Rickman, un villano diferente en ‘Robin Hood, príncipe de los ladrones’


Alan Rickman fue capaz de ofrecer algo distinto en 'Robin Hood, príncipe de los ladrones'Tal vez no será recordado por su papel en este film, pero desde luego la labor de Alan Rickman (saga ‘Harry Potter’) en Robin Hood, príncipe de los ladrones (1991) sí se recuerda si uno piensa exclusivamente en los pros y los contras de esta aventura clásica que recuperó a un personaje que la historia del cine ha tratado con irregularidad. Y hoy ese recuerdo está más presente que nunca por la noticia del fallecimiento del actor británico a los 69 años de edad víctima de un cáncer. La aventura del proscrito de Sherwood, que contó con Rickman como villano principal, fue la sexta película del actor en el cine, y le supuso varios premios de la crítica.

La labor de Rickman en la cinta, aunque eclipsada a priori por la presencia de actores como Kevin Costner (3 días para matar), Morgan Freeman (Ático sin ascensor) o Sean Connery (La trampa), resulta notable en tanto que ofrece una visión del villano muy diferente a la que siempre se había tenido en esta historia. Frío y calculador al tiempo que algo loco y supersticioso, el usurpador al que interpreta no es un hombre débil o sibilino, más bien todo lo contrario. El reino que impone con la ausencia del Rey Ricardo es, por tanto, un reino de terror, un estado dominado por cierto sadismo, oscuridad y superstición. En este contexto, Rickman recrea a un hombre de gesto descompensado, de semblante soberbio y capaz de todo por salirse con la suya.

De hecho, gracias a la labor del actor británico el personaje logra mantener un delicado equilibrio entre la autoparodia en la que podría haber caído y el exceso de histrionismo que perfectamente podría haber explotado. Por otro lado, el arco dramático que desarrolla el villano es, cuanto menos, limitado. Reducido al simple antagonista del héroe, sin más recorrido que algunas secuencias que tratan de espolear algunas de las acciones que lleva a cabo en la trama, su papel en el fondo está supeditado, y eso es algo que suele ocurrir en todas las versiones de Robin Hood, a una figura contra la que luchar, más que como un personaje con iniciativas propias.

Renovación del mito

Kevin Costner y Morgan Freeman en 'Robin Hood, príncipe de los ladrones'Pero Robin Hood, príncipe de los ladrones es mucho más que la labor de Rickman. Su función en la historia del personaje podría entenderse como una renovación de la historia, no solo en lo que a diseño de personajes se refiere, sino a los propios personajes en si. La introducción de Freeman como amigo del héroe, por delante del mítico Little John y el resto de su grupo, es una novedad que podrá gustar más o menos, pero que a todas luces es refrescante. A esto se une una idea muy interesante que pocas veces ha sido abordada: Robin Hood llega de las Cruzadas, pero no es él quién organiza a los proscritos, sino que se une a ellos para terminar liderándolos.

Aunque el desarrollo dramático es, a grandes rasgos, el mismo que en otras versiones, los matices que introduce esta cinta dirigida por Kevin Reynolds (Waterworld) son lo suficientemente importantes como para generar un aspecto diferente de una historia ampliamente conocida. El éxito no reside en este caso, por tanto, en contar algo diferente, sino en ofrecer una narrativa nueva de algo asentado en el imaginario colectivo.

Y bajo esta idea hay que entender la interpretación de Alan Rickman en Robin Hood, príncipe de los ladrones. Su aportación, visiblemente más oscura que la de sus predecesores e infinitamente más violenta, es el contrapunto idóneo para el héroe al que da vida Costner. Es cierto que, como villano de esta historia de aventuras, no ofrece una profundidad dramática excesivamente grande, pero como personaje es uno de los más interesantes que ha dado la historia del proscrito a lo largo de los años. Y es una de las interpretaciones que han convertido a Rickman en uno de los actores que mejor han dado vida a los villanos. Descanse en paz.

‘Jumanji’, un juego de mesa del que Robin Williams pudo escapar


Robin Williams sobrevivió a los peligros de la selva de 'Jumanji'.El actor Robin Williams, famoso por sus papeles en Good Morning, Vietnam (1987) o El club de los poetas muertos (1989) moría ayer a los 63 años tras lo que parece ser un suicidio motivado por una depresión. El mundo del cine llora su pérdida de muy diversas maneras, y desde Toma Dos vamos a homenajearle recordando uno de sus films más interesantes. La verdad es que en una filmografía tan abultada como la del actor de El indomable Will Hunting (1997) es difícil escoger un solo título. Lo más normal sería recordar sus grandes clásicos o sus roles más cómicos, pero en lugar de eso voy a tratar una de las obras que más han marcado la juventud de miles de niños, amén de recuperar la pasión por los juegos de mesa: Jumanji (1995).

 Dirigida por Joe Johnston (Capitán América: El primer vengador) y basada en el libro de Chris Van Allsburg, la película narra las aventuras de dos niños que encuentran un viejo juego de mesa con la capacidad de convertir en realidad todo lo que ocurre en el tablero. Leones, arañas gigantes, plantas venenosas o cazadores implacables son algunos de los peligros a los que deben enfrentarse, aunque no lo hacen solos. Décadas atrás, un niño quedó atrapado en el juego. Ya adulto, es liberado, debiendo terminar la partida si quiere que todo su mundo vuelva a la normalidad. Como puede apreciarse, la trama es una aventura familiar, aunque conviene realizar una serie de matices que la distinguen notablemente de otros títulos que se encuentran bajo la misma categoría.

