‘Madre!’: la destrucción del amor


Vaya por delante que Madre! es una película escrita y dirigida por Darren Aronofsky (Réquiem por un sueño). Y eso, en esencia, es decirlo casi todo de un obra de este director. Su último trabajo, una suerte de redención de aquella extraña y fallida apuesta que fue Noé (2014), es una historia compleja, interpretable en muchos niveles y con una profundidad moral, dramática y reflexiva que obliga al espectador a repasar las escenas mentalmente una y otra vez.

Bajo el paraguas de una casa, dos personajes y una serie de secundarios que entran y salen sin tener en principio demasiado sentido dentro de la trama, Aronofsky crea de la nada, como si de un Dios se tratara, una interpretación de la existencia del ser humano a través de la religión. Lo que el cristianismo es para los creyentes, la poesía es para todos los personajes que rodean a unos extraordinarios Javier Bardem (El consejero) y Jennifer Lawrence (El lado bueno de las cosas). Y dicho esto, la interpretación de esta extraña y por momentos surrealista historia debería de ser relativamente sencilla de comprender. Ahora bien, lo que representa la pareja protagonista lo dejaré a elección del espectador.

En efecto, la casa construida por Aronofsky para albergar esta historia viene a ser un mundo en el que la locura, la violencia, el amor, el egoísmo, la vida y la muerte se dan cita. El problema de la película, si es que tiene alguno, es el propio Aronofsky. No es un director sencillo, más bien al contrario, y eso posiblemente llevará a muchos a considerar esta obra una amalgama de propuestas con poco sentido, propia de un director que se considera por encima de todo y de todos. Nada más lejos de la realidad. La visión del autor de Pi, fe en el caos (1998) es una muestra más de la genialidad de un director capaz de comparar religión y poesía, de narrar cómo el hombre destruye lo que le es dado y separa a Dios del amor. Y todo ello con un relato caótico, hermoso, intrigante y apocalíptico que deja algunos momentos sumamente perturbadores.

Desde luego, Madre! no es una película para todos los públicos. Los amantes de Darren Aronofsky volverán a encontrarse con ese director que logra con cada plano narrar más allá de lo que ven los ojos, más allá de lo que interpretan los actores. Un regreso por todo lo alto que, sin embargo, posiblemente no guste a aquellos que solo quieran ver un drama con toques de intriga. Hay muchos más niveles dentro de esa casa, del mismo modo que hay muchos más niveles interpretativos dentro de esta película. Entregarse por completo a la reflexión que plantea es un desafío que merece mucho la pena.

Nota: 8/10

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‘Transformers: El último caballero’: robots de destrucción masiva


Mantener el interés en una saga cinematográfica (o de cualquier otro tipo), sea del género que sea, es todo un reto. Pero hacerlo con el mismo director una y otra vez tras las cámaras parece casi tarea imposible. Y la saga Transformers es un buen ejemplo, por desgracia para muchos que, como un servidor, ha crecido con estos robots capaces de adoptar formas de todo tipo de objetos, principalmente vehículos. Que Michael Bay siga ejecutando la parte visual de estos proyectos empieza a evidenciar un cansancio alarmante de ideas, utilizando siempre los mismos recursos narrativos para una batalla que, al final, termina siendo la misma film tras film. Y lo peor de todo es que los guiones cada vez tienen menos efectividad.

En esta ocasión, y con la excusa de la historia secreta de estos robots gigantes en la Tierra, la historia nos retrotrae a la época de Arturo y la Mesa Redonda. Más allá de lo idóneo o no de esta idea, el principal escollo que no logra superar Transformers: El último caballero es una narrativa con demasiados personajes secundarios luchando en diversos frentes, amén de la presencia de roles que no aportan absolutamente nada al conjunto, salvo metraje innecesario que alargan este espectáculo audiovisual y pirotécnico hasta las dos horas y media. Que las películas hayan crecido en complejidad visual y dramática es, hasta cierto punto, normal. Que lo hagan incorporando personajes autoparódicos sin relevancia ninguna no solo no es normal, sino que no aporta el toque de humor que podría presuponerse, e incluso resta credibilidad a un conjunto que, por lo demás, entretiene los suficiente como para no mirar demasiado el reloj.

