‘Proyecto Rampage’: de gorilas, lobos y cocodrilos mutantes


Nadie sabe cuál es el secreto del éxito de una película, pero desde luego lo que el espectador detecta al instante es si lo que está viendo es algo sincero o un mero truco de manos. Me explico. Una película que trata de ser más de lo que en realidad es siempre será vista como pretenciosa, como algo irreal. En cambio, una propuesta que conoce sus limitaciones, que se ajusta a sus necesidades y que ofrece todo lo que puede dentro de esos límites, incluso con sus debilidades, dejará un recuerdo más o menos bueno. Y esto, en cierto modo, es lo que le pasa a lo nuevo de Dwayne Johnson (Un espía y medio).

Siendo completamente sinceros, Proyecto Rampage es una obra más bien simplona, con un guión previsible casi desde el primer minuto, un desarrollo lineal que camina por escenarios ya explorados y con unos personajes arquetípicos que no se salen de su definición ni un solo milímetro. En definitiva, un film sin grandes atractivos dramáticos y, si se rasca un poco sobre su superficie, sin grandes contenidos argumentales. Y ni siquiera la labor de los actores, encomiable en el intento de dar consistencia a unos roles más bien endebles, es capaz de hacer olvidar esa sensación de cierto desasosiego.

Ahora bien, comprendiendo todo esto, su director Brad Peyton (El exterminador) opta por lo fácil y directo, es decir, potenciar al máximo los elementos espectaculares del film. Sin que los efectos especiales sean, valga la redundancia, especiales, la apuesta visual y narrativa del director imprimen un ritmo al conjunto que no frena nunca, ni siquiera en esos momentos en los que es necesario tomar aire para contar, aunque sea someramente, el poco guión que tiene. Esto, unido al carisma de Johnson y a ciertos toques de humor (algunos más logrados que otros) convierten a esta cinta en un entretenimiento aséptico, en una evasión de casi dos horas en la que monstruos, héroes y villanos se dan cita para destruir medio mundo y parte del espacio.

Y funciona. La verdad es que Proyecto Rampage funciona, al menos en este sentido. El humor que desprenden Johnson y el gorila gigante creado digitalmente suponen el contrapeso perfecto para las intensas secuencias de acción. La falta de guión se suple con el carisma del protagonista, al menos en parte, y la ausencia de un argumento sólido se disimula con el ritmo que el director imprime al film y con un final, todo hay que decirlo, espectacular. Así las cosas, lo nuevo de Johnson es lo que es, y no trata de engañar a nadie. Buscar algo más que el entretenimiento sería algo ingenuo. Esperar que no haya una secuela en un plazo de tiempo razonable también.

Nota: 6/10

‘Star Trek: Más allá’: entretenimiento sin fronteras


La tripulación de la nave Enterprise se enfrenta a su mayor amenaza en 'Star Trek: Más allá'.El espacio, la última frontera. Con esta frase comenzaba hace 50 años el primer episodio de Star Trek. Y con esa frase termina la tercera entrega del reinicio de esta saga galáctica auspiciado por J.J. Abrams (Súper 8). Y no es algo casual. Esta nueva película, entretenida donde las haya, es posiblemente el mejor ejemplo de lo que representaba aquella mítica serie, y lo que en realidad representa la nave Enterprise y su tripulación. Es, en definitiva, el punto final a una evolución que parte de la primera película y de ese primer ataque protagonizado por un entonces desconocido Chris Hemsworth (Thor).

Star Trek: Más allá es todo lo que la tercera parte de una trilogía debería ser. Autosuficiente, comprensible de forma individual pero, al mismo tiempo, epílogo de una historia mucho mayor que ella, y final para el arco dramático de los personajes que conforman el mundo en el que se desarrolla la acción. A esto se suman notables secuencias de acción y ese humor que mezcla ironía e inocencia que tan bien funciona en la saga. Su trama, aunque sencilla y directa (más o menos como las del resto de películas), sirve para el propósito último de explorar los límites del entretenimiento, de llevar al espectador a mundos únicos en los que los protagonistas deban afrontar sus propios miedos y retos inimaginables.

Bien es cierto que esto, en manos de un director como Justin Lin (Fast & Furious 6) deja como resultado secuencias imposibles incluso en una cinta de estas características. Y es cierto igualmente que la historia tiene cierta tendencia a volverse previsible en demasiados momentos. Sin embargo, la trama es capaz de rebajar el impacto negativo de estas ideas gracias a una apuesta decidida por el dinamismo y, quién lo iba a decir, por las leves aunque eficaces dudas morales y personales de los principales protagonistas, que ayudan en última instancia a dotar al conjunto de un trasfondo más humano, más dramático.

