‘La seducción’: buena hospitalidad sureña


Tal vez sea porque la historia se basa en una novela de Thomas Cullinan, y por lo tanto no es un guión original, pero lo cierto es que la nueva película de Sofía Coppola (The Bling Ring) se distancia significativamente de algunos de los temas abordados en sus anteriores proyectos para adentrarse en una compleja trama con muy diversas interpretaciones en las que el bien y el mal se difuminan casi tanto como en la guerra que marca el contexto del film.

Y es que La seducción no es lo que parece a primera vista. De hecho, no es lo que parece ni siquiera con su parsimonioso y contemplativo comienzo. La trama, articulada en torno a una dualidad que puede interpretarse desde el punto de vista de la Guerra de Secesión norteamericana o desde la confrontación de géneros, siembra durante su primera mitad todos los elementos necesarios para un final tan trágico y brutal que es imposible no reaccionar ante él. La seducción a la que hace referencia el título parece desarrollarse muchas veces en un subtexto, en unas sencillas miradas que, en ningún caso, invitan a pensar en el aciago final para un Colin Farrell (La señorita Julia) brillante en su papel protagonista. Bueno, de hecho habría que destacar a todo el reparto.

Si bien es cierto que Coppola tarda un tiempo en dotar de ritmo a la trama (y este puede que sea el mayor problema de la historia), la directora imprime fuerza narrativa al relato una vez se pone en marcha el juego entre el hombre y las mujeres que habitan en la casa. Un juego en el que, y en esto Coppola acierta de pleno con una planificación espléndida, el espectador parece situarse junto al personaje de Farrell para terminar viendo una realidad muy diferente, un final desencadenado por la propia actitud del protagonista y el miedo al bando contrario que siempre subyace en un conflicto bélico.

De este modo, La seducción se convierte en una obra trágica, marcada en todo momento por el miedo y por la atracción que todos personajes femeninos sienten, de un modo u otro, hacia el rol masculino. La evolución del film, que pasa de ser tener un ambiente más bien tedioso a uno enrarecido y marcado por la tragedia, es sin duda el mayor atractivo de una historia cuyos actores sobresalen gracias a una complicidad potenciada por la labor de Coppola en la narrativa y en el aspecto visual, donde destaca el uso de las luces y las sombras. Puede que en sus primeros compases posea un ritmo lento y parsimonioso, pero el tratamiento posterior compensa sobradamente los primeros minutos.

Nota: 7/10

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‘Los hombres libres de Jones’: se abolió la esclavitud, ¿y el racismo?


Matthew McConaughey protagoniza 'Los hombres libres de Jones', de Gary Ross.Cuando se habla de la Guerra de Secesión estadounidense suele hablarse del fin de la esclavitud, de cómo el Norte derrotó al Sur y se lograron más derechos, una mayor igualdad. Pero, ¿qué ocurrió realmente cuando los grandes terratenientes sureños se vieron obligados a despojarse de aquellos que habían sido sus esclavos durante décadas? Eso, a grandes rasgos, es lo que explica la nueva película de Gary Ross (Pleasantville), y lo hace con la humildad y sonrojo que provoca analizar la parte más vergonzosa de la historia de tu pueblo.

Porque si algo provoca Los hombres libres de Jones es sonrojo, vergüenza y rabia. Emociones todas ellas generadas gracias a la narrativa de Ross y a un guión magnífico que, aunque dividido en dos partes más que claras, es capaz de mantener el ritmo con razonable habilidad para no perder nunca el objetivo de la historia. Tal vez sea por eso, porque nunca pierde de vista su mensaje final, por lo que el espectador apenas nota el cambio entre partes, motivado por el fin de la guerra y cómo abolir la esclavitud no fue más que un deseo sobre el papel que no se logró realmente en muchos estados del sur.

