‘Vengadores: Infinity War’: infinitamente Marvel


Han pasado 10 años desde aquella primera aventura de Iron Man. 10 años en los que Marvel ha construido, algunas veces con más acierto que otras pero siempre con mimo y cuidado, todo un universo en el que poder desarrollar las aventuras de sus personajes, sus motivaciones, sus debilidades y los conflictos que les definen a lo largo de los años. Y todo eso desemboca aquí, en una macroproducción superheróica en la que nada se deja al azar y todo, absolutamente todo, tiene un objetivo: convertir a este film en el mayor espectáculo de la historia. Que lo haya conseguido o no es cuestión de puntos de vista, pero algo queda claro: se puede conseguir.

Porque en efecto, Vengadores: Infinity war es un espectáculo. Pero también es una historia, un drama capaz de generar desasosiego, de enfrentar a estos personajes capaces de cosas extraordinarias ante un enemigo invencible, ante ese desafío que, como se menciona en la película, les hará fracasar estrepitosamente. Toda historia debe construirse, al menos en teoría, sobre un crecimiento constante de tensión, de acción o de drama. En el cine de superhéroes esto, habitualmente, se traduce en combates que ponen al héroe ante un desafío cada vez mayor que debe superar para, al final, enfrentarse a la gran amenaza. Y aunque esta cinta de los hermanos Russo (Capitán América: El soldado de invierno) responde a esa idea, ese crecimiento dramático está construido sobre desafíos fallidos, sobre una lucha en la que el villano vence constantemente, hasta un final que… que aquí no revelaré, pero que puede generar cierto desasosiego.

Se trata, por tanto, de una producción compleja, de una obra de arte del género que merece ser reconocida como tal. Nada de enfrentamientos cuyo final se conoce de antemano; nada de momentos narrativos que restan ritmo al conjunto. Todo en el film se construye con el único objetivo de ofrecer una historia dinámica, profunda, en la que las motivaciones son lo primero y los efectos (sencillamente espectaculares, dicho sea de paso) lo segundo. Es más, pocas veces podrá verse que uno de los momentos más dramáticos de un film lo protagonice un villano que debe luchar entre lo que persigue y la única persona a la que alguna vez ha querido. Y los hermanos Anthony y Joe imprimen al conjunto un estilo visual brillante, aprovechando al máximo los planos generales de las batallas y las posibilidades de los numerosos superhéroes que aparecen a lo largo del metraje.

Desde luego, Vengadores: Infinity War es la cinta que todo fan lleva esperando 10 años. Pero es más. Es un relato sobre el fracaso, sobre la lucha contra un destino que parece escrito y que es incapaz de ser cambiado. Una lucha frustrante, en definitiva. Y no hay nada más satisfactorio, dramáticamente hablando claro esta, que ver a un héroe caído para volver a levantarse. Y dado que en este caso son decenas de ellos, la sensación agridulce que deja el final del film se multiplica de forma exponencial. Ahora sí, Marvel ha logrado alcanzar un clímax dramático en su cine, un nivel que posiblemente no sea tan adulto como el de su principal competidor, DC Cómics, pero sin duda sí ha sabido profundizar más que en otras ocasiones. Y desde luego, ha dado una lección sobre cómo construir este tipo de relatos tan complejos, cómo introducir a cada uno de los personajes y cómo mostrar la derrota individual de cada uno. ¿Tiene algo malo entonces? Bueno, mucha gente la verá sólo como una más de superhéroes. Y, por supuesto, que hay que esperar un año para el desenlace.

Nota: 9/10

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‘House of Lies’, apuesta doble de humor y drama en la temporada final


Don Cheadle y Kristen Bell terminan 'House of Lies' bailando.Si algo hay que reconocer a Matthew Carnahan (serie Dirt) y a su comedia House of Lies es que han muerto fieles a su estilo. O al menos han cerrado un ciclo sin traicionar la esencia de la dinámica dramática y cómica que ha sustentado esta historia de asesores despiadados, de romances casi imposibles y de amistades cuanto menos curiosas. La quinta y última temporada de la serie protagonizada por un extraordinario Don Cheadle (Capitán América: Civil War) deja un buen sabor de boca, la satisfacción de haber visto algo coherente y acorde a lo esperado, incluso aunque esto conlleve ciertas irregularidades en la narrativa.

Los 10 episodios que conforman esta conclusión, menos que los de temporadas anteriores, tienen el habitual gusto cinematográfico de la conclusión de una historia. Todas las tramas, principales, secundarias e incluso anecdóticas, están enfocadas a cerrar posibles flecos que queden en la narrativa, y que se han ido fraguando a lo largo de las etapas precedentes. Por supuesto, la principal es la de la compañía, su futuro y su lucha contra los enemigos. Es aquí donde la serie consigue, como ha sido hasta ahora, sus mayores éxitos tanto dramáticos como humorísticos. Las dinámicas que se establecen entre los cuatro protagonistas son simplemente excepcionales (pocas veces se puede ver en la pequeña pantalla un grupo tan integrado), ya sea por la comodidad por los actores o por la definición tan precisa de los personajes.

Posiblemente esta última temporada de House of Lies contenga algunos de los momentos más surrealistas de la serie, desde la fiesta protagonizada por leones y cobras (metafóricos) hasta el intento de vender al mejor postor, ojo al dato, un país como Cuba. En cierto modo, se puede decir que ese intento de cerrar las historias que siempre se aprecia en estas conclusiones está combinado con una apuesta por todo lo alto a echar el resto en lo que a negocios se refiere. Y desde luego, logra su objetivo, sobre todo porque introduce de forma completa algunos aspectos que habían sido relegados a un segundo plano en la trama principal de la serie, como son la relación entre el personaje de Cheadle y el de Kristen Bell (Malas madres) o las dudas que parecen rondar siempre a los roles de Ben Schwartz (The intervention) y Josh Lawson (Los amos de la noticia) en relación a su puesto dentro de Kaan y Asociados.

Pero la fidelidad a la esencia dramática no es lo único que permanece en esta conclusión. La apuesta narrativa de la historia, más patente en unas temporadas que en otras, sigue siendo una constante que recuerda al espectador el carácter transgresor de la historia, si es que el desarrollo de la misma no es ya de por sí lo suficientemente transgresor. Imagen congelada, el protagonista convirtiendo al espectador en cómplice de sus más íntimos pensamientos, e incluso visiones propias de un viaje alucinógeno sin igual dejan su huella en el fondo dramático de la trama para confirmar que el producto ha sido, es y será uno de los más frescos, dinámicos y diferentes que se puedan encontrar en televisión. Y por si fuera poco, un detalle puramente técnico: las comedias de este tipo y con esta duración por episodio (unos 25 minutos) suelen tener temporadas de 24 episodios. Esta se ha quedado en la mitad o menos.

