‘Chernobyl’, o cómo dramatizar un pasado trágico sin caer en excesos


Da igual los años que pasen. Lo ocurrido en la central nuclear de Chernobyl es y seguirá siendo uno de los sucesos más trágicos e impactantes del imaginario colectivo europeo. Posiblemente se deba a los efectos que ha tenido en las generaciones inmediatamente posteriores a aquellos que vivieron una tragedia de esas magnitudes. Por eso una miniserie como esta Chernobyl se ha convertido por derecho propio en un producto imprescindible. Más allá de su calidad técnica y artística, lo que realmente convierte a esta historia adaptada a la pequeña pantalla por Craig Mazin (R3sacón) en una joya televisiva es, precisamente, la Historia.

Tan solo son necesarios 5 episodios para narrar lo ocurrido en aquellos días de abril de 1986. Y tan solo es necesario uno para mostrar los devastadores efectos de la radiación directa en aquellos trabajadores de la central nuclear, bomberos, fuerzas de seguridad y familiares que estuvieron expuestos durante la explosión. Con una inteligencia y un desarrollo impecables, Mazin establece perfectamente los tiempos narrativos y dramáticos para impactar al espectador desde el primer momento. Si ya genera incomodidad observar la dolorosa muerte de muchos de esos personajes gracias a un lenguaje tan sobrio como descarnado, el hecho de ser conscientes del hecho histórico que se está narrando acentúa ese sentimiento que muchas veces puede llevar a querer retirar la mirada. Es tan solo un episodio (el resto es la investigación de lo ocurrido), pero sienta las bases dramáticas de lo que luego vendrá, destacando aún más las incomprensibles posturas de los dirigentes, el comportamiento de vecinos y familiares, y los riesgos que asumen las personas encargadas de la investigación en un terreno en el que la muerte campa a sus anchas.

Porque de hecho, la fuerza de Chernobyl reside en esa investigación posterior, en esos trabajos en los que participaron hombres y mujeres que, tiempo más tarde, sufrieron los efectos de la radiación. El espectador, omnipresente y omnisciente, asiste al desarrollo de unos acontecimientos que, por un lado, ponen de manifiesto el poco conocimiento que en aquella época se tenía de lo que podía ocurrir, y por otro evidencia una gestión política muy poco humana. En este sentido, es de aplaudir la labor que realiza Stellan Skarsgård (Mamma Mia! Una y otra vez) como el vicepresidente encargado de gestionar la crisis. El actor realiza una labor extraordinaria en un claro proceso de transformación psicológica y casi física pocas veces visto en pantalla, pasando de la soberbia de un político ajeno a los problemas del pueblo a un hombre que solo quiere utilizar el poco poder que en realidad tiene para tratar de frenar algo que se le escapaba de las manos. Él personifica, en el fondo, lo que representa esta serie, y lo hace con la maestría que le caracteriza.

Es cierto que la serie recurre en ciertos momentos a efectismos dramáticos que buscan impactar al espectador, algunos basados en hechos reales y otros, posiblemente, incorporados por exigencias del guión. La secuencia de los perros, sin ir más lejos, es un ejemplo. También el papel de Emily Watson (En la playa de Chesil), explicado al final de la serie y que tiene su lógica narrativa. Puede que estos elementos resten algo de realismo al sobrio conjunto, pero lo cierto es que tampoco creo que sobren. La serie logra un equilibrio perfecto entre el desarrollo de unas labores de investigación y contención que muchas veces transcurren sin más dinamismo que una conversación, y la dureza de una tragedia vista a través de los efectos de la radiación (la mencionada secuencia de los perros, el parto de la mujer de uno de los bomberos, …). Este contraste no hace sino acentuar el dramatismo de lo que estamos viendo en un ejercicio ejemplar de narración en paralelo de varias historias que terminan por converger, de un modo u otro, en ese juicio final tan revelador como indignante.

