4ª T de ‘House of lies’, o la comedia como contrapunto al drama


Kristen Bell, Josh Lawson, Don Cheadle y Ben Schwartz vuelven en la cuarta temporada de 'House of Lies'.No es extraño que el espectador, cuando se enfrenta a una comedia dramática, termine preguntándose qué tiene de cómico o de dramático la historia en cuestión. Lograr el equilibrio entre ambos géneros sin que ninguno de ellos llegue a dominar es muy complejo, pero lograr que ambos funcionen adecuadamente dentro del conjunto es más difícil todavía. Matthew Carnahan (serie Dirt) se ha acercado bastante a dicho equilibrio en la cuarta temporada de House of lies, y lo ha hecho gracias a la separación de géneros a través de los personajes, lo que ha ayudado a la serie a encontrar diferentes vías narrativas que sitúan a esta producción entre lo mejor de la pequeña pantalla… otra vez.

En realidad, el cambio de comedia a drama que dio la serie en su segunda temporada se acentúa aún más con los acontecimientos narrados en estos 12 episodios, cuya emisión finalizó hace unos 15 días en Estados Unidos. La forma de abordar la trama principal que implica al personaje de Don Cheadle (Iron Man 3) ha evolucionado significativamente hasta situarse más próxima al drama humano que a la comedia gamberra. Eso no implica que se pierda el tono irónico que siempre ha caracterizado a la serie, pero sí que no todo tiene un “final feliz”. Las temporadas, articuladas como la presentación de un reto que el protagonista tiene que superar, tienden cada vez más a dejar al personaje en una situación comprometida que le lleva a arrastrar conflictos de una temporada a otra sin ofrecer una solución clara.

Quizá la mejor decisión que ha adoptado House of lies es apoyar el grueso del drama sobre los hombros de las tramas secundarias personales, que poco a poco están convirtiéndose en tramas principales. Mientras que los problemas en el trabajo, las empresas a las que asesoran o los proyectos que avalan mantienen la frescura narrativa de las primeras etapas, gracias sobre todo a esas imágenes congeladas, el mundo que rodea a los personajes adquiere cada vez más un tono serio, en muchas ocasiones incluso sombrío, que permite a la serie abordar problemas de cierto calado social como puede ser la discriminación por raza o sexo, o las relaciones familiares. El contraste entre ambas líneas argumentales es lo que aporta el tono tragicómico al conjunto, pero es la forma en que encajan lo que realmente convierte a la serie en lo que es.

Aunque si hay algo que merece la pena destacar es la dinámica creada entre los personajes de Ben Schwartz (Ahí os quedáis) y Josh Lawson (Los amos de la noticia), dos secundarios que en muchas ocasiones adquieren más protagonismo en pantalla incluso que el propio Cheadle. Los conflictos entre ellos, que en esta temporada adquieren una dimensión cuanto menos extravagante, soportan muchas veces el tono más serio del resto de secuencias, aportando la frescura que puede perderse en otras situaciones. La definición de los personajes, tan diferentes entre ellos pero al mismo tiempo con varios puntos en común, queda engrandecida por la labor de los actores, cada vez más cómodos entre ellos y cada vez más conscientes de su relevancia en el plano general. Prueba de ello es que en estos 12 episodios han podido contar con su propia trama y han aprobado con nota el reto.

La importancia del protagonista

Es evidente que el alma de House of lies es Cheadle. No solo porque es el protagonista, sino porque el actor ha sabido aportar a su personaje el toque canalla y descarado que necesita. Empero, en esta cuarta temporada ha habido algo más. O al menos ha sido cuando más se ha notado. Gracias a la complicidad con el espectador, que aportó la transgresión suficiente en la primera temporada para poder desmarcarse del resto de series, esta nueva etapa ha podido pasar a un nuevo nivel narrativo y dramático al aprovecharla en su propio beneficio, no tanto para generar un contrapunto cómico como para abrir las puertas del alma del protagonista.

