‘House by the river’, o el expresionismo de Lang fuera de Alemania


Fritz Lang vuelve al expresionismo en 'House by the river'.Hablar de Fritz Lang es hablar del expresionismo alemán. Es hablar de obras cumbre de la Historia del cine como Metrópolis (1927) o El testamento del Dr. Mabuse (1933). Pero hablar de él también es hablar de una etapa en Hollywood muy fructífera. Tanto que entre sus obras se hallan un western y varias aventuras, amén de thrillers y dramas. Pero entre todas ellas siempre hubo un hueco para seguir desarrollando las señas de identidad del movimiento cinematográfico alemán, y uno de lo mejores ejemplos es House by the river (1950), film inédito en varios países, entre ellos España.

Su argumento, basado en la novela de A.P. Herbert, es extremadamente sencillo. Un escritor vive apartado del mundanal ruido en una casa a orillas de un río. Su intención es poder encontrar la inspiración para una nueva obra, pero su vida da un vuelco cuando una noche mata a su sirvienta al tratar de forzarla para que se acueste con él. Aterrado por las consecuencias, convence a su hermano para que ambos se deshagan del cuerpo. Éste, enamorado de la mujer del escritor, acepta convertirse en cómplice e incluso llega a aceptar la culpa del crimen cuando éste se descubre. Sin embargo, cuando la condena parece inminente la locura del escritor vuelve a apoderarse de él, llevándole a extremos nunca imaginados. Como puede verse, el desarrollo dramático es prácticamente inexistente, al menos físicamente hablando. Y dicha sencillez, que se traslada también a los escenarios, es lo que aprovecha el director para lograr un contraste mucho mayor con el aspecto emocional y psicológico de los personajes, sobre todo del protagonista.

En cierto modo, House by the river puede ser vista por muchos como una película pequeña cuya concepción es, tal vez, demasiado básica. Empero, el film de Lang va mucho más allá. Limitarse únicamente a analizarla desde su aspecto visual sería una ingenuidad, toda vez que las películas del director vienés rara vez se limitan a “contar una historia”. Es aquí donde entra en juego el duelo moral y emocional que libra el escritor, interpretado con solidez por Louis Hayward (Diez negritos) aunque con algunas limitaciones en determinados momentos. Su evolución es lo realmente interesante de la película, pues ofrece todo un abanico en el que se dan cita los celos, el odio, el miedo, la pasión y la locura. Conceptos todos ellos muy presentes en el cine de Fritz Lang, por cierto.

La forma en que el personaje se involucra más y más en la terrible espiral obsesiva a raíz del asesinato de su criada convierte la obra en una frío y calculado descenso a los infiernos motivado única y exclusivamente por el remordimiento y el miedo a la propia naturaleza humana que el protagonista descubre dentro de él. Una naturaleza que, no en vano, se aprovecha de todos sus semejantes, incluido su propio hermano, una de las víctimas más notables de la obsesión antes mencionada. Dividida en dos partes diferenciadas claramente, la película puede pecar de un exceso de celo en su ritmo, demasiado pausado en determinados momentos. Pero si se analiza desde el punto de vista psicológico, ese tempo permite al espectador introducirse mucho más en la mente del asesino, siendo partícipe y testigo, jurado y verdugo, de la actitud del personaje al que da vida Hayward.

Luces y sombras de la personalidad

Pero comenzaba este comentario diciendo que House by the river es una de las mejores muestras de expresionismo alemán fuera de Alemania. Este movimiento artístico utilizaba la iluminación y la fotografía como medio narrativo de la condición humana, de sus traumas, sus miedos y sus anhelos. Lang aprovecha todos sus conocimientos en este sentido para dotar al film de una fuerza visual incuestionable que, con su uso de luces y sombras, disecciona la psique cada vez más perturbada del escritor homicida. La fotografía, a cargo de Edward Cronjager (Cimarrón), adquiere de este modo un protagonismo propio en paralelo a la propia historia, aunque siempre otorgando al desarrollo dramático una relevancia mayor. Así lo demuestra, por ejemplo, el momento del crimen, en el que la oscuridad parece adueñarse del decorado principal que es la casa. Una oscuridad que no solo sirve para ocultar el propio crimen, sino para que el espectador vea aflorar la verdadera personalidad del protagonista, como si de un monstruo que surge de las sombras se tratara.