No quiere esto decir que Star Trek: Más allá sea una suerte de combinación de acción desenfrenada e intenso drama. Nada de eso. La tercera de las aventuras galácticas de la tripulación de la Enterprise es… pues eso, una aventura en estado puro. Divertida, fresca, espectacular (sobre todo en sus primeros compases) e intensa, la cinta recurre a un desarrollo lineal para no perderse en diatribas dramáticas y poder destinar más tiempo al avance de la historia. No es una película redonda, ni mucho menos, pero cumple con su objetivo de forma más que notable. Y si a eso le sumamos el trasfondo de sus personajes, lo que obtenemos es un interesante film a la altura de sus predecesores.

Nota: 7/10

‘Defiance’ termina con una tercera temporada idónea


Los nuevos enemigos provocan cambios en la tercera temporada de 'Defiance'.No es que sea la mejor serie de ciencia ficción que se haya hecho. Es más, sus primeros pasos fueron, de hecho, bastante mediocres. Pero Defiance ha sabido reponerse de sus difíciles inicios y ha terminado convirtiéndose, en su tercera temporada, en una producción amena, fascinante en su imaginería particular y consciente de sus propias limitaciones. Esto se traduce en que estos últimos 13 episodios son, con diferencia, los mejores de toda la serie.

El mundo creado por Kevin Murphy (serie Mujeres desesperadas), Rockne S. O’Bannon (serie Farscape) y Michael Taylor (serie La zona muerta) ha logrado encontrar en su última temporada el equilibrio que brillaba por su ausencia en las anteriores etapas. Y curiosamente lo ha conseguido introduciendo una serie de factores externos que han logrado unir las diferentes tramas secundarias de un modo difícil de imaginar. La presencia de enemigos comunes, de amenazas constantes y de traiciones imperdonables es lo que ha permitido a los protagonistas evolucionar, desarrollarse dramáticamente hablando, encontrando escenarios nuevos que han nutrido la trama.

Baste señalar, por ejemplo, el cariz que han adquirido los personajes de Tony Curran (In the dark half) y Jaime Murray (serie Dexter), pareja cuyo potencial se perdió al final de la primera temporada y que se ha recuperado con creces en estos nuevos episodios. De hecho, y cada uno a su modo, son los verdaderos catalizadores de toda la acción que tiene Defiance, otorgándoles el lugar que por derecho les corresponde dentro de una trama en la que los personajes son excesivamente monocromáticos. El carácter sibilino de ambos, capaces de vender su alma a cualquier postor con tal de sobrevivir, permite al espectador acceder a su verdadera naturaleza en un grado no contemplado hasta ahora.

Pero no son los únicos que cambian. En líneas generales, la presencia de amenazas que van más allá de la propia ciudad que da nombre a la serie provoca un cambio profundo en todos los roles, incluso en los más secundarios. Es evidente que el carácter de “buenos y malos” sigue presente en todos ellos, pero sus decisiones, en muchos casos, les llevan a cometer actos que no se ajustan a dicha definición, lo que a la larga provoca giros dramáticos que redefinen las relaciones planteadas hasta ahora. Dicho de otro modo, la tercera temporada explora aspectos de la personalidad que hasta ahora habían sido ignorados. Mejor tarde que nunca.

Entretenimiento puro

'Defiance' termina con una tercera temporada superior a las anteriores.Todo esto, sin embargo, no convierte a Defiance en una gran serie. Ni siquiera hace pensar que la tercera y última temporada sea magnífica. Simple y llanamente, es la mejor de todas, lo que eleva significativamente el tono de la producción pero, en ningún caso, logra alejarla del mero entretenimiento de ciencia ficción. Y debe quedar claro que eso no es necesariamente malo, al contrario.

Esta space opera no pretende, en ningún momento, ser más de lo que es. La conciencia de sus propias limitaciones es lo que la convierte en el divertimento que es. Pero no hay que olvidar en ningún momento, precisamente, dichas limitaciones. Curiosamente, estas no son los problemas que venía arrastrando de la segunda temporada, sino que se traducen más bien en conflictos internos de los personajes, tan arquetípicos que no son capaces de asumir los cambios con la naturalidad que debería presuponerse.