Y es aquí donde Cheadle demuestra el talento que tiene. El último plano de la temporada es prueba suficiente para demostrar que con una simple mirada es capaz no solo de resumir los altibajos que el personaje ha sufrido a lo largo de los capítulos, sino de expresar las incertidumbres y los problemas a los que sabe que va a tener que hacer frente en un futuro próximo, que por cierto llegará a Estados Unidos el próximo año. Pero esto es solo un ejemplo. Toda la temporada ha estado repleta de miradas similares que convertían al espectador en confidente, en el único capaz de comprender la mente de un personaje que parece moverse siempre en la cuerda floja, pero que es consciente de su situación, de quiénes son sus enemigos y de cómo lograr salir a flote. Y eso, aunque sobre el papel exista una buena definición del personaje, es labor del actor.

Un actor que, además, ha encontrado en esta última entrega de House of lies un nuevo conflicto que más o menos venía gestándose desde la temporada anterior, y que está muy relacionado con su hijo, al que da vida un cada vez más sólido Donis Leonard Jr. (Holiday Plans). Por supuesto, los contrastes entre padre e hijo han sido una constante en la serie, pero en esta ocasión adquieren una significación mayor al introducir de lleno el tema del racismo, aunque no entendido de la forma que suele entenderse. Las consecuencias de lo que se desarrolla en el tramo final de la temporada, que no desvelaré, cambia por completo el panorama de estos dos personajes y del resto de la familia, ofreciendo una interesante vía narrativa para la próxima temporada.

La verdad es que House of lies se adentra cada vez más en el drama. Es cierto que tras una primera temporada cómica y una segunda mucho más trágica, la serie ha logrado encontrar un equilibrio entre ambas. Ya ocurrió en la tercera entrega, pero en esta ha evolucionado para equilibrar todos los elementos desarrollados en las temporadas en un producto brillante. Habrá que esperar un año para ver cuál es el camino a seguir para estos personajes, pero si nos atenemos a la trayectoria solo nos queda suponer que será mejor. Va a ser difícil superar esta cuarta temporada, pero parece que no hay nada que Marty Kaan & Asociados no puedan conseguir.

‘Snowpiercer’: conocer el interior de la máquina es desolador


Chris Evans es el principal protagonista de 'Snowpiercer'.Siempre he creído, y en este espacio lo he defendido más de una vez, que el cine fantástico es la mejor herramienta para denunciar los problemas sociales más profundos. Este tipo de historias, gracias a la libertad narrativa y visual que ofrecen, dan pie a explicar estructuras y conflictos sociales de modos que un drama humano ni siquiera puede plantearse. La nueva película de Bong Joon-ho (Crónica de un asesino en serie) es la última de las incorporaciones a este grupo; una historia apocalíptica limitada a un espacio reducido pero con unos planteamientos que obligan al espectador a reflexionar sobre muchos y muy variados aspectos.

Posiblemente el tema que menos aborda Snowpiercer y que, sin embargo, da pié a toda la historia, es el cambio climático. Con un punto de partida ya de por sí decadente (la Humanidad, en su afán por acabar con algo que ha provocado, termina por autodestruirse), la trama apenas pierde un segundo para explicar a grandes rasgos los principales protagonistas y las posiciones que ocupan en esta lucha por los derechos humanos. Una lucha que, como no puede ser de otro modo, vuelve a hacer hincapié en los privilegiados y los que menos tienen, representados aquí por los que están en la cabeza del tren y los que están en la cola (la cabeza y los pies, como se menciona en el film) en un supuesto orden que garantiza la subsistencia. Obreros y empresarios, en definitiva, que remiten ligeramente a Metrópolis (1927), sobre todo en el diseño de vestuario y maquillaje de los primeros. Un tren, por cierto, que más que una máquina es la representación física del funcionamiento del mundo, incluyendo esa idea de que para que todo funcione es necesario que nadie vea la suciedad del motor.

Con este trasfondo, el de la lucha por una vida mejor y unos derechos arrebatados, el desarrollo dramático se entrega a un ritmo trepidante plagado de revelaciones alarmantes y aterradoras en el que los personajes, todos ellos extraordinariamente interpretados, apenas encuentran un respiro en esa frenética carrera. En esos pocos respiros, además, el film ofrece una sólida base conceptual que cimenta sobremanera todo el imaginario de este mundo apocalíptico (por cierto, los planos del helado planeta son excepcionales). Sin duda, uno de los momentos más desgarradores es el que protagoniza Chris Evans (Los 4 fantásticos) en su discurso final, revelador, impactante y uno de los mejores ejemplos de lo que el ser humano es capaz de hacer en situaciones extremas. Por supuesto, la cinta posee varios puntos débiles, entre ellos una cierta entrega al exceso hacia el final del metraje y la sensación de conocer la descorazonadoramente realista explicación final en diversos momentos.

