‘Ad Astra’: en los confines de la galaxia


De un tiempo a esta parte, y con permiso de la saga ‘Star Wars’, el cine espacial ha retomado 2001: Una odisea en el espacio (1968) como su referente principal para adentrarse en la naturaleza del ser humano, en sus miedos y sus desafíos ante un futuro desconocido. La última película de James Gray (El sueño de Ellis) no solo confirma esta tendencia, sino también el interés y atractivo de estas historias.

El espacio, por sus propias características, ofrece posibilidades narrativas casi infinitas. Pero todas ellas suelen tener relación con la soledad, con el vacío y con esa fortaleza física y mental de los viajeros de las estrellas para afrontar desafíos en un lugar en el que nadie puede oír tus gritos. Ad Astra, en este sentido, ahonda en estos sentimientos para obligar al espectador a reflexionar sobre una sociedad que parece cada vez más aislada, más obsesionada con el avance científico y tecnológico, olvidándose por el camino de que lo realmente importante está al otro lado de la ventana. Es por eso que, desde un punto de vista dramático, la cinta se convierte en un interesante relato acerca de cómo la soledad puede hacernos perder el norte social para introducirnos en una espiral autodestructiva y dañina para aquellos que nos rodean, pero sobre todo establece que poner fin a esa situación solo está en nuestra mano.

La referencia inicial a la película de Stanley Kubrick no es casual. Gray aprovecha el lenguaje visual de este clásico del maestro para abordar el desarrollo de su propia película desde un punto de vista más introspectivo, con un uso de la imagen y el sonido cada vez más frecuente en este tipo de films. Con una belleza evidente, el director plantea el contraste entre los primeros planos de un Brad Pitt (Frente al mar) sobrio y en un constante diálogo con su ‘yo’ interior, con los grandes planos generales de un negro e imponente espacio. Esta dualidad genera precisamente la disrupción narrativa del intimismo enmarcado en la grandiosidad, de lo pequeño dentro de un marco gigantesco. En definitiva, de la importancia de lo que tenemos cerca frente a lo inalcanzable de aquello más lejano. El mayor problema de esta historia será, para muchos, su ritmo algo lento y el hecho de que la película no ofrezca más contenido que el viaje de ida y vuelta del protagonista, sin apenas historias secundarias que enriquezcan la trama.

Y puede que esto, al menos la segunda parte, sea el principal inconveniente de Ad Astra. No es algo menor, es cierto, pero lo relevante del film de Gray es esa dualidad que plantea. Más allá de una cinta de ciencia ficción, es una reflexión sobre la importancia de las cosas cercanas (que no pequeñas) frente a objetivos más lejanos y, a priori, inalcanzables. Dicho de otro modo, plantea al espectador la necesidad de cuidar lo más próximo y el riesgo de perderse buscando logros fuera de nuestro alcance, en un intento de determinar esto como el verdadero sentido de la existencia. Bajo este prisma, la obra contiene una profundidad dramática enorme, acompañada por un estilo visual potente a la par que conocido. Lo malo, sin duda, es esa falta de contenido secundario y la sensación de estar ante un homenaje demasiado evidente al clásico de Kubrick.

Nota: 6,75/10

‘Arrow’ descarrila en su final cambiando futuro por pasado en la 7ª T.


Apenas faltan diez episodios para que el origen del Universo DC en televisión llegue a su fin. Con una última temporada corta ya confirmada, presumiblemente para cerrar algunos cabos sueltos, Arrow ha concluido su séptima etapa (y en cierto modo, se podría decir que concluye la trama principal) con esa sensación de estar en el inicio del fin. Un sentimiento sin duda con cierta carga emotiva. Pero también con una sensación de agotamiento dramático en muchas de sus tramas secundarias, e incluso en varios aspectos de la principal. Y eso, por desgracia, no solo no es emotivo, sino que empaña un poco el buen trabajo realizado con anterioridad.

