1ª T. de ‘American Gods’, el viaje del héroe en la guerra de los dioses


Puede que para muchos el nombre de Neil Gaiman no tenga especial interés, pero el autor británico no solo es uno de los creadores de fantasía más interesantes de las últimas décadas, sino que su interpretación de los mitos y los dioses clásicos invita a una reflexión sobre el mundo, el ser humano y la sociedad que muy pocos escritores consiguen. Y eso es precisamente lo que se esconde tras la primera temporada de American Gods, adaptación en formato de serie de una de sus novelas más conocidas. Recién estrenada la segunda etapa, es obligado revisar algunos de los pilares narrativos de los primeros ocho episodios de la ficción creada por Bryan Fuller (serie Hannibal) y Michael Green (guionista de Blade Runner 2049).

Para aquellos que no conozcan su argumento, la historia arranca cuando un hombre sale de prisión. Ese mismo día se entera que su novia y su mejor amigo han muerto en un accidente de tráfico que apunta a que estaban teniendo una aventura. El expresidiario conoce además a un misterioso hombre que responde al nombre de Sr. Miércoles, quien le contrata para iniciar un viaje que le llevará a ser protagonista en una guerra en la que los antiguos y los nuevos dioses y mitos luchan por el favor y el control de los hombres. Visto así la serie podría entenderse como una propuesta de ciencia ficción al estilo más clásico, pero nada más lejos de la realidad. De hecho, Fuller y Green realizan un planteamiento completamente diferente, optando más por el drama y la intriga y, sobre todo, por un desarrollo de personajes muy arriesgado en los tiempos que corren.

Porque al igual que los antiguos dioses de American Gods, esta primera temporada recurre a algo que ya no suele verse, y es dedicar toda una temporada, episodio tras episodio, a desarrollar los orígenes, motivaciones y posicionamiento de cada uno de los personajes secundarios que aparecen en la historia. De este modo, esta etapa se convierte más en un escaparate de seres míticos, de dioses en la tierra que pasan desapercibidos entre nosotros pero a los que se les rinde, o se les ha rendido alguna vez, culto de un modo u otro. Y es algo completamente gratificante. Como ocurre con los nuevos dioses (los nuevos media, los media, la tecnología, …), el actual ritmo de la sociedad parece impedir una cierta pausa y reflexión, y que una serie de estas características sea capaz de desafiar esto para presentar algo más pausado y tradicional es, a la vez que admirable, una suerte de vínculo metalingüístico entre realidad y ficción que hace aún más compleja la serie.

Para muchos tal vez esta estructura narrativa de esta primera etapa sea algo negativo para la propia ficción, y hasta cierto punto es cierto, pues centrar la atención en los personajes secundarios muchas veces distrae del objetivo principal, e incluso impide un seguimiento natural de la trama. Sin embargo, enriquece notablemente el universo en el que se desarrolla la acción, y teniendo en cuenta la complejidad que se antoja va a tener el argumento, resulta gratificante poder conocer las motivaciones y la posición de cada uno de los roles. Esto permite, además, una reinterpretación de muchos seres mitológicos y divinos de diferentes culturas y épocas de la civilización, una seña de identidad de Gaiman que los creadores de esta ficción televisiva logran captar a la perfección.

Composición de las tramas

Todo ello genera, por otro lado, algo muy interesante para cualquier profesional y aficionado a las complejas historias, y es la construcción de un “árbol” de tramas en el que cada arco argumental secundario es una rama que se une al resto en un tronco central que no es otro que la guerra que se avecina. Vista así, esta primera temporada de American Gods se convierte en un interesante compendio de detalles y líneas dramáticas que se entrelazan, se nutren y modifican unas a otras, y sobre todo se hacen crecer entre ellas. El viaje de los dos protagonistas permite al espectador asomarse a una visión de las creencias religiosas antiguas (y modernas, aunque en menor medida) tan particular como acertada, pero ante todo le permite descubrir los vínculos de esas antiguas deidades, de su devenir durante siglos en una tierra en la que la fe parece haber desaparecido. A través del Sr. Miércoles, rol magistralmente interpretado por Ian McShane (John Wick: Pacto de sangre), se va desenmarañando una intrincada madeja de viejos rencores, de encuentros pasados y de traiciones presentes.

Aunque la parte dramática no sería nada sin un apartado visual espléndido que no solo saca el máximo provecho a la historia en sí, sino que capta la esencia estética de la obra de Gaiman. A medio camino entre la belleza y la visceralidad, la complejidad dramática de los personajes se nutre con una puesta en escena única que oscila entre la road movie y el viaje del héroe para encontrar su sentido en el mundo. Asimismo, la serie aprovecha para presentar los ambientes en los que se mueven los secundarios, cada uno de ellos definiéndoles de una forma muy precisa que contribuye, además, a esa reinterpretación de los mitos que realiza Gaiman. Todo ello, fondo y forma, crea una obra diferente, no apta para todos los públicos y capaz de poner a prueba la paciencia de muchos espectadores. Pero no hay atajos para poder afrontar la complejidad de una historia de estas características, y al igual que ocurre con otras series de dimensiones tan grandes, la paciencia al final tiene su recompensa.

Esta primera temporada nos deja, por tanto, el viaje iniciativo de un héroe que se adentra en un mundo de dioses, mitos y seres mágicos. Un mundo que convive con el nuestro a plena vista y que, sin embargo, el común de los mortales es incapaz de ver. Bajo este prisma, esta ficción se convierte en una versión moderna de clásicas historias, lo que aporta al conjunto un sentido mucho mayor, engrandeciendo su propia esencia y trascendiendo sus propias limitaciones televisivas para revelarse como una historia atemporal, única y brillante. Serían necesarias muchas entradas en este rincón de Internet para analizar todos y cada uno de los matices que representan a los dioses, así como cada interpretación que de sus mitos se realiza. Baste decir que, por ejemplo, los personajes de Anubis e Ibis son sencillamente perfectos, cada uno convertido en una versión moderna de su función en el Antiguo Egipto, balanza del juicio de Osiris incluida.

Lo que representa este comienzo de American Gods es el punto de partida de un complejo juego en el que los intereses y los conflictos se contraponen unos con otros. La belleza formal de su propuesta, la profundidad de sus personajes y de sus arcos dramáticos, y el toque de humor característico de Gaiman (la escena con todos los Jesús provocados por las ramificaciones de la religión católica es tan hilarante como cierta) componen ocho episodios no solo recomendables, sino sumamente interesantes para todo aquel aficionado a la historia, a los mitos clásicos y, sobre todo, al contraste que generan con una sociedad de consumo como la actual. Fuller y Green componen una sinfonía en la que cada paso del viaje, cada dios o ser mitológico que aparece, queda representado por una nota característica que enriquece el conjunto hasta dotarlo de una vida única, propia y diferente a lo visto habitualmente en televisión.

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Los hermanos Coen saludan a ‘Masacre’ con ‘¡Ave, César!’


