La 2ª T. de ‘Billions’ confirma que en la guerra todo vale para ganar


Posiblemente Billions sea uno de los mejores ejemplos actuales en los que la relación antagonista entre dos personajes es capaz de nutrir y sostener una trama de 12 episodios. La primera temporada dejó claro que la lucha entre estos dos protagonistas iba a ser encarnizada, pero la segunda tanda de capítulos que ahora nos ocupa es capaz no solo de llevar esta particular guerra entre un fiscal y un gestor de fondos de cobertura, objetivo principal de la continuación, sino que lo hace evolucionando las tramas secundarias e integrándolas de forma consciente en la principal, ofreciendo un mosaico dramático mucho más complejo y desarrollando algunas de las ideas ya planteadas en la primera parte hasta alcanzar un grado excepcional en su calidad.

A todo ello se suma, en varios episodios, un tratamiento formal original, alejado de la narrativa tradicional que suele ofrecer esta serie creada por Brian Koppelman, David Levien (ambos autores del libreto de Runner, runner) y Andrew Ross Sorkin. En efecto, la trama no solo juega con el duelo moral y legal que se plantea entre estos dos personajes, sino que aprovecha diversos puntos de inflexión en el desarrollo de la temporada para ofrecer al espectador una visión diferente de la historia, ya sea en forma de flashback, ya sea con una rápida reinterpretación final de todo lo acontecido en un capítulo que aporta una visión nueva y fresca de lo ocurrido. Dichos recursos aportan, además, mayor profundidad a los antagonistas y a sus motivaciones, confirmando algo que ya parecía claro en la primera temporada: que están dispuestos a llegar a donde sea con tal de destruir a su adversario.

En este sentido, lo más interesante de Billions radica en el hecho, precisamente, de que no existen límites a esta obsesión. Y cuando digo que no existen, es que realmente no existen. Un ejemplo claro es el que protagoniza el fiscal interpretado por Paul Giamatti (San Andrés), que es capaz de perder millones de dólares de un fondo personal y arruinar a los que llama amigos con tal de tender una elaborada trampa al gestor al que vuelve a dar vida Damian Lewis (Un traidor como los nuestros), en el que sin duda es el giro más impactante de la temporada tanto por el cambio de rumbo de la trama como por las implicaciones morales y sociales que plantea a la mayoría de personajes, sobre todo para un fiscal capaz de cruzar todas las fronteras. Pero no es el único caso. Esta guerra deja en esta segunda etapa una escalada de ataques que llevan la trama hasta un nivel que va a ser difícil de superar en sucesivas entregas, aunque visto lo visto cualquier cosa puede pasar.

Y ya que mencionamos a Giamatti y Lewis, es imprescindible hacer hincapié en la labor de ambos actores. Como ya ocurriera en la primera temporada, los dos son capaces de aportar a sus roles un mayor dramatismo, mayor fanatismo y, en definitiva, dotarlos de muchas más dimensiones y matices de los que a priori se muestran sobre el papel. En concreto, estos últimos episodios cargan más la narración sobre los hombros del primero, que no solo sale victorioso, sino que es capaz de revelar facetas hasta ahora ocultas del fiscal. Su plan para atrapar a su archienemigo, su forma de tejer tramas con sus subordinados e, incluso, el modo en que maneja la situación con su esposa, demuestran tanto la verdadera naturaleza de este rol como la excepcional labor de Giamatti en los momentos clave.

Las mujeres, a escena

Antes apuntaba que las tramas secundarias en la segunda temporada de Billions han adquirido mayor relevancia. Bueno, lo justo sería decir que sin ellas posiblemente sería imposible articular la evolución dramática de estos capítulos. En efecto, mientras que en la primera parte de la serie las historias ajenas a la lucha entre los protagonistas parecían servir únicamente como herramienta dramática a utilizar en el momento clave para ofrecer un giro argumental, en esta nueva tanda de episodios se convierten en ramificaciones fundamentales para llevar la historia hasta donde sus guionistas desean. Muchos son los ejemplos, desde esa extraña joven interpretada por Asia Kate Dillon (Hitting the wall) que debería tener, y esperemos que así sea, mayor protagonismo en el futuro, hasta la investigación a la que es sometido el fiscal interpretado por Giamatti.