Claro que no es el único momento. El uso de la iluminación y la planificación elegida por Fritz Lang, esta última en un constante proceso que oscila entre planos generales y planos más concretos, dotan a la obra de una narrativa no solo eficaz, sino incluso angustiosa. Ya he insistido en el proceso de obsesión y locura que sufre el protagonista, pero es gracias al uso de la cámara que el espectador se identifica hasta el punto de sentir la angustia de la culpabilidad y el miedo a ser descubierto. Cada sonido, cada sombra proyectada sobre el suelo o la pared, e incluso cada comentario, adquieren una importancia capital en la destrucción de la psique del rol principal, y por extensión en la inquietud de todos aquellos que asisten a los acontecimientos que se suceden en esta casa cuya imagen, por cierto, se vuelve incluso un poco grotesca con el paso de los minutos sin que cambie su apariencia.

Aquellos más familiarizados con la obra del director notarán que muchos de los conceptos narrativos y dramáticos de la película remiten irremediablemente a M, el vampiro de Düsseldorf (1931). No cabe duda de que buena parte de la experiencia adquirida en aquel film repercute en la forma de contar la evolución de este personaje que, aunque distinta, es similar en muchos sentidos. Es cierto que en el film que nos ocupa la obsesión es algo interno, mientras que en aquel era algo más físico, representado por el miedo de una ciudad. Pero en ambos el protagonista siente una marca que le acompaña, una pesada losa de la que es incapaz de librarse y que, por mucho que lo intente, siempre regresa a su puerta para reclamar justicia. En la película de los años 30 era un grupo de criminales; en este caso es el propio río, cómplice a la hora de esconder cadáveres y testigo de la acusación al devolver los cuerpos.

Desde luego, comparada con otras de sus obras House by the river es una película menor. Corta duración, trama sencilla y poco más de dos escenarios. Pero eso permite a Fritz Lang desarrollar al máximo la teoría cinematográfica del montaje y la iluminación, obteniendo como resultado una obra profundamente psicológica en la que las sombras, física y emocionales, juegan un papel fundamental. De hecho, sin estos factores posiblemente estaríamos hablando de un film normal y corriente, uno de tantos elaborados en aquellos años a la sombra de los grandes relatos del cine negro. En manos del director, empero, adquiere entidad propia, única, y se convierte en un interesante film expresionista que obliga a estar atento a cualquier detalle y a analizar todos los encuadres. Es el resultado, en definitiva, de la visión de un genio a una historia aparentemente correcta.

‘Nebraska’: la demencia del dinero


Will Forte y Bruce Dern se embarcan en un viaje hacia 'Nebraska'.Hay películas que pueden parecer sencillas en su concepción y en su narrativa visual, pero una vez vistas y analizados todos sus aspectos se revela como algo más de lo que se puede ver a simple vista. Lo nuevo de Alexander Payne (Entre copas) se ajusta a esta idea como un guante. Más o menos en la misma medida en que lo hace el resto de su cine, definido por una sana obsesión a la hora de retratar la condición humana y las relaciones familiares. La diferencia, en esta ocasión, radica en que para contar la historia no se sirve únicamente de los personajes.

