‘Les revenants’, o cómo acabar con la construcción dramática mediante explicaciones


La serie 'Les revenants' adapta a televisión la película homónima de 2004.Es conocido el principio narrativo de no explicar el origen de determinados personajes o criaturas. El cine está repleto de ejemplos que la sustentan, desde Alien, el octavo pasajero (1979) hasta los zombis. Los intentos de explicar su aparición han sido, cuanto menos, cuestionables. Y precisamente con los muertos vivientes nos quedamos, pues la serie Les revenants, que consta de dos temporadas, es un claro ejemplo. Adaptación televisiva del film homónimo de 2004 (en España titulado La resurrección de los muertos), la trama aborda el género zombi desde una perspectiva diferente, fresca y muy original, ahondando en los sentimientos encontrados, tanto individuales como sociales, que provoca la vuelta a la vida de una serie de personajes.

Dos temporadas de 8 episodios creadas por Fabrice Gobert (autora de la versión norteamericana de la serie) que huyen de sangre y vísceras para buscar sentimientos y explicar de dónde vienen y a dónde van esas personas resucitadas. En este sentido, su primera temporada desprende una belleza y una maestría narrativa más que notables, apoyándose en todo momento en unos pocos personajes para contar cómo la muerte ha afectado y afecta a los habitantes de un pequeño pueblo marcado por la tragedia. En este sentido, la labor de los actores (de algunos más que de otros) ayuda al espectador a identificarse con las emociones y el modo en que se afronta el regreso de personas una vez se ha rehecho la vida.

Pero la primera temporada de Les revenants también hace hincapié en otros aspectos como la maldad del ser humano y el odio que provoca el miedo. El hecho de que entre los resucitados haya psicópatas y criminales pone de manifiesto los propios problemas con los que convive la sociedad en su día a día, y no solo por los propios crímenes que cometen. Sin duda uno de los aspectos más interesantes de la serie en su conjunto es el fuerte componente de racismo que desprenden algunos personajes. La evolución que se produce en ese espacio que se llama ‘La mano tendida’ es muy significativo, en tanto en cuanto confirma que el ser humano tiende a combatir con la violencia aquello que es incapaz de entender.

Así, la primera temporada se revela como un fresco social, emocional y humano extremadamente rico, un producto coral que bucea en los sentimientos y en la lucha interna y externa que viven los personajes. Interna por tener que aceptar que sus seres queridos han vuelto, a pesar de que sus vidas han continuado sin ellos, y externa porque, literalmente, la sociedad lucha contra lo que considera un ataque. Los arcos narrativos de cada episodio, centrado en un nuevo resucitado, explican el pasado de los fallecidos, pero buscan ante todo narrar cómo se gesta su regreso. La suma de todos ellos ofrece un mural complejo, vivo y apasionante.

Explicación inexplicable

Pero buena parte de esta riqueza se pierde, o al menos queda aparcada, en la segunda temporada de Les revenants. Y eso a pesar del espectacular gancho de final de temporada que tuvo la etapa anterior, con esa inundación y el misterio que rodea a la lucha entre los muertos vivientes y los vivos. El principal problema, y aquí enlazamos con lo dicho al comienzo, es la necesidad de buscar una explicación a algo que tiene buena parte de su atractivo en lo inexplicable. Y no me refiero tanto a los orígenes de muchos personajes. Ni siquiera a las relaciones que tienen entre ellos, algunas de ellas verdaderamente interesantes.

Hablo simplemente de los motivos que llevan a los muertos a levantarse. La justificación ofrecida por Gobert es, cuanto menos, cuestionable, y desde luego deja muchos interrogantes que no se resolverán, entre otras cosas porque podrían complicar la trama y la imaginería del mundo creado de formas imprevisibles. De hecho, el desarrollo de esta segunda tanda de episodios va de más a menos desde el momento en que abandona la narrativa de los personajes para adentrarse en el territorio de los orígenes del fenómeno. Es decir, desde que abandona el carácter terrenal para adentrarse en lo místico.

Es entonces cuando comienzan a sucederse todo tipo de detalles y de apoyos narrativos que, en lugar de aclarar la trama, la complican de forma innecesaria. Los hombres en el fondo del pozo, los ataques de algunos muertos vivientes, las dudas de vivos y muertos ante lo que supuestamente tienen que hacer. Sin entrar en muchos detalles, los personajes dejan de afrontar sus miedos y sus dudas para, casi por arte de magia, saber cuál es su futuro y su misión antes de desaparecer. Aunque sin duda el mayor reto es el que presenta el niño llamado Victor (Swann Nambotin), evidente epicentro de la trama y cuyo origen es inexplicable.

