’13 reasons why’, estructura dramática ejemplar contra el bullying


Ha sido una de las series más comentadas y polémicas de los últimos meses, por lo que me imagino que hablar sobre 13 reasons why a estas alturas puede aportar poco. Pero como intento hacer siempre desde este rincón de internet, voy a analizar esta adaptación de la novela de Jay Asher realizada por Brian Yorkey desde un punto de vista puramente cinematográfico y narrativo. Y bajo esta premisa, lo primero que habría que decir de esta temporada inicial de 13 episodios es que posee una estructura argumental digna de estudio, aprovechando los puntos de giro más interesantes para romper con una trayectoria lineal y evitando además el principal escollo de una historia como esta: conocer el final antes incluso de saber de qué va exactamente la historia.

De hecho, la estructura es tan exacta que se pueden diferenciar los episodios en función del arco argumental. Así, los primeros compases, cuando se realiza la presentación de personajes y el planteamiento de esta historia de acoso escolar, abusos sexuales y un dramático suicidio, pueden parecer algo inconexos, incluso repetitivos en su tratamiento, con un protagonista escuchando las cintas dejadas por la chica de la que estaba enamorada y comprendiendo todo el daño que le hicieron los que en ellas aparecen. Sin embargo, el grueso de la temporada, lo que vendría a ser un segundo acto, aborda algo mucho más interesante, relegando las cintas casi a un segundo plano. Durante este tramo del desarrollo dramático la historia se centra en el personaje de Dylan Minnette (No respires) de un modo absoluto. No quiere esto decir que hasta ese momento no fuera el protagonista, sino más bien que a partir de este momento algo cambia en la perspectiva de la historia.

Y lo que cambia es, precisamente, que el joven deja de ser un mero espectador que amenaza una suerte de pacto de silencio entre los responsables de conducir a la muerte a la chica interpretada por Katherine Langford. Esta transformación provoca una doble consecuencia. Por un lado, el ritmo de 13 reasons why cambia por completo, desvelando poco a poco el misterio que rodea no solo a la joven protagonista, sino a los que aparecen en las cintas, desvelando en última instancia un acto repulsivo que involucra a una de las compañeras de ese personaje ya icónico de la televisión que es Hannah Baker. Pero por otro, rompe el modo de presentar la historia. Las cintas, punto de partida original donde los haya, pierden presencia en pantalla para que la trama pueda ahondar en la psicología de los personajes principales y el modo en que el suicidio y las cassettes impactan en las relaciones familiares y sociales de este pequeño universo.

Por supuesto, en ningún momento esas cintas desaparecen. De hecho, de un modo u otro siguen formando parte de la trama, como es lógico, pero mientras buena parte de la acción de los primeros episodios pivota sobre ellas, en los siguientes se convierten más en un complemento, en un trasfondo dramático necesario e imprescindible para comprender los acontecimientos. De hecho, la imagen de Minnette con los auriculares puestos se sustituye en muchas ocasiones por esa fusión entre pasado y presente realizada en los espacios que la joven menciona en sus audios, lo cual no deja de ser uno de los recursos más sencillos e interesantes de esta primera temporada. Una primera temporada que, en efecto, posee una estructura dramática ejemplar, pero que alcanza su máximo esplendor en su recta final, lo que vendría a ser el tercer acto de este drama.

Un futuro incierto

En efecto, toda la temporada está planteada para enganchar al espectador en una red en cuyo centro se halla la pregunta relacionada con la decisión que tomará el protagonista. A lo largo de todos los episodios el espectador asiste a la evolución del personaje de Minnette a través de las cintas, de su propia culpabilidad (en el que posiblemente sea el mejor episodio de toda la serie) y de la sensación de rabia, impotencia e injusticia que se desarrolla en la trama. Todo ello crea un combinado indescriptible en los últimos episodios, destacando un final que no solo crea uno de los ganchos más impactantes de la televisión, sino que deja una incómoda sensación en el aire, abriendo las puertas a un futuro incierto en muchos aspectos.

Volviendo a la estructura dramática de 13 reasons why, es importante señalar también el modo en que se plantean los numerosos puntos de giro a lo largo de esta primera temporada. Quiero pensar que para aquellos que hayan leído la novela el desarrollo haya sido el previsto, pero como trama audiovisual hay que destacar su capacidad para modificar el recorrido establecido con auténticos impactos dramáticos. Si la historia comienza con el suicidio y las cintas grabadas por la joven, pronto se desvelan una serie de datos que modifican para siempre el contenido de esta grabaciones. Y cuando dicha información parece atascarse, se revelan diversos secretos que ahondan en el dramatismo del conjunto, reinterpretando hechos ya conocidos o desvelando otros que cambian por completo el sentido de la trama. Por supuesto, y esto es algo a tener en cuenta, todo esto desmorona el mundo presentado en el primer episodio, generando consecuencias en todos y cada uno de los personajes hasta un final de temporada sumamente dramático. Es algo lógico en realidad, pero que no siempre ocurre en un guión.

Con todo, hay algo en esta temporada que amenaza al futuro de la serie, y es precisamente la incuestionable calidad dramática de esta producción. Más allá de su importancia social, del impacto que puede tener entre la juventud o de que refleje una problemática que se registra todos los años en los centros educativos, la solidez de su desarrollo, unido a elementos tan determinantes como las cintas de audio y los secretos que desvelan, generan una dinámica única que, a tenor del final de temporada, no parece probable que se pueda mantener en la segunda etapa. Esto obliga a la serie a evolucionar mientras intenta mantener algo de la esencia que la ha definido hasta ahora. Y no será fácil. La historia de la televisión está plagada de producciones con un inicio impactante por su premisa inicial que, o bien se han perdido tratando de evolucionar hacia otra cosa, o bien se han convertido en eventos repetitivos que cada temporada ofrecen si no lo mismo, sí algo muy parecido.

La verdad es que personalmente espero que no sea así. 13 reasons why tiene, valga la redundancia, muchas razones para convertirse en una serie fundamental de la televisión. Para los amantes del drama y el suspense, es una de las obras más completas e interesantes del panorama actual, capaz de sobreponerse a un inicio que puede parecer dubitativo para convertirse en una obra compleja que logra definir a sus personajes de forma más o menos objetiva a través del relato de una fallecida (el más claro ejemplo es el protagonista y su sentimiento de culpa ante lo que, en teoría, le ha hecho a la chica que quiere). Pero dado el tema que aborda, la serie de Brian Yorkey es un testimonio contra un problema muy actual, tratado de una forma adulta, sensible y sumamente trágica que no puede dejar indiferente a nadie. En resumen, una serie que trasciende su propia naturaleza como producto de entretenimiento.