Estrenos 19febrero2016Poco a poco los títulos con nominaciones a los Oscar están dejando paso a películas más “comerciales”, más enfocadas a distraer durante un par de horas que a estremecer con sus historias. Pero en esa transición la cartelera española todavía recibirá cintas que son, cuanto menos, diferentes. Y hoy viernes, 19 de febrero, va a ser uno de esos días. Comedias ácidas, cintas de acción, animación sorprendente y hasta relatos de época se dan cita en la amplia variedad de novedades que llegan.

Entre ellas destaca, sin duda, ¡Ave, César!, nueva comedia escrita y dirigida por los hermanos Coen (A propósito de Llewyn Davis) que recupera el espíritu más irónico, ácido y crítico de los directores. Ambientada en el Hollywood de los años 50, la trama se centra en las peripecias de un “arreglaproblemas” de uno de los estudios, que entre otras cosas deberá enfrentarse al secuestro de una de las estrellas. Y como suele ser habitual en estos hermanos, el reparto está plagado de grandes nombres, entre los que destacan George Clooney (Tomorrowland: El mundo del mañana), Scarlett Johansson (Vengadores: La era de Ultrón), Channing Tatum (Los odiosos ocho), Ralph Fiennes (Spectre), Jonah Hill (El lobo de Wall Street), Josh Brolin (Everest), Tilda Swinton (Y de repente tú), Alden Ehrenreich (Blue Jasmine), Frances McDormand (serie Olive Kitteridge), Alison Pill (serie The Newsroom) y Christopher Lambert (Electric slide).

Para los amantes de la acción y los superhéroes se estrena Masacre, traslación a la gran pantalla del conocido antihéroe de Marvel que supone el debut en el largometraje de Tim Miller y que narra los orígenes de Wade Wilson, un soldado de las fuerzas especiales convertido en mercenario que se somete a un experimento para luchar contra su enfermedad. Dicho experimento le otorga una curación acelerada y una serie de habilidades únicas, lo que le llevará a convertirse en Masacre y perseguir al hombre que ha acabado con su vida. Violencia y humor negro son las características de este personaje interpretado por Ryan Reynolds (Eternal), al que acompañan Morena Baccarin (serie Gotham), Gina Carano (Indomable), T.J. Miller (serie Silicon Valley), Style Dayne (Lecciones de amor) y Ed Skrein (Transporter Legacy).

Muy distinta es Anomalisa, propuesta de animación que sigue la banal existencia de un hombre deprimido y atormentado a pesar de tenerlo aparentemente todo. Marido, padre y autor de un libro de autoayuda superventas, su vida dará un vuelco durante un viaje de negocios en el que conocerá a una tímida comercial, en la que podría encontrar al amor de su vida. Charlie Kaufman (Cómo ser John Malkovich) es el autor de esta original película dirigida por él mismo en colaboración con Duke Johnson, y que tiene un reparto de voces integrado únicamente por David Thewlis (Macbeth), Jennifer Jason Leigh (Amores asesinos) y Tom Noonan (serie Daños y perjuicios).

El último de los estrenos norteamericanos, con colaboración canadiense en este caso, es Robots: La invasión, cinta de ciencia ficción y acción de 2014 que narra la invasión extraterrestre de una raza de robots que logran confinar a los humanos en sus casas mediante la implantación de unos chips. Si salen corren el riesgo de morir calcinados a manos de unas máquinas de matar tremendamente eficaces. La única esperanza parece estar en un grupo de jóvenes y en un plan para acabar con la nave nodriza que domina el cielo. Dirigida por Jon Wright (Tormented), la cinta está protagonizada por Gillian Anderson (serie La caza), Ben Kingsley (Aprendiendo a conducir), Callan McAuliffe (Soy el número cuatro), Milo Parker (Mr. Holmes) y Ella Hunt (Intruders).

Entre los estrenos europeos destacan las novedades españolas. Por un lado, La corona partida aborda las intrigas por la corona de Castilla entre Fernando V y Felipe el Hermoso, padre y marido respectivamente de Juana, legítima heredera al trono. Jordi Frades, director de la serie Isabel, es el responsable de poner en imágenes esta historia protagonizada por Rodolfo Sancho (Las nornas), Irene Escolar (Un otoño sin Berlín), Raúl Mérida (Reverso), Eusebio Poncela (La herencia Valdemar), José Coronado (Fuego) y Fernando Guillén Cuervo (Sangre de mayo).

Por otro, El mal que hacen los hombres narra, a modo de thriller, el mundo del narcotráfico y la violencia que conlleva. La historia se centra en un sicario y un médico anglosajón que esperan órdenes acerca de la joven hija de un narcotraficante que tienen secuestrada. La situación cambiará cuando un cuarto personaje entre en escena. Dirigida por Ramon Térmens (Negro Buenos Aires), la película está protagonizada por Daniel Faraldo (La hora de las sombras), Andrew Tarbet (Exodus: Dioses y reyes), Sergio Peris-Mencheta (Hablar), Priscilla Delgado (Los muertos no se tocan, nene) y Nikol Kollars (Sing for Darfur).

Desde Polonia llega Dioses, drama biográfico de 2014 dirigido por Lukasz Palkowski (Rezerwat) que aborda la vida de Zbigniew Religa, un cirujano del país que, en los años 80, luchó contra los cánones establecidos y los reparos sociales para llevar a cabo el primer trasplante de corazón con éxito. Tomasz Kot (Fotograf), Piotr Glowacki (Heavy mental), Magdalena Czerwinska (Kret), Rafal Zawierucha (Jack Strong) y Marian Zembala conforman el reparto principal.

Colombia, Argentina y Venezuela están detrás de El abrazo de la serpiente, aventura dramática que adapta el diario de Theodor Koch-Grunberg para narrar la relación que se establece entre un chamán de una tribu amazónica que ha decidido vivir aislado en la selva y un etnobotánico estadounidense, y que les llevará a cambiar su forma de ver el mundo. Ciro Guerra (Los viajes del viento) es el encargado de dirigir este film protagonizado por Jan Bijvoet (Borgman), Antonio Bolivar, Brionne Davis (Savaged) y Nibio Torres.

También sudamericana, en este caso de Brasil, es la cinta de animación El niño y el mundo, realizada por Alê Abreu (Garoto cósmico) en 2013. Su trama aborda la imagen del mundo que tiene un niño, tanto de los problemas como de la propia forma de las cosas. Así, la animación es tan sencilla y dinámica como la de un niño, combinando colores y una banda sonora que no siempre se ajusta a la visión de los adultos.

2ª T. de ‘Penny Dreadful’, un complemento con vida propia


Una nueva amenaza hará peligrar al grupo de 'Penny Dreadful' en la segunda temporada.La segunda temporada de Penny Dreadful debe verse como un complemento a la historia de la primera. Podría achacar esta idea al hecho de que he visto las dos tandas de episodios de forma consecutiva, sin apenas dejar reflexión entre ellas, pero lo cierto es que un rápido vistazo a otras series de formato similar (trama por temporada, me refiero) me confirma que es algo relativamente habitual. Y de hecho, conveniente. Porque a pesar de la calidad y la originalidad de la premisa inicial de esta ficción creada por John Logan (Spectre), lo cierto es que muchas cosas se quedaron en el tintero, sobre todo lo relacionado al personaje principal de Eva Green (300: El origen de un imperio). Así que, ¿qué mejor forma de ahondar en su pasado que con una nueva y complicada trama?

