Tráiler de ‘Exodus: Dioses y reyes’, épica bíblica a cargo de R. Scott


Fotograma del tráiler de 'Exodus', dirigida por Ridley Scott.Tras hacerse públicas varias fotografías del film, ayer pudimos finalmente descubrir el tráiler de lo nuevo de Rdiley Scott después de El consejero. Bajo el título de Exodus: Dioses y reyes, la trama escrita por Steven Zaillian, guionista de, entre otras, La lista de Schindler (1993), aborda diversas historias del libro del Éxodo, centrándose principalmente en la relación entre Moisés y Ramsés en Egipto. Supone, por tanto, una actualización de Los 10 mandamientos (1956), aunque es de esperar que aporte al menos algo distinto a la trama, más fresco y dinámico. Y a tenor de lo visto en estos primeros minutos, que como siempre encontraréis al final del texto, cumple con esa idea de dotar de mayor dinamismo a la historia, así como un tono más sombrío y más épico, si es que esto último es posible.

Lo que no se le puede negar a este avance es su capacidad para mostrar el diseño de producción, todo un despliegue de grandiosidad que refleja con bastante coherencia el estilo egipcio en todos los detalles, desde los majestuosos edificios de piedra (el colorido de estatuas, muros y figuras es notable) hasta la indumentaria o las herramientas, como se desprende de esas secuencias bélicas en las que los carros son tirados por dos caballos (es esta una de las imágenes más conocidas de Ramsés II) o los soldados y reyes visten los tocados que pueden encontrarse representados en los muros de los templos. Del mismo modo, el tráiler hace hincapié en la relación fraternal entre Moisés y el futuro faraón, llevándolas hasta límites nunca antes presentados, es decir, una lucha entre ambos.

Una grandiosidad, por cierto, que impregna todos los detalles del film, desde sus planos, con un uso interesante de los planos generales para mostrar la grandeza de Egipto, hasta sus efectos visuales, como ese plano del caballo ante el muro de agua. Por otro lado, Scott sigue fiel a su estilo personal a tenor de la apuesta por una fotografía sombría, que huye de brillanteces cromáticas y se acerca más a ese tono sombrío al que antes hacía referencia, en la línea de lo que ya hizo en Gladiator (2000) o en El reino de los cielos (2005). Por supuesto, todavía falta mucho para valorar positiva o negativamente el film, pero a priori se antoja una propuesta cuanto menos interesante que, independientemente de su influencia bíblica, parece querer contar una historia más terrenal, próxima a las relaciones entre hermanos y al debate de la esclavitud en Egipto, algo que por cierto ya se ha demostrado no ser cierto, al menos en la forma en que esta historia pretende mostrarlo.

La película, que llegará a los cines en diciembre de este 2014, cuenta con un reparto espectacular en el que destacan Christian Bale (La gran estafa americana) como Moisés; Joel Edgerton (El gran Gatsby) como Ramsés; John Turturro (Aprendiz de gigoló) como Seti; Sigourney Weaver (serie Political animals) como Tuya, la madre de Ramsés; Aaron Paul (serie Breaking Bad) como Josué; Ben Kingsley (El médico) como Nun; la española María Valverde (Tengo ganas de ti) como Séfora; e Indira Varma (Mindscape) como Miriam. A continuación el tráiler.

‘Titanic’, la grandiosidad de una pequeña historia de amor


Kate Winslet y Leonardo DiCaprio tratan de escapar del 'Titanic'.Ésta es la semana de los Oscars. Y este puede ser el año de Leonardo DiCaprio, quien gracias a El lobo de Wall Street puede quitarse una espina que lleva largo tiempo clavada en su carrera profesional. Carrera que, por cierto, tuvo su principal punto de inflexión en Titanic, la cinta dirigida en 1997 por James Cameron (Terminator) y que fue prácticamente el último papel de chico guapo adolescente que interpretó. Pero su historia con esta cinta va mucho más allá. No es casualidad que en Toma Dos abordemos hoy este film en la entrada 700 del blog. Ganador de 11 estatuillas y nominado a prácticamente todo lo que podía estar nominado, el gran ausente aquella noche fue el propio DiCaprio, que no logró estar entre los cinco candidatos a Mejor Actor. Y a pesar de lo que eso puede significar a nivel global para un film de esta envergadura, hay que reconocer que no fue una decisión desafortunada.