Secundarios en segundo plano

Los protagonistas de 'House of Lies' viven sus últimas aventuras en la quinta temporada.El problema de esta quinta temporada de House of Lies es que se olvida en buena medida de sus secundarios más prescindibles pero que conforman el sustento del mundo en el que se desarrolla la serie. En realidad no es algo exclusivo de este final, pues durante toda la vida de esta producción ha ocurrido en mayor o menor medida, pero sí resulta llamativo cómo se ha tratado el problema en este tramo final. Sin duda el caso más notorio es el de Donis Leonard Jr. (Now here), que da vida al hijo del protagonista y cuya trayectoria ha sido un tanto errante. Esta última temporada confirma que a pesar del potencial que podía haber tenido en el desarrollo de la trama (y que de hecho ha tenido en algún momento), sus creadores no han sabido qué hacer con él, o no han podido afrontar el terreno al que les podía llevar un rol tan complejo como este.

Pero como él existen varios. Algunos, como el de Dawn Olivieri (Supremacy), han sido utilizados simple y llanamente para hacer avanzar la acción hasta donde era necesario, lo cual no deja de restar peso específico a su presencia dentro de la historia y por lo tanto debilita mucho su estructura. Otros, como el del padre interpretado por Glynn Turman (El héroe de Berlín), sencillamente concluyen su rol como espectadores del espectáculo que dan Cheadle y compañía, dejando en el recuerdo algunos de los momentos en los que sí han tenido especial relevancia. Todo esto indica, en realidad, que la quinta y última temporada se ha centrado, casi en exclusiva, en concluir todo lo concerniente a la historia de los cuatro protagonistas, dejando a un lado como algo residual lo que pueda ocurrir con el resto de personajes.

Esto, en principio, no es algo malo viendo el resultado final, pero sí que resulta digno de mención que Carnahan opte por desprenderse del peso muerto (narrativamente hablando) de una forma tan tosca, dejando prácticamente que las historias mueran por puro tedio para centrar todo el foco narrativo en lo que sabe que interesa más a la serie y al espectador. Dicho de otro modo, en lugar de integrar las tramas secundarias en la principal o darles un broche final completo, se opta por introducirlas cada vez menos en la estructura narrativa hasta que se convierten en algo residual e intrascendente, llevándolas casi al olvido por falta de presencia.

Pero ese es un mal menor en la quinta temporada de House of Lies. En realidad, esta última etapa es el reflejo de lo que ha sido toda esta producción: un festival de humor negro, inteligencia y dinamismo que posiblemente no enganche al gran público, pero que sin duda ofrece una visión muy diferente de cómo puede ser el género hoy en día. Y no hay que olvidar el final del último episodio, toda una oda al buen rollo que ha primado a lo largo de la serie. Tal vez haya sido un producto menor, una historia en muchos casos difícil de seguir, pero desde luego el recorrido, una vez visto el camino realizado, ha merecido la pena y obliga a una encarecida recomendación.

Matt Damon es ‘Jason Bourne’… y Mila Kunis una mala madre


Estrenos 29julio2016Termina el mes de julio, y lo hace con uno de los estrenos más esperados del verano, preludio del que, posiblemente, sea el fenómeno cinematográfico fan del año. Pero no adelantemos acontecimientos. Por lo pronto, este 29 de julio llega a las pantallas españolas el regreso de uno de los personajes que más han definido un género en la última década. Y no lo hace solo: su máximo rival es, en esta ocasión, una producción española.

Pero comencemos con Jason Bourne, nueva entrega de la famosa saga de espías protagonizada por Matt Damon (Marte) que, después de alejarse de la franquicia, regresa en una historia que sitúa al protagonista en una trama que deberá desenredar para conocer detalles de su pasado, toda vez que ahora ya recuerda quién es realmente. Acción en estado puro e intriga vuelven a ser los pilares de esta cinta dirigida por Paul Greengrass (Capitán Phillips) y en cuyo reparto encontramos a Alicia Vikander (La chica danesa), Julia Stiles (Misconduct), Tommy Lee Jones (Malavita), Vincent Cassel (Una semana en Córcega), Ato Essandoh (serie Elementary) y Riz Ahmed (Circuito cerrado), entre otros.

También procede de Estados Unidos Malas madres, comedia con un cierto toque gamberro que escriben y dirigen a cuatro manos Jon Lucas y Scott Moore, autores del guión de Resacón en Las Vegas. Su argumento se centra en una madre perfecta cuya vida, a primera vista, parece idílica. Pero tras esa apariencia se esconde una situación límite que está a punto de estallar. Es por ello que cuando la mujer estalla en un arranque de sinceridad arrastra con ella a otras dos madres que, hartas de esa apariencia de perfección, necesitan una vía de escape. Juntas descubrirán la locura y el desenfreno de dedicar parte de sus vidas a ellas mismas, aunque para ello tengan que enfrentarse a una cuarta madre que lidera la asociación de padres y que aboga por la imagen de “madre perfecta”. Mila Kunis (El destino de Júpiter), Kristen Bell (serie House of lies), Kathryn Hahn (La visita), Jada Pinkett Smith (serie Gotham) y Christina Applegate (Vacaciones) son las principales actrices.

La tercera novedad procedente de Hollywood es Miles Ahead, ópera prima como director del actor Don Cheadle (Iron Man 3), quien también participa en el guión de este drama biográfico ambientado en el mundo de la música en torno a Miles Davis. En concreto, la cinta se centra en los años que el cantante desapareció de la escena pública, justo en la cúspide de su carrera, atormentado por los fantasmas de su pasado y por el daño que las drogas habían hecho a su voz. Cheadle, que se reserva el rol principal, está acompañado en el reparto por Ewan McGregor (Mortdecai), Michael Stuhlbarg (Steve Jobs), Emayatzy Corinealdi (La invitación) y Keith Stanfield (Quest).

El otro gran estreno es español. Zipi y Zape y la isla del capitán es el título de esta nueva aventura familiar que toma los personajes creados por José Escobar para introducirlos en una trama que arranca cuando una travesura de los protagonistas les lleva a ser castigados sin vacaciones de Navidad y a acompañar a sus padres en un aburrido viaje en barco. Pero cuando el barco llega a una remota isla y una tormenta obliga a la familia a refugiarse en una mansión habitada por una mujer y un grupo de niños abandonados por sus padres todo cambia. Los hermanos deberán descubrir no solo qué ocurre en esa isla, sino el motivo real por el que sus padres parecen haber desaparecido sin dejar rastro. Dirigida por Oskar Santos (Zipi y Zape y el club de la canica), el reparto de la película está encabezado por Elena Anaya (La memoria del agua), Teo Planell (Ma ma), Toni Gómez (serie El secreto de Puente Viejo), Fermí Reixach (Sacramento), Jorge Bosch (Las ovejas no pierden el tren) y Carolina Lapausa (La corona partida).