El juicio

De hecho, su peso en la trama es tan importante que Chernobyl dedica un único episodio a todo el proceso judicial. Y como el resto de la serie, lo hace de forma magistral por dos motivos fundamentalmente. El primero, más político, es por mostrar cómo un grupo de hombres y mujeres se enfrentó a un sistema que no les creía, arriesgando sus carreras, sus reputaciones y sus propias vidas, si bien muchos de ellos sabían que habían firmado su sentencia de muerte cuando se acercaron a la central nuclear. De nuevo, Skarsgård carga sobre sus hombros todo este arco dramático para mostrar a un hombre derrotado en su salud y en sus creencias, un hombre que ahora lucha por defender aquello que en un primer momento atacaba, en un soberbio giro dramático fraguado a lo largo de sus cinco episodios. Aquellos que quieran escribir un personaje que necesite modificar sus creencias sin que parezca irreal deberían anotarse a este personaje. La clave está en enfrentar al rol ante una realidad que solo acepta cuando la vive en sus propias carnes.

El segundo aspecto relevante de este juicio, y no menos importante, es el científico. Al igual que la inmensa mayoría de las personas que vean la serie, no tengo conocimientos avanzados de ciencia, mucho menos de física nuclear. Por eso la explicación a cargo del rol de Jared Harris (serie The Terror) resulta tan clarividente. A través de un sistema de cartulinas el personaje explica al tribunal, y por extensión al espectador, todos y cada uno de los pasos que se fueron dando para desencadenar semejante tragedia. Y mientras esta explicación se desarrolla Mazin intercala las secuencias de aquel fatídico día, punto por punto y personaje por personaje, ubicando al espectador en una especie de plano tridimensional en el que ver lo que falló, la falta de conocimientos de los operarios y el desconocimiento con el que se actuó al comienzo del proceso. Una explicación que pone, en realidad, el broche de oro a una serie extraordinaria, manteniendo en todo momento el tono sobrio del conjunto, sin dirigir la mirada a ningún culpable (aunque evidenciando las responsabilidades) e indagando en el trasfondo de la tragedia más allá de las víctimas y los efectos de la radiación en aquellas personas.

Con todo esto quiero decir que nos encontramos ante un ejercicio milimétricamente medido y diseñado para narrar un acontecimiento histórico sin aburrir al espectador ni resultar demasiado didáctico o documental. Es evidente, y eso se desprende de varias secuencias, que existe un trasfondo histórico que se respeta, pero las licencias dramáticas necesarias en cualquier historia están escogidas con una inteligencia que se ve poco en la pequeña o la gran pantalla. Capítulo tras capítulo, secuencia tras secuencia, lo que se nos narra no solo es la lucha contra una catástrofe externa, sino la lucha interna de una serie de personajes que en todo momento deben decidir entre su propia vida y la de los demás. Eso es lo que convierte a esta mini serie en un ejemplo de dramatismo contenido. Resulta fundamental comprender el vínculo entre el conflicto externo y el interno, entre los antagonistas externos e internos. Al final, y aunque estamos ante un hecho histórico, la prueba externa que deben superar es un reflejo de sus cuestionamientos morales. La vinculación entre ambos conceptos se encuentra en la base del desarrollo de la serie.

De este modo, Chernobyl se revela no solo como una de las producciones del año, sino como una de las mejores mini series de los últimos tiempos. Sencilla, directa y planteada con respeto, la creación de Mazin no pretende en ningún momento recrearse en la tragedia, aunque tampoco la rehúye. El primer episodio es ejemplo de esto último; el resto de capítulos, de lo primero. Ese delicado equilibrio fruto de un gusto dramático exquisito es lo que dota a esta producción de su maravillosa forma. La lucha interna y externa de los protagonistas, con un extraordinario Skarsgård a la cabeza, se encuentra en la base sobre la que se construye el fondo. En definitiva, una obra imprescindible desde un punto de vista histórico, social y audiovisual. Por mucho que puedan criticar los rusos.

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‘Ted 2’: aburrimiento por insistencia


Amanda Seyfried y Mark Wahlberg protagonizan 'Ted 2'.No cabe duda de que es uno de los reyes de la comedia norteamericana actual. De un subgénero muy concreto, pero rey al fin y al cabo. Y como todos los reyes, tiene defensores acérrimos y detractores aún más radicales. Lo que ha logrado Seth MacFarlane, creador de series como Padre de familia, es digno de reconocimiento independientemente del gusto por su forma de entender el humor. Ahora bien, su particular estilo mantiene la convicción de que para divertir es necesario reincidir en ideas, bromas o personajes que asienten una estructura sólida en el formato. Y a medida que se suceden sus productos la teoría cae por su propio peso.