Esto no debe impedir, sin embargo, ver en Snowpiercer una gran obra del fantástico. El concepto visual del tren, con cada uno de los vagones destinado a una actividad, o las secuencias de lucha, muchas de ellas rodadas sin parafernalias musicales o visuales, dotan al conjunto de un tono sombrío, frío y poco esperanzador. La idea de tener que atravesar un largo pasillo para poder alcanzar la libertad que da el control resulta una suerte de reflexión sobre los viajes y sacrificios que deben hacer aquellos que no tienen los recursos necesarios para alcanzar la sociedad más pudiente. Aunque sin duda lo más impactante, incluso si se sospecha, es ese final a cargo de Ed Harris (Adiós pequeña, adiós) y los minutos que se derivan de él, unos instantes que combinan sabiamente desolación y esperanza en el que queda bien claro que conocer el interior de la máquina no siempre es la mejor opción.

Nota: 8/10

‘Banshee’, un nuevo sheriff llega a la ciudad en su 1ª temporada


'Banshee' combina western y thriller criminal en su primera temporada.La siguiente trama es, a grandes rasgos, la de Banshee: un hombre que sale de la cárcel llega a un pequeño pueblo en busca de la mujer que ama y que le traicionó después de un robo. Por estar en el sitio y momento equivocados termina haciéndose pasar por el nuevo sheriff al que nadie conoce todavía (o casi nadie). Pronto descubre que esa pequeña ciudad está dominada por un hombre cuyas actividades, enmascaradas por una empresa legal, tienen precisamente bastante poco de legales. Todo esto con la amenazadora sombra del hombre al que robó y que ahora le persigue para matarle.

Dicho así, el argumento de esta serie creada por David Schickler y Jonathan Tropper con el beneplácito de Alan Ball (serie True Blood) podría corresponderse con cualquier película del western que en algún momento todos hemos visto. Y es cierto, pues esta primera temporada de 10 capítulos tiene mucho de ese aroma al Lejano Oeste con caballos, indios, vaqueros, forajidos y hombres cuyo sentido de la justicia va más allá de la ley establecida. Todo salvo un detalle: es pleno siglo XXI. Esto, lejos de perjudicar, aporta al conjunto un estilo único, gracias fundamentalmente al estilo descarnado de sus secuencias de acción y a una trama que, todo hay que decirlo, tiene la profundidad típica de las intrigas criminales.

En efecto, lo más atractivo de Banshee (por cierto, nombre del pueblo protagonista) no es tanto la historia principal, típica donde las haya y con más bien pocas sorpresas. No, lo realmente interesante es lo que se desprende de su frase promocional: “Pueblo pequeño. Grandes secretos”. Las complejas relaciones de los personajes secundarios, entre los que destaca por méritos propios Kai Proctor (Ulrich Thomsen, visto en el remake de La cosa), así como unos pasados marcados por los secretos y las mentiras, convierten la serie en un complejo mapa en el que nadie es quien dice ser y, sobre todo, en el que el pasado nunca deja de inmiscuirse en el presente.

El efecto más visible de esto es el protagonista, interpretado por un Anthony Starr (El refugio de mi padre) que se pasa media temporada peleando, casi siempre ganando pero siempre, y recalco lo de “siempre”, recibiendo palizas que harían temblar a alguno de los semidioses de la mitología griega. Curiosamente, las secuencias de lucha, violentas y salvajes como pocas veces se ha visto en pantalla, se convierten en una vía de escape para las constantes intrigas que se desarrollan en las calles de este pequeño pueblo. Son exageradas e increíbles, es cierto, pero no desentonan con el conjunto. De hecho, es uno de los elementos que otorgan ese aire a western que antes mencionábamos. Evidentemente, dichas peleas deben ser tomadas como lo que son, y no como una incongruencia de la trama.

