‘Érase una vez’ utiliza cualquier historia para sobrevivir en su 5ª T.


Los héroes de 'Érase una vez' viajan a Camelot en la quinta temporada.Si algo debe reconocerse a Adam Horowitz y Edward Kitsis (serie Dead of summer) es su capacidad para lograr que todas las historias y personajes de Érase una vez adquieran sentido en la mezcolanza que se ha formado después de cinco temporadas. Por el camino se han quedado personajes, algunos más interesantes que otros, pero en líneas generales el núcleo duro ha persistido. ¿El secreto? Ofrecer al espectador aspectos diferentes de los héroes y villanos con los que creció, generando un contraste tan original como atractivo. Pero todo tiene su límite, y a tenor de lo visto en estos 23 episodios parece que esta ficción de aventura y fantasía está cerca de alcanzarlo… si es que no lo ha superado ya.

Narrativamente hablando, el desarrollo dramático de esta temporada es más que correcto, aprovechando el gancho final de la anterior etapa para abordar un nuevo mundo con la protagonista como presunta villana. De nuevo dividida en dos partes claramente diferenciadas, la trama obliga a varios personajes a evolucionar, lo que unido a la incorporación de nuevos héroes y villanos de la mitología, la literatura y Disney (sí, las películas de Disney están más presentes que nunca) hace que esta última tanda de episodios adquiera dinamismo y atractivo, enganchando al espectador rápidamente con técnicas, porqué no decirlo, algo sencillas.

Y aunque resulte gratificante comprender la relación entre Merlin, el Rey Arturo, Excalibur y la Daga del Ser Oscuro, eso no debe ser impedimento para ver que Érase una vez no deja de dar vueltas sobre los mismos conceptos una y otra vez. Mientras que roles como el interpretado por el joven Jared Gilmore (A nana for Christmas) sí han sabido evolucionar y encontrar un hueco en la historia que cambia en función de los acontecimientos, el grueso de los protagonistas parecen seguir una única senda ocurra lo que ocurra, lo que les lleva a superar el mismo conflicto bajo la apariencia de diferentes villanos. Y si eso se produjera una sola vez por temporada podría tener cierto margen de desarrollo, pero al dividir los episodios en dos grupos, la celeridad de los acontecimientos resta credibilidad a lo visto en pantalla.

Dicho de otro modo, tanto la heroína interpretada por Jennifer Morrison (La oscuridad) como el resto de sus amigos siempre parecen actuar del mismo modo aunque se enfrenten a la Reina Malvada, a un Ser Oscuro, a un mediocre rey o al Señor del Inframundo. Y lo que es más preocupante, todos estos villanos, cada uno en su estilo, parecen buscar el mismo objetivo, lo que al final genera una extraña sensación agridulce que combina la originalidad de la reinterpretación de historias mundialmente conocidas con la reiteración de fórmulas que cada vez se antojan más agotadas.

Vuelta a los orígenes

Existen muchos motivos para lo que le ocurre a Érase una vez. Puede achacarse a una saturación de personajes, tantos que es imposible desarrollar correctamente una historia para cada uno. Puede ser, por otro lado, que la fantasía poco a poco se va apagando al perder el factor de la originalidad. Pero ambos argumentos pueden ser rebatidos, el primero porque dichas historias, quien más quien menos, las conoce, y el segundo porque hay pocas series que sean tan originales como esta. En realidad, el problema estriba en que los personajes, sobre todo los protagonistas, han evolucionado a una velocidad excesiva, consumiendo por el camino un proceso dramático que ha obligado a buscar nuevos villanos, y con ello historias a cada cual más compleja y hasta cierto punto irreal (que ya es decir en esta producción).

Los casos más evidentes son los de los personajes interpretados por Robert Carlyle (28 semanas después) y Lana Parrilla (Frozen stars), aunque curiosamente representan dos extremos diferentes. El primero ofrece una visión derrotista del cambio que puede experimentar un personaje. Cobarde que se convierte en villano, villano que quiere ser héroe, en realidad es un ser ávido de poder que hace todo lo posible por dominar a los que le rodean, lo que le lleva a repetir engaños una y otra vez. La cuestión es que su rol no es en sí mismo un problema, pues es de los que mejor definición e interpretación tiene, sino que los que le rodean parecen caer siempre en la misma trampa. Y una vez puede ser; dos es probable; tres, cuatro o cinco veces ya resulta irrisorio.

