‘Carol’: el minimalismo de una relación prohibida


Rooney Mara y Cate Blanchett protagonizan 'Carol'.Suele decirse que la comedia es el género más difícil en el cine. Encontrar el tono exacto y saber lo que hace reír suele ser una tarea ardua. Pero cintas como lo nuevo de Todd Haynes (Safe) evidencian que el drama exige de un calculado desarrollo en su contenido y en su forma para evitar caer en los excesos o, lo que puede ser más importante, no lograr transmitir lo que viven los personajes. Es en ese equilibrio donde se mueve esta historia de amor entre dos mujeres que pide al espectador una atención especial al subtexto dramático, pero que a cambio le ofrece una trama cargada de emoción.

Puede parecer a simple vista que el argumento, por cortesía de la escritora Patricia Highsmith, sea demasiado simple. Y en realidad, el desarrollo de la trama no presenta grandes conflictos dramáticos durante buena parte del metraje. Sin embargo, esa aparente ausencia de acción es el caldo de cultivo idóneo para explorar las emociones de dos mujeres muy diferentes a las que les une un amor inconcebible en los años 50. Las miradas, los sutiles gestos de ambas y el lenguaje que ocultan los diálogos que mantienen son en realidad los elementos utilizados (y magníficamente aprovechados) por Haynes para explorar las emociones que desprende el film.

Aunque es su tercio final, el que corresponde al clímax y el desenlace de la historia, el realmente cautivador. Si durante toda la trama tanto Cate Blanchett (Cenicienta), una de las pocas damas que quedan en Hollywood, como Rooney Mara (En un lugar sin ley), cuyo papel es simplemente brillante, trabajan sus emociones en el ámbito más personal posible, es en este último tramo de la historia cuando ambas ofrecen su mejor versión, potenciando la carga dramática de unos personajes que se ven obligados a asumir su verdadero ser ante una sociedad que las considera, como mínimo, inmorales.

De este modo, Carol se aleja de tratamientos tradicionales para apostar por el intimismo de una relación que debe ocultarse a plena luz del día en la América de los años 50. Es esa necesidad de mantener en las sombras un secreto “inconfesable” lo que lleva a Haynes a abordar la relación con cierta distancia, acercándose a medida que avanza la historia hasta entrar de lleno en las consecuencias sociales y personales de la decisión de las protagonistas. Una película de emociones contenidas que cautiva por una puesta en escena elegante y sobria, por unas actuaciones incomparables y por una sencillez y un minimalismo abrumadores.

Nota: 7,5/10

‘Les revenants’, o cómo acabar con la construcción dramática mediante explicaciones


La serie 'Les revenants' adapta a televisión la película homónima de 2004.Es conocido el principio narrativo de no explicar el origen de determinados personajes o criaturas. El cine está repleto de ejemplos que la sustentan, desde Alien, el octavo pasajero (1979) hasta los zombis. Los intentos de explicar su aparición han sido, cuanto menos, cuestionables. Y precisamente con los muertos vivientes nos quedamos, pues la serie Les revenants, que consta de dos temporadas, es un claro ejemplo. Adaptación televisiva del film homónimo de 2004 (en España titulado La resurrección de los muertos), la trama aborda el género zombi desde una perspectiva diferente, fresca y muy original, ahondando en los sentimientos encontrados, tanto individuales como sociales, que provoca la vuelta a la vida de una serie de personajes.

Dos temporadas de 8 episodios creadas por Fabrice Gobert (autora de la versión norteamericana de la serie) que huyen de sangre y vísceras para buscar sentimientos y explicar de dónde vienen y a dónde van esas personas resucitadas. En este sentido, su primera temporada desprende una belleza y una maestría narrativa más que notables, apoyándose en todo momento en unos pocos personajes para contar cómo la muerte ha afectado y afecta a los habitantes de un pequeño pueblo marcado por la tragedia. En este sentido, la labor de los actores (de algunos más que de otros) ayuda al espectador a identificarse con las emociones y el modo en que se afronta el regreso de personas una vez se ha rehecho la vida.

