‘Pixels’: la nostalgia de una época irrecuperable


Pac-Man es uno de los alienígenas de 'Pixels', dirigida por Chris Columbus.Hay una frase en la nueva película de Adam Sandler (Niños grandes) que podría aplicarse perfectamente al cine: los videojuegos antes eran previsibles, existían unos patrones que podían estudiarse; ahora las dinámicas son mucho más aleatorias. Y si hay algo que define al cine de este cómico es precisamente su previsibilidad. Esta nueva aventura con alienígenas pixelados en una especie de partida de videojuegos real confirma no solo la nostalgia que muchos sufrirán por un mundo ya extinto, sino el estancamiento de Sandler en el pasado, ya sea cinematográfico o cultural. Y eso en principio, mientras le reporte beneficios, no tiene nada de malo.

El problema es que Pixels tampoco tiene demasiado de positivo. El guión, plagado de lugares comunes y diálogos simples y con tendencia al absurdo, no logra en ningún momento revelarse como un verdadero homenaje a Pac-Man, Donkey Kong o Asteroids. Sí, existe una sensación generalizada de estar ante un producto que añora una época, una determinada forma de entretenimiento que iba más allá de la mera partida a un arcade. Pero nada más. La falta de conflictos reales, el humor encajado a la fuerza en muchos momentos y unos actores que parecen pasar por allí más que asumir la importancia de su papel (sólo Peter Dinklage parece conocer su verdadero sitio) impiden toda conexión emocional que supere el mero recuerdo de la infancia.

Con todo, es justo reconocerle al film un notable acierto, y es el alejamiento del humor más soez de su protagonista, rodeado para la ocasión por algunos de sus amigos de juergas cinematográficas. Las constantes referencias a los videojuegos y el más que vetado tema del sexo convierten a la trama en un producto apto para todos los públicos, lo que sumado a algunas secuencias de acción bien rodadas hacen que el film se desarrolle de manera regular, entreteniendo lo necesario e impidiendo que el espectador se aburra, al menos no mucho. Desde luego, la labor de Chris Columbus, director de las primeras entregas de Harry Potter, se nota en varios momentos, desde la partida de Pac-Man hasta la invasión final en la que se dan cita todo tipo de arcades.

El resumen podría ser que Pixels entretiene en la misma medida en que se olvida. Distrae durante sus casi dos horas de metraje, y los espectadores adultos podrán encontrar algunas referencias realmente divertidas, como pueden ser las piezas del Tetris “comiéndose” un edificio cada vez que hacen una línea. Pero nada más. La magia que pudiera tener Sandler en sus inicios parece haberse perdido definitivamente, y ni siquiera un regreso a los orígenes de los videojuegos parece devolverle ese estatus. Al final, no ofende, que ya es mucho, pero tampoco apasiona. Y la indiferencia que genera es lo peor que le puede pasar a un film.

Nota: 5/10

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1ª T de ‘The Knick’, serie de médicos con nuevo modelo dramático


Clive Owen encabeza el reparto de la primera temporada de 'The Knick'.Uno de los riesgos inherentes a las series de televisión deriva de su propia condición episódica. Normalmente, cuando un aficionado se aproxima por primera vez a una producción de estas características tiende a dejarlo en los primeros compases si no cubre sus expectativas. De ahí la relevancia de un buen episodio piloto. Pero esto puede provocar abandonar una trama que, con el paso del tiempo, crezca hasta crear una producción notable. Uno de los últimos casos es el de The Knick, creación de Jack Amiel y Michael Begler (Mamá a la fuerza) que dirige íntegramente Steven Soderbergh (Efectos secundarios). 10 episodios que se han convertido en una de las etapas más adultas e interesantes de la actual programación.

Su trama se centra en la actividad diaria del hospital Knickerbocker, cuya abreviatura da nombre a la serie. Con un cirujano adicto a la cocaína como principal protagonista, la producción ofrece una amplia visión de las necesidades médicas durante los primeros años del siglo XX, época en la que la electricidad todavía era un lujo al alcance de pocos, el racismo imperaba en la mayor parte de los estratos sociales y la medicina estaba, en muchos sentidos, todavía en pañales. Desde luego, la ficción tiene los elementos necesarios para alcanzar un peso dramático único, pero el desarrollo de su episodio piloto no fue todo lo que cabría esperar, posiblemente porque necesitaba plantear las numerosas tramas que se entrelazan en los pasillos de este hospital situado en la zona menos adinerada de la ciudad de Nueva York.