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‘The Flash’ crece en la 1ª T gracias a su estructura dramática


Grant Gustin es el hombre más rápido del mundo en la primera temporada de 'The Flash'.El ‘boom’ superheroico que hace unos años invadió las salas de cine (y que ha provocado toda una mega estructura narrativa que durará varios años) se ha trasladado de forma definitiva a la pequeña pantalla. A los exitosos experimentos de ArrowAgentes de S.H.I.E.L.D. se suman muchos otros personajes que no solo tienen sus propias historias, algunas mejores que otras, sino que conforman un universo particular que, a menos que algo o alguien lo estropee, se terminará fusionando con el del cine. Pero no adelantemos acontecimientos. Por ahora, analicemos otro de los productos que más éxito han tenido, y cuya segunda temporada ya está emitiéndose. Me refiero a The Flash, personaje cuya presentación tuvo lugar, precisamente en la serie protagonizada por Stephen Amell (Cerrando el círculo).

Creada por Greg Berlanti, Geoff Johns y Andrew Kreisberg, responsables de la construcción del universo televisivo de DC Comics, la primera temporada de esta entretenida serie ejemplifica como pocas los problemas y las virtudes que suelen tener este tipo de producciones, así como las herramientas necesarias para superarlos o aprovecharlas, según sea el caso. Los primeros compases de estos 23 episodios son, en pocas palabras, una apuesta episódica cuyo valor no supera la simple presentación de personajes y sus respectivas tramas, así como una retahíla de villanos a cada cual más original que sirven al espectador para crecer junto al protagonista, al que da vida de forma notable Grant Gustin (serie Glee). De este modo, el trasfondo dramático de la historia, que no desvelaré por aquello de los spoilers, queda en un segundo plano.

O al menos eso puede parecer. Porque lo cierto es que es aquí donde se aprecia la elaboración dramática de la historia. En prácticamente cada episodio se dejan una serie de píldoras narrativas que aportan un nuevo grano de arena a la senda que conduce al espléndido final que tiene la temporada. Pequeñas dosis dramáticas, algunas como ganchos de final de episodio y otras como parte de la historia del capítulo, que permiten al espectador completar un puzzle y entender, al fin, lo que se trata de contar en esta primera etapa. Esta táctica, si bien no es novedosa, sí es el soporte fundamental para que The Flash no caiga en la autocomplacencia, limitándose a una sucesión de villanos. De hecho, y a medida que se acerca al final, los enemigos del velocista de Central City son cada vez menores, dejando más espacio para la auténtica e interesante trama principal.

A esta estrategia se suma un tono divertido, en algunos casos casi infantil, que ayuda a quitar mucha gravedad a lo visto en la pequeña pantalla. A diferencia de la ficción del arquero verde, los primeros episodios del rojo corredor son simplemente entretenimiento y diversión, sin grandes dramas y con mucha ironía. La gravedad que desprende Arrow, y que ha sido uno de sus éxitos, aquí brilla por su ausencia en la mayor parte del desarrollo dramático. Contrariamente a lo que pueda pensarse, esta apuesta se ajusta más tanto al carácter del personaje como a la propia dimensión de la serie, más fantástica. Dicho de otro modo, es un producto para pasar el rato más que para identificarse con los problemas y dudas morales del protagonista. Y si eso se entiende desde el principio, no debería haber ningún problema.

Pasado, presente y futuro

En este sentido, y que me disculpen los más fervientes seguidores de The Flash, la serie tiene más de una producción Marvel que de una producción DC. La primera siempre se ha caracterizado por productos más inocentes, con más acción y menos oscuridad en sus tramas, mientras que la segunda… bueno, no hay más que ver lo que representa la trilogía del Caballero Oscuro. De ahí que esta primera temporada pueda resultar un cuerpo extraño dentro de la estructura dramática que DC imprime a sus historias. Sin embargo, es solo una impresión. La resolución final de estos primeros 23 episodios deja claro que no estamos ante una producción al uso. Asimismo, la introducción de personajes de Arrow, que generan un flujo entre ambas series de lo más enriquecedor, dotan a la trama de la seriedad que podría faltarle en algunos momentos.

Aunque lo que mejor define a esta ficción es la unión entre pasado, presente y futuro que se mantiene a lo largo de todo el arco dramático, y que afecta a todos los personajes en mayor o menor medida. Ese juego entre ciencia, fantasía y superhéroes genera una serie de conexiones entre los diferentes espacios temporales que siempre influyen en el desarrollo de la trama, lo que a su vez crea una mayor complejidad en la narrativa. Nada ocurre por azar, y desde luego ninguna trama, por secundaria que sea, queda sin explicación, que es más o menos sólida. Esta complejidad y el humor que desprenden muchos de sus personajes logran ese delicado equilibrio que permiten a una serie no caer en la autoparodia o en la soberbia, y que la convierten en una producción a disfrutar.

Pero esta unión va más allá. A comienzos de los años 90 se produjo otra serie en torno a este personaje. Aquella ficción estaba protagonizada por John Wesley Shipp (serie Dawson crece) en el papel que ahora interpreta Grant, cuyo padre en la ficción es… el propio Shipp. Pero no es la única conexión. En aquella serie de hace 20 años Mark Hamill, el inolvidable Luke Skywalker de la saga ‘Star Wars’, daba vida al mismo villano que interpreta en esta nueva versión, y que ha pasado estas dos décadas en la cárcel preparando su “obra maestra”, como él mismo dice en un episodio. Y esos son solo dos ejemplos de la relación que los guionistas han tratado de establecer entre aquel Flash del pasado y el que ocupa nuestro presente y nuestro futuro más inmediato.

