‘Érase una vez’ termina con una 7ª T. que ahonda en sus debilidades


He de reconocer que viendo la séptima y última temporada de Érase una vez se plantea la duda de qué sería mejor, si cerrar una serie deprisa y corriendo sin demasiada coherencia en su desarrollo, o afrontar dicho final con una suerte de epílogo que termine bien y que alargue la historia de forma artificial. Todo ello, claro está, en una serie que ha ido perdiendo interés a marchas forzadas por una falta de previsión en su conclusión definitiva. Y lo cierto es que estos 21 episodios de la serie creada por Adam Horowitz y Edward Kitsis (autores de la serie Dead of summer) son la prueba más evidente de que una falta de objetivo puede dar lugar a algo original y a la vez auto destructivo.

Porque desde luego, a esta ficción se la puede acusar de muchas cosas menos de falta de imaginación. El hecho de que esta última etapa repita estructuras narrativas permite a sus creadores un doble efecto. Por un lado, dotar al conjunto de una imagen cíclica, de recuperar el punto de partida; por otro, abre la posibilidad a introducir nuevos personajes e historias que enriquecen el conjunto, y a los que se puede dedicar algo más de tiempo al no tener que plantear desde el principio el punto de partida. Pero al mismo tiempo, esto juega en su contra. La serie trata de aprovechar algunas de las líneas argumentales planteadas en la anterior temporada para crear todo un universo nuevo, pero falla al querer unirlas todas en una especie de trama única con final común a todas ellas.

El problema no es tanto esa intención, tan válida y correcta como cualquier otra que permitiera cerrar las líneas dramáticas abiertas, sino en la sensación de estar ante una improvisación constante. Soy consciente de que no existe tal improvisación, pero el hecho de que aparezcan personajes cuando se les necesita para hacer avanzar la trama o que el desarrollo de la historia sea intermitente, con un comienzo que se regodea demasiado en las similitudes con la temporada original (con las evidentes diferencias) y que luego intenta recurrir a todo tipo de artimañas dramáticas para dar sentido a lo mostrado previamente, denota un cansancio creativo y narrativo evidente, reforzando la idea de que la serie debería haber tenido el ansiado final feliz hace ya varios años.

Y por si todo ello fuera poco, la fusión de historias y cuentos de hadas alcanza su máximo esplendor. La reinterpretación de las historias de Pixar, que ya se había planteado en anteriores temporadas, es aquí más que evidente, no solo por el tratamiento de algunos personajes, sino por los decorados elegidos. El papel que juega Up (2009) es más que evidente, lo que acentúa la idea de estar ante la necesidad de recurrir a todas las historias posibles que aporten ese toque mágico al conjunto pero que tengan poco que ver con los cuentos de hadas. En este sentido, se podría decir que Érase una vez ha evolucionado como serie, abarcando más y más historias. La pregunta que cabe hacerse es si lo ha hecho por enriquecer su relato o porque la historia, sin recurrir a esto, se habría desinflado rápidamente en las primeras temporadas. Visto lo visto, parece que es más lo segundo que lo primero.

El hermano del tío del primo de la hija de…

La prueba más evidente de ello son los parentescos que se han establecido entre los protagonistas, y que en esta última temporada alcanzan ya un grado de complejidad que bien podríamos estar ante una telenovela. Las relaciones familiares entre los personajes de cuentos de hadas en los primeros compases de la serie aportaron un cierto toque irónico y, por qué no decirlo, original, siendo una herramienta más para enlazar en un único universo a personajes como Blancanieves, Rumpelstilskin, Bella y Bestia, Maléfica y un largo etcétera. Sirvió, por tanto, como nexo de unión de muchas historias. Sin embargo, una vez establecida esa base dramática y habiendo ampliado notablemente el universo de la serie, las nuevas relaciones que se establecen pecan de excesivas y, sobre todo, innecesarias desde un punto de vista dramático, pues su finalidad dentro de la trama queda en entredicho. No me refiero al papel que cada personaje juega, sino a las relaciones entre ellos. A la pregunta “¿si no tuvieran el parentesco que tienen la trama seguiría funcionando?” la respuesta es sí, por lo que la siguiente pregunta es “¿para qué?”.

El grado de complejidad que ha alcanzado la serie en esta última temporada es tal que sus creadores han tenido que recurrir a una especie de Deus ex machina para poder cerrar de un modo más o menos lógico todo lo planteado hasta ese momento. La necesidad de ampliar el universo de Érase una vez, como comentábamos antes, ha derivado en una amplitud de mundos, personajes e historias que a lo largo de las temporadas han quedado en un segundo plano, pero siempre presentes. En un intento de dar el final feliz que todo cuento de hadas (y con sus más y sus menos, esta ficción lo es) necesita, los guionistas han optado por una resolución cuanto menos cuestionable, integrando todos esos mundos en una suerte de ciudad/continente en el que tienen cabida todos ellos (con las consecuentes incongruencias y duplicidades de personajes), y en el que todos están regidos por la que sin duda es la auténtica protagonista de esta serie.

En efecto, el rol de Lana Parrilla (One last ride) es el auténtico motor de este drama, ya sea como villana o como personaje redentor. En ambos casos, siempre buscando un final feliz que se escapa durante demasiadas temporadas. De ahí que este final tenga que pasar necesariamente por ella. La reunión de los actores y personajes principales de la serie en ese último y bien intencionado episodio, así como el discurso final de la Reina Malvada, es buena muestra de que la serie tenía que terminar con un final feliz sí o sí, independientemente de que eso pueda dejar la estructura narrativa más debilitada de lo que ya estaba tras siete temporadas perdiendo calidad dramática e interés.

