Temporada 8 de ‘Juego de Tronos’, un gran final para los Siete Reinos


Ya está. Lo que hace ocho años comenzó como la adaptación de una serie de novelas de corte fantástico medieval ha llegado a su fin como el fenómeno televisivo de las últimas décadas. Un fenómeno que ha trascendido su propia dimensión de puro entretenimiento seriéfilo para convertirse en un estudio de estrategias políticas y una confrontación de pasiones encontradas. Y si bien es cierto que esto da buena muestra del grado de relevancia que ha adquirido Juego de tronos, también ha jugado en contra de la octava y última temporada creada por David Benioff (Troya) y D.B. Weiss, ya conocidos como D&D. Personalmente, creo que con sus errores y sus prisas por terminar, que los tiene, estos seis episodios finales son la conclusión sobresaliente a una historia desarrollada en casi una década.

Y sí, digo sobresaliente porque en realidad estos capítulos vienen a ser lo que el tercer acto es a una película, es decir, la conclusión a todas las tramas abiertas a lo largo de los años. Sobre todo las principales. Esto ha provocado que el desarrollo dramático se haya centrado fundamentalmente en los conflictos bélicos largamente esperados, ambos con consecuencias catastróficas tanto visual como sociológicamente. En este aspecto, sus creadores aprovechan las oportunidades que ofrecen las propias características de la serie para componer una huída hacia adelante, un constante recorrido a marchas forzadas para solventar algunos de los conflictos planteados, madurados e incluso enquistados a lo largo de estas temporadas. Habrá quien piense que todo ha sido muy rápido, que solo ha interesado lo visual por encima de la intriga política. No falta razón, pero es que si hubiera sido de otra manera no estaríamos ante el final, sino ante una transición a otra historia diferente.

Las dos principales batallas de esta temporada, desarrolladas no por casualidad en las dos grandes ciudades de Juego de tronos, son un ejemplo de pulso narrativo. La primera, en Invernalia, juega de forma magistral con la iluminación, con el terror de la noche y las características de los muertos. Los movimientos de cámara permiten en todo momento conocer la ubicación de todos los personajes allí citados aunque la historia solo se centra en los principales. Y me explico. El episodio está estructurado de tal manera que la trama solo necesita seguir a los protagonistas para poder narrar cada detalle de la batalla. Y esto, teniendo en cuenta la complejidad de la narrativa, es algo que todo realizador debería estudiar si tiene que enfrentarse a algo similar. La segunda, en Desembarco del Rey, es más bien un derroche de tensión dramática, con ese tañer de campanas que debería marcar un final y, sin embargo, marca un inicio. Y aunque este episodio tiene algunos de los momentos más irregulares de la serie, no deja de evidenciar la fuerza narrativa de una serie construida a fuego lento… nunca mejor dicho.

No cabe duda de que estos seis episodios (algunos de ellos de una duración similar a una película) se han planteado única y exclusivamente para cerrar tramas. Algunas de ellas quedan ligeramente abiertas en el último episodio. Otras se cierran de forma coherente y otras, sencillamente, se antojan algo apresuradas en su resolución. Todas ellas, con sus altibajos, forman sin embargo un mosaico narrativo y visual espléndido, con una serie de discursos y argumentaciones finales que demuestran, por un lado, el peso dramático del rol de Peter Dinklage (Vengadores: Infinity War), diluido un poco entre tanta guerra, y por otro, que la serie ha sido y siempre será un estudio político de los intereses y luchas de poder entre facciones, se llamen familias o con cualquier otro nombre que se les quiera dar. Es cierto que esta última temporada peca en exceso de una cierta aceleración de acontecimientos, sobre todo tras la batalla de Invernalia, y eso es posiblemente lo más censurable del conjunto, pero en todo caso la evolución de los personajes encuentra su encaje en su desarrollo de temporadas pasadas.

Dictadores y demócratas

De hecho, la serie recupera de nuevo esa idea de tiranos dictadores y nobles demócratas que tan bien ha funcionado en el pasado. Para muchos el problema radicará en las figuras que representan cada uno de los bandos. Estoy hablando del rol de Emilia Clarke (Terminator: Génesis), que ha pasado de ser libertadora a convertirse poco menos que en una versión femenina de Hitler. Sus discursos e ideas en el episodio final de esta temporada de Juego de tronos confirman un viraje moral que podría considerarse inconsistente, pero que analizado fríamente tiene una más que clara justificación. Para empezar, durante toda la serie se ha hablado en varias ocasiones del legado familiar de locura y megalomanía; y aunque siempre ha atacado a tiranos y esclavistas, lo cierto es que todo aquel que se ha opuesto a sus designios ha tenido un final poco benévolo. Es cierto que en estos seis episodios su evolución parece precipitarse con demasiada urgencia, pero eso no es óbice para que la base sobre la que se sustenta exista realmente y se haya fraguado durante las siete temporadas previas.

Hay que señalar, en este sentido, la estética dictatorial de esos planos del último episodio, con grandes banderas ondeando sobre ruinas, ejércitos uniformados y discursos más propios de la época más oscura de Europa. Las palabras del personaje de Dinklage despejan las posibles dudas que pudiera haber. Como decía antes, este episodio ocho viene a confirmar que la serie nunca ha abandonado ese cariz puramente político y estratégico, por mucho que haya tenido descansos dramáticos favoreciendo la acción pura y dura. Las tensiones entre los personajes de Clarke y Sophie Turner (X-Men: Apocalipsis) son el mejor ejemplo de ello. Con todo, la serie deja decisiones dramáticas cuestionables. Dado que es necesario acentuar el carácter conquistador de la Madre de Dragones, Benioff y Weiss convierten el rol de Lena Headey (300) en una mujer vulnerable, alejada por completo de la tirana y déspota reina que fue antaño. Algo con poca justificación, ya que la masacre de hombres, mujeres y niños indefensos ya es de por sí suficiente argumento para convertir a una salvadora en una tirana. Su muerte es, posiblemente, el momento más innecesariamente melodramático de toda la serie, amén de no corresponder con la evolución del personaje durante toda la serie.

Ahora bien, la resolución de todas las tramas y del futuro de cada uno de los personajes supervivientes es sencillamente brillante. La argumentación con la que se corona al nuevo rey viene a confirmar un cambio mínimo para que todo siga igual. Dejando a un lado la cuestionable presencia de algunos personajes en esa especie de concilio final en torno al rey (¿de verdad era necesario recuperar personajes que no aparecían desde hacía varias temporadas?), cada uno de los protagonistas termina donde tiene que terminar, el lugar al que pertenece en cuerpo y, sobre todo, alma. Una nueva generación de personajes, cada uno retomando papeles interpretados por veteranos en las anteriores temporadas, que viene a introducir sangre nueva en una historia que perfectamente podría continuar con intrigas políticas, recelos, ambiciones y luchas de poder. Un final continuista para una trama marcada por la destrucción de una guerra que ha dejado muchos, muchísimos cadáveres por el camino. Un final que comienza con la reconstrucción de un mundo arrasado por el hielo y el fuego.

Juego de tronos termina como debería terminar. Al menos la serie de televisión. Habrá que ver si tiene algo en común con las novelas que deba publicar George R. R. Martin. Pero como producto audiovisual esta octava temporada ha demostrado que la pequeña pantalla es capaz de ofrecer tensión dramática, un lenguaje visual complejo y bello, una evolución compleja de sus personajes y un final que, casi con toda probabilidad, no dejará indiferente a nadie. Como dice el personaje de Dinklage (en uno de sus muchos y brillantes momentos del último episodio), nada une más que una buena historia. Una historia no puede ser derrotada, y si crece lo suficiente puede llegar a ser incontrolable. Algo de todo eso tiene esta última tanda de episodios. Y dado su éxito, es evidente que no gustará a todo el mundo, que cada uno de los espectadores tendrá su versión de lo ocurrido. Eso es lo más atractivo de la serie. Personalmente, y con las irregularidades evidentes que tiene esta etapa, creo que estamos ante una conclusión más que digna de una trama tan compleja como esta. Pero ante todo hemos llegado al final de una era. Nada volverá a ser lo mismo después de esta guerra de Poniente. La televisión ha cambiado, abriendo la puerta a nuevas y complejas producciones. Solo el tiempo dirá si ha sido para bien o para mal. Y de nuevo, como dice Tyrion Lannister, preguntadme dentro de diez años.