Algunas de las decisiones que toman, sumamente polémicas e indudablemente cargadas de confrontación moral, no parecen tener repercusión en las relaciones humanas que se plantean, e incluso no arrojan consecuencias a su entorno. Lo cierto es que se limita a actitudes y decisiones secundarias cuyo impacto en el grueso de la serie es insignificante, pero no dejan de ser decisiones que podrían, perfectamente, provocar un cambio de rumbo en algunas líneas dramáticas. Esta forma de forzar a los personajes, algo que no existía antes (entre otras cosas, porque eran excesivamente tópicos) provoca una cierta disconformidad en el devenir de la serie, y es lo que termina por limitar sus propias posibilidades.

Pero Defiance es lo que es, y dentro de ese marco su tercera temporada se ha convertido en algo superior. Por supuesto, sigue manteniendo unas limitaciones notables, pero la incorporación de factores externos y de amenazas comunes ha permitido a la trama desarrollarse de forma casi autónoma. ‘Casi’ es la palabra clave. El entretenimiento que desprende se ve limitado por algunas decisiones dramáticas que impiden a los personajes ir un paso más allá. En cualquier caso, y dado que esta última entrega de episodios ha sido la mejor, se puede decir que la serie termina por todo lo alto.

‘Operación U.N.C.L.E.’: una Guerra Fría muy entretenida


Alicia Vikander, Armie Hammer y Henry Cavill forman el equipo de 'Operación U.N.C.L.E.'.Puede que el cine comercial de Estados Unidos esté cada vez más entregado a los remakes, las interminables sagas y los spin off de sus principales héroes y películas. Pero eso no quiere decir que las fórmulas utilizadas, en las manos correctas, no logren su principal objetivo: distraer y entretener durante todo el metraje. Dicho esto, lo nuevo de Guy Ritchie (Sherlock Holmes) es lo que cabe esperar de una cinta de espías en plena Guerra Fría con la ironía y las tensiones generadas por un agente norteamericano y un agente ruso. Vamos, que no aporta ninguna novedad, pero tampoco resulta ofensivo.

Con todo, es conveniente aclarar que Operación U.N.C.L.E. funciona principalmente gracias a sus dos protagonistas, Henry Cavill (Immortals) y Armie Hammer (Blackout), quienes se toman sus respectivos personajes con el sentido de humor necesario para aportar el cinismo adecuado a muchas de las secuencias del film, generando humor más por la pasividad de sus reacciones (al fin y al cabo, están obligados a trabajar con el enemigo) que por los diálogos, algo más irregulares. Es más, son ellos los verdaderos artífices de la función y, junto a algunos recursos visuales muy acertados de Ritchie, logran dotar al conjunto de un aire sementero muy televisivo, en un claro homenaje a la serie de televisión en la que se basa el film. Eso por no hablar de la banda sonora, de lo mejor.

Todo ello no quiere decir que estemos ante una gran cinta de acción e intriga. Las limitaciones de la historia impiden que pueda progresar hasta territorios diferentes a los establecidos de antemano. La evolución en la relación de los protagonistas queda un poco apagada, sustentada más por la propia experiencia del espectador que por hitos dramáticos concretos. Asimismo, algunos secundarios están desaprovechados, desde los villanos (meros iconos necesarios para plantear la historia, pero sin una notable personalidad) hasta los jefes de los protagonistas, con un Hugh Grant (Cuatro bodas y un funeral) a la cabeza que se limita a hacer acto de presencia para, tal vez, tener un mayor papel en una hipotética segunda parte.

Al final, Operación U.N.C.L.E. es lo que es, un divertimento palomitero que no hace daño pero que tampoco resulta memorable. Quizá su mayor virtud sea también su mayor defecto. La solidez de sus actores, que sin realizar un gran trabajo mantienen sobre sus hombros buena parte del peso narrativo, denota a su vez una falta importante de una trama más desarrollada, sobre todo en el plano emocional del trío protagonista. Dicho de otro modo, es una producción pensada para el consumo masivo, sin demasiadas complicaciones a nivel dramático pero con un sentido del entretenimiento muy desarrollado.

Nota: 6/10

‘Misión: Imposible – Nación secreta’: la confirmación de una saga


Tom Cruise vuelve a ser Ethan Hunt en 'Misión: Imposible - Nación secreta'.A pesar de haber tenido ciertos altibajos, sobre todo en su segunda entrega, la saga de Misión: Imposible ha logrado confirmarse en sus últimas aventuras como una serie muy completa, capaz de ofrecer al espectador lo que espera de un modo fresco, dinámico y muy atractivo. La última incursión en el personaje de Ethan Hunt por parte de Tom Cruise (Top Gun) es el broche de oro a una evolución que ha sabido sacar partido de los elementos más característicos de la trama y, sobre todo, de unos personajes que se han convertido en fijos.

