Calor humano frente a la frialdad social en ‘El quinto elemento’


Para muchos será un clásico moderno de la ciencia ficción. Para otros, solo un título destacable del género. Por eso, y por algunos elementos que apuntaremos más adelante, he decidido no incluirla como un clásico en este blog. En cualquiera de los casos, El quinto elemento (1997) debe ser considerada como una película notable, una mezcla de humor y fantasía al más puro estilo Luc Besson, autor de la historia, del guión y de la dirección. Nada en ella resulta insulso o desmedido, e incluso las secuencias de acción están abordadas con una fuerza narrativa tal que encajan a la perfección en esta historia casi romántica protagonizada por Bruce Willis (Moonrise Kingdom) y Milla Jovovich (Stone).

Y digo lo de romántica porque la historia gira en torno a un antihéroe (como muchos de los personajes en la carrera de Willis) que es elegido para salvar el planeta de una amenaza exterior a través de la protección de una joven en la que se ha encarnado el quinto elemento de la Tierra. Más allá de los elementos originales introducidos en su trama (muchos de ellos tienen que ver con la visión europea de Estados Unidos) como el ya mencionado quinto elemento o los personajes secundarios, lo que más llama la atención es el imaginativo mundo civilizado del futuro y, sobre todo, la estructura casi militar de su sociedad y de sus infraestructuras.

Todo en ella, desde los cubículos a los que se llama apartamentos hasta la forma en la que se realizan identificaciones o compras de billetes recuerdan en cierto modo al férreo control que en otros films de corte menos fantástico y más histórico se refleja. La originalidad de este ambiente diseñado por Besson queda completada por su visión fresca y viva de todos los elementos de la historia, desde los decorados hasta el villano, un nuevo trabajo sobresaliente de Gary Oldman (El topo). En este sentido, el director recupera con acierto el sentido de la aventura sin fisuras, evitando en todo momento el tono sombrío o lúgubre de otras cintas apocalípticas.

Pieza clave del conjunto son, sin lugar a dudas, los actores, comenzando por un Willis en estado de gracia que recupera la esencia de muchos de sus personajes gracias a, como hemos dicho, ese aire de antihéroe, de hombre involucrado en una aventura que no ha buscado pero de la que debe salir por su propia seguridad. Aunque tal vez el verdadero descubrimiento de la cinta sea Jovovich, actriz que por aquel entonces comenzaba a ganar renombre gracias a títulos como Regreso al lago azul (1991) o Chaplin (1992). Su labor como quinto elemento, reuniendo en un solo ente el candor de la inocencia y la efectividad mortífera de una máquina de matar, unido a la extravagancia en su expresividad y en su forma de entender el mundo (por otro lado, lógicas con su personaje) lanzaron al estrellato a esta actriz que, curiosamente, el pasado fin de semana llegaba a la cartelera española al mismo tiempo que el director de este film.

El mensaje dentro del fantástico

Ya he afirmado en varias ocasiones que el género fantástico y la ciencia ficción son caldos de cultivo excelentes para desarrollar críticas agudas de la sociedad actual o del camino que puede tomar la Humanidad si se siguen tomando las decisiones que se toman. El quinto elemento no pierde ese elemento, aunque para ser justos lo minimiza en favor del entretenimiento más palpable. Y es que Luc Besson nunca ha sido un creador que guste de mensajes grandilocuentes o de historias muy profundas o metafísicas. De hecho, es más que probable que tuviera dificultades en narrarlas, lo cual no quiere decir que no sea un buen artista en su género.

En el caso del film con Willis, el director de Juana de Arco (1999), por cierto también protagonizada por Jovovich, aborda tanto con el diseño de producción como con la propia trama un conflicto que, curiosamente, cada vez se está mostrando más evidente, y que no es otro que la falta de calor humano en un mundo más y más mecanizado. Es gracias a esta idea que los caracteres de los dos protagonistas contrastan tanto en su forma y en su fondo. Si él se muestra frío, monótono y rodeado de un mundo donde el espacio es aprovechado hasta el más mínimo milímetro y todo se sirve de máquinas y computadoras, ella se mueve más por el conocimiento tanto de la historia como de las relaciones humanas.

Dicho contraste, que como decimos queda reducido muchas veces a la mínima expresión por las necesidades de un guión donde predomina la acción y la aventura (muy bien rodadas, todo hay que decirlo), es el que mantiene buena parte de la tensión dramática del argumento. El espectador “sufre” con el dolor de un ser solo agrede cuando se le ataca, y se pone de su parte desde su aparición en el primer acto, actitud que comparte con el personaje de Willis. En cierto modo, el foco de esperanza que representa el personaje de Jovovich y la resolución del film representan la mayor y mejor lección del relato, y que no es otro que la Tierra no es nada sin un quinto elemento imprescindible para unir a los hombres y poder salvar el planeta.

Comenzábamos diciendo que El quinto elemento puede que sea un clásico moderno. Y en cierto modo es así, pero su apuesta decidida por el entretenimiento más puro la convierten, por ahora, en un título destacable dentro del género. Posiblemente con el paso de los años alcance el grado de título imprescindible. De lo que no cabe duda es de que Besson firma una de sus mejores obras, una combinación de humor y acción que, desde Francia, bebe del estilo norteamericano.