Pero lo cierto es que esa primera impresión es sin duda errónea. El desarrollo dramático de The Knick durante su temporada de estreno ha sido, en líneas generales, sobresaliente. Los personajes protagonistas, aunque sin deparar grandes sorpresas, sí ofrecen la consistencia suficiente como para dotar a las situaciones de la fuerza necesaria. La situación que vive, por ejemplo, el médico interpretado por André Holland (42), un hombre negro, se termina convirtiendo en uno de los mejores aspectos de la serie. Sus continuas luchas en un entorno que le discrimina y su fortaleza moral y física para salir adelante se combinan con una ironía que dota al conjunto de un humor ácido que ayuda, en cierto modo, a lidiar con las notables secuencias que pueden llegar a herir la sensibilidad de más de uno.

Este es, por cierto, el otro aspecto más comentado de estos primeros episodios. La crudeza con la que Soderbergh muestra las operaciones que el equipo de cirujanos lleva a cabo es indescriptible. Desde el primer episodio, en el que un parto termina convirtiéndose en una carnicería, hasta la recomposición de una nariz, toda secuencia que transcurre en la mesa de operaciones (por cierto, abierta al público y a los gérmenes) es garantía de una dureza visual que contrasta, y de qué modo, con la elegancia que caracteriza al resto del relato. En este sentido, la labor del director dota a la serie de una coherencia formal que aprovecha al máximo no solo el diseño del hospital, sino las características propias de esos años como los vehículos a caballo o el vestuario.

Una época al detalle

Todos estos elementos convierten a The Knick en un reflejo intenso, frío y, en cierto modo, objetivo, de la vida y el mundo de la medicina a comienzos del pasado siglo. No hay cabida, por tanto, para melodramas románticos, aunque existe un love interest muy bien tratado; no existe tampoco la profusión de casos médicos de otras producciones, aunque los que tratan lo hacen con el aliciente de ver en acción a unos hombres que podrían considerarse pioneros en muchos sentidos. Lo que define a la serie en estos primeros episodios es, precisamente, su capacidad para diferenciarse de la típica serie sobre médicos. Su ausencia de tramas episódicas (las más cortas duran entre dos y tres episodios) permite a los personajes implicarse de un modo u otro en el desarrollo de las diferentes historias, incluso aunque a priori nada tengan que ver.

Y hablando de personajes, no puede obviarse la labor de Clive Owen (Duplicity) como principal protagonista. En líneas generales el reparto es simplemente brillante, pero el caso de Owen deja patente la calidad interpretativa del actor. Su personaje, complejo desde su definición, adquiere un cierto aire de grandeza gracias a su trabajo, lo que a la larga redunda en un beneficio dramático al asistir a la caída en desgracia del protagonista por su incontrolable adicción. Una adicción, por cierto, cuya cura le llevará casi con toda seguridad a otra muy distinta y posiblemente más peligrosa, como deja entrever el último plano de la temporada.

Al final, la sensación que deja este hospital neoyorquino es la de una historia que bebe de su época, que sabe aprovechar todo el contexto social, político y económico para dotar a sus tramas de una fuerza distintiva. Los conflictos raciales afectan a la forma de entender las relaciones entre el médico negro y sus pacientes, muchos de ellos reticentes; los problemas comerciales provocan una crisis que deriva en una espiral autodestructiva para el protagonista; los problemas económicos se traducen en deudas con personajes de dudosa moral. Y así sucesivamente. Se establece así un vínculo entre ficción y realidad que nutre a los personajes, ya de por sí sólidos, y a las tramas, cuyo carácter de temporada favorece, sin lugar a dudas, el dramatismo de la serie.