Puede que muchos consideren a esta Misión: Imposible – Nación secreta como una vuelta de tuerca más a las situaciones inimaginables que vive el protagonista, entre las que se lleva la palma la secuencia inicial. Sin embargo, y al igual que ocurre con otras sagas como la de ‘James Bond’, todo ello forma parte del encanto de las aventuras de este espía. Partiendo de esta base, lo realmente importante es comprobar si la cinta es capaz de trasladar al espectador a su terreno, de introducirle en sus propias normas para ofrecerle un entretenimiento digno. Lo consigue con creces. La película desprende un dinamismo único, un ritmo cuidadosamente calculado que permite a la trama desarrollarse con coherencia y naturalidad sin perder por ello ni un ápice de acción o adrenalina.

Sin duda esto se debe al equilibrio entre las secuencias de acción, algunas de ellas realmente logradas, y las secuencias de mayor tensión dramática, que incorporan en todo momento la sensación de prender la famosa mecha que acompaña siempre a la película. Esto, unido a la consistencia de un núcleo de protagonistas que parece haber encajado perfectamente en la trama (lo que aporta una mayor continuidad a las aventuras de Hunt), ofrece al espectador los anclajes necesarios para conocer de antemano los trucos a utilizar. Y aunque eso podría dar pie a una previsibilidad contraproducente, el hecho de que la trama aproveche ese conocimiento previo en su beneficio (bien a través de referencias explícitas, bien como una suerte de gag) transforma la previsibilidad en ironía, lo que no hace sino mejorar el resultado final.

Es cierto, sin embargo, que el villano sigue siendo uno de los puntos más débiles de la saga. No se trata tanto de que no posean fuerza como de que son arquetipos que no parecen estar a la altura de la calidad de los héroes. En Misión: Imposible – Nación secreta ocurre algo similar con el rol de Sean Harris (Harry Brown). Pero es un mal menor. Esta quinta entrega (ya hay sexta en camino) confirma la idea de que estamos ante una saga que, tras varios intentos, ha encontrado la esencia que le permitirá vivir para siempre, más o menos como le ha ocurrido al agente secreto más famoso del cine. Mientras siga sabiendo cuál es su sitio y lo que puede o no puede ofrecer, bienvenido seas, Ethan Hunt.

Nota: 7,5/10

‘San Andrés’: sabíamos que esto iba a pasar


Dwayne Johnson y Carla Gugino protagonizan 'San Andrés', de Brad Peyton.Algunos la tacharán de predecible. Otros de meros efectos digitales que ni siquiera necesitan director. Y estoy convencido de que otros tantos cargarán sus tintas contra Dwayne Johnson (Fast & Furious 7), cuyos lagrimales posiblemente estén atrofiados por tanto músculo. Pero lo cierto es que la nueva película de Brad Peyton (Viaje al centro de la Tierra 2: La isla misteriosa) es un entretenimiento puro y duro, sin más pretensiones que dejar al espectador clavado a su silla a base de impactantes secuencias de acción, una trama lineal pero bien elaborada y un final de esos que llevarán a muchos a plantearse su ingreso en algún cuerpo de seguridad. Y hasta la fecha no creo que eso sea algo negativo si uno es consciente de lo que está a punto de ver.

Y desde luego San Andrés no promete nada que no pueda cumplir. Es cierto que la cinta no ofrece grandes momentos dramáticos, y desde luego los actores podrían haber dado algo más de sí (o no, quién sabe), pero eso importa relativamente poco en una película que lo único que ofrece es una cuidada destrucción de toda la costa este de Estados Unidos. Espectacular en todo su metraje, brillante en sus dos grandes setpieces en Los Ángeles y San Francisco, la película es lo que se puede deducir de su título. Ni más ni menos. Y desde luego que los efectos digitales cobran una importancia vital, pero la mano de Peyton se puede apreciar en cada fotograma. Es gracias a él, por ejemplo, que la angustia se apodera del plano secuencia en Los Ángeles, posiblemente la mejor secuencia de toda la película.

Claro que la mayor parte del mérito de que estemos ante un divertimiento palomitero de primer nivel es su guión. Sí, no cabe duda de que el trasfondo dramático es casi inexistente, y desde luego no hay ni un solo giro dramático relevante. Pero el desarrollo de la trama, con secuencias de acción perfectamente distribuidas en los momentos adecuados, refleja un cuidado trabajo narrativo que engancha al espectador, le zarandea entre edificios derrumbándose y corrimientos de tierra, y le deja al final del camino como un superviviente más. Y eso es, a todas luces, el mejor atractivo de una cinta de catástrofes como esta. No son las muertes, todas ellas previsibles. No son las pruebas que los protagonistas deben superar para sobrevivir. No, es simple y llanamente el viaje propuesto.

