‘El origen del planeta de los simios’, distanciarse del original para mantener la esencia


César dirige la revolución de los monos en 'El origen del Planeta de los Simios', dirigida por Rupert Wyatt.Uno de los pilares fundamentales de la ciencia ficción cinematográfica está representado por la saga ‘El planeta de los simios’, fundamentalmente gracias al original de 1968 protagonizado por Charlton Heston (El último hombre…vivo) que adaptaba la novela de Pierre Boulle. El amplio número de referencias culturales que aquel film aportó a la sociedad, así como el complejo y elaborado mensaje que transmitía, lo convierten en un clásico imprescindible y en objeto de numerosas secuelas y remakes que no siempre han tenido la calidad esperada. El inminente estreno de El amanecer del planeta de los simios devuelve a la actualidad no solo al film original, sino también a la película que se atrevió a contar los inicios de la dominación de los monos sobre los humanos: El origen del planeta de los simios (2011).

Dirigida por Rupert Wyatt (The escapist), la trama desarrolla la relación de un científico que busca una cura para el alzheimer con un simio al que adopta y que, por una serie de experimentos, ha adquirido un coeficiente intelectual similar al de un humano. Una relación que termina derivando en una revolución de un amplio grupo de simios cuyo único propósito es buscar la libertad de la que los humanos les privan al encerrarlos en zoos y laboratorios. A grandes rasgos esta podría ser la sinopsis, pero incluso en esta breve reseña puede encontrarse ya una de las características más importantes del film: su independencia. No la de los simios, que también, sino la de la propia historia respecto al original y al resto de versiones y secuelas que se han realizado. Tal vez sea porque no necesita tener demasiado en cuenta lo narrado en otros films, pero lo cierto es que dicha libertad permite a la película de Wyatt desarrollarse de forma autónoma, encontrando su propia historia y sus propios recursos narrativos.

Y es que a diferencia de la saga, en la que la lucha entre hombres y simios por la supervivencia es más patente, El origen del planeta de los simios se antoja más como un estudio acerca de la violenta condición humana, de la ausencia total de compasión de una sociedad alentada por los resultados y por su mal entendida superioridad intelectual. La forma en que la trama desarrolla el arco dramático del simio protagonista, que vuelve a contar con la magistral interpretación de Andy Serkis, quien ya estaba familiarizado con los monos gracias a King Kong (2005), hace hincapié en todo momento en la indefensión de una criatura que no encuentra su sitio ni entre los humanos ni entre sus semejantes. Esta evolución deja algunos de los mejores momentos del film, como es ese primer momento en que César, nombre clave en la historia original, descubre que puede utilizar su intelecto para derrotar a gorilas mucho más grandes y fuertes que él. En cierto modo, y salvando las distancias, es un homenaje a ese primer fragmento de 2001: Una odisea en el espacio (1968).

La película no es, por tanto, un producto más que trate de exprimir el poco jugo que le queda a la historia original, sino que parte de lo ya conocido para preguntarse qué ocurrió para que se llegara a dicha situación. En este sentido, además, no se deja llevar por la acción desmedida o por la relativamente sencilla idea de que los monos conquistan el mundo. La complejidad que adquieren los simios les convierte en personajes incluso más interesantes que algunos de los roles humanos, pues les dota de unos objetivos mucho más elaborados. No tratan de vengarse o de responder con violencia lo que a todas luces es una tortura, sino que buscan un lugar al que llamar hogar. Esa inteligencia al servicio de una naturaleza tan “inocente” como la animal es otro de los aspectos a destacar del film, que por cierto contiene algunas secuencias de acción espléndidamente realizadas.

Dueños de nuestro destino

Narrativamente hablando, El origen del planeta de los simios comparte con sus predecesoras algunos aspectos que la vinculan de forma ineludible con la historia que todo el mundo conoce. El primero y más relevante es la idea de que el ser humano se convierte en su propio verdugo. Aunque es cierto que se aleja notablemente de ese giro dramático del film original que deja atónito a todo aquel que se acerca sin saber nada de la historia, la película mantiene el mismo espíritu. En esta ocasión, a través de la relación que el simio establece con el personaje de James Franco (Juerga hasta el fin), prácticamente el único que comprende los riesgos a futuro que conlleva tratar a los animales de esa forma. Las interacciones entre ambos personajes, simio y humano, crean un núcleo dramático y emotivo que impulsa en muchos momentos la trama, sobre todo cuando esta tiende a estancarse. Una relación, por cierto, que adquiere su máxima expresión cuando César logra articular una palabra. Un momento tan sencillo como como cargado de significado.