Por tanto, y a pesar de que el primer episodio puede generar sensaciones encontradas, The Knick es una de esas series que gana adeptos con el trabajo dramático y la seriedad de sus propuestas. Su primera temporada es un ejemplo de que no siempre es necesario tener un piloto brillante para ser una brillante producción. Aquellos aficionados a las ficciones médicas encontrarán en esta historia algo diferente, fresco y atractivo. Los que no se hayan acercado a las temporadas de Anatomía de GreyHouseUrgencias no deberían dejarse llevar por las primeras impresiones. Estamos hablando de una obra cuyas ramificaciones, directas e indirectas, crean un mundo fascinante. Y la dirige Soderbergh, por si alguien necesita más alicientes.

‘Boardwalk Empire’ llega a su fin en una quinta temporada ejemplar


Steve Buscemi dice adiós a 'Boardwalk Empire' en su quinta temporada.Una serie de televisión, por su propia naturaleza, tiende a pasar por diversas etapas. Cada temporada, planteada como una unidad, posee una intensidad dramática distinta, normalmente determinada por la trama que centra sus episodios, por los nuevos personajes o por la forma en que sus responsables abordan el desarrollo de las diversas líneas argumentales. De ahí que consideremos algunas temporadas mejores que otras. Y de ahí también que sean muy extraños los casos en que una serie logra mantener un nivel similar en todas y cada una de ellas. Pero algunos existen, y el último título en sumarse a este exclusivo club es Boardwalk Empire, cuyo final de serie se produjo hace apenas tres días en Estados Unidos. Tras cinco temporadas, la única conclusión que se puede sacar es que estamos ante una obra maestra.

Su última temporada, de 8 episodios, ha sido el mejor colofón que podía esperarse. A pesar de que su trama puede resultar un tanto confusa al principio, el desarrollo planteado por su creador, Terence Winter (El lobo de Wall Street) no solo se convierte en la consecuencia evidente de lo que la serie plantea a lo largo de todas sus temporadas, sino que es una explicación sólida e inteligente de las motivaciones, el pasado y el futuro del principal protagonista, un Steve Buscemi (Fargo) que se deleita en su personaje para aportar una de las mejores interpretaciones de la televisión actual. A caballo entre la infancia y la juventud de ‘Nucky’ Thompson (en la que, por cierto, hace una labor extraordinaria Marc Pickering –Los miserables– emulando a Buscemi), y sus últimos años como capo de la mafia en Atlantic City, esta quinta entrega de la serie transcurre unos años después de los acontecimientos de la cuarta temporada, sirviendo además como conclusión de las tramas secundarias que afectan a los personajes reales que nutren el panorama criminal.

El hecho de que el planteamiento narrativo salte constantemente del pasado al futuro, y que tenga como principal intención cerrar todas las líneas argumentales abiertas hasta ese momento, puede llevar a pensar en un precipitado final, en una estrategia para terminar cuanto antes con Boardwalk Empire por una falta de interés o de motivación por parte de sus responsables. Nada más lejos de la realidad. Lo cierto es que la serie, en su quinta temporada, no solo mantiene el tono general de lo contado con anterioridad, sino que engrandece a prácticamente todos sus personajes gracias a los finales que les tiene reservados. En este sentido, estos capítulos dejan en la retina algunos de los mejores momentos de la serie, a la altura de lo que, por ejemplo, pudo verse al final de la segunda temporada o durante toda la tercera etapa.

Y aquí es donde mejor puede apreciarse la calidad de la serie. Más allá de su factura técnica y artística, que ha recreado con seriedad los convulsos años de la Ley Seca y el estilo de la época, la producción siempre ha tenido una máxima tan sencilla como difícil de encontrar: dejar a los personajes que evolucionen por sí solos. O lo que es lo mismo, no poner límites al futuro de los protagonistas, lo que les puede llevar a situaciones complicadas y, por extensión, a la muerte. Y lo cierto es que a pesar de haber eliminado de la ecuación a muchos roles destacados, la ficción ha sabido reinventarse siempre gracias a la fidelidad que ha tenido a esa idea. La única transgresión a este respecto ha provocado que un personaje tan interesante como el de Michael Shannon (El hombre de acero) haya caído en desgracia durante las dos últimas temporadas, teniendo un papel un tanto incoherente que, eso sí, ha tenido un final impactante y, en cierto modo, útil.