Porque este es, en realidad, el gran acierto de estos nuevos 10 episodios. Al igual que en su primera temporada, la serie aprovecha todas y cada una de las facetas de sus principales personajes para integrarlos en una historia que, aunque centrada en la misteriosa Vanessa Ives, va mucho más allá de todos ellos. Tomando como punto de partida la brujería, el creador de la serie construye un entramado de intrigas, de misterios y de sangre que redefine las relaciones humanas planteadas en sus anteriores episodios y desdibuja muchas de las bases que había asentado en la presentación de los protagonistas. Baste decir, por ejemplo, que el Dorian Gray interpretado por Reeve Carney (The tempest) muestra finalmente su retrato, con todo lo que eso conlleva y pervirtiendo la imagen de galán sin complejos que tenía hasta la fecha.

En este sentido, la historia de Ives es el detonante de todo un proceso cuyo final, que abordaremos más adelante, es diametralmente opuesto al modo en que se había desarrollado hasta entonces la dinámica de Penny Dreadful. Gracias a la historia del personaje de Green el espectador se adentra no solo en el mundo de la brujería, como evidentemente ocurre, sino en un mundo de sombras y luces en el que el bien y el mal quedan totalmente difuminados, en el que los héroes cometen errores (aunque sea por influencias malignas), los monstruos se vuelven más humanos que los hombres y los malditos se ven obligados a vivir con la culpa de sus pecados.

Todo ello, por supuesto, con la elegancia y la espléndida puesta en escena de la que hace gala la serie, y volviendo a tomar como referencia la literatura más clásica, ya sea en forma de personaje o en forma de mitología. Y aunque la influencia literaria puede ser menor a primera vista, la mayor parte de los detalles siguen desprendiendo ese aroma al terror que se esconde en las páginas de novelas como ‘Drácula’, de Bram Stoker, ‘Frankenstein’, de Mary Shelley, o ‘El retrato de Dorian Gray’, de Oscar Wilde. Situaciones como la vivida por la criatura de Frankenstein dan buena muestra de que, aunque no de forma explícita, el valor de la literatura sigue siendo un pilar fundamental del desarrollo dramático de la serie, que fusiona mitos e historias con el respeto que merecen.

Nuevos viejos personajes

Aunque a diferencia de la primera temporada, Penny Dreadful incorpora en su segunda etapa el componente religioso de una forma mucho más evidente. Habrá quienes no terminen de ver con buenos ojos que la religión se inmiscuya en los asuntos de la literatura fantástica, pero hasta cierto punto no solo son dos fenómenos íntimamente ligados, sino que la labor de Logan como creador de la serie ha permitido a la misma superar posibles barreras conceptuales para componer un puzzle interesante que utiliza el concepto de bien y mal de los textos sagrados para crear algo mucho mayor y complejo, en el que magia, creencia y realidad parecen convivir con naturalidad en el paisaje del Londres victoriano.

Pero más allá de actores, más allá de escenografía o de efectos visuales, lo realmente interesante de esta segunda temporada es el desarrollo dramático de sus personajes. El modo en que todos ellos evolucionan para explorar nuevas caras de su personalidad y para dejar entrever que son más de lo que aparentan es brillante. Y aunque de esto tiene buena culpa la trama principal protagonizada por Green, las diversas historias secundarias que se combinan para sostener esa gran línea argumental también son capaces de aportar matices sumamente interesantes. Tanto es así que la entidad de todas ellas hace que la atención del espectador se desvíe constantemente de un personaje a otro, obligándole a tener presente en todo momento la posición de cada uno de los personajes en la trama.

Dicho de otro modo, la serie no se deja llevar por la facilidad de su desarrollo y se esfuerza en todo momento por lograr que sus personajes, secundarios o no, sean lo suficientemente interesantes como para resultar atractivos. Y eso provoca, no por casualidad, que el final de la temporada sea completamente abierto. Sí, cierra las tramas iniciadas en el primer episodio, pero lo hace de tal modo que cada personaje termina, literalmente, por su lado, en un viaje físico y mental que les lleva a todos los rincones del mundo. Esta conclusión, con todo, plantea nuevos interrogantes, nuevos caminos narrativos a explorar que permiten a la serie abordar, al menos, una temporada más con la seguridad de tener material suficiente para desarrollar una lógica dramática acorde al tono de la ficción.

Así, la segunda temporada de Penny Dreadful se convierte en un mosaico de personajes e historias que logran su final de forma independiente, pero que al mismo tiempo ayudan a comprender muchas de las premisas planteadas en la primera etapa. Se cierra de este modo un círculo dramático que, sin embargo, abre un futuro nuevo e interesante, con unos personajes cambiados por el peso de la responsabilidad de sus actos. Es, en definitiva, lo que toda continuación debe, o debería, ser: un complemento de lo narrado en la primera parte pero con entidad propia suficiente para poder contar una historia sin depender de nadie.

‘Vikingos’ ahonda en los conflictos personales de la religión en la 3ª T


Travis Fimmel vuelve a ser Ragnar Lothbrok en la tercera temporada de 'Vikingos'.Los que hayan visto Los Tudor o películas como Elizabeth (1998) sabrán que si algo define a Michael Hirst, guionista de ambas producciones, es su capacidad para integrar con criterio la Historia y la ficción, creando para ello personajes tan carismáticos como inolvidables. La segunda temporada de Vikingos fue, en pocas palabras, brillante. La inteligencia desplegada por el protagonista, Ragnar Lothbrok (un genial Travis Fimmel, visto en El experimento), le llevaba a convertirse en rey, a establecer relaciones con un rey de Inglaterra y a recuperar el dominio sobre su rebelde hermano. Pero la tercera etapa, de nuevo formada por 10 episodios, es un recital narrativo de cómo desarrollar los personajes, de cómo ahondar en los conflictos culturales, personales y religiosos que caracterizan a la serie. Todo ello sin perder ni un ápice de interés o espectacularidad.

De esto puede desprenderse que esta nueva temporada no ofrece ninguna evolución clara de sus personajes, y hasta cierto punto así es. Sin embargo, los conflictos sembrados en los capítulos precedentes tenían tal magnitud que han permitido al arco dramático avanzar lo suficiente como para mostrar las últimas consecuencias de todas las decisiones, de todas las confrontaciones y de todas las maquinaciones. Desde luego, el aspecto más interesante vuelve a ser el de la religión y los conflictos entre los nórdicos y su panteón formado por Odín, Thor y los demás dioses de Asgard y el Dios de los cristianos. No por casualidad, el tema tiene tanto calado que permite a Hirst desarrollar dos grandes vías de estudio.