Y seguimos en España. La mina es el título de una nueva propuesta de terror que recupera, al menos en parte, una historia ya conocida. Un hombre comienza a ser vigilante nocturno en una vieja mina del pueblo al que regresa después de haber estado en la cárcel, todo con el objetivo de demostrarle a su mujer que ha cambiado. Sin embargo, pronto tendrá que enfrentarse a los oscuros secretos que guarda este lúgubre e inquietante lugar. Miguel Ángel Jiménez (Ori) dirige esta propuesta protagonizada por Jimmy Shaw (Wax), Kimberley Tell (Leaving Hotel Romantic), Matt Horan y Denis Rafter (El segundo nombre).

Terminamos el repaso a los estrenos de ficción con la francesa Pastel de pera con lavanda, comedia dramática con tintes románticos que escribe y dirige Éric Besnard (Cash) y cuya trama gira en torno a la extraña relación entre una mujer, que tiene a su cargo una plantación de perales, y un hombre al que accidentalmente atropella y cuyas cualidades pueden llegar a ser irritantes. Mientras ella vive una situación límite al ser amenazada con perder su plantación, él es extremadamente sincero y disfruta recitando números primos. Juntos formarán una pareja que podría solucionar sus complicadas vidas, siempre y cuando la mujer sea capaz de descubrir qué esconde el hombre. Virginie Efira (Caprice), Hiam Abbass (Exodus: Dioses y reyes), Valentin Merlet (Joséphine), Benjamin Lavernhe (El caso SK1) y Lucie Fagedet encabezan el reparto.

Por último, un documental. Boye es un repaso a la vida y trayectoria de Gonzalo Boye, abogado, empresario y editor de la revista Mongolia que en los años 90 fue acusado de colaborar con ETA en el secuestro del empresario Emiliano Revilla, hecho del que siempre ha defendido su inocencia y por el que ha pasado 14 años en la cárcel. Ahora, el hombre se pone delante de la cámara en esta obra dirigida por Sebastián Arabia (La tinta negra) para explicar su versión y analizar su papel en causas judiciales tan importantes como los atentados del 11M, el caso Bárcenas, la defensa de Snowden o la querella contra Bush por la existencia de Guantánamo.

‘Capitán América: Civil War’: Una historia con espectáculo


Capitán América y Iron Man se enfrentan cara a cara en 'Capitán América: Civil War'.Esto de que los superhéroes se enfrenten unos a otros parece estar de moda. Tampoco es de extrañar, dado que una vez comprendido que los buenos siempre derrotarán a los malos, queda por dirimir qué buenos son mejores que otros, y para ello nada mejor que un combate. Ahora bien, lo que también es necesario dilucidar son los motivos de dicha lucha y su resultado final. Y en el caso de la nueva película de Anthony y Joe Russo (Bienvenidos a Collinwood), el fondo ha resultado casi mejor que la forma, a diferencia de la lucha de titanes de DC que se pudo ver hace algunas semanas.

Capitán América: Civil War es, ante todo, un thriller, una cinta de intriga con secuencias de acción perfectamente integrada y con ciertas dosis de drama. La trama juega en todo momento al despiste con el espectador y el grupo de héroes que en ella aparecen, convirtiendo la cinta más en una especie de nueva entrega de ‘Los Vengadores’ que en una cinta sobre el supersoldado de Marvel. Pero dejando eso a un lado, la elaboración de la historia termina resultado muy superior a lo visto habitualmente en estos films, más próxima a la trilogía sobre Batman de Christopher Nolan que a obras como, incluso, ‘Iron Man’.

Una intriga que, además, justifica espléndidamente las motivaciones de todos y cada uno de los personajes a través de una persecución sin cuartel que termina, como bien reza el título, en una lucha fratricida cuyas consecuencias son incalculables, al menos para los no duchos en esta materia. Pero del mismo modo que el contenido es brillante, la apuesta narrativa de los hermanos Russo está excesivamente encorsetada. No es una mala narrativa, al contrario, pero da la sensación de que se podría haber sacado mucho más partido, por ejemplo, al combate entre superhéroes, por no hablar de otras persecuciones.

Este extremo puede que reste algo de brillo a Capitán América: Civil War, pero por supuesto no logra contrarrestar su enorme calidad, lo cual demuestra una vez más que un buen guión es la base de cualquier buen film. El modo en que todo se integra en una trama con un giro argumental final notablemente interesante es digno de aplaudir, sobre todo en un momento en el que las cintas de superhéroes parecen un poco abandonadas en ese sentido. Y para los fans de Spider-Man: sus pocos minutos en pantalla es de lo mejor de la cinta, lo que habría que tomarse como una promesa para el futuro del trepamuros. En definitiva, un entretenimiento sin parangón con más fondo que forma. ¿Se puede pedir algo más a estas películas?

Nota: 8/10

‘Los Vengadores: La era de Ultrón’: doble de acción, mitad de drama


'Los Vengadores. La era de Ultrón' supone para los héroes la prueba más dura de sus vidas.Cada uno a su modo, MarvelDC Cómics han cambiado el modo de entender el cine de superhéroes. El primero ha redefinido el concepto de entretenimiento; el segundo ha elevado este género a cotas que parecían inimaginables. Pero si algo ha hecho la casa de héroes como Spider-Man o Iron Man es crear un mundo cinematográfico que traslada de forma magistral el mundo de los cómics. Esto implica que, aunque para disfrutar de una película no hace falta ver el resto, todas y cada una se nutren entre ellas. Y en esto ha tenido buena parte de responsabilidad Joss Whedon (serie Buffy Cazavampiros), quien con la continuación de Los Vengadores (2012) vuelve a demostrar su habilidad para el dinamismo visual.

Porque lo cierto es que Los Vengadores: La era de Ultrón es un constante movimiento. Las peleas, los momentos irónicos, e incluso los momentos más dramáticos, contienen una agilidad narrativa fuera de toda duda. Es, al igual que le ocurría a su predecesora, un cómic en movimiento, algo que queda patente con la declaración de intenciones de la primera secuencia y ese plano en el que aparecen todos los superhéroes en formación de ataque. A partir de ese momento poco margen existe para la reflexión, lo cual no quiere decir que no exista un cierto desarrollo dramático. No mucho, pero existe. Si a esto se suma la comodidad de unos actores que disfrutan de sus personajes lo que obtenemos es un relato entretenido como pocos que invita al espectador a evadirse de todo lo que le rodea.

Ahora bien, la película se encuentra con un escollo relativamente importante que no logra solventar, y es el hecho de tener que luchar contra su propia naturaleza. Sin los conflictos personales que poblaron la primera entrega lo que queda es un arco dramático algo plano, sin grandes giros argumentales y, desde luego, con pocas o ninguna sorpresa. Se puede decir que la película es lineal, una carencia que se suple, y muy bien, con el dinamismo de sus secuencias y el ritmo desenfrenado de la narración, que apenas deja tiempo para la reflexión. Plagada de efectos visuales a cada cual más espectacular (los planos generales de combate son simplemente brillantes), la película cojea en el plano emocional al no existir las fricciones entre los héroes que sí se vivieron en el film original. Incluso el intento de incorporar la vida secreta de uno de los protagonistas, que en un principio parece dotar de mayor gravedad a la trama, se diluye entre rayos y puñetazos.