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‘Han Solo: Una historia de Star Wars’: el sino de los tiempos


Según los datos de la taquilla, la nueva aventura galáctica, dirigida en esta ocasión por Ron Howard (Ángeles y demonios), no está teniendo la repercusión ni el éxito esperados. Habrá quien lo achaque a factores externos, pero la realidad es que esta historia sobre la juventud de uno de los personajes más icónicos de la saga creada por George Lucas (American Graffiti) no termina de encajar del todo bien en el imaginario galáctico. Y por muchos motivos.

Para empezar, las líneas temporales. Cuesta identificar claramente el momento en el que transcurre esta trama con respecto a la saga principal, a diferencia de lo que ocurre con Rogue One. Y la cinta parece quedar un poco ‘coja’ de algo tan importante como las batallas espaciales, seña de identidad de la saga cinematográfica. Se antoja más, por tanto, como una especie de aventura futurista que como una obra propiamente de Star Wars. A todo ello se suman, por ende, la ausencia de muchos de los elementos que siempre han acompañado esta mega historia cinematográfica, desde la banda sonora a detalles y escenarios icónicos.

Así, salvo Chewbacca, el propio Solo, al que da vida con acierto Alden Ehrenreich (Hermosas criaturas), Lando Calrissian (sin duda lo mejor de la trama con un Donald Glover –Magic Mike XXL– inmenso) y el Halcón Milenario, la película no ofrece un contexto galáctico capaz de permitir al espectador medio identificarlo con el resto de películas. Pero eso es el contexto. En realidad el problema, como en cualquier otra película, es el contenido. Sí, la película es dinámica, divertida, con dosis de humor, acción y drama adecuadas. Pero el tratamiento de los personajes es algo tosco, definidos todos ellos con trazo excesivamente grueso y arquetípico. Apenas hay giros argumentales interesantes, salvo esa decisión final de Han Solo que choca un poco con su comportamiento en el resto de la saga. Esto implica que las decisiones de los personajes parecen tener poca base dramática, y como consecuencia el desarrollo de la cinta se produce casi más por inercia que por motivaciones argumentales.

Todo ello sitúa a Han Solo: Una historia de Star Wars más como una historia futurista que como una obra dentro de un conjunto. De hecho, da la sensación de que los elementos de Star Wars que aparecen están introducidos después de plantear una historia genérica. O dicho de otro modo, todo lo que ocurre en la cinta podría haber transcurrido en otro universo, en otra galaxia, y haber sido una película totalmente independiente. Y habría seguido teniendo los mismos problemas narrativos y estructurales porque es el sino de los tiempos que corren: más espectáculo, más diversión, pero menos tratamiento dramático. Solo se merecía algo más.

Nota: 6,5/10

La historia de Han Solo lidera los últimos estrenos de mayo


Hemos tenido que esperar al último fin de semana de mayo, pero finalmente una nueva entrega de la saga ‘Star Wars’ hace acto de presencia en la cartelera española. Mejor dicho, una nueva película del universo creado por George Lucas allá por 1977. Y como viene siendo habitual, este 25 de mayo llegan más estrenos que tratan de acaparar la atención de aquellos espectadores que prefieran alejarse del blockbuster de la semana.

Pero es obligado comenzar el repaso a los estrenos con Solo: Una Historia de Star Wars, aventura galáctica que transcurre años antes de la cinta original para narrar los orígenes de Han Solo, sus primeras aventuras como contrabandista antes de formar parte de la Rebelión, cómo conoció a Chewbacca y a Lando Calrisian. Ron Howard (En el corazón del mar) se pone tras las cámaras en esta superproducción cargada de acción, humor y efectos especiales que adelanta su estreno al día 24 y que cuenta en su reparto con Alden Ehrenreich (La excepción a la regla), Joonas Suotamo (Star Wars: Episodio VIII – Los últimos Jedi), Emilia Clarke (serie Juego de tronos), Paul Bettany (Vengadores: Infinity War), Woody Harrelson (Tres anuncios en las afueras), Thandie Newton (serie Westworld), Donald Glover (Marte) y Warwick Davis (Get Santa).

Muy diferente es el drama romántico Disobedience, film con capital estadounidense, irlandés y británico que dirige Sebastián Lelio (Gloria) y cuya trama arranca cuando una mujer regresa a su comunidad judía ortodoxa después de varios años fuera. El motivo no es otro que la muerte de su padre, rabino de la comunidad. Aunque su marcha fue traumática, un amigo de la infancia le invita a quedarse en su casa, a lo que ella acepta. Allí descubre que la esposa de éste es su ex mejor amiga, con la que mantiene un complicado pasado que ahora, con las dos mujeres bajo el mismo techo, amenaza con destruir la vida que todos han construido. Rachel Weisz (Negación) y Rachel McAdams (Spotlight) dan vida a las dos mujeres, estando acompañadas en el reparto por Alessandro Nivola (La poesía del duelo) y Cara Horgan (El niño con el pijama de rayas), entre otros.

Puramente estadounidense es Blanco perfecto, thriller que se centra en el viaje que realizan un grupo de amigos. Durante el trayecto se quedan atrapados en plena carretera durante la noche por el reventón de una rueda. Será entonces cuando los jóvenes vayan muriendo uno por uno a manos de un francotirador oculto del que solo pueden protegerse con el vehículo. Dirigida por Ryûhei Kitamura (Nadie vive), la película está protagonizada por un reparto poco conocido encabezado por Kelly Connaire, Stephanie Pearson (Wolf mother), Rod Hernandez, Anthony Kirlew y Alexa Yeames (Available).

Entre los estrenos procedentes únicamente de Europa destaca Corporate, cinta francesa ambientada en el mundo de las grandes multinacionales. El argumento sigue a una jefa de Recursos Humanos cuyo gran poder de persuasión y su falta de remordimientos la han permitido crecer dentro de la empresa. Todo cambia cuando uno de los empleados se suicida y se inicia una investigación que la sitúa como principal sospechosa. Nicolas Silhol debuta en el largometraje con este thriller dramático protagonizado por Céline Sallette (serie Les revenants), Lambert Wilson (Las confesiones), Stéphane De Groodt (No molestar), Hyam Zaytoun (serie Second chance) y Violaine Fumeau (Les éléphants).

Por su parte, El doctor de la felicidad narra en clave de comedia cómo un estafador que dejó atrás esa vida y se convirtió en médico llega a un pequeño pueblo para sustituir a un viejo amigo. Pronto descubre que todos los habitantes gozan de muy buena salud, por lo que emplea todas sus artimañas para llenar su consulta con pacientes que creen tener extrañas enfermedades. Esto pone sobre aviso al cura, que ve cómo su iglesia se queda vacía. Pero la vida que este doctor se ha construido peligrará cuando un personaje de su pasado regrese para chantajearlo y cuando empiece a enamorarse de una preciosa joven. Dirigida por Lorraine Lévy (El hijo del otro), la cinta cuenta en su reparto con Omar Sy (Inferno), Alex Lutz (Le talent de mes amis), Ana Girardot (El hombre perfecto), Sabine Azéma (Cosmos) y Pascal Elbé (24 jours).

Italia, Alemania y Francia colaboran en La chica en la niebla, ópera prima escrita y dirigida por Donato Carrisi que sigue la vida de un detective narcisista y acostumbrado a atraer a los medios de comunicación, y al que se le encarga investigar la desaparición de una joven en un pueblecito escondido en los Alpes. A medida que el caso avanza el investigador comprende que el caso va a ser más complicado de lo que imaginaba, y que la repercusión mediática va a ser de tal magnitud que influirá en las vidas de unas personas que no están acostumbradas a tantos desconocidos. Basado en la novela homónima escrita por el propio director, este thriller está protagonizado por Toni Servillo (La gran belleza), Alessio Boni (Maldamore), Lorenzo Richelmy (La terra e il vento), Jean Reno (Atraco en familia), Galatea Ranzi (Como las hormigas) y Greta Scacchi (The falling).

La representante española de la semana es La noche del virgen, mezcla de comedia, terror y fantasía realizada en 2016 por Roberto San Sebastián en el que es su debut en el largometraje. El argumento se centra en una Nochevieja y un joven veinteañero que no ha perdido la virginidad. Dispuesto a que esa sea la noche definitiva, conoce a una atractiva mujer madura que le lleva a su apartamento. Pero lejos de ser lo que parece, la noche se tuerce y termina convirtiéndose en una vorágine de sudor, sangre y diversos fluidos. El reparto está encabezado por Javier Bódalo (Cómo sobrevivir a una despedida), Miriam Martín (Sapos y culebras), Víctor Amilibia (Visionarios), Ignatius Farray (La tumba de Bruce Lee) y Rocío Suárez.

Con algo de retraso llega el thriller dramático Playground, producción polaca de 2016 cuya trama arranca cuando una niña de 12 años, en el último día de clase, decide organizar una cita secreta con un compañero de clase del que lleva enamorada todo el curso. Sin embargo, lo que en principio iba a ser una charla íntima se descontrolada y conduce a un final aterrador. Dirigida por Bartosz M. Kowalski (Moja wola), que de este modo debuta en el largometraje de ficción, la cinta está protagonizada por los debutantes Michalina Swistun, Nicolas Przygoda, Przemyslaw Balinski y Patryk Swiderski, entre otros.

Dejando a un lado las novedades del Viejo Continente, destaca la australiana Sweet Country, aventura dramática dirigida por Warwick Thornton (The darkside) que arranca cuando un aborigen australiano que trabaja para un predicador mata en defensa propia a un amargado veterano de guerra. El hombre huye con su mujer al peligroso desierto del interior de la isla mientras es perseguido por una cuadrilla al estar acusado del asesinato de un hombre blanco. Pero a medida que se van conociendo los detalles del crimen se irán creando las dudas sobre si se está haciendo lo correcto. Entre los actores principales encontramos a Hamilton Morris, Bryan Brown (Dioses de Egipto), Sam Neill (The daughter), Thomas M. Wright (Everest), Matt Day (My year without sex) y Ewen Leslie (The mule).

El documental está representado por Caras y lugares, film escrito y dirigido a cuatro manos por JR (Women are heroes) y Agnès Varda (Las cien y una noches) que recorre la Francia rural, hablando con sus gentes e ilustrando con grandes imágenes este vitalista recorrido humano.

El invierno ya ha llegado a la séptima temporada de ‘Juego de tronos’


El tramo final de cualquier relato, lo que en cine se conoce como el tercer acto, se caracteriza por una mayor acción, menos desarrollo dramático y la resolución de los conflictos planteados durante las secuencias anteriores. De ahí que ver el final de una película sin conocer lo que ha ocurrido antes puede llevar a engaño, frustración o decepción. ¿Y qué tiene esto que ver con Juego de tronos? Pues en realidad todo. Porque su séptima temporada, más corta que las anteriores, está planteada como eso, como el comienzo del fin. El invierno ha llegado a la trama, pero también al tratamiento que David Benioff (Cometas en el cielo) y D.B. Weiss llevan a cabo en estos 7 episodios.

Y es que la historia ha entrado en una recta final frenética, marcada notablemente por la acción, la espectacularidad y los dragones. Vamos, todo lo que los seguidores han estado esperando durante años. Atrás han quedado, o al menos han sido relegados a un segundo plano, los largos y densos diálogos, las miradas capaces de explicar todo un universo complejo de emociones y las intrigas palaciegas. Siguen existiendo, claro está, pero su protagonismo merma considerablemente. Que esto sea mejor o peor es a gusto del consumidor, pero personalmente creo que entrar en estas discusiones aleja la atención del verdadero problema de esta temporada, que abordaré más adelante.

Este problema, del que se derivan muchos otros aspectos, no debe ser óbice para poder disfrutar de una de las temporadas más intensas de Juego de tronos. El ritmo de sus episodios es endiablado, sus personajes han evolucionado coherentemente y, en definitiva, todas las piezas se han ubicado en este tablero que es Poniente para poder dar salida a las tramas secundarias que hayan quedado todavía con vida. Esto ha permitido a sus creadores, por tanto, centrarse en el grueso de los personajes principales, en unificar las diferentes historias en una sola mucho más épica y grandilocuente en la que la espectacularidad es la protagonista.

Los guiones de estos episodios, por tanto, sustentan su atractivo mucho más en la acción. Y precisamente esa apuesta, dado que todavía existen muchos frentes abiertos, es la que provoca la aparición intermitente, en algunos casos demasiado intermitente, de determinados personajes, por no hablar de que su protagonismo en pantalla se ha reducido a la mínima expresión. Dicho de otro modo, la trama pone toda su atención en la lucha por el trono y en la lucha contra los muertos, dejando por el camino varios cadáveres dramáticos que pueden llegar a echarse de menos, sobre todo porque su desaparición no parece estar más justificada que por las necesidades dramáticas del momento.

Menos tiempo

Antes mencionaba que existe un gran problema en esta temporada, y ese es el tiempo. El hecho de que sean tan solo 7 episodios hace hincapié en dos cosas. Por un lado, que estamos ante el final de uno de los eventos televisivos más importantes de la historia. Y por otro, que existen menos minutos para narrar la historia. De hecho, más de dos horas de metraje con respecto a las anteriores temporadas de Juego de tronos. Y eso obliga a los guionistas a concentrarlo todo en menos espacio dramático. El resultado es, más allá de saltos temporales y viajes que parecen casi teletransportar a los protagonistas, una ausencia de intriga, de diálogos profundos que obliguen a la reflexión o a la búsqueda de intenciones ocultas.

Es más, todo en esta séptima etapa está enfocado a hacer avanzar la acción lo más rápido posible. El final de temporada, espectacular como siempre, es el resultado de ese proceso. Lo malo es que se quedan muchas cosas por el camino. Lo bueno es que la serie gana en dinamismo. Por supuesto, eso no quiere decir que no siga existiendo una parte de estrategia y de intriga. Sin duda, los acontecimientos de Invernalia son el mejor reflejo de ese pequeño resquicio que, como muchas cosas en esta etapa, termina muriendo (y no diré más para no desvelar nada). Pero no dejan de ser una pequeña isla en una trama mucho más directa y menos dada a subterfugios.

Puede que la mejor prueba de ello sea el último episodio y varias resoluciones dramáticas que se dan a lo largo de la temporada, algunas con un mayor impacto que otras. Todos los secretos, salvo la gran incógnita en torno al Rey de los Caminantes Blancos, parecen quedar resueltos en esta especie de final previo al gran final que parece anunciarse en la última temporada, aún más corta que la que ahora termina. Secretos, por cierto, que incluyen el verdadero origen de Jon Snow en una revelación que, por el momento en el que se hace y las imágenes que se muestran, puede tener muchas consecuencias.

Ahora lo importante es analizar esta séptima temporada de Juego de tronos, y el resultado no puede ser más diferente a lo visto hasta ahora. Esta es la única valoración objetiva que se puede hacer. A partir de aquí, las impresiones personales de cada uno. La serie apuesta por la acción más visual, por sacar el máximo partido a los combates, a sus dragones y a los enormes ejércitos que parecen no terminarse nunca a pesar de las cruentas batallas. Los diálogos, las conspiraciones y los asesinatos protegidos por las sombras parecen haber terminado, o al menos haber perdido protagonismo. No sé si esto convierte esta temporada en mejor o peor que las anteriores, pero sin duda deja algunos de los momentos más épicos de la serie, así como algunas de las secuencias mejor rodadas de toda esta historia. El invierno ha llegado para todos, como demuestra uno de los últimos planos de la temporada, y la pregunta que queda por hacerse es si los héroes serán capaces de sobrevivir a él. Para saberlo habrá que esperar a los seis episodios de la octava temporada.

Vuelven los aliens de ‘Independence Day’ entre dramas y comedias


Estrenos 1julio2016Comenzamos el mes de julio más o menos como terminamos el mes de junio, esto es, con una nutrida batería de estrenos liderados por blockbusters veraniegos que tratan de revitalizar viejos éxitos de taquilla. La diferencia está en que, este viernes 1 de julio, la comedia romántica y el drama acaparan la práctica totalidad del resto de novedades, ya sean europeos o estadounidenses.

Pero comencemos por la principal película. Independence Day: Contraataque es, como su propio título indica, la secuela del famoso taquillazo de 1996 que dirigió Rolan Emmerich (Asalto al poder), quien además vuelve a ponerse a los mandos de esta segunda invasión. Porque sí, la secuela narra cómo 20 años después del ataque el 4 de julio la Humanidad ha logrado una unidad para defenderse de los alienígenas, utilizando para ello la tecnología que se consiguió en el ataque. Pero ni siquiera eso será suficiente para afrontar una nueva invasión, más grande y devastadora. Solo la valentía de los hombres y mujeres permitirá que la raza humana vuelva a evitar la extinción. A rostros conocidos del primer título como Bill Pullman (Lola Versus), Jeff Goldblum (Mortdecai), Vivica A. Fox (Los olvidados) o Judd Hirsch (serie Daños y perjuicios) se suman nombres como los de Liam Hemsworth (Los juegos del hambre), Charlotte Gainsbourg (Samba), Maika Monroe (It follows), Jessie T. Usher (Un equipo legendario) y William Fichtner (Elysium).

Otro de los estrenos norteamericanos es la comedia Todos queremos algo, lo nuevo de Richard Linklater después de Boyhood (Momentos de una vida) que se podría considerar, además, secuela espiritual de otra de sus películas, Movida del 76 (1993). La historia se centra en un grupo de jugadores de un equipo de béisbol de instituto que, a punto de entrar en la Universidad, comprenden poco a poco que la responsabilidad y la edad adulta les acechan cada vez más. En el amplio reparto destacan nombres como los de Ryan Guzman (Jem y los hologramas), Zoey Deutch (Hermosas criaturas), Tyler Hoechlin (Carta blanca), Wyatt Russell (Infiltrados en la Universidad) y Blake Jenner (serie Glee).

También comedia, aunque en este caso dramática, es Demolición, cinta de 2015 que dirige Jean-Marc Vallée (Dallas Buyers Club) y cuya historia gira en torno a un banquero que trata de superar el trastorno emocional que le ha supuesto la pérdida de su esposa en un accidente de tráfico. Para ello, deberá demoler los cimientos que una vez sustentaron la vida que conocía. El reparto está encabezado por Jake Gyllenhaal (Everest), Naomi Watts (Mientras seamos jóvenes), Chris Cooper (Agosto), Polly Draper (Efectos secundarios) y Wass Stevens (Bridge and tunnel).

La cinta más internacional es, sin duda, Esperando al rey, comedia dramática con capital norteamericano, británico, francés, alemán y mexicano que adapta a la gran pantalla la novela de Dave Eggers. Su historia versa acerca de cómo un empresario norteamericano que no ha tenido éxito en los negocios toma una arriesgada decisión como último intento de salir a flote. Su viaje a Arabia Saudita, donde la economía está en auge, será la prueba definitiva para comprender si es capaz de triunfar. Tom Tykwer (El atlas de las nubes) escribe y dirige esta adaptación, que cuenta en su reparto con Tom Hanks (El puente de los espías), Sarita Choudhury (serie Homeland), Sidse Babett Knudsen (serie Borgen) y Tom Skerritt (Enamorarse).

Y antes de entrar de lleno en las novedades europeas, España y Estados Unidos colaboran en Mi panadería en Brooklyn, comedia romántica que comienza cuando dos hermanas heredan una panadería en el barrio neoyorquino. Las diferencias entre ambas mujeres provocará que el local se divida en dos partes, ofreciendo el mismo servicio desde un punto de vista más conservador y otro más hipster. Pero los problemas con el banco y el constante cambio que sufre el barrio obligará a un entendimiento. Gustavo Ron (Vivir para siempre) es el encargado de poner en imágenes la historia protagonizada por Blanca Suárez (Mi gran noche), Aitor Luna (serie Gran reserva), Aimee Teegarden (Fin de curso), Ward Horton (Annabelle), Krysta Rodríguez (Entérate: soy virgen) y Griffin Newman (The fly room).

El romance, aunque esta vez en clave dramática, también es el protagonista de Antes de ti, adaptación de la novela de Jojo Moyes cuya historia arranca cuando una joven alegre e imaginativa empieza a trabajar para la familia más rica de la ciudad cuidando a un joven banquero que se ha quedado en silla de ruedas tras un accidente. Amargado y cínico, el chico está a punto de darlo todo por perdido, pero el tesón y las ganas de vivir de la joven le harán ver el mundo desde otra perspectiva, despertando además sentimientos que creía muertos. Dirigida por Thea Sharrock, quien debuta de este modo en el largometraje, la cinta británica está protagonizada por Sam Claflin (Blancanieves y la leyenda del cazador), Emilia Clarke (serie Juego de Tronos), Jenna Coleman (serie Doctor Who), Matthew Lewis (The rise) y Charles Dance (The imitation game).

Francia y Bélgica colaboran en Un amor de verano, nuevo drama romántico dirigido por Catherine Corsini (La nueva Eva) que traslada al espectador a comienzos de los años 70, cuando una joven, hija de campesinos, decide huir del yugo familiar e instalarse en París. Allí conoce a una chica que lucha por los derechos de las mujeres. Ambas iniciarán una historia de amor que cambiará sus vidas. La película cuenta en su reparto con Cécile De France (El niño de la bicicleta), Izïa Higelin (Samba), Noémie Lvovsky (Mi casa en París) y Kévin Azaïs (Vandal).

Muy diferente es el drama bélico 1944, co producción entre Estonia y Finlandia que trata de narrar de la forma más objetiva posible los acontecimientos ocurridos en las Colinas Azules durante la II Guerra Mundial. Un combate que, en realidad, fue una lucha fratricida, ya que los habitantes fueron obligados a escoger bando (Ejército Rojo o Waffen SS) y luchar entre ellos. La película está dirigida por Elmo Nüganen (Nombres en mármol), y en su reparto encontramos a Pääru Oja (Väikelinna detektiivid ja valge daami salados), Maiken Schmidt (Deemonid), Mait Malmsten (Kertu) y Marko Leht.

Finalmente, desde Polonia llega Cuerpo (Cialo), comedia dramática dirigida por Malgorzata Szumowska (Amarás al prójimo) que aborda la relación entre cuerpo y alma desde tres puntos de vista muy diferentes: un abogado que se enfrenta a la muerte todos los días, su hija anorexia que no ha superado la muerte de su madre y la terapeuta de la joven, que asegura que puede comunicarse con los muertos de sus pacientes. Entre los intérpretes principales destacan Janusz Gajos (Jasminum), Maja Ostaszewska (Jack Strong), Ewa Dalkowska (Trick) y Justyna Suwala.

‘Juego de tronos’ logra su máximo esplendor en su 6ª temporada


Jon Nieve a punto de entrar a luchar en la batalla de los bastardos en la 6ª T. de 'Juego de tronos'.Si alguien quiere entender por qué Juego de tronos es una de las mejores producciones televisivas de la actualidad, si no la mejor; si alguien quiere entender por qué la serie que adapta las novelas de George R.R. Martin es una de las mejores de la historia; y si alguien quiere entender, en definitiva, el fenómeno adaptado a la pequeña pantalla por David Benioff (Cometas en el cielo) y D.B. Weiss que atrae tanto a los fans como a los mayores detractores de la fantasía, que se siente a ver con pausa y atención la sexta temporada. Porque no solo es la mejor entrega, sino que posiblemente sea el mejor desarrollo narrativo y de personajes que se vea en una producción cinematográfica o televisiva.