Una serie histórica

Al Capone y Lucky Luciano son algunos de los personajes históricos de 'Boardwalk Empire'.El final de Boardwalk Empire, que aquí no revelaremos por lo que tiene de emotivo e impactante, deja en el aire la idea de que, a pesar de ser una serie de ficción sobre la mafia de los años 20, en realidad es un retrato de la época. Prueba de ello es que los personajes históricos adquieren en esta última temporada un mayor peso específico, entre otras cosas porque los episodios son utilizados para resolver sus respectivas tramas. Y lo hace de forma impecable, sobre todo con el personaje de Vincent Piazza (Jersey boys), es decir, con Lucky Luciano. Si durante todos estos años ha sido un secundario llamando a la puerta de los personajes con importancia, en estos 8 capítulos su presencia es otra muy distinta, tanto física como dramáticamente. Un cambio que resulta impactante por el lapsus temporal entre temporadas pero que justifica, y de qué modo, los acontecimientos que se producen. Algo similar ocurre con el rol de Stephen Graham (This is England), Al Capone en la ficción. Su histrionismo contrasta notablemente con el dramatismo de su última conversación con su hijo sordomudo, uno de los mejores momentos de la temporada que demuestra, una vez más, la profundidad del personaje y la calidad interpretativa del actor.

Pero como decía antes, esta quinta temporada ha dejado muchos momentos imborrables. En cierto modo, puede ser considerada como una combinación del estilo violento y dinámico de la tercera entrega, y la calma y reflexión que dominaron la cuarta tanda de episodios. Pero por encima de todo, es la inteligencia de sus diálogos lo que, a pesar de los años que han pasado, sigue sorprendiendo. Personalmente, lo mejor que ha dado este broche de oro ha sido la conversación entre Chalke White y Narcisse, Michael Kenneth Williams (serie The wire) y Jeffrey Wright (Los Juegos del Hambre: En llamas) respectivamente. La sutileza de las ideas que subyacen en medio de la tensión dramática que domina la escena requiere más de un visionado, y desde luego merece un estudio en profundidad por parte de cualquier guionista, sea aspirante o profesional. La capacidad para explicar todo sin ni siquiera mencionarlo es hipnótica, sobre todo porque aunque el espectador puede no comprender exactamente lo que ocurre, una vez finalizada sabe lo que va a pasar a continuación.

Esto es, precisamente, lo que ha definido a la serie durante toda su emisión. Poco importa que los acontecimientos, aislados del resto, no tengan mucho sentido; poco importa que una conversación no necesite de más sustento que un par de palabras y unas reveladoras miradas. Lo que los personajes saben y el espectador ignora puede provocar algo de vértigo durante el desarrollo, pero a su conclusión el futuro parece tan brillante que las palabras omitidas y el subtexto incomprendido adquieren presencia y comprensión como si hubiesen sido expresados de forma nítida por los actores. Esto, unido a un estilo formal a medio camino entre el clasicismo y las innovaciones (hay un capítulo en esta última temporada que comienza y termina brillantemente con el mismo plano) hacen que la serie se diferencie de otras producciones televisivas.

Aunque como todo lo bueno, Boardwalk Empire ha llegado a su fin. Un final emotivo, en cierto modo trágico y a todas luces espléndido, digno del carácter que ha tenido esta última y quinta temporada y, por extensión, toda la serie. Puede que muchos encuentren estos últimos episodios algo ajenos al resto de la historia, tanto por la apuesta de explicar los orígenes del protagonista como por el salto temporal con el que comienza, pero su conclusión es el broche idóneo para dar sentido a la serie y al propio personaje de Bucemi, que ha pasado a engrosar la lista de roles inmortales de la televisión. La época de la Ley Seca, las mafias de Chicago y Nueva York y la violencia que rodeaba el mundo del contrabando nunca han sido representados con semejante elegancia formal y dramática. Y al igual que Luciano, Al Capone, Rothstein, Lansky o Torrio forman parte de la Historia de Estados Unidos, esta serie amparada por Martin Scorsese (Sutter Island) ya forma parte de la Historia de la televisión.

