‘En mil pedazos’: recomponiendo vidas


Existen tantas películas sobre el proceso de desintoxicación que vive un adicto como pedazos menciona el título de lo nuevo de Sam Taylor-Johnson (Cincuenta sombras de Grey). Entonces, ¿qué hace diferente a esta historia para merecer ser contada? En realidad, muy poco… y bastante a la vez. Puede que desde el punto de vista puramente argumental tenga poco de novedoso, pero visualmente la película ofrece algo que muy pocos títulos son capaces de ofrecer.

Porque sí, la historia ya es conocida. De hecho, uno de los personajes de En mil pedazos viene a corroborar esta afirmación con un argumento sobre el proceso que deben superar los adictos para desengancharse. Sin embargo, eso no resta efectividad a su contenido. Sin llegar a ser impactante visualmente hablando, Taylor-Johnson recurre al lirismo visual para narrar un proceso visceral, dramático y duro. A través de su narrativa, la directora saca el máximo provecho a las emociones del protagonista y a esa lucha contra unos demonios internos que personifica en varias ocasiones en aquellos que le rodean. Un proceso, como digo, archiconocido en el séptimo arte, pero que en esta ocasión viene a añadir algunos componentes que lo convierten en atractivo y, hasta cierto punto, diferente.

Para empezar, esa poesía visual traducida en una elegancia única para narrar los momentos más difíciles del relato, desde el comienzo del protagonista hasta la tragedia final (interesante el paralelismo entre lo que ocurre y la visión del protagonista). Detalles como los personajes secundarios, que todos los roles sean o hayan sido adictos, aumenta la sensación de grupo, de formar una familia propia en la que todos saben lo que ocurre dentro y fuera de cada uno. Pero ante todo, la película es lo que es gracias a los actores, comenzando por Aaron Taylor-Johnson (The Wall) y continuando por un elenco sencillamente brillante a pesar de aparecer tan solo algunos minutos en la mayoría de ocasiones. La sobriedad de las interpretaciones, la sencillez con la que se afrontan las escenas, permiten al espectador centrarse en el drama que se esconde detrás de cada diálogo y cada acción, acentuando el proceso vivido por el protagonista.

El mayor problema de En mil pedazos es, básicamente, que su historia no aporta grandes novedades. Eso y que algunos tramos del relato pierden cierto ritmo y están demasiado condensados. Pero la película funciona, y lo hace gracias a la mano de su directora, capaz de ofrecer una mirada propia a un relato ya contado con anterioridad, y de unos actores capaces de dar vida a un complejo mosaico de personajes, emociones y situaciones a cada cual más dramática. Todo ello convierte a este film en una obra tal vez menor pero sumamente interesante y recomendable, amén de un alegato contra las adicciones y la destrucción que siembran a su alrededor y en el propio enfermo/adicto (la explicación de por qué una adicción es una enfermedad es perfecta). No atraerá masas, pero es una de las pequeñas joyas que merece la pena descubrir.

Nota: 7/10

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‘Puro vicio’: cine negro entre las brumas de la drogadicción


Joaquin Phoenix y Benicio del Toro protagonizan 'Puro vicio'.Paul Thomas Anderson (Magnolia) es siempre un buen motivo para acudir a una sala de cine. Eso sí, que nadie espere una película al uso. Su narrativa es abrupta, casi inconexa. Sus personajes son radicales en muchos sentidos. Y su puesta en escena se podría calificar de preciosista, obsesiva por la perfección en la fotografía, la escenografía o el vestuario. Y todo eso, evidentemente, se halla en su última película, un thriller al más puro estilo del cine negro pero con buenas dosis de humor satírico y el elemento psicodélico de las drogas de por medio. El resultado no es para todos los paladares, pero entre tanta confusión se atisba una buena película.