El primero de ellos, y que tiene que ver con Williams, es que el espectador asiste a la transformación del personaje protagonista. Y me explico. La película utiliza el mágico juego de mesa para cambiar por completo el rol de Robin Williams, convirtiéndole en un personaje casi tan cruel como las criaturas a las que debe enfrentarse. Su posterior evolución, motivada por su contacto con la realidad y el afecto del resto de personajes, es quizá uno de los trabajos menos vistosos y más notables del actor, quien es capaz de transmitir los distintos matices que identifican a este niño obligado a madurar en una selva salvaje. El miedo a volver a jugar, el individualismo o la frialdad con la que trata a los niños (uno de ellos, por cierto, es una jovencísima Kirsten Dunst), en los que ve un pasado que nunca pudo disfrutar, ofrecen al intérprete una serie de herramientas con las que compone un personaje bastante más complejo de lo que podría considerarse en un primer momento.

Otro de los aspectos a destacar de Jumanji, y muy relacionado con el anterior, es la simetría que se establece entre los adultos y los niños. Viendo la imagen que acompaña este texto uno podría pensar que se trata de una familia bien avenida, pero nada más lejos de la realidad. Los niños no tienen relación alguna con los adultos, quienes por cierto iniciaron el mismo juego cuando tenían la edad de los chicos. Se establece así una especie de paralelismo entre generaciones alrededor de un elemento atemporal cuyo valor, tanto positivo como negativo, es igual para los cuatro personajes. Cabe destacar la relación que se establece entre Williams y el joven Bradley Pierce (Los Borrowers), dos caras de una misma moneda. Los momentos de frustración del adulto volcados en el niño retoman esa idea de un niño en un cuerpo de adulto que ha crecido sin infancia.

Una historia con efecto

Aunque lo más positivo del film es sin duda su capacidad para aunar trama y efectos. Con un desarrollo dramático notable, la película marca los tiempos para convertir la historia en algo más que una aventura. Sin llegar nunca a generar miedo, sí es capaz de crear inquietud y momentos de cierto calado dramático, lo que al final termina por impregnar todo el conjunto. Y es que lejos de ser una obra desenfadada, la película protagonizada por Williams posee un tono algo oscuro, alejado por completo de la característica general del cine familiar. Gracias a la estructura del arco dramático Johnston compone un viaje emocional y físico que cambia a los protagonistas, pero que también permite al espectador sumergirse en un mundo que nunca aburre, y tan solo en algunos momentos hace concesiones.

En este sentido, los efectos especiales y digitales están a las órdenes de las necesidades dramáticas de Jumanji. Y eso que existen varios momentos en los que el exceso podría adueñarse del desarrollo. Empero, el director opta en todo momento por el toque físico, por convertir esta aventura en algo que los propios actores puedan sentir y tocar. Esto, evidentemente, genera algunos momentos en los que se nota el truco, pero en líneas generales enriquece el sentimiento que desprende en todo momento este clásico, algo a lo que contribuyen las reacciones de Williams, quien se mimetiza con ese mundo selvático que surge del tablero hasta el punto de confundir realidad y ficción. Como toda aventura, la presencia de efectos va en aumento a medida que avanza la trama hasta esa conclusión en la que el juego acaba y todo vuelve a la normalidad, pero incluso en este final los trucajes siguen siendo parte de la historia, y no al revés.

No cabe duda de que el film no es únicamente Robin Williams, pero al igual que en otros títulos protagonizados por el fallecido actor, su presencia se convierte en parte fundamental de la trama. Su facilidad para aunar en un único personaje humor y drama, ironía y amenaza, aporta a la película el equilibrio necesario para no considerar al protagonista un modelo de héroe, humanizando el rol para hacerlo cercano al espectador, natural y accesible. Se podría considerar esto como su carta de presentación, y sin duda es el motivo por el que muchos de sus grandes personajes no son cómicos, sino dramáticos. El hecho de que nunca se entregue al drama y de que sea capaz de encontrar ciertos rasgos humanos y divertidos en sus papeles es lo que permite al espectador ser más accesible a lo que ve en pantalla.

Desde luego, en Jumanji lo logra. Gracias a Williams el protagonista puede moverse por el terreno movedizo de su trágico y oscuro pasado, su personalidad modificada como consecuencia de la supervivencia en solitario, y su deseo de recuperar la vida que le fue arrebatada. Aunque por supuesto, la película no sería el clásico que es si solo contase con el actor. Esta reflexión sobre la falta de infancia, unido a la defensa de la imaginación y los juegos de mesa, es lo que convierte al film en una aventura atemporal, única y capaz de hacer disfrutar a generaciones enteras. Un título del que han pasado casi 20 años, pero por el que no pasan los años. Y un título por el que Robin Williams siempre será recordado, pasen los años que pasen.

‘El bueno, el feo y el malo’, el gran clásico del fallecido Eli Wallach


Eli Wallach, junto a Clint Eastwood en 'El bueno, el feo y el malo', de Sergio Leone.Hay mañanas en las que el mundo del cine amanece con noticias tristes, y hoy es una de ellas. Eli Wallach, uno de los mejores actores secundarios que ha dado el séptimo arte, moría ayer, 24 de junio, a la edad de 98 años en su Nueva York natal. Su filmografía está plagada de títulos de todos los géneros, desde la comedia hasta el thriller, pasando por participaciones en sagas tan importantes como la de ‘El padrino’. A modo de homenaje, que coincide con la publicación número 800 de este rincón de Internet, hoy toca hablar de uno de los mayores clásicos en los que participó: El bueno, el feo y el malo (1966), dirigido por Sergio Leone (Érase una vez en América) y coprotagonizada por Clint Eastwood (Harry el sucio) y Lee Van Cleef (Capitán Apache).

Como su propio título indica, la trama se centra en tres personajes cuyas vidas transcurren, en cierto modo, al margen de la ley durante la Guerra Civil norteamericana. Tres personajes que en principio no tienen relación alguna entre ellos pero que, por el devenir de los acontecimientos, terminan influyendo en la vida de los demás. El primero, el bueno, es un cazarrecompensas que deberá colaborar con el feo, un ladrón, para encontrar un importante tesoro. Un tesoro que el malo, un asesino a sueldo que se ha incorporado a las filas del ejército Confederado, también persigue. Enmarcada en el spaguetti western, la película cierra la conocida trilogía del dólar, que completan Por un puñado de dólares (1964) y La muerte tenía un precio (1965). Esto no quiere decir, empero, que el film deba verse como parte de algo mayor, al contrario. Su relevancia radica en su capacidad no solo para ser independiente, sino en los recursos narrativos y formales que aporta.

