‘Preacher’ da prioridad a los personajes sobre el desarrollo en la 3ª T.


La tercera temporada de Preacher empieza a mostrar, aunque sea en algunos minutos, una cierta normalización de lo que fue su transgresión inicial. Esto no tiene que ser algo necesariamente negativo, pero sí podría indicar una posible reiteración de fórmulas que terminen por convertir esta diferente producción en una obra común… Bueno, siendo sinceros eso no creo que pueda ocurrir nunca conociendo el cómic en el que se basa, pero sí podría dejarse llevar sin ofrecer nada diferente. Pero todo eso es apostar a futuro. La realidad es que estos 10 episodios, aun con un desarrollo algo menos surrealista que las anteriores temporadas, siguen dejando algunos de los momentos más rompedores de la televisión.

Posiblemente la sensación de continuismo que ofrece esta ficción creada por Sam Catlin (serie Breaking Bad), Evan Goldberg (Los tres reyes malos) y Seth Rogen (The disaster artist) se deba, precisamente, a que al menos una de las tramas planteadas en esta etapa se mantiene de la anterior, y seguirá así durante al menos otra temporada, ya confirmada. Una continuidad que, aunque planteada de un modo algo irregular en sus inicios, presenta un desarrollo sencillamente hilarante, trasladando a la pantalla algunas de las viñetas más irónicas de la historia creada por Garth Ennis y Steve Dillon (pienso en las pruebas de los sombreros de Herr Starr, por ejemplo) y alguno de los momentos más brutales, salvajes y gore de la serie, y eso que ha tenido secuencias muy viscerales.

Sin embargo, a pesar de todo la trama de Preacher en esta tercera temporada pierde algo de fuerza en este ámbito, toda vez que se introducen elementos ajenos a la propia búsqueda del protagonista. Estos elementos secundarios, que en último término se intentan fusionar con la trama principal para dotarles de una mayor relevancia, desvían la atención y el tiempo narrativo de otros elementos más relevantes del argumento, impidiendo desarrollarlos de forma correcta o con una mayor profundidad. El hecho de que los tres protagonistas se separen, además, genera una división narrativa y dramática que en la obra de Ennis y Dillon ofrece al lector una variedad argumental interesante, pero que en la serie de televisión sencillamente no alcanzan el mismo nivel narrativo, y dado que cada episodio tiene que desarrollar todas ellas a la vez, al final el resultado es una cierta irregularidad en varios momentos.

Es muy probable igualmente que, una vez superado el impacto inicial de una serie de estas características, el espectador se acostumbre a algunas de las barbaridades que se muestran en la misma. Sin embargo, hay algunos aspectos que sugieren otra posibilidad, como el hecho de que la búsqueda de Dios parece posponerse en mayor o menor grado para abordar el pasado del protagonista, la presencia del vudú, las luchas clandestinas, el mundo de los vampiros o la lucha por el poder religioso. Todo ello, aunque enriquece sobremanera el mundo de esta serie, también desvía mucho la atención del meollo del argumento, y eso por no hablar de la ausencia casi constante de ese poder sobrenatural conocido como Génesis que tan buenos resultados dio en las primeras temporadas, y que aquí se limita tan solo a algunos momentos.

Reinterpretando la religión

Pero todo ello no implica que esta tercera temporada de Preacher sea peor que las anteriores. Puede que sí sea algo inferior narrativamente hablando, pero a lo largo de estos 10 capítulos queda patente que tanto el tratamiento dramático de los personajes como los pilares argumentales de la serie como producto están no solo intactos, sino que son mucho más profundos. Y me explico. La diversificación de tramas es indudable que obliga a desviar la atención de la trama principal, sin duda la más transgresora de todas, pero también permite dirigir la mirada hacia el resto de secundarios, y es ahí donde la ficción logra un resultado más óptimo. A través de los viajes de los personajes interpretados por Joseph Gilgun (Infiltrado) y Ruth Negga (Warcraft: El origen), uno más físico y otro más conceptual, los creadores de la serie reinterpretan todo tipo de mitos, incluidos los religiosos.

Esto no solo amplía visualmente el universo creado por Ennis y Dillon, sino que permite un estudio más en profundidad de las motivaciones, miedos y anhelos del trío protagonista, planteados en varias ocasiones a lo largo de las temporadas anteriores. Y como no podía ser de otro modo, dicho estudio llega de la mano del pasado de cada uno, de sus orígenes. Todo ello permite conocer al espectador quién es quién en este surrealista viaje en busca de Dios, pero también pone de manifiesto que no todos los personajes tienen la misma capacidad de recorrido dramático. Es por ello que, en teoría, las debilidades narrativas vistas en esta etapa quedarán solventadas en la próxima, toda vez que muchos de los problemas derivados de esta profundización en los personajes sencillamente no estarán.

Cabe destacar igualmente dos aspectos perfectamente trasladados desde el papel y la tinta de los cómics. Por un lado, el mundo del vudú en el que creció el protagonista, ahora ampliado en la pequeña pantalla. El modo en que el rol al que da vida Dominic Cooper (Mamma mia! Una y otra vez) se enfrenta a su pasado, ya sea con los puños o con la inteligencia de saber cuando actuar, deja posiblemente los mejores momentos de la temporada, amén del interés que pueden despertar el resto de personajes que habitan esa decrépita casa. Pero por otro, la serie sienta las bases de lo que será el futuro enfrentamiento con El Grial, esa organización que, en el tercio final de esta etapa, se presenta como una suerte de nuevo nazismo de blanco impoluto.

