La humildad de las ‘Tortugas ninja’, una historia sencilla y divertida


En 1990 las 'Tortugas Ninja' llegaron al cine de la mano de Steve Barron.Uno podría pensar que adaptar al cine una serie de animación, una saga de videojuegos o unos juguetes exitosos es una apuesta segura. Sin embargo, hay personajes que, por el motivo que sea, no funcionan del mismo modo en pantalla grande. El inminente estreno de Ninja Turtles vuelve a poner el foco sobre las cuatro tortugas ninja que en la década de los 80 del pasado siglo hicieron las delicias de jóvenes en medio mundo. Unos personajes cuyas aventuras cubrieron un amplio espectro de formatos, desde la televisión hasta los cómics, pasando por el merchandising y una línea de muñecos que ha evolucionado con el paso de los años. Su éxito fue tal que en 1990 se llevaron sus aventuras a la pantalla grande, dotando a los personajes animados de una presencia real. El resultado fue Tortugas Ninja, una producción sencilla, honesta y divertida cuya máxima aspiración era, y es, ser fiel a los conceptos más básicos de la serie, algo que funcionó en esta entrega, no así en las siguientes.

Conceptos que pasan por narrar los orígenes de estos héroes creados por Kevin Eastman y Peter Laird, que han dedicado su vida a expandir y nutrir este particular universo. Dirigida por Steve Barron (Los caraconos), la cinta aborda las primeras aventuras de las tortugas contra su archienemigo, Schredder, así como los problemas a los que deben enfrentarse, tanto externos como internos. Con todo, limitar el contenido dramático de la cinta a una mera sucesión de secuencias de acción y de humor sería un tanto superficial. Es cierto que vista en perspectiva la trama posee muchos puntos débiles y un aire muy particular que define a muchas obras independientes realizadas en esos años, pero es justo destacar algunos aspectos, sobre todo en sus tramas secundarias, que ofrecen un interesante reflejo de la sociedad que siempre ha estado presente en sus aventuras.

El más destacable es, sin duda, su enfoque de una juventud que no encuentra su sitio en la sociedad, que se siente perdida y abandonada por un mundo adulto que no parece comprenderla. Los momentos que transcurren en la guarida del villano, con esos adolescentes y niños entregándose a vicios tanto de adultos como de jóvenes, remiten, en cierto modo, a la historia de Pinocho y la corrupción de la inocencia, siendo además un cuadro malsano de una generación que no parecía tener una planificación a largo plazo. Las diferentes tribus urbanas que se dan cita remiten a otros films que abordan esa temática, aunque lo hace de una forma algo menos trágica.

Otro pilar importante que define a estas Tortugas Ninja es el concepto de familia y de individualismo. La primera mitad del film aborda la problemática personalidad de Raphael, al que pone voz Josh Pais (serie Ray Donovan), la tortuga con peor genio. Su tendencia a la soledad y a no aceptar sus errores o su lugar dentro del grupo es lo que define dramáticamente al film, que por otro lado presenta unas personalidades excesivamente simplificadas y autoparódicas. El tratamiento de este rol, así como la idea de familia del clan liderado por Schredder (James Saito, visto en la serie Eli Stone), ahondan en la idea de que la familia se encuentra allí donde realmente hay alguien que se preocupa, aunque ello suponga muchas veces alcanzar situaciones incómodas. Una moraleja un tanto simple, es cierto, pero que funciona bien en el contexto de la película gracias al tono general y al público al que va dirigido, que por cierto es tratado en todo momento con respeto.

Humor y efectos de última generación

Antes hablaba de la perspectiva de los años. Desde luego, la película de Barron puede ser vista hoy como una de esas pequeñas joyas en las que todo, absolutamente todo, era físico y real. En una época en la que los efectos digitales logran todo lo que se pueda imaginar, las técnicas utilizadas en aquel 1990, las más modernas del momento tal y como se anunció, aportan un grado de veracidad entrañable que beneficia a la historia de forma notable. Eso no impide, claro está, que muchas de sus secuencias pierdan algo de fuerza al ver a unas criaturas moverse sin demasiada agilidad y hacerlas pasar por silenciosos ninjas. Pero con todo, el trabajo de los efectos mecánicos y de las coreografías permite al film absorber todo el espíritu de los personajes originales, tanto humanos como mutantes.