Los 10 episodios que componen esta etapa son, de forma individual y en su conjunto, una carrera hacia adelante perfectamente ejecutada. Una de las mayores críticas que se han hecho a la serie (y que en comentarios anteriores he suscrito) es la falta de desarrollo de algunas tramas, lo que deriva en falta de ritmo en muchos momentos de la historia, que necesita situar a los personajes en el tablero de juego que representa Poniente. Una carencia que no solo ha sido subsanada en esta primera temporada libre del yugo de las páginas impresas de Martin, sino que ha sido sustituida por una constante sucesión de giros argumentales que, además de hacer avanzar la trama a pasos agigantados, ha permitido a los personajes crecer y convertirse en lo que se espera de ellos desde hace mucho, mucho tiempo.

El mejor y más claro ejemplo es el de Sansa Stark, una Sophie Turner (X-Men: Apocalipsis) que por fin ha salido del cascarón para convertirse en el personaje que se intuía ya desde la cuarta temporada. La evolución que ha tenido, aunque irregular, es tan espectacular que roba buena parte del protagonismo al resto de roles que rodean a esta pelirroja de carácter cada vez más fuerte. Su papel en el destino de Invernalia y de los personajes involucrados en esta trama principal no solo es clave, sino que se antoja indispensable para el futuro, siendo por tanto el catalizador de la evolución que sufra la serie desde este punto de vista. Asimismo, el papel de Emilia Clarke (Terminator: Génesis), aunque fuerte desde las primera temporadas, parecía tener también un carácter dubitativo que se pierde por completo en estos episodios, lo que define mejor al personaje y le dirige hacia un final que se presume apoteósico.

Porque, en efecto, la sexta temporada de Juego de tronos es lo que podría considerarse como el paso del segundo al tercer acto de la historia. Todos los personajes, sin excepción, han dejado a un lado sus dudas existenciales, los problemas que arrastran o los dilemas morales y sociales que les impiden avanzar para dar rienda suelta a su verdadera personalidad, a sus deseos largamente anhelados pero siempre ocultados bajo capas y capas de intereses familiares, de problemas externos o de decisiones equivocadas. Una decisión dramática que tiene sus consecuencias, es cierto (sin ir más lejos, que los personajes lleguen a descontrolarse), pero que en esta ocasión, y dado que hay una base más que sólida de cinco temporadas, no solo es necesaria, es perfecta.

Menos personajes, más impacto

Aunque posiblemente la mejor decisión de los creadores, y eso es algo que puede deberse a que la historia ha adelantado a las novelas, es la eliminación de muchos, muchísimos personajes secundarios de cierto peso que terminaban por lastrar el avance de la historia precisamente por el interés de sus tramas particulares. Gracias a esta apuesta la trama no solo se carga de mayor peso dramático, sino que se aligera de historias que tenían poco o ningún sentido, centrándose en las intrigas principales, léase Lannister, Stark y Targaryen. Esta alternativa de Benioff y Weiss tiene su principal efecto en los numerosos momentos de carga dramática y espectacularidad de la temporada, posiblemente más que ninguna de sus predecesoras, aportando un dinamismo nunca visto hasta ahora.

Claro que a esto se suman villanos de nuevo cuño cuya fuerza es tal que convierte a los tradicionales “malos” en auténticos angelitos víctimas de un dolor y una humillación sin precedentes. Pero no hay que olvidar que estamos hablando de Juego de tronos, donde la venganza no es que se sirva fría, es que directamente es un témpano de hielo. Pero refranes aparte, lo cierto es que la introducción de estos antagonistas, muchos de la temporada anterior, dota al conjunto de una frescura incomparable, pues genera nuevas tensiones dramáticas que complementan a las ya existentes y a las creadas también por la muerte o partida de esos personajes secundarios.

Antes he mencionado que esta temporada, la sexta, es posiblemente la que posea más episodios determinantes. Los más fieles seguidores estarán acostumbrados a que el episodio 9 sea el gran evento. Ya en la anterior temporada los últimos capítulos fueron, en realidad, todo un ascenso dramático y épico de consecuencias imprevistas. Pero en esta, en parte también por el precedente de la quinta, son prácticamente todos los episodios que impactan al espectador, ya sea por su fuerza épica, dramática o de intriga. Sin revelar grandes detalles, el episodio tres, el cinco, el ocho son grandes ejemplos para los guionistas acerca de cómo manejar los tiempos narrativos para generar emotividad, dramatismo o suspense. La pregunta que se plantea entonces es: ¿si la temporada es así, qué ocurre en el noveno episodio? Bueno, digamos que posiblemente es el mejor de toda la serie, y que contiene una de las mejores batallas del séptimo arte.

Y como colofón, un último episodio que no solo deja las piezas perfectamente agrupadas para la esperada guerra entre familias, sino que desvela, por fin, a qué podría hacer referencia esa ‘Canción de Hielo y Fuego’ que da nombre a la saga literaria. El origen de uno de los personajes más importantes de la serie permite la cuadratura del círculo, la integración de todas las historias. Y abre ante el espectador un futuro prometedor que, de repetir lo conseguido en esta secta temporada de Juego de tronos, convertirá a la serie en un pilar narrativo y audiovisual fundamental para el futuro del cine y la televisión. Un esplendor que, todo hay que decirlo, es difícil que se repita, pero que en cualquier caso convierte a esta etapa en la mejor de la serie. Y con el esplendor ha llegado el invierno.

‘Terminator: Génesis’: el presente de un pasado alterado por el futuro


Arnold Schwarzenegger vuelve a ser el T-800 en 'Terminator: Génesis'.A primera vista la saga ‘Terminator’ puede ser entendida como un mero entretenimiento de viajes en el tiempo, robots de última tecnología y la ya tradicional guerra entre la Humanidad y las máquinas. Pero esta historia creada por James Cameron (Mentiras arriesgadas) va mucho más allá: es una reflexión sobre el destino, sobre la fútil lucha del hombre contra algo que ocurrirá irremediablemente. Por eso esta entrega/reinicio/remake dirigida por Alan Taylor (Mi Napoleón) deja con un sabor de boca tan agridulce, pues combina lo mejor y más tradicional de la saga pero trata de dar un final que no solo no concuerda, sino que además rompe por completo con todo lo visto a lo largo de las dos horas de metraje.

La verdad es que toda película con viajes en el tiempo es un ejercicio de funambulismo muy peligroso. Exige por parte de director y guionista un control de todo lo que ocurre y de todo lo que se dice para que concuerde no solo con el presente, sino con el futuro que todavía está por llegar y con el pasado que todo el mundo conoce. Dicho de otro modo, ofrecer un final que no mantenga intacto el pasado, el presente y el futuro rompe por completo con el desarrollo dramático de la historia. Por ello no tiene mucho sentido la secuencia final de Terminator: Génesis, y por eso no parece muy coherente el giro que da el film hacia su tercio final.

Y es que la película va de más a menos. Con un comienzo espectacular y brillante, la cinta se anuncia como una especie de homenaje a los dos primeros títulos de la serie, ambos clásicos indiscutibles. La presencia de los robots de ambas cintas, algunos guiños a momentos inolvidables y ciertos diálogos cargados de ironía parecen convertir a esta nueva entrega en una referencia constante a lo mejor de este universo. Pero es cuando debe tomar las riendas de su propia historia cuando la cosa empieza a torcerse. Su objetivo de rizar el rizo lleva a sus responsables a crear una trama que no aguanta ni siquiera una mínima reflexión, no digamos ya una “sesuda” discusión sobre la viabilidad de lo visto en pantalla. A esto tampoco ayuda demasiado el reparto, no tanto porque no sean los actores idóneos sino porque sus personajes tienen un punto autoparódico que no termina de encajar bien en el mito de Sarah Connor y Kyle Reese.

