‘The Flash’ busca más dramatismo y más oscuridad en su 3ª T.


Las similitudes entre The FlashSupergirl cada vez son más habituales. Y no me refiero al hecho de que compartan episodios o que sus protagonistas tengan una serie en común. Es cierto que sus historias son, en general, notablemente diferentes, pero el tratamiento de las mismas, el modo en que se abordan aspectos como el drama romántico o conceptos como la amistad o la responsabilidad. Sin embargo, la tercera temporada del velocista de DC Cómics ha sabido aportar, al menos de forma general, una visión más compleja del mundo creado a raíz de la serie Arrow, mucho más oscura, seria y adulta en todos sus aspectos y a la que parece querer aspirar. Los últimos 23 episodios reflejan esa dualidad en la que parece moverse la serie, y en la que deberá decantarse por uno u otro lado sin esperar demasiado.

Posiblemente esta última etapa de la serie creada por Greg Berlanti, Geoff Johns y Andrew Kreisberg, autores también de Arrow, sea la más dramática de todas las vistas hasta ahora, aunque también una de las más confusas. Dramática porque, a diferencia de capítulos anteriores, el arco argumental del protagonista avanza con paso firme y la velocidad adecuada para ahondar en los aspectos más trágicos del héroe interpretado por Grant Gustin (serie Glee). No se trata solo de que la damisela en apuros sea salvada por el hombre más rápido de la tierra. Se trata, en realidad, de explorar los motivos que le llevan a ser como es, a tomar las decisiones que toma y con las que, en no pocas ocasiones, pone en peligro a sus compañeros. En este sentido, el villano de esta temporada es todo un reflejo de lo bueno y lo malo que se esconde dentro de ese traje rojo.

Pero junto con esto, y es algo que no puede dejarse pasar, se halla la complejidad de una historia con constantes viajes al pasado, al futuro y a mundos alternativos. Las numerosas modificaciones en la trama que eso conlleva terminan por enrevesar no solo el desarrollo lineal de la historia, sino a los propios personajes, y con eso la resolución de los conflictos. Si bien es cierto que sus creadores han sido capaces de dotar al conjunto de una coherencia más que notable, también hay que reconocer que la tercera temporada de The Flash ha dejado por el camino varios conflictos resueltos de un modo cuanto menos cuestionable y que podrían haber dado un juego dramático sumamente interesante. El conflicto tanto interno como externo de personajes que descubren que su realidad se debe a una decisión egoísta del héroe abre las puertas a muchas posibilidades de desarrollo que quedan, sin embargo, en una mera anécdota en el camino.

Y este es el principal escollo con el que se encuentra la serie a la hora de evolucionar hacia lo que parece ser un producto más serio y adulto. Sus responsables no parecen tener interés en desarrollar determinados conflictos o en llevar a los personajes hasta sus últimas consecuencias. Esto, unido al hecho de que los nudos dramáticos se resuelven en unos pocos episodios, genera la sensación de que cualquier problema tiene una salida relativamente fácil, en algunos casos con la ayuda de alguien externo y en otros tirando de psicología y personalidad. Sea como fuere, lo cierto es que la evolución del arco dramático principal se mueve constantemente en esa dualidad que tan bien reflejan en esta temporada héroe y villano. La gravedad del protagonista al que da vida Gustin, aunque aporta un interesante aspecto al superhéroe, no termina de ser creíble a tenor de cómo sale airoso de todas las situaciones.

Y de nuevo, el final

Que sale airoso de todas las situaciones no es del todo exacto. Al igual que ha ocurrido en temporadas anteriores, esta tercera etapa de The Flash deja un final abierto en el que el héroe debe sacrificarse no solo por sus amigos, sino por toda la sociedad. Y en esta ocasión, con componentes más dramáticos de los vistos hasta ahora. De nuevo, eso abre las posibilidades a una cuarta temporada con un tono marcadamente más sombrío en el que los conflictos que se presenten ante el héroe le obliguen a modificar su forma de entender el mundo, que al final es como una trama es capaz de avanzar. El problema es que ya han sido dos temporadas y estas expectativas no se han cumplido, o al menos no al ritmo que cabría esperar, por lo que nada invita a pensar que en los próximos episodios eso vaya a cambiar.