Por un lado, la violenta, aquella que lleva a los pueblos y a los hombres a enfrentarse entre ellos por algo que ni siquiera han visto. Personificada en el personaje de Gustaf Skarsgård (Happy End), posiblemente el rol que más evoluciona en toda la temporada, la lucha entre los dioses a través de los hombres deja algunos de los momentos más interesantes, incluyendo el asedio a París que, dicho sea de paso, tiene poco que envidiarle a los asaltos de cualquier superproducción de Hollywood. Es cierto que el acontecimiento histórico tiene un claro componente material, pero las constantes referencias a los dioses lo convierten más bien en una lucha de creencias en la que, como suele ser habitual, vence el ingenio más que las plegarias.

Y esta es precisamente la otra gran interpretación. De nuevo es el personaje de Fimmel el que toma las riendas de un relato que, sin ningún género de dudas, recae por completo sobre sus hombros. La forma de interpretarlo y la fuerza que tiene el propio personaje lo convierten en imprescindible, hasta el punto de que sin él la historia de estos Vikingos no tiene demasiado sentido. Sus constantes juegos entre cristianismo y mitología nórdica parecen reflejar unas dudas internas motivadas por su amor al personaje de George Blagden (Los miserables) y su verdadera creencia. Y aunque en eso pueda haber parte de razón, lo cierto es que nunca hay que perder de vista la inteligencia y la paciencia que caracterizan a Lothbrok, para quien la religión no es más que una herramienta para conseguir sus objetivos. Ya quedó demostrado antes, y en su conquista de París vuelve a ser patente.

Un semidios terrenal

A lo largo de toda la serie siempre ha existido la impresión de que el personaje de Fimmel era poco menos que un descendiente de los dioses. Su capacidad para imponerse a sus semejantes, para controlarles y liderarles en batallas en las que no recibía ni un rasguño parecían propias de Odín. Por eso esta temporada, tal vez, tenga un mayor interés. Por primera vez Lothbrok sangra, es traicionado y es derrotado. Una humanidad que no hace sino reforzar la imagen casi mítica de un rol que ha sabido estar a la altura de las circunstancias. Precisamente esa capacidad de sangrar y de volver a levantarse es lo que augura un futuro prometedor para la serie, que se verá obligada a evolucionar si no quiere estancarse.

Porque si ha dejado algo claro esta tercera temporada de Vikingos es que, al menos dramáticamente hablando, nada volverá a ser igual. Acostumbrados como están los espectadores a ver a un líder invencible y a un pueblo unido en torno a él, estos 10 episodios han roto por completo con esos pilares narrativos. Para empezar, la pírrica victoria lograda en París deja a los protagonistas divididos, ya sea por el fracaso de un primer asedio en el que la tecnología europea derrotó a la fortaleza vikinga, ya sea por las decisiones del personaje de Skarsgård, que le han llevado a unos límites difíciles de resolver de forma pacífica. La conquista final de la ciudad arroja luz sobre una escisión moral y física en el seno de los Vikingos, abriendo así un camino dramático sumamente interesante.

Pero además, existe un segundo frente abierto en Inglaterra, donde la traición ha dado al traste con los intereses de Lothbrok. Si uno ha sido un muro construido con piedras (París), el otro ha sido un muro creado a partir de la inteligencia de un hombre con las mismas ambiciones y características que el rey vikingo (Wessex). Ambos suponen retos narrativos admirables que exigirán un frágil equilibrio para el desarrollo del arco dramático, pues obliga a la serie a repartir esfuerzos entre ambas historias. Es cierto que en esta tercera temporada ya se ha hecho algo similar, destinando la primera parte a Inglaterra y la segunda a Francia. Pero en esta ocasión los personajes están repartidos por todas estas localizaciones, lo que obligará a la historia a buscar un desarrollo en paralelo y, por tanto, a repartir el protagonismo.

No es algo negativo, más bien al contrario. La fortaleza de Vikingos reside, precisamente, en unos personajes admirables, sabiamente construidos y con un trasfondo que puede ser desarrollado de forma individual sin problemas. La tercera temporada ha demostrado que todos ellos pueden tener cierto nivel de protagonismo, aunque también ha dejado claro que sin Ragnar Lothbrok la serie no sería igual. Todo ello convierte a estos últimos capítulos en un viaje apasionante por las intrigas, las luchas de poder y la violencia que caracterizan a estos Vikingos. Tal vez no haya sido una temporada tan brillante como la anterior, en parte por los propios acontecimientos, pero desde luego ha brillado con luz propia. Y lo más importante, ha sentado las bases para un futuro que necesariamente obligará a la serie a evolucionar.

‘Troya’, o la obra de Homero bajo un prisma realista de la guerra


Brad Pitt acabará con la vida de Eric Bana en el duelo que ambos protagonizan en 'Troya'.En unos días llegará a España Hércules, nueva superproducción de corte épico que trata de poner al día personajes e historias de la Grecia y Roma clásicas. En estos días he tenido la oportunidad de revisar un film que hace justamente 10 años llegaba a las pantallas de todo el mundo no exenta de cierta polémica. Se trata de Troya, la adaptación de La Ilíada de Homero dirigida por Wolfgang Petersen (Estallido) y adaptada por David Benioff, el mismo que está ahora mismo tras el éxito de Juego de Tronos. Una película que, más allá de su apartado técnico y de una serie de concesiones a la épica y el dramatismo, supone un acercamiento bastante fiel a la obra clásica y, porqué no, a los acontecimientos históricos que en teoría narra.

De hecho, salvo detalles como el arco temporal en el que transcurre la acción o la presencia de los dioses griegos en la historia, la película de Petersen es un reflejo de las pasiones, los ideales y las motivaciones que se recogen en la obra literaria. Benioff logra eliminar todos aquellos aspectos fantásticos del desarrollo dramático para convertir la trama en algo realista que se mueve al son de objetivos de lo más terrenales. Objetivos que, como digo, están presentes en los versos de Homero aunque maquillados por la influencia divina. El personaje que mejor representa esto es, como no podía ser de otro modo, Aquiles, al que da vida un incomparable Brad Pitt (Guerra Mundial Z). Más allá de su condición de estrella; más allá de su forma física o de su belleza, el actor logra convertirse en el famoso héroe griego entre otras cosas porque sobre el papel el rol está definido como un guerrero consciente de su trágico final, que acepta de forma crítica y consciente de las consecuencias.

Tanto guionista como director conforman en torno a la figura del personaje una historia que apenas posee descanso, creando un guión casi perfecto desde un punto de vista teórico que, a pesar de todo, comete algunos errores de carácter más dramático. Ambas ideas son consecuencia directa del contenido de La Ilíada. Si uno lee entre los versos de la obra comprenderá rápidamente que todos los conceptos de la moderna teoría del guión se encuentran donde deben estar, o lo que es lo mismo, planteamiento, nudo y desenlace avanzan con los puntos de giro y las incorporaciones de las tramas secundarias que tanto se buscan hoy en día, muchas veces sin conseguirlo. Pero del mismo modo, desde un punto de vista dramático la obra de Homero introduce la presencia divina de forma tan arraigada en la trama que el hecho de eliminarla en Troya provoca que sus huecos deban ser rellenados con ideas secundarias que pueden resultar algo débiles.