No por casualidad, esa idea de que el ser humano es dueño de su fatídico destino, presa a su vez de sus ansias de conocimiento y de su desprecio por los animales, se desarrolla de forma casi paralela al hecho de que los simios adquieren conciencia de su propia naturaleza, y por lo tanto también toman las riendas de su futuro. Ambos procesos, representados en cierto modo por los roles de Franco y Serkis, se convierten en las dos caras de una misma moneda. El ascenso del planeta de los simios supone la caída del planeta de los humanos. La genialidad del film, o al menos lo más loable, es que logra dejar patente dicha dualidad sin mostrar enfrentamientos directos entre ambas razas, centrándose en el trasfondo emocional de los personajes y en la evolución de los animales. El hecho de dotar al simio César de una personalidad con la que cualquier individuo puede identificarse no hace sino acrecentar la sensación de abuso y maltrato, encontrando en ello una justificación más que razonable a sus ansias de libertad.

En definitva, y esto es algo que también mantiene con el original, la película aborda a los primates como si de seres humanos se tratara. No busca simplemente mostrarlos como animales que inician una guerra ante unas criaturas de similar intelecto pero mucha menos fuerza física, sino como criaturas cuya naturaleza siempre les guía a vivir en libertad y en paz. Y esta idea, si bien es cierto que acerca a esta precuela al resto de films, también la distancia notablemente de todas. Mientras que en el original (y en el resto) los simios son mostrados como una sociedad que, en líneas generales, se comporta como la humana, aquí no adquieren todavía ese grado de organización, permitiendo al director abordar muchos más matices en todos los ámbitos, desde la ya mencionada moralidad humana hasta las motivaciones de César y del resto de simios.

El origen del planeta de los simios, por tanto, se puede entender como una historia notable en la que todos los elementos, desde los efectos hasta la acción, están al servicio de una trama sólida que sabe encontrar su equilibrio entre el homenaje al original (al fin y al cabo, se nutre de ella) y la personalidad propia, creando un híbrido que, al igual que el simio protagonista, posee lo mejor de los dos mundos. La ausencia de miedo en Rupert Wyatt y el resto de responsables a la hora de afrontar el reto de enfrentarse a la sombra de un gran clásico como el film de 1968 es lo mejor que le podría ocurrir a una trama que no tiene reparos en huir de concesiones para revelarse como una reflexión sobre las relaciones, sobre la naturaleza humana y sobre el futuro de la sociedad.

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‘La vida inesperada’: costumbrismo neoyorquino


Raúl Arévalo y Javier Cámara son primos en 'La vida inesperada'.El cine, sea cual sea el género, es un arte de conflictos. Si no existe será una creación audiovisual, pero no será cine. Y dicho conflicto puede ser puramente físico y visual o psicológico e introspectivo. Sin embargo, conseguir que cualquier persona se interese por lo que ocurre en el interior de un personaje requiere normalmente de una proyección externa de dicha dualidad interna. Esta idea es la piedra angular del guión que la escritora Elvira Lindo, autora de los libros sobre Manolito Gafotas, ubica en Nueva York, en el mundo del teatro y de los sueños imposibles. Y esta idea, precisamente, es la que hace un flaco favor a la trama, a los personajes y al ritmo dramático en general.

Si atendemos al plano visual, La vida inesperada ofrece un cierto atractivo tanto en la ciudad como en la recreación de los entornos en los que se mueven los personajes. El director Jorge Torregrossa (Fin), a pesar de una evidente limitación narrativa, logra que sus actores hagan un trabajo lo suficientemente bueno como para olvidar ligeramente la planificación lineal del conjunto. Nada sobresale en ella, pero en general nada desentona para mal, generando la sensación de una producción que, sencillamente, buscan contar una historia más o menos íntima sin grandes alardes y con la humildad que derrochan unos personajes que han fracasado en sus intentos de vivir sus sueños.