Pero la primera temporada de Les revenants también hace hincapié en otros aspectos como la maldad del ser humano y el odio que provoca el miedo. El hecho de que entre los resucitados haya psicópatas y criminales pone de manifiesto los propios problemas con los que convive la sociedad en su día a día, y no solo por los propios crímenes que cometen. Sin duda uno de los aspectos más interesantes de la serie en su conjunto es el fuerte componente de racismo que desprenden algunos personajes. La evolución que se produce en ese espacio que se llama ‘La mano tendida’ es muy significativo, en tanto en cuanto confirma que el ser humano tiende a combatir con la violencia aquello que es incapaz de entender.

Así, la primera temporada se revela como un fresco social, emocional y humano extremadamente rico, un producto coral que bucea en los sentimientos y en la lucha interna y externa que viven los personajes. Interna por tener que aceptar que sus seres queridos han vuelto, a pesar de que sus vidas han continuado sin ellos, y externa porque, literalmente, la sociedad lucha contra lo que considera un ataque. Los arcos narrativos de cada episodio, centrado en un nuevo resucitado, explican el pasado de los fallecidos, pero buscan ante todo narrar cómo se gesta su regreso. La suma de todos ellos ofrece un mural complejo, vivo y apasionante.

Explicación inexplicable

Pero buena parte de esta riqueza se pierde, o al menos queda aparcada, en la segunda temporada de Les revenants. Y eso a pesar del espectacular gancho de final de temporada que tuvo la etapa anterior, con esa inundación y el misterio que rodea a la lucha entre los muertos vivientes y los vivos. El principal problema, y aquí enlazamos con lo dicho al comienzo, es la necesidad de buscar una explicación a algo que tiene buena parte de su atractivo en lo inexplicable. Y no me refiero tanto a los orígenes de muchos personajes. Ni siquiera a las relaciones que tienen entre ellos, algunas de ellas verdaderamente interesantes.

Hablo simplemente de los motivos que llevan a los muertos a levantarse. La justificación ofrecida por Gobert es, cuanto menos, cuestionable, y desde luego deja muchos interrogantes que no se resolverán, entre otras cosas porque podrían complicar la trama y la imaginería del mundo creado de formas imprevisibles. De hecho, el desarrollo de esta segunda tanda de episodios va de más a menos desde el momento en que abandona la narrativa de los personajes para adentrarse en el territorio de los orígenes del fenómeno. Es decir, desde que abandona el carácter terrenal para adentrarse en lo místico.

Es entonces cuando comienzan a sucederse todo tipo de detalles y de apoyos narrativos que, en lugar de aclarar la trama, la complican de forma innecesaria. Los hombres en el fondo del pozo, los ataques de algunos muertos vivientes, las dudas de vivos y muertos ante lo que supuestamente tienen que hacer. Sin entrar en muchos detalles, los personajes dejan de afrontar sus miedos y sus dudas para, casi por arte de magia, saber cuál es su futuro y su misión antes de desaparecer. Aunque sin duda el mayor reto es el que presenta el niño llamado Victor (Swann Nambotin), evidente epicentro de la trama y cuyo origen es inexplicable.

Al final, Les revenants explica una serie de conceptos más o menos innecesarios (desde luego, poco apropiados para el libre albedrío del espectador) pero se deja en el tintero lo más importante: de donde sale ese primer muerto viviente. La comparación entre la primera y la segunda temporadas, que deben ser entendidas como un paisaje dramático y su distorsionado reflejo, evidencia la importancia de mantener siempre un carácter humano y social en este tipo de historias, huyendo en la medida de lo posible de grandes teorías filosóficas que, aunque puedan ser correctas, no hacen sino obligar al espectador a aceptar una teoría. Y en estos casos, más que en cualquier otro, la mente del espectador suele discurrir por senderos muy personales.

‘Del revés’: reinterpretar la vida de dentro hacia fuera


Tristeza, Miedo, Ira, Asco y Alegría son las emociones protagonistas de 'Del revés'.Pixar siempre se ha diferenciado de sus más directos competidores en la impecable factura técnica de sus películas. De hecho, cada nueva aventura suponía un reto técnico y artístico. Pero como era de esperar, tarde o temprano eso tenía que terminarse. Ahora bien, estamos hablando, literalmente, de unos genios, de unos avanzados a su época capaces de estremecer y encandilar sin necesidad de diálogos y de diseñar fluidos y movimientos orgánicos tan realistas como la vida misma. Por ello, el reto de su nueva película no estaba en la técnica, sino en el concepto narrado y el modo en que se narra. Y el resultado vuelve a demostrar la enorme distancia que existe con otros estudios, incluida la propia Disney.