Algo ayuda, además de la continua sucesión de luchas y persecuciones, la presencia de un villano como Ultrón, al que da vida un James Spader (serie Boston Legal) cuya labor solo podrá apreciarse en todo su esplendor en la versión original. El resto de nuevos personajes suponen una distracción de las irregularidades del film, es cierto, pero su introducción en un film tan repleto de personajes impide que se desarrollen como es debido, lo que les convierte en meros testigos de lo que ocurre en pantalla. Sí, tienen ciertos momentos de protagonismo y gloria, pero su presencia queda lejos de la que tienen el resto de héroes, algo motivado principalmente porque éstos han tenido la oportunidad de brillar con luz propia en sus respectivas sagas. Tratar de presentar en sociedad nuevos héroes en un film tan saturado termina por diluirlos en un maremagno de poderes.

Lo que no cabe duda es que Los Vengadores: La era de Ultrón cumple con lo que promete, y lo hace con nota. Tal vez haya perdido el factor sorpresa de la primera entrega; tal vez su aspecto dramático no tiene la misma fuerza. Pero todo eso queda eclipsado por una agilidad visual y narrativa innegables, y que convierten a Whedon en uno de los nombres de peso en esta segunda etapa de Marvel, que terminará este año. Dos horas y media de acción en estado puro, humor irónico para los momentos más relajados y poca profundidad dramática que se pasan con bastante velocidad. Ahora toca esperar al próximo villano, que para aquellos que no puedan aguantar las ganas de conocerlo será… el que aparece en la secuencia post títulos de créditos.

Nota: 7/10

4ª T de ‘House of lies’, o la comedia como contrapunto al drama


Kristen Bell, Josh Lawson, Don Cheadle y Ben Schwartz vuelven en la cuarta temporada de 'House of Lies'.No es extraño que el espectador, cuando se enfrenta a una comedia dramática, termine preguntándose qué tiene de cómico o de dramático la historia en cuestión. Lograr el equilibrio entre ambos géneros sin que ninguno de ellos llegue a dominar es muy complejo, pero lograr que ambos funcionen adecuadamente dentro del conjunto es más difícil todavía. Matthew Carnahan (serie Dirt) se ha acercado bastante a dicho equilibrio en la cuarta temporada de House of lies, y lo ha hecho gracias a la separación de géneros a través de los personajes, lo que ha ayudado a la serie a encontrar diferentes vías narrativas que sitúan a esta producción entre lo mejor de la pequeña pantalla… otra vez.

En realidad, el cambio de comedia a drama que dio la serie en su segunda temporada se acentúa aún más con los acontecimientos narrados en estos 12 episodios, cuya emisión finalizó hace unos 15 días en Estados Unidos. La forma de abordar la trama principal que implica al personaje de Don Cheadle (Iron Man 3) ha evolucionado significativamente hasta situarse más próxima al drama humano que a la comedia gamberra. Eso no implica que se pierda el tono irónico que siempre ha caracterizado a la serie, pero sí que no todo tiene un “final feliz”. Las temporadas, articuladas como la presentación de un reto que el protagonista tiene que superar, tienden cada vez más a dejar al personaje en una situación comprometida que le lleva a arrastrar conflictos de una temporada a otra sin ofrecer una solución clara.

Quizá la mejor decisión que ha adoptado House of lies es apoyar el grueso del drama sobre los hombros de las tramas secundarias personales, que poco a poco están convirtiéndose en tramas principales. Mientras que los problemas en el trabajo, las empresas a las que asesoran o los proyectos que avalan mantienen la frescura narrativa de las primeras etapas, gracias sobre todo a esas imágenes congeladas, el mundo que rodea a los personajes adquiere cada vez más un tono serio, en muchas ocasiones incluso sombrío, que permite a la serie abordar problemas de cierto calado social como puede ser la discriminación por raza o sexo, o las relaciones familiares. El contraste entre ambas líneas argumentales es lo que aporta el tono tragicómico al conjunto, pero es la forma en que encajan lo que realmente convierte a la serie en lo que es.

Aunque si hay algo que merece la pena destacar es la dinámica creada entre los personajes de Ben Schwartz (Ahí os quedáis) y Josh Lawson (Los amos de la noticia), dos secundarios que en muchas ocasiones adquieren más protagonismo en pantalla incluso que el propio Cheadle. Los conflictos entre ellos, que en esta temporada adquieren una dimensión cuanto menos extravagante, soportan muchas veces el tono más serio del resto de secuencias, aportando la frescura que puede perderse en otras situaciones. La definición de los personajes, tan diferentes entre ellos pero al mismo tiempo con varios puntos en común, queda engrandecida por la labor de los actores, cada vez más cómodos entre ellos y cada vez más conscientes de su relevancia en el plano general. Prueba de ello es que en estos 12 episodios han podido contar con su propia trama y han aprobado con nota el reto.

La importancia del protagonista

Es evidente que el alma de House of lies es Cheadle. No solo porque es el protagonista, sino porque el actor ha sabido aportar a su personaje el toque canalla y descarado que necesita. Empero, en esta cuarta temporada ha habido algo más. O al menos ha sido cuando más se ha notado. Gracias a la complicidad con el espectador, que aportó la transgresión suficiente en la primera temporada para poder desmarcarse del resto de series, esta nueva etapa ha podido pasar a un nuevo nivel narrativo y dramático al aprovecharla en su propio beneficio, no tanto para generar un contrapunto cómico como para abrir las puertas del alma del protagonista.

Y es aquí donde Cheadle demuestra el talento que tiene. El último plano de la temporada es prueba suficiente para demostrar que con una simple mirada es capaz no solo de resumir los altibajos que el personaje ha sufrido a lo largo de los capítulos, sino de expresar las incertidumbres y los problemas a los que sabe que va a tener que hacer frente en un futuro próximo, que por cierto llegará a Estados Unidos el próximo año. Pero esto es solo un ejemplo. Toda la temporada ha estado repleta de miradas similares que convertían al espectador en confidente, en el único capaz de comprender la mente de un personaje que parece moverse siempre en la cuerda floja, pero que es consciente de su situación, de quiénes son sus enemigos y de cómo lograr salir a flote. Y eso, aunque sobre el papel exista una buena definición del personaje, es labor del actor.

Un actor que, además, ha encontrado en esta última entrega de House of lies un nuevo conflicto que más o menos venía gestándose desde la temporada anterior, y que está muy relacionado con su hijo, al que da vida un cada vez más sólido Donis Leonard Jr. (Holiday Plans). Por supuesto, los contrastes entre padre e hijo han sido una constante en la serie, pero en esta ocasión adquieren una significación mayor al introducir de lleno el tema del racismo, aunque no entendido de la forma que suele entenderse. Las consecuencias de lo que se desarrolla en el tramo final de la temporada, que no desvelaré, cambia por completo el panorama de estos dos personajes y del resto de la familia, ofreciendo una interesante vía narrativa para la próxima temporada.