El problema reside, fundamentalmente, en lo que se narra en pantalla. La historia no conecta en ningún momento, ni emocional ni intelectualmente. Los personajes, a pesar de sus muchas posibilidades, se mueven de un lado para otro sin un objetivo claro, salvo tal vez demostrar que los sueños son perfectos precisamente por eso, porque son sueños. El film, que inicia su andadura de forma relativamente prometedora (la llegada del familiar con promesas de desajustar la vida del protagonista), se ve abocado rápidamente a una espiral de tedio y desarrollo sin principio ni fin. Muchas de las secuencias son, sencillamente, poco comprensibles, puede que porque buena parte de lo que ocurre se produce en el interior de unos personajes incapaces de expresar sus sentimientos. El resultado es una historia cuyas intenciones de explicar que el destino siempre termina poniendo las cosas en su sitio quedan patentes, pero que falla notablemente en su forma de contarlo. Y no me refiero al movimiento de la cámara, sino al propio guión.

La vida inesperada se revela incompleta, como si las piezas que debieran hacer girar este engranaje estuviesen dañadas o se hubieran extraviado en la sala de montaje. Los actores son, con diferencia, lo mejor del film, haciendo lo que pueden con unos roles que deambulan por la ciudad que nunca duerme sin un objetivo claro, derivando todo en un final que modifica ligeramente la visión del personaje de Javier Cámara (Torremolinos 73) pero que, en líneas generales, deja todo como estaba. Elvira Lindo vuelve a demostrar que es única creando escenarios costumbristas y personajes que se definen más por sus flaquezas y su realismo que por cualquier otra característica. El problema es que una película necesita algo más.

Nota: 4/10

‘Cruce de caminos’: el destino compensa los errores


Ryan Gosling y Eva Menes protagonizan 'Cruce de caminos', de Derek Cianfrance.Es curioso cómo hay películas que son capaces de redimir la imagen de algunos actores. La semana pasada era el turno de Matthew McConaughey con Mud, y en la película que ahora abordamos le toca el turno a Bradley Cooper (El lado bueno de las cosas) y Eva Mendes (Los otros dos), famosos por films menos exigentes dramáticamente hablando. Claro que para lograrlo no hay nada mejor que un drama tan bien estructurado y dirigido como el de Derek Cianfrance, quien hace poco ya deslumbró con su anterior película, Blue Valentine (2010).

Mencionar a estos dos actores no es casual. Es sobre ellos sobre los que se apoya la gran mayoría del relato, y son ellos los que realizan un trabajo sencillamente brillante. Aunque quizá merece un mayor reconocimiento la estrella de El equipo A (2010). La complejidad de su personaje, un hombre marcado por un error que busca hacer siempre lo correcto y cuya ambición no parece tener límites, nutre sustancialmente la trama desde el momento en el que aparece y su destino queda irremediablemente ligado a los personajes de Mendes y Ryan Gosling (Crazy, Stupid, Love). La forma de abordar dicha complejidad y, sobre todo, la evolución que sufre a lo largo de la película, termina acaparando la mayor parte de la atención, por encima incluso de ese mensaje acerca del destino y la forma que tiene de reparar los desequilibrios.

En efecto, es esta una película de personajes. La fuerza de sus acciones, de sus decisiones y de sus personalidades lo inunda todo, incluyendo trama y planificación. Cianfrance se confirma como un director de actores más que como un realizador vistoso (lo que no impide que haya algunos recursos muy interesantes), algo cada vez más difícil de ver hoy en día, creando con ello un drama desgarrador y trágico, un cruce de destinos promovido de forma indirecta por el personaje de Gosling, verdadero motor dramático al que el actor vuelve a aportar ese toque pillo y tierno que solo él sabe conseguir.

Cruce de caminos es, en líneas generales, un drama atemporal, una metáfora de cómo la vida termina por devolvernos de la forma más extraña posible los errores y las malas decisiones del pasado. No es en sí misma excesivamente original; no logra tampoco sacar el máximo partido a las secuencias de velocidad y adrenalina que posee. Pero sus actores están sencillamente inmensos, hasta el punto de hacer olvidar sus defectos secundarios. Una película para disfrutar.

Nota: 7/10

‘Dexter’ empieza a vislumbrar su destino en la séptima temporada


'Dexter' terminará siendo detenido en la séptima temporada.Puede que no sea una producción que siempre dé lo mejor de sí misma. Para muchos, puede que ni siquiera llegue a la altura de otros títulos que surgieron en sus mismas fechas o hace más bien poco. Pero si algo hay que reconocer a Dexter es que, tras siete temporadas, ha mantenido el interés gracias a una combinación de ingenio, crimen, violencia y drama tan original como increíble. ¿O tal vez no es tan increíble? Ya dijimos aquí que la sexta temporada finalizaba con una revelación impactante que involucraba a la hermana del protagonista y a ese “oscuro pasajero” que acompaña a este forense/asesino en serie, y que no era otra que el descubrimiento de las actividades nocturnas del personaje. Sí, fue uno de los mejores finales de la televisión y de la serie (tal vez, junto a la muerte de la esposa en la bañera), pero asomaba a Dexter a un precipicio que debía ser cruzado de forma muy cautelosa para no caer en el ridículo más absoluto o en la fantasía menos creíble.