De hecho, y aunque haya más de uno que pueda considerar casi blasfemo lo que voy a escribir, los personajes no son lo más llamativo del conjunto. No quiere esto decir que no sean importantes. Lo son, y mucho. Al igual que los actores. Pero lo que realmente define a Nebraska es su fotografía y la deliberada apuesta de Payne por un montaje y una planificación muy clásicas, de otra época. La apuesta en blanco y negro, con el director de fotografía Phedon Papamichael (En la cuerda floja) como máximo responsable, acentúa sobremanera el tono crepuscular de este viaje de redescubrimiento de los lazos familiares. Gracias a los constantes grises que pueblan todos y cada uno de los planos el espectador se sumerge en un mundo de relaciones humanas dominadas por la envidia y el ansia del dinero, así como permite retratar mucho mejor el cada vez más caótico y bicolor mundo del protagonista.

Un protagonista, por cierto, magistralmente interpretado por Bruce Dern (Monster). Pero un protagonista, en cualquier caso, similar a otros vistos en el propio cine de Payne, al igual que ocurre con el resto de personajes. Y a pesar de que esto no es un impedimento para dejarse llevar por una trama bien estructurada y un humor casi tan gris como la fotografía de la película, sí que deja la sensación de estar ante algo ya visto, ante un viaje narrado en otras ocasiones y en similares circunstancias. Empero, y como le ocurre al protagonista, lo importante no es si se logra el premio final o si se curan las maltrechas relaciones familiares, sino si se aprende algo del viaje físico y emocional que se realiza. Personalmente creo que sí, sobre todo con la resolución tan tierna que tiene la historia, pero eso es algo que cada espectador debe valorar por sí mismo.

Lo que no debe generar duda alguna es que Nebraska es uno de esos films grandes en su sencillez. Con una historia simple y sin grandes sobresaltos narrativos Alexander Payne realiza una disección profunda de las relaciones humanas y de cómo el dinar es capaz de mostrar a las personas tal y como son. Tanto si existe como si se cree que existe. Este viaje existencial en el que se embarcan padre e hijo es, en definitiva, una forma tan buena como otra cualquiera de evidenciar que la demencia que sufre el protagonista es extrapolable a la que se apodera del resto de individuos cuando creen que una fortuna puede cruzarse en su camino. A partir de aquí, solo cabe preguntarse quién puede estar más loco, el que cree en una fantasía o aquellos que creen al demente.

Nota: 7,5/10

‘El hipnotista’: el drama del cine negro de personajes


Mikael Persbrandt es 'El hipnotista', de Lasse Hallström.Que un director cuya carrera se ha movido siempre entre dramas, romances y comedias decida de repente dar un giro y atreverse con un thriller genera ya de por sí un interés propio. Si ese director es Lasse Hallström (Chocolat), aún más. Cualquier aficionado que siga su filmografía de forma más o menos asidua comprenderá que un autor al que le gusta desarrollar hasta el detalle a sus personajes tiene todo un filón en la novela negra proveniente del norte de Europa que está tan de moda desde la saga Millennium. Y la verdad es que El hipnotista es un film de personajes. Tanto que eclipsa por momentos la trama.

De hecho, se podría decir que hay dos películas en una. Por un lado, la investigación de un brutal asesinato cuya única pista radica en los recuerdos de un joven en estado de shock incapaz de hablar. Por otro, el drama personal de un antiguo médico cuya carrera se vio truncada por una falsa acusación y cuyo matrimonio pasa por sus peores momentos después de una severa crisis. La primera disfruta de sus minutos al comienzo y al final, dejando toda la parte central de las poco más de dos horas para el profundo desarrollo de la segunda. El problema es que ambas apenas se nutren entre sí, llevando al espectador a perder el interés de una intriga que, por otro lado, se resuelve de forma algo brusca, casi como si de un ‘deus ex machina’ se tratara.