En cualquier caso, lo que sí aporta esta temporada es un amplio espectro de personajes nuevos o ya conocidos pero con nuevas habilidades. La incorporación de nuevos velocistas, algunos tan interesantes como el interpretado por Keiynan Lionsdale (La hora decisiva), de nuevos villanos y de otros secundarios que apuntan maneras para convertirse en habituales expanden un poco más el universo de este superhéroe, permitiendo crear nuevas tramas secundarias que, dejando a un lado el carácter adolescente de algunas de ellas, pueden ser tan interesantes como útiles para impulsar la historia principal. Lo que ya parece algo recurrente (y hasta cierto punto ridículo) es mantener la presencia de Tom Cavanagh (400 days) como Harry Wells. No porque no sea atractiva y un punto de inflexión en las dinámicas de los personajes, sino porque su rol ha pasado ya por tantas fases, por tantas reinterpretaciones, que parece pedir a gritos algo de estabilidad. Sí, ya sé que son versiones de diferentes universos, y es una justificación más que coherente, pero eso no significa que no sea un recurso para tratar de dar con la tecla exacta del personaje.

La realidad es que la serie necesita, en una palabra, avanzar. Y eso es algo cuanto menos irónico en una producción sobre el velocista más rápido del planeta, pero es una realidad. La temporada parece haberse centrado fundamentalmente en reconstruir el universo de este personaje para dotar a los secundarios de una mayor relevancia, de nuevos poderes o de un peso específico diferente al que tenían antes. Y aunque todo esto es necesario si se quiere reformular esta ficción, al final el protagonista es el que menos parece avanzar, viviendo una suerte de bucle dramático en el que las claves de la trama se repiten de formas muy similares. El resultado es que la serie, aunque desprende entretenimiento y espectacularidad en todos sus planos, se estanca en una indefinición de lo que realmente quiere ser, optando a veces por el dramatismo y otras por la diversión en estado puro. Tomar la decisión final en uno u otro sentido debería ser el objetivo más inmediato.

Sea como fuere, está claro que The Flash logra su objetivo principal: entretener al público con una apuesta ‘blanca’, sin demasiadas complicaciones dramáticas y cada vez más entregada a la espectacularidad que permite un personaje como este. La contrapartida está, como es lógico, en la propia trama, en la solidez del drama que sustenta tanto al superhéroe como al equipo que le rodea. Y no porque esté ausente, al contrario. Suele ser pieza fundamental en el comienzo de las temporadas para, a continuación, resolverse de un modo más o menos directo y a otra cosa. La tercera temporada, en este sentido, no ha sido diferente, y aunque ha permitido introducir nuevos e interesantes personajes, sigue adentrándose con miedo en el tratamiento dramático, como si explorar ese aspecto generase dudas sobre el modo de abordar el resto de elementos. El final abre, de nuevo, la puerta a un futuro más sombrío. Habrá que esperar, de nuevo, a ver si definitivamente se opta por ello.

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‘Daredevil’ amplía su universo con más dramatismo en la 2ª T.


'Daredevil' se enfrenta a Punisher en la segunda temporada.La serie sobre Daredevil creada por Drew Goddard (Marte) acerca del famoso superhéroe de Marvel fue una de las sorpresas más gratas de 2015. Y lo fue porque, al igual que en otras producciones superheróicas, presentaba al héroe no solo en base a sus valores, sino como contraposición de un mal mayor al que derrotar. Y como toda gran producción sobre estos personajes, su segunda temporada debía doblar la apuesta. Sin embargo, esta especie de salto de fe es arriesgado si no se sabe sobre qué pilares realizar dicha apuesta. Por fortuna, Goddard es consciente de que, más allá de la acción o la violencia, esta trama se basa en personajes, en sus traumas y en sus dilemas, y es ahí donde estos nuevos 13 episodios logran un crecimiento dramático más que notable.

Porque sí, la segunda temporada de la serie cuenta con dos nuevos y relevantes personajes, cada uno enemigo del héroe a su manera. Y en cierto modo, la aparición de uno y otro divide esta etapa en dos partes, aunque finalmente se fundan en una única historia más grande. Pero es esa introducción escalonada lo que permite, por un lado, desarrollar de forma más sólida las motivaciones de estos nuevos roles, y por otro las tramas secundarias que se derivan de ellos. Sin ir más lejos, la evolución del personaje de Deborah Ann Woll (serie True blood) es sencillamente brillante, aprovechando el desarrollo de la historia de Punisher (espléndido Jon Bernthal –El contable-) para llevar este rol a un nuevo terreno, más maduro y mucho más arriesgado.

Y esto es únicamente un ejemplo. En realidad, lo más interesante de estos capítulos de Daredevil radica en el desarrollo orgánico del arco argumental. Goddard es capaz de crear algo literalmente vivo, que evoluciona, propone y reacciona ante el más mínimo detalle, y en el que ningún personaje, aunque sea el más secundario, queda al azar o desconectado de la evolución de la trama. Esta fórmula convierte a la serie en un producto extraño y complejo, alejado de otras ficciones similares (sobre todo de un tiempo a esta parte) y más próximo a dramas oscuros en los que la introspección de los personajes cuenta más que la acción que se desarrolla en muchas escenas.