Porque sí, al igual que sus predecesoras, la cinta entretiene. Tal vez no durante todo su metraje (una razón más para quitar minutos innecesarios), pero en líneas generales ofrece lo que promete: acción, aventura y mucha adrenalina. Ahora bien, nada más. La historia secreta de los Transformers se explica en los primeros instantes, y a pesar de algún que otro giro argumental a lo largo del desarrollo, la narrativa visual en los momentos en que los robots no se lían a tortazos es más bien deficiente, con diálogos que en algunos momentos rozan el absurdo en un intento de ser divertidos (que lo consigan o no depende, me imagino, de la predisposición de cada uno). Eso por no hablar del hecho de que en muchas ocasiones se solventa de un plumazo los momentos más relevantes de la trama. Y esta es la principal diferencia. Los primeros films, con sus defectos, narraban una historia con una cierta coherencia, con unos límites autoimpuestos para poder crecer.

Tras esta Transformers: El último caballero todo en la saga parece desmoronarse. El guionista abandona, el director parece dejar la silla, y se busca un cambio de sentido dramático y argumental. Desde luego, la saga necesita de un lavado de cara urgente, aunque la clave está en saber cómo debe ser dicho lavado. Por lo pronto, habrá que pensar qué hacer con un planeta, la Tierra, que ya no tiene Luna, cuya superficie se ha visto atacada por otro planeta y en la que, ahora sí, se han destruido definitivamente las pirámides de Egipto. Bueno, sea como sea, la puerta para las siguientes entregas queda abierta con el final de este film, así que todo es posible. Solo queda la esperanza de que estas películas vuelvan a demostrar, como dice su ‘slogan’, que hay más de los que los ojos ven.

Nota: 5/10

‘San Andrés’: sabíamos que esto iba a pasar


Dwayne Johnson y Carla Gugino protagonizan 'San Andrés', de Brad Peyton.Algunos la tacharán de predecible. Otros de meros efectos digitales que ni siquiera necesitan director. Y estoy convencido de que otros tantos cargarán sus tintas contra Dwayne Johnson (Fast & Furious 7), cuyos lagrimales posiblemente estén atrofiados por tanto músculo. Pero lo cierto es que la nueva película de Brad Peyton (Viaje al centro de la Tierra 2: La isla misteriosa) es un entretenimiento puro y duro, sin más pretensiones que dejar al espectador clavado a su silla a base de impactantes secuencias de acción, una trama lineal pero bien elaborada y un final de esos que llevarán a muchos a plantearse su ingreso en algún cuerpo de seguridad. Y hasta la fecha no creo que eso sea algo negativo si uno es consciente de lo que está a punto de ver.

Y desde luego San Andrés no promete nada que no pueda cumplir. Es cierto que la cinta no ofrece grandes momentos dramáticos, y desde luego los actores podrían haber dado algo más de sí (o no, quién sabe), pero eso importa relativamente poco en una película que lo único que ofrece es una cuidada destrucción de toda la costa este de Estados Unidos. Espectacular en todo su metraje, brillante en sus dos grandes setpieces en Los Ángeles y San Francisco, la película es lo que se puede deducir de su título. Ni más ni menos. Y desde luego que los efectos digitales cobran una importancia vital, pero la mano de Peyton se puede apreciar en cada fotograma. Es gracias a él, por ejemplo, que la angustia se apodera del plano secuencia en Los Ángeles, posiblemente la mejor secuencia de toda la película.

Claro que la mayor parte del mérito de que estemos ante un divertimiento palomitero de primer nivel es su guión. Sí, no cabe duda de que el trasfondo dramático es casi inexistente, y desde luego no hay ni un solo giro dramático relevante. Pero el desarrollo de la trama, con secuencias de acción perfectamente distribuidas en los momentos adecuados, refleja un cuidado trabajo narrativo que engancha al espectador, le zarandea entre edificios derrumbándose y corrimientos de tierra, y le deja al final del camino como un superviviente más. Y eso es, a todas luces, el mejor atractivo de una cinta de catástrofes como esta. No son las muertes, todas ellas previsibles. No son las pruebas que los protagonistas deben superar para sobrevivir. No, es simple y llanamente el viaje propuesto.