Eso sí, los personajes quedan perfectamente definidos. Poco preocupan los quebraderos de cabeza de una investigación que parece no llevar a ningún lado ante los conflictos emocionales de cada uno de los protagonistas, todos ellos encuadrados en un arquetipo de personaje. Por ejemplo, el policía solitario entregado a su trabajo, la madre frustrada y desesperada ante la situación que vive (una Lena Olin, por cierto, algo excesiva) o la investigadora que compagina trabajo y familia de forma ejemplar. Todos ellos conforman un paisaje dramático que, en otra situación y con otro argumento, podría haberse convertido en uno de esos dramas que tanto le gustan a Hallström. Pero no hay que olvidar que estamos ante un thriller, un cine negro cuyas reglas, incluso las particulares del género europeo, están aquí reducidas a su mínima expresión.

El hipnotista se convierte así en una intriga de personajes, en una historia sobre cómo unos individuos normales y corrientes unidos por la tragedia afrontan sus dudas y sus propios conflictos morales. Poco importa el desarrollo de la investigación y cómo esta afecta a los implicados más directos. De hecho, más o menos a mitad de metraje se dan las pistas suficientes para imaginarse un más que posible desenlace, lo que no evita alguna que otra sorpresa final. El propio director ha afirmado que esta película era un experimento personal en el que intentaba aunar ambos elementos: thriller y personajes. El resultado, sin ser malo, no llena lo que podría esperarse.

Nota: 6/10

Broche de oro al conflicto emocional de ‘Daños y perjuicios’ en su 5ª T


La televisión está viviendo uno de sus mejores momentos. Gracias a la apuesta de los productores, grandes talentos de la gran pantalla se están acercando a un medio que, durante décadas, se consideró inferior artísticamente hablando. Pero también ha permitido que los espectadores descubran nuevos talentos, tanto delante como detrás de las cámaras. El principal problema es que los responsables tienden a dar luz verde a productos de temáticas similares, algo evidente si se tiene en cuenta la proliferación de propuestas sobre medicina, abogacía o intriga policíaca. Pero no todo es lo mismo, por fortuna. Este 2012 ha concluido la que posiblemente sea una de las mejores series sobre abogados de los últimos tiempos, Daños y perjuicios. Y lo ha hecho con una trama que, aunque a primera vista no parece estar a la altura de las anteriores, da forma a todas las intrigas de temporadas pasadas y recupera un elemento que, tal vez, se había perdido en el desarrollo dramático de todo el conjunto: el enfrentamiento personal entre las dos protagonistas principales.

Porque si algo queda patente en esta serie es que el verdadero interés radica en la relación de amor-odio que existe entre los personajes de una inconmensurable Glenn Close (Albert Nobbs) y la cada vez más solvente Rose Byrne (Troya), la primera como una veterana y despiadada abogada (Patty Hewes), y la segunda como una joven letrada que busca hacerse un hueco en ese mundo (Ellen Parsons). Una relación que adquiere el protagonismo más absoluto en estos últimos 10 episodios, en los que el caso que las enfrenta queda casi en un segundo plano (de hecho, se resuelve sin conflicto alguno) para dejar los focos a la resolución de los misterios, dudas y miedos que se han ido acumulando a lo largo de estos años. Una apuesta arriesgada que podría haber salido mal, pero que gracias a la estructura narrativa de cada capítulo engancha al espectador desde el primer plano, que no es otro que Byrne tirada en medio de una calle.

Dicho formato, que juega con el presente y el futuro a su antojo en pos de una incertidumbre a veces infundada y a veces verídica, es uno de los ases en la manga de esta producción creada por Glenn Kessler, Todd A. Kessler y Daniel Zelman (Como locos… a por el oro). Cada temporada plantea en su primer episodio un final impactante que se resolverá a lo largo de los capítulos, durante los cuales se descubren nuevos detalles que dirigen las interpretaciones en uno u otro sentido. Esta quinta entrega no es menos, aunque tiene matices interesantes. Sin ir más lejos, el motivo que lleva a ese desenlace nada tiene que ver con el caso judicial protagonista, centrado en esta ocasión en un hacker metido a periodista que publica filtraciones (una más que clara referencia a Wikileaks, y sobre esto volveremos más adelante)  y que se enfrenta a la acusación de provocar el suicidio de una de sus fuentes.