Ambos “mundos” representan el pasado y el presente de Preacher. Pero esta tercera temporada deja muchas cosas más, como ese infierno y ese paródico Satán con su Ángel de la Muerte; un Hitler que regresa a la Tierra para recuperar lo que es suyo (sin duda el elemento más transgresor respecto al cómic y el que más futuro tiene); y por supuesto, el Santo de los Asesinos o la presencia, finalmente, de Dios. Todo ello compone un universo único, como de hecho es la obra en papel. Un universo que a pesar de ciertas irregularidades sigue siendo un soplo de aire fresco, una salida a los habituales productos televisivos. Mientras el viaje de Jesse Custer siga por este camino solo se podrá disfrutar, incluso aunque puedan surgir complicaciones durante el trayecto.

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‘Bohemian Rhapsody’: Dios salve a Queen


No han sido pocas las críticas que han atacado duramente la nueva película de Bryan Singer (Valkiria). Pero esta, desde luego, no va a ser una de ellas. Porque si algo bueno tiene este biopic de Freddie Mercury es, por un lado, que recupera la figura de esta leyenda de la música y, por otro, que evidencia la admiración que sigue despertando 27 años después de su muerte. Pero es que además el planteamiento narrativo, con sus altibajos, es notable.

Vaya por delante que este tipo de historias son, por lo general, bastante menos fascinantes de lo que a priori puede pensarse, normalmente porque las vidas privadas de los artistas no tiene tanto interés como su música. En este sentido, Bohemian Rhapsody no es una excepción, presentado algunos pasajes que pueden carecer del ritmo que sí tiene el resto del film. Pero son precisamente esos momentos los que resultan más interesantes, al aproximarse de un modo muy personal al hombre detrás de Freddie Mercury, a un joven cuya vida estuvo marcada por la peor soledad que existe: aquella que se siente estando rodeado de personas. A este respecto la labor tanto del director como del protagonista (Rami Malek, visto en la serie Mr. Robot) es simplemente impecable, y permite apreciar el claro contraste entre la vida del cantante y la que llevaron el resto de componentes de la banda, uno de los detonantes de sus posteriores decisiones.

Pero si algo tiene de extraordinario este film es que esos momentos aparentemente carentes de ritmo son, en realidad, los compases previos a la creación de los mayores éxitos de la banda. Gracias al planteamiento dramático el espectador se aproxima a las luchas y los procesos que dieron lugar a temas como ‘Another one bites the dust’ o ‘We will rock you’. Si a eso sumamos el tratamiento que Singer da a las giras musicales y, sobre todo, ese concierto Live Aid que se muestra casi de forma íntegra, lo que obtenemos es un homenaje a una familia más que a una banda de rock. Un homenaje a una forma de entender la música que, valga la redundancia, no entiende de etiquetas. Un homenaje, en definitiva, a cuatro jóvenes cuya genialidad fue encontrarse, respetarse y saber aprovechar el talento que cada uno tenía.

Un homenaje, por cierto, expuesto de forma inteligente, alejado del drama en el que se convirtió la vida de Mercury en los últimos años. Bohemian Rhapsody es un film sobrio que navega por los temas que se han convertido en himnos generación tras generación, y lo hace con la sencillez y elegancia que caracteriza a Singer. En la memoria queda la actuación de Malik y, sobre todo, algunos conceptos que maneja el film, desde la familia hasta la soledad, pasando por la redención y, como no, esa maravillosa música que nunca deja de sonar. Un viaje por el hombre detrás de la leyenda que a muchos quizá no guste. Y puede que no sea una obra maestra, pero desde luego sí es un film espléndido, que se disfruta de principio a fin y que ayuda a comprender mejor a ese hombre cuya vida terminó en 1991.

Nota: 7,5/10

‘Preacher’ explora la importancia del miedo y la falta de fe en su 2ª T.


Si algo bueno tienen las adaptaciones literarias, de cómics o de cualquier otro producto cultural es poder apreciar las diferentes narrativas y argumentales entre el cine (o la televisión) con el original. No se trata de decir si uno es mejor que otro; ni siquiera consiste en intentar adivinar lo que va a ocurrir a continuación, utilizando la ventaja de conocer el original. En realidad, lo más interesantes es comprobar cómo una historia puede contarse de muchas formas diferentes aunque tenga, en esencia, el mismo desarrollo. Y eso es lo que, con éxito, está logrando Preacher (Predicador), que en su segunda temporada continúa esa incansable búsqueda de Dios, pero con muchos e imprescindibles matices.

Ahora que queda poco más de un mes para que comience la tercera temporada en Estados Unidos, es importante comprender que esta segunda etapa de la serie creada por Sam Catlin (serie Breaking Bad), Evan Goldberg (Supersalidos) y Seth Rogen (The interview) difiere notablemente del cómic creado por Garth Ennis y Steve Dillon en su desarrollo, pero no en su esencia. Más allá de la búsqueda divina, ‘leit motiv’ de esta trama, lo interesante se encuentra en los matices y, sobre todo, en la perfecta conjunción entre personajes y escenarios, entre dramatismo y humor negro. Bajo este prisma, la serie se convierte en algo único, un deleite para los sentidos que explora las miserias del ser humano… y de aquellos que no son del todo humanos.