Dicho de otro modo, y aunque las secuencias de lucha dejarán a más de uno con la boca abierta (incluyendo un nuevo plano secuencia similar al de la primera temporada pero mucho más complejo), la realidad es que lo más interesante de este superhéroe ciego son los conflictos morales de sus decisiones y las consecuencias que las mismas tienen en su entorno. Como decía antes, nada queda al azar, y desde luego toda frase, toda decisión, tiene su reacción, algunas más esperadas que otras, pero en cualquier caso todas ellas de una coherencia incuestionable. De ahí que al final se genere un mayor interés en saber cómo afrontan los secundarios las mentiras y los secretos del héroe que en cómo van a terminar las peleas de turno. Eso por no hablar de la trama principal, un motor que hace avanzar la historia en una dirección muy definida y que apenas deja tiempo de reflexión, imprimiendo al conjunto un ritmo idóneo.

Allanando el camino

Es importante hacer hincapié en el “apenas deja tiempo de reflexión”. Porque sí, sus secuencias de acción son impecables, numerosas y, hasta cierto punto, agobiantes. Y sí, estas peleas, unido al desarrollo de la trama, provocan una evolución tanto del protagonista (ahora sí es Daredevil) como de los secundarios. Pero nada de esto impide que exista un tratamiento reflexivo sobre el rol protagonista, al que por cierto Charlie Cox (La teoría del todo) dota de una entidad que ya habría querido Ben Affleck en la versión cinematográfica. De hecho, ya sea a través de flashbacks o de elaborados diálogos, el argumento aborda la dualidad de este personaje y, sobre todo, los límites de su moral, enfrentándole no solo con sus enemigos, sino con un personaje como Punisher, que en cierto modo podría considerarse el carácter extremo de la cruzada del héroe.

Pero esta segunda temporada también ha servido, como de hecho le ha ocurrido a Arrow, para abrir la puerta y allanar el camino a otros personajes superheróicos de Marvel. De hecho, en estos episodios no solo se mencionan roles como el de Jessica Jones, sino que aparecen personajes de estas producciones. Todo ello con la intención más que evidente de empezar a crear un nuevo mundo en la pequeña pantalla, similar al que ya existe en los cines pero con personajes, digamos, con menos tirón entre el gran público aunque con un tratamiento más dramático y algo alejado de la espectacularidad de las películas. No por casualidad, el Demonio de la Cocina del Infierno no vuelve hasta 2018, aprovechando su peso en las series para impulsar otras historias en las que, o bien influye formalmente (la apuesta visual de todas estas series es similar), o bien colabora presencialmente.

Con todo y con eso, esta segunda temporada pone de manifiesto un problema del personaje que, más tarde o más temprano, va a influir en el desarrollo de la historia. Y es que al igual que le ocurre a la versión televisiva del Arquero Esmeralda, el delicado equilibrio entre acción y drama de este superhéroe neoyorquino ha permitido que crezca en todos los sentidos, pero también que empiece a acercarse a un techo difícil de rebasar, al menos de forma coherente. Dicho de otro modo, la historia ha alcanzado tales cotas que solo le queda superarse, y para ello es necesario encontrar no solo historias mejores, sino aplicar un tratamiento que no ponga en riesgo el equilibrio del que hablamos. No son pocos los ejemplos de producciones que abandonan la acción en favor de la trama, y viceversa.

Hasta que eso llegue, y con la confianza que generan las dos temporadas de Daredevil, solo queda disfrutar de este personaje, del modo en que es presentado y de su evolución, sencillamente brillante y apasionante. La labor de guionistas, directores, actores y el resto del equipo es un evidente testimonio de que este tipo de producciones pueden tener un futuro, que no son meros entretenimientos para fans adictos a las viñetas y a un mundo de fantasía. La clave está, como se ha demostrado en varias ocasiones, en tratar a estos personajes como… pues eso, como personajes, situando sus poderes como algo casi anecdótico que puede resultar útil en un momento dado, y no como el epicentro del que dependa absolutamente todo. Mientras eso siga siendo una máxima, la serie seguirá siendo una de las mejores realizadas.