Lo que se desprende de la primera temporada de The Flash es puro entretenimiento. Sin las pretensiones dramáticas de Arrow, la serie busca en todo momento divertir sin preocupaciones, aunque contando para ello con una sólida trama principal y una cartera de villanos interpretados por rostros conocidos de la pequeña pantalla, desde Wentworth Miller y Dominic Purcell (protagonistas de Prison break) hasta Liam McIntyre (serie Spartacus). Desde luego, es una serie que va de menos a más hasta un clímax notable que deje una buen sabor de boca y que permite pensar en un futuro prometedor para esta producción, sobre todo si tenemos en cuenta que las flujos narrativos entre el arquero y el velocista de DC son cada vez más sólidos.

3ª T de ‘Orange is the new black’, estructura caótica para notable final


Taylor Schilling se hace con el control de un negocio ilegal en la tercera temporada de 'Orange is the new black'.Si algo hay que reconocerle a Orange is the new black es su capacidad para, a través de las historias y del pasado de todos sus personajes, componer un mosaico capaz de dar sentido a una temporada completa. La serie, desde su primera temporada, ha evolucionado hacia un formato más inconformista, menos tradicional y más coral, en el que la supuesta protagonista interpretada por Taylor Schilling (Argo) tiene una relevancia cada vez menor. El problema es que en esta tercera temporada el componente de unión entre todos los roles se pierde… o al menos eso parece.

Porque lo cierto es que esta etapa de 13 episodios en la serie creada por Jenji Kohan (serie Weeds) tiene una temática bastante más genérica que en las anteriores temporadas, aunque también algo más dispersa. Dicha temática, teniendo en cuenta el contexto de la trama, es de lo más simple: los anhelos de libertad de todos y cada uno de los personajes, incluyendo aquellos que deben vigilar a las presas. Es esta idea la que mueve no solo a los personajes entre las cuatro paredes y las rejas de la cárcel, sino en los flashbacks de su pasado. No en vano, todas y cada una de las historias elegidas tratan de abordar las necesidades de escapar, de huir de su propia realidad de las internas.

El problema es que ese objetivo queda desperdigado por la trama de Orange is the new black. Ante la falta de una protagonista sólida, el desarrollo dramático de la historia no tiene un foco capaz de guiar los acontecimientos, lo que da lugar a una sucesión de tramas secundarias que, es cierto, nutren muy bien la riqueza que presenta esta particular cárcel, pero que también son incapaces de aunar esfuerzos por abordar algo concreto, algo tangible. Prueba de ello es que los arcos dramáticos comienzan y acaban dentro de la propia temporada, algunos con una velocidad excesivamente alta.

Eso no es impedimento para que el final de la temporada sea, posiblemente, el mejor de toda la serie. Y es aquí donde hay que retomar la idea de libertad que subyace en todo el relato. Ese baño final en un lago es simbólico por dos motivos. Uno, por la frescura que transmiten las imágenes y por la sensación redentora de muchos de sus detalles, desde las dos amigas que se perdonan con una mirada a la felicidad de aquellas que peor parecen haberlo pasado. Pero el otro, tal vez más importante, radica en el hecho de que ninguna de ellas sienta el deseo de huir físicamente de la cárcel. Nadie intenta escapar, solo disfrutar de un momento de desasosiego que, además, contrasta con el cambio que se produce intramuros. Un paralelismo que abre las puertas a nuevos retos narrativos.

El detonante del personaje

Del mismo modo, hay que valorar positivamente la evolución del personaje de Schilling, que parece convertirse en aquello por lo que la encerraron en un primer momento. Ya sea por la evidente falta de carisma del personaje, o simplemente porque ha perdido interés con el paso de los episodios, el caso es que la transformación dramática que sufre en esta tercera temporada es algo a tener en cuenta. Es más, resulta interesante comprobar cómo es capaz de actuar cada vez con menos empatía, con una mentalidad de supervivencia que se lleva todo por delante.

En dicho cambio juega un papel primordial la incorporación del rol de Ruby Rose (Around the block), calculador como pocos y cuya participación en la jugada final de la protagonista supone un giro interesante no solo para la trama, que parece incorporar definitivamente un personaje tan atractivo como algo peligroso, sino para el propio personaje de Piper Chapman, cuyo ataque frontal definitivo parece eliminar todo tipo de inocencia para dejar exclusivamente a una mujer movida por el interés personal.

Sin duda, este proceso de cambio es lo más interesante de la tercera temporada, aunque hay que remarcar que se produce de forma intermitente, más o menos como el resto de tramas de los episodios. Con todo, la impresión final, una vez analizado el arco dramático general de la protagonista, es que se produce una separación notable del resto de roles. Dicho de otro modo, en ese proceso de transformación de Chapman se dejan atrás no solo las emociones, sino a las amigas y amantes. Ahora solo queda comprobar que dicho cambio genere frutos en las siguiente etapa.

Al final, Orange is the new black logra salvar los muebles en una tercera temporada que, aunque mantiene la estructura dramática de las anteriores, se vuelve algo más caótica, menos dirigida hacia un claro objetivo. Es cierto que la idea de libertad es el nexo de unión de todas las historias, pero es un concepto tan vago que no logra conformar un claro desarrollo. El final combinado de la historia protagonizada por Taylor Schilling y esa suerte de cierre coral de la búsqueda de la libertad logran generar la sensación de que esta etapa ha sido mejor de lo que realmente ha sido. Ahora bien, las bases del futuro ya está puestas. Habrá que ver si saben aprovecharlas.

‘Black Mirror: White Christmas’, evolución formal de una serie futurista


Jon Hamm es el principal protagonista de 'Black Mirror: White Christmas'.Hay muchas series que son consideradas de forma general como una serie de culto. Pero en ese grupo son muy pocas las que pueden demostrarlo con hechos. Tener el poder de producir un único episodio especial navideño que se convierta, además, es una especie de capítulo único de una hipotética temporada es uno de esos hechos demostrables. Bajo este punto de vista, Black Mirror: White Christmas es la confirmación de que esta serie ha logrado traspasar fronteras y convertirse en un referente cultural. Y eso con menos de una decena de episodios en total. Pero como no se trata de alabar por alabar la serie creada por Charlie Brooker (serie Dead set), vamos a analizar los principales pilares que dotan a este episodio de la calidad que desprende.