De este modo, Érase una vez tiene el final que cabría esperar, pero lo tiene con demasiadas temporadas de retraso. Es cierto que ver la reinterpretación de los cuentos resulta interesante, toda vez que ayuda a comprender algunos aspectos de los personajes con los que han crecido millones de personas, pero la serie ha alargado en demasía algunos conflictos, recurriendo muchas veces para ello a tramas poco sólidas y a un tratamiento de los personajes algo toscos. Posiblemente de haberla terminado hace tiempo estaríamos hablando en otro sentido, pero alargar algo de forma artificial suele tener estos efectos en las historias. Curiosamente, el único personaje que parece ajeno a todo, manteniendo siempre su atractivo e interés dramático, es el interpretado por Robert Carlyle (T2: Trainspotting), pero ni siquiera Rumpelstilskin es capaz de dar la vuelta a la situación. Un epílogo en la línea del resto de la serie que pone de manifiesto la poca necesidad del mismo.

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‘Érase una vez’ se pierde definitivamente en su sexta temporada


Han sido seis años, pero la verdad es que la sensación es de un tiempo mucho mayor. Érase una vez llega a su fin, al menos de la historia y los personajes originales, en una sexta temporada que evidencia la transformación que ha sufrido esta original serie creada por Adam Horowitz y Edward Kitsis (TRON: Legacy). Una transformación que, aunque ha ganado en originalidad, ha perdido mucho en consistencia dramática y, sobre todo, en coherencia. Porque si algo demuestran estos 22 episodios es que, incluso en una fantasía de cuento de hadas, no todo vale.

En unos días analizaremos la séptima y última temporada, una vez finalizada la serie, pero por ahora centrémonos en el contenido de esta conclusión de la trama original. Y sin duda lo que más llama la atención es el tratamiento de los personajes y de las historias que protagonizan. Da la sensación de que, en un intento de hacer el equilibrismo imposible, sus creadores introducen todos los elementos habidos y por haber en los cuentos de hadas para componer una sinfonía de fantasía donde todos los héroes y villanos están relacionados de algún modo, bien por parentesco, bien por encuentros más o menos fortuitos en el pasado. De ahí que, por ejemplo, se junten en una única historia Aladdin, Jasmine, la Sirenita, Blancanieves, Frankenstein, Jekyll, Hyde y un largo etcétera de personajes.

El principal problema es que muchos de ellos están incorporados casi por obligación, como si fuera necesario aportar al conjunto la historia de todos los personajes de cuento o literarios, incluso aunque esto se haga únicamente en un episodio a modo de contexto dramático para ese momento puntual dentro de una historia mayor. Es el paso definitivo de una evolución que, atendiendo a los índices de audiencia, no ha sido la más acertada. Dicho de otro modo, Érase una vez ha intentado abarcar más de lo que podía, lo que curiosamente ha hecho perder al conjunto lo que le daba la magia con la que comenzó su andadura. A lo largo de las temporadas la serie ha pasado de tener una estructura de héroes contra villanos a otra que dividía cada temporada en dos partes diferenciadas, para terminar siendo una amalgama de historias con un villano final y varios intermedios.

No es el único problema de la trama, claro está. De hecho, puede que no sea el mayor, pues hay que reconocer que la introducción de tantos personajes expande el universo de fantasía hasta límites que no se habían visto, amén de reinterpretar los cuentos más famosos de un modo incontestablemente original. En este sentido, no cabe duda de que esta sexta temporada es un alarde visual y de ingenio que, con sus evidentes pegas, termina enganchando gracias a un ritmo narrativo y dramático lo suficientemente sólido como para que el espectador se deje llevar, al menos en varios de sus tramos. Es por esto que posiblemente lo más débil de esta etapa, dramáticamente hablando, sea algo que la serie viene arrastrando desde años atrás, y es esa necesidad de que los villanos se conviertan en héroes y las consecuencias que eso conlleva.

¿Héroes o villanos?

En efecto, el principal escollo de Érase una vez para su correcto desarrollo argumental ha sido qué hacer con los villanos, fundamentalmente con los interpretados por Lana Parrilla (One last ride) y Robert Carlyle (T2: Trainspotting). Curiosamente, ambos son los principales atractivos de la serie y sus verdaderos protagonistas, lo que reafirma la idea de que un buen villano hace mejor cualquier trama. Pero volviendo al origen, estos dos villanos fueron, desde el principio, el motor de esta ficción, incluso cuando sus acciones comenzaron a tornarse en las de héroes. Ese proceso ocurrió de forma natural, motivado entre otras cosas por un tratamiento muy profundo y complejo de unos personajes cuyas motivaciones tenían un largo pasado y cuyo objetivo parecía sencillo y a la vez inalcanzable: tener un final feliz.