El nuevo intento, titulado Ted 2, no deja de ser una extensión del humor que ha poblado sus historias desde sus comienzos. Sexo, drogas, excesos y situaciones absurdas en contextos cotidianos siguen componiendo el desarrollo dramático de sus películas. Y hasta cierto punto, la diversión está asegurada. Desde luego, la nueva aventura del osito de peluche más gamberro del cine tiene algunas situaciones hilarantes, algunas reflexiones interesantes (sobre todo en lo relacionado con los derechos civiles) y algunos chistes realmente divertidos. La palabra clave aquí es “algunos/as”, pues para una película de casi dos horas de metraje se antoja muy poco.

Ya ocurrió con la primera entrega, pero en esta continuación el problema se agrava. La cinta tiende siempre, incluso desde sus títulos de crédito al más puro estilo Padre de familia, a caer en la repetición, en la saturación de chistes e ideas supuestamente hilarantes que no hacen sino poner impedimentos al buen desarrollo de la historia. Gags como el de la búsqueda de cualquier término por internet, los abusos de dos personajes a los asistentes a la Comic-Con de Nueva York o las continuas referencias sexuales no solo alargan innecesariamente la trama, sino que llevan al espectador a desconectar del desarrollo, convirtiendo al film en un producto que debe ser tolerado durante demasiado tiempo.

Lo cierto es que Ted 2 confirma dos ideas ampliamente aceptadas. Una, que el humor de Seth MacFarlane es extremadamente particular, por lo que si el espectador no disfruta con Padre de familiaPadre Made in USA difícilmente encontrará diversión en esta secuela. Más bien al contrario, lo que percibirá será una sucesión de situaciones, algunas demasiado conocidas, que le interesarán en mayor o menor medida, pero que en pocas ocasiones le resultarán divertidas. Dos, que cualquier película que cuente con Morgan Freeman (Plan en Las Vegas) en su reparto gana enteros de forma automática. Su presencia en los últimos compases de la historia ofrece bastante más atractivo que la mayoría del resto del metraje. Pero ni siquiera él es capaz de compensar del todo una película de estas características.

Nota: 4/10

‘Forbrydelsen III’ concluye una serie que deja con ganas de más


La investigación de 'Forbrydelsen III' gira de nuevo alrededor de una niña.Es la conclusión más sencilla, directa y contundente que se puede hacer de la tercera temporada de Forbrydelsen, serie danesa creada por Søren Sveistrup (Hotellet) que, recordemos, ha dado pie a la versión norteamericana bajo el título The killing. Y no deja con ganas de más por una mala resolución o un desarrollo irregular, sino porque su final representa una de esas conclusiones agridulces que sitúan a la protagonista ante un dilema moral y una decisión obligada que prácticamente devuelve al personaje de Sofie Gråbøl (El jefe de todo esto) a la casilla de salida, con la enorme diferencia del recorrido realizado a lo largo de estas tres temporadas.

Un final de esta temporada de 10 episodios, y de la serie en general, que representa el colofón más acertado a una trama en la que política, crimen y conflictos personales se mezclan de forma inteligente para desarrollar un entramado de suspense que recupera el tono general de la primera temporada. La introducción de personajes que representan, en cierto modo, el pasado y el futuro de la protagonista no solo nutren la investigación criminal, de nuevo con una niña como protagonista, sino que enriquecen el trasfondo social y dramático del argumento, generando un interés mayor hacia la trama secundaria de la relación materno-filial de la protagonista con su hijo, algo que por cierto se había degradado un poco en la segunda temporada.

Todo ello envuelto en la ya característica apuesta visual y el ritmo narrativo que imprime Sveistrup. En muchos sentidos, ambos elementos quedan engrandecidos precisamente por la trama abordada, con escenarios como los barcos, los muelles o zonas marginales que ayudan a destacar el carácter ciertamente malsano de secuestro de la niña del empresario y el antiguo crimen con el que está conectado. No por casualidad, estos decorados contrastan con la elegancia y luminosidad del Parlamento y del Gobierno, así como de la empresa envuelta en el misterio. Su aporte de distinción al conjunto no hace sino enfatizar la idea de que la corrupción, el crimen y los secretos son corrupción, crimen y secretos independientemente del traje que se les ponga encima.