El problema es poder comprenderlo todo. Las películas de Anderson siempre han requerido del espectador algo más que un visionado estático, es cierto, pero en esta ocasión dicha premisa se escapa del control del director. A pesar de tener un comienzo relativamente coherente, el estado constante de ensoñación en el que parece vivir el personaje de Joaquin Phoenix (En la cuerda floja) termina por adueñarse del conjunto hasta el punto de que el espectador corre el riesgo de perderse entre un maremagnum de secuencias que cada vez parecen tener menos relación entre ellas. Esto, unido a una duración excesiva, hacen que poco a poco esa narrativa abrupta genere desconexión con la trama, convirtiendo al film en una sucesión de escenas sin una resolución clara.

Con todo, el film se antoja espléndido. Hay algo en él que resulta atractivo, casi hipnótico. Como suele ocurrirle a Anderson, la impresión inicial de este crimen envuelto en las brumas de la drogadicción es la de una historia sin demasiado sentido. Sin embargo, a medida que pasa el tiempo el nexo de unión entre las secuencias se hace más claro, permitiendo no solo una interpretación de los hechos, sino del sentido general de una historia que se mueve siempre por el delicado equilibrio entre la seriedad, el surrealismo y la parodia más sombría posible del investigador privado, la mujer fatal y las conspiraciones de grupos subversivos. Es ahí donde la trama adquiere verdadero significado, y donde la película recupera buena parte de su fortaleza.

Pero no nos engañemos. Puro vicio es una película difícil, posiblemente de las más complejas de Paul Thomas Anderson. El desarrollo de la trama principal no solo es abrupto, sino que avanza por diferentes investigaciones criminales que no tienen un nexo común demasiado claro, lo que provoca que el espectador se pierda entre decenas de personajes. Pero a pesar de sus problemas, a pesar de lo que exige y a pesar del surrealismo que desprende, estamos ante una obra sumamente interesante, un viaje (en todos los sentidos) que no deja indiferente. Habrá quien la considere una genialidad más de su director. Otros, un exceso sin sentido en un afán por desmarcarse de la narrativa tradicional. En el centro, como suele decirse, suele estar la realidad.

Nota: 6,5/10

‘The killing’ termina con una 4ª T apresurada que busca el final feliz


Mireille Enos y Joel Kinsman investigan un nuevo caso en la cuarta temporada de 'The killing'.Ha sido una de las series más interesantes de los últimos años. Sin embargo, su futuro siempre ha estado en vilo, siendo cancelada y renovada en varias ocasiones. Pero finalmente en este 2014 la cuarta y última temporada de The killing ha visto la luz, y como si de un fiel reflejo de lo que ocurre allende las fronteras de la ficción, los seis episodios con los que Veena Sud (serie Caso abierto) cierra los flecos que quedaron sueltos en la anterior temporada son, cuanto menos, irregulares, sobre todo en lo que respecta a sus protagonistas.

Y es que el principal motivo de esta especie de apéndice de la serie está pensado desde el principio para narrar qué ocurre con los dos policías después de descubrir la identidad del asesino de la tercera temporada. Para ello han sido necesarias muchas luchas en despachos y un cambio de productora (Netflix, responsable de Orange is the new black, es la encargada de este colofón). Y como no podía ser de otro modo, existe un asesinato, aunque la necesidad de acotarlo a media docena de capítulos resta complejidad a la trama. Además, el hecho de que buena parte del componente dramático esté relacionado con el final de la anterior etapa genera más expectación sobre los propios protagonistas que sobre el crimen en sí.

Protagonistas, por cierto, que sufren una serie de procesos emocionales de lo más errático. Tanto Mireille Enos (Sabotaje) como Joel Kinnaman (RoboCop) mantienen intactas las bases de sus personajes, pero Sud les lleva por un camino peligroso. Cuando uno sufre una crisis, el otro se mantiene firme. Y viceversa. Da la sensación en muchos momentos de estar ante una especie de toma y daca emocional en el que ninguno gana, lo que desdibuja sensiblemente a los personajes y, por extensión, el corazón de The killing. Buena parte de la responsabilidad de todo esto recae en el hecho de que ni el caso que investigan permite una obsesión como la de temporadas anteriores (por mucho que pretendan introducirlo con calzador en esa especie de relación materno filial con el sospechoso) ni genera los puntos de vista dispares entre los dos policías.