Pero entre todas ellas destacan dos, las dos que afectan a las mujeres de los protagonistas, de nuevo interpretadas por Maggie Siff (serie Hijos de la Anarquía) y Malin Akerman (Sácame del paraíso). Si bien es cierto que estos roles son fundamentales para entender la dinámica antagonista que sustenta todo el relato, también hay que reconocer que hasta ahora eran casi testimoniales, sobre todo el de Akerman, limitándose a ser daños colaterales en una guerra en la que se ven inmersas casi sin comerlo ni beberlo. Sin embargo, en estos capítulos las tornas cambian, adquiriendo un papel más activo y, sobre todo, determinante en la forma de afrontar los desafíos de los héroes (o antihéroes) de turno. Es cierto que la presencia de Siff siempre ha sido muy activa, pero es ahora cuando aporta un mayor peso e influencia a la relación entre los papeles de Giamatti y Lewis, siendo determinante en algunas decisiones y, sobre todo, poniendo la relación con su marido, el fiscal, en un punto cuanto menos comprometido.

Mayor cambio es el que experimenta el papel de Akerman, sobre todo porque su influencia no solo se extiende a la trama principal, sino incluso a la secundaria que protagoniza Siff. Su desaparición durante varios días, su fuerza a la hora de tomar determinadas decisiones o el modo en que afronta las mentiras de su marido la convierten en un factor determinante para entender la temporada. Pero es que además los creadores de la serie la dibujan con un trazo mucho más definido para convertirla en una suerte de archienemiga del personaje de Siff, es decir, creando una segunda línea de confrontación entre las esposas de los respectivos maridos involucrados en una guerra sin cuartel para destruirse mutuamente. El paralelismo es evidente, lo que abre una serie de posibilidades apasionantes, sobre todo si se logra dotar de autonomía esta segunda trama y se consigue que ambas se nutran mutuamente.

La segunda temporada de Billions es, por tanto, todo lo que puede esperarse de la continuación de una historia. Todo lo bueno, quiero decir. El desarrollo dramático envuelve la trama de un carácter más oscuro, la confrontación entre los antagonistas permite un mayor conocimiento de los personajes, y la complejidad aumenta a medida que nuevas tramas secundarias con nuevos o conocidos personajes se incorporan a la principal, nutriéndola y ampliando el abanico de caminos narrativos. Es, en definitiva, una aplicación de la fórmula ‘más y mejor’ realizada con coherencia, sin caer en el histrionismo o el exceso que perfectamente podrían haber sido seña de identidad en estos episodios. Y lo más atractivo es que la temporada termina con un final ejemplar que deja todo listo para que la partida entre el fiscal de dudosas prácticas y el gestor de fondos con una actividad sospechosamente ilegal continúe.

1ª T. de ‘Billions’, una incomparable guerra intelectual y legal


Todo guión debería tener como pilares fundamentales una historia sólida y unos personajes bien definidos. Dicho así, suena tan sencillo como teórico. El trabajo posterior, por supuesto, siempre es mucho más complicado. Pero cuando se logra, cuando realmente se consigue una armonía entre trama y personajes, es cuando una historia crece casi de forma orgánica, lo cual por cierto puede ser un problema si no se controla correctamente. La serie Billions es el último ejemplo de que se puede lograr. Es más, de que a cualquier ficción le pueden faltar el resto de elementos y aún así convertirse en una auténtica joya dramática.

Para quienes no se hayan acercado todavía a la primera temporada de esta serie creada por Brian Koppelman, David Levien (ambos autores del guión de Runner, runner) y Andrew Ross Sorkin, la serie aborda la batalla intelectual y legal entre un fiscal y un gestor de fondos de cobertura, en medio de la cual se encuentran la mujer del primero, que trabaja para el segundo. Resumido así, el argumento puede parecer excesivamente simple o soporífero, depende de a quién se pregunte. Pero ahí reside precisamente la magia de estos primeros 12 episodios. No voy a negar que exige mucho del espectador, tanto en lo que se refiere a atención como en conocimientos financieros o legales, pero la recompensa es extraordinaria.