Es evidente que no estamos ante un profundo drama familiar enmarcado en una tragedia social, pero es que San Andrés tampoco pretende serlo. Su vocación de blockbuster queda patente desde la primera secuencia, con un rescate casi imposible apto solo para héroes como Johnson. A partir de ese momento, y salvo concesiones necesarias para el desarrollo mínimo de sus personajes, la película es una auténtica montaña rusa de caos, destrucción y espectacularidad que no da respiro para reflexionar. Y como toda cinta de estas características, no puede faltar el detalle patriota final. Una distracción sana, sin pretensiones y con sabor veraniego. Como reza uno de los carteles promocionales, “sabíamos que esto iba a pasar”. Y no hay nada de malo en disfrutarlo.

Nota: 7/10

2ª T. de ‘Agentes de S.H.I.E.L.D.’, más superpoderes a la trama


El mundo alienígena adquiere protagonismo en la segunda temporada de 'Agentes de S.H.I.E.L.D.'.Cada vez resulta más evidente que para determinados géneros y determinadas tramas televisivas el formato episódico es infructuoso. La serie Agentes de S.H.I.E.L.D. lo experimentó en sus propias carnes durante la primera temporada, salvando los muebles como sus protagonistas, es decir, en el último momento. Pero una vez superado el bache, lo que nos encontramos en esta segunda etapa es un producto consciente de su dimensión, de sus posibilidades y de sus fortalezas. Y de nuevo como el grupo de protagonistas, ha sabido aprovecharlas en beneficio propio para evolucionar de forma espléndida.

Desde luego, lo más interesante de estos nuevos 22 episodios creados por Maurissa Tancharoen, Jed Whedon y Joss Whedon (serie Dollhouse) es la facilidad con la que entrelazan los diferentes arcos dramáticos de los personajes para conformar una historia fluida que salta de una trama a otra sin altibajos, sin excesivos sobresaltos y, lo más importante, de forma orgánica. Si bien es cierto que la perspectiva general es la de abordar el pasado del personaje interpretado por Chloe Bennet (serie Nashville), en la práctica esto ha permitido desarrollar el trasfondo del resto de roles a través de sus respectivas historias.

Esto no quita para que no existan momentos de cierta zozobra narrativa, como esa primera parte de esta temporada en la que Agentes de S.H.I.E.L.D. parece regodearse en exceso en la búsqueda de una localización a través de la obsesión de una escritura alienígena. Pero incluso ese aspecto, que gira sobre sí mismo en demasiadas ocasiones, debe ser visto dentro de una imagen mucho mayor que ayuda a comprender otros aspectos que posteriormente se desarrollarán en los capítulos. De hecho, es gracias a eso que el espectador puede llegar a comprender buena parte del mundo que se presenta en la segunda mitad de la temporada, que al igual que ocurrió en la primera entrega, es sensiblemente mejor.

La incorporación de nuevos personajes, además, ha generado un extraño equilibrio. Por un lado, no han logrado quitar el protagonismo al equipo principal, ya sean héroes o villanos, como es el caso del personaje de Brett Dalton (Beside Still Waters); por otro, han aportado el dinamismo y el contexto necesario para enriquecer la trama y crear una serie de historias paralelas que ayudan a la trama principal a desarrollarse libremente, sin la presión de tener que presentar conflictos constantemente y sin la necesidad de giros argumentales artificiosos. Dicho de otro modo, estas historias han ayudado a cubrir los huecos que invariablemente deja toda trama principal en su desarrollo, ofreciendo al espectador una imagen global del mundo Marvel que aborda la serie.

Más allá de los superhéroes

Una imagen global, por cierto, que se completa con algo que la casa responsable de superhéroes como Spider-Man o Iron Man ha sabido hacer mejor que nadie. Así, a lo largo de esta segunda temporada de Agentes de S.H.I.E.L.D. no solo se dejan ver algunos actores que encarnan a personajes relevantes en las películas que cada año llenan salas de cine en todo el mundo. También tienen especial relevancia los propios acontecimientos de dichas películas, que influyen en mayor o menor medida en el desarrollo de la propia serie.