Sin duda uno de los aspectos formales más llamativos de este capítulo especial es su propia estructura narrativa, planteada como una trama con tres subtramas que abordan problemáticas tecnológicas diferentes pero que, en definitiva, conforman una única historia completa definida por el planteamiento, el nudo y el desenlace. La sutileza con la que Brooker aborda estas tres fases del desarrollo dramático es ejemplar, impidiendo en todo momento que la historia caiga en la explicación fácil y optando por un planteamiento más natural y menos evidente. Esto provoca que durante los primeros minutos el espectador no llegue a comprender la magnitud de lo que ocurre en pantalla, intuyendo a través de diálogos un aspecto mínimo de lo que realmente ocurre. Es a través de las tres historias que la trama principal se desvela, precipitándose en su tercio final y adquiriendo todo su sentido gracias a lo visto anteriormente.

Este manejo del tempo narrativo se convierte, en definitiva, en lo mejor de Black Mirror: White Christmas desde un punto de vista narrativo (que no formal), y crea uno de los múltiples nexos de unión con el resto de la serie. A esto habría que sumar el carácter crítico hacia la tecnología y cómo su uso puede terminar no solo con la vida que siempre hemos conocido, sino con nuestra propia conciencia, nuestra propia necesidad de comunicarnos y relacionarnos. Esta ironía, la de utilizar la tecnología para aislarnos del mundo (voluntaria u obligatoriamente), es la que subyace en el seno de esta magnífica historia que hace honor a la calidad del resto de episodios, amén de volver a replantear muchas premisas básicas que actualmente están implantadas en nuestra sociedad.

Pocos son los “peros” que se le pueden poner a este episodio, pero eso no implica que no existan. Algunas de las ideas tecnológicas utilizadas no terminan de ser excesivamente originales, sobre todo aquellas relacionadas con el bloqueo visual de los personajes y el uso de los ojos a modo de cámaras con los que poder manejar nuestro entorno según nuestras necesidades. Esto, utilizado ya en el tercer episodio de la primera temporada, se convierte sin duda en un elemento imprescindible en la trama, pero se antoja una mera evolución de algo ya planteado, lo que contrasta notablemente con otras propuestas tecnológicas como la “galleta”, que por cierto protagoniza el mejor fragmento del capítulo, al menos para el que esto suscribe.

Actores del futuro

Claro que catalogar esto como algo negativo en Black Mirror: White Christmas sería realmente injusto. La forma en que Brooker integra la tecnología en la sociedad y cómo esta se aprovecha de ella para mejorar diferentes aspectos de su funcionamiento es simplemente brillante. El desarrollo de los personajes, que lejos de crecer dramáticamente hablando van desvelando su verdadera naturaleza a medida que avanza la trama, es fascinante. E incluso las tres historias narradas, a pesar de tener una relevante presencia en la trama principal, pueden ser consideradas como entes independientes capaces de tener vida propia. Dicho de otro modo, su creador ha sido capaz de condensar los tres episodios habituales de una temporada en una única entrega, más larga, con una estructura ligeramente diferente. Una evolución de lo ya tradicional en una serie futurista.

Aunque sin duda el mayor atractivo de la serie, al menos desde un punto de vista promocional, ha sido su soberbio reparto, encabezado por un Jon Hamm (serie Mad Men) impecable y demostrando que tiene lo que hay que tener para responder positivamente a los rumores que lo sitúan en la órbita de The Walking Dead como el próximo gran villano. Su interpretación de un personaje capaz de someter a sus semejantes a través del diálogo, de un hombre acostumbrado a lograr lo que quiere simplemente con hablar, se desarrolla a lo largo de la hora que dura el episodio. Desde este punto de vista, el castigo al que es sometido no podría ser más ejemplar. Pero no es el único. Rafa Spall (La vida de Pi), Oona Chaplin e incluso una muy secundaria Natalia Tena (ambas vistas en la serie Juego de Tronos) logran dotar a sus respectivos roles de una profundidad mayor de la esperada, aportando un grado de desesperación motivado por la tecnología realmente alto.

Prueba de ello es, por ejemplo, el último plano del capítulo, un final que viene a representar la tortura que puede suponer para el ser humano el uso indebido de la tecnología. Se puede decir que, al fin y al cabo, lo que inicialmente nace para ayudar a la sociedad adquiere una función tétrica y violenta en manos de su propio creador, lo que convierte estos avances tecnológicos en una herramienta más de tortura y de violencia física y psicológica para con sus semejantes. En este sentido, este nuevo episodio puede entenderse en líneas generales como un alegato que confirma la evolución tecnológica de la sociedad, pero un análisis más en profundidad permite apreciar que dicha evolución no tiene necesariamente que ser positiva, advirtiendo del mal uso que el ser humano tiende a hacer de todos sus recursos.

Sea cual sea la interpretación, y sea cual sea el interés que pueda despertar Black Mirror: White Christmas en el espectador, lo que sí parece claro es que estamos ante un episodio especial que no solo mantiene el nivel creativo, dramático y crítico de toda la serie, sino que confirma a esta producción como uno de esos productos de culto capaces de mover la maquinaria necesaria para producir un único ejemplar. Guste o no, las reflexiones que promueve en el espectador la distancian notablemente de otras series de ciencia ficción planteadas como una evasión de la realidad, y la elevan a una categoría diferente. La pregunta que empieza a sobrevolar todos los episodios es: ¿será posible que el hombre alcance este grado de integración tecnológica? Y lo más importante, ¿seremos capaces de controlarla? Esperemos que la respuesta se encuentre en unos próximos capítulos tan espléndidos como estos.

La 1ª T de ‘House of Lies’ nos introduce en el mundo de la consultoría


'House of Lies' aborda el mundo de las consultorías con una mirada ácida.Las cadenas de televisión estadounidenses se están especializando cada vez más en productos con ciertos aspectos en común. Por ejemplo, no es difícil encontrar un estilo común en producciones tan dispares como Sexo en Nueva YorkLos SopranoBoardwalk Empire, todas ellas con el sello HBO. En este aspecto, una de las más transgresoras en cuanto a series se refiere es Showtime, responsable de productos como DexterHouse of Lies, de la que hablamos a continuación. La primera nació de una premisa curiosa y compleja que, en mayor o menor medida, tuvo un desarrollo excesivamente tradicional en algunas temporadas. La segunda, creada por Matthew Carnahan (serie Dirt) y cuya primera temporada llega a España unos dos años después de su estreno, tiene ese mismo espíritu transgresor, esta vez en clave cómica y centrada en el mundo de las consultorías.

