‘Tyrant’ se deja llevar en una última temporada de final ambiguo


Cómo se convierte un líder en un tirano? ¿Y cómo una serie con un planteamiento puede derivar en un producto sin un objetivo claro? Los motivos son muchos, y la tercera temporada de Tyrant es un ejemplo idóneo de cómo una ficción puede terminar siendo algo ficticio, valga la redundancia. Dicho de otro modo, lo que comienza siendo una especie de thriller familiar que gira en torno al poder, la traición y la violencia termina siendo… pues lo mismo, pero transformando a sus personajes de tal modo que se vuelven irreconocibles, dejándose llevar por una narrativa incontrolada para terminar en un final ambiguo y abierto como pocos. Y todo ello en 10 episodios.

Y es que la serie creada por Howard Gordon (serie Homeland), Gideon Raff (serie Prisoners of war, en la que se basa Homeland) y Craig Wright (serie Sexy money) ha evolucionado de forma irregular e intermitente. Con una trama principal realmente sólida e interesante, los primeros compases sentaron las bases de un drama y thriller político, social y familiar en Oriente Medio, planteando todos los actores posibles, desde los intereses de un país como Estados Unidos hasta los deseos de la sociedad de una libertad que no les otorga una dictadura militar. Todo eso se sigue manteniendo en esta última etapa, y puede que ese sea el gran problema. La ficción, aunque ha sufrido una evidente evolución, no ha cambiado en esencia su dinámica. Da la sensación de que ha sustituido unos personajes por otros, introduciendo por el camino elementos anexos para regular tramas secundarias como el ‘love interest’ o las historias de familiares y amigos.

Esto genera una doble y extraña sensación. Por un lado, la historia de Tyrant evoluciona en una especie de espiral que solo evoluciona hacia más violencia, pero que siempre vuelve a la situación inicial recrudecida por la sangre y la muerte. Y por otro, los personajes principales dan un giro radical a sus personalidades de un modo tosco, algunas veces motivado por un suceso extremo, otras simplemente por la necesidad de la trama, cuando debería de ser al revés o, al menos, una sincronía entre personajes e historia. El mejor ejemplo es el protagonista interpretado por Adam Rayner (Tracers). Cuesta creer que un hombre que ha liderado una revolución y una rebelión contra su hermano asuma el mando de un país de forma temporal, sea incapaz de enfrentarse a sus consejeros y termine haciendo aquello que más odia solo porque está obligado.

A ello se añaden algunos elementos propios de una telenovela destinada a durar cientos de episodios. Hijos secretos, amores pasados que regresan para volver a irse, intrigas familiares, etc. Todo ello envuelve una historia que, por si sola, tiene el suficiente peso dramático como para poder ser desarrollada de forma íntegra, sobre todo en esta tercera temporada, donde el apartado político y social adquiere un mayor protagonismo. Con todo lo que supone una convocatoria electoral, la amenaza del terrorismo, las protestas ciudadanas, los presos políticos y el resto de elementos parece poco necesario centrar la atención en elementos superfluos que solo hacen enrevesar dramáticamente la historia pero que aportan más bien poco a su desarrollo real. Todo ello invita a pensar que esta última temporada, en realidad, iba a tener una continuación. Si no, la serie tendría uno de los finales menos acabados que se recuerdan.Falsas elecciones

Con todo, esta tercera y última temporada de Tyrant ofrece una visión muy interesante sobre cómo el poder corrompe, sobre cómo la venganza consume al ser humano y sobre el modo en que podemos llegar a aprovechar una situación para tratar de salir indemnes de nuestros delitos anteriores. Y todo ello con la sencilla premisa de celebrar unas elecciones democráticas en un país dominado por una dictadura. Esta decisión, más allá del modo en que luego se desarrolla en pantalla, es el desencadenante de toda una serie de consecuencias que componen un interesante mosaico de ideas que, en conjunto, dibujan un desolador panorama acerca de la libertad en un país tradicionalmente controlado con tiranía.

Unas elecciones, falsas al fin y al cabo como se desprende del final de la serie, que a pesar de querer ser democráticas sirven, en definitiva, para los intereses personales de cada personaje que, en mayor o menor medida, participa en ellas. Desde la mujer del dictador que las usa a modo de redención, hasta el amigo crítico del dictador que las utiliza para desmarcarse de esa amistad, todos los personajes encuentran en esta promesa una vía para desarrollar sus miedos, sus anhelos y sus objetivos. Poco parece importar, por tanto, el interés del pueblo, y es este uno de los aspectos más interesantes de esta etapa final. Porque, en efecto, la batalla entre dictadura y democracia se traduce en realidad en un conflicto entre personalismos y sociedad en el que siempre pierden aquellos que defienden lo segundo. Y aquí no tienen cabida ni el amor ni la amistad.