La problemática principal proviene, sin duda, de la longitud de esta cuarta temporada. La complejidad que tradicionalmente han tenido los personajes va en relación a la complejidad de los asesinatos que investigan. Tratar de introducir todo eso en apenas seis episodios es tarea imposible, y el resultado lo demuestra. Las intrigas policiales del asesinato se intuyen desde aproximadamente el tercer episodio; los dilemas morales que se extienden desde la temporada anterior se abordan de forma rápida y algo burda (dicho de otro modo, pierden los papeles demasiado rápido); y la resolución de ambas líneas argumentales se produce por una especie de deus ex machina disfrazado de uno de los personajes más importantes de la primera temporada.

Un final ‘made in Hollywood’

Aunque si algo bueno tenía The killing era su poco respeto por las estructuras tradicionales de Estados Unidos. Nutriéndose de la influencia del original (Forbrydelsen), la serie había sido capaz de crear unas complejas líneas argumentales en las que casi todos los personajes eran sospechosos de algo. En este sentido, sus responsables optaron por un desarrollo ajeno al “final feliz” tradicional de Hollywood, ofreciendo una serie de giros narrativos interesantes y determinantes para la trama. Tanto en el primer caso como en el segundo. Todo eso, empero, desaparece en esta última historia.

No me refiero con esto a la forma en que se solventa el caso arrastrado de la tercera temporada. Tampoco a la conclusión del crimen, algo previsible y con una argumentación un tanto burda. El problema reside en esa especie de secuencia anexa al resto que, vista en perspectiva, carece de sentido dramático alguno. Que los dos protagonistas terminen sugiriendo un futuro juntos teniendo en cuenta que en ningún momento se ha abordado el aspecto romántico es algo que chirría en todos los sentidos, sobre todo por la evolución que han sufrido los personajes.

El rol de Enos ha alcanzado a lo largo de las temporadas un grado de psicosis y de obsesión por su pasado y por los casos que investiga realmente alto. Por otro lado, la reconversión del policía al que da vida Kinnaman se entiende por la relación y la paternidad que está a punto de experimentar. La conclusión es que dichos personajes no solo pueden rehacer sus vidas de forma independiente, sino que el hecho de estar juntos resulta incluso contraproducente, sobre todo para él. Es por ello que la conclusión que se antoja más lógica es la que se produce unos minutos antes del final, con el personaje femenino yéndose en coche y él volviendo a su hogar.

Introducir ese final, que por cierto nada tiene que ver con las motivaciones iniciales de la temporada (es decir, no está relacionado con ninguno de los casos policiales) obliga al espectador a asistir a un final que, además, apenas encuentra explicación en el diálogo que mantienen los personajes. Nada se sabe de los motivos de cada uno para encontrarse en la situación que se encuentran años después. Lo único que parece estar claro es que sus vidas separados son tan grises como el ambiente de Seattle en el que transcurre la ficción. Y eso, para una serie que encuentra explicación para el más ínfimo detalle, es algo de difícil argumentación.

Parece evidente que esta última temporada de The killing se ha planteado simplemente como una conclusión a la historia de sus protagonistas, no como una auténtica trama en la que los personajes deban enfrentarse a sus propios miedos a través de un nuevo crimen. La duración de esta conclusión y, en consecuencia, el desarrollo de las dos tramas principales así lo confirman. Con todo, el balance general de la temporada no es excesivamente malo si no se atiende demasiado a ese epílogo propio de un drama romántico ‘made in Hollywood’ que choca frontalmente con el sentido general de la producción. Una finalización, por tanto, que viene a representar las idas y venidas de una serie que habría merecido algo mejor en su despedida.