Decíamos más arriba que la trama judicial no estaba a la altura de las anteriores. En efecto, aunque la complejidad del caso que centra esta temporada es de un grado similar al de etapas anteriores, el interés por los personajes no es el mismo. Sus motivaciones son, por decirlo de algún modo, menos profundas, y los personajes no resultan tan “siniestros” como podía ocurrir en otras ocasiones. Todo eso, empero, no juega en contra del sentir general de la historia, más bien al contrario. La “sencillez” del caso deja el tiempo necesario para desarrollar la confrontación directa entre las dos abogadas en un cara a cara (interpretativo y ficticio) que deja sus cartas al descubierto en un punto de inflexión de la trama, cuando ambas acuerdan alterar el devenir de los acontecimientos para poder enfrentarse en los tribunales. Un detalle que modifica todo lo visto anteriormente y determina el resto del desarrollo dramático.

La pesadilla de los errores

El hecho de la referencia a Wikileaks no es gratuito. Uno de los conceptos más agradecidos de la serie es que, en mayor o menor medida, siempre ha situado el conflicto personal de ambas abogadas en un marco actual, introduciéndolas en casos basados (o inspirados) en noticias del momento. Así pasó en la tercera temporada, con una trama inspirada en el caso Madoff, o en la cuarta temporada, donde el ejército y todo el conflicto de Oriente Medio fueron el centro de los acontecimientos. Unas decisiones que han enriquecido poderosamente la historia al introducir un componente de crítica social.

Pero si algo destaca poderosamente, al menos en el aspecto visual, son las consecuencias subyacentes de todos los trágicos acontecimientos que se viven a lo largo de la serie (la muerte del prometido de Byrne y el suicidio de un abogado en la primera temporada, algunas confesiones, …). Consecuencias traducidas en una serie de pesadillas que en esta quinta temporada adquieren un cariz realmente inquietante, sobre todo en el caso del personaje de Close, acosado constantemente por sus ansias de ganar los casos y por las malas decisiones tomadas en su nombre.

Gracias a esas secuencias, rodadas con el mismo estilo sobrio y elegante del conjunto de la serie para que el aspecto terrorífico quede potenciado, la serie se permite el lujo de poder avanzar en dos planos muy diferentes que confluyen en esta quinta temporada en un plano fijo del rostro impertérrito de Glenn Close que, contrariamente a lo que se pueda pensar, refleja absolutamente todo lo que ha ocurrido en la serie y las emociones de la protagonista. Así, por un lado el espectador asiste a la evolución jurídica de los casos en los que participan ambas abogadas; por otro, y tal vez el más interesante por lo que tiene de diferenciador con otras producciones, las emociones contenidas de ambos personajes crecen en silencio y soledad hasta el punto de confundir y mejorar buena parte de la trama jurídica.

La quinta temporada de Daños y perjuicios supone, en este sentido, un broche de oro perfecto a un desarrollo dramático complejo, que ha superado todas las fases posibles hasta explotar en ese confrontamiento personal y laboral de las dos actrices principales. Enfrentamiento al que, por cierto, no solo asisten los espectadores, sino el resto de personajes que han pasado por la serie, muchos de ellos interpretados por conocidos actores como John Goodman (El gran Lebowski), Ted Danson (Una aventura extraordinaria), Zeljko Ivanek (Argo), Chris Messina (Julie y Julia), Timothy Olyphant (Hitman), Marcia Gay Harden (Hacia rutas salvajes), Martin Short (Mars Attacks!), William Hurt (Dark City), Ryan Phillippe (Crueles intenciones), Dylan Baker (Spider-man 2) o John Hannah (La momia).

Diccineario

Cine y palabras

A %d blogueros les gusta esto: