las historias, y entre ellas las de Rodriguez y Tarantino.

‘Monuments Men’: historias de la guerra


George Clooney y Matt Damon encabezan los 'Monuments Men'.George Clooney, como director, suele realizar obras en las que su ideología y su forma de entender el mundo quedan patentes. El problema es que estamos tan acostumbrados a verle firmar obras tan serias y densas como Buenas noches, y buena suerte (2005) que nos olvidamos por un momento de que también es capaz de hacer algo como Ella es el partido (2008). El nuevo film del protagonista de la saga Ocean’s (con la que comparte ciertas bases conceptuales adaptadas al tiempo en el que se desarrolla la trama) tiene algo de ambos mundos, es decir, se encuentra a medio camino entre la gravedad moral de lo que narra y la ligereza con la que lo hace. Y esto no tiene que ser necesariamente malo.

Más bien al contrario, el actor, director y guionista imprime al conjunto un estilo ameno, entretenido y a ratos muy divertido. Se aleja, por tanto, del drama de la guerra y de la muerte por bien común y altruista como es salvar el legado artístico y cultural de siglos de humanidad. Y en cierto modo la apuesta por este punto de vista no solo libra al reparto y al propio director de caer en una espiral dramática que podría haber terminado en tragedia (para la trama y para la propia película en sí), sino que permite combinar los momentos más trágicos con otros algo cómicos. A ello contribuye, no cabe duda, la camaradería de unos actores que disfrutan dentro y fuera de la pantalla, en especial Matt Damon (Contagio), Bill Murray (Bienvenidos a Zombieland) y John Goodman (Red state), que protagonizan alguno de los mejores momentos del film. Mención aparte merece Cate Blanchett (Babel), que aprovecha al máximo un personaje que se queda en un intento de protagonismo femenino, siendo en realidad un secundario que habría merecido algo más.

Y precisamente ese tono algo cómico y ligero es lo que impide introducirse de lleno en el film. Eso, y que la historia de este grupo de hombres que busca obras de arte en plena II Guerra Mundial se ramifica en tantas subtramas localizadas en diferentes lugares de Europa en un mismo periodo de tiempo. Diversificación que obliga a tener en todo momento muy presente lo que busca cada personaje, hacia dónde le dirigen las pistas que encuentra, y que dificultades se encuentra por el camino. En definitiva, demasiada complejidad para una historia que se antoja mucho más directa y simple, y que precisamente gana enteros cuando el grupo vuelve a reunirse hacia el tercio final del film.

En cualquier caso, Monuments Men deja algunos momentos para el recuerdo (el descubrimiento de arte robado en una casa es magnífico), y aprovecha los pocos recovecos que la búsqueda de arte le deja para lanzar algún que otro mensaje ideológico que dan buena cuenta de ese compromiso de Clooney. Y no desentonan a pesar del tono afable del conjunto. Es, en definitiva, una combinación de los dos mundos en los que se mueve el director, el más comercial y el más intelectual. No es un gran film cargado de emotividad y reflexiones sobre el modo en que la guerra destruye nuestra humanidad (aquí representada por el arte), pero tampoco lo intenta. Simplemente señala una historia de la guerra que, de otro modo, el gran público tal vez nunca habría conocido.

Nota: 6,5/10

Nominados a los Goya 2014, el gran público y las historias modestas


Logo de los premios Goya 2014.Lo que ha ocurrido este año en las nominaciones de los premios Goya, que se anunciaron en la mañana de ayer, es cuanto menos curioso. No han sido pocas las voces que se han pronunciado ya acerca de la idoneidad de algunas candidaturas, de la ausencia de algunos nombres o de los errores que, al parecer, deben contener siempre este tipo de actos para que sean considerados propiamente nacionales (lo de incluir a un nominado que no corresponde lleva camino de convertirse en tradición). Como siempre hacemos desde Toma Dos, al final del texto encontraréis el enlace a los nominados, pero antes haremos hincapié en algunos aspectos cinematográficamente interesantes que dejó el acto.

Uno de ellos, posiblemente el que corresponde a un punto de vista más personal, es la marcada dicotomía que existe en las películas seleccionadas. Es cierto que todos los años grandes éxitos de taquilla se entremezclan con modestas producciones que normalmente encuentran el éxito una vez reciben esta atención. Este 2014, sin embargo, este fenómeno viene acompañado de un entorno social y cultural diferente. El cine español ha sufrido uno de sus peores periodos, reduciendo espectadores y recaudación. Salvo grandes títulos como La gran familia españolaLas brujas de Zugarramurdi, el resto de films han pasado de puntillas por la taquilla, llegando incluso a recibir un estreno muy, muy minoritario, como fue el caso de New York shadows, estrenada en junio y que tiene una nominación. Desconozco si realmente existe una motivación más allá de premiar la calidad de las películas nacionales, pero da la sensación de que las nominaciones se corresponden con una tendencia a reconocer más el éxito en taquilla que la calidad en sí misma.