Más allá de la labor de sus actores, de la que hablaré más adelante, El bueno, el feo y el malo posee uno de los desarrollos dramáticos más interesantes desde un punto de vista teórico. A pesar de que a medida que se suceden los minutos los roles protagonistas quedan perfectamente definidos en la trama, la presentación de los mismos por parte de Leone invita a pensar en una ausencia total de protagonista y antagonista. No existe, por decirlo así, una mayor presencia de uno o de otro; simplemente exponen sus intereses en función de su forma de afrontar las situaciones en las que se encuentran. Esto, evidentemente, lleva al espectador a posicionarse más del lado de unos en lugar de otros (del bueno, nunca mejor dicho), pero sin que esto les defina como héroes. Es, en definitiva, una historia plagada de antihéroes, de hombres que buscan su beneficio en una situación de crisis y de caos.

Este último aspecto, por cierto, es otro de los más interesantes de la trama. El contexto bélico en el que se desarrolla la acción resulta clave para entender no solo la motivación de los tres personajes (el tesoro), sino también la forma que tienen de manipular a los que les rodean y de aprovechar las oportunidades que se plantean ante ellos. No se trata, por tanto, de una historia el oeste en la que la relevancia recae únicamente en los personajes. Es más, la presencia de los bandos de la Guerra de Secesión termina resultando determinante. Es un soldado el que pone sobre la pista del tesoro; el personaje de Van Cleef se alista como parte de su plan; y una de las secuencias más espectaculares, la de la explosión del puente, transcurre en el marco de uno de los combates. Todo ello, por tanto, lleva al film a un concepto mucho mayor que el de un mero retrato de la complicada vida en el Lejano Oeste, convirtiéndola en una compleja telaraña de intereses personales en medio de un país dividido.

Un feo divertido

Aunque lo más recordado de El bueno, el feo y el malo es, sin lugar a dudas, su duelo a tres bandas protagonizado por los tres protagonistas. No tanto por la novedad de los tres vértices, algo que de un modo u otro siempre ha estado presente en el western, sino por la forma de narrar. En realidad, Leone utiliza estos recursos a lo largo de sus films, convirtiéndolos en seña de identidad de su estilo y del propio género que ayudó a crear. Gracias a esos planos detalle de los ojos, la tensión de la mano sobre la pistola, los movimientos involuntarios de los labios, etc., el realizador genera una tensión que, de otro modo, se perdería. La ausencia de aire en los planos, unido a los efectos sonoros y el sonido ambiente, son el caldo de cultivo perfecto para un crescendo dramático que tiene su desenlace en planos muy abiertos que permiten ver el grueso de la acción. Esto implica, por tanto, que lo relevante no está tanto en ver quién dispara antes, quién tiene mejor puntería o quien se mueve antes de disparar. Se trata más bien de llevar al espectador a la mente de los personajes y a ponerse en su lugar.

Precisamente es este estilo narrativo el que ofrece una mejor definición de cada uno de los roles y, sobre todo, de la interpretación de los actores. Y es aquí donde habría que hacer una mención especial a Wallach, cuyo personaje se encuentra entre los dos extremos que ofrece el film, es decir, entre el bueno y el malo. Y no me refiero solo al título. El personaje de este ladrón capaz de hacer lo que sea por llevarse el botín tiene tantas posibilidades de generar rechazo como de resultar un mero secundario al servicio del héroe. Por supuesto, la definición sobre el papel es, en este sentido, imprescindible, y eso es algo que los guionistas dejan patente casi desde el primer minuto en que aparece en pantalla. Pero independientemente de esto, el actor aporta al personaje la empatía necesaria para encontrar ese equilibrio a nivel visual. Tal vez sea porque no se le ve matar de forma directa; tal vez porque la ironía con la que se mueve por la trama le convierte en el elemento más cómico del conjunto. Sea como sea, este “feo” se convierte en un personaje único, y en eso tiene mucho que decir el intérprete.

Dicho de otro modo, Eli Wallach se convierte en ese ladrón pícaro capaz de lograr sus objetivos mediante artimañas que no siempre necesitan de amenazas. Es cierto que no son pocas las ocasiones en que recurre a las armas, pero en líneas generales es un personaje que se distancia notablemente de los otros dos al utilizar la sutileza antes que el gatillo rápido. Esto, unido a una suerte que oscila según sople el viento (cuando todo parece irle bien, llega la mala suerte, y viceversa), le convierten en uno de esos secundarios que dejan huella en una película. Uno de los mejores ejemplos es el momento en el que el soldado le revela la existencia del tesoro. El hecho de que no le transmita toda la información, lo que le obliga a colaborar con el personaje de Eastwood, define perfectamente al personaje y al actor, quien hace suyas las reacciones del mismo.

A nadie se le escapa que en un clásico como El bueno, el feo y el malo la labor del fallecido Eli Wallach es una pieza más de la grandeza del film. Pero sería un error no tener en cuenta que sin su aportación posiblemente la historia no sería tan completa. Es gracias a él que su personaje adquiere independencia frente al resto de protagonistas. Y es gracias a él que la ironía hace acto de presencia en un triángulo, por otro lado, tendente a la gravedad y la seriedad. Dicho de otro modo, un secundario que conocía su sitio en la trama pero que, fuese cual fuese la situación, es capaz de generar el suficiente impacto como para dar un sentido diferente al desarrollo dramático, algo que se puede apreciar incluso en sus últimas apariciones casi testimoniales. El consuelo siempre será que su obra perdura en el tiempo.