Si algo encandila de Del revés es, desde luego, la traducción a la vida real de los acontecimientos que se narran. El paso de la infancia a la adolescencia de una niña de 11 años separada del mundo que siempre había conocido sirve de excusa para explorar un terreno hasta ahora ignoto. Con la aventura como vehículo narrativo, desde luego lo más fascinante del relato es comprender las consecuencias externas que tiene lo que ocurre en la mente de la pequeña. De dentro hacia fuera, como reza el título original. Y en esta deconstrucción de las emociones humanas hay hueco para todo, desde la comprensión de que no todo es blanco o negro (alegría o tristeza) hasta los sacrificios que hace nuestra mente de aquellos aspectos de nuestra infancia que lastran la madurez.

Por supuesto, todo con un colorido y un dinamismo inconfundibles. Habrá quienes quieran tacharla de infantil. Bueno, de todos los títulos de la productora es uno de los que más se ajusta a esta descripción. Pero una breve reflexión sobre el contenido obliga a modificar sensiblemente la valoración para introducir un factor que muchas películas de animación olvidan: este tipo de cine debe estar dirigido tanto a mayores como a pequeños. Y es aquí donde Pixar demuestra por enésima vez que sus cintas nunca podrán pasar de moda porque narran conflictos universales, momentos que todo ser humano ha vivido antes o después.

Es posible que Del revés posea algunos momentos de ralentización narrativa, permitiendo que el interés del público decaiga ligeramente. Sin embargo, toda la película es una genialidad, desde el colorido utilizado hasta el concepto narrativo, pasando por la traducción en imágenes del funcionamiento de los recuerdos, las emociones o el subconsciente. Desde luego, Pixar lo ha vuelto a conseguir, dejando atrás ciertas impresiones que apuntaban a un cansancio creativo. Y por si alguien quiere encontrar algún detalle técnico que marque la diferencia, ahí va uno muy personal: el bebe con el que comienza el film.

Nota: 8,5/10

‘Forbrydelsen III’ concluye una serie que deja con ganas de más


La investigación de 'Forbrydelsen III' gira de nuevo alrededor de una niña.Es la conclusión más sencilla, directa y contundente que se puede hacer de la tercera temporada de Forbrydelsen, serie danesa creada por Søren Sveistrup (Hotellet) que, recordemos, ha dado pie a la versión norteamericana bajo el título The killing. Y no deja con ganas de más por una mala resolución o un desarrollo irregular, sino porque su final representa una de esas conclusiones agridulces que sitúan a la protagonista ante un dilema moral y una decisión obligada que prácticamente devuelve al personaje de Sofie Gråbøl (El jefe de todo esto) a la casilla de salida, con la enorme diferencia del recorrido realizado a lo largo de estas tres temporadas.

Un final de esta temporada de 10 episodios, y de la serie en general, que representa el colofón más acertado a una trama en la que política, crimen y conflictos personales se mezclan de forma inteligente para desarrollar un entramado de suspense que recupera el tono general de la primera temporada. La introducción de personajes que representan, en cierto modo, el pasado y el futuro de la protagonista no solo nutren la investigación criminal, de nuevo con una niña como protagonista, sino que enriquecen el trasfondo social y dramático del argumento, generando un interés mayor hacia la trama secundaria de la relación materno-filial de la protagonista con su hijo, algo que por cierto se había degradado un poco en la segunda temporada.

Todo ello envuelto en la ya característica apuesta visual y el ritmo narrativo que imprime Sveistrup. En muchos sentidos, ambos elementos quedan engrandecidos precisamente por la trama abordada, con escenarios como los barcos, los muelles o zonas marginales que ayudan a destacar el carácter ciertamente malsano de secuestro de la niña del empresario y el antiguo crimen con el que está conectado. No por casualidad, estos decorados contrastan con la elegancia y luminosidad del Parlamento y del Gobierno, así como de la empresa envuelta en el misterio. Su aporte de distinción al conjunto no hace sino enfatizar la idea de que la corrupción, el crimen y los secretos son corrupción, crimen y secretos independientemente del traje que se les ponga encima.