La verdad es que, viendo el desarrollo de estos 22 episodios, la serie creada por Greg Berlanti (serie You), Marc Guggenheim (serie Eli Stone) y Andrew Kreisberg (guionista en la serie Boston Legal) plantea la duda sobre un hipotético y adecuado final allá por la quinta temporada. Y es que, una vez alcanzados los cinco años de pasado ficticio en la isla, sus creadores han optado por mostrar el futuro de los personajes en lugar del pasado del protagonista. Una estrategia arriesgada que funciona por momentos, y que plantea el diálogo entre presente y futuro como dos acontecimientos relativamente vinculados, en lugar de ser uno explicación de los comportamientos del otro. Cabe señalar que es interesante comprobar la evolución de los secundarios, y de hecho es prácticamente el único aliciente de esos flashforward que ofrece la trama. Porque lo cierto es que la historia de esta etapa en ningún momento logra tener un claro objetivo final. Y esto se ve claramente en los villanos.

Al igual que otras ficciones televisivas, Arrow ha optado en esta etapa por dividir su estructura dramática en dos mitades claramente diferenciadas, cada una con un villano al que derrotar. Tal vez por aquello de tener que terminar de forma urgente, tal vez por falta de ideas, lo cierto es que este doble antagonismo impide, como de hecho se hacía en fases anteriores, explorar en profundidad los conflictos personales del héroe interpretado por Stephen Amell (Ninja Turtles: Fuera de las sombras) y cómo las relaciones entre los miembros del equipo sufrían alteraciones. En esta séptima temporada todo parece producirse de forma mucho más acelerada, perdiendo de vista el trasfondo de los personajes y dando vía libre al avance de la trama a base de secuencias de acción. Cierto es que, estando al final del arco argumental completo de toda la serie, centrarse en el drama sería dar vueltas sobre lo mismo hasta no llegar a ningún sitio, pero en cualquier caso se echan en falta ciertos alicientes dramáticos en las líneas argumentales secundarias.

Dicho de otro modo, el rol interpretado por Amell queda en esta temporada relegado a un mero apoyo dramático para dar un contexto a las historias secundarias, verdaderas protagonistas de este ciclo (al fin y al cabo, son las que protagonizan la historia en el futuro). Y aunque esto debería haber permitido explorar mejor cierta complejidad dramática en los tira y afloja de los miembros del equipo Arrow, contando para ello con un importante bagaje dramático de seis temporadas, lo cierto es que sencillamente se convierten en una especie de equipo bien avenido en el que no hay problemas, y en el que el pasado parece haber desaparecido. Esto provoca que mucha de la fuerza de algunos personajes se diluya de forma ostensible. Por no hablar del hecho de que algunos secundarios directamente se han borrado de la partida, abandonando la serie o limitando su aportación a capítulos muy puntuales. No cabe duda de que estamos ante un final, pero como en muchas ocasiones, dicho final no logra cuadrar de forma exacta todos sus caminos narrativos abiertos.

De la cárcel… ¿al espacio?

Lo más llamativo de esta séptima temporada de Arrow tal vez sea su capacidad para mezclar todo tipo de líneas argumentales que afectan al protagonista, llevándole de la cárcel a terminar yéndose a un viaje por el espacio. Tal vez si esto se hubiera desarrollado de forma más pausada a lo largo de, digamos, dos temporadas, todo habría encajado mejor, pero la urgencia de condensar en 22 capítulos tanto giro argumental ha terminado por afectar al conjunto. Si el rol de Amell se convierte esta etapa en una especie de contexto dramático para desarrollar y finalizar las tramas secundarias, la falta de objetivo claro convierte dicho contexto en una burbuja explosiva que termina por dificultar el desarrollo de lo que interesa. Los constantes cambios en el viaje del héroe impide al resto del equipo asentarse en una idea o concepto, cambiando según las necesidades y luchando contra corriente.

