‘Fear the Walking Dead’ avanza lastrado por sus problemas en su 2ª T.


Los personajes se adaptan poco a poco al mundo de los zombis de 'Fear the Walking Dead' en su segunda temporada.Es muy llamativo comprobar cómo una serie como Fear the Walking Dead puede ser tan diferente en todos los aspectos a su serie matriz The Walking Dead. Bueno, en todos tal vez no, porque los zombis son los mismos. Pero tanto el desarrollo dramático como la gestión del mundo en el que se desarrolla la acción son como la noche y el día. Y es curioso, porque ambas producciones han surgido de la mente de Robert Kirkman, autor del cómic original. Sin embargo, en esta especie de secuela en la que también colabora Dave Erickson (serie Canterbury’s Law) como creador los problemas narrativos que pudiera presentar el producto original están sobredimensionados hasta definir por completo el carácter de la serie.

Los 15 episodios de su segunda temporada son buena muestra de ello. Mientras que dramáticamente hablando la serie trata no solo de avanzar, sino también de madurar, sus personajes siguen anclados a una concepción un tanto inocente de la realidad en la que viven. Da la sensación de que existe un miedo inherente a dejar que los protagonistas se adapten a su entorno, ya sea por no poder controlar sus acciones y, en consecuencia, llevarles hasta extremos no deseados, o porque si ocurriera se parecerían demasiado al grupo de Rick Grimes que protagoniza la serie original. Sea como fuera, el contraste entre personajes y acción es tan evidente, tan llamativo, que crea una fractura dramática más que notable.

Y esto, en sí mismo, es una incongruencia. ¿Puede ser que los personajes no estén en consonancia con la acción? Desde un punto de vista dramático, es evidente. La prueba más palpable es el personaje interpretado por Cliff Curtis (Resucitado). Más allá de su capacidad como actor, que personalmente me parece un poco limitada, lo cierto es que su personaje es irregular en sus acciones y sus decisiones, tratando de ser de una forma en un mundo que exige otro tipo de comportamiento. Y lo mismo ocurre con otros protagonistas, que en mayor o menor medida parecen no ser conscientes de la realidad que les rodea. Tan solo el personaje de Frank Dillane (En el corazón del mar) vuelve a demostrar, como ya hizo en la temporada anterior, que es digno de la evolución que está teniendo la trama. Tal vez por eso se haya decidido separarle del grupo y explorar con él el amplio mundo de muertos vivientes.

Pero esta desconexión de los personajes con la trama deja, en muchos casos, otras consecuencias más graves que la mera falta de coherencia dramática. En realidad, genera una incongruencia un tanto alarmante en lo que a diálogos se refiere, amén de lógica narrativa en muchas escenas que parecen obligadas por las circunstancias, derivadas a su vez de esa falta de unión entre dos aspectos del tratamiento dramático de la serie. Dicho de otro modo, los protagonistas (y con ellos los actores) no parecen tener claro lo que deben decir o cómo deben actuar ante determinadas situaciones. De hecho, no es extraño comprobar cómo una sensación agridulce se apodera de nuestras emociones al ver que un personaje actúa de forma diferente ante dos sucesos similares, sin seguir un patrón claro de comportamiento, ni siquiera en base a su evolución dramática.

Conflictos sociales

La mejor prueba de que Fear the Walking Dead no parece tener claro hacia donde avanza está en el personaje de Lorenzo James Henrie (Almost Kings), cuya evolución dramática es tan radical como poco explicada, introduciendo pautas de comportamiento que, incluso bajo el paraguas del cambio que experimenta su rol, resultan cuanto menos cuestionables, por no decir abiertamente incongruentes. Su periplo al final de la temporada sirve de justificación de una serie de situaciones a cada cual más dramática, es cierto, e incluso se puede decir que genera un punto de inflexión, pero la realidad es que los creadores parecían más interesados en buscar una excusa para eliminarlo de la ecuación que una forma de darle salida a este protagonista.

Ahora bien, junto a todos estos problemas conviven una serie de ideas prometedoras en esta segunda temporada, la más destacable los conflictos sociales a los que se enfrentan los protagonistas. Mientras la primera temporada se limitó a exponer cómo se afronta el comienzo de un apocalipsis zombi, en estos 15 episodios el arco dramático ofrece una serie de situaciones a cada cual más dramática y agresiva, evolucionando hacia ese mundo caótico y salvaje en el que conviven los héroes de la serie original. Dichos conflictos, que tienen su máxima expresión en un apasionante final de temporada, derivan a su vez en diversos pilares dramáticos sumamente interesantes, desde el que se plantea en el hotel en el que la plaga comienza con una boda (muy al estilo REC[3]: Génesis) hasta el que vive el personaje de Dillane en la comuna a la que llega, incluyendo un líder de dudoso ejemplo, pasando por una especie de adoración de los muertos vivientes.

Lo cierto es que estos momentos, unos cinco a lo largo de toda la temporada, es lo que mantiene a flote a unos personajes que hacen aguas por todas partes. Sin duda, la definición de los protagonistas no soportaría una estructura narrativa como la de la serie original, en la que durante varios episodios se abordan los conflictos internos de cada personaje. En este sentido, los creadores han sabido dar a la serie lo que necesita, algo que es de agradecer, pero siguen fallando en lo que, a priori, es más importante en producciones de este tipo. De ahí que la irregularidad sea la tónica general no solo del arco dramático general, sino de cada episodio en particular.

Decir que la segunda temporada de Fear the Walking Dead es mejor que la primera tal vez sea demasiado osado. Decir que es peor sería injusto. Pero tampoco es igual. Simplemente, se ha intentado ofrecer algo diferente al espectador fruto de la evolución de la trama. El problema es que esa evolución de los acontecimientos, lógica por otro lado, no está acompañada por un cambio necesario en los personajes. Que algunos sigan actuando como si el mundo se hubiera vuelto loco es simplemente incoherente. Hay una línea muy fina que separa la bondad en tiempos difíciles de la mera estupidez. Y ahí se encuentran muchos de los protagonistas, sin atreverse a dar el paso necesario a pesar de que los hechos les golpean en la cara una y otra vez. A juicio del espectador queda si son buenos o estúpidos.

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