En este sentido no hay que olvidar el sentido del humor que derrocha Tortugas Ninja, lo que la convierte en una obra destinada claramente al público juvenil y a una cierta inocencia que, por suerte o por desgracia, no tienen los adolescentes de ahora. El lado positivo es que la película se muestra en todo momento como un entretenimiento, sabiendo cuál es su objetivo y sin intentar ser algo que no es. Lo malo es que desde un punto de vista narrativo posee algunas flaquezas que, aunque son neutralizadas en parte por el dinámico desarrollo de la trama, no llegan a ocultarse del todo. La más evidente es la similitud de las tortugas, que pierden de este modo las diferentes naturalezas que las definían en la serie de televisión (el líder, el científico, el serio y el juerguista). Por otro lado, los personajes humanos principales, interpretados por Judith Hoag (serie Nashville) y Elias Koteas (Shutter Island) carecen de profundidad, limitándose a ser un fiel reflejo de lo que puede encontrarse en la animación.

Por supuesto, todo ello solo tiene relevancia si uno se acerca a un film de estas características con la idea del análisis concienzudo. Pero incluso en este aspecto sale ganando, pues a pesar de sus fallos la cinta funciona incluso años después de su estreno. Su frescura y la sencillez de su desarrollo la convierten en una obra sin pretensiones, es cierto, pero también aportan un dinamismo que la hace avanzar sin demasiado tiempo para parar a pensar en el trasfondo social y humano de los personajes. Es cierto que buena parte de la ironía y la comicidad pueden resultar un tanto repetitivos, pero en líneas generales la humildad con la que está realizada obliga a una cierta tolerancia a los errores, algo que no tuvieron las sucesivas secuelas y que, es de suponer, no tiene la nueva versión, más digital, espectacular y con un mayor presupuesto.

Para muchos Tortugas Ninja es un pequeño clásico del cine de aventuras juvenil. En cierto modo, así es. No pasará a los anales del cine, y desde luego no es un film indispensable que todo adolescente deba ver alguna vez en su vida. Pero su fórmula funciona. Es fresca, divertida y entretenida. Es lo que busca y es lo que consigue. Y lo más importante: logró adaptar de forma correcta a unos personajes que, a medida que han pasado los años, cada vez han tenido menos suerte en su salto a la gran pantalla. Puede que esa humildad sea la clave. Puede que su falta de pretensiones haga que el espectador termine encantado al no tener expectativa alguna. O puede simplemente que sea el trabajo serio y decidido de unos profesionales que sabían lo que tenían que hacer. Sea como fuere, esta primera aventura de los cuatro hermanos mutantes tenía todo lo que podía esperarse de ella. Ni más ni menos.

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La poesía narrativa de ‘El curioso caso de Benjamin Button’


Brad Pitt y Cate Blanchett protagonizan 'El curioso caso de Benjamin Button', de David Fincher.El estreno de Perdida ha reafirmado el talento narrativo de David Fincher, si es que tal consolidación era necesaria. Ya desde su primera película, Alien 3 (1992), el realizador demostró una capacidad innata no solo para narrar en imágenes (algo que se presupone a todo el que se pone tras las cámaras), sino para crear un mundo particular a través de la fotografía, el color y la narrativa. Decía el propio director en una entrevista que a la hora de rodar hay que escoger los planos que cuenten la escena de la mejor manera posible. Siguiendo esta idea, se podría decir que El curioso caso de Benjamin Button (2008) es la máxima expresión. Es difícil decidir cuál es la mejor película de un director que cuenta sus trabajos por éxitos, pero sin duda este relato basado en la obra corta de F. Scott Fitzgerald es uno de los más completos en todos los sentidos.

Su trama, para aquellos que todavía no hayan podido verla, sigue la vida de un hombre que nace como un anciano y, a medida que va creciendo, su cuerpo rejuvenece hasta convertirse en un bebé. Hijo de un empresario que tiene una fábrica de botones, su nacimiento coincide con la puesta en marcha de un gran reloj que va marcha atrás construido por un relojero que intentaba, de este modo, recuperar el tiempo pasado. Abandonado en un asilo de ancianos, el protagonista conoce a una niña con la que congenia a nivel psicológico, pero no físico. No será hasta años después, cuando ambos vuelven a encontrarse, que iniciarán una relación intermitente que les unirá a través de los años y en la que ella irá envejeciendo y él rejuveneciendo. Una fábula, en definitiva, acerca del carácter inexorable del tiempo, de la necesidad del ser humano de evolucionar y madurar, y del carácter cíclico de la vida.