Aunque podamos considerar que la serie, en su conjunto, posee los suficientes atractivos para ser considerada una de las mejores de la parrilla, no es menos cierto que en todos estos años la factura narrativa no ha sido demasiado regular. Es difícil conseguirlo si se tienen en cuenta la cantidad de tramas secundarias y principales que existen, amén de la amplia lista de criminales que han pasado por la mesa plastificada de este “entrañable” asesino. La producción ha dado tumbos desde su vertiente más sangrienta hasta sus elementos más personales, desde el aspecto más visual de los crímenes a las diatribas morales de su protagonista. Y normalmente ha sido alternando las temporadas. Por eso esta séptima temporada, penúltima de las aventuras del buen criminal de Miami, tenía tanto interés.

A todas luces, se preveía que tendría que abordar los conflictos personales y sociales del protagonista, el ya inolvidable Michael C. Hall (Gamer). Y lo cierto es que así ha sido. Nada de asesinatos brutales; nada de perseguir a un importante criminal. Al menos no de forma prioritaria a lo largo de los 12 capítulos (lo que no implica que no hayan existido, y con colaboraciones como la de Ray Stevenson). La única caza y captura ha sido la del propio Dexter a raíz de un descuido que le lleva a querer romper ese código tan sagrado que mantiene a raya sus ansias de matar.

Con todo y con eso, que nadie piense que esta temporada ha sido de las menos interesantes. Ni mucho menos. Tanto su comienzo como su final la convierten por méritos propios en una de las más interesantes, si no la más interesante, además de realista (si es que ese término se puede aplicar a una serie como esta). Si en el primer episodio retoma ese impactante final de la anterior temporada, la conclusión del capítulo 12 es igualmente memorable, involucrando de pleno al personaje de Jennifer Carpenter (Ex-Girlfriends) en el oscuro mundo de Dexter con un asesinato que, curiosamente, permite al protagonista mantener intacto su código… al menos técnicamente.

El amor incomprensible

Como decimos, la mirada de esta anteúltima temporada se centra sobre todo en la psique del protagonista, y no tanto en los asesinatos. Y como ha sucedido en otras temporadas, para ello han introducido a un personaje femenino aún más enfermizo si cabe que los anteriores (a excepción de su mujer), capaz de aceptar todo lo que es, comprenderlo y amarlo. Claro que ella, interpretado por Yvonne Strahovski (Asesinos de élite), es casi peor que él. Y, de nuevo, el carácter de Dexter choca contra lo que considera una salida a su soledad y oscuridad.

Y es que eso es, posiblemente, lo que mejor define al personaje. Más allá de su código, de sus asesinatos de criminales o de su defensa de aquellos a los que ama, lo que mejor permite definirle es su forma de interactuar con aquellos personajes que parecen comprenderle. Mientras todos se mueven por venganza, por miedo, por lujuria o por autodefensa, el protagonista va más allá en su comprensión del crimen para convertirlo en algo inherente a él, en una necesidad irracional, casi ancestral, de acabar con todos los criminales de su ciudad. Forma parte de él como puede hacerlo cualquier extremidad. No es, por tanto, una curiosidad, un mecanismo de defensa o un descuido. Es él, simple y llanamente, algo que en esta temporada se desarrolla con mucho acierto.

Ahora solo queda esperar a lo que acontecerá en la octava y última temporada. Con un Dexter que ha violado su código y ha arrojado luz sobre su “oscuro pasajero” solo para descubrir que es él mismo, y con una hermana involucrada de lleno en su faceta criminal, todo puede ocurrir. Tal y como se ha desarrollado la séptima temporada, con las expectativas creadas y el nivel que ha alcanzado la serie en lo referente a la complejidad emocional y dramática, va a ser complicado aceptar cualquier final de serie. Aventurando un poco, lo más probable es que todo termine más o menos bien, pero eso sería un ejercicio de hipocresía bastante notable a tenor del cariz cada vez más sombrío que está adquiriendo la serie.