‘Revenge’ usa el dramatismo desmedido para redefinirse en su 3ª T


Madeleine Stowe y Emily VanCamp, en la conclusión de la tercera temporada de 'Revenge'.En español el término “telenovela” suele tener una connotación negativa (al menos en España), asociado normalmente a producciones televisivas de un dramatismo algo exagerado y con giros argumentales cada vez más forzados por las circunstancias de los propios personajes, cuyas evoluciones tienden a ser, dicho finamente, una montaña rusa de emociones. Este término encuentra su traducción más aproximada en “soap opera”, aunque este último engloba un concepto mucho mayor, considerando más bien las series como producciones cuyo final es indefinido e ignoto, alargando las tramas todo lo posible. Todo esto viene a cuento porque la tercera temporada de Revenge ha puesto todas las cartas de este género televisivo sobre la mesa, erigiéndose como un claro ejemplo de cómo enganchar al espectador con giros imposibles, secretos previsibles y una evolución que, en cierto modo, puede producir risa. Una apuesta que ha redefinido todo el planteamiento de la serie para sus próximas temporadas.

Y no es que las anteriores temporadas no dejaran claro que la serie creada por Mike Kelley (serie O.C.) es una soap opera, al contrario. Lo que ocurre es que en estos nuevos 22 episodios se ha entregado por completo al repudiado concepto de telenovela. Con un inicio que mantiene la esencia narrativa de la producción (es decir, un acontecimiento impactante que luego será explicado con un largo flashback), la temporada deriva en su segunda mitad hacia un caótico desarrollo en el que las relaciones imposibles y los secretos más tópicos hacen acto de presencia, convirtiendo la serie en una versión pobre de la intriga que debería definirla por derecho propio. Soy consciente de que esta apuesta evolutiva tiene mucho que ver con la conclusión de la temporada, por no decir que es fundamental, pero el balance final permite intuir que las cosas podrían haberse hecho de otro modo.

La aparición de hijos secretos, de madres biológicas huidas durante décadas o de personajes que todo el mundo daba por hecho que estaban muertos modifican sustancialmente el panorama de Revenge. Algunos de tal modo que dan un nuevo sentido a la ficción. El problema es que su introducción en la trama y la forma de presentar los secretos con los que todos ellos cargan sobre sus hombros es tan forzada que se dichos roles se vuelven previsibles y tópicos. No es extraño que uno empiece a jugar al detective con los nuevos personajes, y es mucho menos extraño que acierte. Me refiero, fundamentalmente, a los personajes de Justin Hartley (serie Smallville), el hijo secreto de Victoria (papel en el que Madeleine Stowe está cada vez más exagerada); de Gail O’Grady (Asesinato en un pequeño pueblo), la madre secreta de… bueno, de alguien importante; y Olivier Martinez (Infiel), cuya participación se limita a ser detonante en la conclusión de los acontecimientos.

El hecho de introducir nuevos personajes, a los que habría que sumar viejas caras que son recuperadas apropiadamente para dar un giro más a la historia, impide a la serie centrarse en lo realmente importante, que es la venganza de la protagonista, de nuevo con los rasgos de Emily VanCamp (serie Cinco hermanos). Hay que reconocer que la trayectoria de su personaje durante la primera parte de esta tercera temporada es directa y ascendente, pero es a partir de las heridas de bala cuando todo cambia, adquiriendo rasgos dramáticos que trastocan su personalidad notablemente. En cierto modo esto no es algo negativo, pero lejos de investigar las puertas que abre este nuevo planteamiento sus responsables optan por convertirla en una especie de vengadora sin control que amenaza con destruir todo a su alrededor, algo que por cierto choca significativamente con una planificación de décadas.

De muerte y resurrección

Claro que no es este personaje el que peor parado sale. Son las tramas secundarias del crisol de personalidades que pueblan Revenge las que más sufren el caos de una evolución sin demasiado sentido. Los personajes deambulan por las diferentes tramas que sustentan el arco dramático principal dando bandazos entre lo correcto y lo incorrecto, entre una forma de pensar y otra. Esto, independientemente de que pueda ser más o menos realista, lo que consigue es una indefinición notable en dichos secundarios, convirtiendo a algunos en simples peleles que se acomodan a la dirección en la que sopla el viento. Hay que reconocer, no obstante, que el trío de villanos principal es el mejor parado en esta tormenta de ideas en que se convierte la serie a partir del capítulo 11.