Y precisamente este tono de cuento que posee El curioso caso de Benjamin Button es lo que la convierte en un film tan atípico dentro de la trayectoria de Fincher, más acostumbrado al thriller. La decidida apuesta del director por una planificación sin grandes alardes que rompan con el carácter general de la trama potencian esa sensación de cuento de hadas, de hecho mágico en un mundo marcado por la tragedia y el horror como es la Europa posterior a la I Guerra Mundial, momento en el que arranca la historia de Benjamin Button. El característico uso de la iluminación y el color del director de The game (1997) aporta el contexto emocional necesario para abordar este drama, partiendo en un primer momento de tonos verdosos y anaranjados para luego evolucionar hacia colores más neutrales en la madurez/juventud del protagonista.

Hay que señalar, en este sentido, que prácticamente todas las secuencias tienen un componente simbólico muy marcado, desde ese comienzo en el que se funden alegría y miedo a lo desconocido en el nacimiento de Button, hasta el final, en el que el reloj cuyas agujas se mueven en sentido contrario es anegado por el agua del Katrina. En mayor o menor medida, cada uno de los grandes momentos del film pueden (y deben) ser vistos como una metáfora de algo más que una vida poco convencional. La primera vez que el personaje de Brad Pitt (Guerra Mundial Z) camina, su periplo en el barco o su regreso, ya como un niño, junto a la mujer a la que amó, son fragmentos, de hecho, de la propia evolución de la sociedad. Y con esta idea es con la que David Fincher parece sentirse más cómodo, elaborando una narrativa que busca en todo momento el preciosismo formal, la belleza por encima de todo.

Del tiempo y su uso

Los seguidores del director sabrán que una de sus armas narrativas es el manejo del ‘tempo’ audiovisual, algo que beneficia notablemente a los thrillers que ha dirigido. El curioso caso de Benjamin Button es, a este respecto, una obra a analizar. Ya he comentado la facilidad de Fincher para narrar no solo con los planos, sino también con la fotografía, algo que aporta a sus obras parte de este tono sobrio e inquietante que tan buenos resultados logra. Pero en este drama con tintes fantásticos hay que añadir el elemento sonoro a la ecuación, y más concretamente el narrador que cuenta la historia. Su uso, poco recomendable por cuestiones de comprensión y saturación de cara al espectador, adquiere aquí un papel fundamental en muchos sentidos, aportando una mayor carga emocional.

El mejor ejemplo es, sin duda, el accidente que sufre el personaje de Cate Blanchett (Blue Jasmine), el verdadero y único amor del protagonista. Me imagino que aquellos que han visto el film saben de qué hablo. Fincher aprovecha este mínimo resquicio de suspense para engrandecer una secuencia que, a priori, posee poco más que una fuerte carga dramática. La forma en que juega con las emociones del espectador, dirigiendo su atención en un sentido para, sin necesidad de brusquedades pero de forma contundente, cambiar el significado de la secuencia en un giro de 180 grados, es simplemente brillante. Y todo ello, como digo, con una suavidad narrativa que puede no ajustarse al contenido de la secuencia, pero que termina convirtiéndose no solo en la mejor forma de narrar los acontecimientos, sino en la más elegante y bella. Sin necesidad de mostrar el accidente, Fincher genera un gran carga emocional a través del plano secuencia y del narrador omnisciente, aprovechando la creciente sensación de que algo va a ocurrir en su propio beneficio.

Aunque las palabras que hay que destacar son “elegante” y “bella”. En efecto, la trayectoria del director de El club de la lucha (1999) confirma una evolución hacia un formalismo visual elegante, pulcro y sincero independientemente de la historia que narre. Si, como ocurre con este film, dicha historia es un espléndido drama cuyo desarrollo está plagado de significado, esa visión se transforma en una suerte de poesía visual capaz de expresar mucho con muy poco. En cierto modo, y salvando las distancias de género y estructura, es lo que le ocurre a Perdida. Ambos films son capaces de exprimir al máximo unas historias que perfectamente podrían haber caído en los tópicos o en el exceso. En manos de Fincher, empero, se convierten en obras sobrias y sólidas que buscan en todo momento la inteligencia del espectador, tanto la mental como la emocional.