‘Jack Ryan: Operación Sombra’: un héroe de otra época


Chris Pine y Kevin Costner en 'Jack Ryan: Operación Sombra', de Kenneth Branagh.Las necesidades en el cine, al igual que en la vida real, hacen extraños compañeros de viaje. Por ejemplo, un actor como Kenneth Branagh, especializado en adaptar obras de Shakespeare al cine tanto delante como detrás de las cámaras, se ha pasado al cine de acción. Primero fue Thor en 2011, y ahora le llega el turno a esta especie de reinicio/precuela del personaje más famoso de Tom Clancy. Y como la necesidad da frutos de lo más imprevisibles, la providencia (o tal vez unas cartas no demasiado buenas) ha querido que esta nueva aventura de Jack Ryan no sea todo lo convincente que cabría esperar.

La verdad es que nunca ha sido un personaje excesivamente carismático. Tuvo su momento en los años 90 del pasado siglo, es cierto, pero el tiempo le ha dejado en una época y en un contexto que no han sabido avanzar con las necesidades nuevas que demanda el cine de acción y de intriga. Porque puestos a elegir en un panorama poblado por Jason Bourne y James Bond, Ryan se revela como un espía excesivamente previsible, a ratos monótono. Jack Ryan: Operación Sombra es una cinta de acción y suspense al uso. Su desarrollo no posee en ningún momento un giro relevante. Todo transcurre según lo previsto, incluso anunciando lo que ocurrirá unos minutos después. Es, en definitiva, un film que hace algunos años, cuando el género aún no había evolucionado, habría tenido otra repercusión.

De estas palabras puede desprenderse que la película es mediocre, lo cual no sería tampoco ajustarse a la realidad. Rodada con soltura y clasicismo por Branagh, el problema es que no aporta nada nuevo, ni al personaje ni al género. Tampoco ayuda el hecho de que lo mejor del reparto sean sus veteranos, sobre todo el propio Branagh, que posee algunos de los mejores y más inquietantes momentos del conjunto. En este sentido, hay que destacar el desperdicio de una actriz como Keira Knightley (Seda), que podría haber aportado mucho más a un personaje florero como este. En cuanto al protagonista, Chris Pine (Star Trek) hace lo que puede con un personaje muy plano, sin grandes conflictos internos y con una moralidad fuera de toda duda. En definitiva, un héroe de otra época, al igual que el film.

No es que Jack Ryan: Operación Sombra carezca de interés. A los amantes del género en su forma más tradicional les gustará casi con toda probabilidad. Es de agradecer que el film, una vez inicia la acción, no la abandone nunca. Puede hacerse un poco lenta al comienzo, pero eso es solo un espejismo. ¿Entretiene? Por supuesto. El problema es que no ofrece nada distinto de lo que ya se ha visto en sus aventuras. Incluso los villanos siguen siendo los mismos en una época en la que Estados Unidos ha cambiado, al menos momentáneamente, sus enemigos prioritarios. Tal vez si se hubiera corrido el riesgo de evolucionar al personaje y su universo estaríamos hablando en otro sentido. Pero eso nunca lo sabremos. Lo que nos queda es una aventura de espías correcta.

Nota: 6/10

‘Rojos’, la evolución de los ideales tras el triunfo de la Revolución Rusa


Diane Keaton y Warren Beaty protagonizan 'Rojos'.La carrera de Warren Beatty como director es muy corta. Cuatro largometrajes para cine y uno para televisión es todo lo que atesora el protagonista de Bonnie y Clyde (1967) tras las cámaras. Pero prácticamente todas ellas son auténticas joyas dentro de su género. Una de ellas es Rojos, intenso drama de 1981 basado en la vida del periodista y activista John Reed y su lucha a favor del comunismo, una iniciativa que le llevó a vivir junto a su mujer, la escritora feminista Louise Bryant, la Revolución Rusa desde dentro, participando posteriormente en la creación del partido comunista de Estados Unidos. La película, más allá de su belleza formal y de un reparto sencillamente excepcional (en el que destacan Jack Nicholson y Diane Keaton, además del propio Beatty), recoge con inteligencia el sentimiento de frustración una vez superados los primeros compases de cualquier fenómeno social de este tipo, algo que la Historia ha demostrado en no pocas ocasiones.