En otro orden de cosas, y por si acaso alguien no ha tenido la oportunidad de acercarse a la historia original, la película recoge acontecimientos que no aparecen en la epopeya, entre ellos el propio rapto o huída de Helena (a la que da vida Diane Kruger, ahora disfrutando del éxito de The bridge) o el ataque a la ciudad con el famoso caballo de madera como figura representativa. Dichos acontecimientos, muchos de ellos pertenecientes a otras obras, completan una historia de una forma un tanto particular, modificando el futuro de muchos personajes y ofreciendo una visión más coherente y realista de muchos otros, como es el propio Aquiles. Todas estas modificaciones son, lejos de artimañas de cara al público masivo, una herramienta necesaria para definir de forma mucho más clara el carácter de cada personaje, su semblante y su papel dentro de la épica batalla por la ciudad inexpugnable.

Personajes semidivinos sin divinidad

Ese es el motivo de que, por ejemplo, los villanos de la función no sean los troyanos, sino el líder de los griegos, interpretado por Brian Cox (Templario). Del mismo modo, el papel de Héctor se modifica lo suficiente para destacar su honorabilidad, su templanza y su inteligencia, aspectos todos ellos que quedan potenciados con la interpretación de Eric Bana (Hulk). Incluso un papel tan secundario en esta obra como el de Sean Bean (GoldenEye), Ulises en la ficción, queda perfectamente definido en momentos muy puntuales de la trama, evidenciando una historia en la que la línea que separa héroes de villanos es extremadamente fina. La verdad es que si uno analiza las obras de Benioff rápidamente puede encontrar ciertos paralelismos entre ellas en este aspecto.

Pero como decía al comienzo, uno de los elementos más atractivos de Troya es su capacidad para narrar los acontecimientos de forma “aséptica”, eliminando por completo la presencia física y real de los dioses, quienes tienen una papel determinante en la epopeya de Homero. Es más, su valor puede considerarse como contraproducente, pues se les trata como meras creencias encarnadas en ídolos cuya fuerza es nula. Esto obliga a Benioff a dar un nuevo sentido a algunos de los mitos más conocidos de esta historia, como la idea de la invulnerabilidad de Aquiles o ese aura de grandes guerreros de todos los héroes que participan en la contienda. En líneas generales, el guionista sale airoso de la tarea al encontrar una justificación que encaja en cada uno de los mitos, como es la muerte de Aquiles por un flechazo en el talón o el estilo de combate de éste y de Héctor, quienes por cierto protagonizan una lucha frente a las murallas de Troya muy bien desarrollada.

Mención aparte merecen los efectos especiales, algunos de ellos ciertamente toscos. Si bien es cierto que la película gana bastantes enteros en los momentos bélicos y los planos cortos, las secuencias que requieren de una magnitud mayor tienden a quedar resueltas de forma rápida y poco detallada, como si no fuese necesario cuidar un aspecto en el que, siendo sinceros, cada vez es más fácil encontrar el fallo. Que las naves griegas se repitan cada cierto número o que las multitudes no reaccionen como deberían ante algunos acontecimientos son muestra de que Petersen siempre ha sido un director que se ha encontrado más cómodo en el apartado físico y real de un rodaje que en el digital. Afortunadamente, no es esta película una obra que base su grueso dramático en esta técnica, por lo que al final su influencia queda reducida a una serie de momentos puntuales que, eso sí, deslucen algo el conjunto.

En cualquier caso, Troya no puede ni debe verse como una traslación a imágenes de la obra de Homero, sino como una adaptación que bucea en los aspectos más humanos y reales de la contienda. Las reflexiones de Aquiles o los intereses personales y ambiciosos de Agamenón son pruebas de que los personajes persiguen, ante todo, su propia gloria, situando a los dioses como meros referentes en los que, curiosamente, pocos personajes creen. Todo esto lleva a una visión de los acontecimientos más próxima a lo que debió ser la realidad que se esconde tras La Ilíada, en la que los intereses estratégicos fueron justificados por una mujer. Puede que el guión flaquee en algunos momentos, sobre todo en los aspectos más románticos. Y sin duda el apartado digital no posee la calidad que podría esperarse de una superproducción. Pero supone un buen ejercicio fílmico de adaptación y reinterpretación de una de las obras más importantes de la Historia.

‘Vikingos’ se apoya en la religión para engrandecer su trama en la 2ª T


George Blagden y Travis Fimmel escenifican el choque de creencias en la segunda temporada de 'Vikingos'.He de confesar que la segunda temporada de Vikingos me ha dejado, desde un punto de vista puramente personal, una sensación extraña. Por un lado, la mejor noticia de estos 10 episodios es que van a tener más desarrollo en otra temporada. Por otro, existe un cierto desánimo al comprender que habrá que esperar varios meses hasta que eso ocurra. Porque si la primera temporada era un ejercicio notable de dramatización histórica, esta nueva entrega se erige más como un trabajo de intriga y suspense, de traiciones e intereses enfrentados, brillante e imprescindible, capaz de jugar con el espectador incluso cuando le da las pistas suficientes para que intuya el lugar y las verdaderas intenciones de cada personaje. Todo gracias a un trabajo, fundamentalmente, de desarrollo dramático de los roles principales.

Algo en lo que, lógicamente, tiene mucho que ver el creador de la serie, Michael Hirst (serie Los Tudor), cuyo amor por contar la Historia de forma creíble y alejada de subjetivismos no hace sino acrecentar el valor de una producción como ésta. Eso no quiere decir que no se distingan entre héroes y villanos, claro está, pero es su forma de tratar los conflictos lo que le lleva a distinguirse de productos que, en cierto modo, son mucho más lineales en ese sentido. Esta nueva temporada, que continúa con el ascenso de Ragnar Lothbrok (de nuevo un magistral Travis Fimmel) y su deseo por atacar Inglaterra, ofrece al espectador una visión mucho más compleja del conflicto entre vikingos e ingleses, y lo hace a través de algo tan sencillo y universal como la religión, utilizando para ello a tres personajes fundamentales: el propio Ragnar, el monje interpretado por George Blagden (Los miserables) y el rey Ecbert de Wessex, al que da vida Linus Roache (Non-Stop).

Gracias a ellos, Vikingos se convierte en algo más que un estudio sobre la cultura y costumbres nórdicas para derivar en una reflexión sobre las creencias, los dioses a los que adora cada cultura y, sobre todo, la ignorancia e intolerancia de aquellos hombres que no ven más allá de lo que su mitología les cuenta. Teniendo esto en cuenta, esta segunda temporada logra engrandecer la figura del protagonista al convertirle en un individuo de una inteligencia fuera de lo común. Inteligencia que va más allá del campo de batalla o de las intrigas palaciegas. Como ya se apreció en la primera parte, el personaje de Fimmel, a quien se le ha podido ver en The experiment (2010), es un hombre curioso, inquieto, cuyo único objetivo es lograr unas condiciones de vida mejores. Su constante apuesta por el diálogo y el acuerdo contrastan notablemente con la idea que siempre se ha tenido de la cultura vikinga, más si tenemos en cuenta que los secundarios principales tienen tendencia a usar la violencia antes que la cabeza.