El desarrollo dramático de la trama principal aprovecha, además, los resquicios que dejan todas las historias secundarias para abrir la puerta a nuevos misterios e interpretaciones que plantean al espectador un interesante juego en el que descubrir la verdad antes que los protagonistas. En este sentido, la aportación de nuevas líneas de investigación, nuevas pistas y nuevos sospechosos genera el caos en la interpretación de la trama habitual en este tipo de ficciones, por lo que obliga al espectador a mantener atenta la mirada a detalles, conversaciones y, sobre todo, a esas imágenes finales de cada episodio que, aunque aparentemente irrelevantes, muchas veces aportan un grado más de misterio o una solución relativamente inesperada.

Excesos dramáticos

Desde luego, la última temporada de Forbrydelsen se mantiene al más alto nivel, en línea con sus dos anteriores predecesoras. Sin embargo, la necesidad de enriquecer al personaje principal con su bagaje personal genera una serie de excesos que fuerzan en buena medida la interpretación de un rol que, hasta ahora, se había definido por una frialdad y una obsesión malsana por el trabajo. Más allá de la introducción del personaje de Nikolaj Lie Kaas (La verdad oculta), lo realmente relevante es el desarrollo de la trama secundaria centrada en la relación con su hijo y la novia embarazada de éste.

Mientras que el primero, agente de inteligencia que vuelve a su vida para investigar el caso, aporta un trasfondo interesante por lo que tiene de contrapeso al carácter esquivo del personaje de Gråbøl, la presencia de los segundos tiene como único fin ser la vía de escape para desarrollar el lado más humano de la protagonista y dotar, de este modo, de una mayor carga dramática al final, en el que las emociones hasta ahora contenidas explotan en una decisión puramente visceral que no termina de encajar con el desarrollo de Sarah Lund, pero que en cualquier caso resulta comprensible y, desde un punto de vista narrativo, necesario para el final deseado.

El problema de esto, aunque sea un problema menor, es que el desarrollo dramático de la trama principal se ve obligada a adoptar los planteamientos de esta trama secundaria cuyo peso específico es relativamente notable en el conjunto. De este modo, la forma en que la historia avanza se ve forzada en más de una ocasión para poder mostrar cómo la protagonista va cambiando poco a poco. Esta idea produce un doble efecto: el conjunto se enriquece, es cierto, pero también se generan situaciones de difícil lógica que solo tienen justificación dramática por la necesidad de que la historia avance en la dirección requerida.

En cualquier caso, esta tercera y última temporada de Forbrydelsen adquiere un alto nivel de ejecución en todos los sentidos. Los amantes del thriller disfrutarán con cada uno de sus giros argumentales, cada nueva revelación y cada reto al que se enfrenta la protagonista. Su final, sobre todo ese último plano, resume casi a la perfección lo vivido a lo largo de estos años, es decir, la impotencia de saber que el proceso se ha visto dañado por las emociones de la protagonista. Desde luego, y aunque solo sirva a modo de referencia, la forma de resolver la serie danesa es muy superior a la forma en que se resolvió la versión norteamericana. Pero más allá de comparaciones, lo único que se puede decir de la serie, en su conjunto, es que es uno de los productos más atractivos, frescos e interesantes de los últimos años.

‘En el ojo de la tormenta’: la eterna búsqueda del tornado


Richard Armitage y Sarah Wayne Callies deberán sobrevivir 'En el ojo de la tormenta'.Es muy difícil, y esto puedo asegurarlo por propia experiencia, discernir correctamente lo que necesita un guión cuando se está desarrollando la preproducción del mismo. Esto implica que puede producirse una interpretación errónea, lo que a su vez lleva a crear una película que en todo momento se encuentra por encima de sus posibilidades. En cierto modo, la segunda película de Steven Quale (Destino final 5) presenta este problema… entre muchos otros. Lo que se ha vendido como un espectáculo visual y una experiencia cinematográfica en todos los sentidos termina siendo un film de perfil bajo que logra alcanzar algo de lo que promete en su clímax. Pero en ningún caso la tensión o la emoción se adueñan de la pantalla.