De hecho, el personaje de Stowe logra superar el siguiente peldaño al convertirse en asesina física y presencial, lo que modifica para siempre su estatus dentro de la serie. Por otro lado, el personaje de Henry Czerny (Mission: Impossible), de lejos lo mejor de la serie, protagoniza el final más impactante que podía tener la temporada, lo cual por cierto es una forma de honrar la importancia del actor y del personaje. Aunque si hay que destacar un rol es el de Joshua Bowman (Peligrosamente infiltrada), cuyo arco dramático le ha llevado a heredar, en cierto modo, el rol de Czerny, salvando las evidentes distancias que existen entre ambos actores. Estos tres personajes, núcleo de maldad de todo lo que ocurre en el universo de Emily Thorne (alias Amanda Clarke, o viceversa), son el mejor ejemplo del cambio que se produce en esta tercera temporada, que si algo tiene de bueno es la redefinición de los conceptos básicos de la serie.

Porque sí, a falta de saber si los muertos están realmente muertos, y si los vivos están realmente vivos (al fin y al cabo, la premisa fundamental de este tipo de producciones es que todo puede ocurrir), lo cierto es que los episodios, con sus numerosos defectos narrativos y sus innumerables exageraciones dramáticas, muchas de ellas innecesarias, han provocado un terremoto en lo que hasta ahora se entendía como básico en la serie. Los motivos de venganza de la protagonista cambian radicalmente, los héroes secundarios tienen cada vez más entidad propia y motivos para actuar por su cuenta, y los villanos sustituyen piezas en un intento por dar frescura a los planes de destrucción mutua que se gestan a lo largo de los episodios.

Es más, se podría decir que esta tercera temporada de Revenge ha sido un terremoto para la temporada en sí misma. Esta nueva entrega ha derivado en un drama obligado por unas circunstancias algo ficticias, lo que a su vez ha convertido a los personajes en auténticos esclavos de algo que no puede llamarse destino, ente superior o mala suerte. Son, simple y llanamente, decisiones cuestionables. Si el fin justificase los medios, esta apuesta debería ser loable dado que el final de la temporada marca de forma irremediable el futuro de todos los personajes. Pero el fin no justifica los medios, y mucho menos en la narrativa audiovisual, donde muchas veces el camino recorrido es más importante que el resultado final. Esta serie es un producto en el que tanto el recorrido como la conclusión son, o deberían ser, importantes. Solo cabe esperar que la cuarta temporada recupere algo de coherencia y de cordura en ese nuevo escenario que dibuja esta irregular etapa.

‘Nashville’ bascula entre el dramatismo y la música en su 1ª T


Connie Britton y Hayden Panettiere son las dos protagonistas de la primera temporada de 'Nashville'.Puede que una de las mejores evidencias de que la ficción televisiva ha cambiado es la financiera. Es cierto que Estados Unidos siempre ha hecho gala de unos presupuestos bastante más altos que, por ejemplo, España, pero incluso la meca del cine ha evolucionado en este sentido. Baste señalar los decorados que actualmente se utilizan. Este cambio también se aprecia en sus temáticas y, sobre todo, en la forma de abordarlas. Pero incluso en este nuevo mundo hay producciones que remiten irremediablemente a los ámbitos más tradicionales del drama o la comedia. Nashville, cuya primera temporada se emitió en su país de origen entre 2012 y 2013, es un claro ejemplo. Con una estructura bastante convencional, esta serie creada por Callie Khouri, guionista de Thelma & Louise (1991), se mueve entre conflictos tradicionales y personajes definidos por parámetros relativamente arquetípicos. Y a pesar de no tener nada… original, la primera temporada funciona.

Hay que aclarar, empero, que funciona gracias a la que es su baza principal y más arriesgada: la música country. Al fin y al cabo, el título remite a la ciudad conocida como la cuna de este género. Por tanto, lo más probable es que aquellos a los que no les guste el género musical la serie les diga más bien poco. A pesar de ello, estos primeros 21 episodios ofrecen al espectador una trama repleta de líneas argumentales secundarias que se entremezclan entre sí para enriquecer no solo a la historia principal, sino a las mismas secundarias. Dicho esto, es complicado definir de forma clara un arco dramático principal. La producción se centra en las vidas de dos cantantes de country, una veterana que ha conseguido todo y una joven cuya ambición marca todas y cada una de sus decisiones. Su rivalidad es lo que inicia la serie, pero el final de la temporada va mucho más allá.

Es más, esa idea de rivalidad desaparece, o al menos queda en un segundo plano sepultado bajo un sinfín de conflictos que se suceden para llevar a un clímax que sitúa la ficción en un punto diametralmente opuesto al que tenía en sus inicios. A pesar de que algunos de ellos conducen la serie hacia concesiones dramáticas un tanto excesivas, en líneas generales estos conflictos logran combinarse de forma inteligente para completar los huecos que dejan en cada una de las tramas secundarias, ofreciendo una visión general del mundo musical de Nashville. El problema de todo esto reside en el cariz de dichos nudos dramáticos. Muchos de ellos tienden a repetirse, a duplicarse e incluso a alargarse sin motivo aparente. Como muchos se imaginarán, esto lleva a que algunos episodios, sobre todo los que se centran en el personaje de Hayden Panettiere (serie Héroes), no estén a la altura de los demás.