Esta sexta temporada viene a confirmar la deriva sin rumbo fijo de la serie, algo que también se pudo ver en las anteriores etapas. Una vez convertidos en héroes, integrados en el grupos de los “buenos” aunque con sus respectivos matices, era necesario encontrar otros enemigos a los que hacer frente. Estos 22 capítulos rizan el rizo y aprovechan la compleja trama familiar para introducir a la villana definitiva, el origen de todo mal. Más allá de que esto pueda resultar más o menos congruente con lo narrado a lo largo de estos años, el problema radica en los efectos secundarios que esto tiene, y que de nuevo tiene que ver con héroes y villanos. Por ejemplo, el doble malvado de la Reina Malvada se vuelve una heroína, como ya había hecho el rol original; la bruja mala de Oz también encuentra su forma de hacer el bien; y muchos otros secundarios menores que comienzan siendo enemigos se tornan en aliados tan rápido que apenas hay tiempo de explorar la evolución dramática.

Todo ello genera un concepto dramático impropio tanto para lo visto hasta este momento como para el desarrollo que cualquier historia debiera seguir. Precisamente si algo bueno tenían los roles interpretados por Parrilla y Carlyle es que su tratamiento permitía comprenderles, explorar sus fortalezas y sus debilidades dramáticas, sus motivaciones y sus objetivos, y eso no solo les hacía más complejos, sino que redundaba en la calidad dramática de la serie. Ahora, sin embargo, lo que nos encontramos es un compendio de personajes, cuantos más mejor, cuyas historias se reinterpretan en un intento de tapar con originalidad la falta de criterio dramático. Por todo ello, esta sexta temporada es sin duda la consecuencia lógica de la evolución de la ficción, pues los numerosos personajes (y sus respectivas historias) introducidos durante las etapas anteriores han tenido que encontrar su resolución en estos episodios. Y dado el alto número y la limitación de tiempo y espacio dramático que existe, era imposible no acelerar algunos de los procesos dramáticos, con las consecuencias evidentes.

Érase una vez es el mejor ejemplo de cómo una producción puede perder interés a pasos agigantados si la historia no tiene un tratamiento controlado y calculado. Su sexta temporada es la prueba palpable de que no por introducir más y más elementos, ya sean personajes, escenarios o tramas, la historia gana en complejidad y atractivo. Puede que de lo primero sí, pero de lo segundo difícilmente ocurrirá si no se sigue una lógica. La necesidad de incorporar más héroes, más villanos y más cuentos de hadas ha terminado por asfixiar una historia sumamente original, capaz de dar un giro coherente a las historias que conocemos desde niños, y relacionar a muchos de los héroes y villanos en un único universo plagado de magia y fantasía. Al contrario de la protagonista interpretada por Jennifer Morrison (La oscuridad), el espectador comenzó la historia creyendo en la magia y los cuentos de hadas para terminar perdiendo la fe. Aunque en este caso no es porque nos hayamos hecho adultos después de seis años.

‘Érase una vez’ utiliza cualquier historia para sobrevivir en su 5ª T.


Los héroes de 'Érase una vez' viajan a Camelot en la quinta temporada.Si algo debe reconocerse a Adam Horowitz y Edward Kitsis (serie Dead of summer) es su capacidad para lograr que todas las historias y personajes de Érase una vez adquieran sentido en la mezcolanza que se ha formado después de cinco temporadas. Por el camino se han quedado personajes, algunos más interesantes que otros, pero en líneas generales el núcleo duro ha persistido. ¿El secreto? Ofrecer al espectador aspectos diferentes de los héroes y villanos con los que creció, generando un contraste tan original como atractivo. Pero todo tiene su límite, y a tenor de lo visto en estos 23 episodios parece que esta ficción de aventura y fantasía está cerca de alcanzarlo… si es que no lo ha superado ya.

Narrativamente hablando, el desarrollo dramático de esta temporada es más que correcto, aprovechando el gancho final de la anterior etapa para abordar un nuevo mundo con la protagonista como presunta villana. De nuevo dividida en dos partes claramente diferenciadas, la trama obliga a varios personajes a evolucionar, lo que unido a la incorporación de nuevos héroes y villanos de la mitología, la literatura y Disney (sí, las películas de Disney están más presentes que nunca) hace que esta última tanda de episodios adquiera dinamismo y atractivo, enganchando al espectador rápidamente con técnicas, porqué no decirlo, algo sencillas.

Y aunque resulte gratificante comprender la relación entre Merlin, el Rey Arturo, Excalibur y la Daga del Ser Oscuro, eso no debe ser impedimento para ver que Érase una vez no deja de dar vueltas sobre los mismos conceptos una y otra vez. Mientras que roles como el interpretado por el joven Jared Gilmore (A nana for Christmas) sí han sabido evolucionar y encontrar un hueco en la historia que cambia en función de los acontecimientos, el grueso de los protagonistas parecen seguir una única senda ocurra lo que ocurra, lo que les lleva a superar el mismo conflicto bajo la apariencia de diferentes villanos. Y si eso se produjera una sola vez por temporada podría tener cierto margen de desarrollo, pero al dividir los episodios en dos grupos, la celeridad de los acontecimientos resta credibilidad a lo visto en pantalla.

Dicho de otro modo, tanto la heroína interpretada por Jennifer Morrison (La oscuridad) como el resto de sus amigos siempre parecen actuar del mismo modo aunque se enfrenten a la Reina Malvada, a un Ser Oscuro, a un mediocre rey o al Señor del Inframundo. Y lo que es más preocupante, todos estos villanos, cada uno en su estilo, parecen buscar el mismo objetivo, lo que al final genera una extraña sensación agridulce que combina la originalidad de la reinterpretación de historias mundialmente conocidas con la reiteración de fórmulas que cada vez se antojan más agotadas.

