Segunda T. de ‘The Newsroom’, un único clímax para varios relatos


Un momento de la segunda temporada de 'The Newsroom'.Superar las primeras partes de cualquier saga, sea una serie de películas o una serie de temporadas, suele estar al alcance única y exclusivamente de unos pocos. No es que aquello de “segundas partes nunca fueron buenas” sea dogma de fe, sino que por regla general es difícil, muy difícil, superar lo planteado en el original y, además, responder a las expectativas creadas. Uno de esos pocos capaces de conseguirlo es Aaron Sorkin (Moneyball: rompiendo las reglas), quien en la segunda temporada de The Newsroom engrandece el resultado de la primera parte ofreciendo más y mejor de lo mismo, o lo que es lo mismo, enfrentando a sus personajes a situaciones mucho más complejas y moralmente comprometidas. Todo para evidenciar lo que, a su juicio, debería ser la profesión periodística.

Estos nuevos 9 episodios cuentan, como ya es seña de identidad de la serie, con acontecimientos verídicos como trasfondo de los problemas personales de sus protagonistas, aunque introduce nuevos matices: la presencia de historias periodísticas no reales o, al menos, no acontecidas de ese modo. Todo el arco argumental que nutre la segunda temporada desde su inicio hasta su final es en realidad una dramatización de un hecho similar ocurrido en la CNN en los años 90, cuando tuvo que retractarse por una falsa información que acusaba al gobierno de Estados Unidos de actos similares a los de la serie. Un arco argumental, por cierto, que sirve a Sorkin para aportar dos lecciones en dos campos muy diferentes. Por un lado, el periodístico, en el que viene a confirmar la idea de que un periodista nunca debe afrontar su profesión influenciado por su propia ideología, sea ésta la que sea.

Pero por otro, y es este el aspecto que más nos interesa ahora mismo, es una clase espléndida de cómo jugar narrativamente con los tiempos de un relato audiovisual. A lo largo de todos los episodios la acción es un constante flashback en el que, a través de entrevistas, se recuerda lo ocurrido durante casi un año. Muchos pensarán que el uso de texto sobreimprimido en la pantalla ayuda a seguir la acción, pero ahí reside precisamente una de las lecciones de guión que aporta Aaron Sorkin. En esta nueva temporada de The Newsroom apenas hay reseñas temporales. La mayoría de las guías que tiene el espectador para seguir la acción se hallan en los magistrales diálogos y en las constantes referencias a lo ocurrido anteriormente, generando una sinergia que fluye sin interrupción hasta ese plano final del último episodio que posee una fuerte carga simbólica que, a su vez, convierte en una especie de ciclo todo lo acontecido en la primera y la segunda temporada.

Ya lo he comentado en numerosas ocasiones. Un guión del autor de El ala oeste de la Casa Blanca es una obra que debe ser analizada por cualquier guionista que se inicie en la escritura. No por sus diálogos, que evidentemente han creado un estilo único y personal, sino por su forma de planificar todos y cada uno de los hechos para que confluyan en una única idea, en un único momento que provoque el clímax esperado y deseado. En una palabra, crear un guión acorde a las expectativas generadas. Puede parecer simple, pero no lo es. Y para muestra un botón. Los dos últimos episodios, un díptico sobre las elecciones norteamericanas de 2012 (una excusa como otra cualquiera para exponer sus ideales sobre demócratas y republicanos), poseen una fuerza que surge de todo lo acontecido anteriormente, de todas las tensiones y confrontaciones ocurridas entre los personajes. Todo, desde detalles tan insignificantes como la cobertura de una campaña política hasta la anécdota del libro firmado erróneamente en alemán, confluye en una secuencia que podría calificarse como épica, en la que el ritmo aumenta hasta hacer insoportable la mezcla de sentimientos.

Esa forma de manipular los tiempos, de ofrecer un trasfondo sólido y coherente a todas las decisiones tomadas en cuestión de minutos, es lo que convierte a ese capítulo 9 de esta segunda temporada en uno de los mejores de la serie, y posiblemente en uno de los mejores escritos para televisión. Y es lo que, por cierto, convierte al creador de The Newsroom en el referente en el que se ha convertido con apenas una decena de obras escritas. Incluso aunque exista una cierta irregularidad al inicio de la temporada en la que la historia no parecía avanzar en sus tramas secundarias y que, según el propio Sorkin, se debía a un bloqueo creativo. Esto, flaquezas incluidas, no es resultado únicamente de planificación dramática. Buena parte del éxito lo tiene la ejemplar definición de personajes que realiza y, como siempre, los inteligentes diálogos y largos discursos que contiene la serie. Algo que, por cierto, se contradice bastante con lo que cualquier manual suele recomendar.