El problema, como he dicho antes, no radica tanto en la trama principal, bien planteada y con hitos dramáticos interesantes. No, el problema está en el desarrollo de dicha trama, en el modo en que se plantean las líneas argumentales secundarias (muchas a modo de telenovela que concuerda poco con el espíritu que pretende tener la serie) y, sobre todo, en algunos puntos de giro obligados para poder mantener un formato poco natural o, por lo menos, en el que los personajes no solo no parecen encajar, sino en el que se les obliga a cambiar su personalidad y su definición según conviene. A priori, estos cambios podrían considerarse una suerte de debate moral (y hasta cierto punto lo es), pero el modo en que se realiza, toscamente y sin asentar previamente las bases de esas dudas éticas, es lo que termina por no encajar correctamente.

Que no exista ese trabajo previo es fruto, precisamente, de que Tyrant introduce líneas secundarias innecesarias que quitan tiempo y protagonismo a lo realmente interesante. Esta tercer y última temporada confirma que en esta serie han existido dos interpretaciones muy diferentes, aquella que pretendía ser un thriller sobrio sobre la dictadura, el poder, el terrorismo y la lucha por la libertad, y otra que pretendía otorgar más dramatismo, más giros argumentales enfocados a enrevesado la parte personal de los personajes. Por desgracia, no es capaz de encontrar el equilibrio, y el final de la serie lo confirma, dejando inacabado el desarrollo de la historia, sin explicar el futuro de los protagonistas y sin cesar ninguna de las principales tramas que se dan cita en esta tercera etapa. Al final, lo que pretendía ser un relato sobre un país de Oriente Medio dominado por la tiranía y el modo en que la libertad se abre camino se queda, precisamente, a medio camino.

‘La isla mínima’: la magnífica visión de unos secretos mínimos


Javier Gutiérrez y Raúl Arévalo protagonizan 'La isla mínima', de Alberto Rodríguez.Si hubiera que indicar alguna seña de identidad dentro del cine de Alberto Rodríguez, sin duda sería su lenguaje audiovisual. Ya lo hizo en su anterior trabajo, Grupo 7 (2012), y en este nuevo thriller repite esa mezcla de clasicismo y simbolismo en cada plano. De hecho, es gracias a su particular visión de las historias lo que lo convierte en el notable creador que es, capaz de dotar de fuerza tramas que, de otro modo, tal vez serían menos interesantes. No quiere decir esto que su nuevo trabajo sea mediocre, al contrario, pero es conveniente no olvidar que detrás de las poderosas imágenes se esconde un guión. Y es en este donde se esconden los pocos punteos débiles del film.

Porque sí, La isla mínima es una obra notable que se ubica entre lo mejor del cine español del último año. Su trama, profundamente marcada por la vida en los primeros años de la transición, se nutre de unos personajes muy bien definidos en sus ideales pero confundidos por un entorno acostumbrado a la violencia y el abuso de autoridad de una larga dictadura. Todo ello en un entorno rural donde los secretos marcan el pasado y el futuro de generaciones enteras. Gracias a estos aspectos el film adquiere un mayor peso dramático en su intriga principal, cuyo desarrollo genera unas expectativas de resolución que no quedan del todo satisfechas y, por tanto, crean algo de frustración al plantear preguntas cuyas respuestas son demasiado obvias o tienen demasiadas posibilidades.

Pero como decía al comienzo, la sencillez del suspense, en el que básicamente no existe un giro argumental interesante, queda totalmente eclipsada por la mano de Rodríguez. Su apuesta por los planos aéreos para mostrar la orografía de un territorio que se asemeja a la superficie del cerebro invitan a pensar en los aspectos más psicológicos de trama y personajes, así como en todos los elementos que esconden la mayoría de ellos. Las composiciones geométricas, la apuesta cromática fría y apagada, e incluso ese final lluvioso en el que la verdadera naturaleza de los protagonistas sale a relucir son algunos de los ejemplos que confirman al director como uno de los más personales del cine español. Si a esto añadimos una banda sonora a cargo de Julio de la Rosa (Primos) que, aunque parezca mínima y secundaria, envuelve de un cierto halo de misterio la investigación policial de los protagonistas, lo que nos encontramos en un tándem (imagen y sonido) que no solo van de la mano, sino que entre los dos crean algo distinto e incluso hipnótico.

La isla mínima se le podría pedir algo más, como a casi todas las películas. Su trama, aunque bien estructurada y desarrollada, peca de ingenuidad en su resolución, presentando a los villanos casi desde la mitad del film. Para colmo, las motivaciones de los mismos son demasiado sencillas. Pero en el fondo es un detalle que solo empaña el gran viaje que supone embarcarse en esta investigación criminal de los años 80 con unos actores impecables, una realización sobria y espléndida, y un diseño de producción que saca el máximo partido a los escenarios.

Nota: 7,5/10

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