‘Grimm’ ata todos sus cabos sueltos en un final apresurado


No es algo infrecuente en las series de televisión, pero eso no lo convierte en una decisión precisamente acertada. La necesidad de muchas productoras de dar a sus creaciones un final más corto y, por tanto, más condensado, obliga a los ‘show runners’ a condensar en pocos episodios las historias que habitualmente desarrolla en un espacio narrativo más amplio. La serie Grimm es un nuevo caso, aunque en esta ocasión el resultado es relativamente satisfactorio, siempre y cuando no tengamos en cuenta el final feliz de cuento de hadas que proponen Stephen Carpenter (El jefe), David Greenwalt (serie Ángel) y Jim Kouf (Hora punta).

Porque, aunque se ajuste a esa idea de un cuento en el mundo real, lo cierto es que la conclusión de esta sexta y última temporada deja un sabor agridulce, básicamente porque su desarrollo dramático es mucho más complejo, oscuro y desasosegante de lo que ha sido cualquier otra etapa anterior, poniendo a los protagonistas ante un enemigo imposible de vencer. Esto, unido a los 13 episodios que contiene la temporada, hace que la trama adquiera una fuerza inusitada, entre otras cosas también porque no es necesario desarrollar prácticamente ningún nuevo personaje, salvo el villano de turno, dejando más tiempo para llevar a los personajes hasta situaciones extremas.

El problema es que todo eso se destruye como por arte de magia. Bueno, según se mire es literalmente por arte de magia. Todo lo que se había construido, todo el viaje que realiza el espectador, queda en nada. Y para ello se utiliza, por si fuera poco, un ‘deus ex machina’ cuanto menos cuestionable que deja todo atado y bien atado en un final amable, azucarado y plagado de emociones, con un epílogo que resulta incluso más interesante y acertado que el recurso resolutivo de esta temporada de Grimm. La pregunta que se plantea es si una temporada más larga habría sido más o menos beneficiosa, o si al menos habría cambiado el modo de afrontar el final, aunque lo más probable es que no.

De ahí el sabor agridulce. A pesar de que el modo en que se aborda la trama resulta interesante (con sus matices, que analizaré a continuación), la conclusión de la serie resulta un poco tosca en tanto en cuanto se intercambia el equilibrio de fuerzas entre héroe y villano casi por arte de magia, sin una explicación (al menos no una lo suficientemente convincente, incluso para el mundo de fantasía en el que transcurre) y deshaciendo todo lo visto hasta ese momento. Da la sensación, y es solo eso, una sensación, de que la decidida apuesta por un final tan dramático como apocalíptico que se mantiene a lo largo de toda la temporada no gustaba demasiado y hubo que cambiarla en un giro final. Como digo, es solo una sensación, pues lo más normal es que estuviera planificado de este modo a tenor de cómo se desarrollan los acontecimientos.

Combinación extrema

Pero decía que en esta última temporada de Grimm existen varios matices en el desarrollo del arco dramático. A pesar de la fuerza que exhibe, fundamentalmente porque sus creadores no tienen miramientos a la hora de mostrar las consecuencias de los actos de sus protagonistas, existe en estos 13 capítulos una necesidad imperiosa de cerrar las tramas secundarias en una especie de final argumental común. De ahí que aparezcan personajes casi de la nada que ayudan a cerrar algunos hilos, amén de una serie de situaciones que, aunque perfectamente integradas en la historia, vistas en perspectiva resultan un poco forzadas. En cualquier caso, son problemas menores de una combinación extrema de factores que pone el broche a una serie que ha sabido crecer a medida que lo hacían sus personajes y sus tramas.

Y es que, aunque es cierto que esta temporada final puede resultar algo forzada en muchos de sus giros argumentales, algo que ya ocurrió en menor medida en la anterior, e incluso estuvo personificado en el rol que interpreta Elizabeth Tulloch (The Artist), el balance general de la serie solo puede ser positivo. A lo largo de estas seis entregas esta ficción dramática y fantástica ha sabido aprovechar los mejores recursos narrativos y artísticos y los ha potenciado para crear una trama compleja, alejada cada vez más del formato episódico de caso policial y entregándose a algo superior, con una mayor repercusión a nivel emocional y aprovechando las posibilidades que ofrecía el desarrollo y los giros dramáticos planteados a lo largo de los años, evidentemente salvo contadas excepciones como la expuesta aquí o en análisis previos.

En lo que a estos 13 capítulos se refiere, la limitación en la duración de la serie no ha impedido componer una línea argumental coherente, a diferencia de otras series. Y eso es, en buena medida, porque sus creadores han sabido aprovechar los pilares dramáticos creados en las temporadas anteriores. Desde las relaciones entre los personajes, cuyas modificaciones han dejado un mosaico de sentimientos de lo más interesante, hasta aspectos como el palo que obtiene el protagonista o los poderes de algunos roles, todo se ha aprovechado para una conclusión a la que se le quieren dar tintes épicos y que, hasta cierto punto, los tiene. El problema, reitero, es precisamente que esa fusión de cabos sueltos no es tan orgánica como debería en algunos momentos, sobre todo en su tramo final, los que deja esa sensación agridulce que mencionaba al principio.