Para empezar, la trama está construida sobre los miedos y las propias miserias de cada personaje. A pesar de que todos, aparentemente, son triunfadores, los protagonistas recurren a artimañas y subterfugios, a influencias y cauces de dudosa legalidad para lograr sus respectivos objetivos. Es evidente que eso se aprecia mejor en el fiscal interpretado por un excepcional Paul Giamatti (San Andrés), pero también se aprecia, sobre todo hacia el final de esta primera temporada de Billions, en su enemigo, al que da vida un espléndido Damian Lewis (serie Homeland). Esto permite a la serie abordar los diferentes conflictos desde una perspectiva diferente, aportando matices e interpretaciones diferentes y mucho más enriquecedoras de lo que inicialmente podría pensarse de la acción propia de cada secuencia.

Asimismo, el desarrollo dramático, a diferencia de otras ficciones, tiene siempre un único objetivo que, en cierto modo, podría entenderse que es la conversación entre los protagonistas en su episodio final. Para poder llegar a ese maravilloso cara a cara los creadores construyen un relato creciente de ataques mutuos, de sibilinos golpes bajos y de decisiones cuestionables que, además de enrarecer el contexto en el que se mueven los personajes, enriquece la aparentemente sencilla trama que plantea. A todo esto se suma, aunque no es lo más determinante, una narrativa visual que juega en muchos momentos con los tiempos dramáticos, despistando al espectador hasta el punto de identificarse con los protagonistas según necesidades dramáticas.

Entre actores anda el juego

Pero como decimos, lo relevante en Billions son los personajes, y más concretamente los actores. Dejando a un lado el duelo dramático entre ambos personajes, posiblemente lo más relevante sea el modo en que el tratamiento desgrana progresivamente el trasfondo emocional de cada uno de los roles. Esta información, ofrecida con cuenta gotas, genera un doble efecto, primero de cierta sorpresa e incluso choque emocional, y luego de comprensión y hasta tristeza. Sea como fuera, el caso es que poder comprender el pasado y los aspectos más íntimos de los dos protagonistas permite al espectador no solo anticipar ciertos movimientos (algo complicado en este tipo de series), sino aceptar determinadas decisiones poco comprensibles sin dicha información.

A todo ello contribuyen de forma imprescindible los actores, Tanto Lewis como Giamatti componen dos enemigos íntimos tan sólidos como inigualables. Si la definición de los personajes sobre el papel es compleja, ambos intérpretes acentúan los valores dramáticos hasta cotas insospechadas. Posiblemente donde más se aprecie sea en sus momentos de mayor bajeza moral, cuando recurren a todo tipo de estratagemas para poder salir vencedores en esta especie de partida de ajedrez que se establece entre ellos. Es en los rincones más oscuros de los personajes donde más disfrutan los actores, y donde logran sacar el máximo partido dramático de sus decisiones y sus acciones, repercutiendo en el resto de las tramas.

Precisamente las tramas secundarias pueden ser uno de los puntos más débiles de la serie, y no porque no estén bien estructuradas. Más bien, la lucha principal entre estos personajes y todo lo que ello conlleva (investigación, estrategias, traiciones, etc.) está construida de tal modo que el resto de líneas argumentales pensadas para complementar parecen menos brillantes. Y aunque es cierto que ciertos romances de personajes secundarios resultan algo irrelevante (al igual que episodios protagonizados por tramas anexas), una reflexión posterior permite apreciar el conjunto como un complejo puzzle en el que las piezas están en un delicado equilibrio que pivota sobre la complejidad del mundo en el que se mueven los personajes.

Billions es, a todas luces, una de las mejores producciones de la televisión. La primera temporada es un perfecto juego del gato y el ratón en el que, curiosamente, no se termina de tener demasiado claro quién representa a uno y a otro. La lucha entre estos personajes alcanza cotas sobresalientes, terminando con un diálogo en el último episodio simplemente memorable. A su alrededor se construye todo un mundo de traiciones, mentiras e intereses que supera con creces la mera investigación judicial, afectando de diferente forma a todos y cada uno de los personajes. Una obra construida al milímetro desde sus cimientos, sumamente recomendable para todo aquel que disfrute con la interpretación.