El curioso caso de Benjamin Button es una de esas películas que, posiblemente, terminen engrosando las listas de clásicos, si no a nivel general al menos sí en su género. De lo que no cabe duda es de que Fincher alcanzó un grado de perfección extremadamente alto, hasta el punto de que ha sido su oportunidad más clara para llevarse un más que merecido Oscar. Su capacidad para narrar en imágenes, su uso de la fotografía y unos efectos digitales simplemente perfectos son las grandes cartas de presentación de este drama, pero con su director siempre hay algo más. La elegancia de su puesta en escena y su fantástica intuición para saber lo que necesita una escena le permiten jugar con los tiempos de la película y con las emociones que esta desprende. Y si a eso sumamos un guión brillante, lo que surge es una obra atemporal.

T. 3 de ‘The killing’, personajes más complejos para un nuevo crimen


Mireille Enos y Joel Kinnaman investigan otro caso en la tercera temporada de 'The Killing'.Así como hay libros que se adaptan a la televisión o al cine, hay productos audiovisuales que perfectamente podrían convertirse en una novela, tanto por su trama como por las idas y venidas de su producción. No cabe duda de que uno de esos casos es The killing, versión norteamericana de la serie Forbrydelsen, que a principios de agosto finalizó su tercera temporada en Estados Unidos y que, tras dos cancelaciones y dos resurrecciones, finalmente verá una cuarta temporada a modo de epílogo que aporte una cierta coherencia a la conclusión, sobre todo, de los personajes. Y no deja de resultar curioso, la verdad, que un producto tan interesante como este haya tenido tantos problemas para seguir adelante, sobre todo teniendo en cuenta las numerosas producciones sin alma propia que circulan por los canales públicos y de pago.

Por cierto, lo de “alma propia” no es casualidad. Si la primera temporada se planteó como un remake puro y duro del original danés, la segunda dio un giro radical, no solo por alargar la trama de la primera parte (hay que recordar que en la versión europea cada caso es una temporada), sino por ofrecer una resolución radicalmente distinta, demostrando entre otras cosas que la serie tiene algo que ofrecer. Ahora, esta tercera temporada de 12 episodios va un paso más allá y narra un caso completamente distinto del original (al menos del que correspondería al segundo caso en Dinamarca) y se postula como una obra única, independiente y, sobre todo, muy interesante en sus propios giros argumentales. Para aquellos que no hayan visto todavía la temporada, esta comienza presentando a los personajes unos meses después de la conclusión del anterior caso de la joven desaparecida. Sarah Linden (Mireille Enos) trabaja en un puerto y Stephen Holder (Joel Kinnaman) tiene un nuevo compañero con el que debe iniciar la investigación del brutal asesinato de una joven prostituta. Pronto el caso queda relacionado con otro que Linden investigó hace años y por el cual un hombre está en el corredor de la muerte, uniendo de nuevo sus caminos para resolver el rompecabezas.

Evidentemente, y aunque la premisa inicial pueda parecer sencilla, esta nueva temporada de The killing posee todos los elementos que caracterizan a la serie, desde la compleja psicología del personaje de Mireille Enos (Guerra Mundial Z) hasta los oscuros recovecos de una investigación que tiene múltiples callejones sin salida, numerosos sospechosos y un trasfondo social y criminal mucho más complejo de lo que podría esperarse. Y al igual que en otras temporadas, el villano de la función queda oculto hasta el final, iniciando un juego con el espectador por adivinar la verdadera identidad que normalmente perderemos los que estamos a este lado de la pantalla. Este es, entre otros, el mayor aliciente de la producción. La facilidad de su creadora, Veena Sud (responsable también del original), para orquestar un sinfín de tramas secundarias con características para convertirse en principales pero sin llegar nunca a serlo es fascinante. Curas con un pasado oscuro, un hombre inocente y sospechoso al mismo tiempo en el corredor de la muerte, un joven con unos gustos sexuales un tanto especiales. Todos y cada uno de ellos de una profundidad moral y psicológica que normalmente no tienen secundarios de este tipo y, por tanto, todos con unas grandes posibilidades de convertirse en villanos.