‘Hace un millón de años’, los dinosaurios revividos por Harryhausen


Los dinosaurios de 'Hace un millón de años' es uno de los elementos más atractivos del film.Antes de que Steven Spielberg revitalizara a los dinosaurios con Parque Jurásico (1993), y mucho antes de que los personajes creados por ordenador interactuaran con actores de carne y hueso, los efectos especiales debían nutrirse de las técnicas mecánicas y cinematográficas que fuesen necesarias para aportar el realismo necesario para generar las emociones propias de la escena. En este sentido uno de los grandes maestros fue Ray Harryhausen, cuyo fallecimiento en el día de ayer a los 93 años deja para la posteridad un nombre clave en el desarrollo de la imaginación y de la técnica cinematográficas. Desde Toma Dos, y a modo de homenaje, abordaremos uno de sus títulos más famosos, Hace un millón de años (1966), historia en la que humanos, dinosaurios y fantásticas criaturas se dan cita para narrar temas tan universales como la exclusión social, el racismo o el amor.

Vaya por delante que, desde un punto de vista puramente personal, considero que es el mejor trabajo de Harryhausen, posiblemente porque fue mi introducción al género fantástico y al mundo de los dinosaurios en mi más tierna juventud. Nostalgias aparte, es inevitable reconocer que la película dirigida por Don Chaffey (Criaturas olvidadas del mundo) ha adquirido con los años un aura de referente de género obligado si se quiere conocer de dónde provienen buena parte de los actuales realizadores. Sin ir más lejos, y salvando las distancias temporales y tecnológicas, la anteriormente mencionada Parque Jurásico debe buena parte de su imaginería a lo que cuenta esta trama que sigue las aventuras de un cavernícola que debe sobrevivir en una prehistoria casi mitológica tras ser expulsado por su clan. Durante su periplo conocerá a una tribu costera tan diferente a él que terminará por ser rechazado, no sin antes conocer el amor de una de las mujeres de dicho clan que le acompañará en su viaje para encontrar un nuevo hogar.

Que nadie espere encontrar un rigor histórico. Hace un millón de años es una aventura pura y dura, un relato que combina con eficacia drama, acción, ternura y diversión durante más de una hora y media. Y lo hace sin pronunciar una sola palabra en todo su metraje, algo digno de alabar no solo por la dificultad de transmitir el desarrollo de la trama, sino por lo que implica de cara al espectador. Podríamos decir que en la actualidad un proyecto así sería rechazado por el gran público, pero se me ocurren varios ejemplos recientes que rebatirían dicha afirmación. En realidad, esta película de aventuras prehistóricas es toda una declaración de principios: el arte cinematográfico es, por su propia definición, puramente audiovisual, no hablado. Si la trama se estructura adecuadamente los diálogos se convierten en un estorbo innecesario.

Y así ocurre en el film. Los momentos más determinantes de la trama, como la expulsión del clan o la evolución en la relación de los dos protagonistas, son fácilmente comprensibles simplemente con las miradas y los gestos. Un alarde casi teatral que en buena medida ha logrado sobrevivir con fuerza hasta nuestros días. Claro que ello es posible gracias al reparto, comenzando por una Raquel Welch (Los tres mosqueteros) impecable en su papel y en un biquini casi imposible, y continuando por John Richardson (El ojo en la oscuridad), Percy Herbert (Los cañones de Navarone), Robert Brown (Panorama para matar) y Martine Beswick (Desde Rusia con amor).

Caminando entre dinosaurios

Es gracias a los actores que los diferentes temas que aborda la trama, como son el rechazo social de los semejantes o el racismo ante aquello que no se conoce o de lo que se desconfía, logran un desarrollo lo suficientemente amplio como para emocionar al espectador en los momentos esenciales de la historia. Empero, este no es un film intimista, es evidente. No, lo más llamativo de la historia son, por supuesto, sus criaturas. Y aquí es donde entra la mano prodigiosa de un genio como Harryhausen. Gracias a la técnica de stop-motion, que consiste básicamente en grabar el movimiento fotograma a fotograma, el especialista logra sumergir al espectador en un mundo donde dinosaurios, tortugas gigantes y otros fenómenos fantásticos convivan y, tal vez lo más importante, interactúen.

Porque sí, los dinosaurios no se limitan exclusivamente a caminar por un fondo grabado previamente. Son numerosas las secuencias en las que el protagonista (y no solo él) debe enfrentarse a peligros que le superan en tamaño y número. Una épica del hombre contra la naturaleza (o si se prefiere, el hombre contra su destino) que ejemplifica en imágenes el duro camino interno que debe transitar un hombre prehistórico abandonado por los suyos en un mundo tan árido y arisco como desolador. En este contexto, las criaturas de Harryhausen, cuyos movimientos son, incluso hoy, dignos de alabar, se convierten en un elemento indispensable de la trama.

La interacción entre personajes y criaturas representa, sin ningún género de dudas, algunos de los mejores momentos del relato, como es la defensa con lanzas que debe hacer el clan costero ante la llegada de un dinosaurio que, por cierto, termina con la vida de alguno de los miembros. Dada su complejidad y la limitación de recursos de la época, es de admirar no tanto el realismo conseguido como la planificación de dichas escenas. Desde un punto de vista analítico la forma de mirar de los actores a las criaturas, o la forma en que estas reaccionan a la presencia de los personajes, es un alarde de técnica en una época en la que no existían ordenadores para analizar la dirección de las miradas o para renderizar las imágenes grabadas e insertar en ellas criaturas digitales.

Todo era manual. Todo era físico. Todo era real. Ese es, o era, el secreto del arte de Ray Harryhausen. Su labor era artesanía pura, paciente y detallista. Tres valores que pueden apreciarse en, por ejemplo, las luchas entre criaturas que se dan en Hace un millón de años, desarrolladas con un cuidado que actualmente sería casi impensable, entre otras cosas porque buena parte de las secuencias de acción están plagadas de planos cortos y cercanos que no hacen sino generar la confusión necesaria para crear adrenalina. Pero en 1966 la tensión y el drama de un combate debía lograrse con pocos planos, normalmente abiertos. De ahí la necesidad de crear algo perfecto y creíble.