De nuevo, la dinámica generada entre los tres protagonistas es lo que sustenta todo el relato. Esta segunda temporada de Predicador demuestra, y esto es algo a tener muy en cuenta para un guionista iniciado, que dicha dinámica no tiene que ser, necesariamente, positiva. Ni siquiera estar en el mismo nivel dramático en todo momento. Si en la primera etapa los tres personajes estaban íntimamente ligados por diferentes tipos de relaciones (creando un triángulo sólido), en estos 13 episodios dichas relaciones quedan fracturadas por los intereses y los problemas personales, que chocan unos con otros y alejan a los protagonistas. Así, la búsqueda del predicador interpretado por Dominic Cooper (Warcraft: El origen) deja de lado el miedo al que debe enfrentarse el rol de Ruth Negga (Loving) por El Santo de los Asesinos. Y en medio de todo esto, un vampiro que trata primero de ser el padre que nunca fue y, después, afrontar sus propios errores como hombre y como vampiro.

Y aunque pueda parecer contradictorio, tres arcos argumentales tan diferentes, tan propios, son los que hacen avanzar la trama de un modo sólido y único. Y es que, a pesar de líneas narrativas independientes, todo se desarrolla bajo el mismo paraguas, que no es otro que la falta de fe. Ya sea en Dios o en uno mismo, esta temporada aborda precisamente eso, la pérdida de nosotros mismos, de nuestra verdadera forma de ser. Da igual cual sea el origen (errores propios, miedo a la muerte, un camino que parece llevar a ninguna parte), lo cierto es que el resultado termina siendo el mismo para cada uno de los protagonistas. Y el modo en que lo afrontan, en solitario y alejados del resto, es lo que permite explorar sus debilidades de un modo que, de otro modo, no se podría.

Infierno y El Grial

En medio de esa búsqueda de la fe, la confianza y el sentido a nuestros actos, Predicador logra la máxima expresión de lo que comentábamos al inicio de este texto: las diferencias y similitudes entre el original y la adaptación. Entre las primeras destaca sobremanera el tratamiento que la serie hace del infierno. Muy en la línea de lo creado por Ennis y Dillon, ese infierno condena a las almas a revivir una y otra vez su recuerdo más doloroso, el que más les aterra. Y de nuevo, el humor más negro que pueda pensarse. Evidentemente, en un lugar tan malvado solo pueden estar los personajes más perversos de la Historia, entre ellos el propio Hitler. Este pequeño espacio de relato propio es utilizado por la ficción para volver a demostrar que en el relato nada es lo que parece, que todo se tergiversa hasta hacerlo más perverso bajo una imagen de cotidianidad. Así, ese infierno planteado como una cárcel casi militar sitúa a Hitler ante un infierno propio cuanto menos sorprendente, y a todas luces divertido.

En contraposición, la organización de El Grial está planteada casi como un calco de lo visto en los cómics, incluido el carácter de Herr Starr (Pip Torrens, visto en La chica danesa). Es, sin duda, uno de los pilares fundamentales de esta segunda temporada, básicamente porque su presencia en el desarrollo dramático posterior es imprescindible para comprender el viaje del héroe. De ahí que los guionistas aprovechen esa falta de fe del protagonista a la hora de buscar a Dios para introducir esta organización, establecer las relaciones dramáticas entre ellos y sentar las bases del posterior conflicto que se vaya a desarrollar. Y aquí puede verse, en su máximo esplendor, la estructura argumental de esta temporada, construida de forma orgánica para que todas las líneas narrativas se nutran unas de otras. Lejos de plantear historias secundarias que corran de forma paralela a la principal (que también hay algo de esto), los creadores aprovechan los conflictos aparentemente secundarios para influir, en mayor o menor medida, en la historia principal protagonizada por Jesse Custer.

De este modo, la trama es capaz de crecer. Si antes hablábamos de la diferencia entre la primera y la segunda temporada en lo que a las relaciones entre los tres protagonistas se refiere, ahora es conveniente señalar que esto no deja de ser una forma de trasladar la dinámica que debe existir en una secuencia, en un acto y en un episodio (o una película) a un concepto mayor como es una serie de varias temporadas. Del éxito logrado en la primera temporada se pasa a las decepciones que se viven en esta segunda etapa. Y lo más probable es que la tercera temporada ahonde en estas diferencias y en el pasado de los protagonistas, a tenor de algunos datos ofrecidos en estos 13 capítulos. Pero eso es adelantar acontecimientos. La realidad es que la estructura dramática de esta entrega logra crecer en la adversidad, construyendo con mimo y cuidado los conflictos tanto internos de cada personaje como externos (ya sea entre amigos o enemigos).

Lo cierto es que la segunda temporada de Predicador confirma a esta serie como una de las más irreverentes que existen actualmente. Nada en ella está dejado al azar, ya sea por seguir la línea argumental del cómic, ya sea incorporando sus propios escenarios y tramas. El humor negro, la ironía y la violencia que roza el absurdo siguen siendo, por suerte, las señas de identidad de la serie, pero hay algo más. Algo que hace que la trama crezca, que los personajes adquieran más complejidad. Y en este caso, ese algo son sus miedos, sus errores del pasado y su frustración por no poder solventarlos como, hasta ahora, habían podido afrontar todos los conflictos. En definitiva, ponerles ante sus debilidades para que puedan crecer en la adversidad. Así las cosas, la serie afronta ahora, de continuar la estela del cómic original, los momentos más oscuros y dramáticos de todos. Teniendo en cuenta la originalidad y la frescura que aportan los guionistas, la expectación es máxima.

‘Thor: Ragnarok’: un señor del trueno psicodélico


Es curioso, pero en Marvel siempre hay algún personaje que, por el motivo que sea, se queda en un limbo incapaz de definirle en un marco concreto. El Dios del Trueno ha sido, desde el principio, uno de esos personajes. Tres son sus aventuras en solitario, y tres las diferentes visiones del personaje que se han dado. Que esta última vaya a ser la definitiva parece algo evidente a tenor del éxito que está teniendo, pero la pregunta es si realmente es la versión idónea de Thor.