Es evidente que no estamos ante un profundo drama familiar enmarcado en una tragedia social, pero es que San Andrés tampoco pretende serlo. Su vocación de blockbuster queda patente desde la primera secuencia, con un rescate casi imposible apto solo para héroes como Johnson. A partir de ese momento, y salvo concesiones necesarias para el desarrollo mínimo de sus personajes, la película es una auténtica montaña rusa de caos, destrucción y espectacularidad que no da respiro para reflexionar. Y como toda cinta de estas características, no puede faltar el detalle patriota final. Una distracción sana, sin pretensiones y con sabor veraniego. Como reza uno de los carteles promocionales, “sabíamos que esto iba a pasar”. Y no hay nada de malo en disfrutarlo.

Nota: 7/10

‘Foxcatcher’: megalomanía deportiva, destrucción del deportista


Steve Carell y Channing Tatum protagonizan 'Foxcatcher'.El deporte en el cine suele tener dos caras. Una es la superación, el logro de alcanzar algo que pocos mortales pueden. Otra es el abismo en el que se sumen muchos deportistas lastrados por vicios (confesables o inconfesables) o entornos que se vuelven en su contra. Ambas suelen tener un cierto tono trágico y épico basado en el esfuerzo casi sobrehumano que muchos deben realizar para ser mejores que sus contrincantes. Y luego está la historia real narrada en la nueva película de Bennett Miller (Truman Capote), quien con apenas tres películas ha dejado claro que su estilo sombrío y académico es capaz de transmitir las emociones más complejas mediante la narrativa más básica.

Y desde luego, Foxcatcher no es una excepción. Su uso de los contraluces, de las siluetas y las sombras, ofrece al espectador una doble interpretación de los acontecimientos que narra el film. Por un lado, la historia de un hombre que busca crear su propio equipo de lucha libre. Por otro, la de un megalómano con visos de psicopatía que es capaz de jugar con la vida de aquellos que le rodean sin el menor miramiento. En este sentido, el mérito es casi exclusivo de un guión que transcurre con paso firme por el descenso a los infiernos de un Channing Tatum (Magic Mike) que sorprende, y mucho, con lo que logra sacar de su personaje. Claro que la réplica ofrecida por Steve Carell (Sigo como Dios) no se queda atrás. Su primera aparición en pantalla ya anuncia, aunque sea de forma subyacente, la evolución que toma su personaje, algo que puede apreciarse a través de las conversaciones entre ambos actores.

Aunque sería injusto no reconocer la labor de todo el reparto, a muy alto nivel en su conjunto. Entender la película de Miller como una película deportiva ambientada en la lucha libre sería limitar el foco de atención. Poco importa que sea lucha libre, esgrima o tiro con arco. Lo relevante, y lo que convierte al film en lo que es, es la relación entre sus principales roles y cómo un hombre que lo tiene todo es capaz de destruir a un hombre simple y llanamente porque puede. Tal vez la historia peque de una cierta languidez en su ritmo, motivada sobre todo por esos largos planos de miradas. Pero eso no debe impedir apreciar los giros constantes que da la trama principal hasta llegar a un clímax que, para aquellos que no conozcan la historia real, es un notable impacto emocional.

Con esto, Foxcatcher se revela como un film completo, una trama de personajes más que deportiva, en la que las personalidades de sus protagonistas chocan hasta el punto de destruirse mutuamente. Sin duda Carell es capaz de reflejar con éxito una personalidad tan compleja como la de John du Pont, pero es Tatum quien carga sobre sus hombros el drama de un hombre que lo tuvo todo y lo perdió a manos de una manipulación y de una anulación total de su forma de ser. Y sale airoso, lo cual es de admirar. Desde luego, este año ha habido películas mejores, pero eso no quiere decir que no estemos ante uno de los títulos más interesantes y atractivos del año.