La cartelera recibe ‘La llegada’ de los ‘Animales fantásticos’


Estrenos 18noviembre2016Fin de semana de importantes estrenos. O al menos, muy esperados. Frente al perfil medio bajo de los títulos que han estado llegando a la cartelera española estas últimas semanas (salvo contadas excepciones), este viernes, 18 de noviembre, se prevé interesante en lo que a atracción a las salas de cine se refiere, ya sea por la variedad de novedades como por el interés que puede suscitar el que sin duda es el estreno de la semana.

Ese no es otro que Animales fantásticos y dónde encontrarlos, nueva propuesta de fantasía, aventura y magia de la mano de J.K. Rowling que se espera tome el testigo de la saga Harry Potter… al fin y al cabo, se ambienta en el mismo universo. Su historia comienza en 1926, cuando un joven mago se embarca en un viaje por todo el mundo para encontrar y catalogar un sinfín de criaturas mágicas. Una de las paradas en su recorrido es Nueva York, y lo que en principio iba a ser un sencillo alto en el camino se convierte en un problema cuando varias de las bestias ya recogidas y catalogadas se escapan, lo que pone en apuros tanto el mundo de la magia como el del resto de mortales. La cinta, que cuenta con capital británico y norteamericano, está dirigida por David Yates (La leyenda de Tarzán) y protagonizada por Eddie Redmayne (La chica danesa), Katherine Waterston (Steve Jobs), Ezra Miller (Las ventajas de ser un marginado), Colin Farrell (serie True detective), Samantha Morton (La señorita Julia), Ron Perlman (Stonewall), Jon Voight (serie Ray Donovan), Johnny Depp (Alicia a través del espejo) y Carmen Ejogo (Selma), entre otros.

También destaca La llegada, nueva propuesta de Denis Villeneuve (Sicario) que, en clave de ciencia ficción, narra cómo unas naves extraterrestres aterrizan inesperadamente en diversos puntos del planeta. Al frente del grupo de expertos que deberán averiguar el motivo de esta llegada está una lingüista que pondrá su vida y la de sus colaboradores en peligro para evitar la guerra mundial a la que parece abocada la Humanidad. Lo que no sabe es que con sus actos puede provocar algo peor que una guerra. Basada en la historia de Ted Chiang, la película cuenta con un reparto encabezado por Amy Adams (Big eyes), Jeremy Renner (Capitán América: Civil War), Forest Whitaker (V3nganza), Michael Stuhlbarg (El caso Fischer), Tzi Ma (Pali road) y Mark O’Brien (The dark stranger).

Otra de las propuestas procedentes de Hollywood es Como reinas, comedia de aventuras familiar cuyo argumento gira en torno a una viuda que recibe por error un cheque de la seguridad social de 900.000 dólares. Junto a su mejor amiga decide vivir el viaje de sus vidas en Gran Canaria, pero terminan convirtiéndose en fugitivas de la justicia y en la sensación de los medios. Andy Tennant (Exposados) se pone tras las cámaras de esta cinta que cuenta entre sus actores con Shirley MacLaine (La vida secreta de Walter Mitty), Jessica Lange (serie American Horror Story: Freak show), Demi Moore (Margin call), Judd Hirsch (Independence Day: Contraataque), Billy Connolly (Nuestro último verano en Escocia) y Matt Walsh (La oscuridad).

El terror tiene su máximo representante en El extraño, coproducción entre Estados Unidos y Corea del Sur que arranca cuando un pequeño pueblo se ve sacudido por una serie de extrañas y violentas muertes. Las supersticiones pronto señalan como culpable a un anciano que vive como un ermitaño cerca del pueblo desde hace poco tiempo. Escrita y dirigida por Na Hong-ji (Hwanghae), la película está protagonizada por Hwang Jung-min (New world), Kwak Do Won (Bereullin), Chun Woo-hee (Mother) y Jo Han-Cheol (48M).

Entre los estrenos europeos destaca Un traidor como los nuestros, coproducción anglofrancesa que adapta una novela de John le Carré y que, en clave de thriller, narra cómo una pareja de vacaciones en Marrakech se ve envuelta en un juego mortal de secretos y mentiras entre el Servicio Secreto Británico y la mafia rusa. Todo por entablar cierta amistad con un multimillonario ruso que resulta ser miembro de un clan mafioso y que parece tener especial interés en desvelar todos los secretos de su organización criminal. Susanna White (La niñera mágica y el Big Bang) dirige esta propuesta en la que destacan actores como Ewan McGregor (Mortdecai), Stellan Skarsgård (El médico), Damian Lewis (serie Homeland) y Naomie Harris (Spectre).