La verdad es que House of lies se adentra cada vez más en el drama. Es cierto que tras una primera temporada cómica y una segunda mucho más trágica, la serie ha logrado encontrar un equilibrio entre ambas. Ya ocurrió en la tercera entrega, pero en esta ha evolucionado para equilibrar todos los elementos desarrollados en las temporadas en un producto brillante. Habrá que esperar un año para ver cuál es el camino a seguir para estos personajes, pero si nos atenemos a la trayectoria solo nos queda suponer que será mejor. Va a ser difícil superar esta cuarta temporada, pero parece que no hay nada que Marty Kaan & Asociados no puedan conseguir.

‘House of lies’ sustituye frescura visual por tragedia en su 3ª T


'House of lies' abandona totalmente la comedia en su tercera temporada.Es difícil que cualquier ficción, ya sea televisiva o cinematográfica, cambie de registro de forma clara y decidida. Es común que una comedia tenga tintes dramáticos o que una historia de amor se combine con dosis de acción y aventura. Pero lo que ha ocurrido con la serie House of lies es, como decimos, muy poco habitual. Su primera temporada fue fresca, diferente y despreocupada; la segunda entrega tuvo un carácter algo más serio. Su tercera tanda de episodios ha entrado de lleno en el drama y la tragedia, hasta el punto de que buena parte de los elementos que caracterizan la trama han desaparecido.

Estos nuevos 12 capítulos se centran en la nueva etapa de Marty Kaan (espléndido Don Cheadle) y la empresa que ha fundado, en la que, por diversos motivos, todo su equipo termina trabajando. Y al igual que ocurría en las anteriores ocasiones, la trama se centra en un gran proyecto de consultoría y en algunos minoritarios. La diferencia estriba en que ahora la ironía ha dejado paso a una seriedad que, por fortuna, no resta interés. En cierto modo, se podría decir que genera más atractivo.

Aquellos que se engancharon gracias a las miradas a cámara o las explicaciones con la imagen congelada posiblemente echen en falta ese dinamismo formal y narrativo. Empero, el creador de House of lies, Matthew Carnahan (serie Dirt), logra suplir dicha ausencia con un mayor protagonismo de las tramas secundarias que, todo sea dicho, no resultan tan atractivas como las que protagoniza el personaje de Cheadle. Arcos narrativos como el del hijo o la crisis matrimonial del rol al que da vida un genial Josh Lawson (Los amos de la noticia) no son tan interesantes como ver en acción a Cheadle, pero encajan lo suficientemente bien como para no resultar irritantes.

Prueba de ello es que los mejores episodios son los que destinan más minutos a la trama principal, en esta ocasión centrada en un imperio de ropa cuyos propietarios son dos amigos con pasados turbulentos (interpretados por Mekhi Phifer y el rapero T.I.). Las situaciones que genera, desde los conflictos entre ambos hasta la muerte de un perro en una discoteca, rememoran notablemente el sentido general de la serie, que aborda problemas serios desde una perspectiva algo cómica, pero como decía al inicio, esta tercera temporada deja atrás de forma contundente la comedia para apostar por la tragedia.

Finales infelices

Los fans de House of lies se habrán percatado de que los finales de temporada tienen algo en común. Por un lado, la relación entre el personaje de Cheadle y el de Kristen Bell (serie Veronica Mars) sufre un giro de 180 grados, ya sea positivo o negativo; por otro, el mundo del protagonista se desmorona por completo. Y evidentemente, los últimos episodios de esta tercera entrega no se quedan atrás. Es más, por las repercusiones que tienen de cara al futuro, se convierten en los mejores de la serie.

Lo cierto es que al arco dramático del protagonista le ha llevado a una situación límite, siendo prácticamente el único que ha cambiado en este sentido. Los secundarios que le rodean han evolucionado de forma más o menos clara, pero en líneas generales su definición sobre el papel no ha cambiado. En todo caso, se ha aclarado algo más. Pero el caso de Marty Kaan es sencillamente brillante. De ser un personaje seguro de sí mismo, algo engreído y con el mundo a sus pies ha pasado a ser una suerte de apestado, incapacitado para participar en la empresa que él mismo creó y traicionado, aunque de forma inconsciente, por aquellos a los que ama.

No hace falta decir que las posibilidades narrativas de esta nueva situación son enormes. Los conflictos emocionales que ya se plantean en el cierre de la temporada se antojan interesantes y fascinantes. El desarrollo de los secundarios ahora que el protagonista parece pasar a un segundo plano puede traer consecuencias de todo tipo. Y, por supuesto, la evolución de la situación del protagonista es todo un mundo por explorar.

Eso sí, lo que parece claro en House of lies es que, formalmente, nada volverá a ser igual. Esta tercera temporada comenzó como una especie de homenaje a ese estilo visual tan característico de la ficción, pero ha terminado siendo un producto sobrio, carente de extravagancias visuales y centrado en el apartado más íntimo de los personajes. Esto no impide que tenga momentos irónicos y divertidos, pero en general se puede decir que la serie se ha hecho adulta. Y la verdad es que esto ha hecho que sea mejor.

‘House of lies’ da un vuelco y se cambia al drama en su 2ª T


'House of lies' abandona el humor en su segunda temporada.Cuando se desarrolla una historia por capítulos siempre existe la duda acerca de la conveniencia de determinadas ideas. Normalmente el camino lo indican las audiencias, lo cual no quiere decir que sea el más indicado para el carácter de cada serie. Por eso tratar de evolucionar dentro de un producto siempre es arriesgado, y desde luego no siempre sale bien. Solo hay que echar la vista atrás. Por eso el caso de House of lies me resulta, personalmente, tan interesante. Tras una primera temporada realmente transgresora en todos los aspectos, la serie creada por Matthew Carnahan (serie Dirt) da un giro completo a su trama para convertirla en algo un poco más convencional, más dramático y con personajes más desarrollados. El resultado puede defraudar, pero no es necesariamente peor.

A grandes rasgos, estos nuevos 12 episodios relatan cómo el protagonista, interpretado magníficamente por Don Cheadle (Iron Man 3) se debate entre continuar en una empresa de la que ya no se siente parte, y empezar una nueva carrera creando su propia empresa asesora. En medio de todo esto, nuevos clientes a los que poder exprimir, nuevos conflictos morales y emocionales en su equipo de trabajo y en su vida personal, y Matt Damon (Monuments Men), sobre el que hablaré más adelante. Comparada con la primera parte, esta segunda temporada se antoja relativamente similar en su desarrollo de la historia. Empero, hay numerosos conceptos que la diferencian. Y el más evidente es la ausencia total de la complicidad con el espectador.