Vuelta a los orígenes

Existen muchos motivos para lo que le ocurre a Érase una vez. Puede achacarse a una saturación de personajes, tantos que es imposible desarrollar correctamente una historia para cada uno. Puede ser, por otro lado, que la fantasía poco a poco se va apagando al perder el factor de la originalidad. Pero ambos argumentos pueden ser rebatidos, el primero porque dichas historias, quien más quien menos, las conoce, y el segundo porque hay pocas series que sean tan originales como esta. En realidad, el problema estriba en que los personajes, sobre todo los protagonistas, han evolucionado a una velocidad excesiva, consumiendo por el camino un proceso dramático que ha obligado a buscar nuevos villanos, y con ello historias a cada cual más compleja y hasta cierto punto irreal (que ya es decir en esta producción).

Los casos más evidentes son los de los personajes interpretados por Robert Carlyle (28 semanas después) y Lana Parrilla (Frozen stars), aunque curiosamente representan dos extremos diferentes. El primero ofrece una visión derrotista del cambio que puede experimentar un personaje. Cobarde que se convierte en villano, villano que quiere ser héroe, en realidad es un ser ávido de poder que hace todo lo posible por dominar a los que le rodean, lo que le lleva a repetir engaños una y otra vez. La cuestión es que su rol no es en sí mismo un problema, pues es de los que mejor definición e interpretación tiene, sino que los que le rodean parecen caer siempre en la misma trampa. Y una vez puede ser; dos es probable; tres, cuatro o cinco veces ya resulta irrisorio.

Lo de la Reina Malvada interpretada con notable fuerza por Parrilla es otro cantar. Si bien es cierto que durante las primeras temporadas el cambio sufrido en su personaje ha llevado buena parte del peso narrativo de la historia, el hecho de que se haya pasado al bando de los héroes hace que pierda fuerza dramática. Su presunta lucha interior entre el bien y el mal ha sido la excusa perfecta para introducir a un nuevo personaje literario, el famoso Doctor Jekyll y su alter ego, Mister Hyde, pero también ha permitido a los creadores recurrir a un truco tan simple como antiguo: recuperar a la villana original. El modo de hacerlo, con ese gancho de final de temporada, evidencia dos cosas: que se quitó demasiado pronto a la antagonista natural de la trama y que es necesario regresar a los orígenes para intentar recuperar un norte que en esta última temporada parece perdido.

Se puede decir que la quinta temporada de Érase una vez ha sido un catalizador para comprender que la serie había tomado una deriva algo caótica. Sin grandes villanos en las dos partes de esta última etapa, y con unos personajes que parecen dar tumbos por la trama sin un objetivo claro más allá del inmediato, la serie se ha entregado a los fantásticos mundos de la literatura, los cuentos y las películas de la Disney para tratar de suplir las carencias narrativas que tenía. Y hasta cierto punto la estrategia resulta, pero a poco que se rasque en esa superficie de fantasía puede apreciarse claros problemas en el tratamiento de los personajes. La historia necesita calma, respirar hondo y recuperar su esencia. Y ese parece el objetivo de la próxima temporada.

‘Érase una vez’ divide su 4ª T para recuperar fuerza dramática


Los protagonistas de 'Frozen: El reino del hielo' llegan a la cuarta temporada de 'Érase una vez'.Parece ser una tendencia cada vez más consolidada que las temporadas de las series de televisión dividan su espacio en dos partes bien diferenciadas gracias a dos arcos dramáticos independientes. La última en sumarse a esa forma de entender la narrativa es Érase una vez, cuya cuarta temporada finaliza su desarrollo inicial antes de lo previsto para regresar, no sin cierta dificultad, a su temática clásica de héroes y villanos, de buenos y de unos malos que buscan su final feliz. Y aunque en un principio puede parecer una incoherencia por parte de sus creadores, Adam Horowitz y Edward Kitsis (Tron: Legacy), lo cierto es que la impresión final es la de haber buscado un respiro que permita reasentada las bases de la serie, una especie de paréntesis que ha ayudado a introducir nuevos personajes, a cambiar la perspectiva de otros y a reinterpretar nuevos cuentos que permitan indagar el mundo creado desde un prisma nuevo en las próximas temporadas.

Los que hayan visto el final de la tercera temporada sabrán que dicho paréntesis ha sido un homenaje directo al éxito de Frozen: El reino del hielo (2013), aunque siempre bajo el particular punto de vista de esta producción. Con un relato que se sitúa algún tiempo después de los acontecimientos del film, la serie logra incorporar plenamente a los nuevos personajes, no solo por ser los protagonistas de esta especie de spin off, sino porque se integran en el pasado de la protagonista, de nuevo interpretada por Jennifer Morrison (serie House). Más allá del parecido físico de los actores con los personajes creados por Disney, lo realmente interesante es, una vez más, el modo en que los responsables de esta ficción acometen la tarea de dar una vuelta de tuerca a los aspectos y los personajes más destacados de ese cuento.