La prueba más evidente es que las grandes películas destinadas a las categorías más importantes, si bien han tenido un gran éxito, no poseen la calidad que en años anteriores sí había. Esto no implica que sean malos films, ni mucho menos, pero no existe una comunión entre calidad y reconocimiento de crítica y público como si existió en ediciones anteriores. Bien es cierto que este año la cosecha cinematográfica no ha sido tan completa, pero resulta un poco extraño comprobar que la película fantástica de Álex de la Iglesia (Crimen ferpecto) tenga reconocimiento en su apartado técnico pero no en su guión (un delirio ácido y crítico con la naturaleza humana) o en su dirección. O la ausencia de nombres como el de Sergi López, cuyo trabajo en Ismael está al mismo nivel, al menos, que el de Juan Diego Botto (La mujer del anarquista), presente en la categoría de Actor Secundario por la misma película.

Igualmente, que 3 bodas de más se encuentre con 7 candidaturas, entre ellas Mejor Guión Original, no deja de ser una prueba más de que este pasado 2013 la producción fílmica no ha estado al mismo nivel que en ediciones anteriores. Siendo divertida como es, si hubiese coincidido en otra época posiblemente se hubiera quedado fuera de muchas de las categorías. En este sentido hay que destacar también ese efecto arrastre que siempre suele producirse en este tipo de eventos, tanto en España como en otros países. Dicho efecto, que consiste en otorgar nominaciones a una película simplemente porque es la que más tiene, ha encontrado su máximo referente este año en la película de Daniel Sánchez Arévalo, cuya comedia con el Mundial que ganó España como telón de fondo tiene una candidatura a los Mejores Efectos Especiales. Sobran las palabras si una comedia de este tipo se cuela en semejante categoría.

Menos olvidados

Es de justicia reconocer, empero, que con todo y con eso la Academia ha sabido este año reconocer, en líneas generales, el buen hacer de los cineastas, actores y demás responsables cinematográficos. Independientemente de que aquellos que no vivimos el séptimo arte desde dentro no comprendamos determinadas decisiones, las nominaciones a los Goya 2014 dejan menos olvidados que otros años. Por ejemplo, que un director y guionista como David Trueba haya logrado 7 nominaciones con Vivir es fácil con los ojos cerrados es una de las mejores noticias que podían anunciarse, no digamos si, de una vez por todas, reconocen el talento de este madrileño con sendos premios.

De hecho, la presencia de nombres propios llega al punto de incluir en las nominaciones películas como Los amantes pasajeros, última propuesta de Pedro Almodóvar que queda muy lejos de sus mejores obras. Durante la jornada de ayer llegué a escuchar en algún momento cierta extrañeza por el hecho de optar únicamente a Mejor Vestuario. Siendo sinceros, e independientemente de que posea algún que otro momento brillante, el film es muy irregular, un exceso en toda regla de un director que no necesita demostrar nada pero que tampoco parece querer reinventarse.

Finalmente, las categorías que posiblemente presenten menos conflictos sean las de animación y película europea. Mientras que la primera contiene joyas como Futbolín, la segunda recoge los grandes títulos del año, entre ellos Amor, de Michael Haneke; La caza, de Thomas Vinterberg; y la más reciente ganadora de los premios del Cine Europeo, La gran belleza, de Paolo Sorrentino. Dos categorías que reflejan muy bien la sensación que dejan las nominaciones en general desde un punto de vista puramente preferencial: este 2014 resulta extremadamente difícil hacer conjeturas sobre el triunfador de la gala que tendrá lugar el próximo 9 de febrero, sea por el motivo que sea. La lógica dicta que los premios deberían estar muy repartidos. A continuación encontraréis todos los nominados y las películas que competían por estar entre las elegidas.

Nominados a los Premios Goya 2014 (28ª edición)

Zhang Yimou y la poesía de la guerra de ‘Héroe’


Jet Li protagoniza 'Héroe'.A pesar de las dificultades habituales, tanto culturales como de distribución, que tienen las películas asiáticas para llegar a España, siempre resulta enriquecedor acercarse a producciones de este tipo, ya sean de terror, dramáticas o de acción, como es el caso que nos ocupa. Evidentemente, los directores que logran dar el salto más allá de sus fronteras suelen tener algo diferente, una forma de narrar y de comprender las historias que les diferencia del resto, quizá de forma más acentuada que en otros países. Así, si Takashi Miike (Audition) y Takeshi Kitano (Zatoichi) se caracterizan por sus diferentes visiones de la violencia humana, Zhang Yimou destaca principalmente por la poesía que es capaz de imprimir a cada plano, unidad básica del lenguaje narrativo que termina siendo casi un cuadro, un mural donde el más mínimo detalle tiene relevancia. Quizá la máxima expresión de esto sea Héroe (2002), nominada al Oscar a la Mejor Película Extranjera.