Desconozco si ha sido una decisión motivada por la imposibilidad de mantener el ritmo de su estilo visual, si sus responsables comprendieron que repetir capítulo tras capítulo las mismas bromas podía llegar a aburrir, o si se ha optado por ahondar más en los personajes. Sea cual sea el motivo, todo lo que definía a House of lies desde un punto de vista formal ha desaparecido. Nada de congelar la imagen. Nada de hablar con el espectador (apenas alguna mirada cómplice). Ni siquiera hay burlas sobre los clientes a los que se pretende asesorar. Se podría decir que el humor más gamberro desaparece. Como decía antes, un cambio arriesgado siempre y cuando no haya un plan B que frene la caída. Por fortuna, Carnahan parece tenerlo, y no es otro que profundizar algo más en todos los secundarios, especialmente en el equipo que acompaña al personaje de Cheadle.

En efecto, si durante los primeros episodios el carácter de Marty Kaan, asesor sin escrúpulos donde los haya, queda definido a la perfección, en esta ocasión son sus colaboradores los que toman las riendas de esa definición y dan un paso al frente. No implica esto que Cheadle pase a un segundo plano, pues la historia sigue girando en torno a él y a su evolución moral hasta convertirse en un individuo más “humano”. Pero con algo hay que llenar todos esos huecos que deja la ausencia de explicaciones a cámara y el humor algo bruto que rezumaba la primera temporada. Y nada mejor que utilizar a los personajes ya conocidos (más alguno nuevo que completa el cuadro) y dotarles de una mayor entidad. Sobre todo al interpretado por Josh Lawson (Crave), que se convierte por derecho propio en el mejor secundario de la serie gracias a esa definición a medio camino entre la ingenuidad, la inteligencia y el querer encajar a toda costa entre sus semejantes, y a la espléndida labor del propio Lawson.

Menos humor, más Damon

Del mismo modo, la falta de ese humor ha obligado a House of lies a tomarse más en serio a si misma. A lo largo de estos 12 episodios las diferentes tramas secundarias (y por extensión la principal) han ido cargando de dramatismo el aspecto general de la serie. Apenas queda hueco para el humor, y mucho menos para el humor que impregnó la primera temporada. Los diferentes conflictos morales, románticos, sociales y familiares (en todos los sentidos, pues el equipo de trabajo es una especie de grupo familiar) se tornan mucho más sombríos, más inciertos, obligando no solo a los personajes, sino al espectador, a mirar de otra forma la serie. Evidentemente, siempre quedan rasgos de lo que en su momento fue la serie, sobre todo en lo referente al sexo o a algunos de los surrealistas clientes que consiguen, pero la sensación general es la de estar ante un cambio.

Al comienzo afirmaba que esto no convierte a esta segunda temporada en algo peor que la primera. Simplemente es distinta. Personalmente, la serie pierde algo de su identidad, pero mejora notablemente en su dramatización. Si logra encontrar un término medio podría alcanzar un nivel muy superior a lo visto hasta ahora. Nivel que, por ejemplo, se logra con el episodio en el que el propio Matt Damon participa como artista invitado interpretándose a si mismo o, mejor dicho, mofándose de su carácter de estrella solidaria y comprometida. En el que posiblemente sea el mejor capítulo de la temporada, el actor de El caso Bourne (2002) acapara todos los focos para revelar una faceta pocas veces vista en él: la de una autoparodia salvaje y excéntrica que finaliza con un spot de televisión de lo más surrealista. A lo largo de su metraje la trama logra una combinación perfecta entre el humor de índole sexual y algo zafio y el drama al que se ve sometido el protagonista, esclavo de una engreída estrella a la que debe complacer para que firme con su compañía, la cual tiene intención de dejar.

Quizá la mayor evidencia de la apuesta por el carácter dramático en lugar del cómico es la forma de concluir la temporada, diametralmente opuesta a la de su predecesora. Mientras que en aquella ocasión el triunfalismo ponía el broche de oro a una escalada de tensión en clave cómica, en esta segunda parte la sensación que permanece es la de que el tablero de juego en el que se mueven todos los personajes ha cambiado para siempre, separándoles y enfrentándoles a sus propios demonios, algo que ocurrirá, casi con toda probabilidad, en la tercera temporada que actualmente está emitiéndose en Estados Unidos y que ha comenzado hace poco en España. Dos finales que reflejan con precisión las dos formas distintas de entender la serie.

La verdad es que no podría decantarme por una u otra temporada de House of lies. La verdad es que tampoco se pretende en este rincón cinéfilo y seriéfilo. La serie ha cambiado, de eso no hay duda. De unos inicios más gamberros y arriesgados formalmente hablando se ha pasado a una narrativa más clásica, más reformada. Pero a pesar de todo, el espíritu ha quedado intacto, algo que debería probar la calidad de la producción. Sus diferentes tramas siguen generando interés, puede que más que antes, y sus personajes han ganado en solidez e independencia respecto al protagonista. ¿Era necesario abandonar las señas de identidad para conseguirlo? Puede que no, pero es el camino que se ha tomado. Y lo cierto es que el espectador puede descubrir algunas cosas que no sabía que existían.

La 1ª T de ‘House of Lies’ nos introduce en el mundo de la consultoría


'House of Lies' aborda el mundo de las consultorías con una mirada ácida.Las cadenas de televisión estadounidenses se están especializando cada vez más en productos con ciertos aspectos en común. Por ejemplo, no es difícil encontrar un estilo común en producciones tan dispares como Sexo en Nueva YorkLos SopranoBoardwalk Empire, todas ellas con el sello HBO. En este aspecto, una de las más transgresoras en cuanto a series se refiere es Showtime, responsable de productos como DexterHouse of Lies, de la que hablamos a continuación. La primera nació de una premisa curiosa y compleja que, en mayor o menor medida, tuvo un desarrollo excesivamente tradicional en algunas temporadas. La segunda, creada por Matthew Carnahan (serie Dirt) y cuya primera temporada llega a España unos dos años después de su estreno, tiene ese mismo espíritu transgresor, esta vez en clave cómica y centrada en el mundo de las consultorías.

Una transgresión no solo en su contenido (la moral de sus protagonistas y de su estilo de vida es más que cuestionable), sino en su forma de narrar esta historia sobre un consultor de éxito que ve cómo su carrera se sitúa al borde del precipicio cuando su empresa es absorbida por un banco al que él mismo asesora. Planteada a través de casos aislados, esta primera temporada de 12 capítulos mantiene una cierta coherencia en la lucha por la supervivencia profesional del protagonista y su equipo, así como los conflictos personales con su ex mujer y su particular hijo. Como decimos, lo que más define a la serie es su transgresión formal, que hace partícipe al espectador de la trama a través de miradas e interacciones casi constantes con el protagonista, quien se postula como una especie de guía espiritual en una selva tan despiadada como es el mundo de la asesoría.