Posiblemente no, pero a tenor del final de Thor: Ragnarok, eso no es algo demasiado importante. Y es que esta tercera entrega del personaje parece más un camino hacia la madurez que una mera representación algo cómica y autoparódica de este superhéroe de cómic. Con un estilo que recuerda poderosamente a la saga de Guardianes de la galaxia, el director Taika Waititi (Lo que hacemos en las sombras) imprime una fuerza visual algo psicodélica y deliberadamente colorida para este viaje del protagonista por medio universo. Un viaje que, como he dicho, le permite madurar al comprender tanto sus lazos familiares como el futuro que le espera como líder de su pueblo. En este sentido, la cinta ahonda notablemente en el héroe, pasando de un personaje arrogante y arquetípico a otro más dramático y poliédrico (tampoco mucho, que al fin y al cabo esto es una ‘peli’ de superhéroes de Marvel), utilizando para ello un diseño de producción espléndido como marco para el humor y ciertos chistes fáciles dirigidos al público adolescente.

El principal problema de esta tercera entrega es que ahonda en los problemas que siempre han tenido estas aventuras en solitario del personaje. Para empezar, Chris Hemsworth (Cazafantasmas), con toda su presencia en pantalla y su adecuado perfil divino, no termina de imprimir el carácter dramático al personaje, ni siquiera con el corte de pelo. Hay que reconocer, sin embargo, que sí es capaz de asumir la madurez de su rol, lo que abre las puertas a unas interesantes posibilidades dramáticas en un futuro no muy lejano. La cinta, además, adolece de una duración excesiva, algo que se aprecia en una serie de secuencias innecesarias destinadas a divertir a un público adolescente más interesando en la risa fácil y obscena que en la historia que le cuentan. Todo ello resta fuerza a una historia que, por lo demás, sabe apoyarse en unos notables secundarios para construir un relato que va más allá del Señor del Trueno, que tarda más de dos horas en ganarse el título de Dios.

Así las cosas, se podría decir que Thor: Ragnarok es la mejor de la trilogía. La apuesta visual del director, unido a una planificación que en algunos momentos sabe aprovechar al máximo las posibilidades narrativas de la historia y a una banda sonora brillante, ensalzan el viaje de madurez de un héroe que ha tardado mucho tiempo en encontrarse a sí mismo. Con todo, eso no quiere decir que esta película no peque de muchas irregularidades, fundamentalmente provocadas por una cierta sensación de necesitar autoparodiarse, como si el personaje de Thor no pudiera tomarse en serio como, por ejemplo, sí hace Capitán América. Habrá que ver cómo se presenta el rol en las próximas aventuras, pero por lo pronto el camino emprendido, con sus debilidades y dificultades, parece el adecuado.

Nota: 7,5/10

‘La Llamada’: Lo hacemos y ya vemos


Vaya por delante que no he tenido el placer de ver en directo la obra de teatro ‘La Llamada’, por lo que mi visión de esta adaptación cinematográfica realizada por sus autores e interpretada por los mismos actores es, digamos, virgen. Y no sé si eso será bueno o malo, pero facilita una visión más audiovisual de esta comedia musical.

Y bajo este prisma lo primero que hay que decir es que la película crece de forma progresiva conforme la trama avanza. Con un comienzo que puede resultar un poco titubeante, en tanto en cuanto los pilares dramáticos de la historia se presentan con un primer número y se mantienen latentes en un segundo plano durante buena parte del primer acto, una vez la trama se centra por completo en la relación del personaje de Macarena García (Villaviciosa de al lado) con Dios, y cómo esto afecta al resto de roles, la historia explota al máximo su potencial para convertirse en una comedia fresca, dinámica y con una reflexión que a priori no tiene moraleja, pero que sí un mensaje de libertad muy concreto.

A esto se suman unos números musicales tan sencillos como divertidos, bien dosificados a lo largo de la trama y con las canciones de Whitney Houston como grandes atractivos. Eso por no hablar de ese último tema electro latino con una coreografía tan divertida como surrealista por el contexto en el que se produce. Amén de un reparto que desprende diversión en cada plano y que, para bien o para mal, tiende a ser un poco teatral. Todo ello, en definitiva, genera ese aura de diversión sin maldad, de historia adolescente sobre el amor libre, sobre la tolerancia y sobre la amistad. Y conseguir eso en estos tiempos es sumamente difícil.

De este modo, independientemente de la obra de teatro, La Llamada es una obra alegre, fresca y divertida, con un comienzo que puede trastocar la idea preconcebida de aquellos que no hayan visto la obra sobre los escenarios. Y sí, sus inicios pueden tener una cierta carencia de ritmo, pero se compensa con creces cuando el meollo de la historia toma el control de todos los personajes y sus respectivas tramas secundarias, construyendo un relato único en torno a unos pocos conceptos que obligan a reflexionar más allá de la música o de la religión (que en el fondo no es su motivo principal).

Nota: 6,5/10

‘Madre!’: la destrucción del amor


Vaya por delante que Madre! es una película escrita y dirigida por Darren Aronofsky (Réquiem por un sueño). Y eso, en esencia, es decirlo casi todo de un obra de este director. Su último trabajo, una suerte de redención de aquella extraña y fallida apuesta que fue Noé (2014), es una historia compleja, interpretable en muchos niveles y con una profundidad moral, dramática y reflexiva que obliga al espectador a repasar las escenas mentalmente una y otra vez.