En cualquier caso, Dexter ha huido de una temporada al uso para echar toda, o casi toda, la carne en el asador. Por fortuna, los guionistas han afrontado la nueva relación fraternal con una seriedad inusitada, abordando un proceso de cambio tanto en el protagonista como en su hermana (por cierto, el de esta última mucho más interesante). El problema es que los acontecimientos parecen escaparse cada vez más de las manos de los creadores, derivando en una sorprendente y algo esperada confluencia de líneas argumentales que va a suponer, si es que eso es posible, un mayor trabajo que esta interesante séptima temporada.

‘El señor de los anillos: El retorno del rey’, el destino como arma


Viggo Mortensen dirige su ejército en 'El señor de los anillos: El retorno del rey'.Hay muy pocas películas que hayan logrado 11 Oscar. De hecho, hasta hace no mucho solo había dos títulos que ostentaban este honor. En 2003, fecha del estreno de El señor de los anillos: El retorno del rey, la Academia premió no solo el trabajo visto en esta última entrega, sino el realizado en las tres partes (al menos, en muchas de sus categorías). Unos premios que reflejan el reto artístico y técnico que supuso el rodaje de tres películas al mismo tiempo pero que, por otro lado, supone la confirmación de que la última película es, por encima de todo, un film diferente, capaz de superar los límites del cine fantástico (por regla general, vetado en la mayoría de certámenes) para erigirse como una historia de superación y de aceptación del papel que el destino tiene reservado para cada uno de nosotros.

Tal vez lo mejor de esta conclusión de la épica historia escrita por J. R. R. Tolkien sea, precisamente, ese carácter finalizador. La propia novela ya lo contiene y, al haber sido pensada, rodada y planificada como una parte de un todo, la película explota esta virtud al máximo. Es, por así decirlo, el tercer acto de una obra, si bien es cierto que es un tercer acto de similar longitud a sus predecesores. Pero el contenido dramático es mucho más veloz, dinámico y resolutivo, lo que no solo elimina algunas explicaciones innecesarias o redundantes, sino que le permite recrearse más, mucho más, en los combates y, sobre todo, en la resolución de la historia del anillo.

En cierto modo, tanto el desarrollo de la destrucción del anillo como el de la búsqueda de un rey que unifique a reinos y razas tienen, en esta ocasión, un tratamiento más equitativo. No nos engañemos, el principal interés sigue recayendo en las peripecias de Aragorn (Viggo Mortensen), Gandalf (Ian McKellen), Legolas (Orlando Bloom), Gimli (John Rhys-Davies) y el resto de personajes secundarios que adquieren protagonismo en esta última parte, incluyendo a los dos hobbits que se reencuentran con ellos. Sin embargo, y gracias a la fuerza que adquieren los conflictos internos y externos del hobbit protagonista, Frodo Bolsón (Elijah Wood), el desenlace de su viaje se antoja anhelante, aunque acaba siendo un poco largo, en un intento por parte del director de recrearse en el dramatismo y la tragedia del clímax final.

Sin embargo, y como mencionábamos al inicio, la película es mucho más que batallas, búsquedas y viajes. Es un relato en toda regla sobre el destino y cómo este puede ser manejado o aceptado. Es un relato sobre la aceptación de las responsabilidades personales, sobre la toma de decisiones que ello implica. Todos los personajes, en mayor o menor medida, sean de la índole que sean, se enfrentan a un acontecimiento que modificará sus vidas irremediablemente. Es la épica de este momento, anunciado poco a poco a lo largo de las tres películas (lo que convierte a las dos primeras partes en indispensables para entender esta última), la que realmente la convierte en un relato único, ajeno a su contexto pero que bebe de él para enriquecer su desarrollo.

Imprescindible presentación de los antecedentes

En cine existe la máxima de que la narración a viva voz de los hechos que se ven en pantalla o de aquellos que permiten hilar una secuencia con otra es un recurso peligroso que debe usarse con cuidado. Su abuso tiende, en general, a aburrir y saturar de información al espectador, que termina por perder el hilo de la historia. Sea por esto o no, la elección de Peter Jackson (Mal gusto) de utilizarla solo en momentos muy puntuales deja paso a las imágenes para contar algo tan relevante como los orígenes de las situaciones o de los personajes, así como el epílogo sobre el futuro de todos los protagonistas.