Nota: 7,5/10

‘Locke’: La responsabilidad de destruir nuestra vida


Tom Hardy es 'Locke', quien está a punto de acabar con todo lo que tiene.Puede parecer sencillo, pero hacer una película minimalista es más complejo que llevar a cabo un blockbuster veraniego. Si se hace bien puede revelar una serie de componentes artísticos únicos. La nueva película de Steven Knight, que debutó en la dirección con Redención (Hummingbird) el año pasado, es una de esas historias que a primera vista se antojan extrañas, puede que incluso desconcertantes. Sin embargo, el desarrollo dramático está construido de tal modo que el espectador no solo termina comprendiendo todos los matices del personaje protagonista, sino que asiste impotente y atónito a uno de los procesos autodestructivos más interesantes vistos en una pantalla de cine.

Sin duda, la propuesta de Knight es arriesgada. Ubicar a un único personaje en un escenario tan limitado como un coche es una de esas decisiones que tienen todas las papeletas para que salga mal. Requiere de una variedad visual enorme y de una interpretación lo suficientemente intensa como para no aburrir al espectador. Locke posee ambos pilares, sobre todo el segundo. Si la apuesta formal es notable, girando siempre alrededor de ese manos libres que no para de sonar, la labor de Tom Hardy (Origen) como único intérprete, manteniendo sobre sus hombros una película de casi hora y media, es brillante. El actor logra dotar de una entereza y de un dramatismo únicos a un personaje obsesionado por no repetir los errores de su padre, por hacer lo que considera correcto aunque eso le condene y destruya una vida que se antoja, por teléfono, perfecta.

Porque sí, el teléfono es parte fundamental de la trama, casi otro personaje. A través de las diferentes conversaciones que mantiene con su jefe, su mujer, un empleado, … el espectador asiste a una situación habitual que, como es lógico, genera confusión durante los primeros minutos por desconocimiento previo. Empero, son esas mismas conversaciones las que terminan por revelar todos y cada uno de los matices de la situación que vive el protagonista, otorgando a la película una identidad propia y única que, si bien no posee grandes giros narrativos, si crea una espiral de descontrol que el protagonista provoca por sus decisiones pasadas, presentes y futuras, creando al mismo tiempo toda una serie de reflexiones a tener en cuenta. Quizá lo más interesante del conjunto sean los motivos que llevan al personaje de Hardy a la situación en la que se encuentra, que curiosamente surgen de una discusión con sus propios demonios.

Locke se convierte con el paso de los minutos en una brillante reflexión sobre la responsabilidad, sobre las decisiones y sobre las salidas que la vida nos ofrece a medida que crecemos. En este sentido la carretera adquiere un notable carácter simbólico que Tom Hardy aprovecha para componer un personaje soberbio, incapaz de ser superado por las circunstancias al ser él mismo el que las ha creado. El aplomo del personaje ante sus decisiones, incluso aunque estas destruyan todo su mundo conocido, puede llegar incluso a generar escalofríos por la frialdad que poseen, si bien es cierto que el final evidencia el carácter teatral de dicha postura. Steven Knight compone así un viaje a los abismos del ser humano y un estudio sobre las decisiones y la idoneidad de la responsabilidad en situaciones límite. Una película que puede parecer excesivamente lineal en su desarrollo, pero que obliga a pensar en ella durante bastantes kilómetros después de salir de la sala.

Nota: 8/10

‘Transformers: La era de la extinción’: el transformio lo destruye todo


Optimus Prime deberá afrontar su mayor desafío en 'Transformers: La era de la extinción'.Ahora mismo no recuerdo ninguna saga cinematográfica que haya sido controlada por un único director/productor y haya sobrevivido para contarlo. Creativamente hablando, claro está. Y es que cuando un creador pasa demasiado tiempo enfrascado en un proyecto tras otro de características similares tiende a crear un bucle del que es muy difícil salir. Y si es alguien como Michael Bay (Dos policías rebeldes), lo normal es que dicho bucle se convierta en una orgía de destrucción, adrenalina y espectacularidad sin parangón. Esto no sería algo necesariamente malo si no fuera porque tras la fachada (y menuda fachada) debe existir una estructura sólida. Y por desgracia, ni siquiera el director es capaz de ocultar cosas como la nueva entrega de ‘Transformers’.