O lo que es lo mismo, apenas ocurre nada hasta el tercio final, cuando la madre de todos los tornados hace acto de presencia. El planteamiento de En el ojo de la tormenta es similar al de otras cintas de catástrofes naturales, con la pequeña e insalvable diferencia de ser una serie B (por no decir serie Z). Y si algo bueno tiene la serie B es que puede permitirse el lujo de ciertos excesos; excesos que aquí brillan por su ausencia, salvo tal vez el de la pareja de amigos que vienen a ser la representación fiel del paleto norteamericano con suerte. Pero más allá de esto la historia carece de drama o de tensión. Esta debilidad hace que las actitudes de los personajes, bastante planos y tópicos, se antojen irreales, por mucho que sean necesarias para el avance del argumento.

El perfil bajo de la película no se refiere, por tanto, al hecho de que sea una serie B, sino a que los conflictos que deberían llevar a la trama a un clímax impactante brillan por su ausencia. Es de esperar que los efectos visuales tengan una calidad más bien pobre; e incluso es comprensible que los personajes no sean más que meras excusas para exponer poderosas imágenes de tornados de fuego o de grandes vehículos volando por los aires. Pero lo que no parece de recibo es el hecho de que todo ello solo ocurra en su tercio final, obligando al espectador a asistir a un intento de desarrollo de personajes innecesario. Tampoco ayuda al conjunto el hecho de que Quale trate de dotar al conjunto de un estilo found footage, o lo que es lo mismo, de documento de vídeo casero encontrado tras una catástrofe. Que la trama salte de este formato al convencional secuencia a secuencia genera confusión, por no hablar de que estéticamente hablando es algo que chirría.

La verdad es que lo mejor de En el ojo de la tormenta es su campaña de marketing. Eso, y el trabajo de sonido, que logra hacer temblar las salas de cine sin necesidad de la cacareada experiencia en 4D que iban a proporcionar algunos cines. La trama, carente de tensión dramática, se ralentiza en su planteamiento, lo que retrasa el verdadero interés de la historia e impide que este se reciba con los brazos abiertos. Tal vez esto habría sido correcto, e incluso necesario, en un film con personajes interesantes y actores de un mayor peso dramático, pero en una serie B como esta el secreto está en el exceso. Eso es lo que se ha promocionado de la película, y es lo que esta no tiene.

Nota: 4/10

‘Lucy’: los excesos de utilizar el 100% del cerebro


Scarlett Johansson es 'Lucy', el siguiente paso evolutivo según Luc Besson.Luc Besson es uno de esos directores europeos cuyo cine se aleja de lo que se conoce como cine europeo. Su sentido de la espectacularidad y su agilidad narrativa, vistas en en películas como El profesional (Léon) (1994) o El quinto elemento (1997), se aproximan más al formato hollywoodiense que a los estándares del viejo continente. Esto puede ser visto por algunos como una virtud, y por otros como un defecto. En realidad, Besson ha logrado encontrar el equilibrio entre ambos extremos, y su última película es un claro ejemplo de ello, pues su desarrollo va de más a menos para sacar a la luz todos los aspectos positivos y negativos del cine espectáculo con toques reflexivos.

Lucy juega con la idea de que el ser humano solo utiliza un 10% de su capacidad cerebral. Independientemente de que esto sea cierto o no, el director lo convierte en una sólida base para arrancar unos primeros minutos simplemente brillantes en los que un diálogo entre un hombre y una mujer se intercala con imágenes del mundo animal que inciden en el carácter peligroso y traicionero de dicha conversación. Con la frescura que le caracteriza Besson da paso a un thriller intenso en el que brillan con luz propia tanto Scarlett Johansson (Las hermanas Bolena) como Choi Min-sik (Sympathy for Lady Vengeance), este último disfrutando del sadismo de su personaje. Es durante esta primera mitad que tanto guión como lenguaje visual conjugan un interesante equilibrio entre intriga y ciencia ficción, haciendo partícipe al espectador del despertar del ser humano a un mundo completamente nuevo gracias a ese desarrollo cerebral que antes mencionaba.

Pero al igual que le ocurre a la protagonista cuando alcanza el 100% de su capacidad mental, el devenir de la película se vuelve caótico y, en pocas palabras, escapa del control de su creador. A medida que los poderes del personaje de Johansson son cada vez más grandes las posibilidades de exageración son mayores. Para ello, y como no podía ser de otro modo, el film solo explica lo que podría ocurrirle al ser humano con una capacidad de, digamos, el 40%. De ahí en adelante es pura especulación dentro de la propia ciencia ficción, lo cual es rizar el rizo innecesariamente, además de crear una serie de vacíos teóricos que dan lugar a dudas razonables. El resultado se ve abocado, por tanto, a repetir teorías y esquemas vistos en otros films, dando al personaje principal un destino que trasciende su propio cuerpo, en un final que mezcla tantas referencias cinematográficas que es inútil enumerarlas todas.