Con todo, lo más destacable de esta historia dentro de Érase una vez es ha permitido a la serie reformular algunos aspectos que parecían estar perdiendo fuerza conforme se desarrollaban. Si bien es cierto que la serie había logrado construir un complejo relato a lo largo de las tres etapas anteriores, no lo es menos que parecía haber llegado a un punto de inflexión en el que los principales villanos habían encontrado su parte de héroes. La introducción de los protagonistas de Frozen: El reino del hielo, lejos de convertirse en nuevos y peligrosos antagonistas, han generado una cadena de acontecimientos que han revelado de nuevo la auténtica naturaleza de los villanos. Esto permite, a su vez, reformular las bases de la serie, ofreciendo al espectador nuevas aventuras bajo un paraguas relativamente similar pero que distrae los suficiente para no saturar.

Lo que cabe preguntarse, por tanto, es si tanto recorrido era necesario. Para gustos los colores, pero lo cierto es que la serie ha sabido tomarse su tiempo para volver a sus inicios a mitad de temporada. Puede resultar algo infantil, incluso excesivamente empalagoso y repetitivo, pero la originalidad que imprimen sus responsables a cada uno de los personajes disminuye estos problemas de forma considerable. Por otro lado, este desarrollo ha permitido introducir nuevos personajes que, aunque secundarios al principio, adquieren más valor conforme transcurre el desarrollo dramático, integrando nuevos héroes y villanos en la historia y enriqueciendo este mundo en el que los cuentos de hadas conviven entre ellos en un mundo que cada vez fusiona más la realidad con la magia de los relatos.

Darle la vuelta a la tortilla

Pero todo ello es solo el principio de esta cuarta temporada de Érase una vez. El resto de los 23 episodios devuelven el protagonismo, con algunas novedades, a los héroes y villanos que desde el principio han poblado la trama, haciendo especial hincapié en aquellos sobre los que pivota el eje central del desarrollo dramático, esto es, Blancanieves, Rumpelstilskin y la Reina. Sin desvelar demasiado sobre los giros dramáticos, hay que aclarar que este regreso al desarrollo más tradicional tiene un único y claro objetivo insinuado durante los capítulos pero desvelado en ese último plano de la temporada que, a modo de gancho, deja preparado el terreno para la siguiente temporada.

Dicho terreno pretende, en pocas palabras, reformular por completo la estructura de la serie. No es nueva la idea de que en el mundo real ni los héroes de los cuentos son santos ni los villanos demonios, pero lo que plantea el final de esta etapa supone un cambio drástico que, si se plantea correctamente, puede convertirse en el impulso definitivo que necesita esta ficción para retomar, o al menos rememorar, el impacto de la primera temporada. Y para ello nada mejor que Merlin, cuya suma al elenco es anunciada en la propia temporada.

Ahora bien, la temporada también plantea muchas dudas acerca de la capacidad de la serie para continuar con su mundo de fantasía. Aunque es cierto que mientras haya cuentos y personajes por explorar seguirá teniendo posibilidades de desarrollo, la cuarta temporada ha dado numerosas muestras de cansancio narrativo, de reiteración de temáticas y conflictos que han ralentizado levemente el desarrollo de algunos personajes, encasillándoles en aquello que la ficción siempre ha intentado evitar con su reinterpretación de los relatos. Tal vez sea por el techo dramático que la serie ha alcanzado en su anterior temporada. Puede que esta cuarta temporada deba ser vista más como un puente hacia algo nuevo. Pero en cualquier caso los personajes no han estado a la altura de lo conseguido en anteriores etapas.

De este modo la cuarta temporada de Érase una vez se convierte en un vehículo tanto para aprovechar el tirón del fenómeno Frozen: El reino del hielo, como para buscar nuevas vías de desarrollo. Sus responsables parecen haberlas encontrado en la reformulación de muchos pilares de la serie, algo muy positivo si tenemos en cuenta que la anterior temporada parecía haber marcado un punto y aparte. Pero va a ser necesario algo más que el mero cambio de héroes o villanos. Va a ser necesario que algunos de los personajes encuentren un mejor equilibrio entre sus caras más sombrías y las más luminosas.

3ª T de ‘Érase una vez’, punto de inflexión para los cuentos de hadas


Los héroes de 'Érase una vez' viajarán a Nunca Jamás en la tercera temporada.La tercera temporada de Érase una vez ha dejado claro que una historia puede complicarse hasta extremos insospechados siempre y cuando todo tenga un cierto sentido dramático y no produzca contradicciones narrativas. Si la primera y la segunda temporada se centraban fundamentalmente en la lucha entre Blancanieves y la Madrastra malvada, estos nuevos 22 episodios han permitido a sus creadores, Adam Horowitz y Edward Kitsis, guionistas de TRON: Legacy (2010), expandir el universo a nuevos escenarios y nuevos mundos de fantasía hasta ahora inexplorados. Todo ello integrado en una historia que crece en todos los sentidos y que convierte a la serie en una de las propuestas más frescas de la pequeña pantalla. Aunque evidentemente no todo es oro todo lo que reluce.

Y es que si se analiza en profundidad el desarrollo dramático de la temporada es indispensable señalar los numerosos giros que presenta, muchos de ellos obligados por una tendencia innata de los creadores de llevar a sus personajes al límite. Esto no es necesariamente algo negativo, pues eso ha permitido explorar una evolución dramática de los protagonistas realmente interesante, sobre todo si uno se fija en los villanos. Sin embargo, no es menos cierto que estirar el desarrollo hasta sus últimas consecuencias posee una contraproducente sensación de querer alargar la historia sin demasiado sentido, nutriendo el conjunto de secuencias que desde algunos puntos de vista pueden parecer innecesarias. Esto, unido a la presencia de roles secundarios sin demasiado recorrido, es lo que más debilita a esta nueva entrega de la serie, pero al mismo tiempo es el síntoma más evidente de que el producto ha evolucionado. Durante las etapas anteriores muchos de los episodios se destinaban a narrar los orígenes de los personajes de los cuentos de hadas; ahora, y dado que ya no es necesaria tal estructura, la trama se centra más en su propio desarrollo.