Lo de la Reina Malvada interpretada con notable fuerza por Parrilla es otro cantar. Si bien es cierto que durante las primeras temporadas el cambio sufrido en su personaje ha llevado buena parte del peso narrativo de la historia, el hecho de que se haya pasado al bando de los héroes hace que pierda fuerza dramática. Su presunta lucha interior entre el bien y el mal ha sido la excusa perfecta para introducir a un nuevo personaje literario, el famoso Doctor Jekyll y su alter ego, Mister Hyde, pero también ha permitido a los creadores recurrir a un truco tan simple como antiguo: recuperar a la villana original. El modo de hacerlo, con ese gancho de final de temporada, evidencia dos cosas: que se quitó demasiado pronto a la antagonista natural de la trama y que es necesario regresar a los orígenes para intentar recuperar un norte que en esta última temporada parece perdido.

Se puede decir que la quinta temporada de Érase una vez ha sido un catalizador para comprender que la serie había tomado una deriva algo caótica. Sin grandes villanos en las dos partes de esta última etapa, y con unos personajes que parecen dar tumbos por la trama sin un objetivo claro más allá del inmediato, la serie se ha entregado a los fantásticos mundos de la literatura, los cuentos y las películas de la Disney para tratar de suplir las carencias narrativas que tenía. Y hasta cierto punto la estrategia resulta, pero a poco que se rasque en esa superficie de fantasía puede apreciarse claros problemas en el tratamiento de los personajes. La historia necesita calma, respirar hondo y recuperar su esencia. Y ese parece el objetivo de la próxima temporada.

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‘Érase una vez’ divide su 4ª T para recuperar fuerza dramática


Los protagonistas de 'Frozen: El reino del hielo' llegan a la cuarta temporada de 'Érase una vez'.Parece ser una tendencia cada vez más consolidada que las temporadas de las series de televisión dividan su espacio en dos partes bien diferenciadas gracias a dos arcos dramáticos independientes. La última en sumarse a esa forma de entender la narrativa es Érase una vez, cuya cuarta temporada finaliza su desarrollo inicial antes de lo previsto para regresar, no sin cierta dificultad, a su temática clásica de héroes y villanos, de buenos y de unos malos que buscan su final feliz. Y aunque en un principio puede parecer una incoherencia por parte de sus creadores, Adam Horowitz y Edward Kitsis (Tron: Legacy), lo cierto es que la impresión final es la de haber buscado un respiro que permita reasentada las bases de la serie, una especie de paréntesis que ha ayudado a introducir nuevos personajes, a cambiar la perspectiva de otros y a reinterpretar nuevos cuentos que permitan indagar el mundo creado desde un prisma nuevo en las próximas temporadas.

Los que hayan visto el final de la tercera temporada sabrán que dicho paréntesis ha sido un homenaje directo al éxito de Frozen: El reino del hielo (2013), aunque siempre bajo el particular punto de vista de esta producción. Con un relato que se sitúa algún tiempo después de los acontecimientos del film, la serie logra incorporar plenamente a los nuevos personajes, no solo por ser los protagonistas de esta especie de spin off, sino porque se integran en el pasado de la protagonista, de nuevo interpretada por Jennifer Morrison (serie House). Más allá del parecido físico de los actores con los personajes creados por Disney, lo realmente interesante es, una vez más, el modo en que los responsables de esta ficción acometen la tarea de dar una vuelta de tuerca a los aspectos y los personajes más destacados de ese cuento.

Con todo, lo más destacable de esta historia dentro de Érase una vez es ha permitido a la serie reformular algunos aspectos que parecían estar perdiendo fuerza conforme se desarrollaban. Si bien es cierto que la serie había logrado construir un complejo relato a lo largo de las tres etapas anteriores, no lo es menos que parecía haber llegado a un punto de inflexión en el que los principales villanos habían encontrado su parte de héroes. La introducción de los protagonistas de Frozen: El reino del hielo, lejos de convertirse en nuevos y peligrosos antagonistas, han generado una cadena de acontecimientos que han revelado de nuevo la auténtica naturaleza de los villanos. Esto permite, a su vez, reformular las bases de la serie, ofreciendo al espectador nuevas aventuras bajo un paraguas relativamente similar pero que distrae los suficiente para no saturar.