Ya se hizo en El señor de los anillos: La comunidad del anillo con la batalla que da lugar a la pérdida del anillo. En esta ocasión, y con motivo de ese personaje tan fascinante como desagradable llamado Gollum (de nuevo con los movimientos de Andy Serkis), Jackson se permite el lujo de utilizar unos cuantos minutos para explicar quién es esa criatura. Para aquellos que no hayan leído el libro y no hayan visto la película, simplemente decir que es, cuanto menos, curioso, aunque tal vez lo más acertado sea calificarlo de trágico y triste. Así, si ya en El señor de los anillos: Las dos torres Gollum mostraba notables signos de violencia alternados con el patetismo de estar totalmente controlado por el anillo, en esta tercera entrega cobra más fuerza el aspecto compasivo, aunque muy empañado por el carácter sibilino que esconde su doble personalidad. Del mismo modo, y manteniéndose fiel a la conclusión del texto original, opta por contar en imágenes el desarrollo de la vida de los principales personajes de la historia, un recurso que, esta vez sí, alarga en exceso el metraje convirtiendo en un poco tedioso la resolución de la trilogía.

Con todo, esas irregularidades en el ritmo narrativo de Jackson son comprensibles en un relato de unas 3 horas y 20 minutos, e incluso pueden llegar a pasar desapercibidas en un contexto caracterizado por la fuerza de su planteamiento y de su desarrollo, tanto dramático como visual. Si las secuencias de acción son sencillamente espectaculares y apabullantes, sus momentos más complejos emocionalmente hablando reflejan un equilibrio perfecto entre las dos vertientes del film. Es por eso que El señor de los anillos: El retorno del rey adquiere la categoría de clásico moderno. Algo que, por otro lado, no podría haber conseguido sin las dos primeras partes.

‘The amazing Spider-Man’: tejiendo la telaraña del destino


Hollywood tiene la insana costumbre de hacer remakes de títulos clásicos que han marcado, año tras año, a numerosas generaciones. Pero el más difícil todavía llega con esta nueva versión del hombre araña, un reinicio de una franquicia que vio la luz por primera vez hace 10 años, un periodo de tiempo demasiado corto para borrar las sensaciones que dejó la versión de Sam Raimi (Un plan sencillo). Un defecto de previsión por parte de los productores que nada contracorriente en una película muy completa, mucho más adulta y oscura que sus predecesoras, y más centrada en el desarrollo de los personajes que en la acción en sí.

Por mucho que se destaque el pasado de Marc Webb en el mundo del videoclip, el director de (500) días juntos es un hombre de personajes, de historia y de drama, y eso es lo que emana la superproducción sobre el personaje de Marvel. El protagonista, figura trágica donde las haya, adquiere en esta ocasión un cariz mucho más fatalista, marcado por un pasado en el que el abandono y la soledad se convierten en el día a día; el antagonista, por su parte, encuentra en su sensación de fracaso y de impotencia el caldo de cultivo necesario para convertirse en el monstruo que está perfectamente sustraído de los cómics originales y cuyo diseño es sencillamente espectacular.

Para aquellos que anden buscando algo similar a la espectacularidad de la trilogía de Raimi, Webb reserva algunas secuencias absolutamente icónicas y que hacen referencia directamente a las páginas de los tebeos, como son la lucha en las cloacas o en el instituto al que acude Peter Parker. Sin embargo, el conjunto no transmite las emociones que sí tuvo el film de 2002, y eso es en parte por la baza jugada de la historia por encima de los efectos. Historia, por cierto, que elimina algunos tópicos de la trama original en papel y que modifica muchos otros hasta hacerlos casi imperceptibles (como es el lema de que “un gran poder conlleva una gran responsabilidad”), aunque la sensación final es la misma.

Más allá de efectos digitales (que los hay, y muy buenos), lo más destacable de la película son los actores. Andrew Garfield (La red social) se revela como un Peter Parker ideal, apocado y poca cosa en todos los sentidos (el traje parece quedarle algo grande en determinadas secuencias), que encuentra en su alter ego, Spider-Man, una salida a su marginación y a los errores cometidos por la soberbia y la rabia; Emma Stone aborda el personaje de Gwen Stacy de forma mucho más ambiciosa e inteligente que Bryce Dallas Howard en Spider-Man 3, y Rhys Ifans (Anonymous) se transforma en un Curt Connors brillante, capaz de comenzar el relato como un científico de principios para concluir como un hombre destruido por su propia arrogancia.