Empero, la genialidad de Hirst no reside tanto en esto como en el hecho de establecer una comparación bastante curiosa de las dos culturas. Vikingos y cristianos se definen como grupos sociales fanáticos e incapaces de ver más allá de lo que sus creencias les dictan. Lejos de poseer rasgos diferenciadores, ambas culturas se muestran muy similares, capaces de las mayores atrocidades en nombre de unos dioses que uno y otro bando tachan de falsos. No hay más que tomar dos de los acontecimientos más violentos y salvajes de la temporada para comprender que las diferencias entre ambos mundos no son tantas. Me refiero, claro está, a la crucifixión y al águila de sangre, dos métodos de tortura que, cada uno en su estilo, denotan un gusto por la sangre y la violencia igual de bárbaro para aquellos a los que se considera traidores. Pero como uno se puede imaginar, son muchas más las conexiones entre ambos mundos, entre ellas las similitudes entre los personajes de Roache y Fimmel (un futuro enfrentamiento entre ambos será algo digno de analizar) y, sobre todo, el personaje de Blagden, verdadero nexo de unión de ambos mundos y cuyo debate espiritual es síntoma más que evidente de las similitudes entre todas las religiones.

Intriga perfecta

Pero dejando a un lado tratamientos y personajes históricos que se dan cita en esta nueva temporada, lo más llamativo de Vikingos es su desarrollo dramático, un ejemplo de suspense formal que debería ser estudiado varias veces antes de escribir una sola palabra de un thriller, sea el que sea. Y no porque la trama sea capaz de ocultar sus verdaderas intenciones al espectador; ni siquiera porque tenga un giro de última hora en su tercio final. Suele decirse que la magia consiste desviar la atención hacia una mano para, con la otra, hacer el truco. Bueno, pues Hirst podría ser calificado de mago. Prácticamente desde su primer episodio la serie presenta a un héroe atacado, preso de sus pactos de lealtad y asediado por traiciones de los que antaño fueron sus aliados, entre ellos un Floki que vuelve a erigirse como uno de los pilares de la producción gracias al trabajo del actor Gustaf Skarsgård (Kon-Tiki).

Comenzando por su hermano, al que vuelve a dar vida de forma imponente Clive Standen (Namastey London), y terminando por su primera esposa, una imprescindible Katheryn Winnick (Tipos legales), el mundo que rodea a Ragnar se derrumba de forma progresiva a medida que avanza la trama. Apenas existen momentos de satisfacción personal para el personaje, lo que por cierto acentúa el carácter dramático y derrotista de su viaje. Los guionistas aprovechan estos acontecimientos iniciales para generar la idea de incertidumbre, de vulnerabilidad en el héroe y, sobre todo, para hacer olvidar su inteligencia. Y de hecho lo logran a tenor del resultado final, que si bien no es una sorpresa mayúscula, si es un tanto inesperado. Estos primero momentos sirven, como digo, para introducir una serie de detalles de la trama que la reconducen por donde los creadores pretenden, y que pasan fundamentalmente por mostrar únicamente las intenciones del personaje de Donal Logue (serie Copper), situando al protagonista como epicentro de las intrigas. Esto puede provocar, como de hecho ocurre, que algunos hechos de la trama no encuentren una explicación lógica, y este es uno de los pocos reproches que se le puede hacer a la serie. Si es que es un reproche, claro.

Este desarrollo de la trama principal, además, cuenta con el apoyo de las numerosas tramas secundarias, cuyo objetivo no es otro que consolidar la idea de que los conflictos alrededor del personaje de Fimmel se multiplican de forma exponencial. La traición de su hermano, el divorcio de su primera mujer, la guerra en Inglaterra, la traición de sus amigos, el incremento de su familia o los ataques a su pueblo crean un marco perfecto para el drama en el que se ve sumido el personaje. Curiosamente, en medio de la temporada este drama pasa a ser una ficción absoluta, y Hirst deja las pistas suficientes al espectador para que este ate los cabos necesarios. La genialidad de su desarrollo reside, no obstante, en que a pesar de esas pistas, a pesar de que puede llegar a intuirse el juego de poder que se establece entre los personajes, el clímax del episodio final funciona a la perfección. Puede que incluso mejor. Un clímax que puede verse varias veces de forma sucesiva sin llegar a resultar obvio, lo que da una idea de la magnitud de lo construido a lo largo de la temporada. Pocas veces un desenlace ha sido tan planificado a lo largo de los episodios previos.

Se puede decir, por tanto, que esta segunda temporada de Vikingos es notablemente mejor que su predecesora desde todos los puntos de vista, sobre todo del dramático. La apuesta por centrar la atención en la religión y el tratamiento que se hace del suspense otorgan una mayor entidad a la serie, que más allá de combates espectaculares y unos actores en estado de gracia, ofrece un trasfondo social y político muy interesante. La única nota discordante no pertenece al contenido de la serie, sino a su formato. Al igual que ocurre con Juego de Tronos, una producción de estas características, con un nivel artístico, narrativo y formal que roza la perfección, no puede tener temporadas tan cortas y con un desarrollo tan acentuado, pues la espera hasta la siguiente tanda de episodios puede hacerse tan eterna como los banquetes del Valhalla.

‘Person of interest’ da un salto cualitativo en su tercera temporada


'Person Of Interest' da un salto cualitativo en su trama durante la tercera temporada.Hace poco leí en algún foro que la serie Person of interest debería catalogarse entre los fracasos del todopoderoso J.J. Abrams (serie Fringe) dado que su estructura es repetitiva. Vamos, que visto uno, vistos todos. Todas las opiniones son respetables, no cabe duda, pero tal afirmación no encaja en absoluto con lo vivido en la tercera temporada de la serie creada por Jonathan Nolan, guionista habitual de las películas dirigidas por su hermano Christopher, entre ellas El caballero oscuro (2008) o El truco final (El prestigio) (2006). Porque si algo destaca en estos nuevos 23 episodios es una evolución dramática sin comparación alguna en la televisión actual. Los giros narrativos, el ritmo frenético al que son sometidos los personajes y la forma de atar absolutamente todos los cabos sueltos de las anteriores temporadas convierten a esta entrega en la mejor de todas, pero también en una de las mejores del año.

De hecho, en determinados aspectos el tratamiento de la historia y de los personajes debería ser objeto de estudio de todos los aspirantes a guionista. Nolan, quien vuelve a demostrar su genialidad a la hora de componer tramas (algo que debería empezar a ser reconocido de algún modo), compone una auténtica montaña rusa de emociones y nudos narrativos que se solventan de las formas más impactantes, obligando al espectador no solo a estar pegado a la pantalla, sino a prestar atención a todos los detalles y las relaciones que se generan entre los personajes. Su capacidad para afrontar todo tipo de situaciones sin miedo a los cambios que puedan producir en el arco dramático es lo que aporta al conjunto la sensación descorazonadora que planea sobre toda la temporada.