Es en este sentido donde Érase una vez vuelve a demostrar que posee una originalidad única, distinta a todo lo visto hasta ahora y con una capacidad de integración sencillamente brillante. Bajo la premisa de que todo es posible, Horowitz y Kitsis construyen un complejo sistema de relaciones de parentesco en el que todos los personajes tienen cabida, conformando un mundo de fantasía que enriquece las historias tradicionales siempre y cuando el espectador se muestre partícipe de ello. Lejos de resultar absurdo, gracias a una definición sólida de cada nuevo personaje este entramado aporta al mismo tiempo novedad y comprensión al desarrollo dramático, pues las nuevas líneas argumentales justifican en muchos sentidos lo visto con anterioridad.

Todo esto, tanto lo bueno como lo malo, podría resumirse en la presencia de los dos villanos principales de esta tercera temporada, que consecuentemente se divide en dos partes perfectamente diferenciadas. El primero, un Peter Pan muy distinto al que estamos acostumbrados y al que da vida magistralmente un joven Robbie Kay (Vivir para siempre), es el catalizador para que los personajes, héroes y villanos a partes iguales, se unan por una causa común como es la de salvar al personajes interpretado por Jared Gilmore (serie Mad Men). La segunda, conocida como Bruja Mala del Mundo de OZ (Rebecca Mader, vista en Los hombres que miraban fijamente a las cabras), es una amenaza del pasado que obliga a los personajes a adquirir conciencia de su verdadera naturaleza, transformándose en algo que hasta ahora no se había visto.

Imprescindible Rumpelstilskin

Aunque si algo reitera Érase una vez en todas y cada una de sus temporadas es que el personaje de Rumpelstilskin, interpretado por un magnífico Robert Carlyle (Trainspotting), es el verdadero corazón del show. Da igual que tenga una presencia más o menos relevante; incluso se puede permitir el lujo, como de hecho ocurre en esta tercera entrega, de desaparecer de la trama durante algunos capítulos. Su rol es casi tan imprescindible como la magia que impregna todo el relato. Y si en las anteriores temporadas fue él el artífice de prácticamente todas las artimañas utilizadas para hacer avanzar la trama, en estos episodios su reconversión en héroe es una suerte de reinterpretación del personaje motivada por la presencia, como ya he dicho, de los dos villanos. Villanos que, por cierto, tienen una relación muy estrecha con este rol, lo que confirma la sensación de que sin Carlyle esta serie no sería lo mismo.

Al inicio del texto aseguraba que Horowitz y Kitsis llevan al límite a sus personajes, lo que ha obligado a resoluciones drásticas (un nuevo hechizo) y lo que ha provocado, a su vez, unas líneas de desarrollo dramático que alcanzan extremos un poco increíbles. Uno de ellos es la evolución de los dos principales villanos en héroes. Este arco argumental, que en el fondo es el motor de toda la temporada, es el que lleva a pensar en un final de serie durante el episodio doble con el que concluye esta etapa. La forma en que los responsables cierran el círculo iniciado en la primera temporada es tan esperanzadora y tan bienintencionada que apenas deja espacio para algo que no sean los finales felices a los que los cuentos nos tienen tan acostumbrados. Pero hay que hacer hincapié en la palabra “apenas”. En efecto, el final de esta tercera entrega es a todas luces un final feliz, pero eso no implica que todos los personajes terminen siendo felices. Sin ir más lejos, los tradicionales villanos de la serie, encarnados por Lana Parrilla (One last ride) y el ya mencionado Carlyle, siguen demostrando que la oscuridad es su rasgo definitorio, ofreciendo ahora una visión mucho más matizada de su personalidad.

En cierto modo, este final dota de sentido a todo lo visto durante los 22 capítulos de esta temporada. Sin el viaje realizado por los personajes principales, estos no habrían tenido la oportunidad de adquirir una personalidad mucho más compleja marcada por las revelaciones de su pasado y por la necesidad de un objetivo común. Así las cosas, se puede decir que los buenos no son tan buenos, pero los malos definitivamente no son tan malos. O mejor dicho, su maldad es mucho más sutil. Tras lo narrado en esta tercera parte sus motivaciones han cambiado notablemente, aunque la esencia de las mismas se mantiene lo suficiente como para hacerles reconocibles. Gracias a ese final, por ejemplo, los principales héroes siguen teniendo como motivación la protección de sus seres queridos, mientras que los antagonistas han sabido evolucionar en la forma de digerir sus frustraciones y sus venganzas. Todo con la presencia final de un nuevo enemigo que sin duda aportará nuevos matices a la historia.