Con todo, este nuevo Spider-Man pierde algo de su esencia, y eso solo puede achacarse a un guión que convierte al joven superhéroe celoso de su identidad en un personaje que no duda en mostrarse en público. El motivo de llevar una máscara no es, por tanto, salvaguardar a sus seres queridos, sino ofrecer una imagen supuestamente aterradora a los criminales, aunque un hombre con licra roja y azul no instale el miedo en muchos corazones. Claro que este film concluye como si del primero de una serie se tratara, por lo que puede entenderse que todos los desajustes son parte de un proceso de crecimiento hacia un destino que parece estar escrito desde el abandono de sus padres.

Nota: 7/10

El timo de ‘El golpe’, manual perfecto de una venganza


El ser humano se ha sentido atraído por la venganza desde que el mundo es mundo. Tal vez sea por eso que las películas donde se aborda este tema, bajo el género que sea, normalmente nos atraen. Uno de los títulos más emblemáticos, carismáticos y completos que ha dado Hollywood es El golpe, la cinta de 1973 que volvió a reunir a los actores Robert Redford y Paul Newman, y al director George Roy Hill tras Dos hombres y un destino en 1969, y que más allá de sus 7 Oscar (incluyendo Mejor Película), supone todo un manual para generaciones futuras sobre cómo hacer buen cine y no morir en el intento.

En el caso de este film, la venganza se prepara cuando un señor de la mafia, interpretado por un soberbio Robert Shaw (Tiburón), mata a un timador compañero y mentor de Redford, quien recurre a un experimentado compañero del gremio (Newman) para organizar el mayor timo de la ciudad, tanto a nivel económico como de implicados en el mismo. Tal vez sea este uno de sus elementos más característicos y celebrados, pues a pesar de contar con varios personajes de más o menos relevancia, logra no sólo mantener el interés, sino no desvelar toda la trama, logrando la sorpresa y el regocijo del espectador una vez aparecen los títulos de crédito.

Precisamente, los carteles iniciales son otro gran acierto de la película. A modo de dibujos, todos los elementos importantes de la historia (personajes, el mundo de las apuestas, el póquer, la ciudad), aparecen representados acompañados de una banda sonora que, tomando una canción de Soctt Joplin, permiten hacerse una idea de por dónde irán los tiros dramáticos y argumentales de la historia.

Todos estos elementos se acoplan como un guante a un guión cuyas tramas se mueven por los caminos de la traición y la venganza, el engaño y el control de las emociones, terminando por hacer partícipe al espectador del engaño, a veces como miembro del grupo, otras como la víctima del timo. Pero en todo momento se mantiene una máxima: el componente melodramático debe quedar a un lado. El mundo de la estafa, que en muchas otras ocasiones se muestra sórdido y cruel, aparece aquí como un mundo luminoso, claro y fraternal, casi idílico. Unido al glamour y la elegancia innata de sus protagonistas, y a un vestuario sencillo pero acertado, la película tiene presente en todo momento un tono distendido, por mucho que albergue secuencias de cierta tensión e intriga.

Acaricia la nariz

No nos equivoquemos. El golpe no es una película de la que se pueda apartar la mirada o en la que no importe perderse una frase. Nada en ella es casual ni arbitrario. Comenzando por esa seña de identidad de todos los miembros del grupo consistente en una caricia de la nariz, y terminando por el escenario final montado para atrapar al villano de la función, la película se revela como un ejemplo de la causa y efecto que debe mover cualquier secuencia. De hecho, dado que la historia se enmarca en el mundo de la estafa y el crimen, a medida que pasan los minutos resulta más complicado saber qué es real y qué está preparado, lo que no hace sino aumentar la grandeza de esta obra maestra.

En la mano del espectador está el querer participar o no de este juego que organizan Newman y Redford, pero lo cierto es que, una vez empezados los títulos de crédito, es difícil no rendirse a su magia, su encanto y, sobre todo, su solidez narrativa y visual. Obra imprescindible, El golpe evita en todo momento la venganza violenta para decantarse más por engañar al asesino que llegó a pensar que no podía ser estafado. Es la grandeza de la historia y de una venganza que tiene un sabor más dulce y duradero que el simple tiroteo. Hay que esperar y no dejarse llevar por el primer impulso, pues como dice el refrán, “la venganza es un plato que se sirve frío”.

Diccineario

Cine y palabras

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