Cuando una película, a pesar de su espectáculo visual y de sus impecables efectos visuales y digitales, tiene momentos de tedio y diálogos que no van a ninguna parte algo falla. El texto escrito por Ehren Kruger, autor principal de esta saga cinematográfica, hace aguas en buena parte de su desarrollo, que por cierto es un tanto arriesgado para una película de estas características. Más allá de su duración, innecesaria a todas luces, Transformers: La era de la extinción presenta personajes y diálogos que intentan sin éxito recuperar el tono cómico y divertido que tuvieron sus antecesoras, sobre todo las dos primeras. El viaje que realizan Optimus Prime y la familia del personaje interpretado por Mark Wahlberg (El incidente) no termina de llenar los vacíos de acción que posee la trama, que por cierto modifica sustancialmente todo lo visto anteriormente, hasta el punto de convertir a estos robots espaciales en una creación mecánica, dejando aquello de la raza alienígena para otras épocas. Eso por no hablar del “transformio”, nuevo elemento que permite al director explorar vías diferentes de destrucción masiva.

Desde luego, el film gana enteros, y muchos, con las secuencias de acción, aunque incluso en estas se nota el cansancio narrativo y creativo de Bay, que no solo recurre a herramientas habituales en su cine, sino que reitera en numerosas ocasiones dichos recursos por si alguien no se había fijado la primera vez. Sin duda es espectacular, sobre todo en su tercio final con la presentación en sociedad de los Dinobots y esos combates a muerte entre los Autobots y una nueva raza de Decepticons que, como no podía ser de otro modo, recupera para la causa al villano por antonomasia de la saga. La cuestión es si todo esto es capaz de justificar el recorrido hecho con anterioridad. La respuesta dependerá del amor que se tenga por estos míticos juguetes.

Transformers: La era de la extinción se halla a medio camino entre el espectáculo más apabullante y el desarrollo más mediocre que puede conseguirse hoy en día en Hollywood. Desde luego, la película merece la pena gracias a esas transformaciones, a las secuencias de acción y a esos Dinobots que recuperan unos de los personajes más entrañables de las creaciones originales. Pero en ningún caso es una película entretenida. Esta cuarta entrega demuestra la decadencia en la que ha entrado la saga, y pide a gritos una renovación creativa en muchos de sus puestos claves, sobre todo en lo que a guión se refiere. Claro que existen algo más de 1.000 millones de razones para que todo siga igual en una futura entrega que no tardará en llenar las salas de cine y los bolsillos de sus principales responsables.

Nota: 5,5/10

‘Godzilla (2014)’: salvados por nuestro destructor


'Godzilla' arrasa San Francisco en un intento de acabar con otros monstruos.Tratar de reinventar en algunos géneros y con determinadas películas es tarea ardua, por no decir imposible. Sobre todo si son clásicos cuyo desarrollo está arraigado en la cultura popular de un modo u otro. Eso debió pensar Gareth Edwards (Monsters), quien se embarca en su primera gran producción con el monstruo más famoso de Japón. Nada más y nada menos. A tenor del resultado, esta nueva versión del ‘kaiju’ sigue la tradición del personaje en todos sus aspectos pero, como le suele ocurrir a este tipo de films, ofrece poco más que la propia criatura a pesar de los intentos por humanizar su trama.

De hecho, si algo no termina de funcionar en la historia es el grupo de protagonistas, no tanto por su dibujo sobre el papel (que tampoco es demasiado profundo), sino por el desarrollo de la historia que les une a Godzilla y al resto de ‘kaiju’ que aparecen en el film. La trama, que mantiene el espíritu de crítica a la energía nuclear, no termina de funcionar en sus primeros minutos debido a una entrega excesiva en el tratamiento de unos personajes que tienen más bien poco que ofrecer y de una historia que, en un intento por generar intriga, lo que logra es no aportar casi nada de información. En este sentido, la evolución dramática demuestra que todo lo narrado hasta la aparición del fantástico monstruos es, por decirlo claro, paja con la que rellenar, pues una vez empezada la destrucción apenas tienen sentido el resto de elementos.

Eso sí, desde el momento en que las criaturas despiertan la película alcanza un nivel espectacular. Edwards opta ya durante los títulos de créditos por un estilo clásico en todos los aspectos, desde una banda sonora magistral hasta una criatura con el diseño de los primeros films. Combinado con una planificación que sabe aprovechar bastante bien los recursos de los que dispone, el director logra que el film crezca poco a poco hasta terminar como lo que es, un film divertido de aventuras y catástrofes que lo único que trata es de entretener. Y no hay duda de que lo consigue gracias, curiosamente, a que los seres humanos prácticamente se convierten en espectadores de la magnífica lucha entre monstruos que, como no podía ser menos, destruye la ciudad de San Francisco.