El creador de los efectos de Furia de Titanes (1981) o Jasón y los argonautas (1963) era un maestro en esta técnica. No me refiero al stop-motion, sino a la creación de magia. Tal vez para entender esto es necesario ver sus films con los ojos de un joven que descubre el cine por primera vez, ajeno a efectismos digitales o a facilidades tecnológicas (con todo lo bueno que conllevan, por supuesto). En el Museo del Cine de Berlín se dedica una sala especial a sus personajes y a la labor de este artesano y artista, amén de otros iconos del cine. Tal vez esto nos permita hacernos una idea de la mente creativa que acaba de perder el cine. Por suerte, siempre podremos seguir disfrutando de sus mundos fantásticos.

‘Jamón, jamón’, radiografía social de Bigas Luna impregnada de deseo


Penélope Cruz y Javier Bardem protagonizaron una erótica escena en 'Jamón, jamón', de Bigas Luna.El cine español está de luto. Más bien, lleva vistiendo de negro desde hace semanas. La última en dejarnos ha sido Sara Montiel (Veracruz), quien moría ayer a los 85 años, pero antes José Sancho (París Tombuctú), Mariví Bilbao (serie Aquí no hay quien viva), Jesús Franco (La bahía esmeralda) y Bigas Luna dejaban un importante hueco en el panorama cinematográfico. Precisamente este último moría el pasado fin de semana a la edad de 67 años víctima de un cáncer que poca gente parecía conocer. Un fallecimiento tan inesperado como impactante, sobre todo para aquellos que pudieron trabajar con él y aprender algo más de este director de cine cuya temática fue, en líneas generales, el reflejo en imágenes del placer, del deseo y de los sentimientos. Uno de los más importantes fue Jamón, jamón (1992), película que pasará a la historia de la prensa rosa por ser el primer encuentro entre Javier Bardem (Skyfall) y Penélope Cruz (Nine).

Esta historia de celos, amores no correspondidos y conflictos sociales representa, en cierto modo, la esencia del cine de Luna. Con un interés por las zonas marginadas y los personajes marginales que roza la obsesión, el director de Huevos de oro (1993) compone un mapa de las relaciones humanas dominadas por el deseo y la pasión, así como el carácter clasista de una parte de la sociedad. La trama gira en torno a un joven heredero de una fábrica de ropa interior cuya novia, empleada de la planta, queda embarazada. Y aunque él está dispuesto a casarse con ella, su madre se niega en rotundo a la unión dado el origen humilde y marginal de ella, por lo que traza un plan para que un joven modelo y aficionado al toreo seduzca a la chica y evite la boda. Claro que el plan no saldrá como estaba previsto.

Más allá del aspecto visual del film, con una decadencia generalizada en los diferentes ambientes que se muestran en la trama, lo más interesante reside en el erotismo que rezuma la labor de Bigas Luna tras las cámaras. Y no hablamos de simples planos de pechos o de secuencias de sexo, si bien tal vez sean los elementos más identificables. Si por algo será recordado el autor de La teta y la luna (1994) es por su capacidad para convertir en erotismo incluso momentos tan violentos como el final de Jamón, jamón. Su uso de la cámara y de la fotografía, así como del lenguaje corporal y verbal convierte todo lo que rueda en un testimonio del placer, del hedonismo. Y aún así, es capaz de componer dramas cuya sustancia está bastante alejada de ese erotismo tan característico de su filmografía.

El caso de esta primera película para Penélope Cruz y Jordi Mollá (Nadie conoce a nadie) es un claro ejemplo. En el fondo, la trama es una denuncia social a la cada vez más marcada división de clases, provocada no tanto por un estatus otorgado por el dinero o el poder, sino por las ambiciones de unos progenitores que buscan medrar en la escala social a costa de unos hijos que parecen tener todo de cara. Lo más irónico del film, y lo que convierte a Luna en el gran director que es, es que esa separación entre los propietarios de la fábrica (léase la clase alta) y los trabajadores (léase la clase baja) no deja de ser una hipocresía social que nada puede hacer contra la pasión. Y si la madre intenta que el hijo rechace a su embarazada novia, ella misma es víctima de los celos que pretende provocar en su hijo.

La depravación de las bajas emociones

Antes mencionábamos el aspecto visual de Jamón, jamón. De toda la filmografía de Bigas Luna, tal vez sea esta película la más identificable en un solo plano. Como buena historia patria y reflejo de una época de España, dos son los elementos que parecen omnipresentes a lo largo de la historia: la figura del toro de Osborne y el jamón serrano. El primero es testigo de los escarceos amorosos de unos y de otros, mientras que el segundo representa la tragedia. Amor y muerte, sexo y soledad. Elementos todos ellos muy presentes en el film, aunque en muchos casos desvirtuados por los instintos más bajos del ser humano.

Personalmente nunca he sido un seguidor acérrimo del director de Las edades de Lulú (1990), pero eso no debería ser impedimento (ni para mí ni para nadie) para poder apreciar la ácida crítica a la falsedad y la depravación del ser humano y, en concreto, de la clase privilegiada que se realiza en esta historia. Si bien el triángulo amoroso de los jóvenes deja patente que la felicidad se encuentra en los elementos más humildes de la vida y con aquellas personas que sean capaces de entendernos, es el personaje de la madre (Stefania Sandrelli) el que acapara todas las atenciones del descenso a los infiernos de esta familia propietaria de una línea de ropa interior.

Fría y calculadora, sus planes para terminar con la relación de su hijo se mezclan poco a poco con su deseo por el joven al que utiliza como arma para esa ruptura. Un deseo que, en un primer momento, dirige hacia su propio hijo, y que después convierte en celos. Una combinación que, como si de una tragedia griega se tratara, se escenifica en esa pelea final a jamonazos donde todos los elementos de la trama están presentes. Y no nos referimos a los actores, que también, sino a lo que representa: los celos, la lujuria, el amor, la tristeza, la angustia y el odio.