Lo que cabe preguntarse, por tanto, es si tanto recorrido era necesario. Para gustos los colores, pero lo cierto es que la serie ha sabido tomarse su tiempo para volver a sus inicios a mitad de temporada. Puede resultar algo infantil, incluso excesivamente empalagoso y repetitivo, pero la originalidad que imprimen sus responsables a cada uno de los personajes disminuye estos problemas de forma considerable. Por otro lado, este desarrollo ha permitido introducir nuevos personajes que, aunque secundarios al principio, adquieren más valor conforme transcurre el desarrollo dramático, integrando nuevos héroes y villanos en la historia y enriqueciendo este mundo en el que los cuentos de hadas conviven entre ellos en un mundo que cada vez fusiona más la realidad con la magia de los relatos.

Darle la vuelta a la tortilla

Pero todo ello es solo el principio de esta cuarta temporada de Érase una vez. El resto de los 23 episodios devuelven el protagonismo, con algunas novedades, a los héroes y villanos que desde el principio han poblado la trama, haciendo especial hincapié en aquellos sobre los que pivota el eje central del desarrollo dramático, esto es, Blancanieves, Rumpelstilskin y la Reina. Sin desvelar demasiado sobre los giros dramáticos, hay que aclarar que este regreso al desarrollo más tradicional tiene un único y claro objetivo insinuado durante los capítulos pero desvelado en ese último plano de la temporada que, a modo de gancho, deja preparado el terreno para la siguiente temporada.

Dicho terreno pretende, en pocas palabras, reformular por completo la estructura de la serie. No es nueva la idea de que en el mundo real ni los héroes de los cuentos son santos ni los villanos demonios, pero lo que plantea el final de esta etapa supone un cambio drástico que, si se plantea correctamente, puede convertirse en el impulso definitivo que necesita esta ficción para retomar, o al menos rememorar, el impacto de la primera temporada. Y para ello nada mejor que Merlin, cuya suma al elenco es anunciada en la propia temporada.

Ahora bien, la temporada también plantea muchas dudas acerca de la capacidad de la serie para continuar con su mundo de fantasía. Aunque es cierto que mientras haya cuentos y personajes por explorar seguirá teniendo posibilidades de desarrollo, la cuarta temporada ha dado numerosas muestras de cansancio narrativo, de reiteración de temáticas y conflictos que han ralentizado levemente el desarrollo de algunos personajes, encasillándoles en aquello que la ficción siempre ha intentado evitar con su reinterpretación de los relatos. Tal vez sea por el techo dramático que la serie ha alcanzado en su anterior temporada. Puede que esta cuarta temporada deba ser vista más como un puente hacia algo nuevo. Pero en cualquier caso los personajes no han estado a la altura de lo conseguido en anteriores etapas.

De este modo la cuarta temporada de Érase una vez se convierte en un vehículo tanto para aprovechar el tirón del fenómeno Frozen: El reino del hielo, como para buscar nuevas vías de desarrollo. Sus responsables parecen haberlas encontrado en la reformulación de muchos pilares de la serie, algo muy positivo si tenemos en cuenta que la anterior temporada parecía haber marcado un punto y aparte. Pero va a ser necesario algo más que el mero cambio de héroes o villanos. Va a ser necesario que algunos de los personajes encuentren un mejor equilibrio entre sus caras más sombrías y las más luminosas.

3ª T de ‘Érase una vez’, punto de inflexión para los cuentos de hadas


Los héroes de 'Érase una vez' viajarán a Nunca Jamás en la tercera temporada.La tercera temporada de Érase una vez ha dejado claro que una historia puede complicarse hasta extremos insospechados siempre y cuando todo tenga un cierto sentido dramático y no produzca contradicciones narrativas. Si la primera y la segunda temporada se centraban fundamentalmente en la lucha entre Blancanieves y la Madrastra malvada, estos nuevos 22 episodios han permitido a sus creadores, Adam Horowitz y Edward Kitsis, guionistas de TRON: Legacy (2010), expandir el universo a nuevos escenarios y nuevos mundos de fantasía hasta ahora inexplorados. Todo ello integrado en una historia que crece en todos los sentidos y que convierte a la serie en una de las propuestas más frescas de la pequeña pantalla. Aunque evidentemente no todo es oro todo lo que reluce.