El desarrollo dramático de la trama principal aprovecha, además, los resquicios que dejan todas las historias secundarias para abrir la puerta a nuevos misterios e interpretaciones que plantean al espectador un interesante juego en el que descubrir la verdad antes que los protagonistas. En este sentido, la aportación de nuevas líneas de investigación, nuevas pistas y nuevos sospechosos genera el caos en la interpretación de la trama habitual en este tipo de ficciones, por lo que obliga al espectador a mantener atenta la mirada a detalles, conversaciones y, sobre todo, a esas imágenes finales de cada episodio que, aunque aparentemente irrelevantes, muchas veces aportan un grado más de misterio o una solución relativamente inesperada.

Excesos dramáticos

Desde luego, la última temporada de Forbrydelsen se mantiene al más alto nivel, en línea con sus dos anteriores predecesoras. Sin embargo, la necesidad de enriquecer al personaje principal con su bagaje personal genera una serie de excesos que fuerzan en buena medida la interpretación de un rol que, hasta ahora, se había definido por una frialdad y una obsesión malsana por el trabajo. Más allá de la introducción del personaje de Nikolaj Lie Kaas (La verdad oculta), lo realmente relevante es el desarrollo de la trama secundaria centrada en la relación con su hijo y la novia embarazada de éste.

Mientras que el primero, agente de inteligencia que vuelve a su vida para investigar el caso, aporta un trasfondo interesante por lo que tiene de contrapeso al carácter esquivo del personaje de Gråbøl, la presencia de los segundos tiene como único fin ser la vía de escape para desarrollar el lado más humano de la protagonista y dotar, de este modo, de una mayor carga dramática al final, en el que las emociones hasta ahora contenidas explotan en una decisión puramente visceral que no termina de encajar con el desarrollo de Sarah Lund, pero que en cualquier caso resulta comprensible y, desde un punto de vista narrativo, necesario para el final deseado.

El problema de esto, aunque sea un problema menor, es que el desarrollo dramático de la trama principal se ve obligada a adoptar los planteamientos de esta trama secundaria cuyo peso específico es relativamente notable en el conjunto. De este modo, la forma en que la historia avanza se ve forzada en más de una ocasión para poder mostrar cómo la protagonista va cambiando poco a poco. Esta idea produce un doble efecto: el conjunto se enriquece, es cierto, pero también se generan situaciones de difícil lógica que solo tienen justificación dramática por la necesidad de que la historia avance en la dirección requerida.

En cualquier caso, esta tercera y última temporada de Forbrydelsen adquiere un alto nivel de ejecución en todos los sentidos. Los amantes del thriller disfrutarán con cada uno de sus giros argumentales, cada nueva revelación y cada reto al que se enfrenta la protagonista. Su final, sobre todo ese último plano, resume casi a la perfección lo vivido a lo largo de estos años, es decir, la impotencia de saber que el proceso se ha visto dañado por las emociones de la protagonista. Desde luego, y aunque solo sirva a modo de referencia, la forma de resolver la serie danesa es muy superior a la forma en que se resolvió la versión norteamericana. Pero más allá de comparaciones, lo único que se puede decir de la serie, en su conjunto, es que es uno de los productos más atractivos, frescos e interesantes de los últimos años.

20 aniversario del año de Spielberg (I): ‘La lista de Schindler’


Ben Kingsley y Liam Neeson protagonizan 'La lista de Schindler', de Steven Spielberg.El reestreno hace un par de semanas de Parque Jurásico en 3D suponía una pieza más en esa maquinaria que está buscando desesperadamente desenterrar grandes éxitos para conseguir más ingresos. Sin embargo, también coincide con una efeméride que en Toma Dos queremos abordar, aunque solo sea como homenaje. Nos referimos al año 1993, en el que el cine de Steven Spielberg, director de aquella, fue el gran triunfador de los Oscar con dos títulos que ya se pueden considerar inmortales: la citada aventura con dinosaurios y la película que comentaremos a continuación, La lista de Schindler, basada en el libro de Thomas Keneally y centrada en la historia de este nazi que logró salvar del exterminio a más de 1.000 judíos durante la II Guerra Mundial.

A estas alturas, con el reconocimiento a nivel mundial del film, destacar sus múltiples virtudes formales y narrativas puede resultar algo repetitivo. Sin embargo, para hablar de las emociones que es capaz de transmitir es imprescindible. Quizá uno de los momentos más analizados y recordados sea aquel de la pequeña con el vestido rojo por cuanto representa el punto de inflexión en la conciencia del protagonista. Hasta entonces sus intenciones se resumían más o menos fielmente en hacer dinero, en conseguir el máximo beneficio con el menor riesgo. Y eso se lo proporcionaban los judíos. Será a raíz de esa escena, que narra con crudeza uno de los momentos más brutales de la trama, cuando este empresario nazi opte por empezar a salvar vidas humanas independientemente del beneficio.