Todo ello por no hablar de algunas preguntas sin respuesta que plantea la película. Es cierto que Terminator: Génesis aborda una línea temporal diferente, y como tal tiene libertad para desarrollar la trama a su antojo. Y hasta cierto punto, sale victoriosa del intento. Pero el problema es que está planteada como una historia tradicional y estándar, en la que el final feliz es de obligado cumplimiento y en la que los héroes logran el objetivo completo, esto es, acabar con la amenaza en el pasado, en el presente y en el futuro. Y eso, más que le pese a alguno, no es Terminator.

Nota: 5,5/10

‘Terminator’ se reinicia para acabar con ‘Magic Mike XXL’


Estrenos 10julio201510Fin de semana de emociones fuertes. Hacía bastante tiempo que no se citaban en un mismo viernes dos films llamados a llenar las salas. Este fenómeno, unido al éxito de Los minionsJurassic World provoca que estemos ante una lucha por la taquilla muy interesante. Pero hoy viernes, 10 de julio, no solo llegan blockbusters a la cartelera. Varias novedades, incluyendo alguna española, conforman una oferta que va desde la comedia al drama, pasando por el thriller o el biopic musical.

Y como no puede ser de otro modo, comenzamos el repaso con Terminator: Génesis, nueva entrega de la saga de ciencia ficción apocalíptica que, en esta ocasión, está planteada más como un reinicio de la historia de Sarah Connor y el Terminator enviado para matarla. Todo comienza como los seguidores de la serie ya conocen. El líder de la resistencia contra las máquinas, John Connor, envía a Kyle Reese a 1984 para que proteja a su madre del Terminator enviado para matarla. Sin embargo, algo sale mal y se produce una fractura temporal que crea nuevos acontecimientos. El soldado se encontrará entonces con un pasado que no se parece en nada al que conocía, por lo que deberá no solo enfrentarse a nuevos enemigos, sino que buscará el modo de volver a escribir el pasado. Dirigida por Alan Taylor (Thro: El mundo oscuro), la película es un vehículo para que Arnold Schwarzenegger (Sabotage) regrese a uno de sus personajes más importantes. El reparto se completa con Emilia Clarke (serie Juego de tronos), Jason Clarke (El amanecer del Planeta de los Simios), Jai Courtney (El maestro del agua), J. K. Simmons (Whiplash), Matt Smith (Lost river), Byung-hun Lee (Red 2) y Sandrine Holt (serie Rehenes).

Aunque sin duda la cinta más importante para muchas (y muchos) será Magic Mike XXL, secuela del film de 2012 que, como se desprende del título, promete algo más grande, más largo y más sofocante de lo que ofreció la primera entrega. ¿Y en qué se traduce esto? Bueno, pues en unos espectáculos de strippers masculinos más subidos de tono. La cinta sitúa a los protagonistas tres años después, ya retirados cuando estaban en la cresta de la ola. Su intención es abandonar ese mundo definitivamente, pero quieren hacerlo a su manera, es decir, ofreciendo un espectáculo como nunca antes se ha visto. Gregory Jacobs (Escalofríos) se pone tras las cámaras para dirigir a Channing Tatum (Foxcatcher), Matt Bomer (serie Ladrón de guante blanco) y Joe Manganiello (serie True Blood) en los principales personajes, a los que se suman intérpretes femeninas como Elizabeth Banks (Los Juegos del Hambre: Sinsajo I), Amber Heard (3 días para matar), Jada Pinkett Smith (serie Gotham) y Andie MacDowell (Prácticamente muerto).

Para aficionados a la música nos llega uno de los estrenos más interesantes, Love & Mercy, el biopic de Brian Wilson, fundador de los Beach Boys. La cinta aborda su vida en dos etapas muy concretas. La primera durante su época de máximo esplendor y de sus primeros problemas nerviosos que le impidieron manejar el éxito que llegó a tener su grupo. La segunda, unos 20 años después, se centra en el hombre arruinado y confundido que está bajo vigilancia de un psicólogo durante 24 horas. Drama musical que recupera la figura de uno de los compositores que marcaron una época y que está dirigido por Bill Pohlad (Old explorers). En el reparto, plagado de nombres conocidos, encontramos entre otros a Paul Dano (Prisioneros), John Cusack (Fuga al límite), Elizabeth Banks, que esta semana repite estreno, Paul Giamatti (San Andrés), Jake Abel (La huésped) y Joanna Going (El árbol de la vida).

El drama romántico está representado por Elsa & Fred, cinta del 2014 dirigida por Michael Radford (El mercader de Venecia) que gira en torno a la relación de dos personas en el ocaso de sus vidas. Él se ha quedado viudo recientemente, por lo que su hija decide trasladarle a un pequeño apartamento en contra de su voluntad. Ella sigue soñando con encontrar a su galán de cine. Su encuentro les llevará a descubrir que nunca es tarde para hacer planes. Shirley MacLaine (La vida secreta de Walter Mitty), Christopher Plummer (The tempest), Marcia Gay Harden (Parkland), Scott Bakula (serie Mujeres desesperadas), Chris Noth (serie Sexo en Nueva York) y James Brolin (Burlesque) encabezan el reparto.

La representante española es Investigación policial, thriller en clave cómica del 2013 que escribe, dirige y protagoniza Daniel Aguirre, quien de este modo debuta en el largometraje. La cinta gira en torno a dos investigadores enfrascados en un caso que no parece avanzar hacia ninguna parte. Las numerosas horas que pasan juntos intentado resolverlo les permitirá compartir sus frustraciones sobre sus respectivas vidas personales. Pero todo cambiará cuando se topen sin previo aviso con una aventura que podría dar por terminada la investigación. El reparto se completa con Sergio Cortina, Antonio Resines (Ni pies ni cabeza), Belén López-Valcárcel e Ingrid García Jonsson (Hermosa juventud).

Y solo en algunos cines se repone con motivo de su 50 aniversario El mundo sigue, cinta de 1965 escrita y dirigida por Fernando Fernán Gómez (La lengua de las mariposas), quien también se reserva uno de los roles principales, y basada en la novela de Juan Antonio de Zunzunegui. Ambientada en la España de los años 60, la película se centra en las relaciones de una familia en la que la madre es una abnegada mujer que soporta cómo su marido, guardia municipal, tiende a maltratarla. Su único hijo, beato convertido en sacerdote, dedica su vida a tratar de expiar los pecados de su familia, mientras que sus dos hijas, cada una obsesionada a su manera por la riqueza, se odian mutuamente. Junto a Fernán Gómez aparecen en pantalla Agustín González (El abuelo), Francisco Pierrá (Amaya), Gemma Cuervo (Señora doctor), Lina Canalejas (El extraño viaje) y Milagros Leal (La vil seducción).

Desde Italia nos llega la comedia romántica ¿Te acuerdas de mí?, cinta producida en 2014 y dirigida por Rolando Ravello (Tutti contro tutti) en la que un cleptómano y una narcoléptica que sufre amnesia cada vez que se desmaya inician una relación sentimental cuando se conocen en la consulta de su psiquiatra. Él está profundamente enamorado, pero ella, que lleva un diario para poder recordar todo, tiene apuntado que es una persona a evitar. El plantel de actores está encabezado por Ambra Angiolini (Maldamore), Edoardo Leo (Viva l’Italia), Paolo Calabresi (Tutta colpa di Freud), Susy Laude (Henry) y Pia Engleberth (El capital humano).

Con algo de retraso se estrena Paraíso, comedia mexicana del 2013 que se centra en los esfuerzos de una mujer por adaptarse a su nueva vida en México D.F. Todo cambiará cuando se entere de un curso de cocina gallega organizado por un grupo de españolas de su vecindario. Dirigida por Mariana Chenillo (Cinco días sin Nora), la película está protagonizada por Andrés Almeida (La otra familia), Daniela Rincón, Luis Gerardo Méndez (Morelos) y Camila Selser (Amor de mis amores), entre otros.