Una belleza formal, por cierto, que se aprecia en su nuevo trabajo, Las flores de la guerra, ya desde su trailer. Una belleza que se traduce en un uso apabullante de la amplia paleta de colores que le permite la historia. Curiosamente, una historia a priori tan poco dada a la profusión cromática como Héroe se convierte en todo un decálogo de lo que se debe hacer con esa herramienta muchas veces ignorada o menospreciada. Y es que la trama, que transcurre durante las guerras que dieron origen a la unificación de China (al menos a la parte que fue delimitada por la Gran Muralla), narra la historia de un guerrero que se presenta ante el emperador con las espadas de tres asesinos sobre los que hay proclamadas sendas recompensas. Sorprendido por la noticia, el emperador pide al guerrero que le cuente semejante hazaña.

A diferencia de las cintas similares del género de acción y artes marciales, la fuerza del film de Yimou no reside tanto en sus escenas de acción, que las tiene y son realmente espectaculares, como en las relaciones de sus personajes y, sobre todo, en la forma de mostrar cada uno de los relatos del guerrero, interpretado para la ocasión por Jet Li (Los mercenarios 2) en uno de sus mejores roles. En efecto, si muchas de las llamadas películas de artes marciales dejan de lado diálogos y desarrollo de personajes para centrarse en la espectacularidad de los combates cuerpo a cuerpo (más o menos lo que ocurre en occidente), en esta ocasión cuenta más lo que se dice, y lo que no se dice, que lo que se golpea. A través de los relatos del protagonista el espectador asiste a un drama de personajes derrotados por el paso del tiempo, de infidelidades, amorosas y de otras índoles, y de esperanzas por conseguir una venganza largamente ansiada.

Gracias a este enriquecimiento, el arco narrativo adquiere una relevancia mayor que la mera excusa entre combate y combate. De hecho, se vuelve fundamental para la resolución de la trama, que ofrece un giro final realmente interesante. En este sentido, el film recuerda a Rashomon (1950), de Akira Kurosawa, solo que en este caso los diferentes puntos de vista afectan a varias historias que, mediante detalles y pequeñas inexactitudes introducidas a conciencia, crean la sensación de asistir a relatos que maquillan la verdad, algo que tendrá mucho que ver con ese giro final antes mencionado.

Tres historias, tres colores

Y si tan importante es el uso de los diálogos y el desarrollo de los personajes, más lo es el ya comentado uso del color. Héroe no solo es una de las mejores en plasmar el cromatismo en pantalla, sino que supera a muchos de los films posteriores en dicha tarea gracias a la inteligencia con la que se combinan y se aprovechan. Yimou se basa de colores tan básicos como el azul, el rojo o el blanco para exponer cada una de las historias y, sobre todo, el sentimiento que en ellas se potencia. Si el relato de este guerrero Sin Nombre se centra en explicar cómo derrotó a cada uno de los asesinos, el color de cada fragmento pone en imágenes las emociones con las que se juega. Hay que aclarar, empero, que dichos colores no abruman la imagen.

A diferencia de films como Traffic (2000), el director chino impregna únicamente la ropa y determinados elementos del entorno del color correspondiente, haciendo hincapié en el hecho de que la historia es sobre los personajes, no sobre la acción. Aunque puede resultar confuso asistir a los cambios de ropa de los personajes cada pocos minutos, dicha confusión desaparece desde el momento en el que se comprende que no estamos ante un producto al uso, sino ante una obra diferente, de referencia.

Porque sí, es una cinta que ha marcado un antes y un después. Tal vez no de forma evidente, pero sin duda ha influido en el moderno cine de acción. Por desgracia, no lo ha hecho con su aspecto narrativo, sino con su aspecto formal. Si ya hemos hablado de la importancia de los personajes en la historia y del cromatismo utilizado, no hay que olvidar el tercer gran pilar de la película: la forma de rodar la acción. Zhang Yimou, en sintonía con el resto de los componentes, convierte las luchas cuerpo a cuerpo en auténtica poesía, muy en la línea de Tigre y dragón (2000). Los combates se elevan por encima del mero reparto de bofetadas para alcanzar el status de fatalidad, nutridos en buena medida por las revelaciones previas de los secretos y engaños de los personajes.

En el recuerdo quedará para siempre la impactante escena del ataque a un centro de escritura donde se esconden dos de los asesinos, con una lluvia de flechas que oculta el sol del cielo. En un momento de la historia se menciona que el arte de la escritura es tan difícil como el arte de la espada. Si es así, los personajes del film se convierten en auténticos poetas capaces de desviar los proyectiles escribiendo palabras en el aire con sus espadas. Si es así, Zhang Yimmou es un virtuoso del lenguaje, en este caso cinematográfico. Esta película, al igual que muchas otras de su carrera, da fe de ello.

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Cine y palabras

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