En efecto, Bigas Luna es el director de los sentimientos, de las pasiones. Pero a diferencia de otros autores, su mirada no trata de exponer simplemente dichos conceptos, sino que son herramientas para narrar historias mucho más complejas, con diversas capas que permiten un análisis más y más profundo de las inquietudes sociales y humanas de un realizador que, por desgracia, ha quedado definido en muchos círculos con una simplicidad que no hace justicia a su carácter ni a su creatividad. Jamón, jamón así lo prueba, pero no es la única. El cine español pierde a uno de sus exponentes más importantes. La historia del cine español gana otro de sus referentes.

Mis dos encuentros con José Sancho


José Sancho protagonizó la serie 'Crematorio'.Hace unas horas saltaba la noticia. José Sancho moría a los 68 años víctima de un cáncer en la Fundación Instituto Valenciano de Oncología. Y como era habitual en él, le ha sorprendido en medio de un proyecto y con varios entre manos. No vamos a analizar aquí la inmensa y reconocida trayectoria del prolífico actor, entre otras cosas porque a estas alturas ya han salido numerosos artículos abordando los diferentes aspectos de su labor. Esta entrada de Toma Dos debe servir más bien como un pequeño homenaje a su figura, a su forma de trabajar y a lo que ha aportado al teatro, la televisión y el cine. Un homenaje desde los ojos de alguien que tuvo la suerte de poder trabajar con él en dos ocasiones.

La primera de esas ocasiones fue, curiosamente, en mi primera incursión en el mundo del séptimo arte. Diario de una becaria (2003), dirigida por Josetxo San Mateo (Báilame el agua) supuso, como la mayor parte de los primeros trabajos, una de las experiencias más fascinantes en mi carrera. Por primera vez me encontraba entre bambalinas y podía comprobar de primera mano la dinámica de un rodaje de cine. Contrariamente a lo que suele contarse, no fue para nada aburrido. Sí, las tomas se repetían y muchos días apenas se podía ver nada del rodaje, pero era el mundo que ansiaba ver, y con eso bastaba. Hasta que me encontré de frente con José Sancho. He de reconocer que en un principio no tuve claro cómo reaccionar, algo que afortunadamente solventó el propio actor.

No voy a negar ahora que Sancho fue una persona difícil. Su carácter era el que era, sin más ni más, aunque no es menos cierto que en el ambiente de rodaje nunca hubo una palabra más alta que otra. Su mecánica de trabajo, en contraste con la de los jóvenes protagonistas, me resultaba extraña. Claro que la veía con los inexpertos ojos del primerizo que se adentra en un mundo desconocido. Mucho diálogo con el director, más distendido que de trabajo en sí. Algo solitario, paseaba y hablaba con alguno de los técnicos y actores que se paraban cerca suyo, como si fuera un espectador privilegiado del rodaje. Sensación que cambiaba cuando se pedía silencio para rodar.

Tampoco es que haya estado en un sinfín de rodajes, pero sí he trabajado en los suficientes para saber que muchos actores necesitan de varias tomas para poder sentirse cómodos con la escena y con el entorno en el que se encuentra. José Sancho nunca tuvo ese problema. Las pocas veces en que repetía toma solía ser bien por algún detalle a perfeccionar, bien por fallos técnicos. Claro que hay excepciones que confirman la regla, pero lo de olvidarse del texto no parecía ir con él.

Risas en pleno desierto

La segunda vez que pude trabajar con él fue en El síndrome de Svensson (2006), primera película del absurdo pop dirigida por Kepa Sojo en la que fue su ópera prima. En esta ocasión, y conociendo algo mejor al veterano actor, estaba preparado para lo que me iba a encontrar. El miedo al saludo había desaparecido al comprender que en el mundo del cine todos somos iguales a pesar de que a los actores se les tenga que tratar con especial atención. Fue gracias a esto que pude disfrutar más de la realización de sus escenas, amén de unos días desternillantes en medio de una nada que recordaba, y mucho, al desierto.

La verdad es que nunca he considerado a Sancho un actor cómico. Tampoco creo que el haya hecho esfuerzos por destacarse en esa especialidad. Su carácter dentro y fuera de los escenarios y de las pantallas evidenciaban una forma de pensar muy personal e intolerante con determinadas actitudes, algo que pude comprobar durante el rodaje de este largometraje. Pero con todo y con eso, algunos de sus momentos durante estas semanas por España (el rodaje recorrió Castilla-La Mancha y Valencia) fueron de los más divertidos del rodaje.

Con un personaje tan pintoresco como ‘El Camisas’ uno podría pensar que iba a encontrarse como pez fuera del agua. Nada más lejos de la realidad. Dejó claro una vez más que existe una gran diferencia entre él y el resto del reparto. Mientras algunos actores hablaban entre ellos, repasaban los últimos detalles de sus diálogos o esperaban tomando algo, él volvía a ser ese espectador del rodaje, ese hombre que mira al grupo como si él no formara parte. Unas palabras con el director, un par de comentarios, y tenía su personaje listo. Nada más y nada menos.

Por supuesto, también dio dolores de cabeza, aunque eso no es exclusivo de José Sancho. Algo lógico, por otro lado, en un entorno tan exigente que permite muy pocos errores. El teatro y el mundo audiovisual pierde a un gran actor capaz de grandes personajes y de papeles secundarios que, bajo su piel, son capaces de quitar protagonismo a algunos roles principales. Fueron estos dos encuentros únicos que, por desgracia, no podré completar con un tercero. Pero quiero pensar que he tenido la suerte de conocer al profesional y a la persona, y eso es algo que siempre recordaré. ¡Hasta siempre, José!