Una transgresión no solo en su contenido (la moral de sus protagonistas y de su estilo de vida es más que cuestionable), sino en su forma de narrar esta historia sobre un consultor de éxito que ve cómo su carrera se sitúa al borde del precipicio cuando su empresa es absorbida por un banco al que él mismo asesora. Planteada a través de casos aislados, esta primera temporada de 12 capítulos mantiene una cierta coherencia en la lucha por la supervivencia profesional del protagonista y su equipo, así como los conflictos personales con su ex mujer y su particular hijo. Como decimos, lo que más define a la serie es su transgresión formal, que hace partícipe al espectador de la trama a través de miradas e interacciones casi constantes con el protagonista, quien se postula como una especie de guía espiritual en una selva tan despiadada como es el mundo de la asesoría.

Lejos de producir desafección, la apuesta de House of Lies por un estilo directo y ausente de tacto provoca el humor que tanto necesita la serie. Y digo necesita, pues si no sería complicado llegar a empalizar con unos personajes sin escrúpulos para vender y, en cierto modo, engañar a los directivos de las empresas. Si bien es cierto que el hecho de hablar a cámara, detener la imagen o incluso hacer cómplice de la trama al espectador a través de miradas podría impedir conectar de forma clara con la trama, el resultado es el opuesto. Gracias a la forma en que el personaje de Don Cheadle (Iron Man 3) explica su trabajo y la originalidad con la que se abordan esos congelados de imagen (con gráficos pintados sobre la imagen por el propio protagonista incluidos), la serie adquiere un aire burlón, casi irreal, que alivia notablemente el drama de muchas situaciones y provoca otras igualmente cómicas.

De hecho, lo que logra esta creación de Carnahan es que gracias a esta interacción el espectador comprenda de forma simple y directa no solo el trabajo de consultor, sino la compleja personalidad del protagonista. Es gracias a eso que la serie puede permitirse, como de hecho hace, dotar de cierto dramatismo a numerosos momentos del arco dramático de esta primera temporada, olvidando por completo el tono cómico y centrándose por completo en los problemas del personaje de Cheadle. El hecho de que, incluso en esos momentos, interactúe con la cámara dota a todo el conjunto de una cierta complicidad, como si el espectador formase parte de la trama o, al menos, fuese testigo de excepción de la acción en tiempo real.

De los actores y la estructura subrepticia

Desde luego, el aspecto formal es lo más llamativo de House of Lies que, por cierto, sigue en este sentido el camino de House of Cards, aunque llevándolo a un terreno mucho más radical. En cierto modo, ambas se convierten en un manual para profanos en sus respectivos mundos. Sin embargo, no es lo único destacable. La serie cuenta con dos elementos mucho más interesantes: sus actores y la forma de desvelar sus secretos a lo largo de la trama que conforma esta primera temporada. El primero de ellos, como decíamos más arriba, cuenta con Cheadle como principal reclamo. Y lo cierto es que el actor realiza un trabajo realmente admirable, siempre con un registro algo excéntrico y excesivo pero al mismo tiempo capaz de dejar entrever los rincones más oscuros, dramáticos y tristes de un personaje que utiliza su trabajo y el ritmo de vida que le proporciona para escapar de sus propios demonios.

Aunque no es el único. Tanto Kristen Bell (serie Héroes) como Ben Schwartz (Runner Runner) y Josh Lawson (En campaña todo vale) resultan más que convincentes como los colaboradores de Cheadle, sobre todo los dos últimos en su faceta de pareja cómica condenada a compartir penas y alegrías a pesar de sus formas de ser tan dispares. Suyos son algunos de los momentos más irónicos, divertidos y surrealistas de estos 12 capítulos. Aunque el que sorprende, tal vez por su juventud, es Donis Leonard Jr. (Now Here). Su forma de abordar el rol de hijo travestido del protagonista es tan sencilla e inocente como espléndida. Es de suponer que todos ellos mantendrán el mismo nivel en las siguientes temporadas siempre y cuando los personajes no pierdan su forma de ser.

Lo que ya no es tan evidente es que la segunda temporada, que se emitió en Estados Unidos a lo largo del 2013, mantenga esos secretos a los que me refería antes. En efecto, esta primera entrega ha tenido un gran punto a su favor, y ha sido la capacidad para ocultar entre tanta situación cómica, tantas consultorías y tanto sexo y lenguaje subido de tono las verdaderas intenciones de muchos de sus personajes. Es cierto que algunas de ellas se intuyen en mayor o menor medida a lo largo de la serie (algo que podría considerarse un inconveniente), pero en líneas generales capta la esencia del mundo en el que se mueven los personajes, y que no es otro que esa casa de mentiras a la que hace referencia el título. Esta estructura oculta, subrepticia en muchos aspectos, otorga al resto una entidad mucho mayor que, mientras se asiste al espectáculo, no llega a comprenderse en todo su esplendor (evidentemente), pero que una vez contemplado todo el mosaico se revela imprescindible.

No cabe duda de que House of Lies es una de esas series diferentes en todos sus aspectos. Eso no quiere decir, ni mucho menos, que sea una producción capaz de llegar a todos los públicos. Su lenguaje, su sexualidad (implícita y explícita) y una cierta violencia moral en algunos momentos la convierten en una producción no recomendable para todos los gustos. Eso sí, quienes busquen algo fresco, esta es su serie. La primera temporada puede presumir de una originalidad fuera de toda duda y de no caer en sus propias trampas. Gracias al manejo de los tiempos narrativos y dramáticos sus responsables equilibran la balanza de la comedia y el drama para componer un relato que va de menos a más y que termina con el protagonista en una situación mucho más compleja que la inicial. En definitiva, una buena evolución.

20 aniversario del año de Spielberg (I): ‘La lista de Schindler’


Ben Kingsley y Liam Neeson protagonizan 'La lista de Schindler', de Steven Spielberg.El reestreno hace un par de semanas de Parque Jurásico en 3D suponía una pieza más en esa maquinaria que está buscando desesperadamente desenterrar grandes éxitos para conseguir más ingresos. Sin embargo, también coincide con una efeméride que en Toma Dos queremos abordar, aunque solo sea como homenaje. Nos referimos al año 1993, en el que el cine de Steven Spielberg, director de aquella, fue el gran triunfador de los Oscar con dos títulos que ya se pueden considerar inmortales: la citada aventura con dinosaurios y la película que comentaremos a continuación, La lista de Schindler, basada en el libro de Thomas Keneally y centrada en la historia de este nazi que logró salvar del exterminio a más de 1.000 judíos durante la II Guerra Mundial.