Con esta nueva temporada Érase una vez se confirma como una producción de carácter propio, muy particular y sin demasiadas concesiones a las historias de las que toma prestados los personajes. Su facilidad para relacionar a prácticamente todos los héroes de los cuentos de hadas es fascinante, lo que le lleva a adquirir una complejidad narrativa muy difícil de sostener. Lo mejor de todo es que lo consigue, aunque el precio a pagar sea la obsesión por mantenerles a todos en cartel. Una obsesión que puede provocar una serie de desconexiones en la trama y de desarrollos que pueden llevar a ninguna parte. Es un riesgo que hay que correr y que debe ser controlado si no se quiere caer en la autoparodia como le ocurren a otras producciones. Por fortuna, por ahora se mantiene el equilibrio, y como resultado puede decirse que esta temporada ha mantenido el nivel de las anteriores, siendo además un punto de inflexión que permite a la historia avanzar por nuevas vías argumentales y con nuevos personajes llamados a ser protagonistas.

Los cuentos dan forma a la Historia de ‘Érase una vez’ en su 2ºT


Príncipes y princesas deberán combatir en los mundos de fantasía y realidad en la 2ªT de 'Érase una vez'.Hace algo más de un año llegaba a las televisiones de medio mundo una serie tan original como curiosa en su concepto. Los personajes de los cuentos de hadas, a raíz de un hechizo maléfico, son enviados a nuestro mundo, un lugar sin magia y en el que son incapaces de recordar nada. La primera temporada de Érase una vez dejó un magnífico sabor de boca debido a su excepcional capacidad de combinar el mundo de cuento con la realidad y de equiparar profesiones reales con las características de los personajes mágicos, pero sobre todo debido a la reinterpretación de los cuentos conocidos por pequeños y mayores. El final de esos primeros episodios suponía el punto de partida de un panorama nuevo y diferente que abría un nuevo mundo a explorar, al menos narrativamente hablando. Sin embargo, lo que han conseguido sus responsables va mucho más allá de una mera continuación.

Los 22 episodios que componen esta segunda temporada poseen todo aquello que cabría esperar de una serie de semejantes características. Y a pesar de todo, supera las expectativas puestas después de ver la primera parte. Y lo hace fundamentalmente por un motivo tan sencillo y difícil de encontrar como es la fidelidad al espíritu de la producción. La idea de Adam Horrowitz (TRON: Legacy) y Edward Kitsis (serie Birds of Prey), al menos la que se desprende de cada uno de los aspectos formales, es ofrecer una aventura a medio camino entre la realidad y la fantasía, entre dos mundos que se complementan y que, de algún modo, aprenden el uno del otro. En medio una serie de personajes cuyos trazos gruesos de personalidad se mantienen pero que modifican sustancialmente lo que les hace únicos, es decir, sus detalles.

A decir verdad, lo más fascinante de esta nueva entrega de Érase una vez es la forma en que todos y cada uno de los personajes son relacionados entre sí, hasta el punto de modificar los cuentos y convertirlos en capítulos de una Historia mucho mayor. Resulta interesante comprobar cómo lo que se narra está planteado a modo de episodios del pasado de cada uno de los personajes en un mundo (o varios mundos) donde todos conviven de forma más o menos pacífica, y en el que inevitablemente han coincidido en alguna que otra ocasión. Esta riqueza en las relaciones, rompiendo con las barreras naturales de los cuentos de hadas, es lo que convierte a la serie en una delicia argumental que plantea un juego al espectador: descubrir quién es quién dentro de la trama.

Es difícil encontrar aspectos negativos, y los pocos que existen no son, en ningún caso, motivo suficiente para empañar la factura final de la producción. Uno de dichos elementos deriva precisamente de esa necesidad de expandir el universo de la serie a más y más cuentos, hasta el punto de sobrepasar este tipo de literatura para introducirse en otras totalmente diferentes. Me refiero al caso del Dr. Frankenstein, uno de los pocos excesos dentro de la trama que encajan de forma algo tosca con el resto de personajes. El hecho de introducir la ciencia y la medicina en un contexto tan entregado a la magia y a la lucha del bien contra el mal no deja de ser un elemento extraño, si bien es cierto que su papel posee una relevancia casi anecdótica. Por no mencionar el hecho de introducir a Robin Hood en un episodio, algo que parece casi un guiño irónico para los seguidores de la serie.

Rumpelstiltskin, el centro de todos los cuentos

Como decimos, la redefinición de los arquetípicos personajes de la literatura infantil es lo que marca la pauta de Érase una vez. Pero incluso dentro de esta estrategia hay diferentes categorías. A los personajes ya conocidos se han incorporado otros como el gigante que vive en un castillo en las nubes o el carismático Capitán Garfio (Colin O’Donoghue), sin duda uno de los mejores fichajes de la temporada. Pero si hay que hablar de un personaje imprescindible ese es Rumpelstiltskin, interpretado magistralmente por Robert Carlyle (El mundo nunca es suficiente), quien engrandece un ya de por sí inmenso papel. Prueba de ello es que a medida que ha ido avanzando la trama en esta segunda temporada su presencia se ha vuelto casi indispensable, y no precisamente por ser uno de los villanos de turno.

De hecho, es la piedra sobre la que se apoyan todas y cada una de las tramas secundarias, tanto en la realidad como en el mundo de fantasía. Más allá de los pactos que realiza para conseguir aquello que quiere, su valor dramático reside en la influencia que tiene sobre el resto de personajes, buenos y malos, por las relaciones que ha establecido en épocas anteriores. Sobre sus hombros recae la responsabilidad de ser el protagonista de muchos cuentos diferentes y de encarnar de forma muy original a diferentes personajes, como pueden ser el cocodrilo que le arranca la mano al Capitán Garfio o la Bestia que enamora a una Bella interpretada por Emilie de Ravin (Recuérdame). Su figura está adquiriendo tal grado de importancia que poco a poco está logrando incluso superponerse al protagonismo del personaje de Jennifer Morrison (serie House) para acaparar todos los focos. Visto desde un punto de vista dramático, puede ser hasta positivo para el conjunto.