Todo ello crea un gran fresco que los fieles seguidores de estas películas encontrarán sumamente interesante. Que el personaje de Ruth Negga (Guerra Mundial Z) sea capaz de ver lo que ocurrirá en Los Vengadores: La era de Ultrón, o que los acontecimientos de Capitán América: El soldado de invierno (2014) determinen algunas historias secundarias de esta temporada son solo algunos ejemplos de cómo cuida los detalles la Casa de las Ideas y de la importancia que le da a la retroalimentación entre todos sus productos.

Aunque desde luego uno de los aspectos mejor abordados de esta segunda temporada es cómo ha evolucionado hacia los superhumanos, o mejor dicho los Inhumanos. Una de las máximas de la serie siempre ha sido la de presentar a un equipo sin superpoderes que es capaz de funcionar y resolver conflictos sin superhéroes, pero en esta tanda de episodios la trama ha evolucionado para presentar un mundo en el que hombres y superhombres, humanos y “mejorados”, conviven de diversos modos. Por supuesto, y como ocurre siempre en cualquier cómic, la transición ha sido dolorosa e incluso mortal para muchos personajes, pero el resultado no podría ser mejor, y sobre todo, dejar la trama en un mejor punto de arranque para la tercera temporada.

En definitiva, Agentes de S.H.I.E.L.D. no solo logra mantener el nivel en esta segunda temporada, sino que ha sabido evolucionar hasta encontrar un equilibrio entre el mundo de los superpoderes y el “mundo real” en el que en teoría se enmarcan los principales personajes. Como si de un cómic se tratara, y ese es uno de sus mayores logros, ha sabido encauzar todas las tramas para resolverlas en un doble episodio final que no solo deja la trama preparada para la siguiente etapa, sino que cierra un ciclo enriquecido por la naturalidad con la que se han sucedido y se han nutrido entre ellas las tramas. Un entretenimiento puro que no deja lugar para el aburrimiento. Poco más se le puede pedir.

‘The last ship’ halla entretenimiento en la simpleza de su 1ª T


Eric Dane y Rhona Mitra protagonizan la primera temporada de 'The last ship'.Escuchar la frase “la serie más vista del año en Estados Unidos” o alguna similar puede dar lugar a equívoco. A priori debería ser una buena señal para la producción, pero en muchas ocasiones lo que oculta es una suerte de dibujo de los valores norteamericanos en una trama cuanto menos cuestionable. Ya le ocurrió a Rehenes, thriller dramático que no duró más de una temporada, y demasiado fue. Ahora le llega el turno a The last ship, thriller apocalíptico con el sello Michael Bay (Transformers) que, a diferencia del anterior, sabe encontrar en sus defectos las virtudes necesarias para ser un producto distraído y hasta irónico en muchos momentos.

Basada en la novela de William Brinkley, esta serie creada por Steven Kane (serie The closer) y Hank Steinberg (serie Sin rastro) centra la trama en un futuro no demasiado lejano en el que la Humanidad ha sido asolada por un virus que mata en cuestión de días. Ninguna de las vacunas han surtido efecto, por lo que los gobiernos son incapaces de hacer frente a su avance. La única esperanza se deposita en un destructor naval norteamericano en el que viaja una científica cuya misión es desarrollar una cura a partir de una veta primigenia del virus. Pero incluso en esta situación, los tripulantes no son ajenos a los ataques de otras naciones… o de lo que queda de ellas.

Todos aquellos que sepan leer entre líneas, o que hayan tenido oportunidad de ver los 1o episodios de esta primera temporada de The last ship, se habrán percatado de que el conflicto básico de esta ficción es buenos contra malos, o lo que es lo mismo, norteamericanos contra el resto del mundo. En efecto, la serie no apuesta por la complejidad dramática o narrativa. Los tripulantes del barco son los buenos, los únicos héroes en un mundo donde la gente, desesperada, toma lo que quiere por la fuerza. Son, en definitiva, el último reducto de la rectitud, la moralidad y la democracia. Y con esto queda definida buena parte de la problemática de la temporada. A todo esto acompañan, por supuesto, los personajes, con el capitán interpretado por Eric Dane (serie Anatomía de Grey) y la doctora a la que da vida Rhona Mitra (Vidas robadas) a la cabeza. Apenas existen matices entre ellos, siendo todos héroes capaces de sacrificar su integridad por salvar al de al lado, e incluso por salvar a quien no conocen en aras de la buena moral.

