‘Banshee’ usa su 2ª temporada para modificar sus bases dramáticas


'Banshee' gana en intriga pero pierde algo de violencia.Uno de los retos más complicados a los que se enfrenta un guionista es abandonar ideas y personajes a los que se dedica esfuerzo y tiempo. Y es esta capacidad de evolución y adaptación uno de los elementos que caracterizan a los mejores guionistas y, sobre todo, a las mejores producciones. Dentro de ellas, incluso la forma de afrontar dicho cambio puede marcar una notable diferencia. Teniendo todo esto en cuenta, Jonathan Tropper y David Schickler, creadores de la serie Banshee con el beneplácito de Alan Ball (serie True Blood), podrían estar entre los más notables a raíz de lo ocurrido durante la segunda temporada de la producción. A primera vista puede parecer que estos nuevos 10 episodios poseen menos intensidad que sus predecesores, un auténtico festival de violencia y adrenalina, pero nada más lejos de la realidad.

De hecho, en cierto modo esta nueva temporada supone un importante punto de inflexión en la concepción general de la serie. Si la idea original arrancaba con una búsqueda, unos diamantes y una venganza, los preceptos cambian hasta el punto de dejar la acción encarrilada hacia un futuro bastante distinto. A lo largo de los capítulos el espectador asiste a la evolución de la mayor parte de los personajes, y con ellos a una evolución dramática que, aunque algo alejada de la violencia sin control que caracterizó a su predecesora, es mucho más profunda y significativa. Al mismo tiempo, la temporada sirve para que la historia mantenga, más o menos, los cauces narrativos y visuales con los que empezó, estableciendo así un ancla que mantiene la coherencia entre el pasado y el futuro del show.

Puede parecer un contrasentido pensar en una evolución para que todo siga igual, pero en esta idea reside la genialidad de Banshee. Su aspecto exterior, con sus intrigas y sus secuencias de acción, con sus traiciones y sus recelos, se mantiene inmutable. Sin embargo, las relaciones y los personajes que sostienen la trama cambian lo suficiente como para que sean consideradas diferentes en un futuro. La prueba más evidente es el propio protagonista, al que da vida Antony Starr (El refugio de mi padre) y que encarna la imagen típica de héroe de ficción. El rol comienza siendo un personaje individualista cuyo único objetivo es conseguir lo que busca para poder escapar del pueblo. A lo largo de esta nueva tanda de episodios sus facetas se multiplican hasta el punto de convertirlo en un hombre que trata de hacer lo que cree correcto, aunque para ello deba enemistarse definitivamente con el villano de la función, un estupendo Ulrich Thomsen (Silencio de hielo) que está llamado a convertirse en el alma de la serie.

Aunque no es el único. Todos los personajes, en mayor o menor medida, sufren su calvario particular, algunos para descubrirse ante la humildad de su propia naturaleza, otros para renacer como amenazas potenciales. Entre estas últimas, como parecía lógico, se encuentra el rol de Lili Simmons (Fat kid rules the world), quien parece seguir los pasos de Thomsen, su tío en la ficción. Se puede considerar, por tanto, que esta segunda temporada ha servido a la trama para evolucionar, para introducir nuevos personajes y terminar con otros que estaban acabados o en vías de extinción, caso de Ben Cross (Carros de fuego), quien más que un villano duradero se antojaba más el detonante de toda la acción. Su desaparición definitiva no solo elimina un villano que poco podía aportar, sino que deja el camino libre para explotar al máximo las figuras antagonistas que moran en el pueblo que da nombre a la serie.

Las futuras consecuencias del pasado

De algún modo, lo que muchas series llevan a cabo en su tercera o cuarta temporada, Banshee lo ha hecho en la segunda, lo cual no hace sino acentuar la valentía de la propuesta, que desde el episodio piloto se ha mostrado dura, agresiva y no apta para sensibilidades conservadoras. Pero como decía al comienzo, esta segunda temporada ha sabido mantener buena parte de su espíritu gracias a recursos que la han definido desde el principio, sobre todo visuales. Las luchas (algo más suaves pero igualmente espléndidas), los robos imposibles o la sexualidad explícita son algunos de dichos elementos. Con todo, hay que destacar que otro de los elementos que sirven de anclaje es la capacidad de la trama para narrar el pasado de los personajes y su influencia en el futuro más inmediato.