Y es que su personaje es uno de los más flojos o, si se prefiere, de los que menos evolucionan de la serie. Su rol de joven promesa de la música (una especie de Britney Spears versión country) egocéntrica y ambiciosa que no se detiene ante nada ni ante nadie resulta excesivamente férreo en sus convicciones, incluso cuando el arco dramático del personaje es un constante viaje marcado por la tragedia. Si bien la labor de Panettiere es más que correcta, sobre todo en los momentos musicales y en el último episodio, la definición sobre el papel no llega a tener la profundidad que cabría esperar. Su forma de actuar podría entenderse como una preparación para la conclusión de la temporada, es cierto, pero igualmente resulta complicado identificarse con un personaje al que todo le sale mal y nunca aprende de sus errores. Ni siquiera un poco. Más o menos como le ocurre al rol de Clare Bowen (The clinic), el cual por cierto necesita mucho desarrollo. En cualquier caso, esta idea es la que marca el tono general de la serie: ninguno de los personajes parece aprender de sus errores, ni siquiera cuando estos vuelven del pasado para atormentar su vida actual.

Músicos habituales

Lo cierto es que esta primera temporada de Nashville tiene espacio suficiente para abordar todo tipo de personalidades musicales que el aficionado a la música, en mayor o menor medida, conoce o sospecha. Jóvenes cuya ambición les lleva a dejar atrás a aquellos que quieren, espléndidas voces que no se atreven a dar el salto a la fama, familiares que permanecen escondidos, escándalos entre promesas de la música y el deporte. La lista es larga, sí, y en contra de lo que pueda parecer, Khouri logra mantener un armazón interesante del que apenas se desvía lo más mínimo, ofreciendo un mundo en el que el espectador siempre puede ubicarse y en el que, salvo situaciones concretas, todo fluye con cierta facilidad. Buena culpa de todo ello la tiene Connie Britton (serie American Horror Story), protagonista y una de las productoras de la serie. Su papel, a pesar de tener tendencia al dramatismo, logra convertirse en cohesión de prácticamente todas las tramas que poco a poco van naciendo en estos 21 capítulos, e incluso dota de cierta fuerza a secundarios que aparecen y desaparecen casi por arte de magia.

Evidentemente, uno de los mayores atractivos es la propia música. Y no exclusivamente los temas musicales, algunos realmente buenos y capaces de competir con algunas de las composiciones que pueden escucharse en la radio. La forma en que muestra el mundo de las productoras musicales, sus estructuras e intereses, ofrece un marco lo suficientemente diferente de lo que habitualmente se ve en pantalla (básicamente hospitales, comisarías y bufetes) como para dotar al conjunto de una frescura atractiva, por mucho que los temas que toca sean, como ya hemos mencionado, algo tópicos. Lo más interesante es que, salvo un par de líneas argumentales constantes (el trío romántico del personaje de Britton y la caótica vida de la cantante interpretada por Panettiere), el resto se alternan y evolucionan lo suficiente como para no llegar a resultar monótonas o tediosas, generando sensación de novedad dentro de la propia serie.

Aunque lo verdaderamente importante es no perder nunca de vista lo que se está viendo. La serie de Khouri es una producción de poco peso dramático, con unas líneas temáticas que nunca abandonan las sendas más previsibles del drama. Puede alternar diferentes etapas, pero en líneas generales se mantiene fiel a un estilo inconfundible visto en infinidad de ficciones, tanto de televisión como de cine. Puede que sea porque el mundo que retrata no permite en el fondo la seriedad que necesita la serie (desde luego, la música siempre sirve para aligerar el drama), o tal vez es simplemente que los personajes no poseen la consistencia necesaria. El caso es que el desarrollo de la serie es bastante previsible. Es un talón de Aquiles, no hay duda, pero la producción sabe sobreponerse a sus propias limitaciones y encontrar puntos de interés con los que conectar con el espectador.