Una historia de violencia

Desde luego, Banshee no es ni mucho menos un thriller en el que los villanos terminen respondiendo por sus actos. Al contrario, los villanos terminan, de un modo u otro, librándose de su fatal destino. Incluso se podría ir más allá y afirmar que los buenos y los malos de esta primera temporada quedan un tanto difuminados. Ver a un ladrón que se hace pasar por sheriff realizar un robo puede que sea uno de los momentos más confusos de estos primeros 10 episodios. Por supuesto, no es el único, pues las numerosas revelaciones que se producen conforme avanza la trama hacen evolucionar a los personajes hasta el punto de terminar en una situación muy diferente a la que habían empezado.

Y esta es la mejor prueba de que estamos ante una serie cuanto menos interesante. Su forma de presentar la trama engancha desde el primer minuto; la violencia, a medio camino entre la fantasía y la realidad, hipnotiza lejos de desagradar; y sus personajes poseen una entidad lo suficientemente sólida para no ser meros estereotipos y al mismo tiempo no impedir que los aspectos más livianos del desarrollo dramático queden relegados a una anécdota.

Esta primera temporada, por tanto, encuentra el equilibrio perfecto entre todos sus elementos para evolucionar hacia un nuevo concepto dentro de sus propios parámetros. La conclusión del último episodio, que como no podía ser de otro modo tiene como protagonista una soberana paliza al protagonista, pone los pilares necesarios para que la segunda temporada, que comenzará en Estados Unidos en enero del 2014, sea diferente sin ser radicalmente distinta. Y lo consigue porque, al menos en una primera impresión, está dando una mayor prioridad a las tramas secundarias que enriquecen el mundo de esta pequeña ciudad, restando algo de protagonismo a esa venganza entre criminales que se antojaba piedra angular de todo el conjunto.

Es evidente que Banshee no va a ser plato de gusto para todos los paladares. La violencia salvaje y las desinhibidas secuencias de sexo pueden resultar un tanto incómodas, pero eso no debería ser un impedimento para disfrutar de una serie que encuentra su mejor versión en el equilibrio de todos sus elementos. El exceso visual se compensa con una trama fuertemente enlazada. Algunos momentos cómicos encuentran su contrapartida en la gravedad de unos personajes marcados por su pasado. Y ese cierto aire a western se combina a la perfección con las nuevas tecnologías y las nuevas armas. En definitiva, una serie completa en sus propios parámetros.

‘Scary Movie’, sexo, parodia y argumento en armónico equilibrio


El asesino de 'Scary Movie' se sorprende por la prótesis de silicona que ha apuñalado.Cinco películas en 13 años. Ese es el balance que ha dejado una de las sagas cómicas más exitosas de los últimos tiempos cuyas claves han sido, fundamentalmente, la parodia y el sexo. Con motivo del estreno de su quinta parte vamos a repasar algunos de los conceptos que hicieron mundialmente famosa a Scary Movie (2000), amén de convertirla en un referente para un subgénero que ha quedado en llamarse “spoof”, y que no es otra cosa que una parodia de diversos títulos sin que estos tengan necesariamente nada entre sí. No cabe duda de que la evolución de la saga ha ido decayendo a marchas forzadas, y lo ha hecho en buena medida por llevar al extremo dos de los elementos que hicieron del primer título una obra a tener en cuenta dentro del género, si es que eso puede decirse de una obra con semejantes características.

Nos referimos al número de películas parodiadas y al componente sexual que centra buena parte de los chistes de este film dirigido por Keenen Ivory Wayans (Sobredosis de oro) y creado por sus hermanos, Shawn y Marlon Wayans, ambos protagonistas de una trama que, en líneas generales, sigue los pasos de Scream (1996) y cintas similares que a mediados de los 90 del siglo pasado relanzaron el género de los asesinos en serie. Si bien el guión es simple en exceso y sus personajes no van a ningún sitio, la película sabe aprovechar el valor de las películas en las que se basa para componer un marco cómico rico en referentes culturales e, incluso, inteligente en sus referencias sexuales, como es ese primer momento en el que el asesino no mata a su víctima por las prótesis de silicona que lleva en el pecho.