El resultado más palpable de todo esto es el hecho de que Person of interest ha aprovechado estos episodios para, como decía al inicio, encajar todas las piezas sueltas que se habían ido presentando durante los capítulos previos. Elementos como el grupo Vigilancia, el proyecto Luces del Norte, el pasado de los personajes o la red mafiosa denominada HR encuentran su final en esta tercera entrega. Pero contrariamente a lo que pueda pensarse, no lo hacen de forma positiva, sino más bien realista. La propia producción destruye sus cimientos para demostrar que el uso de una inteligencia artificial capaz de velar por nosotros no es necesariamente sinónimo de éxito. Es más, la evolución de los principales personajes, los interpretados por Jim Caviezel (Transit) y Michael Emerson (serie Perdidos), evidencia una desconfianza cada vez mayor hacia un instrumento que no puede ser controlado. Al revés, es la máquina la que controla.

Esta desconfianza alcanza dos puntos álgidos, uno previo a una catástrofe y otro posterior a otra crisis. Jonathan Nolan aprovecha la necesidad de terminar con las tramas secundarias para dividir la temporada en dos partes bien diferenciadas. La primera se centra en la destrucción definitiva de los policías corruptos que integran HR. Con un desarrollo algo intermitente, los primeros episodios abordan la investigación que realizan los protagonistas en su intento por cercar la organización criminal. La forma en que la máquina anticipa el final, con esos números que hacen referencia a todos los policías, nunca lleva a pensar, ni por un momento, en la resolución tan dramática e inesperada que proponen los responsables de la serie. Un punto de inflexión emotivo y brutal que genera los dos mejores episodios de la temporada: la muerte de un personaje importante en la trama y la posterior venganza, una espiral de violencia desatada que encaja notablemente bien con el tono algo más calmado de la serie.

Guerra de dioses

Jim Caviezel desata toda su furia en la tercera temporada de 'Person of Interest'.Aunque sin duda es la segunda parte de esta temporada de Person of interest la que más aporta al futuro de la serie. Una vez concluido el tema del crimen organizado (algo que, por cierto, se estaba alargando un poco), la ficción dirige su mirada hacia los aspectos más técnicos y tecnológicos de la trama. Con la incorporación del personaje de Sarah Shahi (Una bala en la cabeza) algunos episodios antes, la serie no solo cubría la baja del otro personaje, sino que presentaba la forma en que los “números relevantes” eran resueltos por el Gobierno. Pero también ha servido de nexo de unión para una trama mucho mayor: la de la presencia de otra máquina, un proyecto llamado Samaritano cuyo poder, al ser un sistema abierto y sin control, es infinitamente mayor.

La lucha, por tanto, no se desarrolla solo en un plano humano y físico, sino también en un virtual en el que dos inteligencias artificiales ostentan un poder inigualable. El resultado de este combate es el otro gran momento de la temporada. Un episodio final impactante, revelador y magistralmente desarrollado que confirma esa imagen algo decadente de toda la temporada, en la que los protagonistas, dicho vulgarmente, no dan pie con bola. Este planteamiento, en el que por muy buenos que sean los buenos no triunfan sobre los malos, es lo que aporta interés a la serie, y es lo que la convierte en un producto extraño en su género y, porqué no, un modelo a seguir. El hecho de que, además, el personaje de Emerson pierda la fe en su creación y se convierta en cabeza de turco de los diferentes enemigos a los que se enfrenta hace que el futuro de la serie, cuya próxima temporada ya se ha confirmado, sea incierto y apasionante. Hablando de villanos, no puede obviarse la labor de John Nolan (El mundo está lleno de hombres casados) como la némesis de Finch, un hombre frío y calculador cuya obsesión por la máquina le lleva, en una imagen inquietante que cierra la temporada, a ponerse a las órdenes de una inteligencia artificial superior.

A grandes rasgos, se puede decir que estos capítulos han hecho dar a la serie un salto cualitativo pocas veces visto en una trama. Lo normal es que, poco a poco, los conflictos se vayan presentando y se sitúa a los héroes ante una situación extrema de la que solo saldrán dando lo mejor de ellos mismos. La genialidad de todo esto es que dichos conflictos desembocan en una situación que obliga a los héroes a rendirse, pasar a la clandestinidad y separarse. La gran labor de los guionistas, con Nolan a la cabeza, ha sido introducir poco a poco en la estructura habitual de los episodios (sale un número, se investiga y se salva una vida) una trama mucho mayor. Ahí está, por ejemplo, el episodio en el que deben salvar al creador de Samaritano, o todos aquellos en los que el personaje de Amy Acker (La cabaña en el bosque) es presentado realizando misiones paralelas que en principio no tienen sentido pero que, echando la vista atrás, conforman un puzzle magistralmente compuesto.

La mejor prueba de que estamos ante un punto y aparte en la producción(personalmente creo que incluso a nivel general de series) es que la producción ha destruido por completo su formato inicial. Ha dejado de ser una serie episódica en el que las tramas tenían un nexo de unión algo débil para convertirse en… bueno, lo cierto es que no podemos saber en qué se ha convertido, pues esa sorpresa se reserva para la cuarta temporada. Lo que está claro es que esta tercera entrega ha sabido aprovechar perfectamente su estructura tradicional para introducir nuevos elementos hasta llegar a presentar una auténtica lucha de poder que supera cualquier expectativa previa. Eso, y la ausencia total de miedo a la hora de eliminar personajes de la ecuación. Eso siempre ha sido algo que honra a los guionistas. Y si se hace de una forma elegante y dramática, como es el caso, es ejemplar. Ahora toca esperar, pues solo las máquinas saben lo que nos depara el futuro de Person of interest.

‘Thor: El mundo oscuro’: un entretenimiento con luces y sombras


Chris Hemsworth y Tom Hiddleston en un momento de 'Thor. El mundo oscuro'.Lo que ocurre en la Casa de las Ideas, nombre con el que se conoce a Marvel, desde que decidió apostar fuerte por las adaptaciones cinematográficas de sus cómics es cuanto menos curioso. Existen dos niveles bastante diferenciados, asociados normalmente a la fama de sus personajes. Algunas películas han ayudado a ensalzar esta especie de subgénero en el que se han convertido las películas de superhéroes; otros, por contra, demuestran los importantes vacíos que existen en estas tramas cuando el humor y la mediocridad se apoderan de los relatos. El caso de la primera Thor hace un par de años se quedó a medio camino, y su continuación no mejora demasiado, aunque hay que reconocer que posee los suficientes elementos para que casi dos horas de metraje se pasen en un suspiro.