En el lado opuesto, como no podía ser de otro modo, están los villanos, primero los rusos y luego todo tipo de personajes secundarios. La serie sirve, en este sentido, para hacer un repaso de todos los demonios que han ocupado las pesadillas norteamericanas durante las últimas décadas, a excepción de Oriente Medio y el terrorismo islamista. Rusos que parecen intentar ganar una carrera armamentística (en este caso sanitaria), dictadores de tres al cuarto que viven en selvas, e incluso el enemigo dormido dentro de sus fronteras, son algunos de los temas que aborda esta primera temporada, cuyo viaje por todo el globo terráqueo sirve al espectador para desarrollar una cierta simpatía por la simpleza de la propuesta.

Mal que nos pese

Y llegamos así al meollo de la cuestión. The last ship es una producción que no engaña, que a pesar de su evidente ausencia de tensión dramática sabe lo que es y lo explota. Y eso es digno de admirar, sobre todo porque otras producciones similares tratan de dotar de gravedad una historia que no tiene ni pies ni cabeza. Y no me refiero con esto a su premisa básica, sino a su desarrollo. Este último barco que queda en el mundo se convierte en un microcosmos donde todo viene determinado por acontecimientos externos, no internos. Si un día están a punto de quedarse sin combustible, otro deben encontrar agua; si en un episodio son atacados por los rusos, en otro deben salvar a toda una comunidad. Paso a paso, heroicidad a heroicidad, los personajes se definen, o mejor dicho el conjunto de protagonistas.

Porque como decía antes, apenas hay diferencias entre ellos. Tan pocas que ni siquiera hay conflictos entre ellos, salvo para demostrar que las dudas las solventa el capitán con su ejemplo. Ante tal propuesta, parece más que obvio pensar en todo aquello que ha gustado en Estados Unidos, y que básicamente es lo que han sabido exportar más allá de sus fronteras. No solo son los encargados de encontrar una cura, sino que su rectitud en una situación en la que ni siquiera existe el Gobierno norteamericano está fuera de toda duda, lo que termina por engrandecer a unos personajes diminutos en lo que a definición dramática se refiere.

Eso sí, hay que reconocer que el golpe de efecto de su último episodio da un giro cuanto menos interesante al conjunto de la primera temporada. Sin desvelar nada relevante, básicamente se pasa del enemigo externo al interno, y del mar a la tierra. Un giro que, en cierto modo, era de esperar, aunque eso no impide que abra la puerta a una nueva vía de desarrollo dramático que, esperemos, ofrezca algo más de complejidad a la historia. Personalmente lo dudo, pero la esperanza es lo último que se pierde, y de eso saben mucho los protagonistas de esta serie. Es más, puede que aquellos que hayan empezado a verla y no hayan apagado la pantalla a los cinco minutos estén interesados en ver cómo evolucionan todos los conflictos que ya se pueden prever. Habrá que esperar al 2015 para eso.

Así que sí, The last ship es una serie que puede disfrutarse, aunque para ello debe cumplirse una condición sine qua non: hay que tomársela como lo que es, un producto mediocre que sabe reírse de sí mismo y de sus propias limitaciones. Que nadie espere un intenso drama o una especie de thriller con tensión en cada esquina. Es entretenimiento que no obliga a pensar, e incluso mata alguna que otra neurona en algún momento. Permite pasar unos minutos sin pensar en nada más que en lo buenos que son los buenos, y en lo malos que son los malos. Quien quiera eso encontrará en la serie un producto que incluso disfrutará. Pero no nos llevemos a engaño: no es una buena serie.

‘Trash: Ladrones de esperanza’: en busca del entretenimiento


Los protagonistas de 'Trash. Ladrones de esperanza' vivirán una aventura que cambiará sus vidas.Hay películas cuyo mayor atractivo no reside tanto en su originalidad como en la factura técnica y artística que presentan. Es cierto que, con estas armas, es muy complicado que lleguen a considerarse grandes films, pero en cualquier caso se convierten en historias interesantes y entretenidas. Si además dejan un ápice de crítica o de reflexión, mejor que mejor. Más o menos esto es lo que Stephen Daldry, director de películas como The reader (El lector) (2008) o Billy Elliot (2000), presenta en su nuevo film y, consciente de las limitaciones propias de la obra, compone un mural de una sociedad marcada por los profundos contrastes sociales y económicos.

La verdad es que Trash: Ladrones de esperanza no tiene nada que la distinga de otros relatos similares. Unos niños forzados a crecer y a buscarse la vida por su cuenta, una intriga política y policial, corrupción, secundarios de lujo, … El desarrollo dramático del film, en buena medida determinado por la novela en la que se basa, camina en todo momento por cauces seguros y habituales, evitando siempre toda deriva provocativa. Desde este punto de vista, por tanto, la película podría considerarse predecible, y en algunos casos hasta monótona. Sin embargo, y como decía antes, una película no consiste únicamente en un guión original.