La comedia dramática de época está representada por Amor y amistad, nueva adaptación de una obra de Jane Austen, en este caso un relato corto, que narra los intentos de una mujer para desposar a su hija en 1790. Para ello viaja hasta la casa de campo de su familia política. Whit Stillman (Damiselas en apuros) adapta y dirige esta producción que cuenta con capital irlandés, francés y holandés, y en cuyo reparto encontramos a Kate Beckinsale (Absolutamente todo), Chloë Sevigny (serie American Horror Story: Hotel), Xavier Samuel (Corazones de acero), Stephen Fry (El hombre que conocía el infinito), James Fleet (Mr. Turner), Jemma Redgrave (serie Doctor Who) y Emma Greenwell (Holy Ghost People).

Puramente francesa es La doctora de Brest, adaptación del libro de Irène Frachon que, en clave dramática, narra la lucha de esta doctora contra todo el sistema sanitario por desvelar los efectos mortales de un fármaco aprobado por el Estado después de que se produzcan sospechosas muertes de varios pacientes. Dirigida por Emmanuelle Bercot (La cabeza alta), la película está protagonizada por Sidse Babett Knudsen (El juez), Benoît Magimel (Pequeñas mentiras sin importancia), Charlotte Laemmel (Apnée), Isabelle de Hertogh (Hasta la vista) y Gustave Kervern (Simon).

De 2015 es la española La isla del viento, retrato biográfico de Miguel de Unamuno durante su exilio en Formentera por su oposición a la dictadura de Primo de Rivera, experiencia que transformó por completo al escritor. Tras las cámaras encontramos a Manuel Menchón, que debuta de este modo en el largometraje de ficción, mientras que en el reparto destacan los nombres de José Luis Gómez (Los abrazos rotos), Víctor Clavijo (Silencio en la nieve), Ciro Miró (Nadie quiere la noche), Ruth Armas (Casting) y Ana Celentano (Olvidados).

Con algo de retraso llega la comedia griega Chevalier, producción de 2015 que comienza cuando un grupo de amigos que van a pescar al Egeo en un lujoso yate inician un juego con el que llegarán a convertirse en rivales. Al finalizar el juego, aquel que demuestre ser el mejor hombre se llevará el anillo e la victoria. Athina Rachel Tsangari (Attenberg) dirige este film que cuenta entre sus actores con Giannis Drakopoulos (Oi aities ton pragmaton), Kostas Filippoglou (Gia panta), Yiorgos Kendros (Sta oria), Panos Koronis (Antes del anochecer) y Vangelis Mourikis (Magic men).

Con más retraso todavía se estrena Guerrera (sangre y honor), drama alemán realizado en 2011 por David Wnendt (Hanging on) que gira en torno a una joven neonazi cuyo día a día se desarrolla entre el odio a los extranjeros, a los judíos y a los policías, el alcohol y las peleas. Todo cambia cuando conoce a un refugiado afgano con el que aprenderá que la vida nunca es en blanco y negro. Alina Levshin (Krankheit der Jugend), Jella Haase (Lollipop monster), Sayed Ahmad, Gerdy Zint (Shahada) y Lukas Steltner (Abgebrannt) son los principales actores.

El último de los estrenos de ficción es la mexicana Tamara y la Catarina, cinta que aborda la relación de dos mujeres que encontrarán en el apoyo mutuo un espacio donde no sentirse unas parias y una forma de existir más allá de sus errores y su condición. Escrito y dirigido por Lucía Carreras (Nos vemos, papá), este drama está protagonizado por Gustavo Sánchez Parra (El elegido), Angelina Peláez (Visitantes), Harold Torres (La carga), Alberto Trujillo (Halley), Ángeles Cruz (Marcelino Pan y Vino) y Cecilia Cantú.

En lo que a documental se refiere destaca Omega, cinta española dirigida a cuatro manos por Gervasio Iglesias y José Sánchez-Montes, productores de La isla mínima (2014), que se centra en un proyecto musical que rompió moldes en los noventa. Fusión de flamenco y rock, llegó de la mano de Enrique Morente y Lagartija Nick, fusionando las poesías de Federico García Lorca y las partituras de Leonard Cohen.