El resultado es que Nashville logra dejarse ver y entretener en su primera temporada. Tal vez algunos personajes necesiten de algo más de recorrido. Tal vez las tramas requieran de algo más de evolución y atención al detalle. Pero no puede negarse que, al final, el conjunto funciona lo suficientemente bien como para resultar atractivo. Sobre todo si atendemos a la resolución de la temporada, todo un final apoteósico en el que todos los personajes, absolutamente todos, tocan fondo. Unos tomando decisiones precipitadas (la pedida de mano), otros afrontando el resultado de sus malas decisiones (el funeral) y otros sufriendo las consecuencias de una vida plagada de mentiras (el accidente). Una conclusión que deja la puerta abierta a una segunda temporada en la que todo apunta a que nada volverá a ser igual en la cuna del country.

‘Tráiler de X-Men: Días del futuro pasado’: las sagas mutantes se unen


Cartel promocional de 'X-Men: Días del futuro pasado'.Apenas quedan dos meses para su estreno, pero 20th Century Fox ha sacado el que posiblemente sea el más completo e interesante tráiler de la nueva aventura mutante, X-Men: Días del futuro pasado. Tras varias semanas revelándose imágenes, artes conceptuales y vídeos promocionales, no ha sido hasta este momento que los fans pueden apreciar algunos de los secretos mejor guardados del film, como son los centinelas. Aunque no es lo único interesante que deja este avance. Si bien la trama ya era más o menos conocida, este segundo tráiler ofrece diferentes matices y, sobre todo, permite ver a algunos de los mutantes en acción.

La trama, como decimos, es conocida. Ambientada en un futuro en el que los mutantes están inmersos en una guerra por su supervivencia y viven en un mundo totalmente destruido, los líderes Charles Xavier y Magneto deciden enviar al pasado a Lobezno para que convenza a las versiones más jóvenes de ambos a que tomen caminos distintos, no solo en su particular enemistad, sino en sus decisiones frente a los humanos. La película, por tanto, supone aunar en una única trama a prácticamente todos los personajes que aparecieron en la trilogía original y en la película X-Men: Primera generación, amén de incluir otros nuevos, muchos de los cuales ya aparecen en este avance (o han aparecido en otros anteriores).

Eso sí, lo que desvela el vídeo no es únicamente el diseño de los enormes robots destinados a destruir a los mutantes, sino el propio tono del film, que parece aprovechar la actual tendencia de incidir en el aspecto trágico de todos estos personajes de las viñetas. En cierto modo, la película combina sus partes más oscuras (definidas en ese futuro apocalíptico) con algunas más ligeras propias de la acción en el pasado, aunque en ambos se desprende un cierto aire dramático que invita a pensar en un enfoque algo más adulto de la temática mutante. Del mismo modo, el diseño de la futurista ciudad ofrece la posibilidad de desarrollar al máximo las cualidades de los personajes, como esa imagen del hombre de hielo realizando sus famosos caminos por el aire.

La película supone el regreso tras las cámaras de Bryan Singer, creador de la trilogía, y reúne bajo un mismo techo a Hugh Jackman (Prisioneros), Patrick Stewart (Star Trek: Nemesis), Ian McKellen (El hobbit: La desolación de Smaug), James McAvoy (Trance), Michael Fassbender (El consejero), Jennifer Lawrence (La gran estafa americana), Halle Berry (Marea letal), Peter Dinklage (serie Juego de tronos), Ellen Page (The east), Nicholas Hoult (Jack el caza gigantes), Anna Paquin (serie True Blood), Evan Peters (serie American Horror Story: Coven), Shawn Ashmore (serie The following) y Omar Sy (Intocable), muchos de ellos recuperando los personajes originales de las tres primeras películas. Por cierto que el tráiler de la cinta, que encontraréis a continuación, se publicó con un cartel promocional interesante que muestra, a grandes rasgos, a los principales personajes. A continuación el vídeo.

‘El señor de los anillos: Las dos torres’, la división hace la fuerza


Elfos, enanos, humanos y magos, principales protagonistas de 'El señor de los anillos: Las dos torres'.Una de las consecuencias que provocó el final de El señor de los anillos: La comunidad del anillo fue la división en dos de una historia que se antojaba como única. La separación de los miembros originales del grupo que debía destruir el anillo ofreció en aquella conclusión cinematográfica todo un nuevo mundo de oportunidades narrativas, así como de las consecuentes complejidades. Porque si algo tiene la obra de J. R. R. Tolkien es complejidad, principalmente provocada por la multitud de personajes, escenarios y acontecimientos que se suceden casi de forma paralela. Tal vez sea esto el principal acierto del director Peter Jackson, autor de la trilogía, a la hora de afrontar la narración audiovisual de El señor de los anillos: Las dos torres (2002). Eso, y una mano única para la espectacularidad bélica y la épica dramática, que alcanzan aquí un nuevo escalón de un camino que culmina soberbiamente con su tercera entrega.