Escatológica como pocas, Scary Movie supo aprender de sus predecesoras en este subgénero para encontrar el límite a sus bromas pesadas y a sus devaneos con el sexo más explícito. Dejando a un lado la calidad tanto narrativa como interpretativa de sus responsables, todos ellos logran disimular las limitaciones propias emulando todos los elementos de la saga escrita por Kevin Williamson (guionista de Sé lo que hicisteis el último verano), llegando incluso a utilizar algunos de sus recursos para convertir el film en una auténtica versión cómica del original, por supuesto con sus devaneos correspondientes con otros films.

Al final, y al igual que ocurría con las películas de Leslie Nielsen (Agárralo como puedas), la trama importa poco. ¿O no? Pensándolo fríamente es cierto que el devenir de los personajes es irrelevante y que la ejecución de los giros argumentales o de las secuencias de acción queda en un segundo, tercer o cuarto plano. De hecho, muchas veces puede que ni existan. Pero a pesar de todo, el espectador siempre pide, aunque sea mínimamente, un esqueleto que sea capaz de aguantar la serie de hilarantes incoherencias que se presentan ante nuestros ojos.

El film de los hermanos Wayans supo hacerlo, entre otras cosas porque no dejó que la imaginación emigrase más allá de un puñado de títulos que compartían no solo género, sino claves narrativas, escenarios clave y personajes arquetípicos, al menos en su gran mayoría. Esto, aunque pueda parecer un hecho casual o menor, termina por ofrecer una imagen de conjunto concreta que admite su origen referencial solo para proponer una visión diferente de un género que en círculos privados siempre ha sido un tanto parodiado. El hecho de que se incluyan escenas de films no relacionados es simplemente una consecuencia de la iconografía creada capaz de sobrepasar géneros y gustos, como pueden ser los planos giratorios de Matrix (1999) o las confesiones del niño de El sexto sentido (1999).

Descontrol evolutivo

Desde luego, lo más complicado de Scary Movie es encontrar todas las películas a las que hace referencia. Como ya hemos dicho, es un film evasivo, sabedor de sus propias limitaciones y del público al que va dirigido. En este sentido, y salvando las distancias de épocas y argumentos, cabría situarla entre los mejores títulos de las llamadas spoof movies. Y curiosamente, su sentido de la coherencia y de la mesura es lo que más se ha dejado notar en el resto de la saga y de películas derivadas que han surgido en estos años. Se ha dejado notar por su ausencia, quiero decir.

A medida que han avanzados los años, este tipo de propuestas paródicas han hecho de las bromas sexuales su estandarte de batalla hasta el punto de saturar al espectador, salvo a aquellos adolescentes que solo con oír el nombre de algún miembro sexual se ruborizan y ríen nerviosamente. He de confesar que, con todas sus carencias, el primer film que aquí analizamos fue uno de los que más me hizo reír en su momento, no tanto por los chistes como por la fluidez con la que parodiaban visualmente algunos momentos clásicos del cine de terror moderno.

En la actualidad, sin embargo, la saturación referencial ha llevado a que las tramas se vuelvan absolutamente incoherentes, rompiendo ese esqueleto tan necesario al que antes hacíamos referencia. Es muy cierto que la culpa de esto la tiene, sobre todo, la proliferación del género de terror, que en un año es capaz de presentar varios títulos realmente impactantes, lo que obliga a un film de estas características a incluir cuantas más parodias mejor, lo que termina siendo una desventaja. Si a esto añadimos que cada vez más este tipo de historias han tratado de desmarcarse de sus originales para intentar presentar una trama única creada a partir de escenas de sus referentes, el resultado es una especie de monstruo de Frankenstein que, por desgracia, no está tan lleno de vida como su original.

Lo cierto es que la proliferación de secuelas e imitaciones de Scary Movie la han convertido con los años en una de esas obras curiosas, divertida en sus limitaciones y hasta modélica en su forma de tomar prestadas las famosas secuencias de las películas que parodia. Sin embargo, es un producto esclavo de sus propios argumentos, y eso se ha demostrado con unas secuelas que ofrecen más sexo, más absurdo y menos trama. Porque sí, hubo trama en el original del año 2000. Era sencilla, era simple y muy esquemática, pero existía. A este tipo de historias no se le pide más, pero tampoco menos. El film de los hermanos Wayans se encuentra en dicho punto.