Bajo el paraguas de una casa, dos personajes y una serie de secundarios que entran y salen sin tener en principio demasiado sentido dentro de la trama, Aronofsky crea de la nada, como si de un Dios se tratara, una interpretación de la existencia del ser humano a través de la religión. Lo que el cristianismo es para los creyentes, la poesía es para todos los personajes que rodean a unos extraordinarios Javier Bardem (El consejero) y Jennifer Lawrence (El lado bueno de las cosas). Y dicho esto, la interpretación de esta extraña y por momentos surrealista historia debería de ser relativamente sencilla de comprender. Ahora bien, lo que representa la pareja protagonista lo dejaré a elección del espectador.

En efecto, la casa construida por Aronofsky para albergar esta historia viene a ser un mundo en el que la locura, la violencia, el amor, el egoísmo, la vida y la muerte se dan cita. El problema de la película, si es que tiene alguno, es el propio Aronofsky. No es un director sencillo, más bien al contrario, y eso posiblemente llevará a muchos a considerar esta obra una amalgama de propuestas con poco sentido, propia de un director que se considera por encima de todo y de todos. Nada más lejos de la realidad. La visión del autor de Pi, fe en el caos (1998) es una muestra más de la genialidad de un director capaz de comparar religión y poesía, de narrar cómo el hombre destruye lo que le es dado y separa a Dios del amor. Y todo ello con un relato caótico, hermoso, intrigante y apocalíptico que deja algunos momentos sumamente perturbadores.

Desde luego, Madre! no es una película para todos los públicos. Los amantes de Darren Aronofsky volverán a encontrarse con ese director que logra con cada plano narrar más allá de lo que ven los ojos, más allá de lo que interpretan los actores. Un regreso por todo lo alto que, sin embargo, posiblemente no guste a aquellos que solo quieran ver un drama con toques de intriga. Hay muchos más niveles dentro de esa casa, del mismo modo que hay muchos más niveles interpretativos dentro de esta película. Entregarse por completo a la reflexión que plantea es un desafío que merece mucho la pena.

Nota: 8/10

1ª T. de ‘Preacher’, transgresión para una historia diferente al cómic


Dominic Cooper, Ruth Negga y Joseph Gilgun dan vida a los tres protagonistas de 'Predicador'.Si algo positivo tienen las adaptaciones de cómics de superhéroes al cine y la televisión es que abren la puerta a un mundo mucho más amplio, más oscuro y más adulto. Me refiero a esas historias gráficas que se han convertido en auténticas obras de culto y referentes para los amantes de este elemento de la cultura. A esto ha contribuido también, claro está, el éxito de The Walking Dead. Todo esto viene a cuento de la primera temporada de Predicador, versión televisiva de la obra creada por Garth Ennis y Steve Dillon que han adaptado Sam Catlin (serie Breaking Bad), Evan Goldberg (Malditos vecinos 2) y Seth Rogen (Juerga hasta el fin) en una historia que, aunque ligeramente diferente, mantiene la esencia gamberra y transgresora de su argumento.

Para aquellos que no lo conozcan, la trama se centra en Jesse Custer, un joven predicador de Texas en una parroquia en medio de ninguna parte que es poseído por una entidad cuyo poder se equipara al de Dios. Capaz de ordenar a la gente que haga aquello que no quiere, inicia un viaje acompañado de su antigua novia y de un vampiro irlandés para encontrar a Dios y pedirle explicaciones por haber abandonado el Cielo. Y aunque esta es la historia, en líneas generales, del cómic, esta temporada aborda sin embargo el modo en que el protagonista afronta su nuevo poder, todo ello con un hilo argumental totalmente nuevo, al menos con respecto a la línea regular de la historia gráfica.

Y es precisamente por esa libertad que Predicador logra una dinámica única, a medio camino entre las referencias de las páginas originales y el humor negro que aportan el trío de creadores. A pesar de la presencia de personajes conocidos, la introducción de roles secundarios que encajan perfectamente en el mundo creado por Ennis y Dillon no hace sino enriquecer la trama, cuya narrativa, por cierto, es algo inconexa al inicio pero coherente en su resolución. A lo largo de los 10 episodios el tratamiento se centra en desarrollar tanto el poder del protagonista (con algunos momentos tan hilarantes como inquietantes) como el triángulo que se forma con los que serán los otros grandes personajes de la trama. Aunque es cierto que hay algunos momentos en que su relación no se sustenta demasiado bien (los acontecimientos ocurren demasiado rápido, perdiendo justificación), en líneas generales componen sólidamente las bases de la dinámica que, presumiblemente, se explotará más adelante, dejando para ello algunas pinceladas de los sentimientos, del pasado y de los caracteres de cada uno.

No es extraño que en este tipo de producciones los elementos novedosos se terminen convirtiendo en lo realmente atractivo. Y como he mencionado, la diferente historia y los personajes secundarios son los que marcan realmente el tono de esta ficción, amén de una puesta en escena tan ácida como malsana en algunos momentos. En este sentido, destaca la labor de Jackie Earle Haley (Watchmen) con un rol tan intrigante como desagradable, cuya falta de fe y de sentimientos roza lo monstruoso. En cierto modo podría entenderse como un preludio de lo que está por llegar, pues sea fiel o no a las páginas del cómic, parece evidente que los personajes de este tipo van a ser una constante. La pregunta es si los demás estarán a la altura de semejante villano, porque de no ser así posiblemente la serie decaiga.