En líneas generales, Grimm ha sido una serie para disfrutar de la fantasía, una producción policíaca diferente, fresca y original como pocas que ha sabido reinventarse a cada paso. Valiente con muchas de sus decisiones y cobarde en otras (sobre todo en lo referente a los protagonistas), la ficción logra en su última temporada un broche que ejemplifica a la perfección lo que han sido estas seis etapas: sólidas en su planteamiento inicial, algo más endebles en los riesgos que debe tomar y en el dramatismo que le quiere dar al conjunto. El balance solo puede ser positivo, y aunque no sea uno de los grandes títulos de la pequeña pantalla, sí es algo sumamente recomendable para los fans del género. Ver crecer a una serie en todos sus aspectos siempre es gratificante, incluso cuando en ese crecimiento se arrastran algunos problemas.

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Violencia extrema y crítica social a los realities en la impactante ‘Battle Royale’


El cambio de siglo supuso la llegada casi masiva del cine asiático a Europa. Si bien a lo largo de la historia los directores de China o Japón han influido en el arte cinematográfico con su visión de la realidad, los inicios del siglo XXI alumbraron una nueva generación de realizadores especializados, sobre todo, en el terror. Así, llegaron The ring (Ringu, 1998), La maldición (Ju-On, 2002), Dark Water (2002) y Llamada perdida (Chakusin ari, 2003), así como muchos otros productos, incluidas sus secuelas. Por supuesto, Hollywood no tardó en adaptarlas. Uno de dichos films fue Battle Royale (2000), que si bien venía firmado por un veterano director como Kinji Fukusaku (encargado de las escenas niponas de Tora, Tora, Tora -1970), fue toda una revolución conceptual en lo que a violencia se refiere.

La película, al igual que sucede con Los juegos del hambre (2012), está basada en una novela de Koushun Takami aparecida poco tiempo antes. En ella, se mostraba un futuro desolador, devastado y en el que los jóvenes habían logrado un control sobre los adultos a través de la violencia y la vejación. En este contexto, el Gobierno crea la conocida como ley Battle Royale, por la cual cada año una clase de un instituto o colegio es enviada a una isla donde los jóvenes (“apresados” con un collar que estalla si intentan quitárselo) deben matarse entre ellos hasta que solo quede uno. Existen muchos otros puntos en común que mencionaremos, pero lo realmente relevante es el carácter serio, violento y adulto, sobre todo adulto, que posee el conjunto.

Y es que en Battle Royale (de la que, por cierto, se hizo una secuela notablemente inferior) todo es oscuro, gris y sangriento. No podía ser de otro modo si se tiene en cuenta que el vengativo profesor que acompaña al grupo no es otro que Takeshi Kitano, reputado director de algunas de las obras más violentas y descarnadas del cine japonés como Brother (2000) o Hana-bi. Flores de fuego (1997). La cinta deja claro desde el comienzo dos elementos que la han convertido en todo un clásico moderno: por un lado, el carácter crítico con la sociedad actual y, por otro, la violencia extrema.

La influencia de los realities

Uno de los puntos en común con la cinta de Gary Ross es, precisamente, ese carácter actual de algunos elementos de la historia, a pesar de que ésta transcurre en un hipotético y cercano futuro. El film de Fukasaku, ya desde sus escenas iniciales en las aulas de un instituto cualquiera, muestra el camino por el que transcurre una evolución humana que, cada vez más, deja una libertad ficticia e irreal a unos jóvenes que comprueban con satisfacción cómo son capaces de manipular a cualquier persona prácticamente con mirarle. A esta idea se suma la de los realities. La influencia que han tenido en el imaginario colectivo programas como Gran HermanoSupervivientes (en España) ha sido objeto de crítica por parte de muchas producciones, y todas discurren por caminos similares: el mundo es capaz de ver cómo dos personas se matan entre ellas y vitorear al vencedor como si fuera un héroe, aunque sea una niña (como ocurre al inicio de la película). En este sentido, destaca el uso de letreros anunciando la muerte de cada joven, una idea que, en su momento, fue absolutamente novedosa.

Pero sin duda lo que más llamó la atención de los ojos del mundo fue su inusitada violencia, puesta en manos de adolescentes malcriados en grandes urbes, es decir, desconocedores de lo necesario para sobrevivir en una isla desierta. Una violencia que se cobra sus primeras víctimas antes incluso de que comience la batalla propiamente dicha, cuando el personaje de Kitano castiga una insubordinación con un cuchillo. El concepto se vuelve aún más extremo si se tiene en mente la idea básica de la competición (uno debe quedar en pie) y el hecho de que cada joven recibe una bolsa en la que hay víveres y un arma aleatoria (desde una ballesta hasta una tapa de cazuela, literalmente).

Es en este contexto donde la ira de los jóvenes, que hasta entonces parecía dirigirse hacia sus mayores en un acto de rebeldía, se vuelve contra los de su misma condición, convirtiéndoles en auténticos animales que luchan por la supervivencia que, como ya hemos dicho, está aparejada al éxito televisivo y la fama. Un hecho que demuestra la decadencia de una sociedad en la que no existe el odio entre los grupos sociales o las diferentes edades, sino una soberbia, una ira y una brutalidad descontroladas que atacan a todo lo que se encuentre a su alrededor.

Por supuesto, el mensaje final de la película es la esperanza de que algunos de dichos jóvenes superen las adversidades al amparo de la compasión, la colaboración y el amor, encontrando una salida alternativa a la norma final de Battle Royale. Pero a pesar de todo, lo que finalmente queda en el recuerdo son sus impactantes secuencias de violencia que, de un modo u otro, terminan por influir en los personajes y en la propia conciencia del espectador.

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