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El realismo que ‘El caso Bourne’ aportó al espionaje y al cine de acción


Ahora que llega a las pantallas de medio mundo las intrigas y conspiraciones de Treadstone, la trama en torno a la que giran las novelas y películas de Jason Bourne, no está de más hacer un repaso por las anteriores entregas protagonizadas por Matt Damon (Salvar al soldado Ryan), tanto por la relación que guardan todas las tramas entre sí como por la importancia que tuvieron para el moderno cine de acción, sobre todo la segunda y tercera entrega. Sea como fuere, cuando en 2002 se estrenó El caso Bourne todavía no existía un universo en torno al personaje, aunque sí numerosos fans que conocían las novelas de Robert Ludlum.

La idea de realizar otra adaptación de estas novelas (ya hubo una para televisión en 1988 con Richard Chamberlain como protagonista) llegó en el mejor momento. Ya entonces se habló de que estaba planteada como una alternativa a la saga de James Bond, el cual presentaba preocupantes signos de agotamiento tras su Muere otro día (2002). Sin embargo, no se quería dotar al nuevo espía de una estética tan manida y clásica como la puede tener 007, por lo que se buscó a un director capaz de aportar otro punto de vista. El elegido fue Doug Liman (Viviendo sin límites), y aunque muchos consideran esta obra la más inferior de las tres, su valor como punto de partida es incuestionable.

En efecto, Liman sienta las bases de lo que será el mundo de Jason Bourne desde entonces y, lo que es más importante, el mundo del espionaje en general. Con un tono más realista, frío y calculado, en la trama existe lugar para los excesos y las situaciones límites, pero todo está narrado de una forma tan sencilla y al mismo tiempo efectiva que resulta creíble cualquier acción que lleve a cabo el protagonista, un Damon que encontró aquí el definitivo salto a la fama gracias a un personaje complejo y atormentado al que supo humanizar.

El caso Bourne supuso en su momento un soplo de aire fresco a un género que parecía quedarse estancado en un estilo elegante, luminoso e infatigable donde pasara lo que pasara, el protagonista no se despeinaba. La cinta de Liman presentaba a un protagonista opuesto en todo, salvo en su formación, al espía más famoso del mundo. Es un joven asustado, incapaz de recordar quién es o a qué se dedica, que actúa casi por instinto y cuyo único modo de supervivencia es su formación en el combate y la inteligencia.

El espía que me amó

A esta búsqueda de identidad se suma el ya citado programa Treastone, auténtico hilo conductor de la saga que queda reflejado casi como una secta cuyos objetivos pasan por crear auténticas máquinas de matar al servicio de intereses secretos de Estados Unidos (y de los que muchas veces ni los más altos cargos tienen constancia). Esta idea, explotada en infinidad de ocasiones, adquiere una entidad propia gracias sobre todo a la labor de los actores secundarios, todos ellos enmarcados en unos límites sobrios y realistas que evitan cualquier tipo de autoparodia. Rostros como el de Chris Cooper (American Beauty), Brian Cox (Troya), Clive Owen (Hijos de los hombres) o Julia Stiles (Espera al último baile) aportan un plus de seriedad a las situaciones y decisiones que se suceden en la trama. Aquí no hay lugar para enfrentamientos finales en los que el villano muere de forma espectacular. Más bien al contrario, el villano nunca termina de morir… entre otras cosas porque es un organismo secreto en el que está implicada mucha, muchísima gente.

Para lo que sí hay tiempo, aunque no demasiado, es para la relación sentimental surgida de la persecución. En este sentido, incluso este componente, que a primera vista puede parecer que no encaja con el resto de la trama, está tratado con una frialdad tal que resulta creíble. De nuevo, todo se desarrolla de forma calculada, con decisiones no solo coherentes, sino sinceras desde un punto de vista emocional, reservando momentos muy contados para el romance, algo a lo que contribuye una Franka Potente (Corre, Lola, corre) en un papel tan delicado como importante.

Lo cierto es que esta primera aventura de Jason Bourne presenta una trama muy lineal. Plagada de momentos interesantes, pero lineal al fin y al cabo, pues todo consiste en conocer la verdadera identidad del protagonista y saber cuál es su pasado para poder comprender de dónde surgen sus habilidades. Sin embargo, gracias a esta sencillez aparente (la trama de espionaje que hay detrás es muy elaborada), el director logra establecer una estética muy concreta, con secuencias de acción desnudas de cualquier acompañamiento musical y una fotografía repleta de colores fríos que completan ese sentimiento de soledad, de causa perdida.

Gracias a esto, El caso Bourne se ha convertido con los años en uno de los mejores títulos de acción e intriga de comienzos de siglo, influyendo no solo en sus posteriores secuelas, sino incluso en la saga de James Bond, cuyo reinicio con Casino Royale (2006) tuvo muy presente esa estética fría, solitaria y desnuda de adornos visuales. Puede que no alcance el estatus de clásico, pero sin duda su firma se ha dejado ver en muchos productos de estos últimos 10 años.

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