‘Imparable’, la última aportación de Tony Scott al cine de acción


El mundo del séptimo arte ha perdido a uno de los directores más influyentes del moderno cine de acción. Tony Scott, hermano pequeño de Ridley Scott, falleció en la mañana de ayer a los 68 años tras lanzarse al vacío desde el puente Vincent Thomas, en el puerto de Los Ángeles. Según diversas fuentes, todo apunta a un suicidio motivado, tal vez, por el diagnóstico de un tumor cerebral inoperable que el director recibió hacía poco. Sea como fuere, termina la carrera de un realizador que supo combinar como nadie la acción y la comedia en sus primeros años para luego evolucionar hacia una estética que combina los movimientos de cámara rápidos y caóticos con una fotografía fría y de tonos pálidos. Uno de los ejemplos más claros es su última película, Imparable, realizada en 2010.

El film, protagonizado por el que fue su actor fetiche durante los últimos años, Denzel Washington (realizaron juntos Asalto al tren Pelham 1 2 3 El fuego de la venganza), y por Chris Pine (Star Trek) aborda una trama inspirada en un suceso real sobre un tren fuera de control que va directo a una ciudad y está cargado con material tóxico, y como dos hombres se enfrentan a la tarea de intentar detenerlo antes de que se produzca la catástrofe. A priori, la historia puede resultar un tanto sencilla, y en cierto modo el guión así lo atestigua. Los dramas personales que se suceden a lo largo de su ajustada hora y media no generan excesiva empatía, más por ser tópicos que por carecer de los componentes necesarios.

De hecho, puede que sin la mano de Scott la película no hubiera sido la distracción veraniega en la que se convirtió. La fuerza visual de las secuencias, tanto aquellas protagonizadas por los actores, como las que incluyen otros trenes o el propio diseño de la vía, unido a su corta duración, convierten a Imparable en un disfrute adrenalítico que provoca alguna que otra inquietud en el espectador, a pesar de conocer de antemano el final.

Si algo define al cine del menor de los hermanos Scott es su fuerza gracias a unos movimientos de cámara muchas veces imperceptibles debido a su rapidez. Eso, y la facilidad para hacer grandilocuente lo más sencillo. A diferencia de Ridley, cuyo estilo se podría definir como más tradicional (incluso en cintas como Gladiator), Tony siempre ha tratado de innovar, de evolucionar en un estilo que ha marcado una época y a directores como Quentin Tarantino (Pulp Fiction). En el caso de Imparable, el director maneja con eficacia la calma que precede a la tormenta, componiendo una tensión entre los personajes que estallará al mismo tiempo que la velocidad llega a su máximo.

La historia es, por tanto, un aumento progresivo de la tensión dramática generada por el contraste de los elementos más grandes (trenes, vías, ciudades) con los detalles más insignificantes, y que tienen su máxima expresión en los fallos que llevan al tren a estar sin control y en las decisiones de los dos hombres, quienes buscan más salvar sus vidas que impedir una catástrofe (aunque, en realidad, ambas decisiones se convierten en una sola).

A la sombra de un hermano

Guste o no, la carrera de Tony Scott siempre estuvo algo eclipsada por la de su hermano, autor de auténticas obras maestras del cine como Alien, el octavo pasajero (1979) o Blade Runner (1982). Sin embargo, sería injusto calificar las películas del director de El último Boy Scout (1991) como inferiores a las de Ridley. Puede que no lleguen a ser revolucionarias, pero sin duda más de una pueden ser consideradas auténticos clásicos de sus respectivos géneros. Cintas como Top Gun (1986), El ansia (1983), Revenge (1990) o Marea roja (1995) son buena muestra de ello.

En el caso de Imparable, la labor de Scott con un guión irregular que deja caer la acción en muchos momentos en favor de un desarrollo dramático algo tópico es inmejorable. Su continua búsqueda de la velocidad, del ritmo frenético tanto en el tren como en las oficinas desde las que se intenta controlar todo, convierten al film en una cinta de acción mejor de lo que a priori podría suponerse. En la memoria quedan algunos momentos álgidos como los protagonizados por Washington y Pine para intentar frenar el tren, o uno de los momentos finales en los que el vehículo casi descarrila en medio de una ciudad.

La historia suele poner en su sitio a todo el mundo. Tal vez Tony Scott no será recordado como un revolucionario, pero desde luego sí será considerado como un maestro. Su cine, en mayor o menor medida, ha influenciado los estilos narrativos de muchos autores posteriores y coetáneos del cine de acción y la intriga, y ha mantenido siempre un nivel de entretenimiento superior al de muchos directores actuales cuyo lenguaje audiovisual viene determinado más por el productor que por sus propias inquietudes.

Se va Ernest Borgnine, el gran secundario de ‘Grupo Salvaje’


La muerte de Ernest Borgnine el 8 de julio a los 95 años ha dejado un hueco importante en uno de los sectores más necesarios y menos reconocidos por parte del gran público: el del actor secundario. Con unos rasgos físicos inconfundibles, este estadounidense ganador de un Oscar al Mejor Actor por Marty (1955) agrandó su figura como intérprete acompañando a las estrellas de las historias o siendo un nombre más en los repartos corales más famosos. De aquí a la eternidad (1953), Johnny Guitar (1954), Los vikingos (1958) o Doce del patíbulo (1967) son algunos de dichos títulos, pero para recordar su figura vamos a abordar otra gran película que tuvo la suerte de contar con él: Grupo salvaje (1969), de Sam Peckinpah (Duelo en la Alta Sierra).

Al igual que muchos otros papeles, la dureza de su rostro, a medio camino entre la bondad más absoluta y la agresividad consumada por una vida de golpes y supervivencia, permitió al actor de La aventura del Poseidón (1972) interpretar papeles que, aunque solían estar a la sombra de otros actores más carismáticos, presentaban una complejidad moral y emocional fuera de lo común. En cierto sentido, ese es uno de los rasgos más identificables de Dutch Engstrom, su personaje en este western crepuscular de Peckinpah que sigue a cuatro forajidos en su último golpe y la consecuente huída a México mientras el Far West que ellos conocían desaparece a su alrededor.