A estas alturas, con el reconocimiento a nivel mundial del film, destacar sus múltiples virtudes formales y narrativas puede resultar algo repetitivo. Sin embargo, para hablar de las emociones que es capaz de transmitir es imprescindible. Quizá uno de los momentos más analizados y recordados sea aquel de la pequeña con el vestido rojo por cuanto representa el punto de inflexión en la conciencia del protagonista. Hasta entonces sus intenciones se resumían más o menos fielmente en hacer dinero, en conseguir el máximo beneficio con el menor riesgo. Y eso se lo proporcionaban los judíos. Será a raíz de esa escena, que narra con crudeza uno de los momentos más brutales de la trama, cuando este empresario nazi opte por empezar a salvar vidas humanas independientemente del beneficio.

Con todo, no es ni con mucho el mejor aspecto formal del relato. La labor fotográfica en blanco y negro de Janusz Kaminski, colaborador habitual de Spielberg (Salvar al soldado Ryan, por ejemplo) es una verdadera obra de arte que fue reconocida con numerosos premios. Su forma de captar el contraste entre luces y sombras, fiel reflejo de las emociones a flor de piel de un personaje tan aparentemente contradictorio como el interpretado excepcionalmente por Liam Neeson (Batman Begins), genera una narrativa paralela que ayuda al espectador a comprender ciertas conversaciones, a apreciar las intenciones reales de cada decisión. En la memoria se graban a fuego primeros planos como el de Ben Kingsley (La invención de Hugo) brindando mientras una lágrima recorre su mejilla.

En este sentido, la banda sonora de John Williams (La guerra de las galaxias), emotiva como pocas, se ajusta a la perfección a un relato que basa buena parte de su fuerza en el aspecto fotográfico y en la crudeza de su realización, en la que por cierto Spielberg vuelve a demostrar su maestría y buen gusto para horrorizar al espectador sin necesidad de mostrar casi nada. El uso de coros, muy propios de la época, o de un ritmo pausado y denso aportan una mayor sensación de desasosiego ante un destino que parece inevitable, como si de una marcha imparable se tratara.

Describir las emociones tan complejas y variadas que provoca La lista de Schindler es difícil. Casi tanto como las que provoca el documento original. Hace un año aproximadamente tuve la oportunidad de ver uno de los pocos originales que se conservan en uno de los Museos del Holocausto que existen en el mundo. Tal vez fuese por la forma de mostrar esta oscura época de la Historia del hombre, o simplemente porque representa la esperanza en medio de la desolación, pero lo que sentí al ver ese documento se aproxima mucho a lo que Spielberg es capaz de transmitir. Esto viene a demostrar, al menos para un servidor, que el director de E. T., el extraterrestre (1982) es uno de los pocos realizadores actuales capaz de estructurar un relato para ordenar toda esa amalgama de sentimientos que antes mencionaba.

Una estructura dramática

Steven Spielberg ha asegurado en muchas ocasiones que La lista de Schindler ha sido uno de sus proyectos más personales. Hasta 10 años ha estado madurando la historia. Es por eso que más allá de la visión acerca del Holocausto, más allá de la belleza formal que atesora o de la profundidad de sus personajes, todos ellos con los rasgos de unos actores excepcionales, se halla un guión estructurado perfectamente y al milímetro para envolver al espectador en un drama humano sin parangón. El texto escrito por Steven Zaillian (Gangs of New York) es todo aquello que un guión debe ser, es decir, una estructura compensada en todos sus actos, un vehículo que diversifica y dosifica el tiempo de cada personaje y de cada trama secundaria, de cada momento histórico y de cada decisión.

Y es también una narración sin diálogo o, mejor dicho, con subtexto en el diálogo. Cierto es que la época en la que se enmarca la historia facilita esa máxima de que un diálogo no debe ser lo que dice, sino lo que quiere decir, pero es que incluso en esta situación la forma de hacer avanzar la acción es de manual. Sin ir más lejos, ese cambio que se produce en el protagonista puede pasar casi desapercibido si no se presta la suficiente atención. Tanto Zaillian como Spielberg optan por una evolución silenciosa, realista y ajustada al contexto en el que se produce. Resulta casi ridículo, por tanto, que exista un diálogo en el que Schindler explique sus intenciones. Vamos, que en ningún momento se hace con la bandera de defensor y salvador. Es algo mucho más personal, intimista y sutil.

Pero esto es solo un ejemplo. El desarrollo dramático de la trama principal, apoyada de forma imprescindible por algunas líneas argumentales secundarias como la relación con el personaje de Ralph Fiennes (Skyfall), permite un análisis perfecto de cómo abordar todo tipo de escenas, de cómo se construyen los personajes desde la acción y no la descripción, y cómo las secuencias deben estructurarse desde el conflicto y sus constantes fluctuaciones. En este aspecto el film de Spielberg solo podría pecar de una cosa, y es su exceso de dramatismo en su clímax final, con un discurso del protagonista en el que afloran todos esos sentimientos que han sostenido la trama hasta ese momento. Una concesión que, si bien encaja con el resto de la historia y pone el broche a la pesadilla, choca un poco con el tono general de la historia.

No cabe duda de que La lista de Schindler es una de las cintas claves dentro de ese subgénero bélico que recoge aspectos de la II Guerra Mundial. Una película personal, fruto de años de estudio, de trabajo y de sentimientos. Una obra bella en todos sus aspectos, incisiva y cruel en muchos momentos que busca remover conciencias sin necesidad de impactar violentamente al espectador. Spielberg es único logrando eso, y este es uno de sus mejores testimonios. Al final, el hecho de que consiguiera 7 Oscars no debería suponer un mayor reconocimiento a la película, aunque sí debería hacer pensar acerca del reconocimiento académico que ha recibido un director capaz de cambiar el concepto del cine y del entretenimiento. Pero ese es otro debate.