Incluso la presencia de una villana como la interpretada por Sea Shimooka, que tiene su primer gran papel en esta serie, no termina de funcionar a pesar de la fuerza que de hecho tiene sobre el papel. El problema radica, posiblemente, en que sus motivaciones son algo endebles, modificando los orígenes del héroe hasta sus raíces más profundas de un modo demasiado irregular. A esto hay que sumar esa organización criminal que, de nuevo por cuestiones de tiempo, no termina de ser tan amenazante como cabría esperar. Se puede decir que el gran problema de esta temporada es el tratamiento argumental. Aunque los personajes ya están de vuelta de todo, lo que hace comprensible menos desarrollo de sus historias, eso no es motivo para que se pierdan en un mar de conflictos superheróicos resueltos de un modo cuanto menos simplista.

Esta penúltima temporada, aunque entretenida y con un diseño de las secuencias de acción mucho más elaborado y complejo, pierde sin embargo cierta fuerza dramática en un desarrollo argumental que no se decanta por nada en concreto, afanado en mostrar antagonistas y en llevar la historia en una dirección muy concreta sin preocuparse demasiado de cómo es el camino recorrido. Y en este contexto, aunque los personajes son las víctimas, también destacan algunas evoluciones demasiado forzadas de roles como el de Emily Bett Rickards (Brooklyn), quien pasa de inocente a violenta, y de agresiva de nuevo a damisela en apuros en apenas un suspiro. Eso por no hablar, como mencionaba anteriormente, de ausencias de personajes o, lo que es más grave, de la recuperación intermitente de otros para la conveniencia dramática de la serie. Cuando esto se produce es que existe una falta de coherencia importante. Por fortuna, ha ocurrido en el tramo final de la ficción, por lo que podría llegar a encontrarse una justificación en las necesidades de guión.

El resultado es que esta séptima temporada de Arrow se deja muchas cosas por el camino. Pierde efectividad dramática, cierta oscuridad emocional, deja a sus personajes en una cierta deriva narrativa y trata de comprimir en un puñado de episodios algo que en otras ocasiones ha durado varias temporadas. Todo ello da buena cuenta de que el final de la serie debería, al menos, haberse planteado con algo más de previsión. Eso si no pensamos que podría haberse terminado perfectamente tras la quinta temporada, sexta a lo sumo. Ahora solo nos queda esperar un último epílogo en forma de mini temporada que, en base al final de esta etapa, no contará con varios personajes importantes (puede que incluyendo el protagonista), lo que permite hacerse una idea de lo que podría ser. Son los riesgos de alargar en exceso una historia.

‘First Man (El primer hombre)’: un pequeño paso para el cine


¿Podría Damien Chazelle (Whiplash) realizar una película sin la música como eje principal? Esa pregunta se planteó tras el anuncio de que el viaje a la Luna de Neil Armstrong iba a ser su nuevo proyecto. Ahora, dicha duda queda resuelta en un relativo ‘No’. Porque la realidad es que la música sigue teniendo un papel fundamental en la historia, pero el pulso narrativo y dramático que el joven director demostró en sus dos anteriores films se diluye en exceso en el intimismo que imprime al relato.

Lo que sí vuelve a demostrar Chazelle es un lenguaje audiovisual único, bello, magistralmente ejecutado para transportar al espectador al universo que crea en cada film. En este sentido, First Man (El primer hombre) nos convierte en astronautas por un día, metiéndonos en la piel de Armstrong y compartiendo su punto de vista, sus sentimientos, sus miedos y sus logros. En este sentido, la práctica ausencia de planos generales combinada con planos cortos y subjetivos crean esa sensación de angustia en muchos momentos del relato. Bajo esta premisa, resulta interesante analizar la narrativa de los despegues o el alunizaje, así como los viajes espaciales, alejados de espectaculares planos en la inmensidad del universo para situarnos en lo poco que se ve desde el interior de un traje de astronauta.

El principal problema se halla, por tanto, en el propio guión. El pulso narrativo es sumamente irregular, incapaz de abordar los verdaderos sentimientos de fondo del protagonista, presentado como un hombre frío con sentimientos muy encerrados en su interior. La cinta, aunque plantea algunos conflictos emocionales, no ahonda demasiado en ellos, limitándose a relatar la carrera espacial y el trabajo de los astronautas sin dedicar demasiado tiempo, por ejemplo, al impacto de la prematura muerte en el seno familiar, siempre presente pero nunca analizada en detalle. Asimismo, las diferentes historias secundarias sencillamente se quedan en una suerte de contexto a la del protagonista.