Y es que si se analiza en profundidad el desarrollo dramático de la temporada es indispensable señalar los numerosos giros que presenta, muchos de ellos obligados por una tendencia innata de los creadores de llevar a sus personajes al límite. Esto no es necesariamente algo negativo, pues eso ha permitido explorar una evolución dramática de los protagonistas realmente interesante, sobre todo si uno se fija en los villanos. Sin embargo, no es menos cierto que estirar el desarrollo hasta sus últimas consecuencias posee una contraproducente sensación de querer alargar la historia sin demasiado sentido, nutriendo el conjunto de secuencias que desde algunos puntos de vista pueden parecer innecesarias. Esto, unido a la presencia de roles secundarios sin demasiado recorrido, es lo que más debilita a esta nueva entrega de la serie, pero al mismo tiempo es el síntoma más evidente de que el producto ha evolucionado. Durante las etapas anteriores muchos de los episodios se destinaban a narrar los orígenes de los personajes de los cuentos de hadas; ahora, y dado que ya no es necesaria tal estructura, la trama se centra más en su propio desarrollo.

Es en este sentido donde Érase una vez vuelve a demostrar que posee una originalidad única, distinta a todo lo visto hasta ahora y con una capacidad de integración sencillamente brillante. Bajo la premisa de que todo es posible, Horowitz y Kitsis construyen un complejo sistema de relaciones de parentesco en el que todos los personajes tienen cabida, conformando un mundo de fantasía que enriquece las historias tradicionales siempre y cuando el espectador se muestre partícipe de ello. Lejos de resultar absurdo, gracias a una definición sólida de cada nuevo personaje este entramado aporta al mismo tiempo novedad y comprensión al desarrollo dramático, pues las nuevas líneas argumentales justifican en muchos sentidos lo visto con anterioridad.

Todo esto, tanto lo bueno como lo malo, podría resumirse en la presencia de los dos villanos principales de esta tercera temporada, que consecuentemente se divide en dos partes perfectamente diferenciadas. El primero, un Peter Pan muy distinto al que estamos acostumbrados y al que da vida magistralmente un joven Robbie Kay (Vivir para siempre), es el catalizador para que los personajes, héroes y villanos a partes iguales, se unan por una causa común como es la de salvar al personajes interpretado por Jared Gilmore (serie Mad Men). La segunda, conocida como Bruja Mala del Mundo de OZ (Rebecca Mader, vista en Los hombres que miraban fijamente a las cabras), es una amenaza del pasado que obliga a los personajes a adquirir conciencia de su verdadera naturaleza, transformándose en algo que hasta ahora no se había visto.

Imprescindible Rumpelstilskin

Aunque si algo reitera Érase una vez en todas y cada una de sus temporadas es que el personaje de Rumpelstilskin, interpretado por un magnífico Robert Carlyle (Trainspotting), es el verdadero corazón del show. Da igual que tenga una presencia más o menos relevante; incluso se puede permitir el lujo, como de hecho ocurre en esta tercera entrega, de desaparecer de la trama durante algunos capítulos. Su rol es casi tan imprescindible como la magia que impregna todo el relato. Y si en las anteriores temporadas fue él el artífice de prácticamente todas las artimañas utilizadas para hacer avanzar la trama, en estos episodios su reconversión en héroe es una suerte de reinterpretación del personaje motivada por la presencia, como ya he dicho, de los dos villanos. Villanos que, por cierto, tienen una relación muy estrecha con este rol, lo que confirma la sensación de que sin Carlyle esta serie no sería lo mismo.