Esta nueva versión de Godzilla, por tanto, recupera buena parte del encanto de la serie de películas, incluyendo esa imagen de antihéroe que para salvar al mundo de otros monstruos destruye medio planeta. La factura técnica es impecable, las luchas espectaculares y la música brillante. Pero está claro que no es una película perfecta, sobre todo si se acude a verla con una mentalidad excesivamente seria (hay algunas incongruencias en el guión bastante llamativas). De hecho, a la película le sobra buena parte de un inicio que se enroca en sí mismo para explicar el proceso de aparición de estas criaturas, cuando un discurso más directo habría servido igual, o incluso mejor. Al fin y al cabo, el protagonista es el monstruo, no las personas, algo que queda patente a medida que pasan los minutos.

Nota: 6,5/10

El conflicto terrícola-alienígena, centro de la trama de ‘Superman II’


El hombre de acero debe enfrentarse a tres enemigos con similares poderes en 'Superman II'.El estreno de El hombre de acero ha vuelto a poner en boca de todo el mundo el que posiblemente sea el superhéroe más importante de todos los tiempos. Aquellos que estén relacionados con el personaje y el mundo de los cómics sabrán que no es la primera vez que la historia contada en la película dirigida por Zack Snyder (Amanecer de los muertos) es llevada al cine. A su modo, y con los medios de la época, Superman II (1980) ya presentó en sociedad al General Zod y sus seguidores, el romance entre Superman y Lois Lane, … La intrahistoria de esta película, dirigida oficialmente por Richard Lester (Robin y Marian) y oficiosamente por Richard Donner, autor del original de 1978, es ampliamente conocida, por lo que desde Toma Dos abordaremos principalmente el carácter de su historia, mucho más dramática que la de la primera parte.

En efecto, mientras que la primera entrega centraba sus esfuerzos en desarrollar los aspectos emocionales de un personaje que, a priori, es una figura perfecta (algo que se encuentra en el reinicio de la saga), esta segunda parte opta por el conflicto entre la naturaleza alienígena y la terrestre en el personaje de Superman (que también hallamos en la cinta de 2013). Un conflicto que queda reflejado en la relación con el interés romántico del protagonista (interpretado de nuevo por Margot Kidder) y en la amenaza representada por los tres rebeldes de Krypton liderados por el personaje de un magnífico Terence Stamp (El halcón inglés). Todo ello bajo un prisma que, sin perder el sentido del humor que tenía la primera cinta, aporta una mayor seriedad a la hora de abordar muchas de las secuencias, en buena medida por el menor protagonismo de Lex Luthor, de nuevo con los rasgos de Gene Hackman (La conversación).

Posiblemente el aspecto más intimista se encuentre en las decisiones relacionadas con Lois Lane. Si en la película dirigida por Donner Superman retrocedía el paso del tiempo para salvar a la protagonista, en esta ocasión renuncia a sus poderes para evitar que sea atacada por unos rivales que parecen no tener ningún punto débil. En este sentido es imposible no remarcar la labor de Christopher Reeve (El pueblo de los malditos) como Superman y como Clark Kent, en una doble interpretación que fue, más que en ninguna otra ocasión, el trabajo sobre dos personajes diferentes. Al perder sus poderes, el protagonista pierde también parte de su esencia, de su carácter, dejando vía libre a un alter ego más apocado, tímido y torpe. Dicha transformación, el mejor elemento del conjunto para el que esto suscribe, supone la mayor debilidad y al mismo tiempo la mayor fortaleza del personaje. Las emociones es lo que le llevan a convertirse en un humano más, pero es también lo que le aporta el valor suficiente para enfrentarse a sus enemigos incluso sin sus poderes.