Sin duda es este el otro gran atractivo de la serie, derivado del anterior. En todo momento de esta tercera temporada la serie se toma muy en serio a cada personaje. Apenas deja nada al azar, e incluso aquello que uno no llega a comprender o que puede parecer inconexo encuentra su explicación en la revelación del último episodio, por cierto mucho más impactante y perturbadora que la de la segunda temporada y, en cierto sentido, que las de la serie danesa. La calidad de los personajes, más allá de los protagonistas (de los que hablaremos a continuación), es lo que convierte a la serie, independientemente de sus tramas bien estructuradas o de un diseño visual que le debe mucho, muchísimo, a Seven (1995), en una de esas producciones que enganchan desde el primer momento, que mantienen al espectador esperando el siguiente capítulo para encontrar la solución del acertijo. Por cierto, y en relación a la película de Brad Pitt, decir a modo de detalle que el final de esta tercera temporada es un claro homenaje al final de aquella.

Intercambio de protagonismo

Aunque si hay algo realmente novedoso en esta temporada de The killing es el flujo de importancia y poder que se ha producido entre sus protagonistas. Si bien es cierto que el personaje de Enos sigue teniendo un peso específico e imprescindible en el caso a investigar, el personaje de Kinnaman sufre, por decirlo de algún modo, una evolución camaleónica para convertirse, psicológicamente hablando, en un rol muy similar al de su compañera. En otras palabras, la obsesión que caracterizó a Sarah Linden en temporadas anteriores queda ahora en manos de Stephen Holder. Un cambio que, personalmente, se agradece, entre otras cosas por Kinnaman demuestra un carisma pocas veces visto hasta ahora que lo convierte, por derecho propio, en el protagonista de la trama. No sé si atribuirlo a su aumento de peso (posiblemente para protagonizar RoboCop) o a la consciente importancia que se le otorga en la historia, pero desde luego hace sombra, casi literalmente, al resto del reparto. Y eso que no estamos hablando de malos actores.

Lo cierto es que, mientras en las temporadas anteriores la práctica totalidad del interés recaía en la protagonista, esta nueva tanda de capítulos reparte ese peso, permitiendo a la serie ganar en interés y crecer no solo dramáticamente, sino en complejidad. Queda así, por tanto, solventado uno de los problemas, por decir algo, que se daban antes: la proliferación de secundarios sin recorrido. El hecho de repartir un caso policial en dos temporadas obligaba a sacarse de la manga un sinfín de posibles villanos cuyo desarrollo era mínimo. Ahora, sin embargo, la limitación temporal y de personajes (por cierto, más tradicional dentro del género) obliga a una mayor evolución, a una presentación más profunda de sus motivaciones y de sus claroscuros. La mejor prueba de que se ha mejorado en este sentido es el personaje de Peter Sarsgaard (Blue Jasmine), el reo en el corredor de la muerte cuya trama personal en la cárcel corre en paralelo a la principal casi hasta el final. Por cierto, un final crudo, difícil y asépticamente bello en su resolución.

Su complejidad juega en todo momento con la idea de que existe algo más de lo que se cuenta en un primer momento sobre él, algo que se desvela progresivamente durante la temporada y en proporción directa a la proximidad de su ejecución. Es más, podría decirse que su arco dramático con los demás presos y los guardias es una serie en sí misma. Pero no es el único personaje interesante. El papel de Elias Koteas (Shutter Island) y, sobre todo, su pasado con el personaje de Enos, es uno de esos roles capaces de aportar algo casi con su mera presencia, por no hablar de la resolución que se le da al trío amoroso entre él, su mujer y Linden.

Todo ello, en definitiva, convierten a esta tercera temporada de The killing en una entrega mucho más completa y compleja que sus predecesoras, con un trasfondo social y criminal más interesante y con unos personajes mucho más desarrollados. El hecho de aprovechar al máximo las cualidades de los dos protagonistas ofrece, además, muchas más salidas narrativas al conjunto de la producción. El riesgo que se corre, claro está, es el de derivar en una serie típica con pareja de policías en el centro de la trama. Sin embargo, ni el tono general de la serie ni el futuro parece que lo vayan a permitir. Tan solo seis episodios es lo que tendrá la cuarta temporada, según las informaciones publicadas. Lo justo para resolver la complicada situación en la que terminan estos últimos 12 capítulos. Lo justo para cerrar como se merece una serie como esta.

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