Si durante la primera temporada dicho pasado se centró casi en exclusiva en los recuerdos del protagonista y su paso por la cárcel (la lucha con el albino todavía colea incluso en esta temporada), ahora el abanico se abre para ofrecer un paisaje mucho más rico en matices e información. De este modo, y aunque muchos personajes tratan de definirse como defensores de la ley, Tropper y Schickler les humanizan hasta el punto de convertirles, en mayor o menor medida, en coetáneos del protagonista. Puede que no resuelvan todo a puñetazo limpio, pero son capaces de empatizar con este tipo de actuación, lo cual no hace sino enriquecer la trama al volverla más compleja. Pienso sobre todo en el rol interpretado por Matthew Rauch (Sin reservas), el misterioso guardaespaldas con pajarita. Más allá de que el personaje es ya de por sí espléndido, los detalles de su pasado no hacen sino acrecentar el interés, prometiendo un futuro brillante que, esperemos, sea aprovechado.

Claro que todo este pasado modifica sustancialmente el futuro. Puede que no de forma inmediata, pero desde luego sí establece unas nuevas reglas de juego. Que unos personajes tengan deudas con otros o que una joven descubra quién es su verdadero padre son solo algunos de los pilares que se han derribado en esta segunda temporada. Lo más relevante, sin embargo, espera al espectador en el último episodio. Si la conclusión de la etapa anterior fue un espectáculo pirotécnico de disparos, peleas y heridas de diverso calibre, esta temporada concluye de una forma algo menos sonora pero igualmente impactante. La muerte de personajes secundarios que podrían considerarse relevantes abre el camino a un futuro de venganza y violencia muy del gusto de la producción, pero es que el hecho de que el personaje de Thomsen prometa, directa e indirectamente, una guerra abierta en las calles del pueblo es… bueno, es el pilar fundamental sobre el que se sustenta la ficción.

Por tanto, y aunque pueda parecer que Banshee pierde algo de músculo en esta segunda temporada, lo cierto es que es una etapa de transición. Y menuda transición. Tal vez la violencia física sea menor. Puede que algunos echen en falta ver al protagonista con heridas y vendas en todos los capítulos. Pero no cabe duda de que el interés de la trama mejora ostensiblemente gracias a que los personajes evolucionan extremadamente bien. Algunos ni siquiera parece que cambien, lo cual refrenda la idea de sutileza disfrazada de bofetada. Se confirma así que estamos ante una de las series más transgresoras de la televisión, con una visión adulta y moderna del salvaje oeste y de la ciudad sin ley. Las promesas de guerra, venganza y traición para su tercera temporada son todo lo que se necesita para aguantar hasta el año que viene.

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‘2 guns’: dinero, traición, disparos… y Peckinpah


Denzel Washington y Mark Wahlberg en un momento de '2 guns', de Baltasar Kormákur.Hay que reconocerle a Baltasar Kormákur la agilidad para rodar secuencias de acción. Su más reciente película, ese homenaje a las buddy movies y el western de Sam Peckinpah (sobre todo a Grupo Salvaje) protagonizado por Denzel Washington (American Gangster) y Mark Wahlberg (Tres reyes), demuestra una visión directa y sencilla, sin grandes excesos visuales y unos cuantos hallazgos interesantes. El problema es que, por muy distraída que sea en sus momentos de acción y por muy buena química que tengan sus protagonistas, 2 guns no tiene ni el ritmo ni el interés que cabría esperar de una cinta de estas características.

Cierto es que el principal atractivo es ver y escuchar a los protagonistas, sus contradicciones y su forma de “salvarse el culo” el uno al otro. Pero por desgracia no es suficiente. El guión de Blake Masters, especialista en series que debuta en el largometraje, es simple y llanamente una sucesión de episodios, convirtiendo el formato de largo en una pseudo temporada de cualquier producción televisiva de policías. La consecuencia de esto es que la trama posee numerosos altibajos, repitiendo informaciones y diálogos que hacen avanzar muy poco la acción. Lo más claro en este sentido es la forma de abordar las presentaciones de cada protagonista. Desde que el espectador descubre la identidad de cada uno hasta que ellos se presentan formalmente pasa todo un mundo en la gran pantalla, una especie de capítulo si hablásemos de la televisión.

Con esta premisa, ni la visión de Kormátur ni la labor de los actores, todos ellos a muy buen nivel, consiguen evitar que echemos alguna que otra mirada al reloj ante un desarrollo perezoso de los conceptos dramáticos que enriquecen la trama, que por cierto son más que interesantes. A esto contribuye también que todos los secundarios terminen siendo corruptos, en una especie de carrera por hacerse con varias decenas de millones de euros provenientes de la extorsión a los cárteles de la droga mexicana.