Habrá quien entienda que la película pierde fuerza una vez superado el punto de inflexión del final de la guerra, pero en realidad es ahí cuando adquiere verdadero significado. Los discursos del personaje de Matthew McConaughey (El inocente), quien por cierto está espléndido, sin duda resultan excesivamente aleccionadores, y hubieran necesitado algo más de sutileza a la hora de enarbolar la bandera de la igualdad y la libertad, pero el tema tratado es tan contundente que apenas se tiene en cuenta. Es a través de estos discursos, de leyes como la del “entrenamiento” de niños esclavos, o de los delitos en el recuento de votos de las primeras elecciones que aceptaron gente de color, donde la cinta logra su máximo esplendor, desgranando un país que todavía hoy vive sumido en un racismo que parece incapaz de superar.

De hecho, Los hombres libres de Jones perfectamente tendría un marcado significado aleccionador simplemente comparándolo con lo que ocurre en Estados Unidos últimamente. Pero por si eso no fuera suficiente, aborda el caso de un descendiente del protagonista 80 años después, cuando una ley le impide casarse con una mujer blanca porque tiene ascendencia negra en un 8%. Ver para creer. La película ya es interesante por sí misma simplemente con el tema que aborda. Pero la capacidad de Gary Ross, que escribe y dirige la cinta, hace que la historia adquiera una dimensión mucho mayor y más interesante. Posiblemente estemos ante uno de los primeros títulos a los Oscar.

Nota: 7,5/10

‘Sleepy Hollow’ se desinfla en una 2ª temporada sin objetivos claros


Tim Mison y Nicole Beharie siguen luchando contra el mal en la 2ª T de 'Sleepy Hollow'.Mantener el interés de una serie con tramas episódicas puede ser, a veces, tan complicado como lograrlo con tramas desarrolladas en temporadas. Pero lograr el equilibrio entre ambas en una producción y no morir en el intento es, posiblemente, el más difícil todavía. A nadie debería extrañarle, por tanto, que la segunda temporada de Sleepy Hollow haya tenido numerosos altibajos, muchos provocados por una indefinición en algunos conceptos y otros por la falta de tramas convincentes más allá de la principal. Es cierto que la serie creada por Phillip Iscove, Alex Kurtzman, Roberto Orci (estos últimos responsables de la serie Fringe) y Len Wiseman (Underworld) ha sabido reinterpretar los mitos norteamericanos bajo una pátina religiosa, pero no ha logrado un desarrollo lineal claro.

Uno de los indicadores más significativos de este síntoma es el hecho de que muchos personajes secundarios entran y salen de la trama en función de las necesidades, sin tener una regularidad y sin lograr así una mínima identificación con sus personalidades. El caso más notable es el del rol de Matt Barr (serie Hatfields & McCoys), una especie de Indiana Jones que se dedica a suministrar armas y artefactos en la lucha contra el demonio. El problema es que su presencia no tiene un desarrollo claro, quedándose en una mera anécdota que termina con un episodio dedicado a su pasado. Y aunque es el caso más evidente, en líneas generales todos los secundarios adolecen de esta problemática, lo que impide que sus respectivas tramas se integren. La excepción sería el personaje de Orlando Jones (El circo de los extraños), si bien su historia da excesivos giros para la simplicidad de la propuesta.

Estos nuevos 18 episodios de Sleepy Hollow presentan una serie de logros interesantes. Narrativamente hablando, es justo reconocer que la serie ha sido consciente de sus posibilidades y ha sabido dar un giro dramático hacia la mitad de esta segunda temporada. Un giro que, en pocas palabras, rompe con lo establecido desde el inicio de la primera etapa, lo que evidencia una valentía enorme por parte de sus responsables. El problema es lo que ha llegado después. Sin un objetivo claro, la segunda parte de estos capítulos ha sido un constante vaivén sin un objetivo dramático claro, salvo tal vez allanar el camino hacia lo que vendrá en la tercera temporada, ya anunciada.

Esto no quiere decir, sin embargo, que no hayan existido buenas motivaciones en los personajes, algo que se ha labrado de forma inteligente y muchas veces sutil a lo largo de la temporada. La evolución del rol de Katia Winter (Una extraña entre nosotros), a pesar de ciertos excesos en su tramo final, ha permitido convertirla en una villana que podría haber dado mucho que hablar en el futuro, tanto por el poder que parece ostentar como por las relaciones que le unen a la pareja protagonista, pero cuyo final se precipitó al final de esta entrega de capítulos. Un final cuyas consecuencias deberían ser exploradas.