Al final, Les revenants explica una serie de conceptos más o menos innecesarios (desde luego, poco apropiados para el libre albedrío del espectador) pero se deja en el tintero lo más importante: de donde sale ese primer muerto viviente. La comparación entre la primera y la segunda temporadas, que deben ser entendidas como un paisaje dramático y su distorsionado reflejo, evidencia la importancia de mantener siempre un carácter humano y social en este tipo de historias, huyendo en la medida de lo posible de grandes teorías filosóficas que, aunque puedan ser correctas, no hacen sino obligar al espectador a aceptar una teoría. Y en estos casos, más que en cualquier otro, la mente del espectador suele discurrir por senderos muy personales.

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‘The Flash’ crece en la 1ª T gracias a su estructura dramática


Grant Gustin es el hombre más rápido del mundo en la primera temporada de 'The Flash'.El ‘boom’ superheroico que hace unos años invadió las salas de cine (y que ha provocado toda una mega estructura narrativa que durará varios años) se ha trasladado de forma definitiva a la pequeña pantalla. A los exitosos experimentos de ArrowAgentes de S.H.I.E.L.D. se suman muchos otros personajes que no solo tienen sus propias historias, algunas mejores que otras, sino que conforman un universo particular que, a menos que algo o alguien lo estropee, se terminará fusionando con el del cine. Pero no adelantemos acontecimientos. Por ahora, analicemos otro de los productos que más éxito han tenido, y cuya segunda temporada ya está emitiéndose. Me refiero a The Flash, personaje cuya presentación tuvo lugar, precisamente en la serie protagonizada por Stephen Amell (Cerrando el círculo).

Creada por Greg Berlanti, Geoff Johns y Andrew Kreisberg, responsables de la construcción del universo televisivo de DC Comics, la primera temporada de esta entretenida serie ejemplifica como pocas los problemas y las virtudes que suelen tener este tipo de producciones, así como las herramientas necesarias para superarlos o aprovecharlas, según sea el caso. Los primeros compases de estos 23 episodios son, en pocas palabras, una apuesta episódica cuyo valor no supera la simple presentación de personajes y sus respectivas tramas, así como una retahíla de villanos a cada cual más original que sirven al espectador para crecer junto al protagonista, al que da vida de forma notable Grant Gustin (serie Glee). De este modo, el trasfondo dramático de la historia, que no desvelaré por aquello de los spoilers, queda en un segundo plano.

O al menos eso puede parecer. Porque lo cierto es que es aquí donde se aprecia la elaboración dramática de la historia. En prácticamente cada episodio se dejan una serie de píldoras narrativas que aportan un nuevo grano de arena a la senda que conduce al espléndido final que tiene la temporada. Pequeñas dosis dramáticas, algunas como ganchos de final de episodio y otras como parte de la historia del capítulo, que permiten al espectador completar un puzzle y entender, al fin, lo que se trata de contar en esta primera etapa. Esta táctica, si bien no es novedosa, sí es el soporte fundamental para que The Flash no caiga en la autocomplacencia, limitándose a una sucesión de villanos. De hecho, y a medida que se acerca al final, los enemigos del velocista de Central City son cada vez menores, dejando más espacio para la auténtica e interesante trama principal.

A esta estrategia se suma un tono divertido, en algunos casos casi infantil, que ayuda a quitar mucha gravedad a lo visto en la pequeña pantalla. A diferencia de la ficción del arquero verde, los primeros episodios del rojo corredor son simplemente entretenimiento y diversión, sin grandes dramas y con mucha ironía. La gravedad que desprende Arrow, y que ha sido uno de sus éxitos, aquí brilla por su ausencia en la mayor parte del desarrollo dramático. Contrariamente a lo que pueda pensarse, esta apuesta se ajusta más tanto al carácter del personaje como a la propia dimensión de la serie, más fantástica. Dicho de otro modo, es un producto para pasar el rato más que para identificarse con los problemas y dudas morales del protagonista. Y si eso se entiende desde el principio, no debería haber ningún problema.

Pasado, presente y futuro

En este sentido, y que me disculpen los más fervientes seguidores de The Flash, la serie tiene más de una producción Marvel que de una producción DC. La primera siempre se ha caracterizado por productos más inocentes, con más acción y menos oscuridad en sus tramas, mientras que la segunda… bueno, no hay más que ver lo que representa la trilogía del Caballero Oscuro. De ahí que esta primera temporada pueda resultar un cuerpo extraño dentro de la estructura dramática que DC imprime a sus historias. Sin embargo, es solo una impresión. La resolución final de estos primeros 23 episodios deja claro que no estamos ante una producción al uso. Asimismo, la introducción de personajes de Arrow, que generan un flujo entre ambas series de lo más enriquecedor, dotan a la trama de la seriedad que podría faltarle en algunos momentos.