Desde un punto de vista puramente narrativo la cinta es prácticamente perfecta. Apenas existen lagunas en su ritmo, ni siquiera en la tradicional depresión que suele producirse al comienzo del segundo acto. Y esto es gracias a una idea que escuché no hace mucho y que creo resume perfectamente el film: el acierto de Cameron estriba en que, a pesar de conocer el final, su historia se aleja notablemente del entorno en el que se desarrolla. Es decir, que lo que narra no es el hundimiento del famoso barco, sino una historia de amor que bien podría haber tenido lugar en tierra firme. Una historia de amor algo típica pero que, por las circunstancias, adquiere tintes de grandeza. Puede que a muchos les resulte empalagoso el carácter romántico de buena parte de su metraje (al menos hasta el espectacular clímax), pero tal vez la mejor evidencia de su grandeza está en que se ha convertido en un clásico del género por derecho propio en menos de 15 años.

Pero como decía, la historia de amor es bastante tópica. Incluso dentro de dichos tópicos el espectador puede encontrar ciertos rasgos distintivos, como es el personaje de Kate Winslet (Un dios salvaje). De hecho, es gracias a la firmeza en su definición que la historia logra aguantarse casi por sí sola, pues los conflictos morales y sociales en los que se ve inmersa (y de los que no puede escapar por las evidentes restricciones físicas) dibujan un espacio único para el drama y la intriga. Con esto no quiero decir que la labor de DiCaprio no sea loable… para el personaje que afronta. Porque mientras ella posee numerosos niveles de interpretación y no pocos contrastes, el personaje de Jack es mucho más lineal, menos conflictivo. Su estatus social, sus sueños de una vida mejor, su facilidad para encajar en cualquier cita social, … todo ello le define como un rol sin aristas, el “bueno” de la película cuyos mayores retos se encuentran en los demás, no en él mismo.

Sea como fuere, es gracias a esta historia de amor relativamente sencilla y típica que Titanic adquiere la grandeza que adquiere. El hecho de que durante años fuese la película más cara de la Historia o la grandiosidad de algunos de sus planos (sobre lo que hablamos a continuación) no son más que adornos para algo mucho más simple. Un buen ejemplo de que las historias, a pesar de lo que las rodea, deben ser directas y clásicas, sin excesivas complicaciones y con un objetivo claro. Eso es algo que Cameron siempre ha tenido claro, y tal vez sea por eso que sus films siempre han tenido el éxito que han tenido. Y tal vez sea por eso que siempre se les ha tachado de simplones desde un punto de vista dramático. Para gustos los colores.

Un icono de la espectacularidad

El hundimiento del 'Titanic' marcó un antes y un después en el cine.Todos estos elementos son, en definitiva, lo que sustenta al film. Curiosamente, es también lo que menos suele apreciarse, al menos a primera vista, en el mismo. A nadie se le escapa que si algo destaca en la historia, por encima de todo, es el despliegue visual que realiza Cameron. Su visión del hundimiento, el exhaustivo estudio de cómo debió ser en base a la posición de los restos en el fondo del mar y la grandiosidad y majestuosidad con la que reprodujo todos y cada uno de los detalles sorprendió a propios y extraños. Aquellos que seguimos con cierto interés su carrera sabemos que ha tenido siempre tendencia a la libertad que ofrecen los planos abiertos y las sensaciones encontradas que generan cuando se combinan con secuencias en espacios cerrados.