Ya mencionamos que la factura técnica de la primera parte, y en general de la trilogía al estar rodada como un único proyecto, es impecable. La iluminación, capaz de separar territorios dominados por razas diferentes, los espectaculares planos generales de situación o la maravillosa y evocadora banda sonora puede que sean los aspectos más reseñables (amén de un diseño de decorados y de producción tan mastodóntico como embelesador). Sin embargo, esta segunda entrega camina un poco más hacia adelante en todos aquellos elementos que perjudicaban a su predecesora, y añade nuevos recursos que aportan una grandiosidad épica a su historia.

Tal vez lo más relevante sea centrar la atención en la segunda historia que surge de la división de esa ‘Comunidad del anillo’. Nos referimos a ese proceso de transformación de un personaje, el Aragorn de Viggo Mortensen (Una historia de violencia), que debe convertirse en líder de las diferentes razas de la Tierra Media muy a su pesar. Las dudas personales, la desconfianza de reyes y líderes, y los combates a los que debe hacer frente conforman todo un entorno opositor tan clásico como efectivo, capaz de interesar mucho más que la transformación (a priori más interesante por ser el centro de toda la historia) negativa que sufre Frodo Bolsón, de nuevo con los rasgos algo pétreos de Elijah Wood (Deep Impact).

En este sentido, y como destacamos más arriba, la labor de Jackson es fundamental. Más allá de su visión narrativa destaca la facilidad con la que desvía poco a poco el foco de la trama hacia todos los personajes ajenos al viaje de los hobbits, destacando por encima de todo las secuencias más épicas y violentas del conjunto. En efecto, y aunque existen momentos de gran intensidad dramática a lo largo de sus tres horas de metraje (como la solución al problema de un reino o la relación entre el protagonista humano y una elfa), lo más memorable de esta segunda parte son los momentos de combate entre los dos principales ejércitos en torno a una fortaleza casi inexpugnable. El dramatismo bajo la lluvia y la grandiosidad que aportan los movimientos de masas (muchos digitales, eso sí) en planos amplios y muy abiertos difícilmente se ha conseguido en otros momentos del cine comercial.

Gollum, el gran triunfador

Pero con todo, lo más llamativo y esperado se halla en un personaje más o menos secundario pero de imprescindible influencia en el desarrollo de la trama, tanto en su versión original en papel como en la adaptación audiovisual. Claro está, nos referimos a Gollum, criatura generada íntegramente por ordenador a partir de los movimientos y gestos de un actor que, para su suerte o su desgracia, se ha especializado en este tipo de roles: Andy Serkis, el King Kong de Peter Jackson. La perfección que alcanza la interacción con los actores, la iluminación en su piel y, por encima de todo, la expresividad de su rostro, alzaron a Weta, compañía encargada de su diseño y desarrollo, al nivel de ILM en el campo de efectos digitales. Hay que aclarar aquí que el proceso de animación en este tipo de técnicas había sido, hasta entonces, algo infructuoso. Sí, los personajes adquirían una naturalidad y un realismo inusitados hasta entonces, pero siempre faltaba algo, y era la transmisión de sus emociones. Es aquí donde Gollum se eleva hasta convertirse casi en un personaje real (muchas veces más expresivo que algunos actores, la verdad).

Hay que reconocer que la presencia de este personaje es uno de los reclamos de esta primera continuación. La importancia de su intervención en la historia obligaban a convertirlo en un elemento diferenciador en el desarrollo dramático, una especie de punto de giro en sí mismo que desvía el destino de los dos hobbits que le acompañan, y a los que guía por caminos repleto de trampas y peligros. Si a esto sumamos la doble personalidad que lucha constantemente en su interior, la criatura se convierte en todo un reto visual, interpretativo y narrativo. Y en todos los aspectos, en algunos más que en otros, sale más que airoso.

Es por todo ello que Gollum se convierte en uno de los referentes de este El señor de los anillos: Las dos torres. Su presencia otorga algo de vida e interés a un viaje que, por otro lado, se desarrolla sin grandes sobresaltos ni intrigas inesperadas. En cierto modo, el director juega con el espectador como los miembros de aquella ‘Comunidad del anillo’ juegan con los aliados del villano común a todos ellos. La división del grupo supone una distracción a los ejércitos que persiguen al portador del anillo en la misma línea en que sus luchas e intentos por ganar tiempo distraen a la platea del viaje principal de esta trilogía. Que nadie lo interprete como un engaño. Si no fuera así, posiblemente esta segunda parte sería menos tolerable que su predecesora.

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Cine y palabras

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