Desde luego, First Man (El primer hombre) podría dar más de sí… o tal vez no. La sensación de estar ante una historia sin mayor épica que la de poner un pie en la Luna y escuchar la histórica frase se agranda a medida que pasan los minutos. Ni la labor maravillosa de Chazelle tras las cámaras ni la de los actores delante de ellas (el reparto está sencillamente perfecto) pueden disimular la falta de garra dramática de la historia, que se limita a relatar hechos sin entrar demasiado en los aspectos más polémicos y conflictivos del relato (los muertos del programa espacial, los conflictos personales y familiares, la competición espacial con la URSS, etc.). La cinta lo mira todo desde un punto de vista personal, pero parece olvidarse que en esa perspectiva también tienen cabida el resto de elementos que conforman el mundo que nos rodea. Lo que hizo Armstrong fue un gran paso para la Humanidad; lo que ha hecho Chazelle es un pequeño paso para el cine.

Nota: 6,5/10

‘Han Solo: Una historia de Star Wars’: el sino de los tiempos


Según los datos de la taquilla, la nueva aventura galáctica, dirigida en esta ocasión por Ron Howard (Ángeles y demonios), no está teniendo la repercusión ni el éxito esperados. Habrá quien lo achaque a factores externos, pero la realidad es que esta historia sobre la juventud de uno de los personajes más icónicos de la saga creada por George Lucas (American Graffiti) no termina de encajar del todo bien en el imaginario galáctico. Y por muchos motivos.

Para empezar, las líneas temporales. Cuesta identificar claramente el momento en el que transcurre esta trama con respecto a la saga principal, a diferencia de lo que ocurre con Rogue One. Y la cinta parece quedar un poco ‘coja’ de algo tan importante como las batallas espaciales, seña de identidad de la saga cinematográfica. Se antoja más, por tanto, como una especie de aventura futurista que como una obra propiamente de Star Wars. A todo ello se suman, por ende, la ausencia de muchos de los elementos que siempre han acompañado esta mega historia cinematográfica, desde la banda sonora a detalles y escenarios icónicos.

Así, salvo Chewbacca, el propio Solo, al que da vida con acierto Alden Ehrenreich (Hermosas criaturas), Lando Calrissian (sin duda lo mejor de la trama con un Donald Glover –Magic Mike XXL– inmenso) y el Halcón Milenario, la película no ofrece un contexto galáctico capaz de permitir al espectador medio identificarlo con el resto de películas. Pero eso es el contexto. En realidad el problema, como en cualquier otra película, es el contenido. Sí, la película es dinámica, divertida, con dosis de humor, acción y drama adecuadas. Pero el tratamiento de los personajes es algo tosco, definidos todos ellos con trazo excesivamente grueso y arquetípico. Apenas hay giros argumentales interesantes, salvo esa decisión final de Han Solo que choca un poco con su comportamiento en el resto de la saga. Esto implica que las decisiones de los personajes parecen tener poca base dramática, y como consecuencia el desarrollo de la cinta se produce casi más por inercia que por motivaciones argumentales.

Todo ello sitúa a Han Solo: Una historia de Star Wars más como una historia futurista que como una obra dentro de un conjunto. De hecho, da la sensación de que los elementos de Star Wars que aparecen están introducidos después de plantear una historia genérica. O dicho de otro modo, todo lo que ocurre en la cinta podría haber transcurrido en otro universo, en otra galaxia, y haber sido una película totalmente independiente. Y habría seguido teniendo los mismos problemas narrativos y estructurales porque es el sino de los tiempos que corren: más espectáculo, más diversión, pero menos tratamiento dramático. Solo se merecía algo más.