Ángeles y demonios

De este modo, la primera temporada de Predicador desprende la esencia de la saga original en todos y cada uno de sus fotogramas. La combinación de drama y acción otorga a la trama el equilibrio perfecto entre humor y violencia, entre intriga y comedia. Curiosamente, sus creadores apuestan por una espectacularidad que no se desprende, al menos no siempre, de las páginas del cómic, que afronta desde el comienzo una búsqueda más terrenal. La forma de presentar a Cassidy (un idóneo Joseph Gilgun –Pride-) es tan inesperada como salvaje, definiendo casi en una única secuencia la mayoría de matices de su personalidad. Algo similar ocurre con el rol de Tulip O’Hare, un papel que Ruth Negga (Loving) ha hecho suyo hasta niveles insospechados.

Evidentemente, el protagonista es el que se lleva un mayor desarrollo dramático. Más allá de la labor de Dominic Cooper (Warcraft. El origen), lo realmente interesante es el proceso que vive el predicador una vez recibe a Génesis. Proceso en el que ángeles y demonios tienen mucho que ver, y en el que tienen lugar algunas de las mejores y más hilarantes secuencias de esta temporada, desde la lucha en la iglesia hasta esa habitación de un motel llena de cadáveres repetidos de los mismos ángeles. Esto, además, confirma la necesidad de los guionistas de alejarse deliberadamente de la historia original en algunos de sus aspectos. Posiblemente lo único que se le pueda echar en cara a la trama es una cierta inconexión en la forma de abordar el pasado y las relación de este predicador con el rol de Negga. No es que no se explique, sino que su forma de enfocarlo puede desorientar a algunos espectadores durante los primeros compases de la historia.

Y en medio de todo esto, el Santo de los Asesinos. Este imprescindible personaje de la trama, interpretado por Graham McTavish (La hora decisiva), es introducido en la temporada casi como un elemento diferenciador, sin demasiada conexión con el resto de la trama pero que, poco a poco y a base de repetir su única y corta línea argumental una y otra vez, va adquiriendo relevancia dramática para, en el último episodio, confirmar no solo su pasado o su presente, sino el futuro que va a tener en el argumento. Y como no podía ser de otro modo, protagoniza una de las secuencias más violentas de la serie rodada, por cierto, aprovechando el fuera de campo de un modo pocas veces visto en televisión.

Se puede decir que la primera temporada de Predicador, a pesar de sus diferencias con el cómic original, se mantiene fiel al espíritu tan transgresor y gamberro que tienen las viñetas. Poco importan, por tanto, que el pasado o la presentación de los personajes se ajuste a la idea de Garth Ennis y Steve Dillon. Poco importa que la trama se desarrolle de forma totalmente diferente. Al final, lo que cuenta es si realmente esta serie puede enmarcarse en el mundo de este predicador con una entidad todopoderosa en su interior. La respuesta es un rotundo sí, por lo que solo se puede disfrutar del humor ácido que desprenden sus secuencias. Y sobre todo, mostrar la esperanza en que las siguientes temporadas entrarán de lleno en la búsqueda de Dios que ha iniciado Jesse Custer.

‘Los diez mandamientos’, superproducción épica de corazón íntimo


Charlton Heston y Yul Brynner en 'Los diez mandamientos', de Cecil B. DeMille.El estreno de Exodus: Dioses y reyes, la nueva cinta de Ridley Scott (Prometheus) invita a analizar uno de los clásicos más importantes de la Historia del Cine. Más allá de la historia que comparte con Los diez mandamientos, la versión de 1956 que Cecil B. DeMille (Cleopatra) hizo de su propia película de 1923, ambas cintas (la del 56 y la de este 2014) suponen dos formas de entender el cine como espectáculo, cada una de ellas notablemente marcada por el sino de los tiempos que les tocó vivir. En realidad, lo que cada una representa es una forma de afrontar la narrativa en todos sus aspectos, desde la interpretación hasta los detalles de todo aquello que da forma al contexto en el que transcurre la trama.

O lo que es lo mismo, el inmortal clásico de DeMille es una obra que, aunque marcada por la fantasía de los acontecimientos bíblicos que narra, trata de dotar al conjunto de un realismo visual impecable. El afán de la cinta por recrear el Egipto faraónico deja algunos detalles en su vestuario y en su decoración simplemente insuperables, como son la doble corona del faraón o el colorido de los ropajes. Motivados por el uso del color que en aquella época alcanzaba su máximo esplendor con las técnicas más modernas de la época, sus responsables investigaron el mundo faraónico lo suficiente como para mostrar al espectador un mundo mágico marcado, a su vez, por una historia igual de mágica. Por desgracia, es algo que se pierde en la historia que narra Scott, que parece argumentada con un mero vistazo a un libro de fotos (¿de verdad que nadie se planteó el absurdo de poner una pirámide al lado de un templo no funerario?).

No es este el momento de entrar a valorar los errores de ‘Exodus’, sino de apreciar aquellos matices que convierten a Los diez mandamientos en la magnífica obra que es. Y más allá de su ambientación, deliciosamente lograda, lo que resalta por encima de todos los aspectos, incluso del bíblico que se encuentra en la base, es la relación entre los dos protagonistas, Charlton Heston (Ben-Hur) y Yul Brynner (Los siete magníficos), Moisés y Ramsés respectivamente. Sus personajes, aunque en extremos opuestos de la trama, rebosan una presencia en pantalla única, dotándoles de la magnificencia que merecen. El primero como el encargado de representar a Dios entre los hebreos y ante el faraón; el segundo, como un hombre acostumbrado a reinar y a ser considerado Dios en la Tierra. Esta diatriba teológica lleva la relación de amor-odio de ambos personajes a un nivel diferente en el que no hay envidias o recelos, sino más bien respeto por un pasado común y por un vínculo debilitado pero todavía existente.