Aunque lo que mejor define a esta ficción es la unión entre pasado, presente y futuro que se mantiene a lo largo de todo el arco dramático, y que afecta a todos los personajes en mayor o menor medida. Ese juego entre ciencia, fantasía y superhéroes genera una serie de conexiones entre los diferentes espacios temporales que siempre influyen en el desarrollo de la trama, lo que a su vez crea una mayor complejidad en la narrativa. Nada ocurre por azar, y desde luego ninguna trama, por secundaria que sea, queda sin explicación, que es más o menos sólida. Esta complejidad y el humor que desprenden muchos de sus personajes logran ese delicado equilibrio que permiten a una serie no caer en la autoparodia o en la soberbia, y que la convierten en una producción a disfrutar.

Pero esta unión va más allá. A comienzos de los años 90 se produjo otra serie en torno a este personaje. Aquella ficción estaba protagonizada por John Wesley Shipp (serie Dawson crece) en el papel que ahora interpreta Grant, cuyo padre en la ficción es… el propio Shipp. Pero no es la única conexión. En aquella serie de hace 20 años Mark Hamill, el inolvidable Luke Skywalker de la saga ‘Star Wars’, daba vida al mismo villano que interpreta en esta nueva versión, y que ha pasado estas dos décadas en la cárcel preparando su “obra maestra”, como él mismo dice en un episodio. Y esos son solo dos ejemplos de la relación que los guionistas han tratado de establecer entre aquel Flash del pasado y el que ocupa nuestro presente y nuestro futuro más inmediato.

Lo que se desprende de la primera temporada de The Flash es puro entretenimiento. Sin las pretensiones dramáticas de Arrow, la serie busca en todo momento divertir sin preocupaciones, aunque contando para ello con una sólida trama principal y una cartera de villanos interpretados por rostros conocidos de la pequeña pantalla, desde Wentworth Miller y Dominic Purcell (protagonistas de Prison break) hasta Liam McIntyre (serie Spartacus). Desde luego, es una serie que va de menos a más hasta un clímax notable que deje una buen sabor de boca y que permite pensar en un futuro prometedor para esta producción, sobre todo si tenemos en cuenta que las flujos narrativos entre el arquero y el velocista de DC son cada vez más sólidos.

20 aniversario del año de Spielberg (I): ‘La lista de Schindler’


Ben Kingsley y Liam Neeson protagonizan 'La lista de Schindler', de Steven Spielberg.El reestreno hace un par de semanas de Parque Jurásico en 3D suponía una pieza más en esa maquinaria que está buscando desesperadamente desenterrar grandes éxitos para conseguir más ingresos. Sin embargo, también coincide con una efeméride que en Toma Dos queremos abordar, aunque solo sea como homenaje. Nos referimos al año 1993, en el que el cine de Steven Spielberg, director de aquella, fue el gran triunfador de los Oscar con dos títulos que ya se pueden considerar inmortales: la citada aventura con dinosaurios y la película que comentaremos a continuación, La lista de Schindler, basada en el libro de Thomas Keneally y centrada en la historia de este nazi que logró salvar del exterminio a más de 1.000 judíos durante la II Guerra Mundial.

A estas alturas, con el reconocimiento a nivel mundial del film, destacar sus múltiples virtudes formales y narrativas puede resultar algo repetitivo. Sin embargo, para hablar de las emociones que es capaz de transmitir es imprescindible. Quizá uno de los momentos más analizados y recordados sea aquel de la pequeña con el vestido rojo por cuanto representa el punto de inflexión en la conciencia del protagonista. Hasta entonces sus intenciones se resumían más o menos fielmente en hacer dinero, en conseguir el máximo beneficio con el menor riesgo. Y eso se lo proporcionaban los judíos. Será a raíz de esa escena, que narra con crudeza uno de los momentos más brutales de la trama, cuando este empresario nazi opte por empezar a salvar vidas humanas independientemente del beneficio.

Con todo, no es ni con mucho el mejor aspecto formal del relato. La labor fotográfica en blanco y negro de Janusz Kaminski, colaborador habitual de Spielberg (Salvar al soldado Ryan, por ejemplo) es una verdadera obra de arte que fue reconocida con numerosos premios. Su forma de captar el contraste entre luces y sombras, fiel reflejo de las emociones a flor de piel de un personaje tan aparentemente contradictorio como el interpretado excepcionalmente por Liam Neeson (Batman Begins), genera una narrativa paralela que ayuda al espectador a comprender ciertas conversaciones, a apreciar las intenciones reales de cada decisión. En la memoria se graban a fuego primeros planos como el de Ben Kingsley (La invención de Hugo) brindando mientras una lágrima recorre su mejilla.