Nota: 6,5/10

‘Guardianes de la galaxia Vol. 2’: éxitos del pasado, errores del presente


La división cinematográfica de Marvel parece haber encontrado el camino para lograr el éxito casi con cada nueva película que hace. Da igual que sea un superhéroe o varios, que sean muy conocidos o casi clandestino. Combinar ironía, algo de humor blanco, ciertas dosis de drama elaborado lo justo para no bajar el ritmo y, sobre todo mucha acción, parecen ser los pilares de los taquillazos que de un tiempo a esta parte está consiguiendo la compañía. Sin embargo, la base sobre la que construir todo ello es idéntica a cualquier film: una buena historia. Y es algo que no se debería perder de vista, pues la segunda aventura de estos defensores galácticos peca, precisamente, de esto.

Es innegable que Guardianes de la galaxia Vol. 2 es entretenida, hace reír (a algunos más que a otros) y tiene algunas escenas realmente espectaculares, sobre todo en sus primeros compases con ese plano secuencia en el que la acción, curiosamente, transcurre en segundo plano, lo que no deja de ser una idea diferente y loable. Y sí, la trama explora, aunque sea mínimamente, cómo evoluciona la relación de estos variopintos personajes en un grupo cuya unión se mantiene gracias a un frágil equilibrio entre el amor y la exasperación. En este sentido se podría decir que la cinta de James Gunn (Super), cuya labor tras las cámaras es intachable, ofrece más en todos los sentido, lo cual por cierto es lo que cabría esperar de una obra como esta.

Pero el problema es el trasfondo del asunto. Mientras que su predecesora tenía una historia relativamente compleja, que incluso encajaba dentro de los planes de desarrollo a nivel global de Marvel, esta segunda parte se desinfla a medida que pasan los minutos en lo que a argumento se refiere. Con la excusa de buscar los orígenes del protagonista, la cinta se pierde en un sinfín de caminos ya investigados en numerosas películas, cayendo en una previsibilidad que, por desgracia, termina restando frescura al conjunto. Da la sensación de que, en ese intento de superar el reto de más y mejor, la cinta se centra mucho en el “más” y se deja por el camino el “mejor”, recurriendo a herramientas manidas y algo arquetípicas. La ironía y mala leche de los personajes queda anulada, en parte, por esto, y es eso lo que termina por descafeinar una película que, por lo demás, mantiene el espíritu original.

Desde luego, Guardianes de la galaxia Vol. 2 no es mejor que la primera parte, ni mucho menos. Su falta de ambición a la hora de buscar una trama fresca y diferente hace que la cinta se vuelque por completo en los elementos que engalanaron la original historia de la cinta inicial. Dicho de otro modo, la saga parece encaminarse hacia un futuro vacío de contenido pero tan dinámico y espectacular que hará que dos horas se conviertan en dos minutos. Y eso es un peligro. Todavía se puede reconducir la situación, está claro, y prueba de ello son los minutos iniciales de esta continuación, todo un ejercicio de buen cine, narrado con originalidad y en el que la acción, el humor y la inteligencia se mezclan para dar unos minutos de auténtico oro. Hay esperanza, sí, pero sin el fondo la forma al final se pierde.

Nota: 6/10

‘Figuras ocultas’: el racismo oculto tras la conquista del espacio


Las mujeres afroamericanas fueron las 'Figuras ocultas' en la carrera espacial de la NASA.Siempre es interesante descubrir nuevas historias, sobre todo si son reales y han pasado totalmente desapercibidas para el gran público. Y por encima de cualquier cosa, si se convierten en una lucha contra una injusticia y un racismo establecidos por el sistema, como refleja la última película de Theodore Melfi (St. Vincent). Tal vez por eso esta trama sobre las primeras mujeres afroamericanas que lograron puestos relevantes en la NASA y que participaron en la primera misión espacial con éxito es más un alegato contra el racismo que una historia de superación, con todo lo bueno y todo lo malo que eso conlleva cinematográficamente hablando.