A diferencia de lo que ocurre con la cinta de Ridley Scott, Brynner compone un faraón sólido, capaz de imponer su voluntad por algo más que los galones y las joyas que adornan su cuerpo. Es, en definitiva, el líder de un pueblo que no está dispuesto a dejar marchar a nadie simple y llanamente porque no está en su educación. No se trata, por tanto, de una cuestión política o estratégica, sino únicamente de un desafío a su propio ser. Esa soberbia, que choca frontalmente con la humildad que adquiere el rol de Heston a medida que descubre sus orígenes, es la que genera el contraste que, a su vez, dinamiza el desarrollo dramático de la trama, hasta el punto de ensalzar emocionalmente el momento más trágico de la historia: la última de las plagas de Egipto. La muerte de los primogénitos, más que una derrota por haber asesinado a su propio hijo, se convierte en una derrota teológica. El Dios en la Tierra es derrotado definitivamente por el Dios hebreo tras una serie de “duelos” entre ambos en forma de milagros y su correspondiente contrapartida egipcia.

El Dios de fondo

En este sentido es importante destacar que Los diez mandamientos tiene un tercer pilar dramático que no hay que despreciar. El triángulo amoroso entre Ramsés, Moisés y Nefertari (Anne Baxter, vista en Eva al desnudo) se convierte en una fuente de conflicto que se suma a la historia principal. El personaje femenino, a través de la figura romántica, crece lo suficiente como para ser relevante en una historia masculina en la que las mujeres, en líneas generales, son “simplemente” madres, hermanas o esposas cuya misión es dotar de bondad y comprensión al desarrollo. Baxter, sin embargo, compone un rol duro, maduro y sibilino que mueve a los hombres en función de sus propios intereses, llevándoles muchas veces a un destino aciago que a ella poco parece importarle. Esta función de engranaje en la historia permite, además, revelar algunos aspectos secundarios del resto de personajes, lo que en definitiva les convierte en más humanos y más próximos al espectador.

Aunque evidentemente, uno de los elementos definitorios del film es la presencia de Dios, cuya figura nunca llega a verse pero cuyo papel está presente en todo momento. Es conveniente señalar que, mientras que la cinta de Scott opta por un Dios vengativo y rencoroso (se puede decir que incluso tiránico), DeMille presenta a este personaje como un ser que busca, ante todo, la salvación de un pueblo sin dañar al otro. Los milagros que obra, además, tienen una presencia mucho más divina que en esta nueva versión, por lo que la cinta poco a poco deriva hacia una historia de carácter mágico, sobre todo durante las plagas de Egipto y la separación de las aguas del Mar Rojo. Se puede decir, por tanto, que Dios es una presencia de fondo en una historia que, en realidad, aborda el distanciamiento de dos hermanos por sus diferentes puntos de vista en la forma de tratar a los esclavos.

Y esta es una de las grandes diferencias con Exodus: Dioses y reyes aunque pueda parecer sorprendente. Sí, existe la relación entre los dos protagonistas. Y sí, ambos luchan en la liberación del pueblo, cada uno en un lado de la balanza. Pero Scott trata a Ramsés como un tirano incapaz de regir un reino como Egipto. Un hombre débil y, en cierto modo, cobarde, que está más preocupado de sus construcciones (algunas de ellas ni siquiera suyas históricamente hablando) que de su pueblo. Y esto termina debilitando el conflicto entre ambos hombres, pues la “grandeza” moral de Moisés no encuentra un antagonista creíble en la “bajeza” moral de Ramsés. Es esta una de sus más notables diferencias con la cinta de DeMille, cuya solidez dramática en este sentido queda patente en prácticamente todas las secuencias que comparten Heston y Brynner.

Desde luego, tras casi 60 años nadie duda que Los diez mandamientos es un clásico incomparable. El uso de técnicas de última generación para su época generó algunos de los momentos más recordados del cine, sobre todo en lo referente al Mar Rojo. Pero por encima de sus efectos visuales y de su fidelidad a la hora de recrear Egipto, lo que hace memorable al film es el conflicto humano, casi familiar, que existe entre sus dos protagonistas, y que azuza convenientemente el rol de Anne Baxter. Al final, independientemente de las tablas de la Ley, del éxodo o de las plagas de Egipto, lo relevante es el pulso dramático e interpretativo entre esos dos grandes actores y esos dos grandes personajes. Ni siquiera la presencia de Dios es capaz de restar relevancia al antagonismo de ambos, lo cual da una idea del verdadero sentido de esta superproducción épica de corazón íntimo.

Tráiler de ‘Exodus: Dioses y reyes’, épica bíblica a cargo de R. Scott


Fotograma del tráiler de 'Exodus', dirigida por Ridley Scott.Tras hacerse públicas varias fotografías del film, ayer pudimos finalmente descubrir el tráiler de lo nuevo de Rdiley Scott después de El consejero. Bajo el título de Exodus: Dioses y reyes, la trama escrita por Steven Zaillian, guionista de, entre otras, La lista de Schindler (1993), aborda diversas historias del libro del Éxodo, centrándose principalmente en la relación entre Moisés y Ramsés en Egipto. Supone, por tanto, una actualización de Los 10 mandamientos (1956), aunque es de esperar que aporte al menos algo distinto a la trama, más fresco y dinámico. Y a tenor de lo visto en estos primeros minutos, que como siempre encontraréis al final del texto, cumple con esa idea de dotar de mayor dinamismo a la historia, así como un tono más sombrío y más épico, si es que esto último es posible.