¿Es relevante la ideología?

No he mencionado el reparto hasta ahora, y en realidad no merece mucho la pena analizarlo en profundidad, principalmente porque el nivel interpretativo es tan alto que habría que dedicar un texto en exclusiva para ellos. Destacar, eso sí, a Jeff Daniels (Aracnofobia), quien conseguía este año el Emmy al Mejor Actor. Viendo su labor en estos nuevos episodios es fácil comprender porqué. El actor logra transmitir con apenas unas miradas todas las emociones que chocan en su interior, amén de aportar un cierto tono irónico a sus discursos que, más que quitar hierro a determinados temas, lo que hace es poner un acento aún más destacado sobre ellos. Por poner dos ejemplos, la última mirada a cámara del episodio 5, indescriptible, en la que se desvela el lado más personal de su personaje; y su defensa de lo que debería ser el ideario republicano del último episodio, una sabia reflexión sobre el camino por el que nos llevan los extremismos.

Esto me lleva a otro gran aspecto en The Newsroom: la clara inclinación demócrata de Aaron Sorkin. Muchos de los detractores de su obra se apoyan en la idea de que sus guiones, más allá de discursos interminables o de personajes deliberadamente idealistas (no termino de ver el problema siempre y cuando se haga bien), rezuman por los cuatro costados de las hojas una clara ideología de izquierdas o, por ser políticamente correctos, progresista. Evidentemente, en una serie sobre lo que debería ser el periodismo no puede faltar esto. Sí, incluso los personajes abiertamente republicanos poseen una ideología algo demócrata o, por volver a ser políticamente correctos, de centro. Y sí, la visión que arroja sobre determinados aspectos del periodismo es a la par realista e idealista (una cosa es lo que ocurre y otra lo que debería ocurrir). En este aspecto, nada que reprochar.

Pero la pregunta es, precisamente, la que se hace más arriba. ¿Es relevante todo este contenido ideológico? Relevante para el producto audiovisual que se ofrece, claro está. Dejando a un lado posiciones políticas, aspiraciones sociales y demás conceptos morales superiores, la respuesta debería ser no. En realidad, da igual que defiendan una forma de entender periodismo o una forma de hacer política. Lo importante aquí es cómo se presenta, cómo Sorkin es capaz de introducir al espectador en un mundo único en el que todo pasa en un suspiro, en el que apenas hay tiempo de sentarse a meditar. Pensándolo bien, no da igual. Porque sin ese idealismo, sin esa marcada posición ideológica, la serie carecería de buena parte de su grandeza. Es necesario poner a los personajes en unas posiciones inflexibles para poder exponer claramente las ideas. Lo que da igual es si son de un color o de otro. El mundo, en el fondo, funciona así. La realidad es multicolor, pero el ser humano tiende a catalogarlo todo como blanco o negro. La genialidad en este caso es saber plasmarlo en un guión.

La segunda temporada de The Newsroom es, en definitiva, más y mejor. Si la primera temporada ofrecía una visión más o menos idealizada del funcionamiento de una redacción, esta nueva entrega revela algo más los entresijos periodísticos de una noticia importante fraguada a lo largo de meses. El hecho de que su resultado no sea el esperado permite, además, exponer ideas como la veracidad o la credibilidad. Aunque lo relevante, al menos desde un punto de vista cinematográfico, es la forma que tiene el creador de la serie de conducir todo lo ocurrido en 9 capítulos a un único momento, a un único clímax en el que no solo se dan solución a los conflictos (algunos, por cierto, con un sentido del humor muy característico), sino que plantea escenarios futuros (nuevas parejas, nuevos traumas, nuevos retos) y, gracias a ese plano final tan sencillo y al mismo tiempo cargado de significado, nuevas noticias que ofrecer.

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‘Las brujas de Zugarramurdi’: si es que los hombres no aprenden…


Carolina Bang es una de 'Las brujas de Zugarramurdi' que captura a Hugo Silva y Mario Casas.Álex de la Iglesia va camino de convertirse en un auténtico icono del cine español, si es que no lo es ya con clásicos como El día de la bestia (1995) o La comunidad (2000). Puede que su cine se asocie siempre con el exceso, el humor negro y el tono fantástico y algo frenético de las temáticas que aborda, pero sea como sea sus historias, vibrantes y muy bien narradas con la cámara, saben tocar las teclas necesarias para entretener y al mismo tiempo radiografiar una sociedad, la española, marcada por muchos tópicos y mitos. Su última película viene a confirmar lo que parece saber todo el mundo pero nadie se atreve a confesar: que las mujeres son todas unas brujas y que los hombres, tan listos y seguros de sí mismos, son en el fondo unos fracasados que tropiezan siempre con la misma piedra.