El principal problema de Thor: El mundo oscuro reside en su guión, que adolece por completo de profundidad dramática, incluso en los momentos más teóricamente impactantes de la trama. Apenas existe sorpresa en sus giros argumentales, algunos de los cuales, por cierto, se ven venir de lejos si se conoce la naturaleza de los protagonistas, quienes se aferran a sus naturalezas inamovibles como si de un mapa de intenciones y personalidades se tratara, y en el que los buenos se distinguen con unos colores y los malos con otros (en pocas palabras, claros y oscuros). En este sentido, empero, hay que aplaudir la madurez con la que se trata al protagonista respecto al primer film, en el que se le presentaba algo más infantil y más insoportable. Por otro lado, tampoco ayuda demasiado la realización de Alan Taylor, director curtido en la televisión que, según parece, ha debido conseguir el trabajo gracias a su labor en la serie Juego de Tronos, de la que ha dirigido numerosos episodios.

Es aquí donde se encuentra el tendón de Aquiles, al menos visualmente hablando. La planificación es impersonal, correcta pero carente de una marca personal, de una visión que supere ese marco formal que tienen los artesanos de este oficio. Eso no es necesariamente malo, más bien al contrario. Sin embargo, en este caso concreto, con la aplicación de las tres dimensiones al resultado final, podría haber optado por algo más arriesgado, sobre todo con algunas ideas realmente originales del guión, como ese combate final que se viaja entre varios mundos. Todo ello evita que el espectador se zambulla en la riqueza visual de un film que, por otro lado, entretiene de principio a fin. Gracias a la combinación de humor y a la labor de los actores, todos ellos más que correctos en sus respectivos papeles, la película se convierte en un espectáculo puro y duro.

Habrá quien opine que la primera parte fue mejor que la segunda; otros pensarán lo contrario, y habrá quienes directamente la consideren irrelevante. Thor: El mundo oscuro mantiene el nivel de la primera, y por momentos la supera. Pero que nadie espere con esto nada más que una distracción palomitera que, en el fondo, podría haber sido mucho mejor. Hay que verla como lo que es: un eslabón más en ese macroproyecto de la compañía que consiste en llevar el mundo de los cómics a la gran pantalla. Siempre que no se espere más de ella, podrá disfrutarse sin grandes frustraciones. Incluyendo la ya tradicional secuencia final en los créditos, un guiño que posiblemente solo entenderán los fans.

Nota: 6/10

La sangre y las intrigas dicen adiós con la tercera temporada de ‘Spartacus’


Es extraño que una serie concluya cuando está en lo más alto de su éxito, pero es lo que le ocurrirá a Spartacus cuando finalice su tercera temporada. La épica y sangrienta historia del esclavo y gladiador más famoso de la historia romana concluirá con los 10 capítulos de una temporada que, según sus responsables, con su creador Steven S. DeKnight a la cabeza, estará a la altura de las expectativas. ¿Y qué expectativas son esas? En primer lugar, un uso violento, sangriento y algo desagradable de los efectos digitales, y en segundo una trama de corrupción, intriga y venganza tan sólida como sus personajes, los cuales ofrecen en todo momento más de un rostro al espectador.

En todo caso, la decisión de concluir la serie de forma tan sorprendente parece encajar bien con un producto que nunca se ha mostrado al uso en la pequeña pantalla. Cuando en 2010 se estrenó el primer capítulo de Spartacus: Sangre y arena, ‘La Serpiente Roja’, sorprendió a propios y extraños el carácter de la historia. Y no es que no se conocieran sus intenciones, pues la vida del esclavo, gladiador y libertador es conocida en el cine gracias al espléndido film de Stanley Kubrick. Lo más llamativo era su estilo visual, a medio camino entre las intrigas palaciegas de Roma y la violencia digital de 300. Una mezcla que podría haber salido de cualquier manera, y que por fortuna tuvo una buena aceptación.

Pero no solo de sangre vive el espectador. A pesar de la fuerza de sus imágenes (algunas realmente impactantes), la historia tenía en el fondo varias líneas argumentales. Una lucha por el poder, una intriga corrupta de un hombre por escapar de una clase social en la que no podía manejar todo el poder que ansiaba; relaciones amorosas prohibidas; venganzas … De hecho, existían tantas que llegó un momento en el que cada capítulo destinaba su metraje a algunas de ellas, quedando todas enlazadas por el título de la propia serie, es decir, por la sangre y la arena.

Esta irregularidad en sus contenidos, centrando la atención unas veces en la violencia, otras en la trama, convergieron sin embargo en un final apoteósico, digno de un producto que se había labrado un nombre con un estilo tan extraño como innovador en la pequeña pantalla. Un final en el que los personajes toman conciencia de su futuro, deciden el bando en el que luchar y, finalmente, inician el camino de libertad que se desarrolla en la segunda y tercera temporada.

Precuela por necesidad

Los buenos resultados avalaban un producto arriesgado, amado y odiado a partes iguales, y que imposibilitaba la imparcialidad de cualquiera que viera unos minutos de alguno de sus capítulos. Pero el final de la primera temporada trajo tantas noticias buenas como malas. Al anuncio de la segunda temporada le siguió otro mucho más aciago, el de su protagonista Andy Whitfield, uno de los pilares fundamentales de la serie junto al escocés John Hannah (La Momia) y a Manu Bennett, enemigo de Espartaco y uno de los personajes más interesantes. El actor galés anunció que sufría cáncer, por lo que su trabajo en la segunda temporada se vería comprometido.

Dispuestos a mantener la continuidad, los responsables decidieron posponer el rodaje de la segunda temporada, pero no por ello se olvidaron de los fans. Como si de un remake se tratara, se produjo Spartacus: Dioses de la arena, una precuela a los hechos sucedidos en esa primera entrega y que, a modo de enganche, cuenta con buena parte de los actores de la original… aunque en situaciones muy distintas. Sin ir más lejos, el personaje de Bennett se encuentra ahora en la situación de Espartaco, siendo él el esclavo nuevo que debe ganarse un nombre entre sus compañeros gladiadores.

En apenas 6 capítulos la violencia, la traición y la ambición por lograr una posición privilegiada en la clasista sociedad romana se adueñan de una historia que, aunque ahonda más en el carácter dramático de los personajes y sus decisiones, no deja de lado la violencia tan característica que la ha hecho famosa, potenciándola aún más si cabe con un protagonista que lucha con dos “gladius” (las espadas cortas en Roma) en lugar de utilizar un escudo. Una historia que, aunque no imprescindible, sí permite comprender de dónde vienen los personajes y, sobre todo, porqué toman las decisiones que toman al final de esa primera temporada que narra la rebelión producida en la casa de Batiato.

Sin embargo, el tiempo de producción y emisión de estos 6 episodios no mejoró el estado de Whitfield, quien moriría unos meses después del último episodio a los 40 años coincidiendo con el décimo aniversario del 11-S. Ante esta perspectiva, no quedó más remedio que hacerse con los servicios de un sustituto. El australiano Liam McIntyre fue el elegido para la segunda temporada, que lleva el nombre de Venganza, y para esa última entrega, que bajo el epíteto de La guerra de los malditos, cerrará un ciclo marcado por la violencia, las intrigas y, por encima de todo, la sangre… mucha sangre.

Diccineario

Cine y palabras

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