Desde luego, las más de tres horas de metraje son tiempo más que suficiente para abordar diversas tramas y conflictos, tanto emocionales como sociales, pero en nuestro caso todos ellos tienen mucho que ver no solo con una interpretación algo extrema del comunismo, sino con la lucha entre sentimientos e ideología, entre el corazón y la mente. La relación de la pareja protagonista, hilo conductor del resto de tramas secundarias, es presentado como un tortuoso camino de encuentros, disputas y sentimientos encontrados que tienen su origen en una idea de amor libre que ninguno de los protagonistas es capaz de tolerar por mucho que lo intenten. Da igual las promesas que hagan o la imagen que pretendan ofrecer al mundo. En la intimidad de una casa vacía el temor a perder al ser amado y a la soledad es más fuerte que cualquier otro sentimiento, algo que les separa y que al mismo tiempo termina por unirles.

Pero si el romance entre estos personajes es el motor y la excusa para narrar el acontecimiento histórico, la propia Revolución Rusa adquiere un significativo papel en la segunda mitad del film, aunque no en el sentido que podríamos estar acostumbrados a ver. Beatty, quien también participa en el guión, disecciona a la perfección el proceso de frustración que deriva en insatisfacción cuando un movimiento tan relevante y radical como una revolución debe hacer frente a sus ideales para asentarse sobre unas bases coherentes para construir una sociedad. Mientras que el nacimiento se produce por el empuje de toda una sociedad para cambiar las cosas, el desarrollo y maduración debe ser coordinado por unos pocos, es decir, se debe dejar el poder en manos de alguien.

Personalmente, es esta segunda parte del film lo más interesante de toda la trama. La lucha contra el sistema del protagonista se convierte en una lucha contra sus propios compañeros, en una implicación cada vez mayor por defender unos ideales que considera no reflejados (o directamente violados) en la construcción de los nuevos partidos comunistas. Rojos se convierte, por tanto, en un documento muy interesante a analizar, no tanto como reflejo fiel de una época convulsa, sino como un proceso dramático en el que la indignación, la tristeza y el amor a una causa se entremezclan para derivar en una lucha interna que no hace sino demostrar que la sociedad necesita cambiar, aunque después no tenga muy definido cómo continuar.

La luz de una revolución

La película, por supuesto, es mucho más que la implicación política y social que demuestra Beatty. De hecho, las 12 nominaciones a los Oscar en 1981, algo que no se lograba desde 15 años antes, no son por su compromiso ideológico, sino por los valores formales y dramáticos que expone la cinta. Los segundos ya los hemos mencionado, y los primeros pasan inevitablemente por la labor del director de fotografía, Vittorio Storaro (El último emperador). Su labor, por la que ganó su segundo Oscar, ofrece los dos aspectos fundamentales de toda fotografía cinematográfica: la capacidad de emocionar y de narrar. En efecto, el uso de la luz por parte de Storaro permite al espectador acercarse más a los personajes, a sus emociones y a sus miedos.

La forma de presentar el hogar de los protagonistas, muchas veces en penumbras, transmite la idea de una soledad generada por esa confrontación interna entre emociones e ideología de la que antes hablábamos. Y eso es solo un ejemplo. El uso del color durante la Revolución Rusa o las diferentes discusiones del protagonista con compañeros de profesión y de partido aportan a la historia un naturalismo único, acercando la forma de realizar de Beatty (tradicional pero formalmente bella) al documento histórico que recrea, no tanto al movimiento ruso como al realismo de la azarosa vida de Reed.

El principal problema con el que se encuentra es, como suele ocurrir en estos casos, la duración de su metraje. Más de tres horas es, salvo honradas y muy escasas excepciones, una duración demasiado larga para mantener un nivel de interés alto durante todo el desarrollo dramático. Además, como toda historia basada en la vida de un personaje conocido presenta la dificultad de una narrativa coherente entre los saltos temporales imprescindibles para resumir décadas en minutos. Tal vez el film de Beatty peque en ciertos momentos de dichas flaquezas, pero lo cierto es que no son muy distintas de las que se pueden encontrar en cualquier guión, con la diferencia de que muchos otros no poseen el interés que puede generar esta.