Evidentemente, las cosas no son siempre así, pero el cliché permite al director bilbaíno componer una huida frenética hacia ninguna parte por parte de unos personajes acabados, a cada cual más estúpido, incapaces de comprender los errores que les han llevado a su situación. Una huida, por cierto, que imprime al film un ritmo trepidante que no cesa prácticamente en ningún momento, combinando acción, diálogo y humor de forma tan natural que ninguno de ellos podría existir sin el otro. Buena culpa de todo esto la tiene el guionista, Jorge Guerricaechevarría, colaborador habitual de De la Iglesia y posiblemente uno de los mejores del panorama actual español (suyo es, por ejemplo, el libreto de Celda 211). Sus diálogos, frescos y dinámicos, así como el desarrollo de la trama, bastante coherente hasta su tercio final, forman los dos grandes pilares de una película que el director sabe aprovechar a las mil maravillas con las herramientas de que dispone, es decir, cámara y actores.

Porque sí, la realización de Álex de la Iglesia es impecable y consigue algunos planos hilarantes e inolvidables (por cierto, atentos al humor negro que impregna los títulos de crédito iniciales), pero la labor de los actores es sencillamente indescriptible. Hablar de Carmen Maura (Volver) o Terele Pávez (Nudos) sería reincidir en dos grandes actrices que son capaces de llenar la pantalla con una simple mirada. En realidad, los que sorprenden son Hugo Silva (En fuera de juego) y Mario Casas (Carne de neón), este transformándose en un macarra de tres al cuarto cuya cobardía sale a relucir cuando se menciona el nombre de su novia. La labor de ambos, sobre todo el segundo, permite pensar que tienen bastantes más registros de los que hasta ahora se les ha confiado, y abre las puertas a futuras interpretaciones que les permitan crecer en su campo. Por no mencionar la presencia de Carlos Areces (Extraterrestre) y Santiago Segura (Torrente 4), tal vez lo más hilarante y paródico del conjunto.

Esto no impide, sin embargo, que el final no termine siendo una absoluta entrega al estereotipo puro y duro. Toda la originalidad y crítica social (muy marcada, sobre todo al comienzo) que desprende Las brujas de Zugarramurdi hasta ese momento desaparece para dar rienda suelta a los efectos y la acción desmedida, desvirtuando en cierto modo todo lo conseguido hasta entonces. Claro que para ese momento poco importa, pues las sensaciones dejadas hasta entonces duran incluso varias horas después de que se enciendan las luces de la sala. Sobre todo lo que se desprende de esa especie de epílogo final: que los hombres, por mucho que conozcan la verdadera naturaleza de las mujeres, están condenados a tropezar en los mismos errores. Ante esto, la pregunta que cabe hacerse es: ¿Quién sale peor parado de la película? ¿Los hombres o las mujeres?

Nota: 7,5/10

‘La red social’, innovar en historias de personajes contemporáneos


Andrew Garfield, Joseph Mazzello y Jesse Eisenberg, protagonistas de 'La Red Social'.Las biografías de personajes influyentes en la sociedad, ya sean históricos o contemporáneos, siempre ha sido un tema muy apreciado por cineastas y actores. Quizá la mejor prueba de ello sea que aquellos intérpretes que adoptan las características de dichos iconos suelen estar nominados a la mayoría de premios, consiguiendo muchos de ellos. Ashton Kutcher (Algo pasa en Las Vegas) será el último en sumarse a esta tendencia con su papel en jOBS, que aborda la vida del fallecido creador de Apple y que en pocos días llegará a medio mundo. Casualidad o no, hace tres años el mundo de la informática e Internet ya fue tratado en otra recreación de la vida de uno de los gurús de este mundo: Mark Zuckerberg, creador de Facebook. La red social, dirigida por David Fincher (El curioso caso de Benjamin Button), es uno de esos experimentos audiovisuales en los que una historia aparentemente poco cinematográfica se convierte en una pieza de estudio desde varios puntos de vista.

Y digo lo de “aparentemente poco cinematográfica” porque poco hay en su trama que pueda destacarse como algo fuera de lo común. El argumento no tiende en ningún momento a generar sorpresa o intriga. Ni siquiera provoca cierto malestar, salvo que se considere al protagonista como el verdadero villano del film (algo que, por cierto, se consigue en muchas ocasiones). El verdadero atractivo de la película, por tanto, reside en el retrato que se hace de los personajes y en la labor del propio Fincher, que vuelve a demostrar su talento en un film que, repasando su filmografía, encaja poco con sus otros proyectos.