‘El vuelo’: la heroica pirueta del alcoholismo


Denzel Washington deberá responder por el accidente de 'El vuelo'.Han tenido que pasar 12 años para que Robert Zemeckis (Cuento de Navidad) vuelva a trabajar en una película “realista”, de carne y hueso. Casualidad o no, la última fue Náufrago, en la que Tom Hanks (Big) se las veía y deseaba para sobrevivir en una isla después de sufrir un accidente de avión. Algo parecido le ocurre a Denzel Washington (Plan oculto) en la nueva propuesta de Zemeckis… al menos desde un punto de vista conceptual. Pues si en aquella el naufragio era físico, en El vuelo el naufragio es moral y psicológico, empujando al protagonista a una soledad autoimpuesta a pesar de la proeza conseguida.

Dicha proeza, por cierto, se toma su tiempo; prácticamente todo el primer acto. Y lo hace con la fuerza narrativa y la sencilla espectacularidad que caracteriza a Zemeckis. El desarrollo del fallo aéreo y las decisiones que se toman en el avión generan toda una corriente de tensión y ansiedad que permite acercarse a la angustia de estar ante las puertas de la muerte. Desde luego, no es recomendable para aquellos espectadores con miedo a volar. El principal escollo del relato, empero, viene provocado por la fuerza de dicho primer acto. Más allá de la intensidad de la secuencia, los acontecimientos que se muestran en pantalla antes y después dan pie a pensar que la trama se moverá por una especie de intriga en torno al alcoholismo.

Y aunque se intenta dirigir la atención por esos derroteros, la naturaleza del argumento lleva a los personajes por un camino mucho más personal y, en cierto modo, innecesario y menos interesante. No cabe duda de que el absoluto protagonista es Washington, y desde luego hace méritos para ello. Su trabajo es brillante, perfecto incluso (sobre todo hacia la resolución del conflicto principal), en lo que se refiere a ese viaje a los infiernos del alcohol y las drogas, pero termina por diluirse en tramas secundarias que no llegan a una clara conclusión.

Ese desarrollo irregular, con todo, no oculta la verdadera moraleja de la historia, la cual plantea un debate moral tan interesante como interminable. Sí, el protagonista es un alcohólico y drogodependiente, pero incluso en ese estado es capaz de salvar cerca de 100 vidas con una pirueta propia de los espectáculos de aviación. Del espectador depende aceptar o rechazar la conclusión del film, que aquí no desvelaremos. Sea cual sea dicha respuesta, lo que es incuestionable es que la vuelta de Zemeckis a la imagen real es un producto que podría haber dado más de sí, pero que en apenas media hora clava al espectador en su asiento hasta que se encienden las luces.

Nota: 7,5/10

‘Trainspotting’, el primer paso de D. Boyle en el moderno cine inglés


Los espectadores más jóvenes tal vez conozcan a Danny Boyle por el éxito de Slumdog Millionaire allá por el 2008. Antes de ella, y mucho antes de su labor en la inauguración de los Juegos Olímpicos celebrados en Londres en 2012, el director de Manchester había llamado la atención a propios y extraños con una película transgresora, compleja y muy dinámica que supuso su salto a la fama. No fue su ópera prima, pero Trainspotting (1996) puede ser considerada su obra más influyente hasta la fecha, todo un clásico moderno que ofrece una visión dura, realista y psicodélica de los suburbios ingleses y el mundo de las drogas que se instala allí.