Al inicio del texto aseguraba que Horowitz y Kitsis llevan al límite a sus personajes, lo que ha obligado a resoluciones drásticas (un nuevo hechizo) y lo que ha provocado, a su vez, unas líneas de desarrollo dramático que alcanzan extremos un poco increíbles. Uno de ellos es la evolución de los dos principales villanos en héroes. Este arco argumental, que en el fondo es el motor de toda la temporada, es el que lleva a pensar en un final de serie durante el episodio doble con el que concluye esta etapa. La forma en que los responsables cierran el círculo iniciado en la primera temporada es tan esperanzadora y tan bienintencionada que apenas deja espacio para algo que no sean los finales felices a los que los cuentos nos tienen tan acostumbrados. Pero hay que hacer hincapié en la palabra “apenas”. En efecto, el final de esta tercera entrega es a todas luces un final feliz, pero eso no implica que todos los personajes terminen siendo felices. Sin ir más lejos, los tradicionales villanos de la serie, encarnados por Lana Parrilla (One last ride) y el ya mencionado Carlyle, siguen demostrando que la oscuridad es su rasgo definitorio, ofreciendo ahora una visión mucho más matizada de su personalidad.

En cierto modo, este final dota de sentido a todo lo visto durante los 22 capítulos de esta temporada. Sin el viaje realizado por los personajes principales, estos no habrían tenido la oportunidad de adquirir una personalidad mucho más compleja marcada por las revelaciones de su pasado y por la necesidad de un objetivo común. Así las cosas, se puede decir que los buenos no son tan buenos, pero los malos definitivamente no son tan malos. O mejor dicho, su maldad es mucho más sutil. Tras lo narrado en esta tercera parte sus motivaciones han cambiado notablemente, aunque la esencia de las mismas se mantiene lo suficiente como para hacerles reconocibles. Gracias a ese final, por ejemplo, los principales héroes siguen teniendo como motivación la protección de sus seres queridos, mientras que los antagonistas han sabido evolucionar en la forma de digerir sus frustraciones y sus venganzas. Todo con la presencia final de un nuevo enemigo que sin duda aportará nuevos matices a la historia.

Con esta nueva temporada Érase una vez se confirma como una producción de carácter propio, muy particular y sin demasiadas concesiones a las historias de las que toma prestados los personajes. Su facilidad para relacionar a prácticamente todos los héroes de los cuentos de hadas es fascinante, lo que le lleva a adquirir una complejidad narrativa muy difícil de sostener. Lo mejor de todo es que lo consigue, aunque el precio a pagar sea la obsesión por mantenerles a todos en cartel. Una obsesión que puede provocar una serie de desconexiones en la trama y de desarrollos que pueden llevar a ninguna parte. Es un riesgo que hay que correr y que debe ser controlado si no se quiere caer en la autoparodia como le ocurren a otras producciones. Por fortuna, por ahora se mantiene el equilibrio, y como resultado puede decirse que esta temporada ha mantenido el nivel de las anteriores, siendo además un punto de inflexión que permite a la historia avanzar por nuevas vías argumentales y con nuevos personajes llamados a ser protagonistas.

Los cuentos dan forma a la Historia de ‘Érase una vez’ en su 2ºT


Príncipes y princesas deberán combatir en los mundos de fantasía y realidad en la 2ªT de 'Érase una vez'.Hace algo más de un año llegaba a las televisiones de medio mundo una serie tan original como curiosa en su concepto. Los personajes de los cuentos de hadas, a raíz de un hechizo maléfico, son enviados a nuestro mundo, un lugar sin magia y en el que son incapaces de recordar nada. La primera temporada de Érase una vez dejó un magnífico sabor de boca debido a su excepcional capacidad de combinar el mundo de cuento con la realidad y de equiparar profesiones reales con las características de los personajes mágicos, pero sobre todo debido a la reinterpretación de los cuentos conocidos por pequeños y mayores. El final de esos primeros episodios suponía el punto de partida de un panorama nuevo y diferente que abría un nuevo mundo a explorar, al menos narrativamente hablando. Sin embargo, lo que han conseguido sus responsables va mucho más allá de una mera continuación.

Los 22 episodios que componen esta segunda temporada poseen todo aquello que cabría esperar de una serie de semejantes características. Y a pesar de todo, supera las expectativas puestas después de ver la primera parte. Y lo hace fundamentalmente por un motivo tan sencillo y difícil de encontrar como es la fidelidad al espíritu de la producción. La idea de Adam Horrowitz (TRON: Legacy) y Edward Kitsis (serie Birds of Prey), al menos la que se desprende de cada uno de los aspectos formales, es ofrecer una aventura a medio camino entre la realidad y la fantasía, entre dos mundos que se complementan y que, de algún modo, aprenden el uno del otro. En medio una serie de personajes cuyos trazos gruesos de personalidad se mantienen pero que modifican sustancialmente lo que les hace únicos, es decir, sus detalles.