Esto no es algo casual. Si los personajes tienen el peso que tienen en la trama es gracias a la labor del que es uno de los mejores guionistas en la actualidad: Aaron Sorkin (serie The Newsroom). Su habilidad innata para crear diálogos frescos y dinámicos en los que el contenido de lo que se dice es fundamental para comprender el desarrollo dramático, así como su capacidad para crear situaciones y secuencias corrientes cargadas de significado convierten esta historia sencilla en un estudio sobre la ambición, sobre la amistad (o la falta de ella) y sobre el poder de controlar nuestro entorno. Lo más destacable en este sentido posiblemente sea su retrato del protagonista, un hombre cuya alarmante falta de empatía y su egocentrismo sobrepasan el resto de aspectos de su personalidad.

Hace poco tuve la oportunidad de hacerme con una copia del libreto de la película en su versión original. Y tras leerlo solo se pueden destacar dos aspectos. Uno es precisamente esa agilidad a la hora de componer diálogos, entre otras cosas porque son textos cortos, incisivos y muy calculados. El otro es que cualquier estudiante de guión debería analizarlo en profundidad. Tal vez no en el sentido de la estructura dramática del film, sino en la forma de escribir, de estructurar la acción en cada una de las secuencias. Y todo ello sin la necesidad de contar una historia original o creativa. Simplemente adaptando el libro escrito por Ben Mezrich sobre una historia que, por su actualidad, buena parte de la sociedad ya conoce. Ahí radica el éxito de la obra.

El tándem perfecto

Claro que todo este aspecto narrativo es conveniente analizarlo una vez visto el film y leído el texto original. El otro gran pilar de la película, el visual, es mucho más directo y atractivo. Como ya hemos señalado, la historia en sí misma tiene pocos alicientes. Un drama de estas características con algún que otro detalle de intriga ofrece pocas posibilidades a la innovación, no digamos ya a la revolución. Empero, David Fincher logra crear algunos de los momentos más interesantes en lo que podríamos llamar una lección de dirección cinematográfica en toda regla.

La red social es un claro ejemplo de la máxima que obliga a no planificar por encima de las posibilidades de la historia. Y una trama como esta exige una planificación más bien neutral, con poco margen para filigranas con la cámara. Eso no impide que haya algunos momentos brillantes que, todo hay que decirlo, tienen buena parte de su mérito en el montaje, la fotografía o la música. En este aspecto hay dos momentos que pueden ser reveladores. Uno de ellos es la secuencia inicial, aquella que nos define al protagonista y que pone la semilla para el posterior desarrollo de la serie. Es una simple conversación de dos personajes sentados en una mesa. ¿Hay algo más simple y más manido? Puede que no, pero Fincher lo convierte en un frenético intercambio de ideas en el que los planos de uno y otro se suceden casi sin respiro hasta el punto de inflexión de la secuencia, aquel en el que la cámara se para para mostrar un contexto más amplio de la situación. En esta ocasión, la visión del director no hace sino acrecentar el tono del guión, convirtiendo el diálogo en una auténtica batalla verbal.

El otro es la regata. De nuevo, un momento sencillo y con poco margen a la innovación. Y si bien en este caso la planificación no es excesivamente novedosa (aunque tiene algún que otro detalle), resulta interesante comprobar cómo la fotografía y la música pueden jugar un papel igual o más determinante en uno de los papeles fundamentales de todo relato: transmitir emociones. La secuencia va de menos a más en todos sus elementos. Mientras que el inicio es pausado el final es tenso y un tanto dramático. El montaje, al contrario que la secuencia antes analizada, pasa de ser lento y con planos más o menos largos y amplios, a ser dinámico, con planos cortos y centrados en los elementos más significativos de la trama en ese momento. Del mismo modo, la música crece en intensidad hasta llegar al clímax en la resolución de la carrera. Es, como decimos, una forma de dramatizar un momento que a priori no significa nada dentro del cuadro general de la trama para convertirlo en una pieza que aporta una mayor profundidad a los personajes que la protagonizan.

Resumiendo, La red social es uno de esos films que, con los años, deberían ser analizados en profundidad. Tal vez no pase a la historia; tal vez ni siquiera sea el mejor trabajo de cada uno de sus responsables. Pero desde luego es un claro ejemplo de lo que es un buen guión, en su estructura general y en su narrativa particular, y de lo que se puede hacer visualmente hablando si lo que se trata es de narrar con cierta originalidad situaciones cotidianas repetidas hasta la saciedad a lo largo de los años. No por casualidad, Aaron Sorkin y David Fincher, dos de los talentos más interesantes del panorama actual, son los responsables.

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