De hecho, no es descabellado pensar que el film, junto a la obra de Guy Ritchie unos años después (sobre todo Lock & Stock Snatch. Cerdos y diamantes), cambió la forma de entender el cine en Gran Bretaña. Su estética sucia, sus posiciones de cámara algo aberrantes y extremos y, sobre todo, su concepción visual sin remilgos, convierten a este relato sobre los efectos de las drogas en los jóvenes en todo un alegato que va más allá del mensaje moral, convirtiéndose en una obra de referencia para un cine social comprometido, vivo y salvaje. En cierto modo, todo en ella es desconcertante en su novedad, desde la ya mencionada planificación hasta la iluminación elegida, desde el desarrollo del guión a la puesta en imágenes de los momentos más dramáticos del mismo. Incluso la música elegida se adapta como un guante para generar aún más si cabe esa sensación de caos y descontrol que es la vida de este grupo de jóvenes drogadictos.

Inolvidables son algunas de sus secuencias como la persecución al protagonista (y que fue incluida en la inauguración de los Juegos Olímpicos), el extraño viaje en un baño público o la inevitable crisis que hay que superar para eliminar la droga del cuerpo, con bebé siniestro incluido. Aunque tal vez dichas escenas suponen el mejor ejemplo para un film tan violento en su contenido y tan transgresor en su forma, lo cierto es que todo en él genera incomodidad y transmite una sensación de fatalidad que se hace patente en su tramo final.

Y aunque pueda no parecerlo, este tipo de películas son aquellas donde los actores deben dar más de sí en un sentido dramático puro. La cantidad de emociones por las que pasan sus personajes, y la velocidad con la que cambian, obligan a un trabajo impecable para obtener un resultado creíble y de alta calidad. Y Trainspotting cumple con los objetivos. Tanto, que sus actores, la mayoría de ellos con cortas carreras o abocados a la televisión, vieron disparadas sus carreras a raíz de la participación en tan compleja historia.

De actores y hombres

Sin duda, Ewan McGregor (Big Fish) es el gran referente. Gracias a la película de Boyle su carrera sufrió un ascenso meteórico, y lo cierto es que no es para menos. Su labor en el film puede que no merezca montones de premios alrededor del mundo, pero supera con creces el objetivo de resultar creíble. Su labor como un joven drogadicto que trata de desengancharse y que ve cómo su entorno se desmorona es inigualable. Pero no es el único. Robert Carlyle (Full Monty) revela aquí por primera vez ese aspecto desaliñado que tan buen resultado le ha dado gracias a un papel algo pasado de vueltas y que representa la violencia del mundo de la drogadicción.

Ambos son los mejores ejemplos del empuje de sus carreras. Aunque siguen haciendo papeles de mucha relevancia en el panorama cinematográfico, buena parte del público siempre tendrá en mente que son “los de Trainspotting“. Pero junto a ellos hay varios actores que, aunque de forma mucho más disimulada, han dejado una impronta en el colectivo. Sin ir más lejos, Kevin McKidd, el doctor pelirrojo de Anatomía de Grey, da vida al personaje más trágico del relato, y aunque su labor queda en un segundo plano, reserva para él uno de los giros dramáticos más difíciles de superar.

Pero esos son solo algunos ejemplos. Nombres como el de Jonny Lee Miller (serie Eli Stone) o Kelly Macdonald (serie Boardwalk Empire) también aparecen en un reparto que destaca, aunque pueda parecer una contradicción, por su falta de estrellato. En efecto, no hay grandes nombres (al menos, en el año en que se rodó). Todos los integrantes del reparto ofrecen su trabajo de forma harto natural, sencilla y veraz, ajena a histrionismos innecesarios o a afecciones dramáticas fuera de tono.

Una interpretación que se funde perfectamente en el entorno trágico, sucio y caótico creado por Danny Boyle. En el fondo, Trainspotting se revela casi como una radiografía social, una especie de pseudodocumental sobre las drogas que cuenta con algunos de los momentos más psicodélicos del moderno cine inglés. Un título que, como decíamos al comienzo, se vuelve imprescindible para entender modernos proyectos de Reino Unido que toman prestada esa frialdad del entorno, esa suciedad de las calles y esa violencia en el lenguaje verbal y cinematográfico.

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