Otra de las novedades de la semana es Retratos de familia, debut en el largometraje de Anthony Chen. Producida en Singapur en 2013 e inspirada en la infancia del director, la trama comienza cuando una mujer filipina entra a trabajar para una familia en la que las relaciones entre el padre, la madre y el hijo son muy tensas. La presencia de la mujer, que rápidamente establece un fuerte vínculo con el chico, no hace sino tensar aún más las situaciones y despertar los celos de la madre. En el reparto destacan los nombres de Yeo Yann Yann (Muallaf), Chen Tian Wen (El laberinto del asesino), Angeli Bayani (Graceland) y Jialer Koh.

El único documental estrenado hoy es La mirada del silencio, producción de 2014 que cuenta con capital procedente de Finlandia, Dinamarca, Indonesia, Noruega y Reino Unido. Dirigida por Joshua Oppenheimer, autor de la polémica The act of killing (2012), la película viene a ser una mirada desde el lado de las víctimas a los mismos acontecimientos narrados en aquel film, llegando a enfrentar a una familia superviviente del genocidio indonesio con los asesinos de muchos de sus familiares.

mirada del silencio

5ª T de ‘Juego de Tronos’, el arte de lograr que menos sea más


Peter Dinklage y Emilia Clarke, en un momento de la quinta temporada de 'Juego de Tronos'.Uno de los comentarios que más se han oído durante la quinta temporada de Juego de tronos ha sido que no ocurre nada, que su trama no avanza y que sus personajes se mantienen en una constante tensión que no lleva al argumento a ninguna parte. Personalmente soy de la opinión de que eso, en una serie como la creada por David Benioff (Cometas en el cielo) y D.B. Weiss, no puede ocurrir ni aunque se intente. Pero incluso aunque eso fuera verdad, aunque su historia se hubiera anquilosado levemente, su final ha sido, con diferencia, el más impactante de toda la serie. Y no me refiero solo al episodio 10. Ni siquiera al ya famoso episodio 9.

En realidad, esta última temporada es un ejercicio minuciosamente medido para llevar al espectador en un viaje cuyo final le resulta inesperado (salvo para aquellos que hayan leído los libros, claro está). El desarrollo dramático de sus tramas principales responde a la teoría de los tres actos de forma casi milimétrica. Así, durante los tres primeros episodios se plantean las posiciones de los principales personajes. Los cuatro siguientes desarrolla los conflictos planteados, llevando a muchos de los protagonistas a situaciones límite. Y el tercer acto, o los tres últimos episodios, es un festival de emociones, de giros argumentales impactantes y de clímax indescriptibles. Repasando mentalmente el camino que han tomado estos 10 nuevos episodios la pregunta que nos debe asaltar es si realmente es cierto eso de que no ha pasado nada.

Si algo caracteriza a Juego de tronos casi desde el comienzo es que menos es más. Salvo contadas excepciones, la serie siempre se ha sentido más cómoda entre intrigas palaciegas, luchas de poder en la sombra y traiciones familiares que entre impactantes revelaciones, normalmente limitadas al episodio 9. Y desde luego la quinta temporada es uno de los mejores ejemplos, como demuestra la conversación entre los roles de Peter Dinklage (X-Men: Días del futuro pasado) y Emilia Clarke (Dom Hemingway), uno de los mejores momentos de la temporada. El magistral desenlace que ha tenido esta entrega invita a reflexionar sobre el papel que han jugado todos los acontecimientos previos. Un papel imprescindible para comprender no solo el futuro de muchos de los personajes, sino los cambios emocionales, morales y físicos que sufren casi todos. Es, en este sentido, una temporada de transición, después de ese giro dramático que supuso la cuarta temporada. Una transición necesaria pero para nada aséptica.

Desde luego, lo más interesante son las lecturas que se hacen de las decisiones y las motivaciones de los principales personajes. Estamos tan acostumbrados a ver cómo los personajes de George R. R. Martin logran más o menos los objetivos más inmediatos que nunca nos hemos parado a pensar en las consecuencias de sus actos. Y eso, en definitiva, es el argumento de esta serie. Si el clan Lannister está acostumbrado a gobernar pisoteando a los demás, en esta temporada sus acciones tienen consecuencias imprevistas. Cuando la Khaleesi cree que puede gobernar simplemente liberando esclavos, una rebelión se alza contra ella. Y si los Stark creen que pueden seguir adelante sin pagar un alto precio, bueno… en este tema es mejor no entrar demasiado.

Tramas insustanciales

El resumen de todo el análisis anterior podría ser que, aunque no lo parezca, la trama avanza de forma notable, e incluso se producen cambios mucho más profundos en los personajes de lo que había podido verse hasta ahora. Sin embargo, eso no impide que hayan existido, casi por primera vez, tramas que no han aportado mucho, al menos a lo largo de la temporada (parece evidente que algo desencadenarán en la sexta entrega). Una de ellas es la historia ambientada en Dorne, ciudad a la que España ha dado vida y que, todo sea dicho, no ha sabido explotar más que la belleza de los escenarios. Su trama, un rescate secreto que se tuerce y que tiene como protagonista a Jaime Lannister (de nuevo Nikolaj Coster-Waldau, visto en Oblivion), se desarrolla con más pena que gloria, sin generar demasiado interés y preocupada más en mostrar los rasgos de esta nueva casa, intuidos en la temporada anterior, que por ofrecer algo consistente al espectador. Al menos hasta el último episodio.

También resulta sorprendente el tratamiento dado al personaje de Sophie Turner (Mi otro yo), una Sansa Stark que parecía haber madurado al final de la cuarta temporada y que, de nuevo, vuelve a ser esa niña atemorizada y traumatizada por el mundo de violencia y sangre en el que vive. Un giro que no logra funcionar demasiado bien en la definición de su personaje pero que, por otro lado, ayuda a consolidar la historia de Invernalia como una de las mejores, permitiendo además que otro personaje recoja el testigo de rol más odiado de la ficción. Sentimientos aparte, lo cierto es que su indefinición no hace sino jugar en su contra, no solo porque convierte a ese personaje en un ser débil y manipulable, sino porque no logra evolucionar, algo que en Juego de tronos no puede mantenerse por demasiado tiempo.

Y no puedo dejar de mencionar, aunque sea sutilmente, el final de esta quinta temporada. Como decía a más arriba, no se trata solo del último episodio, sino de todo el tercer acto de esta etapa. Tres finales de episodio simplemente indescriptibles, cada uno magistral en su concepción. Todos ellos han revelado aspectos muy significativos de la historia, más allá de la espectacularidad que puedan presentar en sendas batallas que superan, en muchos aspectos, a las mostradas hasta ahora. Aunque si hay algo que dejará sin palabras a los espectadores será la conclusión del episodio 10, un auténtico gancho dramático que, casualidad o no, tiene una clara influencia de uno de los episodios más conocidos de la Roma Clásica. Un final que, de ser cierto, cambia las reglas del juego por completo, obligando a tomar una nueva dirección que puede ser tan interesante como peligrosa.

Tal vez no sea la mejor temporada de Juego de tronos. La verdad es que la tercera y la cuarta entregas han sido insuperables. Pero desde luego mantiene el altísimo nivel dramático y técnico de toda la serie. De nuevo, sus creadores demuestran que no es necesario que ocurran grandes acontecimientos para que una producción sea capaz de crear expectación. La sensación de vivir una calma antes de una violenta tormenta, de que en ese remanso de paz todo se mueve para producir un terremoto que sacuda los cimientos dramáticos de la serie, está presente en todo momento. Benioff, Weiss y R. R. Martin vuelven a demostrar que menos es más. Y lograr que eso sea tan eficaz como lo es en esta serie es todo un arte.