Fiel compañero del principal miembro del grupo, interpretado por William Holden (El puente sobre el río Kwai), la presencia de Borgnine en el reparto de Grupo salvaje aporta una mayor consistencia a un equipo marcado por la violencia y la constante persecución. Y es aquí donde se esconde el principal secreto del actor y de su papel en el film. Mientras que el resto del reparto transmiten una presencia de peligrosidad elegante, de hombres hastiados de una vida sin ley, el actor de Barco a la vista (1962) genera inquietud y respeto en parte por un carácter algo extremo, pero sobre todo por su facilidad para la violencia usada con inteligencia y sin miedo alguno.

Uno de los actores más expresivos que ha dado Hollywood en su historia, Borgnine aporta al personaje, sin embargo, un toque amable gracias a su mirada. Muy consciente de los límites de su rostro, el intérprete norteamericano era capaz de pasar de la seriedad a la risa enloquecida, de la calma a la agresividad, en un abrir y cerrar de ojos. Lo demostró durante toda su carrera (1997: Rescate en Nueva York es buena muestra de ello), y Grupo salvaje no es una excepción. Incluso los momentos en los que el personaje cavila y planea los pasos a seguir con el resto de compañeros existe algo en su rostro, en su mirada, que invita a la desconfianza si se tiene la desgracia de pertenecer al bando equivocado.

Antes mencionábamos la complejidad moral y emocional. En efecto, aunque puede que lo más llamativo de su interpretación en esta violenta película sea su forma de afrontar al personaje en ese mundo, también hay cabida para la tolerancia y la injusticia. Es en este punto donde también se aprecia el gran secundario que siempre fue. Sus miradas ante lo que considera una injusticia al llegar a un pueblo y su lucha por unos valores que considera inquebrantables le convierten en lo que, muchas veces, parece no existir en el cine del oeste; le convierten en un ser humano.

Afortunadamente para sus compañeros de reparto, Grupo salvaje es una cinta coral donde todos tienen, en mayor o menor medida, una presencia similar. Su carisma y su presencia permitía a los directores gozar de una baza segura, de un elemento sólido en tramas que podían tambalearse en algún momento dado. Los protagonistas, sin embargo, podían verse eclipsados por su labor. Eso, a hoy en día, lo logran muy pocos actores. El fallecimiento de Ernest Borgnine deja este grupo salvaje aún más reducido.

‘Julie y Julia’, la última película de Nora Ephron



El cine estadounidense, y más concretamente la comedia romántica, perdió ayer a uno de los nombres más reputados y respetados, Nora Ephron, fallecida a los 71 años y con leucemia desde hacía algún tiempo. Su labor en un género tan difícil de equilibrar como cultivado por Hollywood no solo ha dado grandes y clásicos títulos, sino que ha redefinido las relaciones de pareja en pantalla, las situaciones cómicas y/o embarazosas, y la evolución de unas tramas que, en muchas ocasiones, están excesivamente edulcoradas. Buena muestra de su talento en el género fue su última película, Julie y Julia (2009), protagonizada por un elenco de grandes rostros de la interpretación como Meryl Streep (La dama de hierro), Amy Adams (La duda) y Stanley Tucci (La Terminal).

De hecho, aunque esta cinta con la gastronomía con telón de fondo puede que no esté a la altura de clásicos como Algo para recordar (1993), sí es una buena muestra de un tipo de comedia alejado del romanticismo adolescente marcado por los clichés y la perfección de sus protagonistas. Más bien al contrario. Para Ephron lo principal son los conflictos generados en la pareja a raíz de las decisiones que toman. Hay que aclarar que el término “pareja” no hace referencia necesariamente a una relación sentimental, sino a los dos protagonistas. Las decisiones de ambos son las que generan tanto los acontecimientos posteriores como los quebraderos de cabeza y las situaciones cómicas de una trama que, por otro lado, no es excesivamente complicada.

Y este es otro de los pilares fundamentales. Sin ir más lejos, la historia de Julie y Julia gira en torno a una joven que decide hacer cada día las recetas de una famosa cocinera francesa y colgar el resultado en un blog. En esto también se nota la mano experta de Ephron. Guionista y directora, conocía a la perfección los mejores caminos para atraer al espectador con cintas entrañables, tiernas y sencillas sin llegar nunca a insultar su inteligencia ni aburrirle. Y eso,sobre todo a tenor del resultado de muchas comedias románticas actuales, es todo un arte.

Reconozco que nunca he sido un fiel seguidor de este tipo de cine, pero nombres como el de la directora de Tienes un e-m@il siempre han sido seguro de, por lo menos, una historia curiosa y dinámica. Por supuesto, en toda carrera siempre existen títulos de peor calidad, pero con menos de una decena de películas dirigidas y unos 15 guiones firmados, el balance que arroja la estadística es más que satisfactorio.

Suya es la culpa, por ejemplo, de que medio mundo se emocionara y riera con Cuando Harry encontró a Sally… (1989), que se sorprendiera con un ángel muy particular en Michael (1996) o que encumbrara a una actriz como Meg Ryan a la categoría de reina de la comedia romántica junto a nombres como el de Julia Roberts (Pretty Woman).

Si bien en los últimos años había realizado cintas de menor éxito como Embrujada (2005), el estreno de Julie y Julia dio un nuevo empujón a un estatus ganado por derecho propio con trabajo milimétrico en el guión y solvencia en la realización. Y puede que no sea su obra más completa, como ya he mencionado, pero sin duda es un fiel reflejo de un estilo cada vez más relegado por la broma pesada, el chascarrillo sexual o erótico, y los gags físicos más brutos que se puedan encontrar. En cierto modo, la cinta de Streep devuelve la elegancia a la historia, la profundidad (mínima) a los personajes y el entretenimiento a las situaciones cómicas.

Un género que no se caracteriza por la risa fácil, sino por la sonrisa cómplice. Un género que no busca las explosiones de júbilo, sino la emoción contenida de situaciones injustamente provocadas por malentendidos o caprichos del destino. Un género, en definitiva, que requiere de manos hábiles para no traspasar la línea de lo empalagoso y lo manido. Nora Ephron tenía ese don.

Diccineario

Cine y palabras

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