Aunque como no podía ser de otro modo, en Superman II debe existir un conflicto externo, una lucha física contra un poderoso enemigo. Dicha lucha está reflejada en tres habitantes de su planeta natal, soldados rebeldes y encarcelados en un vacío denominado ‘Zona fantasma’, cuyos poderes al llegar a la Tierra son exactamente los mismos. La dualidad entre humano y extraterrestre se acentúa más que nunca en los diálogos relacionados con las razas y en el hecho de que el personaje de Stamp busque la humillación del protagonista antes que su muerte. No se trata, por tanto, de una lucha a muerte entre el bien y el mal (cosa que sí ocurre, por ejemplo, en El hombre de acero), sino en un control de uno sobre el otro, y por extensión de una raza sobre otra. La decisión del héroe, lógica por otro lado, es la que acentúa los conflictos interno y externo que ya hemos mencionado.

Destrucción e ingenio

Uno de los elementos de la versión de Zack Snyder que más comentarios ha generado es esa especie de orgía final de efectos digitales, combates aéreos y acción extrema que desencadena el combate entre héroe y villano. A su modo, y salvando las distancias de épocas y medios disponibles, la segunda parte de la saga protagonizada por Reeve posee igualmente un alto grado de destrucción. Se pueden poner ejemplos como los de la Casa Blanca o el pueblecito al que llegan Zod y sus seguidores al inicio, pero sin duda lo más interesante transcurre en el combate en la ciudad. Autobuses destrozados, carteles luminosos cayendo sobre inocentes, peleas en el aire, golpes contra edificios y suelos, … Prácticamente todo lo que a un seguidor de Superman se le puede ocurrir se produce en ese combate en el que el protagonista se encuentra en inferioridad numérica.

Empero, uno de los elementos más destacados de la película es la forma de resolver el conflicto, o lo que es lo mismo, la forma de derrotar a tres enemigos cuyas cualidades son exactamente las mismas que las del protagonista. A diferencia del nuevo Superman, que recurre más a la fuerza, el personaje de Reeve recurre a su ingenio, una evidencia más de que el cine está evolucionando hacia la espectacularidad visual más que hacia la lógica argumental. Dado que la trama se centra en la dualidad entre hombre y extraterrestre, entre la vida corriente y los poderes, Richard Lester opta por una estratagema para eliminar los poderes de los villanos, única forma de derrotarlos.

Esta muestra de ingenio ante un rival que supera en número y en fortaleza confirma la idea de que Superman es, ante todo, un personaje humano, un superhéroe cuyo máximo recurso se halla en su capacidad para afrontar desafíos incluso en las peores situaciones, y cuyos poderes no son más que una ayuda en determinadas ocasiones. Un final, pues, que desequilibra la balanza de las dos naturalezas del protagonista hacia el lado terrícola, y más concretamente hacia los Estados Unidos si tenemos en cuenta una de las secuencias finales en las que aparece colocando la bandera sobre la Casa Blanca.

Si Superman fue una historia sobre los sentimientos que caracterizan al ser humano y cómo estos influyen en las decisiones de un personaje tan poderoso como el superhéroe icono de DC CómicsSuperman II ahonda en la dualidad que existe en este personaje, en su necesidad de alcanzar los parámetros de una vida humana normal y corriente. Una dualidad tratada de un modo mucho más serio, más dramático si se prefiere, y encarnada en los principales personajes secundarios. En ambos casos, sin embargo, lo que define al personaje son las emociones, los sentimientos que controlan sus decisiones.

La imparable destrucción de ‘Hulk’ bajo tres rostros distintos


Comenzamos el análisis a las películas realizadas de los personajes que protagonizan Los Vengadores, y lo hacemos con las dos partes de Hulk, el alter ego de Bruce Banner que nace de la ira del doctor tras sufrir un accidente con rayos gamma. Dos películas, en efecto, pero de muy distinta repercusión, aceptación e incluso intención. El caso de Hulk, de hecho, por aquello de ser un personaje creado enteramente por ordenador, es significativo: tres actores son los que han puesto el rostro humano a la verde criatura. Primero fue Eric Bana en 2003; cinco años más tarde, Edward Norton trataba de controlar su ira; y en su próxima aparición, será Mark Ruffalo el encargado de hacerlo creíble cuando no se dedique a destruir una ciudad. Y en cada una de ellas Hulk mantenía los rasgos físicos (e incluso cicatrices) de los actores, algo que sin lugar a dudas es de alabar.

