‘El otro guardaespaldas’: A 200 palabrotas por hora


El género de las buddy movies hace tiempo que parece haber agotado la fórmula. O al menos, no ser capaz de reinventar la dinámica que sustenta su trama. Y bajo este prisma, la nueva película de Patrick Hughes (Red Hill) es un quiero y no puedo, un intento de ofrecer algo diferente con la misma estructura y la misma narrativa. Y en ese extraño equilibrio es donde logra sus mayores virtudes y presenta sus mayores defectos.

Y es que El otro guardaespaldas es un film irregular, con una duración excesiva que, sin embargo, no engaña al espectador. Es lo que es, un entretenimiento sin mayor objetivo que introducir la mayor cantidad de tacos e insultos posibles por minuto mientras las balas y los coches vuelan por los aires. Acción a raudales, diálogos correctos con palabras políticamente incorrectas y un desarrollo dramático algo esquemático que tienen en la pareja protagonista a sus máximos valedores. Ver a Ryan Reynolds (Criminal) y Samuel L. Jackson (Cell) juntos en pantalla es posiblemente el mayor acierto del film, amén de un buen ramillete de secundarios que siempre son de agradecer.

Por supuesto, la ironía, la espectacularidad y la adrenalina están aseguradas, pero más allá de eso la historia se vuelve endeble. Quizás haya que agradecer el hecho de que, al menos, exista una historia, pero lo cierto es que resulta casi irrelevante. Si a esto sumamos varias secuencias innecesarias que alargan el conjunto hasta casi dos horas de metraje, el resultado son demasiados agujeros en el ritmo narrativo como para pasarlos por alto, incluso a pesar de los protagonistas y de unas cuantas secuencias muy bien rodadas y plagadas de un humor un tanto negro.

Todo esto se puede resumir en que El otro guardaespaldas es lo que podría esperarse de una película de estas características… y puede que un poquito más. Si lo que se busca es acción con poca justificación para distraerse durante un par de horas, esta es la película. Incluso con sus problemas de ritmo, que los tiene, y un guión previsible y plagado de arquetipos, Patrick Hughes logra ofrecer un producto lo suficientemente bueno como para no desesperar. Puede que sea su mano en la realización o puede que sea la pareja estrella, pero el caso es que no es un mal representante de este tipo de cine.

Nota: 6/10

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‘Daredevil’ amplía su universo con más dramatismo en la 2ª T.


'Daredevil' se enfrenta a Punisher en la segunda temporada.La serie sobre Daredevil creada por Drew Goddard (Marte) acerca del famoso superhéroe de Marvel fue una de las sorpresas más gratas de 2015. Y lo fue porque, al igual que en otras producciones superheróicas, presentaba al héroe no solo en base a sus valores, sino como contraposición de un mal mayor al que derrotar. Y como toda gran producción sobre estos personajes, su segunda temporada debía doblar la apuesta. Sin embargo, esta especie de salto de fe es arriesgado si no se sabe sobre qué pilares realizar dicha apuesta. Por fortuna, Goddard es consciente de que, más allá de la acción o la violencia, esta trama se basa en personajes, en sus traumas y en sus dilemas, y es ahí donde estos nuevos 13 episodios logran un crecimiento dramático más que notable.

Porque sí, la segunda temporada de la serie cuenta con dos nuevos y relevantes personajes, cada uno enemigo del héroe a su manera. Y en cierto modo, la aparición de uno y otro divide esta etapa en dos partes, aunque finalmente se fundan en una única historia más grande. Pero es esa introducción escalonada lo que permite, por un lado, desarrollar de forma más sólida las motivaciones de estos nuevos roles, y por otro las tramas secundarias que se derivan de ellos. Sin ir más lejos, la evolución del personaje de Deborah Ann Woll (serie True blood) es sencillamente brillante, aprovechando el desarrollo de la historia de Punisher (espléndido Jon Bernthal –El contable-) para llevar este rol a un nuevo terreno, más maduro y mucho más arriesgado.

Y esto es únicamente un ejemplo. En realidad, lo más interesante de estos capítulos de Daredevil radica en el desarrollo orgánico del arco argumental. Goddard es capaz de crear algo literalmente vivo, que evoluciona, propone y reacciona ante el más mínimo detalle, y en el que ningún personaje, aunque sea el más secundario, queda al azar o desconectado de la evolución de la trama. Esta fórmula convierte a la serie en un producto extraño y complejo, alejado de otras ficciones similares (sobre todo de un tiempo a esta parte) y más próximo a dramas oscuros en los que la introspección de los personajes cuenta más que la acción que se desarrolla en muchas escenas.

Dicho de otro modo, y aunque las secuencias de lucha dejarán a más de uno con la boca abierta (incluyendo un nuevo plano secuencia similar al de la primera temporada pero mucho más complejo), la realidad es que lo más interesante de este superhéroe ciego son los conflictos morales de sus decisiones y las consecuencias que las mismas tienen en su entorno. Como decía antes, nada queda al azar, y desde luego toda frase, toda decisión, tiene su reacción, algunas más esperadas que otras, pero en cualquier caso todas ellas de una coherencia incuestionable. De ahí que al final se genere un mayor interés en saber cómo afrontan los secundarios las mentiras y los secretos del héroe que en cómo van a terminar las peleas de turno. Eso por no hablar de la trama principal, un motor que hace avanzar la historia en una dirección muy definida y que apenas deja tiempo de reflexión, imprimiendo al conjunto un ritmo idóneo.