Y es aquí donde Daldry demuestra su talento. Más allá de la labor de los tres pequeños protagonistas, lo más interesante y divertido del film, el director logra un delicado equilibrio entre el thriller y el drama social para componer una historia que combina sabiamente acción e intriga en un marco bellamente captado como es Brasil. A través de un objeto tan sencillo como una cartera el espectador inicia un viaje que comienza con unos planos intercalados de lo más sugerentes y provocativos y que se desarrolla como si de una cinta de suspense se tratara. Esta estructura es lo que logra convertir al film en algo más que una mera recopilación de situaciones, y es lo que en definitiva provoca una cierta reacción emocional.

Se trata, por tanto, de una historia de superación y de esperanza, como reza el título. Trash: Ladrones de esperanza es consciente de sus propias debilidades, pero sabe aprovechar sus fortalezas para inclinar la balanza hacia el lado positivo. El carácter amable y picaresco de sus tres jóvenes protagonistas, la maldad de los villanos y la siempre notable presencia de secundarios como Rooney Mara (Millennium: Los hombres que no amaban a las mujeres) y Martin Sheen (Infiltrados) son los ingredientes perfectos para esta aventura con dosis de suspense. Tal vez no es un film inolvidable, pero tampoco lo intenta; simplemente es una película para disfrutar.

Nota: 6,5/10

‘Ninja Turtles’: haciendo malabares entre la forma y el contenido


Megan Fox, rodeada de las 'Ninja Turtles' y del maestro Splinter.Hay historias que usan y abusan de los modernos efectos digitales. Sus detractores argumentan, no sin razón, que este tipo de films pierden parte de la esencia narrativa que debe tener toda historia. Dicho de otro modo, se centran más en lo vistoso que en lo emocional. Pero lo cierto es que también hay que saber contar historias con estas herramientas, y no todos los directores son capaces de lograrlo. E incluso dichos personajes digitales requieren de un mínimo de expresividad que, cuando falta, se nota. Y los antecedentes no escasean. Por eso la nueva versión de las Tortugas Ninja no debería ser denostada con un simple “uf, ¿otra más?”.

No quiere esto decir que sea un film excepcional, ni mucho menos. Su desarrollo es un tanto sencillo, apostando por esa moda tan actual de enlazar el pasado de todos los protagonistas para, posteriormente, encontrar justificación en sus recelos, sus amistades y sus comportamientos generalizados. Algo que desvirtúa un tanto la esencia de la historia original, pero quién más, quién menos, es esclavo de su tiempo. Y desde luego, los actores humanos, encabezados por Megan Fox (Jennifer’s body), no destacan precisamente por su amplio espectro interpretativo. Sobre todo ella, que queda convertida en un mero cliché de chica en apuros constantes por su irresistible curiosidad, algo que también trastoca un tanto al personaje original. En resumen, todo aquello que entendemos debería tener un buen film flojea a lo largo de la trama.

Empero, la labor de Jonathan Liebesman (Invasión a la Tierra), influido notablemente por el consejo del productor Michael Bay (Independence Day), maquilla dichos defectos en un alarde de vistosidad y entretenimiento puro y duro. Más allá de que el diseño de las criaturas es espléndido, el director logra algunas secuencias brillantes, como es el combate entre Splinter y Shredder (Tohoru Masamune, visto en Crosstown) o el dinamismo de las cuatro tortugas en casi todas sus apariciones, cada una de ellas con una personalidad propia destacada. Es esto lo que realmente atrae del film, que por otro lado se mantiene siempre en terreno conocido y poco experimental. Tal es el efecto disuasorio de las mencionadas tortugas que la sensación que deja el relato es aceptable, en un grado mayor o menor según se conozcan y atraigan sus orígenes.

Por ello, Ninja Turtles podría ser definida como lo que en realidad trata de ser: un entretenimiento sin pretensiones destinado al público joven. Sus defectos de fondo son compensados en buena medida por sus aciertos en la forma (el comienzo que narra la creación de las tortugas es bastante interesante). aunque en este sentido es conveniente aclarar que la balanza se inclinará hacia un lado u otro en función de lo que se espere de la historia. Desde luego, no creo que nadie entre en la sala esperando algún tipo de drama shakesperiano, pero todo puede ser. Lo mejor es sentarse y evadirse durante su ajustado metraje. Solo así se podrán disfrutar de los mejores momentos e ignorar algunos de los peores.

Nota: 6/10

Diccineario

Cine y palabras

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