El primero en transformarse, como decimos, fue el actor de Troya bajo las órdenes de Ang Lee (Tigre y Dragón) en Hulk. La cinta, como es habitual en este tipo de historias, narra los orígenes del personaje, su exposición a los rayos y su lucha por comprender la criatura en la que se convierte, algo en lo que estará ayudado por Betty Ross, el elemento romántico interpretado por Jennifer Connelly (Una mente maravillosa) e hija del General Ross (Sam Elliot), una suerte de Capitán Ahab que persigue, en este caso, a su ballena verde.

Más allá de los cambios con respecto al cómic necesarios en toda adaptación al cine, lo que realmente llamó la atención, y también fue uno de los elementos más criticados, fue un montaje que se dejaba influir, precisamente, por la estructura en viñetas de las páginas dibujadas de Marvel. Un montaje que, aun siendo original, generaba serias dudas en la viabilidad de las secuencias, que se convertían en un mosaico algo caótico de movimiento y diálogos en el que era difícil centrar la atención. A esto se unía una estructura narrativa basada, quizá demasiado, en los recuerdos reprimidos de un personaje marcado por la tragedia y por un sentimiento de odio y temor hacia su padre, magníficamente interpretado por Nick Nolte.

La fortuna tampoco acompañó al actor principal, no tanto por la interpretación de Bana (más que correcta en su desesperación), sino por un físico poco apropiado para un científico que debe contrastar lo máximo posible con su alter ego musculoso. Eso sí, el film de Lee implantó algo que se ha mantenido en todas las apariciones recientes del personaje, y es el diseño de la estructura física, de los músculos y de la animación, que en esta primera entrega la llevó a cabo el propio director, entre otros.

Edward Norton y su tranquilidad

El resultado de Hulk no fue el que se esperaba, por lo que los responsables de la compañía propietaria del personaje se pensaron muy mucho una nueva película. Finalmente, se dio luz verde a un nuevo proyecto que estuviera a medio camino entre la secuela y un relanzamiento de la historia, con nuevas caras delante y detrás de las cámaras. Al contrario de la saga Spiderman, los X-MenLos 4 fantásticos, Hulk cambió de rostro. Ni siquiera se utilizó el número 2 en su título. El increíble Hulk llegaba a las pantallas en 2008 de la mano de Louis Leterrier (Transporter), y lo hacía con Edward Norton en la piel de Banner, Liv Tyler (Armageddon) como Betty Ross y William Hurt (Una historia de violencia) como el Coronel Ross.

Como es conocido, Norton impuso sus propias reglas en el guión y en su personaje, y lo cierto es que no fue algo negativo en el resultado final, más bien al contrario. Esta nueva película perdía el carácter luminoso de la primera para convertirse en una historia traumática, oscura y con cierto aire trágico, en la que el personaje de Norton es un fugitivo por voluntad propia, aislado del mundo y obligado a mantener su cuerpo por debajo de un número determinado de pulsaciones para no perder el control y transformarse.

Puede que el director no se caracterice por unas historias complejas, pero está especializado en cintas de acción, y ese carácter se evidencia en la fuerza de los planos y, sobre todo, en la destrucción final producida por la pelea entre Hulk y el villano, interpretado por un impecable Tim Roth (Reservoir Dogs) antes de su transformación. Unas secuencias acordes a la imponente presencia de la masa verde que, a diferencia de la película de Lee, no evitan los golpes ni las heridas producidas. Incluso Edward Norton, quien compone un Bruce Banner mucho más solitario, temeroso e inteligente, ofrece físicamente un aspecto mucho más creíble en una historia, por lo demás, más clara, directa y sencilla que la primera entrega.

Y como no podía ser de otro modo, el final de El increíble Hulk, tanto el momento en el que se ve a Norton meditando en una cabaña, como esa escena adicional al final de los créditos con Tony Stark (Robert Downey Jr.) hablando con el Coronel, enfocan directamente a Los Vengadores y la participación de un nuevo doctor Banner en la batalla para salvar el mundo. Tres intervenciones en la pantalla grande y tres actores diferentes que, además de modificar los rasgos de la criatura, inciden en las diferentes caras de un personaje poliédrico, complejo y asustado de sí mismo.

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