Con todo, no es ni con mucho el mejor aspecto formal del relato. La labor fotográfica en blanco y negro de Janusz Kaminski, colaborador habitual de Spielberg (Salvar al soldado Ryan, por ejemplo) es una verdadera obra de arte que fue reconocida con numerosos premios. Su forma de captar el contraste entre luces y sombras, fiel reflejo de las emociones a flor de piel de un personaje tan aparentemente contradictorio como el interpretado excepcionalmente por Liam Neeson (Batman Begins), genera una narrativa paralela que ayuda al espectador a comprender ciertas conversaciones, a apreciar las intenciones reales de cada decisión. En la memoria se graban a fuego primeros planos como el de Ben Kingsley (La invención de Hugo) brindando mientras una lágrima recorre su mejilla.

En este sentido, la banda sonora de John Williams (La guerra de las galaxias), emotiva como pocas, se ajusta a la perfección a un relato que basa buena parte de su fuerza en el aspecto fotográfico y en la crudeza de su realización, en la que por cierto Spielberg vuelve a demostrar su maestría y buen gusto para horrorizar al espectador sin necesidad de mostrar casi nada. El uso de coros, muy propios de la época, o de un ritmo pausado y denso aportan una mayor sensación de desasosiego ante un destino que parece inevitable, como si de una marcha imparable se tratara.

Describir las emociones tan complejas y variadas que provoca La lista de Schindler es difícil. Casi tanto como las que provoca el documento original. Hace un año aproximadamente tuve la oportunidad de ver uno de los pocos originales que se conservan en uno de los Museos del Holocausto que existen en el mundo. Tal vez fuese por la forma de mostrar esta oscura época de la Historia del hombre, o simplemente porque representa la esperanza en medio de la desolación, pero lo que sentí al ver ese documento se aproxima mucho a lo que Spielberg es capaz de transmitir. Esto viene a demostrar, al menos para un servidor, que el director de E. T., el extraterrestre (1982) es uno de los pocos realizadores actuales capaz de estructurar un relato para ordenar toda esa amalgama de sentimientos que antes mencionaba.

Una estructura dramática

Steven Spielberg ha asegurado en muchas ocasiones que La lista de Schindler ha sido uno de sus proyectos más personales. Hasta 10 años ha estado madurando la historia. Es por eso que más allá de la visión acerca del Holocausto, más allá de la belleza formal que atesora o de la profundidad de sus personajes, todos ellos con los rasgos de unos actores excepcionales, se halla un guión estructurado perfectamente y al milímetro para envolver al espectador en un drama humano sin parangón. El texto escrito por Steven Zaillian (Gangs of New York) es todo aquello que un guión debe ser, es decir, una estructura compensada en todos sus actos, un vehículo que diversifica y dosifica el tiempo de cada personaje y de cada trama secundaria, de cada momento histórico y de cada decisión.

Y es también una narración sin diálogo o, mejor dicho, con subtexto en el diálogo. Cierto es que la época en la que se enmarca la historia facilita esa máxima de que un diálogo no debe ser lo que dice, sino lo que quiere decir, pero es que incluso en esta situación la forma de hacer avanzar la acción es de manual. Sin ir más lejos, ese cambio que se produce en el protagonista puede pasar casi desapercibido si no se presta la suficiente atención. Tanto Zaillian como Spielberg optan por una evolución silenciosa, realista y ajustada al contexto en el que se produce. Resulta casi ridículo, por tanto, que exista un diálogo en el que Schindler explique sus intenciones. Vamos, que en ningún momento se hace con la bandera de defensor y salvador. Es algo mucho más personal, intimista y sutil.

Pero esto es solo un ejemplo. El desarrollo dramático de la trama principal, apoyada de forma imprescindible por algunas líneas argumentales secundarias como la relación con el personaje de Ralph Fiennes (Skyfall), permite un análisis perfecto de cómo abordar todo tipo de escenas, de cómo se construyen los personajes desde la acción y no la descripción, y cómo las secuencias deben estructurarse desde el conflicto y sus constantes fluctuaciones. En este aspecto el film de Spielberg solo podría pecar de una cosa, y es su exceso de dramatismo en su clímax final, con un discurso del protagonista en el que afloran todos esos sentimientos que han sostenido la trama hasta ese momento. Una concesión que, si bien encaja con el resto de la historia y pone el broche a la pesadilla, choca un poco con el tono general de la historia.