‘The new normal’, estructura repetitiva para denunciar la homofobia


Una pareja homosexual, una madre de alquiler y la hija de esta protagonizan 'The new normal'.Una pareja de hombres homosexuales decide tener un hijo. Contratan para ello a una joven madre que huye de su infiel esposo y de su conservadora y controladora abuela junto a su particular hija. Las diferentes visiones que cada uno tiene de la sociedad y de cómo se ven las relaciones homosexuales en su entorno social generará no pocos confictos que solo resolverán compartiendo sus puntos de vista. Dicho así, el argumento de The new normal, nueva serie cómica producida por Ryan Murphy y Ali Adler, ambos guionistas de Glee, puede corresponderse con alguna falsa producción que estamos acostumbrados a ver dentro las propias ficciones televisivas (a modo de serie que engancha a los personajes o de producción que realiza alguno de ellos). Tal vez esto permita hacernos una idea del nivel del producto final, que por suerte o por desgracia no va a contar con una segunda temporada al haber sido cancelada tras los 22 episodios iniciales. Afortunadamente, eso sí, esta única temporada cierra el arco argumental, lo cual al menos permite un mejor análisis.

Tal vez la idea que mejor defina a esta comedia es la de “ligera”, es decir, una ficción que distrae durante los alrededor de 25 minutos que dura cada episodio sin mayor objetivo que arrancar alguna que otra carcajada. Es, en definitiva, algo que se olvida tan rápido como se consume. Y en un panorama televisivo donde la exigencia es máxima, esto es un problema, sobre todo tratando el tema que trata y teniendo por ello los problemas que ha tenido (en Utah, por ejemplo, tuvo muchas dificultades para emitirse). Todo sin ser, como decimos, un programa conflictivo, aunque sí que es cierto que algunos de los capítulos poseen un tono crítico hacia la homofobia bastante acusado. En cualquier caso, y entrando en el aspecto propiamente audiovisual, no ha sido esto su tendón de Aquiles, sino la falta de una tramas secundarias que fortalezcan el conjunto y aporten otros aires a la serie.

Lo que quiero decir con esto es que en ningún momento de esta primera temporada la serie logra tomarse en serio a sí misma. Los conflictos episódicos que protagonizan los personajes en cada una de las emisiones son iguales, o al menos se desarrollan igual y tienen unas resoluciones excesivamente parecidas. Por ejemplo, siempre se produce una disputa entre los dos protagonistas acerca de un conflicto entre su amor y la estrechez de miras de la sociedad. Posteriormente, algún acontecimiento les hace recapacitar y, por último, deciden llegar a un punto en común. Presentar esto en los primeros episodios permite comprender un poco mejor a los personajes, e incluso genera más de una situación cómica, pero pasado este tiempo genera tedio y excesiva previsibilidad, sobre todo porque los personajes no dejan de ser estereotipos que evolucionan más bien poco, incluso a pesar de, supuestamente, cambiar un aspecto de su rol al final de cada episodio.

Puede parecer con esto que The new normal es una mala serie. Sinceramente, las he visto mucho peores. Hay que reconocer el valor de plantear unos enredos de estas características y de algunas reflexiones que plantea al espectador, sobre todo aquellas que tienen que ver con la política o con el rechazo social a algo tan natural como la relación entre dos hombres o mujeres. Sobre todo si tenemos en cuenta que contiene varios aspectos autobiográficos de sus creadores. El hecho de que la serie luche por definir como una familia normal algo que todavía en ciertos lugares del mundo se ve como nocivo para los niños es digno de resaltar, pero podría haberse hecho de forma más inteligente y menos repetitiva.

Los secundarios siempre al rescate

Quiero pensar que los responsables de esta ficción percibieron las debilidades del producto en un momento muy temprano, ya sea por las cifras de su audiencia o por el visionado previo de los primeros episodios. El caso es que la introducción de los personajes secundarios, tanto los fijos como los discontinuos, ha supuesto para el conjunto una verdadera bocanada de aire fresco, si bien es cierto que se han ido desinflando a medida que avanzaba la trama y el embarazo. El marido infiel cuyo coeficiente intelectual supone un pobre reto para un niño de 10 años (recuerda poderosamente a Homer Simpson, por cierto); la ayudante afroamericana con fuerte carácter pero un corazón de oro; los extraños médicos que ayudan durante la gestación del niño, … La mayoría de ellos aportan las verdaderas risas a esta comedia, aunque si hay uno que debe llevarse el premio gordo, ese es el personaje de Ellen Barkin (Vida de este chico).

La actriz no solo borda el papel de una conservadora abuela que se ve obligada a cambiar su forma de entender el mundo cuando su nieta decide ser madre de alquiler de una pareja homosexual, sino que refleja a la perfección la dualidad moral que existe en Estados Unidos. Posiblemente sus discursos con el argumentario republicano como base frente a unos personajes abiertamente demócratas sean de lo mejor y más conseguido de la serie, por no hablar de la originalidad de sus retorcidos comentarios. Este conflicto político-social, que como antes mencionaba es uno de los aspectos más interesantes de esta única temporada, da lugar a algunos de los episodios más completos, tanto dramática como cómicamente hablando. Es una lástima que la evolución de su personaje, que termina comprendiendo su limitada visión del mundo, se diluya frente a otras tramas secundarias de menor interés, como son la adopción de un bebé por parte del personaje de NeNe Leakes (serie Glee).

No he hecho el cálculo, pero me atrevería a decir que a medida que el personaje de Barkin pierde presencia la serie enseña de forma más evidente sus cartas. La fortaleza del personaje y de la actriz disimulaban un poco esa reiteración argumental que ya hemos abordado, y su ausencia no hace sino acentuarla. Ni siquiera la incorporación de un secundario como John Stamos (Padres forzosos) logra eliminar esa imagen. Tal vez la mejor prueba de su importancia es el hecho de que, aun siendo igual de prototípico que el resto de personajes, poseía un desarrollo emocional mayor, puede que simplemente por el hecho de oponerse al resto de arquetipos que desfilan delante de las cámaras. Esto no implica que los actores no logren un buen trabajo, más bien al contrario. Justin Bartha (La búsqueda) y Andrew Rannells (Despedida de soltera) se muestran convincentes en sus respectivos roles de la pareja (el primero más varonil y el segundo más afeminado), mientras que Georgia King (La duquesa) y la joven Bebe Wood (en su primer papel con cierto peso) solventan muy bien la extravagancia de sus roles.