‘El señor de los anillos: El retorno del rey’, el destino como arma


Viggo Mortensen dirige su ejército en 'El señor de los anillos: El retorno del rey'.Hay muy pocas películas que hayan logrado 11 Oscar. De hecho, hasta hace no mucho solo había dos títulos que ostentaban este honor. En 2003, fecha del estreno de El señor de los anillos: El retorno del rey, la Academia premió no solo el trabajo visto en esta última entrega, sino el realizado en las tres partes (al menos, en muchas de sus categorías). Unos premios que reflejan el reto artístico y técnico que supuso el rodaje de tres películas al mismo tiempo pero que, por otro lado, supone la confirmación de que la última película es, por encima de todo, un film diferente, capaz de superar los límites del cine fantástico (por regla general, vetado en la mayoría de certámenes) para erigirse como una historia de superación y de aceptación del papel que el destino tiene reservado para cada uno de nosotros.

Tal vez lo mejor de esta conclusión de la épica historia escrita por J. R. R. Tolkien sea, precisamente, ese carácter finalizador. La propia novela ya lo contiene y, al haber sido pensada, rodada y planificada como una parte de un todo, la película explota esta virtud al máximo. Es, por así decirlo, el tercer acto de una obra, si bien es cierto que es un tercer acto de similar longitud a sus predecesores. Pero el contenido dramático es mucho más veloz, dinámico y resolutivo, lo que no solo elimina algunas explicaciones innecesarias o redundantes, sino que le permite recrearse más, mucho más, en los combates y, sobre todo, en la resolución de la historia del anillo.

En cierto modo, tanto el desarrollo de la destrucción del anillo como el de la búsqueda de un rey que unifique a reinos y razas tienen, en esta ocasión, un tratamiento más equitativo. No nos engañemos, el principal interés sigue recayendo en las peripecias de Aragorn (Viggo Mortensen), Gandalf (Ian McKellen), Legolas (Orlando Bloom), Gimli (John Rhys-Davies) y el resto de personajes secundarios que adquieren protagonismo en esta última parte, incluyendo a los dos hobbits que se reencuentran con ellos. Sin embargo, y gracias a la fuerza que adquieren los conflictos internos y externos del hobbit protagonista, Frodo Bolsón (Elijah Wood), el desenlace de su viaje se antoja anhelante, aunque acaba siendo un poco largo, en un intento por parte del director de recrearse en el dramatismo y la tragedia del clímax final.

Sin embargo, y como mencionábamos al inicio, la película es mucho más que batallas, búsquedas y viajes. Es un relato en toda regla sobre el destino y cómo este puede ser manejado o aceptado. Es un relato sobre la aceptación de las responsabilidades personales, sobre la toma de decisiones que ello implica. Todos los personajes, en mayor o menor medida, sean de la índole que sean, se enfrentan a un acontecimiento que modificará sus vidas irremediablemente. Es la épica de este momento, anunciado poco a poco a lo largo de las tres películas (lo que convierte a las dos primeras partes en indispensables para entender esta última), la que realmente la convierte en un relato único, ajeno a su contexto pero que bebe de él para enriquecer su desarrollo.

Imprescindible presentación de los antecedentes

En cine existe la máxima de que la narración a viva voz de los hechos que se ven en pantalla o de aquellos que permiten hilar una secuencia con otra es un recurso peligroso que debe usarse con cuidado. Su abuso tiende, en general, a aburrir y saturar de información al espectador, que termina por perder el hilo de la historia. Sea por esto o no, la elección de Peter Jackson (Mal gusto) de utilizarla solo en momentos muy puntuales deja paso a las imágenes para contar algo tan relevante como los orígenes de las situaciones o de los personajes, así como el epílogo sobre el futuro de todos los protagonistas.