De este modo, Besson convierte a su Lucy en un producto que termina siendo excesivo. Entretiene como pocas películas de géneros similares, y sus actores demuestran que se puede realizar una notable labor incluso con personajes que tienen pocas caras. Sin embargo, dicho entretenimiento excede sus propios límites, convirtiéndose en una especie de reflexión sobre la necesidad de un cuerpo humano una vez que la mente alcanza su plenitud. Reflexión que, por cierto, viene a ser la misma que la de otras películas de ciencia ficción, lo que a la larga provoca la sensación de estar ante algo conocido. En cualquier caso, y mientras el thriller y la acción se imponen a las sesudas reflexiones evolutivas, la película es un logro narrativo y visual notable.

Nota: 7/10

‘Mil maneras de morder el polvo’: y mil más de saturar con excesos


Seth MacFarlane escribe, dirige y protagoniza 'Mil maneras de morder el polvo'.Cada vez tengo más claro que no hay género más subjetivo que la comedia, sobre todo si esta viene firmada por un reputado cómico. Los estilos personales, las bromas sobre los mismos temas y hasta similares gags suelen repetirse en cada actuación. No hay más que ver a Adam Sandler (El aguador). Por eso la nueva película de Seth MacFarlane, cuya fama le llegó con la serie de animación Padre de familia, es tan… Padre de familia. Los recursos habituales del guionista/director/protagonista se suceden uno tras otro sin dar pie a un humor distinto, lo que a la larga acaba resultado monótono.

Aunque tal vez la sensación de que Mil maneras de morder el polvo podría haber sido algo más disparatado provenga en realidad de su excesiva duración. Casi tan excesiva como algunos de los escatológicos gags que, una vez más, recurren a una elongación temporal para, de este modo, confirmar la teoría de que la repetición es divertida. Aquellos que disfruten con sus producciones televisivas sin duda apreciarán estos momentos; los que no soporten ni 15 minutos frente al televisor difícilmente aguantarán las dos horas de metraje (de hecho, lo más probable es que ni se acerquen a las salas). Todo esto, por desgracia, termina devorando una historia que, en líneas generales, está bien llevada, con personajes cuanto menos curiosos y algunas críticas hacia el modo de vida americano de lo más ácidas, y con muchas y divertidas referencias al cine de todas las épocas.

Es más, son estos momentos los mejores de toda la película. Que en medio de la trama se introduzca una referencia a Regreso al futuro III (1990) o que la conclusión del film cuente con la presencia de Jamie Foxx en el papel de Django son solo algunos ejemplos de la originalidad y frescura con la que cuenta su argumento más allá de bromas pasadas de rosca o de reiteraciones innecesarias. Asimismo, es muy destacable la labor de todos los actores, sobre todo de Giovanni Ribisi (serie Friends) y Sarah Silverman (Los Muppets), que conforman la pareja más divertida y surrealista del cine. Es el reparto el que soporta prácticamente todo el peso de la acción, sobre todo cuando ésta se ralentiza debido a ese humor tan particular de MacFarlane.

Es de agradecer, por tanto, el homenaje al western que hace su director y protagonista, así como algunos momentos realmente logrados, tanto cómicos como de acción o dramáticos (siempre dentro de unos parámetros, claro está). El problema de Mil maneras de morder el polvo está en su propia naturaleza, o mejor dicho en la de su autor. La insistencia en repetir guiños y bromas, así como en alargar algunas conversaciones hasta el absurdo, perjudica notablemente el ritmo de la historia, a la que de todas formas le sobran varios minutos independientemente de que guste más o menos el tipo de humor planteado en el film. Da la sensación de que la trama avanza con demasiada lentitud, enrocándose en sus propios fallos y virtudes en demasiadas ocasiones. Algunos momentos merecen la pena, es cierto, pero podría haber sido mucho mejor.

Nota: 5,5/10

Diccineario

Cine y palabras

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