A decir verdad, lo más fascinante de esta nueva entrega de Érase una vez es la forma en que todos y cada uno de los personajes son relacionados entre sí, hasta el punto de modificar los cuentos y convertirlos en capítulos de una Historia mucho mayor. Resulta interesante comprobar cómo lo que se narra está planteado a modo de episodios del pasado de cada uno de los personajes en un mundo (o varios mundos) donde todos conviven de forma más o menos pacífica, y en el que inevitablemente han coincidido en alguna que otra ocasión. Esta riqueza en las relaciones, rompiendo con las barreras naturales de los cuentos de hadas, es lo que convierte a la serie en una delicia argumental que plantea un juego al espectador: descubrir quién es quién dentro de la trama.

Es difícil encontrar aspectos negativos, y los pocos que existen no son, en ningún caso, motivo suficiente para empañar la factura final de la producción. Uno de dichos elementos deriva precisamente de esa necesidad de expandir el universo de la serie a más y más cuentos, hasta el punto de sobrepasar este tipo de literatura para introducirse en otras totalmente diferentes. Me refiero al caso del Dr. Frankenstein, uno de los pocos excesos dentro de la trama que encajan de forma algo tosca con el resto de personajes. El hecho de introducir la ciencia y la medicina en un contexto tan entregado a la magia y a la lucha del bien contra el mal no deja de ser un elemento extraño, si bien es cierto que su papel posee una relevancia casi anecdótica. Por no mencionar el hecho de introducir a Robin Hood en un episodio, algo que parece casi un guiño irónico para los seguidores de la serie.

Rumpelstiltskin, el centro de todos los cuentos

Como decimos, la redefinición de los arquetípicos personajes de la literatura infantil es lo que marca la pauta de Érase una vez. Pero incluso dentro de esta estrategia hay diferentes categorías. A los personajes ya conocidos se han incorporado otros como el gigante que vive en un castillo en las nubes o el carismático Capitán Garfio (Colin O’Donoghue), sin duda uno de los mejores fichajes de la temporada. Pero si hay que hablar de un personaje imprescindible ese es Rumpelstiltskin, interpretado magistralmente por Robert Carlyle (El mundo nunca es suficiente), quien engrandece un ya de por sí inmenso papel. Prueba de ello es que a medida que ha ido avanzando la trama en esta segunda temporada su presencia se ha vuelto casi indispensable, y no precisamente por ser uno de los villanos de turno.

De hecho, es la piedra sobre la que se apoyan todas y cada una de las tramas secundarias, tanto en la realidad como en el mundo de fantasía. Más allá de los pactos que realiza para conseguir aquello que quiere, su valor dramático reside en la influencia que tiene sobre el resto de personajes, buenos y malos, por las relaciones que ha establecido en épocas anteriores. Sobre sus hombros recae la responsabilidad de ser el protagonista de muchos cuentos diferentes y de encarnar de forma muy original a diferentes personajes, como pueden ser el cocodrilo que le arranca la mano al Capitán Garfio o la Bestia que enamora a una Bella interpretada por Emilie de Ravin (Recuérdame). Su figura está adquiriendo tal grado de importancia que poco a poco está logrando incluso superponerse al protagonismo del personaje de Jennifer Morrison (serie House) para acaparar todos los focos. Visto desde un punto de vista dramático, puede ser hasta positivo para el conjunto.

En cualquier caso, lo que deja patente esta segunda temporada es la capacidad creativa de sus responsables y la precisión con la que enlazan historias, personajes y tramas hasta convertirlas de forma natural en acontecimientos irremediablemente conectados. Estos nuevos 22 capítulos introducen nuevos personajes del mundo real y nuevas tramas que vuelven más compleja la premisa inicial. Dado que el final de la primera temporada solucionaba el nudo planteado de romper el hechizo, esta nueva tanda de episodios plantea una guerra abierta en varios frentes donde los buenos buscan hacer el bien (valga la redundancia) y los malos actúan por su propio interés. La culminación de esta batalla entre el bien y el mal, entre la magia y el mundo real, provocará cambios en los personajes, algunos de ellos tan interesantes como la posibilidad de que Blancanieves (Ginnifer Goodwin) inicie el camino para convertirse en villana.

Aunque tal vez lo mejor de esta nueva temporada de Érase una vez sea las bases que sienta para el futuro más inmediato. Unas bases que se intuyen poco a poco y que quedan claramente expuestas en el díptico final titulado La segunda estrella a la derecha… y directos hasta el amanecer, en clara referencia al cuento de Peter Pan. Nuevos escenarios, nuevos personajes y nuevas aventuras es lo que se espera de la tercera temporada, pero lo más interesante será, una vez más, comprobar si esa telaraña de personajes, historias y relaciones es lo suficientemente fuerte como para aguantar un análisis exhaustivo. Nada hace pensar lo contrario.

‘Érase una vez’… un mundo real


A medida que nos hacemos adultos, tendemos a despreciar los cuentos de hadas como elementos puramente infantiles, característicos de una etapa de la vida y de un tipo de personas poco o nada interesados en los verdaderos problemas de la vida. Pero, ¿y si los personajes de dichos cuentos fueran personas reales, atrapadas en un mundo donde todo lo que conocían no existe, donde no recuerdan quiénes son? Y lo más importante, ¿qué ocurriría si alguno de nosotros perteneciese a ese mundo? Esta es la base argumental de Érase una vez, la nueva serie de televisión de Adam Horowitz y Edward Kitsis, dos de los guionistas de Perdidos.

Sin embargo, hay que olvidarse de vivos colores, animales que hablen y, por encima de todo, finales felices. La trama, a caballo entre el mundo real y el de los cuentos, se caracteriza por una ruptura con algunas de las normas básicas de los cuentos. Si bien el capítulo piloto comienza con el final de Blancanieves, pronto se olvida de ello para mostrar a una bruja que ataca con todo un ejército, a un príncipe capaz de sangrar y a unos enanitos que defienden un castillo. Todo ello alternado con un presente en el que, esos mismos personajes, viven vidas tristes, grises y solitarias donde no recuerdan su mundo pasado. Todos a excepción de un niño, detonante de la trama, cuyo libro de cuentos narra el verdadero final de este extraño cuento de hadas.

Érase una vez cuenta con rostros muy conocidos de la pequeña y gran pantalla. Jennifer Morrison, la inolvidable Allison Cameron de House, es la heroína del relato, mientras que Robert Carlyle (The Full Monty, Trainspotting), interpreta a Rumpelstiltskin, escurridizo y oscuro personaje cuyas intenciones nunca parecen estar claras. Junto a ellos, Ginnifer Goodwin (En qué piensan las mujeres), Lana Parrilla o Josh Dallas (Thor).

Precisamente, uno de los mayores atractivos que presenta la serie es el salto continuo del mundo fantástico al mundo real, comprobando cuál ha sido la evolución de cada uno de los personajes, y los papeles que les toca interpretar en el mágico pueblo de Storybrooke, donde el tiempo se ha detenido a las 8:15 horas hasta la llegada de la hija de Blancanieves, que desatará una guerra contra la bruja para devolver a los habitantes de los cuentos a su mundo original.

Pero no es su único atractivo. Si bien los personajes actúan acorde a sus naturalezas de fábula, son precisamente las decisiones difíciles las que los convierten en atractivos, poco planos. Por poner un ejemplo, ya desde el Piloto el personaje Blancanieves (Goodwin) no es una damisela indefensa. No sólo lucha por lo que quiere, sino que llega a empuñar una espada con la intención de atacar a la bruja. ¿Alguien se imagina eso en la versión de Disney? Si he de elegir entre alguno de los múltiples personajes que aparecen, sin pensarlo opto por el de Carlyle, actor que sabe dejar una impronta personal y oscura en un personaje ya de por sí enigmático.

El conjunto se completa con unos efectos digitales bien integrados (mucho mejor que en otras series fantásticas) y detalles en diálogos y trama que enriquecen a unos personajes que a priori podrían parecer planos y con poco interés. La incógnita radica en la fuerza del desarrollo argumental, y si sus guionistas serán capaces no sólo de mantener el interés de la historia, sino de integrar de forma lógica a los múltiples personajes fantásticos que viven en Érase una vez.

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