‘Juego de Tronos’ llega a su punto de inflexión en la cuarta temporada


Peter Dinklage gana protagonismo en la cuarta temporada de 'Juego de Tronos'.Desde que finalizó la cuarta temporada de esa joya de la televisión llamada Juego de Tronos estoy dándole vueltas a qué etapa ha sido mejor. En concreto, las dudas me asaltan cuando comparo esta con la tercera temporada. En conjunto es evidente que estos nuevos 10 episodios han llevado la trama a un nuevo estadio, infinitamente más complejo y con nuevas piezas sobre el tablero de juegos que representan los Siete Reinos. La anterior temporada fue, en cuestiones de manejo de tensión y drama, mucho más equilibrada, manejando mejor los tiempos y jugando con los nervios del espectador. Esta, empero, se antoja mucho más dinámica, con giros narrativos en prácticamente cada secuencia, convirtiéndose en un viaje sin retorno que, como decía, ofrece una nueva perspectiva de esta batalla.

Antes de entrar en el detalle de esta nueva entrega creada por David Benioff (Troya) y D.B. Weiss, un aviso: aquellos que no hayan podido ver todavía el desarrollo de la temporada encontrarán algunos, muchos o demasiados spoilers, todo en función de lo que se conozca o se haya visto. Una vez dicho esto, comencemos por lo más genérico y principal: el papel de Peter Dinklage (X-Men: Días del futuro pasado). No hace falta decir que su presencia a lo largo de la serie ha sido imprescindible. Si el personaje ya es de por sí único, con una inteligencia fuera de lo común y un pragmatismo y heroísmo que le convierten en el auténtico heredero de su apellido, la labor del actor aporta al personaje un encanto especial, a medio camino entre la picardía y el rencor, entre el miedo al rechazo y la burla. Pero lo que ocurre en el ecuador de esta temporada, con ese speech al ser juzgado por el asesinato de su sobrino el rey, es sencillamente magistral. Todas las emociones que se intuían a lo largo de la ficción estallan en una ira inusitada en él, dejando entrever una faceta hasta ahora desconocida cuya consecuencia directa es la muerte de otro personaje fundamental que deja un vacío muy destacado.

Este juicio, así como la muerte del personaje de Jack Gleeson (Cabeza de muerte), que por cierto va a provocar sentimientos encontrados de alivio y añoranza, se convierten en el motor de todo el desarrollo dramático de la cuarta temporada. Un desarrollo que, por cierto, es mucho más lineal y menos abrupto que en ocasiones anteriores. Salvo algunas ocasiones contadas, muchas de ellas de carácter secundario, la trama avanza por derroteros más o menos previsibles, lo cual no impide, ni mucho menos, que Juego de Tronos crezca en calidad en todos sus aspectos. Se puede decir, por tanto, que la presencia de Dinklage es más necesaria que nunca, acaparando todos los focos sobre él y convirtiendo en meros secundarios al resto de personajes y de tramas que en momentos anteriores habían adquirido categoría de protagonista. ¿Es esto un tropiezo? Puede que los más fieles seguidores echen en falta algunos elementos, pero lo bueno de estos capítulos es que con muy poco dan un giro radical a la trama que hasta ahora conocíamos, dejando todo preparado para un futuro muy prometedor.

De hecho, todas las tramas que ponen el acento en personajes alejados del trono de hierro completan un panorama que recuerda mucho a los preparativos antes de la guerra, o lo que es lo mismo, una tensa calma que augura momentos verdaderamente épicos. Es cierto que el episodio 9 de la temporada, del que hablo a continuación, acoge de nuevo un momento brillante, pero a diferencia de temporadas anteriores este tiene poco que ver con el resto de la trama, al menos a priori. Sin embargo, tanto este momento como el resto de acontecimientos que se suceden en los diferentes escenarios de la serie poseen un sabor especial. Prueba de ello es que prácticamente todos dejan entrever sus aspiraciones a un trono que ahora ocupa un niño más joven si cabe que el anterior, incluyendo el personaje de Aidan Gillen (Mister John), cuya presencia, aunque tardía en la temporada, ha sido de lo más reveladora.

Historias veladas

Como contrapunto a las numerosas revelaciones que se suceden en esta cuarta temporada de Juego de Tronos (entre ellas una madurez brutal de las hermanas Stark) se plantean numerosos conflictos que, aunque pueden pasar desapercibidos, no dejan de ser interesantes. El primero y más importante es el de los muertos más allá del Muro, abandonados en estos episodios salvo por un detalle tan breve como revelador que ofrece un sinfín de posibilidades. Otro de ellos es la presencia cada vez más inestable de los dragones, que poco a poco van descubriendo su incontrolable naturaleza. Mientras que en temporadas anteriores sus apariciones solían ser para ayudar al personaje de Emilia Clarke (Dom Hemingway), en esta se convierten en fieras que necesitan ser encadenadas para evitar males mayores. Y hablando de las hermanas Stark, no quiero dejar pasar la forma en que el rol interpretado por Maisie Williams (Heatstroke) deja morir a su captor, un detalle casi más aterrador que el combate cuerpo a cuerpo en el que los cráneos son reventados con las manos.

Mención aparte merece el ya imprescindible episodio 9, centrado en esta ocasión en un ataque al Muro de los Salvajes. Al igual que la batalla de la segunda temporada, la serie aprovecha este momento para dar rienda suelta a una narrativa visual fuera de lo común en el convencional formato de la televisión. Y para rizar más el rizo, la acción se divide en dos escenarios claramente diferenciados cuyas características obligan a una planificación distinta, lo que no hace sino engrandecer el planteamiento del episodio. No se trata, en realidad, de ofrecer varios minutos de violencia y acción, sino de mostrar cómo un grupo reducido de personajes es capaz de repeler un ataque envolvente de miles de atacantes. La facilidad con la que la cámara se mueve por los distintos escenarios sin perder nunca el sentido narrativo es ejemplar, permitiendo al espectador saber en todo momento dónde se ubican los personajes, cómo afrontan los combates y qué dilemas se plantean en sus cabezas. En este sentido hay que destacar un plano secuencia perfecto que recorre todo el campo de batalla de forma envolvente y cuyo dinamismo ya querrían muchos directores en sus películas.

Pero como decía, este ataque no tiene una relevancia especial en el desarrollo principal de la serie. Muy alejada física y conceptualmente de la acción que centra esta cuarta temporada, su presencia se antoja un tanto extraña en el conjunto de los episodios. Es de suponer que tendrá su influencia en futuros acontecimientos, pero eso es algo que, por ejemplo, se hizo mejor en etapas anteriores de la ficción. No quiere esto decir que no sea espectacular, increíble o atractiva, pero el hecho de que se enmarque en las tramas secundarias que antes mencionaba la convierten en un acontecimiento, digamos, para satisfacer las ganas de acción de responsables y aficionados. Personalmente el momento del juicio protagonizado por Dinklage y los acontecimientos derivados de su discurso resultan mucho más interesantes, impactantes y brutales que la propia batalla.

De lo que no cabe duda es de que Juego de Tronos es uno de esos raros casos en los que una serie mejora con cada temporada. Eso no impide que existan altibajos narrativos en cada una que podrán ser más o menos discutidos, pero el balance general es el de una ficción que sabe crecer, que no tiene miedo en eliminar personajes si eso va a enriquecer la acción, y que busca en todo momento desarrollarse visualmente hablando. Soy consciente de que gran parte del mérito pertenece a George R. R. Martin, el autor de la saga ‘Canción de Hielo y Fuego’ en la que se enmarcan las novelas, pero la serie ha sabido ganarse un estatus propio (al fin y al cabo, podría no haber estado a la altura). Esta cuarta entrega es un claro punto de inflexión en muchos sentidos: la mayor parte de los villanos han muerto, y muchos de los más relevantes personajes están dispersados por el mapa. Su desarrollo tal vez no sea tan impactante como el de la temporada anterior, pero desde luego genera mucho más momentos interesantes, lo que juega en beneficio de un dinamismo que, al final, hace que 10 episodios sean pocos. Las ganas de más es el mejor síntoma de su grandeza.

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