Regreso al origen

Como decía un poco más arriba, la segunda parte de la temporada ha carecido de la coherencia que sí tuvo la primera temporada de Sleepy Hollow. La presencia de demonios, ángeles vengativos, criaturas mitológicas y brujos poderosos ha abierto el abanico de posibilidades para la serie, es cierto, pero la ausencia de un objetivo concreto, de una misión para los dos protagonistas, ha creado una sensación de vacío. Sensación refrendada, por cierto, por la ausencia absoluta de uno de los pilares de la serie, el jinete sin cabeza. Su desaparición de la trama coincide, no por casualidad, con ese cierto caos dramático que se apodera de la ficción en su parte final. Su regreso, a tenor del final de temporada, debería generar nuevos conflictos que reaviven esa rivalidad entre Ichabod Crane (un cada vez más cómodo Tom Mison –La pesca del salmón en Yemen-) y el jinete.

Algo que nos lleva, básicamente, a reiniciar la serie, un concepto que queda patente con la elección del último episodio de la segunda temporada, toda una declaración de intenciones. Pero más allá de todo esto, si algo realmente bueno han tenido estos episodios es la evolución que han sufrido los protagonistas, cuya relación ha pasado por todo tipo de situaciones. Aunque en determinados momentos puede parecer algo folletinesca, lo cierto es que ha permitido sustentar con éxito toda la estructura dramática de la serie, incluyendo aquellos episodios más caóticos. La ausencia de un love interest al estilo más clásico ha permitido a sus creadores desarrollar otras líneas dramáticas que, unidas a algunos aspectos cómicos de la relación, han generado por sí solas los contrapuntos necesarios para aportar un tono más irónico a la historia.

Lo que la serie no ha perdido en ningún caso es su capacidad reinterpretativa de los mitos norteamericanos y de ciertos referentes de la ciencia ficción y la fantasía. Sin entrar a valorar todos y cada uno de ellos, sí es importante señalar que la fusión entre religión, creencias y hechos históricos ha seguido aportando algunos de los mejores momentos de la trama. El problema radica en que esto, aunque crea un entretenimiento inocente, no ahonda en las motivaciones y en los conflictos de una serie que parece que podría dar más de sí misma. La falta de tramas secundarias sólidas y que sean capaces de tener una vida independiente es, posiblemente, el mayor fallo de toda la producción.

Desde luego, esta segunda temporada de Sleepy Hollow se ha desinflado con el paso de los episodios. El giro argumental de mitad de etapa, aunque inesperado, no logra ser el revulsivo que cabría esperar, más bien al contrario: crea un vacío dramático que no llega a taparse en ningún momento, ya sea por falta de iniciativa o por la planificación de un reinicio de la serie en la tercera temporada. Sea como fuere, la falta de secundarios fuertes capaces de desviar la atención de la trama principal ha provocado que muchas veces la serie deambule por su propia propuesta, entreteniendo más que interesando, y perdiéndose en algunas líneas dramáticas cuya resolución ha demostrado la falta de objetivos. Habrá que esperar a la nueva etapa para confirmar si existe un plan más allá de lo visto hasta ahora.

‘El bueno, el feo y el malo’, el gran clásico del fallecido Eli Wallach


Eli Wallach, junto a Clint Eastwood en 'El bueno, el feo y el malo', de Sergio Leone.Hay mañanas en las que el mundo del cine amanece con noticias tristes, y hoy es una de ellas. Eli Wallach, uno de los mejores actores secundarios que ha dado el séptimo arte, moría ayer, 24 de junio, a la edad de 98 años en su Nueva York natal. Su filmografía está plagada de títulos de todos los géneros, desde la comedia hasta el thriller, pasando por participaciones en sagas tan importantes como la de ‘El padrino’. A modo de homenaje, que coincide con la publicación número 800 de este rincón de Internet, hoy toca hablar de uno de los mayores clásicos en los que participó: El bueno, el feo y el malo (1966), dirigido por Sergio Leone (Érase una vez en América) y coprotagonizada por Clint Eastwood (Harry el sucio) y Lee Van Cleef (Capitán Apache).

Como su propio título indica, la trama se centra en tres personajes cuyas vidas transcurren, en cierto modo, al margen de la ley durante la Guerra Civil norteamericana. Tres personajes que en principio no tienen relación alguna entre ellos pero que, por el devenir de los acontecimientos, terminan influyendo en la vida de los demás. El primero, el bueno, es un cazarrecompensas que deberá colaborar con el feo, un ladrón, para encontrar un importante tesoro. Un tesoro que el malo, un asesino a sueldo que se ha incorporado a las filas del ejército Confederado, también persigue. Enmarcada en el spaguetti western, la película cierra la conocida trilogía del dólar, que completan Por un puñado de dólares (1964) y La muerte tenía un precio (1965). Esto no quiere decir, empero, que el film deba verse como parte de algo mayor, al contrario. Su relevancia radica en su capacidad no solo para ser independiente, sino en los recursos narrativos y formales que aporta.

Más allá de la labor de sus actores, de la que hablaré más adelante, El bueno, el feo y el malo posee uno de los desarrollos dramáticos más interesantes desde un punto de vista teórico. A pesar de que a medida que se suceden los minutos los roles protagonistas quedan perfectamente definidos en la trama, la presentación de los mismos por parte de Leone invita a pensar en una ausencia total de protagonista y antagonista. No existe, por decirlo así, una mayor presencia de uno o de otro; simplemente exponen sus intereses en función de su forma de afrontar las situaciones en las que se encuentran. Esto, evidentemente, lleva al espectador a posicionarse más del lado de unos en lugar de otros (del bueno, nunca mejor dicho), pero sin que esto les defina como héroes. Es, en definitiva, una historia plagada de antihéroes, de hombres que buscan su beneficio en una situación de crisis y de caos.

Este último aspecto, por cierto, es otro de los más interesantes de la trama. El contexto bélico en el que se desarrolla la acción resulta clave para entender no solo la motivación de los tres personajes (el tesoro), sino también la forma que tienen de manipular a los que les rodean y de aprovechar las oportunidades que se plantean ante ellos. No se trata, por tanto, de una historia el oeste en la que la relevancia recae únicamente en los personajes. Es más, la presencia de los bandos de la Guerra de Secesión termina resultando determinante. Es un soldado el que pone sobre la pista del tesoro; el personaje de Van Cleef se alista como parte de su plan; y una de las secuencias más espectaculares, la de la explosión del puente, transcurre en el marco de uno de los combates. Todo ello, por tanto, lleva al film a un concepto mucho mayor que el de un mero retrato de la complicada vida en el Lejano Oeste, convirtiéndola en una compleja telaraña de intereses personales en medio de un país dividido.

Un feo divertido

Aunque lo más recordado de El bueno, el feo y el malo es, sin lugar a dudas, su duelo a tres bandas protagonizado por los tres protagonistas. No tanto por la novedad de los tres vértices, algo que de un modo u otro siempre ha estado presente en el western, sino por la forma de narrar. En realidad, Leone utiliza estos recursos a lo largo de sus films, convirtiéndolos en seña de identidad de su estilo y del propio género que ayudó a crear. Gracias a esos planos detalle de los ojos, la tensión de la mano sobre la pistola, los movimientos involuntarios de los labios, etc., el realizador genera una tensión que, de otro modo, se perdería. La ausencia de aire en los planos, unido a los efectos sonoros y el sonido ambiente, son el caldo de cultivo perfecto para un crescendo dramático que tiene su desenlace en planos muy abiertos que permiten ver el grueso de la acción. Esto implica, por tanto, que lo relevante no está tanto en ver quién dispara antes, quién tiene mejor puntería o quien se mueve antes de disparar. Se trata más bien de llevar al espectador a la mente de los personajes y a ponerse en su lugar.

Precisamente es este estilo narrativo el que ofrece una mejor definición de cada uno de los roles y, sobre todo, de la interpretación de los actores. Y es aquí donde habría que hacer una mención especial a Wallach, cuyo personaje se encuentra entre los dos extremos que ofrece el film, es decir, entre el bueno y el malo. Y no me refiero solo al título. El personaje de este ladrón capaz de hacer lo que sea por llevarse el botín tiene tantas posibilidades de generar rechazo como de resultar un mero secundario al servicio del héroe. Por supuesto, la definición sobre el papel es, en este sentido, imprescindible, y eso es algo que los guionistas dejan patente casi desde el primer minuto en que aparece en pantalla. Pero independientemente de esto, el actor aporta al personaje la empatía necesaria para encontrar ese equilibrio a nivel visual. Tal vez sea porque no se le ve matar de forma directa; tal vez porque la ironía con la que se mueve por la trama le convierte en el elemento más cómico del conjunto. Sea como sea, este “feo” se convierte en un personaje único, y en eso tiene mucho que decir el intérprete.

Dicho de otro modo, Eli Wallach se convierte en ese ladrón pícaro capaz de lograr sus objetivos mediante artimañas que no siempre necesitan de amenazas. Es cierto que no son pocas las ocasiones en que recurre a las armas, pero en líneas generales es un personaje que se distancia notablemente de los otros dos al utilizar la sutileza antes que el gatillo rápido. Esto, unido a una suerte que oscila según sople el viento (cuando todo parece irle bien, llega la mala suerte, y viceversa), le convierten en uno de esos secundarios que dejan huella en una película. Uno de los mejores ejemplos es el momento en el que el soldado le revela la existencia del tesoro. El hecho de que no le transmita toda la información, lo que le obliga a colaborar con el personaje de Eastwood, define perfectamente al personaje y al actor, quien hace suyas las reacciones del mismo.

A nadie se le escapa que en un clásico como El bueno, el feo y el malo la labor del fallecido Eli Wallach es una pieza más de la grandeza del film. Pero sería un error no tener en cuenta que sin su aportación posiblemente la historia no sería tan completa. Es gracias a él que su personaje adquiere independencia frente al resto de protagonistas. Y es gracias a él que la ironía hace acto de presencia en un triángulo, por otro lado, tendente a la gravedad y la seriedad. Dicho de otro modo, un secundario que conocía su sitio en la trama pero que, fuese cual fuese la situación, es capaz de generar el suficiente impacto como para dar un sentido diferente al desarrollo dramático, algo que se puede apreciar incluso en sus últimas apariciones casi testimoniales. El consuelo siempre será que su obra perdura en el tiempo.

La esclavitud y los Oscar acaparan los estrenos más importantes


Estrenos 18enero2013Fin de semana de Oscar. Si a finales de la semana pasada pudimos conocer las películas que van a competir por tan preciada estatuilla, hoy viernes 18 de enero podremos disfrutar de las últimas que quedan por llegar a España. Varios nombres propios centran el interés de estos films, y un tema fundamental está en la base de los dos estrenos más importantes: la esclavitud. Claro que uno reproduce un hecho histórico y el otro… bueno, el otro supone un entretenimiento puro de la mano de uno de los directores más revolucionarios de los últimos años.

El primero de ellos es el nuevo trabajo de Steven Spielberg (War horse), y parece que tiene todas las papeletas de triunfar en la próxima gala de los premios de Hollywood. Hablamos, claro está, de Lincoln, la reproducción de los últimos meses de vida del famoso presidente norteamericano responsable de abolir la esclavitud y terminar con la Guerra de Secesión. Un biopic que, según las primeras impresiones, permite al director desarrollar al máximo su lenguaje audiovisual hasta llevar a la historia a cotas pocas veces vistas. Con Daniel Day-Lewis (El último mohicano) como indiscutible protagonista, la película cuenta con un reparto de auténtico lujo en el que se dan cita nombres como Sally Field (Forrest Gump), Tommy Lee Jones (El fugitivo), David Strathairn (Buenas noches, y buena suerte), Joseph Gordon-Levitt (Looper), James Spader (serie Boston Legal), John Hawkes (Las sesiones), Tim Blake Nelson (El profesor), Jackie Earle Haley (Watchmen) o Jared Harris (Sherlock Holmes: Juegos de sombras).

Quentin Tarantino es otro de los nombres propios del fin de semana. El autor de Pulp Fiction (1994) estrena su particular visión de lo que debería ser una película del oeste bajo el título de Django desencadenado. La trama gira en torno a un esclavo negro que, junto a un cazarrecompensas que le libera tras ayudarle con un trabajo, inicia la búsqueda de su esposa, vendida como esclava al propietario de una plantación de algodón. Acción, violencia y humor en esta historia que transcurre un par de años antes del inicio de la Guerra de Secesión. El reparto, al igual que ocurre con la película anterior, está repleto de estrellas: Jamie Foxx (Ray), Christoph Waltz (Malditos bastardos), Leonardo DiCaprio (J. Edgar), Kerry Washington (Mil palabras), Samuel L. Jackson (Los Vengadores) y Walton Goggins (Cowboys & Aliens) son algunos de ellos. Como curiosidad, este último también participa en Lincoln.

Desde fuera de las fronteras de Estados Unidos nos llegan propuestas de muy diversa índole. Una de ellas, Nameless Gangster, sigue el camino del crimen organizado que inicia en los años 80 un funcionario de aduanas quien, al intentar dar un último gran golpe antes de ser despedido, termina asociándose con un importante jefe mafioso, con el que inicia una relación que se verá atacada cuando el Gobierno decida iniciar una guerra abierta contra contra el crimen organizado unos años después. De origen surcoreano, el film está escrito y dirigido por Yoon Jong-bin (Biseuti boijeu), y tiene como protagonistas a Choi Min-sik (Old boy), Ha Jun-woo (Time), Peter Cavnoudias (Goats) y Kim Yun-seok (Ya-soo).

Si miramos hacia Europa uno de los títulos que nos encontramos es Moscati: El médico de los pobres, biopic italiano del 2007 que narra la vida de este médico napolitano de principios del siglo XX cuya vida dedicó por entero a ayudar a los más desfavorecidos en un hospital conocido como “el hospital de los incurables”. Dirigida por Giacomo Campiotti (Corsa di primavera), quien también participa en el guión, el film está protagonizado por Beppe Fiorello (Terraferma), Kasia Smutniak (Radio west) y Ettore Bassi (Lo que ellas se callan), entre otros.

También llega a las pantallas españolas Tabú, producción que cuenta con participación alemana, portuguesa, francesa y brasileña, y que toma su título del inmortal clásico de F. W. Murnau (Nosferatu) tras el cual sufrió el accidente que le costó la vida. La trama es un viaje a medio camino entre el Portugal de hoy y el África de ayer a través de la historia de amor, aventuras y crimen de una señora, que será conocida por su doncella de Cabo Verde después del fallecimiento de la anciana. Dirige el conjunto Miguel Gomes (A Cara que Mereces), y cuenta con Ana Moreira (A religiosa portuguesa), Carloto Cotta (Misterios de Lisboa), Henrique Espírito Santo (Señales de fuego) e Isabel Muñoz Cardoso (A filha) como principales intérpretes.

Para concluir, y como única propuesta española del fin de semana, se estrena la cinta de animación por ordenador El corazón del roble, que narra las peripecias de un pequeño elfo que pide ayuda a los dioses cuando comprueba que, poco a poco, su bosque se muere después de que extraños acontecimientos hayan cambiado la temperatura de la colina del dragón y hayan sumido a la tierra en el frío y la oscuridad. Dirigida por Ricardo Ramón y Ángel Izquierdo, la cinta es una fantasía para toda la familia que, como curiosidad, no llega en el cada vez más común formato tridimensional.

La realidad histórica supera la ficción de ‘Hatfields & McCoys’


Es harto conocida la típica frase de “la realidad supera la ficción” para referirse a un hecho real que, de increíble, supera la imaginación de guionistas y literatos. Pero, ¿qué ocurre cuando un hecho histórico que ha marcado a todo un país es llevado a la pantalla? ¿Y qué ocurre si, aunque parezca dramatizado, en realidad no es más que el reflejo de lo que realmente pasó, por muy triste o patético que sea? Se pueden hacer muchas teorías, pero tal vez lo mejor sea acercarse sin miedo a una producción televisiva como la arropada por el canal Historia acerca del conflicto entre dos familias norteamericanas tras la Guerra de Secesión. Conflicto que ha sobrevivido a los años hasta el punto de que, como se dice en la conclusión de esta mini serie de tres episodios, “un nombre no puede pronunciarse sin mencionar el otro”. ¿Los nombres? Hatfields y McCoys.

Desde luego, para los espectadores europeos los nombres de estas dos familias enfrentadas en la frontera entre Virginia y Kentucky dicen nada o muy poco. En Estados Unidos el caso es muy distinto. Y lo cierto es que tras observar la gestación del odio atemporal entre estos dos clanes no resulta extraño que su animadversión haya quedado en el imaginario popular a pesar de que, evidentemente, los descendientes de los dos miembros que iniciaron la disputa lo hayan olvidado por completo, e incluso hayan firmado un acuerdo de paz simbólico. Sí, en efecto, acuerdo de paz, porque hubo una guerra declarada o, al menos, una batalla reconocida a nivel histórico.

Pero centrémonos en la producción televisiva propiamente dicha. La trama, que transcurre a lo largo de más de 20 años (con un epílogo a comienzos del siglo XX), sigue muy de cerca el deterioro de la amistad entre los patriarcas de ambos clanes surgido a raíz, principalmente, de la Guerra Civil y los odios que siempre generan este tipo de conflictos entre hermanos y vecinos. Sin prisa pero sin pausa, los largos capítulos (todos superan los 90 minutos de duración) reflejan con acierto el odio creciente entre los miembros de las familias, echándose mutuamente la culpa de iniciar un ataque injustificado. El motivo, en cierto modo, importa poco, pues los implicados y los ataques al final del conflicto son tantos y tan variados que los seguidores y detractores de una y otra familia podrían iniciar una discusión sin fin (algo similar a lo que ocurre en la pantalla, lo que no deja de ser curioso).

Es este su mayor acierto. El impecable guión se mantiene, en la medida de lo posible, fiel al devenir de los acontecimientos. Por supuesto, dramatiza algunos momentos, pero solo para mantener algo de intensidad respecto a otros hechos reales que sí estuvieron cargados de intriga, drama y tensión. Los autores, Bill Kerby (La rosa), Ted Mann (serie Deadwood) y Ronald Parker (la tv movie Juana de Arco), optan por un ritmo pausado en el que mostrar todas las aristas del conflicto y a todos los implicados, ciñéndose a los hechos históricos. Esto aporta dos elementos fundamentales para el buen resultado del conjunto: por un lado, la sensación del espectador de estar ante una reproducción de los acontecimientos y, por otro, la falta de espectacularidad y heroísmo en las acciones. Buena prueba de ello es, por ejemplo, la crudeza del fusilamiento de tres miembros del clan McCoy o el absurdo desarrollo de la batalla a campo abierto entre las familias. Por no hablar de la muerte de Randall McCoy, interpretado con solvencia por Bill Paxton (Apolo 13).

El realismo de los actores

Aunque la labor de Paxton, siendo magnífica en su reproducción de un hombre temeroso de Dios y excesivamente confiado, no alcanza el nivel de su oponente, un “Demonio” Anse Hatfield interpretado por Kevin Costner (Los intocables de Eliot Ness). Mucho más complejo en sus decisiones, a medio camino siempre entre la justicia del ojo por ojo y la búsqueda de una tregua imposible, es este personaje el que lleva buena parte del peso de la narración, algo a lo que Costner está acostumbrado y en lo que deslumbra, demostrando que con los años está ganando como actor, y mucho. Pero son solo los dos rostros más visibles de un reparto muy coral en el que todos los intérpretes, sin excepción, merecerían una mención especial, sobre todo Tom Berenger (Origen), Mare Winningham (Socios y sabuesos) y Sarah Parish (El día de la boda).

Claro que todo esto serviría de poco, o al menos quedaría ensuciado, si no existiese un trabajo técnico detrás difícil y detallado. Con el director Kevin Reynolds a la cabeza (quien ya dirigió a Costner en Waterworld), el equipo técnico se embarca en la difícil misión de ambientar fielmente esta historia de venganzas y odios, y el resultado no podría ser más satisfactorio. Más allá del vestuario o del diseño de los hogares y las ciudades, lo que destaca es el crisol de clases sociales y de estamentos que se dan cita alrededor de las rencillas entre los Hatfield y los McCoy, desde abogados y jueces hasta periodistas, pasando por cazarrecompensas y prostitutas.

Con todo, y como decíamos más arriba, la base de todo este realismo (sin duda la clave del éxito de la serie) está en el libreto. En ningún momento los guionistas se posicionan a favor o en contra de uno de los clanes. Se limitan, así, a narrar los hechos que se conocen de la época, que se han transmitido por la cultura popular o que han quedado registrados en publicaciones conservadas de la época. No hay buenos o malos. El drama, entonces, se sitúa en elementos muy similares al de otro drama entre familias como es el de Romeo y Julieta de Shakespeare: la crudeza de una violencia por ofensas mal entendidas y asesinatos mal juzgados que pierde con los años su sentido, aunque incrementa su virulencia.

Para todos aquellos que disfruten de la historia y de esta época de Estados Unidos, Hatfields & McCoys resulta un documento audiovisual más que interesante, repleto de detalles y de revelaciones sobre la naturaleza de un país que en aquella época todavía estaba formándose a muchos niveles (sobre todo en el legislativo). Tal vez a muchos les resulte excesivamente pausada, pero la verdad es que la trama engancha tanto que se pierde la noción del tiempo. Sea como fuere, es una de esas mini series que perfectamente pueden guardarse por mil y un motivos en cualquier videoteca.

‘Abraham Lincoln: Cazador de vampiros’: esclavitud vampírica


Ni es la primera vez que Timur Bekmambetov se encuentra con un proyecto de vampiros, ni es su primera incursión en el cine norteamericano. Algunos de sus anteriores trabajos como director, el díptico Guardianes de la noche (2004) y Guardianes del día (2006), y Wanted (2008) son tres títulos que, dentro del género fantástico, se han erigido como obras a tener en cuenta. Ahora, con esta versión de la historia de Estados Unidos donde los vampiros tienen protagonismo absoluto el director pierde fuerza, mucha fuerza, y presenta un trabajo muy alejado de la espectacularidad visual de sus anteriores obras.

Y no es que no sea espectacular. Esta película con Abraham Lincoln como protagonista tiene algunas secuencias muy llamativas con la sangre  saliendo a borbotones y la acción cortando la respiración. Sin embargo, la sensación que terminan dejando, al igual que el resto del metraje, es la de que podría haberse logrado algo más. Bekmambetov es un autor definido por un uso muy específico de los efectos digitales, capaz de crear mundos únicos y desafíos imposibles a las leyes naturales. En este caso, sin embargo, todo parece excesivamente sencillo, simple, con una falta de riesgo inusitada. Y eso que la historia daba pie a eso y mucho más.

Con todo, lo peor del film sigue siendo el guión. Basada en la novela de Seth Grahame-Smith, quien también es el autor del libreto, la historia presenta un irregular equilibrio entre la trama y la acción, entre el devenir de la historia real y el de la historia fantástica. La intención de situar a los vampiros como sureños que utilizan la esclavitud para tener con qué alimentarse durante el resto de sus vidas es un punto de partida más que interesante, identificando la Guerra Civil norteamericana con un intento por terminar con el dominio de estos seres (por cierto, con un diseño poco original), está abordada de forma algo genérica a pesar de ser el hilo conductor de buena parte del metraje.

Además, existen varias incongruencias narrativas a lo largo del film que merman la posibilidad de identificación del espectador con la historia, además de una irregular distribución del drama personal del protagonista, que se pasa la mayor parte de la historia como una especie de superhéroe al que la vida privada no le afecta en absoluto. A pesar de todo, el film entretiene (sobre todo si no se toma demasiado en serio), y en buena medida es gracias a unos actores que abordan con el respeto necesario a los personajes históricos, sobre todo Benjamin Walker (Banderas de nuestros padres) y Mary Elizabeth Winstead (Scott Pilgrim contra el mundo) como el señor y la señora Lincoln.

Nota: 5/10

Diccineario

Cine y palabras

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