Pero como decimos, son arquetipos. En el fondo, y a pesar de su ritmo fresco y liviano y de sus momentos de humor, The new normal es una serie que trata de innovar con recetas demasiado conocidas. Tal vez se haya apoyado demasiado en su idea de la familia homosexual (algo que, por cierto, ya se ha visto en Modern family con mucho más éxito) o, simplemente, sus creadores hayan utilizado los episodios como una forma de denuncia de los prejuicios sociales, muchos de ellos disfrazados de comprensión y libertad. El caso es que la serie pierde fuerza, y los capítulos terminan siendo tan previsibles que generan menos interés del que deberían.

‘La princesa prometida’, aventuras y literatura de estilo clásico


Robin Wright y Cary Elwes protagonizan 'La princesa prometida', de Rob Reiner.El cine es un claro ejemplo de cómo el tiempo no pasa en balde por mucho dinero y recursos para mantenerse joven que uno pueda tener. Hace poco tuve la oportunidad de revisionar uno de los mejores clásicos de aventuras de los años 80, La princesa prometida (1987), dirigida por Rob Reiner (Algunos hombres buenos) y protagonizada por un puñado de actores que hoy en día se han convertido en estrellas más o menos importantes. No es este espacio para comentar lo bien o mal que ha envejecido cada uno, sino para analizar los motivos por los que un film tan sencillo y humilde como este no solo ha sabido mantenerse década tras década, sino que se ha erigido como un modelo perfecto del cine de aventuras.

La historia, para aquellos que no hayan tenido ocasión de verla, gira en torno a una joven cuyo amado parte en busca de aventuras. Al enterarse de que ha sido atacado por un temible pirata que nunca hace prisioneros se sume en una profunda depresión. Años después un apuesto y arrogante príncipe decide desposarla, pero unos días antes de la boda es secuestrada por tres personajes que buscan provocar una guerra entre su reino y otro vecino. Un misterioso enmascarado de negro frustrará sus planes y salvará a la princesa, pero desvelará otros mucho más peligrosos que tienen como autor al propio príncipe. Todo ello narrado desde la perspectiva de un cuento leído por un abuelo a su nieto enfermo.

Este último detalle tal vez sea el más relevante de la idea básica de la película. En sí mismo, el argumento y su desarrollo es tan sencillo y directo como entretenido y enternecedor, pero no reviste especial relevancia frente a otras cintas de aventuras con ingredientes similares. Lo que supone una cierta revolución, y que dota al conjunto de un aire mucho más especial, es el hecho de enfrentar la literatura y la imaginación a un mundo cada vez más dominado por la televisión, los ordenadores y los videojuegos. De hecho, el niño enfermo está jugando a un videojuego cuando recibe la visita de su abuelo, a lo que se muestra inicialmente reticente para sumergirse después en la pasión que levanta una obra de ficción literaria.

Ya hemos dicho que su guión, obra de William Goldman, autor de la novela homónima en la que está basada, es directo y sencillo, con una estructura de análisis claro que puede ser un buen ejemplo para iniciarse en esta especialización cinematográfica. Pero si la base literaria es clara (lo que no implica que no tenga interés, al contrario), la forma de narrar es igualmente eficaz. Nada de largos y enrevesados planos. Nada de jugar con los puntos de vista o con las diferentes posibilidades lumínicas. La princesa prometida es, desde su inicio hasta su fin, un cuento de aventuras, de amor y de acción, de comedia y de drama, y como tal está planteado. En cierto modo, todo se podría resumir en dos palabras: entretenimiento directo. Cierto es que estamos hablando de la década de los 80 del siglo pasado, pero en esos años ya se empezaba a experimentar con los efectos digitales como TRON (1982).

La importancia de los secundarios

Como suele ocurrir en este tipo de historias, la película de Reiner se apoya mucho en sus personajes secundarios. Puede que incluso sean lo mejor de la película. No quiero decir con esto que la labor de Cary Elwes (Sin compromiso) y Robin Wright (serie House of cards) no sea relevante, ni mucho menos. Sin embargo, a todo aquel que se le nombre este relato posiblemente lo primero que recuerde sea la frase: “Hola, me llamo Íñigo Montoya. Tú mataste a mi padre. Prepárate a morir”, pronunciada por el personaje de Mandy Patinkin, de actualidad gracias a la serie Homeland.

Dicha cita, junto a otros conceptos y la caracterización de muchos de los secundarios, aportan a la trama un aura única que termina por definir su verdadero carácter. En otras palabras, muestra su alma. No se trata ya de que el héroe recupere a su amada, sino de que las tramas secundarias de cada uno de los personajes encuentre su resolución en un único clímax que, como no podía ser de otro modo, se desarrolla mediante combates a espada y luchas cuerpo a cuerpo. Unas tramas secundarias, por cierto, que poseen un interés y una importancia casi tan relevante como la trama principal. Puede que la historia del personaje de Patinkin sea visualmente la más evidente, pero existen muchas otras: la del gigante que busca su sitio en un mundo que le rechaza, la del villano cuyos planes aspiran a mucho más que un simple matrimonio, … Todo conforma un paisaje mucho más rico que la propia historia de los protagonistas.

Todo esto no implica que La princesa prometida sea una obra muy distinta a otras aventuras como pueden ser las de Robin Hood, con las que guarda no pocos parecidos. La película contiene todas las facetas que se le pueden pedir a su género, desde personajes extraños hasta la combinación de acción y magia, pasando por personajes muy, muy característicos y por la combinación de géneros. La idea de aventura literaria, de un relato capaz de despertar la imaginación y la curiosidad de generaciones alienadas o conquistadas por la televisión y los videojuegos se muestra en su máximo esplendor gracias a una trama en la que comedia, drama, intriga y acción se entremezclan armónicamente. Mención especial habría que hacer a la banda sonora compuesta por Mark Knopfler, pero eso lo dejaremos para otra entrada de Toma Dos.

Lo más evidente es que, a pesar de los años y de la humildad que emana de cada fotograma, La princesa prometida sigue siendo un documento a analizar perfecto. Tal vez ese sea su secreto. En cualquier caso, las nuevas generaciones (que cada vez están más involucradas en el mundo digital) siguen descubriendo en sus imágenes y en las páginas de la novela todo un mundo capaz de motivar la imaginación de los más jóvenes. Es directa, clara y concisa. Para algunos esto puede ser una debilidad. Para otros será sin duda el legado de una forma tradicional y siempre eficaz de contar una historia.

Diccineario

Cine y palabras

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