Lejos de producir desafección, la apuesta de House of Lies por un estilo directo y ausente de tacto provoca el humor que tanto necesita la serie. Y digo necesita, pues si no sería complicado llegar a empalizar con unos personajes sin escrúpulos para vender y, en cierto modo, engañar a los directivos de las empresas. Si bien es cierto que el hecho de hablar a cámara, detener la imagen o incluso hacer cómplice de la trama al espectador a través de miradas podría impedir conectar de forma clara con la trama, el resultado es el opuesto. Gracias a la forma en que el personaje de Don Cheadle (Iron Man 3) explica su trabajo y la originalidad con la que se abordan esos congelados de imagen (con gráficos pintados sobre la imagen por el propio protagonista incluidos), la serie adquiere un aire burlón, casi irreal, que alivia notablemente el drama de muchas situaciones y provoca otras igualmente cómicas.

De hecho, lo que logra esta creación de Carnahan es que gracias a esta interacción el espectador comprenda de forma simple y directa no solo el trabajo de consultor, sino la compleja personalidad del protagonista. Es gracias a eso que la serie puede permitirse, como de hecho hace, dotar de cierto dramatismo a numerosos momentos del arco dramático de esta primera temporada, olvidando por completo el tono cómico y centrándose por completo en los problemas del personaje de Cheadle. El hecho de que, incluso en esos momentos, interactúe con la cámara dota a todo el conjunto de una cierta complicidad, como si el espectador formase parte de la trama o, al menos, fuese testigo de excepción de la acción en tiempo real.

De los actores y la estructura subrepticia

Desde luego, el aspecto formal es lo más llamativo de House of Lies que, por cierto, sigue en este sentido el camino de House of Cards, aunque llevándolo a un terreno mucho más radical. En cierto modo, ambas se convierten en un manual para profanos en sus respectivos mundos. Sin embargo, no es lo único destacable. La serie cuenta con dos elementos mucho más interesantes: sus actores y la forma de desvelar sus secretos a lo largo de la trama que conforma esta primera temporada. El primero de ellos, como decíamos más arriba, cuenta con Cheadle como principal reclamo. Y lo cierto es que el actor realiza un trabajo realmente admirable, siempre con un registro algo excéntrico y excesivo pero al mismo tiempo capaz de dejar entrever los rincones más oscuros, dramáticos y tristes de un personaje que utiliza su trabajo y el ritmo de vida que le proporciona para escapar de sus propios demonios.

Aunque no es el único. Tanto Kristen Bell (serie Héroes) como Ben Schwartz (Runner Runner) y Josh Lawson (En campaña todo vale) resultan más que convincentes como los colaboradores de Cheadle, sobre todo los dos últimos en su faceta de pareja cómica condenada a compartir penas y alegrías a pesar de sus formas de ser tan dispares. Suyos son algunos de los momentos más irónicos, divertidos y surrealistas de estos 12 capítulos. Aunque el que sorprende, tal vez por su juventud, es Donis Leonard Jr. (Now Here). Su forma de abordar el rol de hijo travestido del protagonista es tan sencilla e inocente como espléndida. Es de suponer que todos ellos mantendrán el mismo nivel en las siguientes temporadas siempre y cuando los personajes no pierdan su forma de ser.

Lo que ya no es tan evidente es que la segunda temporada, que se emitió en Estados Unidos a lo largo del 2013, mantenga esos secretos a los que me refería antes. En efecto, esta primera entrega ha tenido un gran punto a su favor, y ha sido la capacidad para ocultar entre tanta situación cómica, tantas consultorías y tanto sexo y lenguaje subido de tono las verdaderas intenciones de muchos de sus personajes. Es cierto que algunas de ellas se intuyen en mayor o menor medida a lo largo de la serie (algo que podría considerarse un inconveniente), pero en líneas generales capta la esencia del mundo en el que se mueven los personajes, y que no es otro que esa casa de mentiras a la que hace referencia el título. Esta estructura oculta, subrepticia en muchos aspectos, otorga al resto una entidad mucho mayor que, mientras se asiste al espectáculo, no llega a comprenderse en todo su esplendor (evidentemente), pero que una vez contemplado todo el mosaico se revela imprescindible.

No cabe duda de que House of Lies es una de esas series diferentes en todos sus aspectos. Eso no quiere decir, ni mucho menos, que sea una producción capaz de llegar a todos los públicos. Su lenguaje, su sexualidad (implícita y explícita) y una cierta violencia moral en algunos momentos la convierten en una producción no recomendable para todos los gustos. Eso sí, quienes busquen algo fresco, esta es su serie. La primera temporada puede presumir de una originalidad fuera de toda duda y de no caer en sus propias trampas. Gracias al manejo de los tiempos narrativos y dramáticos sus responsables equilibran la balanza de la comedia y el drama para componer un relato que va de menos a más y que termina con el protagonista en una situación mucho más compleja que la inicial. En definitiva, una buena evolución.

Nominados bienintencionados de altos vuelos copan los estrenos


Estrenos 25enero2013Último fin de semana de Oscar. Como si de un intento por presentar a todas las candidatas (al menos a las principales) al mismo tiempo se tratara, hoy viernes, 25 de enero, llegan a la cartelera española los principales pesos pesados de la próxima gala de los premios de Hollywood, todas ellas repletas de nombres propios, candidaturas y avales que certifican el notable interés en torno a ellas. Pero no son las únicas. Hasta 10 títulos llegan este fin de semana, y aunque muchos no compiten en los Oscar, son de sumo interés si se atiende a aquellos que se encuentran delante y detrás de las cámaras.

Por comenzar por alguno, y teniendo en cuenta que es una de las mayores sorpresas, hablaremos de El lado bueno de las cosas, adaptación de la novela de Matthew Quick realizada por David O. Russell (The fighter) en la que un profesor vuelve a casa de sus padres después de haber estado un tiempo en una institución mental con la intención de reordenar su vida y recuperar a su ex mujer. Sin embargo, la presencia de una joven con sus propios problemas trastocará sus planes por completo. La comedia romántica, que ha logrado colarse en las principales categorías de los Oscar y ha cosechado muy buenas críticas allí por donde ha pasado, está protagonizada por Bradley Cooper (El ladrón de palabras), Jennifer Lawrence (Los juegos del hambre), Robert De Niro (Luces rojas), Jacki Weaver (Animal kingdom), Chris Tucker (Hora punta), Shea Whigham (Un lugar donde quedarse) y Julia Stiles (El caso Bourne).

Otro de los pesos pesados es El vuelo, nueva película en imagen real de Robert Zemeckis desde… Náufrago en 2000, es decir, hace 12 años si atendemos al año de producción del film. Protagonizada por Denzel Washington (American gangster), la trama gira en torno a un piloto de aviones comerciales que logra salvar a la mayoría de sus pasajeros tras un aterrizaje forzoso. Convertido en héroe, las sombras se cernirán sobre él a medida que la investigación sobre lo sucedido avance y descubra hechos extraños que rodean al propio piloto. Junto al actor afroamericano se pueden ver en este drama con tintes de intriga rostros como los de Kelly Reilly (Eden Lake), Don Cheadle (Crash), Bruce Greenwood (Super 8), Brian Geraghty (En tierra hostil), Melissa Leo (Red State), John Goodman (Tan fuerte, tan cerca) y Nadine Velazquez (El asesino).