Allanando el camino

Es importante hacer hincapié en el “apenas deja tiempo de reflexión”. Porque sí, sus secuencias de acción son impecables, numerosas y, hasta cierto punto, agobiantes. Y sí, estas peleas, unido al desarrollo de la trama, provocan una evolución tanto del protagonista (ahora sí es Daredevil) como de los secundarios. Pero nada de esto impide que exista un tratamiento reflexivo sobre el rol protagonista, al que por cierto Charlie Cox (La teoría del todo) dota de una entidad que ya habría querido Ben Affleck en la versión cinematográfica. De hecho, ya sea a través de flashbacks o de elaborados diálogos, el argumento aborda la dualidad de este personaje y, sobre todo, los límites de su moral, enfrentándole no solo con sus enemigos, sino con un personaje como Punisher, que en cierto modo podría considerarse el carácter extremo de la cruzada del héroe.

Pero esta segunda temporada también ha servido, como de hecho le ha ocurrido a Arrow, para abrir la puerta y allanar el camino a otros personajes superheróicos de Marvel. De hecho, en estos episodios no solo se mencionan roles como el de Jessica Jones, sino que aparecen personajes de estas producciones. Todo ello con la intención más que evidente de empezar a crear un nuevo mundo en la pequeña pantalla, similar al que ya existe en los cines pero con personajes, digamos, con menos tirón entre el gran público aunque con un tratamiento más dramático y algo alejado de la espectacularidad de las películas. No por casualidad, el Demonio de la Cocina del Infierno no vuelve hasta 2018, aprovechando su peso en las series para impulsar otras historias en las que, o bien influye formalmente (la apuesta visual de todas estas series es similar), o bien colabora presencialmente.

Con todo y con eso, esta segunda temporada pone de manifiesto un problema del personaje que, más tarde o más temprano, va a influir en el desarrollo de la historia. Y es que al igual que le ocurre a la versión televisiva del Arquero Esmeralda, el delicado equilibrio entre acción y drama de este superhéroe neoyorquino ha permitido que crezca en todos los sentidos, pero también que empiece a acercarse a un techo difícil de rebasar, al menos de forma coherente. Dicho de otro modo, la historia ha alcanzado tales cotas que solo le queda superarse, y para ello es necesario encontrar no solo historias mejores, sino aplicar un tratamiento que no ponga en riesgo el equilibrio del que hablamos. No son pocos los ejemplos de producciones que abandonan la acción en favor de la trama, y viceversa.

Hasta que eso llegue, y con la confianza que generan las dos temporadas de Daredevil, solo queda disfrutar de este personaje, del modo en que es presentado y de su evolución, sencillamente brillante y apasionante. La labor de guionistas, directores, actores y el resto del equipo es un evidente testimonio de que este tipo de producciones pueden tener un futuro, que no son meros entretenimientos para fans adictos a las viñetas y a un mundo de fantasía. La clave está, como se ha demostrado en varias ocasiones, en tratar a estos personajes como… pues eso, como personajes, situando sus poderes como algo casi anecdótico que puede resultar útil en un momento dado, y no como el epicentro del que dependa absolutamente todo. Mientras eso siga siendo una máxima, la serie seguirá siendo una de las mejores realizadas.

‘Dioses de Egipto’: demasiada fantasía para tan poca mitología


Nikolaj Coster-Waldau da vida a Horus en 'Dioses de Egipto'.La nueva película de Alex Proyas (Yo, Robot) es el mejor ejemplo de lo que Hollywood tiende a hacer con historias que tienen un base sólida. Los amantes de Egipto posiblemente encuentren la esencia de la mitología que rodea la historia de Osiris, Isis, Seth y Horus, incluyendo las luchas diarias de Ra por volver a salir cada mañana o el Juicio de Osiris, aunque un poco pervertido en su esencia. Sin embargo, la parafernalia que rodea a estos elementos, incluyendo un Egipto mágico y un tanto extraño, desvirtúan por completo lo que podría ser una cinta de aventuras mucho más humilde y sincera.

Sin entrar en el fondo de la elección de actores (algunos un tanto cuestionables), lo cierto es que Dioses de Egipto arranca con fuerza, asesinato fratricida y usurpación de poder incluidos. Y aunque los primeros compases de la trama, aproximadamente hasta el comienzo del segundo acto, sientan unas sólidas bases, la historia trata de abarcar tantos elementos de la mitología egipcia que termina por crear una amalgama de subtramas que perjudica el ritmo narrativo. Es entonces cuando el interés decae, los diálogos se tornan esposos y las secuencias de acción, espectaculares, introducen un lenguaje formal un tanto extraño.

A todo ello se suma, además, la necesidad de productores, director y guionista de introducir monstruos y amenazas de dimensiones apocalípticas para justificar un clímax que los egipcios narraron de forma mucho más sencilla y, a todas luces, menos caótica. Y aun siendo conscientes de la necesidad y el tono fantástico de la propuesta, dicho final no deja de poseer una grandilocuencia excesiva para el carácter aventurero y mágico que tiene el desarrollo en muchos compases del metraje. Dicho de otro modo, es demasiado final para tan poco aperitivo.

Así, Dioses de Egipto no es ni tan mediocre como muchos auguraban ni es una aventura humilde que permita explorar la magia del Egipto mitológico. Es, simple y llanamente, una cinta de fantasía que toma como justificación la lucha entre Horus y Seth para dar rienda suelta a una imaginación que muchas veces excede los límites que se marca la propia película. El problema de esto no es que no resulte creíble (hablamos de dioses con forma animal), sino que traiciona las reglas que parece plantear al comienzo, lo que llevará a mucha gente a desconectar de la trama. Aunque, con un poco de suerte, despertará la curiosidad por las relaciones entre los Dioses de Egipto. Y eso, al menos, ya es algo.

Nota: 6/10

Diccineario

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