Lo que no se le puede negar a este avance es su capacidad para mostrar el diseño de producción, todo un despliegue de grandiosidad que refleja con bastante coherencia el estilo egipcio en todos los detalles, desde los majestuosos edificios de piedra (el colorido de estatuas, muros y figuras es notable) hasta la indumentaria o las herramientas, como se desprende de esas secuencias bélicas en las que los carros son tirados por dos caballos (es esta una de las imágenes más conocidas de Ramsés II) o los soldados y reyes visten los tocados que pueden encontrarse representados en los muros de los templos. Del mismo modo, el tráiler hace hincapié en la relación fraternal entre Moisés y el futuro faraón, llevándolas hasta límites nunca antes presentados, es decir, una lucha entre ambos.

Una grandiosidad, por cierto, que impregna todos los detalles del film, desde sus planos, con un uso interesante de los planos generales para mostrar la grandeza de Egipto, hasta sus efectos visuales, como ese plano del caballo ante el muro de agua. Por otro lado, Scott sigue fiel a su estilo personal a tenor de la apuesta por una fotografía sombría, que huye de brillanteces cromáticas y se acerca más a ese tono sombrío al que antes hacía referencia, en la línea de lo que ya hizo en Gladiator (2000) o en El reino de los cielos (2005). Por supuesto, todavía falta mucho para valorar positiva o negativamente el film, pero a priori se antoja una propuesta cuanto menos interesante que, independientemente de su influencia bíblica, parece querer contar una historia más terrenal, próxima a las relaciones entre hermanos y al debate de la esclavitud en Egipto, algo que por cierto ya se ha demostrado no ser cierto, al menos en la forma en que esta historia pretende mostrarlo.

La película, que llegará a los cines en diciembre de este 2014, cuenta con un reparto espectacular en el que destacan Christian Bale (La gran estafa americana) como Moisés; Joel Edgerton (El gran Gatsby) como Ramsés; John Turturro (Aprendiz de gigoló) como Seti; Sigourney Weaver (serie Political animals) como Tuya, la madre de Ramsés; Aaron Paul (serie Breaking Bad) como Josué; Ben Kingsley (El médico) como Nun; la española María Valverde (Tengo ganas de ti) como Séfora; e Indira Varma (Mindscape) como Miriam. A continuación el tráiler.

‘Noé’: la naturaleza del hombre ante el diluvio universal


Jennifer Connelly da vida a la mujer de 'Noé', interpretado por Russell Crowe.Aviso para todos aquellos cristianos, judíos, musulmanes y demás religiones que recojan la historia de Noé en sus respectivos libros sagrados: la visión de Darren Aronofsky (Pi, fe en el caos) de este suceso no es, ni con mucho, similar a lo que está escrito. Dejando a un lado lo de los cientos de años que vivieron él, sus antepasados y sus hijos, lo más sorprendente de esta aproximación es que combina con inteligencia la fantasía del relato con el “realismo”, si es que dicho término puede aplicarse en este caso, de unos personajes que, ante todo, son muy humanos.

No cabe duda de que Noé, con todos sus defectos y todas sus virtudes (que se reparten el mérito casi a partes iguales), se apoya acertadamente en la evolución dramática de su protagonista. Russell Crowe (El dilema) logra encarnar con fortuna un rol complejo que comienza movido por la bondad y termina destruido por la obsesión y la convicción de ser el único hombre con derecho sobre todo lo que le rodea. Un hombre, en definitiva, con ciertos delirios de grandeza que no duda en utilizar la fuerza para defender lo que es correcto, o al menos lo que él considera que es correcto, incluso en situaciones extremas. Es este notable cambio el que sustenta el film, el que crea expectación hacia la mitad del metraje y el que logra que su tercio final sea, al menos, tolerable.

Porque que nadie se engañe, lo nuevo de Aronofsky se mueve hacia la deriva casi como el arca protagonista. No quiere decir esto que la película no tenga un sentido, al contrario. Su mensaje religioso, a pesar de lo que algunos puedan pensar, está muy claro. Las bellas imágenes de la creación, la hermosa y celestial banda sonora, o las dantescas escenas de caos y violencia que rodean a los hombres remiten una y otra vez al sentido bíblico de su trasfondo. No, la deriva en este caso se produce por la constante pérdida de ritmo que sufre el argumento, más acentuado desde el momento en el que la acción se traslada al interior de esa enorme caja de madera. Las obligaciones dramáticas de un escenario cerrado, oscuro y monótono llevan a la película a resultar tediosa, únicamente dinamitada (en parte) por esa evolución del protagonista que antes comentaba. Eso por no hablar de algunas tramas secundarias que parecen encajadas con calzador, como la del personaje interpretado por Logan Lerman (Pequeños salvajes) o la presencia milagrosa de Matusalén, un Anthony Hopkins (Lo que queda del día) que simplemente se deja ver.

Desde luego, aquellos que busquen aventura se darán de bruces con un relato denso, interesante desde un punto de vista dramático y formal pero irregular en muchos de sus aspectos más relevantes a primera vista. Aronofsky nunca ha sido un director de fácil digestión, está claro, y Noé es un claro ejemplo. Posee muchos hallazgos y simbolismos interesantes, como la presencia de esos deformes y algo burdos gigantes, la forma en que los animales comprenden a dónde deben dirigirse a través de un riachuelo de agua o la propia historia de la creación, una excelente combinación entre ciencia y religión. Pero como entretenimiento falla, perdiendo interés de forma progresiva y derivando en una especie de análisis de la locura y la obsesión de un hombre y su acuerdo con el Creador. De todo esto tienen poca culpa sus responsables, pues la historia no permite mucho más, pero eso no impide que la película termine haciéndose algo larga, tal vez demasiado.

Nota: 6,5/10

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