En cualquier caso, Rojos es un clásico más que recomendable para cualquier persona que quiera acercarse a una época tan convulsa como las primeras dos décadas del siglo XX. Imprescindible para aquellos a los que les guste la Historia. Su plasmación de los sentimientos que genera una revolución, y de cómo estos evolucionan a medida que dicho movimiento debe consolidarse en algo sólido socialmente hablando, es uno de los mejores motivos para sentarse frente al televisor y recuperar esta historia de amor, de lucha por unos ideales y del nacimiento de un movimiento que cambió para siempre el panorama político y social del mundo.

Keira Knightley, una actriz de época


Uno de los mayores riesgos de cualquier actor es encasillarse en un tipo de papel. Tipo duro, cómico, perdedor, amiga de… Aunque no lo reconozcan, la mayor parte de las veces resulta frustrante no poder acceder a otro tipo de papeles para demostrar la versatilidad a la hora de meterse en la piel de un personaje. Keira Knightley es un extraño caso que combina a la perfección los elementos de ambos mundos, el de un tipo de papeles y la vida fuera de ellos.

Ayer se hizo pública a través de la revista Empire la imagen de la actriz londinense caracterizada como Anna Karenina en una versión del clásico de Tolstoi que dirige Joe Wright y en la que le acompañan Jude Law y Aaron Johnson. Es precisamente este tipo de papeles los que mejor sientan a la protagonista de Orgullo y prejuicio: los de época. Si bien la actriz ha sabido alternar buenos papeles en todo tipo de géneros ambientados en el presente y en el pasado, en su carrera parece existir una fascinación por los papeles clásicos o de décadas pasadas.

Pocos son, repito, los personajes que viven sus experiencias en el presente. Y, de hecho, son los menos recordados de su filmografía o, por lo menos, los menos aplaudidos. Love Actually, Quiero ser como Beckham o London Boulevard son algunas de ellas. Y si bien su papel en dichos films es relevante, en algunos casos muy relevante (Quiero ser como Beckham le abrió muchas puertas), lo cierto es que no son comparables a sus intervenciones en, por ejemplo, las anteriores películas de Wright como Orgullo y prejuicio o Expiación, dos de sus más celebrados papeles.

Pero no queda ahí la cosa. Esta joven que comenzó el camino al estrellato siendo la doble que acompañaba a Natalie Portman en esa deshonra para Star Wars que supuso el Episodio I dio la campanada con las tres primeras entregas de Piratas del Caribe que, no lo olvidemos, transcurre varios siglos antes de la llegada de internet y los móviles. Otros títulos como Seda, El Rey Arturo y, sobre todo, La Duquesa, han creado la imagen de una actriz que se decanta por mujeres de otra época, con otras costumbres y otra mentalidad… o tal vez no.

Y es que, si algo tienen en común los personajes de esta “actriz de época” es, precisamente, su lucha contra una sociedad que las encasilla en un estereotipo. Una lucha no tanto por los derechos universales de la mujer, que también, sino por una posición social que le llega impuesta en un mundo dominado totalmente por el género masculino, y donde la mujer apenas sí tiene voz y voto. Unos personajes, en fin, seguros de sí mismos en lo que a derechos sociales se refiere pero que, en el fondo, se sienten inseguros en lo que respecta a sus sentimientos personales.

Mujeres como las protagonistas de Orgullo y prejuicio (por el que estuvo nominada al Oscar), La Duquesa o Un método peligroso ofrecen, además, todo un mundo de sutilezas que Knightley sabe aprovechar hasta sus últimas consecuencias. Con apenas una mirada, un gesto disimulado ante una situación, es capaz de trasmitir mucho más que otras actrices de su generación con todo un repertorio de gestos. Casualidad o estrategia, lo cierto es que la protagonista de Nunca me abandones demuestra tener un don natural para este tipo de relatos. ¿O será que los mejores papeles le llegan de épocas pasadas? Sea como fuere, su Anna Karenina pasará a engrosar la lista de títulos de la joven actriz.

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