No cabe duda de que La lista de Schindler es una de las cintas claves dentro de ese subgénero bélico que recoge aspectos de la II Guerra Mundial. Una película personal, fruto de años de estudio, de trabajo y de sentimientos. Una obra bella en todos sus aspectos, incisiva y cruel en muchos momentos que busca remover conciencias sin necesidad de impactar violentamente al espectador. Spielberg es único logrando eso, y este es uno de sus mejores testimonios. Al final, el hecho de que consiguiera 7 Oscars no debería suponer un mayor reconocimiento a la película, aunque sí debería hacer pensar acerca del reconocimiento académico que ha recibido un director capaz de cambiar el concepto del cine y del entretenimiento. Pero ese es otro debate.

‘Rojos’, la evolución de los ideales tras el triunfo de la Revolución Rusa


Diane Keaton y Warren Beaty protagonizan 'Rojos'.La carrera de Warren Beatty como director es muy corta. Cuatro largometrajes para cine y uno para televisión es todo lo que atesora el protagonista de Bonnie y Clyde (1967) tras las cámaras. Pero prácticamente todas ellas son auténticas joyas dentro de su género. Una de ellas es Rojos, intenso drama de 1981 basado en la vida del periodista y activista John Reed y su lucha a favor del comunismo, una iniciativa que le llevó a vivir junto a su mujer, la escritora feminista Louise Bryant, la Revolución Rusa desde dentro, participando posteriormente en la creación del partido comunista de Estados Unidos. La película, más allá de su belleza formal y de un reparto sencillamente excepcional (en el que destacan Jack Nicholson y Diane Keaton, además del propio Beatty), recoge con inteligencia el sentimiento de frustración una vez superados los primeros compases de cualquier fenómeno social de este tipo, algo que la Historia ha demostrado en no pocas ocasiones.

Desde luego, las más de tres horas de metraje son tiempo más que suficiente para abordar diversas tramas y conflictos, tanto emocionales como sociales, pero en nuestro caso todos ellos tienen mucho que ver no solo con una interpretación algo extrema del comunismo, sino con la lucha entre sentimientos e ideología, entre el corazón y la mente. La relación de la pareja protagonista, hilo conductor del resto de tramas secundarias, es presentado como un tortuoso camino de encuentros, disputas y sentimientos encontrados que tienen su origen en una idea de amor libre que ninguno de los protagonistas es capaz de tolerar por mucho que lo intenten. Da igual las promesas que hagan o la imagen que pretendan ofrecer al mundo. En la intimidad de una casa vacía el temor a perder al ser amado y a la soledad es más fuerte que cualquier otro sentimiento, algo que les separa y que al mismo tiempo termina por unirles.

Pero si el romance entre estos personajes es el motor y la excusa para narrar el acontecimiento histórico, la propia Revolución Rusa adquiere un significativo papel en la segunda mitad del film, aunque no en el sentido que podríamos estar acostumbrados a ver. Beatty, quien también participa en el guión, disecciona a la perfección el proceso de frustración que deriva en insatisfacción cuando un movimiento tan relevante y radical como una revolución debe hacer frente a sus ideales para asentarse sobre unas bases coherentes para construir una sociedad. Mientras que el nacimiento se produce por el empuje de toda una sociedad para cambiar las cosas, el desarrollo y maduración debe ser coordinado por unos pocos, es decir, se debe dejar el poder en manos de alguien.

Personalmente, es esta segunda parte del film lo más interesante de toda la trama. La lucha contra el sistema del protagonista se convierte en una lucha contra sus propios compañeros, en una implicación cada vez mayor por defender unos ideales que considera no reflejados (o directamente violados) en la construcción de los nuevos partidos comunistas. Rojos se convierte, por tanto, en un documento muy interesante a analizar, no tanto como reflejo fiel de una época convulsa, sino como un proceso dramático en el que la indignación, la tristeza y el amor a una causa se entremezclan para derivar en una lucha interna que no hace sino demostrar que la sociedad necesita cambiar, aunque después no tenga muy definido cómo continuar.