Ya se hizo en El señor de los anillos: La comunidad del anillo con la batalla que da lugar a la pérdida del anillo. En esta ocasión, y con motivo de ese personaje tan fascinante como desagradable llamado Gollum (de nuevo con los movimientos de Andy Serkis), Jackson se permite el lujo de utilizar unos cuantos minutos para explicar quién es esa criatura. Para aquellos que no hayan leído el libro y no hayan visto la película, simplemente decir que es, cuanto menos, curioso, aunque tal vez lo más acertado sea calificarlo de trágico y triste. Así, si ya en El señor de los anillos: Las dos torres Gollum mostraba notables signos de violencia alternados con el patetismo de estar totalmente controlado por el anillo, en esta tercera entrega cobra más fuerza el aspecto compasivo, aunque muy empañado por el carácter sibilino que esconde su doble personalidad. Del mismo modo, y manteniéndose fiel a la conclusión del texto original, opta por contar en imágenes el desarrollo de la vida de los principales personajes de la historia, un recurso que, esta vez sí, alarga en exceso el metraje convirtiendo en un poco tedioso la resolución de la trilogía.

Con todo, esas irregularidades en el ritmo narrativo de Jackson son comprensibles en un relato de unas 3 horas y 20 minutos, e incluso pueden llegar a pasar desapercibidas en un contexto caracterizado por la fuerza de su planteamiento y de su desarrollo, tanto dramático como visual. Si las secuencias de acción son sencillamente espectaculares y apabullantes, sus momentos más complejos emocionalmente hablando reflejan un equilibrio perfecto entre las dos vertientes del film. Es por eso que El señor de los anillos: El retorno del rey adquiere la categoría de clásico moderno. Algo que, por otro lado, no podría haber conseguido sin las dos primeras partes.

‘Grupo 7’: en busca del equilibrio entre veracidad y verosimilitud


Suele decirse que muchas veces la realidad supera a la ficción. El cine siempre juega con esa idea, recreando una historia verosímil para hacerla pasar por veraz. El conflicto suele llegar cuando dicha historia se basa en algo real. Grupo 7, quinta película del director sevillano Alberto Rodríguez (El factor Pilgrim) se debate entre los dos conceptos en una historia donde corrupción, violencia y métodos sospechosamente ilegales se dan cita para acabar con el tráfico de drogas unos años antes de que la Expo ’92 se inaugure.

Notable thriller en el que destaca un cuidado y soberbio diseño de producción, y en el que los actores, sobre todo los secundarios (atención a Joaquín Núñez, el personaje más cómico del equipo), ofrecen una panorámica de los variopintos personajes que se hallan alrededor del mundo de las drogas, tanto a un lado como a otro de la ley. Con unas secuencias de acción que buscan, ante todo, la crudeza del realismo, la película cojea sin embargo en uno de sus pilares fundamentales: la narrativa. No tanto la visual, pues el trabajo de Rodríguez en ese ámbito queda fuera de toda duda. Más bien, el guión adolece de una irregularidad definida sobre todo por la necesidad de resumir unos cinco años en poco más de hora y media, y por no terminar de decidirse por uno de los personajes.

Es cierto que Mario Casas emerge del conjunto como absoluto protagonista, pero la evolución de su personaje queda poco definida tanto por los saltos temporales que impiden comprender algunas de sus actitudes, como por algunas secuencias que no terminan de encajar en un personaje que se sumerge en una vorágine de violencia. Por contra, el personaje de Antonio de la Torre se vuelve más interesante según pasan los minutos, pero su historia queda en un segundo plano. La sensación que queda una vez terminada la película es la de un producto que oscila entre la intriga, el drama personal de los personajes y la acción pura y dura de las redadas realizada por estos cuatro vaqueros.

Siguiendo la línea de la magnífica No habrá paz para los malvados, la cinta del director de 7 vírgenes, si bien trata de convertirse en una historia sobre la corrupción y el mundo de las drogas, termina por ser casi más un relato de venganza en el que los personajes son presa de su violencia innata y de la violencia que genera su propio entorno. La corrupción, de hecho, simplemente se intuye a tenor de algunos diálogos y de un par de secuencias, dejando el resto a la imaginación del espectador. Tal vez sea esta su debilidad, que presupone demasiadas cosas. Existe la sensación de que, en busca de un realismo dramático, la cinta ha terminado por perder el atractivo de la ficción.

Nota: 6,5/10

Diccineario

Cine y palabras

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