Pero lo que logró con Titanic fue algo fuera de lo común. La planificación utilizada, con grandes movimientos de cámara que se mueven por el barco como si de un baile de salón se tratara, determina no solo el carácter romántico y delicado de la historia principal, sino que dota a ese epicentro dramático de un carácter casi histórico, como si su historia estuviera fuertemente unida al destino del barco. Gracias a ello, el espectador se deja imbuir por un desarrollo que le lleva a empalizar completamente con los protagonistas, hasta el punto de desconocer por completo el desenlace de la tragedia que ya fue de por sí el choque con el iceberg. En buena medida, todo esto es gracias a un sentido grandilocuente de la narrativa audiovisual, a una necesidad innata de utilizar no solo grandes decorados, sino a aprovechar al máximo las posibilidades que ofrecen.

En la retina quedan, por ejemplo, la presentación inicial del barco o la de los personajes (ella desvelándose bajo un sombrero, él simplemente con su mirada), los primeros momentos en los que la cámara nos adentra por los salones y las estancias y, cómo no, el famoso hundimiento, espectáculo por el que muchos pagamos inicialmente la entrada en su momento y que, al final, se convierte casi en una anécdota ante la cantidad de acontecimientos que se suceden en el film. Puede parecer evidente que la historia sobre este trágico accidente debe contener algo más que el mero choque con el hielo. Pero lo que distingue a Cameron sobre los demás es que fue lo suficientemente inteligente para contar una historia que nada tiene que ver con el barco, y que sin embargo ha logrado identificar al mismo con el romance.

No cabe duda de que eso es gracias a las constricciones naturales que presenta un escenario como el de Titanic, donde nadie puede huir y donde todos terminan encontrándose. Un espacio que obliga a todos los personajes, desde los principales a los secundarios, a enfrentarse a sus propios miedos y a su verdadero yo. Por supuesto, el hundimiento saca a flor de piel la verdadera naturaleza del ser humano. Pero más allá de eso, la película de James Cameron logra que el peligro que todo el mundo sabe que llegará quede en un segundo plano, como si de una nube negra y amenazadora se tratara. El interés, por tanto, se centra en cómo los personajes son capaces de afrontar sus problemas, sus anhelos y sus miedos. Esto es lo que convierte al film en el clásico que es. Y ese es el motivo por el que DiCaprio no estuvo entre los nominados.

‘El señor de los anillos: Las dos torres’, la división hace la fuerza


Elfos, enanos, humanos y magos, principales protagonistas de 'El señor de los anillos: Las dos torres'.Una de las consecuencias que provocó el final de El señor de los anillos: La comunidad del anillo fue la división en dos de una historia que se antojaba como única. La separación de los miembros originales del grupo que debía destruir el anillo ofreció en aquella conclusión cinematográfica todo un nuevo mundo de oportunidades narrativas, así como de las consecuentes complejidades. Porque si algo tiene la obra de J. R. R. Tolkien es complejidad, principalmente provocada por la multitud de personajes, escenarios y acontecimientos que se suceden casi de forma paralela. Tal vez sea esto el principal acierto del director Peter Jackson, autor de la trilogía, a la hora de afrontar la narración audiovisual de El señor de los anillos: Las dos torres (2002). Eso, y una mano única para la espectacularidad bélica y la épica dramática, que alcanzan aquí un nuevo escalón de un camino que culmina soberbiamente con su tercera entrega.

Ya mencionamos que la factura técnica de la primera parte, y en general de la trilogía al estar rodada como un único proyecto, es impecable. La iluminación, capaz de separar territorios dominados por razas diferentes, los espectaculares planos generales de situación o la maravillosa y evocadora banda sonora puede que sean los aspectos más reseñables (amén de un diseño de decorados y de producción tan mastodóntico como embelesador). Sin embargo, esta segunda entrega camina un poco más hacia adelante en todos aquellos elementos que perjudicaban a su predecesora, y añade nuevos recursos que aportan una grandiosidad épica a su historia.