En este sentido, la banda sonora de John Williams (La guerra de las galaxias), emotiva como pocas, se ajusta a la perfección a un relato que basa buena parte de su fuerza en el aspecto fotográfico y en la crudeza de su realización, en la que por cierto Spielberg vuelve a demostrar su maestría y buen gusto para horrorizar al espectador sin necesidad de mostrar casi nada. El uso de coros, muy propios de la época, o de un ritmo pausado y denso aportan una mayor sensación de desasosiego ante un destino que parece inevitable, como si de una marcha imparable se tratara.

Describir las emociones tan complejas y variadas que provoca La lista de Schindler es difícil. Casi tanto como las que provoca el documento original. Hace un año aproximadamente tuve la oportunidad de ver uno de los pocos originales que se conservan en uno de los Museos del Holocausto que existen en el mundo. Tal vez fuese por la forma de mostrar esta oscura época de la Historia del hombre, o simplemente porque representa la esperanza en medio de la desolación, pero lo que sentí al ver ese documento se aproxima mucho a lo que Spielberg es capaz de transmitir. Esto viene a demostrar, al menos para un servidor, que el director de E. T., el extraterrestre (1982) es uno de los pocos realizadores actuales capaz de estructurar un relato para ordenar toda esa amalgama de sentimientos que antes mencionaba.

Una estructura dramática

Steven Spielberg ha asegurado en muchas ocasiones que La lista de Schindler ha sido uno de sus proyectos más personales. Hasta 10 años ha estado madurando la historia. Es por eso que más allá de la visión acerca del Holocausto, más allá de la belleza formal que atesora o de la profundidad de sus personajes, todos ellos con los rasgos de unos actores excepcionales, se halla un guión estructurado perfectamente y al milímetro para envolver al espectador en un drama humano sin parangón. El texto escrito por Steven Zaillian (Gangs of New York) es todo aquello que un guión debe ser, es decir, una estructura compensada en todos sus actos, un vehículo que diversifica y dosifica el tiempo de cada personaje y de cada trama secundaria, de cada momento histórico y de cada decisión.

Y es también una narración sin diálogo o, mejor dicho, con subtexto en el diálogo. Cierto es que la época en la que se enmarca la historia facilita esa máxima de que un diálogo no debe ser lo que dice, sino lo que quiere decir, pero es que incluso en esta situación la forma de hacer avanzar la acción es de manual. Sin ir más lejos, ese cambio que se produce en el protagonista puede pasar casi desapercibido si no se presta la suficiente atención. Tanto Zaillian como Spielberg optan por una evolución silenciosa, realista y ajustada al contexto en el que se produce. Resulta casi ridículo, por tanto, que exista un diálogo en el que Schindler explique sus intenciones. Vamos, que en ningún momento se hace con la bandera de defensor y salvador. Es algo mucho más personal, intimista y sutil.

Pero esto es solo un ejemplo. El desarrollo dramático de la trama principal, apoyada de forma imprescindible por algunas líneas argumentales secundarias como la relación con el personaje de Ralph Fiennes (Skyfall), permite un análisis perfecto de cómo abordar todo tipo de escenas, de cómo se construyen los personajes desde la acción y no la descripción, y cómo las secuencias deben estructurarse desde el conflicto y sus constantes fluctuaciones. En este aspecto el film de Spielberg solo podría pecar de una cosa, y es su exceso de dramatismo en su clímax final, con un discurso del protagonista en el que afloran todos esos sentimientos que han sostenido la trama hasta ese momento. Una concesión que, si bien encaja con el resto de la historia y pone el broche a la pesadilla, choca un poco con el tono general de la historia.

No cabe duda de que La lista de Schindler es una de las cintas claves dentro de ese subgénero bélico que recoge aspectos de la II Guerra Mundial. Una película personal, fruto de años de estudio, de trabajo y de sentimientos. Una obra bella en todos sus aspectos, incisiva y cruel en muchos momentos que busca remover conciencias sin necesidad de impactar violentamente al espectador. Spielberg es único logrando eso, y este es uno de sus mejores testimonios. Al final, el hecho de que consiguiera 7 Oscars no debería suponer un mayor reconocimiento a la película, aunque sí debería hacer pensar acerca del reconocimiento académico que ha recibido un director capaz de cambiar el concepto del cine y del entretenimiento. Pero ese es otro debate.

Diccineario

Cine y palabras

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