En cualquier caso, lo que deja patente esta segunda temporada es la capacidad creativa de sus responsables y la precisión con la que enlazan historias, personajes y tramas hasta convertirlas de forma natural en acontecimientos irremediablemente conectados. Estos nuevos 22 capítulos introducen nuevos personajes del mundo real y nuevas tramas que vuelven más compleja la premisa inicial. Dado que el final de la primera temporada solucionaba el nudo planteado de romper el hechizo, esta nueva tanda de episodios plantea una guerra abierta en varios frentes donde los buenos buscan hacer el bien (valga la redundancia) y los malos actúan por su propio interés. La culminación de esta batalla entre el bien y el mal, entre la magia y el mundo real, provocará cambios en los personajes, algunos de ellos tan interesantes como la posibilidad de que Blancanieves (Ginnifer Goodwin) inicie el camino para convertirse en villana.

Aunque tal vez lo mejor de esta nueva temporada de Érase una vez sea las bases que sienta para el futuro más inmediato. Unas bases que se intuyen poco a poco y que quedan claramente expuestas en el díptico final titulado La segunda estrella a la derecha… y directos hasta el amanecer, en clara referencia al cuento de Peter Pan. Nuevos escenarios, nuevos personajes y nuevas aventuras es lo que se espera de la tercera temporada, pero lo más interesante será, una vez más, comprobar si esa telaraña de personajes, historias y relaciones es lo suficientemente fuerte como para aguantar un análisis exhaustivo. Nada hace pensar lo contrario.

‘Érase una vez’… un mundo real


A medida que nos hacemos adultos, tendemos a despreciar los cuentos de hadas como elementos puramente infantiles, característicos de una etapa de la vida y de un tipo de personas poco o nada interesados en los verdaderos problemas de la vida. Pero, ¿y si los personajes de dichos cuentos fueran personas reales, atrapadas en un mundo donde todo lo que conocían no existe, donde no recuerdan quiénes son? Y lo más importante, ¿qué ocurriría si alguno de nosotros perteneciese a ese mundo? Esta es la base argumental de Érase una vez, la nueva serie de televisión de Adam Horowitz y Edward Kitsis, dos de los guionistas de Perdidos.

Sin embargo, hay que olvidarse de vivos colores, animales que hablen y, por encima de todo, finales felices. La trama, a caballo entre el mundo real y el de los cuentos, se caracteriza por una ruptura con algunas de las normas básicas de los cuentos. Si bien el capítulo piloto comienza con el final de Blancanieves, pronto se olvida de ello para mostrar a una bruja que ataca con todo un ejército, a un príncipe capaz de sangrar y a unos enanitos que defienden un castillo. Todo ello alternado con un presente en el que, esos mismos personajes, viven vidas tristes, grises y solitarias donde no recuerdan su mundo pasado. Todos a excepción de un niño, detonante de la trama, cuyo libro de cuentos narra el verdadero final de este extraño cuento de hadas.

Érase una vez cuenta con rostros muy conocidos de la pequeña y gran pantalla. Jennifer Morrison, la inolvidable Allison Cameron de House, es la heroína del relato, mientras que Robert Carlyle (The Full Monty, Trainspotting), interpreta a Rumpelstiltskin, escurridizo y oscuro personaje cuyas intenciones nunca parecen estar claras. Junto a ellos, Ginnifer Goodwin (En qué piensan las mujeres), Lana Parrilla o Josh Dallas (Thor).

Precisamente, uno de los mayores atractivos que presenta la serie es el salto continuo del mundo fantástico al mundo real, comprobando cuál ha sido la evolución de cada uno de los personajes, y los papeles que les toca interpretar en el mágico pueblo de Storybrooke, donde el tiempo se ha detenido a las 8:15 horas hasta la llegada de la hija de Blancanieves, que desatará una guerra contra la bruja para devolver a los habitantes de los cuentos a su mundo original.

Pero no es su único atractivo. Si bien los personajes actúan acorde a sus naturalezas de fábula, son precisamente las decisiones difíciles las que los convierten en atractivos, poco planos. Por poner un ejemplo, ya desde el Piloto el personaje Blancanieves (Goodwin) no es una damisela indefensa. No sólo lucha por lo que quiere, sino que llega a empuñar una espada con la intención de atacar a la bruja. ¿Alguien se imagina eso en la versión de Disney? Si he de elegir entre alguno de los múltiples personajes que aparecen, sin pensarlo opto por el de Carlyle, actor que sabe dejar una impronta personal y oscura en un personaje ya de por sí enigmático.

El conjunto se completa con unos efectos digitales bien integrados (mucho mejor que en otras series fantásticas) y detalles en diálogos y trama que enriquecen a unos personajes que a priori podrían parecer planos y con poco interés. La incógnita radica en la fuerza del desarrollo argumental, y si sus guionistas serán capaces no sólo de mantener el interés de la historia, sino de integrar de forma lógica a los múltiples personajes fantásticos que viven en Érase una vez.

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