Tal vez lo más relevante sea centrar la atención en la segunda historia que surge de la división de esa ‘Comunidad del anillo’. Nos referimos a ese proceso de transformación de un personaje, el Aragorn de Viggo Mortensen (Una historia de violencia), que debe convertirse en líder de las diferentes razas de la Tierra Media muy a su pesar. Las dudas personales, la desconfianza de reyes y líderes, y los combates a los que debe hacer frente conforman todo un entorno opositor tan clásico como efectivo, capaz de interesar mucho más que la transformación (a priori más interesante por ser el centro de toda la historia) negativa que sufre Frodo Bolsón, de nuevo con los rasgos algo pétreos de Elijah Wood (Deep Impact).

En este sentido, y como destacamos más arriba, la labor de Jackson es fundamental. Más allá de su visión narrativa destaca la facilidad con la que desvía poco a poco el foco de la trama hacia todos los personajes ajenos al viaje de los hobbits, destacando por encima de todo las secuencias más épicas y violentas del conjunto. En efecto, y aunque existen momentos de gran intensidad dramática a lo largo de sus tres horas de metraje (como la solución al problema de un reino o la relación entre el protagonista humano y una elfa), lo más memorable de esta segunda parte son los momentos de combate entre los dos principales ejércitos en torno a una fortaleza casi inexpugnable. El dramatismo bajo la lluvia y la grandiosidad que aportan los movimientos de masas (muchos digitales, eso sí) en planos amplios y muy abiertos difícilmente se ha conseguido en otros momentos del cine comercial.

Gollum, el gran triunfador

Pero con todo, lo más llamativo y esperado se halla en un personaje más o menos secundario pero de imprescindible influencia en el desarrollo de la trama, tanto en su versión original en papel como en la adaptación audiovisual. Claro está, nos referimos a Gollum, criatura generada íntegramente por ordenador a partir de los movimientos y gestos de un actor que, para su suerte o su desgracia, se ha especializado en este tipo de roles: Andy Serkis, el King Kong de Peter Jackson. La perfección que alcanza la interacción con los actores, la iluminación en su piel y, por encima de todo, la expresividad de su rostro, alzaron a Weta, compañía encargada de su diseño y desarrollo, al nivel de ILM en el campo de efectos digitales. Hay que aclarar aquí que el proceso de animación en este tipo de técnicas había sido, hasta entonces, algo infructuoso. Sí, los personajes adquirían una naturalidad y un realismo inusitados hasta entonces, pero siempre faltaba algo, y era la transmisión de sus emociones. Es aquí donde Gollum se eleva hasta convertirse casi en un personaje real (muchas veces más expresivo que algunos actores, la verdad).

Hay que reconocer que la presencia de este personaje es uno de los reclamos de esta primera continuación. La importancia de su intervención en la historia obligaban a convertirlo en un elemento diferenciador en el desarrollo dramático, una especie de punto de giro en sí mismo que desvía el destino de los dos hobbits que le acompañan, y a los que guía por caminos repleto de trampas y peligros. Si a esto sumamos la doble personalidad que lucha constantemente en su interior, la criatura se convierte en todo un reto visual, interpretativo y narrativo. Y en todos los aspectos, en algunos más que en otros, sale más que airoso.

Es por todo ello que Gollum se convierte en uno de los referentes de este El señor de los anillos: Las dos torres. Su presencia otorga algo de vida e interés a un viaje que, por otro lado, se desarrolla sin grandes sobresaltos ni intrigas inesperadas. En cierto modo, el director juega con el espectador como los miembros de aquella ‘Comunidad del anillo’ juegan con los aliados del villano común a todos ellos. La división del grupo supone una distracción a los ejércitos que persiguen al portador del anillo en la misma línea en que sus luchas e intentos por ganar tiempo distraen a la platea del viaje principal de esta trilogía. Que nadie lo interprete como un engaño. Si no fuera así, posiblemente esta segunda parte sería menos tolerable que su predecesora.

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