Fantasía y drama son los géneros que se mezclan en Bestias del sur salvaje, la otra gran sorpresa de los premios hollywoodienses. El relato aborda los devastadores efectos del Katrina en la zona del Mississippi a través de los ojos de una pequeña de seis años que debe hacer frente ella sola a la catástrofe dado que su madre la abandonó hace años y su padre, un hombre que apenas se preocupa de ella, cae enfermo. Será entonces cuando el delicado equilibrio de su mundo, en el que conviven animales y personas, se verá alterado irremediablemente. Dirigida por Benh Zeitlin, quien debuta en el largometraje, la cinta está protagonizada por la desconocida Quvenzhané Wallis, a la que acompañan Dwight Henry, Levy Easterly (serie Treme) y Lowell Landes, entre otros.

Con algo de retraso respecto a Estados Unidos nos llega una propuesta curiosa y muy interesante, Coriolanus (2011). Dirigida y protagonizada por Ralph Fiennes (La lista de Schindler), supone una adaptación a la actualidad de la obra homónima de William Shakespeare en la que un general regresa triunfante a su país tras derrotar a los invasores. Sin embargo, sus impopulares políticas le llevan a enfrentarse a sus conciudadanos, que logran mandarle al exilio. Para vengarse, el militar se alía con aquellos a los que había derrotado, poniéndose a las órdenes del que fuera su principal enemigo. La réplica a Fiennes se la da Gerard Butler (300), y junto a ambos encontramos a Brian Cox (En campaña todo vale), Vanessa Redgrave (Anonymous) y Jessica Chastain (La noche más oscura).

Aunque para nombres estelares los de Movie 43, irreverente comedia que cuenta con algunos de los actores con más peso dentro del panorama hollywoodiense. Película coral en su reparto y en sus directores, pues son hasta 12 los realizadores que se encuentran detrás del proyecto, entre los que están Elizabeth Banks (Los juegos del hambre), Peter Farrelly (Algo pasa con Mary) y James Gunn (Super). La película entrelaza diferentes historias, a cada cual más irreverente y surrealista, que pondrán a prueba la credulidad del espectador y su sentido del humor. Aunque los verdaderos protagonistas son los actores: Dennis Quaid (El ladrón de palabras), Greg Kinnear (Pequeña Miss Sunshine), Hugh Jackman (Los miserables), Kate Winslet (Un dios salvaje), Richard Gere (Noches de tormenta), Naomi Watts (Lo imposible), Gerard Butler (RocknRolla), Liev Schreiber (Salt), Uma Thurman (Una mamá en apuros), Kate Bosworth (Life happens), Anna Faris (El dictador), Kieran Culkin (Scott Pilgrim contra el mundo) y Emma Stone (The amazing Spider-man), Kristen Bell (Paso de ti), Justin Long (Salvando las distancias), Jason Sudeikis (Cómo acabar con tu jefe), Christopher Mintz-Plasse (Kick-Ass), Chlöe Grace Moretz (Déjame entrar), Seann William Scott (Vaya par de polis), la propia Elizabeth Banks y Josh Duhamel (Como la vida misma). Y estos son solo algunos de los más importantes.

Menos actores, aunque de reconocido prestigio, son los que protagonizan El cuarteto, primera incursión acreditada del actor Dustin Hoffman (Perros de paja) en el ámbito de la dirección. La historia, que adapta una obra de teatro de Ronald Harwood, centra su atención en una residencia de músicos retirados y en el revuelo que se forma cuando tres viejos amigos se enteran de que el cuarto miembro de su grupo, cuya fama y ego terminó por arruinar su amistad y el matrimonio con uno de los hombres del cuarteto, ingresa en la residencia. Comedia con tintes de drama que protagonizan Maggie Smith (serie Downton Abbey), Tom Courtenay (La brújula dorada), Billy Connolly (El último samurai), Pauline Collins (Albert Nobbs), Michael Gambon (El discurso del rey) y Sheridan Smith (Hysteria).

En cuanto a la producción nacional, solo un título se cuela entre los 10 estrenos. La banda Picasso es lo nuevo de Fernando Colomo (Al sur de Granada), quien ejerce de director y guionista, y cuya trama se inspira en el hecho real del robo de “La Gioconda” en el Museo del Louvre en 1911, del que fueron acusados tanto Pablo Picasso como Guillaume Apollinaire. A partir de esto el director crea toda una conspiración en clave cómica donde se dan cita el crimen internacional, el arte y la investigación policial para detener a todo un grupo de ladrones especializados en museos. Ignacio Mateos (Alatriste), Pierre Bénézit (Tímidos anónimos), Lionel Abelanski (El tren de la vida), Raphaëlle Agogué (La redada), Jordi Vilches (Guerreros) y Louise Monot (El pastel de boda) son sus principales protagonistas.

A nivel europeo nos llegan varias propuestas. En primer lugar, la producción italiana de 2011 Il villaggio di cartone, escrita y dirigida por Ermanno Olmi (Cien clavos). Toda la historia sigue a un viejo párroco que vive con impotencia la cada vez mayor falta de fe de su comunidad, lo que le obliga a cerrar las puertas de su parroquia. Sin embargo, la llegada de un grupo de inmigrantes clandestinos del norte de África le devolverá la fe, aunque enfocada en esta ocasión a la acción solidaria, y no a la palabra. Este drama de corte religioso está protagonizado por Michael Lonsdale (De dioses y hombres), Rutger Hauer (El molino y la cruz), Massimo De Francovich (El manuscrito del príncipe) y Alessandro Haber (Vola vola).

Junto a esta, El cazador, coproducción entre Irán y Alemania del 2010 en la que el absoluto protagonista es Rafi Pitts (Sanam), que ejerce funciones de director, guionista y actor protagonista. La historia es una búsqueda desesperada de un hombre recién salido de la cárcel cuya mujer es asesinada en medio de un tiroteo y cuya hija ha desaparecido. A pesar de haber intentado alejarse de aquello que le llevó a prisión no tendrá más remedio que volver a una senda peligrosa. Junto a Pitts se puede ver en pantalla a Mitra Hajjar (Bazande), Malek Jahan Khazai (Broken bridges) y Naser Madahi (It’s winter), entre otros.

Por último, y en el campo del documental, se presenta Proyecto Nim, realizado por James Marsh (Man on wire) y en el que se cuenta el experimento realizado en los años 70 para tratar de convertir a un chimpancé en humano, integrándolo en la sociedad desde muy pequeño.

Diccineario

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