La luz de una revolución

La película, por supuesto, es mucho más que la implicación política y social que demuestra Beatty. De hecho, las 12 nominaciones a los Oscar en 1981, algo que no se lograba desde 15 años antes, no son por su compromiso ideológico, sino por los valores formales y dramáticos que expone la cinta. Los segundos ya los hemos mencionado, y los primeros pasan inevitablemente por la labor del director de fotografía, Vittorio Storaro (El último emperador). Su labor, por la que ganó su segundo Oscar, ofrece los dos aspectos fundamentales de toda fotografía cinematográfica: la capacidad de emocionar y de narrar. En efecto, el uso de la luz por parte de Storaro permite al espectador acercarse más a los personajes, a sus emociones y a sus miedos.

La forma de presentar el hogar de los protagonistas, muchas veces en penumbras, transmite la idea de una soledad generada por esa confrontación interna entre emociones e ideología de la que antes hablábamos. Y eso es solo un ejemplo. El uso del color durante la Revolución Rusa o las diferentes discusiones del protagonista con compañeros de profesión y de partido aportan a la historia un naturalismo único, acercando la forma de realizar de Beatty (tradicional pero formalmente bella) al documento histórico que recrea, no tanto al movimiento ruso como al realismo de la azarosa vida de Reed.

El principal problema con el que se encuentra es, como suele ocurrir en estos casos, la duración de su metraje. Más de tres horas es, salvo honradas y muy escasas excepciones, una duración demasiado larga para mantener un nivel de interés alto durante todo el desarrollo dramático. Además, como toda historia basada en la vida de un personaje conocido presenta la dificultad de una narrativa coherente entre los saltos temporales imprescindibles para resumir décadas en minutos. Tal vez el film de Beatty peque en ciertos momentos de dichas flaquezas, pero lo cierto es que no son muy distintas de las que se pueden encontrar en cualquier guión, con la diferencia de que muchos otros no poseen el interés que puede generar esta.

En cualquier caso, Rojos es un clásico más que recomendable para cualquier persona que quiera acercarse a una época tan convulsa como las primeras dos décadas del siglo XX. Imprescindible para aquellos a los que les guste la Historia. Su plasmación de los sentimientos que genera una revolución, y de cómo estos evolucionan a medida que dicho movimiento debe consolidarse en algo sólido socialmente hablando, es uno de los mejores motivos para sentarse frente al televisor y recuperar esta historia de amor, de lucha por unos ideales y del nacimiento de un movimiento que cambió para siempre el panorama político y social del mundo.

‘Star Trek: En la oscuridad’: las emociones de un viaje estelar


Zachary Quinto, Benedict Cumberbatch y Chris Pine en 'Star Trek. En la oscuridad', de J. J. Abrams.Habrá que ver cómo se desenvuelve con una saga tan influyente como la de Star Wars, pero hasta ahora la labor de J. J Abrams en las diferentes series de películas que ha dirigido solo podría denominarse como revitalizadora. Suya fue la labor de olvidar el mal sabor de boca que dejó Misión Imposible II (2000), y suyo ha sido el éxito que tuvo el reinicio de Star Trek en 2009, haciéndose cargo de una secuela que si bien retoma los ingredientes que atrajeron a fans y profanos a las salas, posee un carácter mucho menos grandilocuente en favor de una trama más centrada en la amistad y las relaciones humanas.

Ya desde la primera secuencia queda patente que la práctica totalidad del desarrollo dramático tendrá como eje las relaciones entre los personajes de la Enterprise y las crisis generadas a raíz de sus diferentes puntos de vista respecto a diversos temas como la muerte o la moral, algo que ya se planteó en la primera entrega y que es mucho más evidente en esta segunda, en algunos momentos de forma algo burda. Lo cierto es que el guión, más simple y menos elaborado que otros escritos por el equipo habitual de Abrams, es el punto débil de esta superproducción que, por lo demás, ofrece lo que se espera de ella: entretenimiento, espectáculo y mucha acción.

De hecho, la historia sería mucho menos interesante si no estuviera Benedict Cumberbatch (El topo), actor inglés que poco a poco se está haciendo un hueco gracias a un rostro inquietante por naturaleza al que sabe sacar el máximo partido. Su presencia como el villano de la función aporta un dramatismo mayor a las motivaciones de la intriga, y crea un némesis perfecto para unos protagonistas que saben exprimir con inteligencia la química que existen entre ellos.