Desde un punto de vista narrativo, la cinta de Melfi peca en algunos momentos de un excesivo formalismo. Aunque es cierto que existe poco margen para la invención, esta apuesta por el clasicismo resta dramatismo a determinados momentos del film, principalmente a los puntos de giro finales. A esto se suma un desarrollo dramático excesivamente lineal, sin demasiados conflictos salvo aquellos relacionados con el racismo social existente en Estados Unidos en los años 60. De hecho, son estos aspectos los más loables de la trama, tanto los visualmente llamativos (la protagonista debe recorrer un kilómetro para poder ir al baño en su puesto de trabajo) como los conceptuales (una mujer afroamericana es capaz de resolver lo que no saben un grupo de ingenieros blancos).

En este sentido, destaca sobremanera la labor de los actores, sobre todo de Taraji P. Henson (serie Empire), Kevin Costner (Criminal) y Octavia Spencer (Lo mejor de ella). Este trío de actores se terminan convirtiendo en el alma de la historia, y lo hacen precisamente porque cargan sobre sus hombros las principales situaciones raciales de la historia. Dicho de otro modo, la carrera espacial contra la URSS queda, en cierto sentido, en un segundo plano, centrando la atención en la lucha no solo por los derechos de la gente de color, sino de las mujeres en un mundo dominado por hombres y en el que el género femenino estaba relegado a labores, digamos, menos relevantes o menos vistosas.

Desde luego, Figuras ocultas es un alegato contra el racismo, la historia de la lucha de tres mujeres por lograr que el mundo reconociera su trabajo y su inteligencia sin ver su color de piel o su género. El problema está en que hay poco más en este film. Poco habría importado que la trama se enmarcara en la NASA o en cualquier otro contexto, pues la parte de la carrera espacial parece quedar relegada a un segundo plano. A todo ello se suma una planificación excesivamente académica, casi aséptica, que resta dramatismo o emoción a muchos de los momentos álgido de la historia. Con todo, y como decía al comienzo, siempre es interesante conocer este tipo de historias.

Nota:6,5/10

‘Passengers’: entre el amor y el egoísmo


Jennifer Lawrence y Chris Pratt, supervivientes en 'Passengers'.He de confesar que las odiseas espaciales, habitualmente, tienden a ser fotocopias unas de otras. El caos que se apodera de la trama tiende a terminar en sacrificio o en una acción desesperada que finalice el viaje interestelar. Y tanto las decisiones como las motivaciones suelen estar definidas por la dificultad a superar, ya sea una criatura, una máquina o el propio espacio. Por eso puede llegar a sorprender que historias como la protagonizada por Jennifer Lawrence (El lado bueno de las cosas) y Chris Pratt (Eternamente comprometidos), a pesar de tener todos esos elementos en común, centra su atención en algo pocas veces visto en pantalla, ya sea en medio del espacio o en una isla desierta.

Y eso es, nada más y nada menos, que la elección entre el egoísmo o el amor, entre el beneficio personal y el respeto al prójimo. Es aquí donde Passengers alcanza toda su plenitud, y es donde la trama realmente adquiere un significado real, en tanto en cuanto plantea los dilemas morales y sociales en un entorno aislado y ante una situación extrema. Esto, unido al desarrollo de los problemas que presenta la nave, y que van evolucionando poco a poco sin que los protagonistas lleguen a comprender el alcance, dota al conjunto de un mayor dramatismo que en su tercio final puede pecar de cierto exceso, algo que por otro lado puede ser comprensible por exigencias dramáticas.

Lo cierto es que la cinta dirigida por Morten Tyldum (Headhunters) es una grata sorpresa porque se aleja de los cánones en este tipo de historias. Aunque puede pecar de cierta falta de desarrollo en los retos a los que se enfrentan los protagonistas, el hecho de que la trama se centre en ellos, en su relación y en su soledad en una suerte de Arca de Noé ante un final inevitable convierte a esta historia en una reflexión sobre conceptos que todos, en algún que otro momento, nos hemos planteado. Y lo hace, además, con ciertas dosis de humor en sus inicios, logrando que el desarrollo dramático sea, si cabe, más destacado.