En realidad, la trama de 2 guns debería importar más bien poco. Un film de este tipo, pensado para el verano y el entretenimiento puro y duro, utiliza el argumento como excusa para un festival de persecuciones, tiroteos y diálogos divertidos. Esta película, empero, coge dicha base argumental y la retuerce y estira hasta límites innecesarios, obligando a rellenar los huecos con diálogos y, consecuentemente, ralentizando mucho el devenir de los protagonistas y complicando innecesariamente algunas líneas argumentales secundarias que podrían haberse resuelto en menos tiempo.

Nota: 6/10

‘Jungla de cristal’, un antihéroe en el momento y lugar equivocados


La década de los años 80 del siglo XX supuso, para el cine y para la sociedad en general, un cambio de actitud y de mentalidad imprescindible para comprender el devenir de ambos durante las décadas siguientes. En el campo audiovisual, las producciones de acción y de ciencia ficción tendían a contar historias relativamente sencillas con protagonistas icónicos y estereotipados cuyas debilidades se podían contar con los dedos de una mano. Esto se traducía en un entretenimiento puro donde el espectador, aun sabiendo que el bueno de la historia solventaría la papeleta sin demasiadas dificultades, se dejaba arrastrar por el torbellino de tiros, mamporros y persecuciones. Es en este ámbito donde hay que situar el nacimiento de John McClane, protagonista de Jungla de cristal (1988) que el próximo año vuelve a las pantallas en su quinta aventura titulada en inglés A Good Day to Die Hard, y cuya primera imagen puede verse por cortesía de Entertainment Weekly.

Sin embargo, ya desde aquella primera película que en 2013 cumplirá 25 años quedó patente que nada era tan convencional. Sí, el héroe saldría victorioso; y por supuesto, la acción estaba asegurada. Pero había algo más. Existía ya en el propio guión un humor que rompía algo con los cánones establecidos por otros héroes de acción puros (no confundir con héroes de aventuras como Indiana Jones). Dicho humor proviene fundamentalmente del personaje protagonista y de la situación que le toca vivir. Como ya se anunció durante su estreno, es un hombre en el lugar equivocado y en el momento inoportuno, algo que ha definido a toda la saga. Esta premisa da pié a una serie de secuencias casi surrealistas, como la que se ilustra en la imagen (el personaje se pasa buena parte del film descalzo).

Pero todo esto no habría tenido mucho futuro si la elección del reparto no hubiera sido acorde al estilo de la cinta de John McTiernan (Depredador). Como ya hemos dicho, el film se mueve en este ámbito entre el estereotipo argumental y la ruptura del mismo. De hecho, la historia en líneas generales no podría ser más clásica: un grupo terrorista alemán toma una serie de rehenes en un edificio de Los Ángeles sin saber que uno de ellos es la mujer de un oficial de la policía neoyorquina que, por avatares del destino, también se encuentra dentro del edificio, y que intentará de solventar la situación por todos los medios.

Muy pocos consideraron a finales de los 80 que Bruce Willis fuese a ser un buen actor del cine de acción. Con pequeños papeles en series de televisión y películas, su mayor fama había llegado con dos producciones de corte cómico, Cita a ciegas (1987) y la serie Luz de luna. En aquel momento fue una apuesta arriesgada; visto con la perspectiva de los años, ningún otro actor habría dado el perfil para el personaje. Y es que el aspecto algo chulesco de Willis y su naturalidad para hacer aceptables algunas situaciones algo imposibles tanto de acción como románticas o cómicas no solo se ajustan como un guante a la definición de McClane sobre el papel, sino que engrandecen su figura hasta hacerla imprescindible.

El antihéroe ha llegado

Todos estos factores convierten al protagonista de la saga en un antihéroe de manual, un hombre cuya profesión, aunque peligrosa, no anima a ser un héroe o a meterse en situaciones peligrosas de forma irracional. Al comienzo mencionábamos que uno de los puntos claves de todos los films es que siempre está en el momento y lugar equivocados. En efecto, el protagonista nunca busca la acción, sino más bien al contrario, lo que le convierte en un héroe a su pesar. Este enfrentamiento inesperado entre situación e individuo hace que todo detalle insignificante se convierta en un factor determinante en el devenir de la trama.

La primera película tiene varios momentos como estos: la falta de calzado y los consecuentes cortes al andar sobre cristales, la ausencia de armas propias, el desconocimiento del entorno o de la amenaza real, … Todo esto, sumado a una puesta en escena realmente potente y atractiva por parte de McTiernan, uno de los maestros del género, convierte a Jungla de cristal en un título adelantado a su tiempo, en un punto y aparte dentro del concepto de cine de acción y, sobre todo, introdujo un nuevo estilo de héroe  menos perfecto pero mucho más humano, más cercano a un espectador que se emociona, se estremece y se preocupa casi al mismo tiempo que el protagonista.

Diccineario

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