Star Trek: En la oscuridad es todo lo que se espera de ella, pero no es todo lo que podría ser. J. J. Abrams crea una película visualmente apabullante que compite con el resto de estrenos veraniegos por tener la mayor destrucción civil del año, pero pierde la grandiosidad que caracterizó a la primera entrega. El film sabe sustentarse en sus actores y sus personajes, pero más allá de eso la historia pierde algo de fuelle cuando tiene que dar paso a la explicación de la trama.

Nota: 7/10

‘Equilibrium’, la ausencia emocional como solución del conflicto social


Puede que muchos de los consumidores de cine en España no hayan oído hablar de una película llamada Equilibrium, que este año cumple sus primeros 10 años. No es para menos, pues no llegó a estrenarse aquí, aunque atractivos no le faltaban: actores muy conocidos y de moda, una historia futurista sólida y convincente y un diseño de producción y conceptual que se acercaba, en cierto modo, a Matrix (1999). Un título muy recomendable que, aunque no sea un clásico del género, sí se ha ganado el estatus de película de culto en círculos muy concretos.

De hecho, el argumento toma diversos elementos de muchas obras literarias que abordan hipotéticos futuros donde la sociedad vive completamente alienada. En el film, dirigido por Kurt Wimmer, autor del guión de la reciente Total Recall (Desafío total), la sociedad ha logrado erradicar la fuente de todos sus males, los sentimientos, y lo hace a través de una droga que inhibe emociones como el odio o la rabia, pero también el amor o la sensibilidad por la belleza. En este sentido, el Padre de todos, una especie de líder gubernamental, ha prohibido toda expresión artística. Para vigilar el orden existe un cuerpo de élite integrado por clérigos, hombres adiestrados en artes marciales con armas de fuego y en el cuerpo a cuerpo.

Sin duda, lo más llamativo del relato son, precisamente, estos clérigos y las secuencias que protagonizan, comenzando por el protagonista, un Christian Bale (El caballero oscuro: La leyenda renace) que se mete en la piel de un hombre insensible que, por una serie de decisiones, termina convirtiéndose en el principal baluarte de una resistencia clandestina. En efecto, las secuencias de acción son, visualmente, lo más impactante, tanto aquellas protagonizadas por unos disparos casi imposibles como las que involucran combates cuerpo a cuerpo con espadas.

Un mundo feliz

Sin embargo, la cinta de Wimmer deja en la memoria un poso mucho mayor que el de un mero entretenimiento. Equilibrium se revela como una propuesta crítica y concienciada con la libertad de expresión y la emocional, mostrando una sociedad donde cualquier atisbo de emoción, sea por el motivo que sea, es tratado casi como un acto de terrorismo; todo con la excusa de mantener un mundo feliz y equilibrado donde las guerras quedan erradicadas.

Así, la película es una defensa de todo aquello que define al ser humano, y que no es otra que el libre albedrío para decidir y elegir los gustos personales o el punto de vista que se quiere defender, es decir, la capacidad de que exista más de una opinión y más de una forma de afrontar los problemas, algo que cada día parece estar más en boca de la sociedad.

Gracias a esto, el relato contiene algunos momentos realmente bellos en su concepción y, sobre todo, en el trabajo actoral más allá de las peleas o de los decorados, muchos de ellos digitales (lo que no quiere decir que algunos no sean sorprendentes). Ver la frustración de Bale al empezar a sentir de nuevo para luego pasar al llanto de felicidad por volver a sentir es magnífico, aunque no es lo único. A pesar de su corto papel, Sean Bean (Soldiers of fortune) consolida a un personaje casi imprescindible en la trama, un desencadenante de todos los acontecimientos que se suceden hasta el clímax.

No hay que engañarse. Equilibrium es una película menor en las filmografías de todos sus responsables. Como ópera prima de Kurt Wimmer, contiene la mayor parte de los aciertos y errores que suelen tener estas obras, pero sería injusto no reconocer que posee muchos más de los primeros que de los segundos. Existen muchas películas de este tipo que abordan un conflicto similar. Unas se centran más en la intriga o en la investigación policíaca; la protagonizada por Christian Bale lo hace en la acción a través de un nuevo concepto de combate. Y eso suele marcar una diferencia que ensalza al film por encima de los demás.

Diccineario

Cine y palabras

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