En realidad Passengers no es una gran película, y de hecho no pretende serlo. Es un entretenimiento, sí, pero ofrece al espectador algo más que aparatosos efectos especiales. Y lo que ofrece es algo tan poco habitual en este tipo de historias que cuando se encuentra resulta reconfortante. Es algo similar a lo que ocurre con Marte (2015), aunque en esta ocasión con dilemas morales de por medio, lo que confirma una vez más (¿cuándo se darán cuenta los responsables de Hollywood?) que vale más una buena historia, unos buenos personajes y unos buenos actores que cualquier espectacular y costoso efecto especial.

Nota: 7/10

‘Rogue One: Una historia de Star Wars’: pues eso, una historieta


Los rebeldes tendrán que robar los planos de la Estrella de la Muerte en 'Rogue One: Una historia de Star Wars'El recorrido de Star Wars a lo largo de los años ha sido sumamente irregular. Habrá quien defienda hasta sus últimas consecuencias esta saga, pero lo cierto es que la calidad dramática y narrativa de las siete películas hechas hasta ahora no siempre ha estado a la altura. El nuevo intento de expandir el universo galáctico creado por George Lucas con films que complementen la línea argumental principal (y que recauden más dinero, que eso nunca está mal) es producto de esa irregularidad.

Posiblemente el gran problema de Rogue One: Una historia de Star Wars sea precisamente ese, que es una historia. Y más o menos previsible, sobre todo para los fans. Y dado que es algo conocido pero relativamente nuevo, todo en ella genera esa sensación. Desde el clásico comienzo de la saga hasta la música, pasando por personajes y decorados, el desarrollo de la trama contiene referencias constantes a aquel primer film clásico, incluyendo la recuperación de dos actores en formato digital. El problema es, precisamente, dicho desarrollo. La cinta, aunque no pierde el tiempo con desvíos narrativos innecesarios, sí tiende al tedio en muchos momentos debido a unos diálogos que, por desgracia, dan vueltas sobre los mismos conceptos.

Y desde luego, Gareth Edwards (Monsters) no es George Lucas o J.J. Abrams, y eso se nota. Si bien es cierto que la batalla final, a medio camino entre el espacio y la playa, es uno de los mejores momentos (junto a los cinco minutos en los Darth Vader demuestra su poder), el director no es capaz de mantener el pulso narrativo con la solidez que cabría esperar. Asimismo, es incapaz de librarse de la sensación de estar ante una trama autoconclusiva, con personajes cuyo futuro está limitado a los títulos de crédito finales. Es algo que los fans, casi con toda probabilidad, esperan, pero eso no significa que el resto de espectadores no puedan sorprenderse con algún que otro giro argumental.

Lo que desprende Rogue One: Una historia de Star Wars es, precisamente, la sensación de un producto que podría haber sido mejor de lo que es. Parece más bien un homenaje necesario para recuperar el recuerdo de los acontecimientos ocurridos en aquel film de 1977 (y de algunas de la segunda trilogía) que una película independiente con vida propia. Todo en ella está pensado para encajar con lo narrado en esa primera película, ya sean personajes como ideas (la esperanza se repite varias veces a lo largo del metraje), y eso, si no se desarrolla con algo de amor propio, tiende a convertirse en un lastre para cualquier película.

Nota: 6,5/10

‘Star Trek: Más allá’: entretenimiento sin fronteras


La tripulación de la nave Enterprise se enfrenta a su mayor amenaza en 'Star Trek: Más allá'.El espacio, la última frontera. Con esta frase comenzaba hace 50 años el primer episodio de Star Trek. Y con esa frase termina la tercera entrega del reinicio de esta saga galáctica auspiciado por J.J. Abrams (Súper 8). Y no es algo casual. Esta nueva película, entretenida donde las haya, es posiblemente el mejor ejemplo de lo que representaba aquella mítica serie, y lo que en realidad representa la nave Enterprise y su tripulación. Es, en definitiva, el punto final a una evolución que parte de la primera película y de ese primer ataque protagonizado por un entonces desconocido Chris Hemsworth (Thor).

Star Trek: Más allá es todo lo que la tercera parte de una trilogía debería ser. Autosuficiente, comprensible de forma individual pero, al mismo tiempo, epílogo de una historia mucho mayor que ella, y final para el arco dramático de los personajes que conforman el mundo en el que se desarrolla la acción. A esto se suman notables secuencias de acción y ese humor que mezcla ironía e inocencia que tan bien funciona en la saga. Su trama, aunque sencilla y directa (más o menos como las del resto de películas), sirve para el propósito último de explorar los límites del entretenimiento, de llevar al espectador a mundos únicos en los que los protagonistas deban afrontar sus propios miedos y retos inimaginables.

Bien es cierto que esto, en manos de un director como Justin Lin (Fast & Furious 6) deja como resultado secuencias imposibles incluso en una cinta de estas características. Y es cierto igualmente que la historia tiene cierta tendencia a volverse previsible en demasiados momentos. Sin embargo, la trama es capaz de rebajar el impacto negativo de estas ideas gracias a una apuesta decidida por el dinamismo y, quién lo iba a decir, por las leves aunque eficaces dudas morales y personales de los principales protagonistas, que ayudan en última instancia a dotar al conjunto de un trasfondo más humano, más dramático.

No quiere esto decir que Star Trek: Más allá sea una suerte de combinación de acción desenfrenada e intenso drama. Nada de eso. La tercera de las aventuras galácticas de la tripulación de la Enterprise es… pues eso, una aventura en estado puro. Divertida, fresca, espectacular (sobre todo en sus primeros compases) e intensa, la cinta recurre a un desarrollo lineal para no perderse en diatribas dramáticas y poder destinar más tiempo al avance de la historia. No es una película redonda, ni mucho menos, pero cumple con su objetivo de forma más que notable. Y si a eso le sumamos el trasfondo de sus personajes, lo que obtenemos es un interesante film a la altura de sus predecesores.

Nota: 7/10

‘Marte’: Robinson Crusoe espacial


Matt Damon debe sobrevivir en 'Marte' solo con su ingenio.Cualquier proyecto de Ridley Scott (Black rain) relacionado con la ciencia ficción siempre genera expectación por motivos más que evidentes. Tal vez sea por eso que lo que se espera siempre de sus films es poco menos que la genialidad. Su última incursión en el género, aunque no alcance ese grado, sin duda es uno de los mejores ejercicios de entretenimiento, drama y fascinación por el planeta rojo de los últimos años. Y lo más interesante es que no recurre a grandes artificios ni a complejas historias, todo lo contrario.

Si algo hace atractiva a Marte es, precisamente, su sencillez. Sencillez en el desarrollo dramático, sencillez en su lenguaje narrativo y sencillez en sus personajes. El guión, aunque previsible, tiene la fuerza suficiente para estremecer, conmover y hacer reír a partes iguales. Nada en la historia hace pensar en un desenlace diferente al que todo el mundo tiene en mente, pero eso no impide que la tensión sea más que palpable en muchos momentos, sobre todo en el clímax. La narrativa utilizada por Scott acentúa este carácter natural, casi habitual, como si los paseos por Marte fueran algo de andar por casa.

Pero el reparto es, sin lugar a dudas, el principal responsable. Con la cantidad de nombres importantes que figuran lo normal sería que la historia tendiera hacia una suerte de cinta heroica en la alguien terminara sacrificándose. Nada de eso está presente, ni remotamente. Las decisiones, frías, calculadas y sopesadas de cara a la opinión pública, se toman en un marco muy diferente al de la típica cinta de aventuras. Y los actores, sin excepción, no solo conocen el alcance de sus roles, sino que los dotan de una vida sobria, sin estridencias patrióticas o enaltecedoras. Son, simple y llanamente, hombres en una situación extraordinaria.

Todo ello convierte a Marte en una obra diferente, curiosa en su forma y en su contenido, no tanto porque ofrezca algo novedoso, sino porque dentro de la comodidad de lo previsible es capaz de lograr el entretenimiento serio e inteligente que respeta al espectador. Ridley Scott recupera un buen tono narrativo, respetando los límites de su relato y aprovechando al máximo lo que le ofrecen sus actores. Un notable drama de un náufrago en un mar de polvo y tierra en el que nada crece y nada vive. Bueno, casi nada.

Nota: 7/10

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