También español es el documental In the same boat, dirigido por Rudy Gnutti, quien debuta en el largometraje cinematográfico con esta obra que utiliza un barco en alta mar como metáfora del futuro que se abre ante la Humanidad, que puede utilizar los avances tecnológicos para lograr un mundo más justo, pero que afronta importantes retos que podrían convertirse en amenazas.

‘Homeland’ cierra ciclo y rompe todos los esquemas en su 3ª T


La tercera temporada de 'Homeland' supone un antes y un después en la serie.Hace casi un año la segunda temporada de Homeland dejaba sin aliento a sus seguidores en todo el mundo. Por aquel entonces confesaba que su inicio no había sido todo lo adictivo que podía ser, al menos en los primeros tres episodios. Sin embargo, y guiados por una lógica fría, calculada y aplastante, los guionistas habían logrado aportar giros dramáticos impactantes y soberbios, concluyendo con ese final de difícil asimilación. Ahora toca hablar del mundo tras el ataque terrorista en la tercera temporada, y curiosamente posee más o menos el mismo desarrollo, aunque los efectos de su conclusión son mucho más devastadores dramáticamente hablando. Tanto que, en cierto modo, debe hablarse de un fin de ciclo.

Antes de analizar cualquier otro aspecto, es conveniente explicar el porqué de la expresión “fin de ciclo”. Para aquellos que no hayan visto todavía la serie, tranquilos, no desvelaremos nada. Si bien es cierto que muchos espectadores hemos identificado la serie con el terrorismo y esa premisa inicial tan interesante sobre un marine norteamericano convertido en radical islamista, hay que aclarar que era solo eso, una premisa. La serie es, en realidad, un retrato de la lucha terrorista de la agencia de inteligencia de Estados Unidos. En este sentido, la trama descansa sobre los hombros de la protagonista, y eso es algo que, aunque pueda no apreciarse durante el desarrollo de la producción, sí es algo que se percibe si se echa una ojeada a todo lo sucedido. Los 12 episodios de esta temporada dejan patente que es ella el verdadero interés del conjunto, independientemente de que los secundarios, de lo mejor que se puede ver en televisión ahora mismo, tengan un peso específico enorme, lo cual plantea numerosas dudas sobre el futuro de la serie. Pero de eso hablaremos más adelante.

Narrativamente hablando, esta tercera entrega se ha hecho esperar, al menos para las previsiones de la mayoría de espectadores. La ausencia del personaje de Damian Lewis (Alta sociedad), quien por cierto alcanza un nivel interpretativo excepcional en estos episodios, así como la atención que se otorga a su familia, en especial a la hija, han generado una ansiedad lógica y, hasta cierto punto, esperada, por no abordar de lleno los acontecimientos que cerraban la trama de la segunda temporada. Hay que decir, empero, que esta no es una serie al uso. El breve resumen que hacía más arriba de la segunda temporada no era gratuito. La estructura dramática de Homeland se ha caracterizado por una presentación de los hechos un tanto indirecta, tangencial si se prefiere, ofreciendo una imagen más o menos anodina para luego revelar las verdaderas cartas que protagonizan este juego.

Dichas cartas son, en estos episodios, la primera pieza de un plan para acabar con la situación iraní a nivel internacional. Y como buena trama de espionaje, los acontecimientos y los puntos de giro juegan en todo momento con el espectador, obligándole a pensar en un sentido para revelarle otra realidad muy distinta. Es por eso que cuando la serie muestra su verdadera naturaleza la atracción se multiplica de forma proporcional a lo visto anteriormente. Y es por eso también que la trama secundaria de la hija es tan importante. Sé que esto puede resultar absurdo, pero es así. Sin esa constante presencia de los dramas adolescentes del personaje de Morgan Saylor (El circo de los extraños), quien por cierto no le hace ningún bien a la serie, las decisiones posteriores de Brody o el chantaje emocional que realiza Carrie Mathison (de nuevo Claire Danes en estado de gracia) no habrían tenido el impacto que tienen. Incluso me atrevería a decir que sin la ruptura total con su pasado, personalizado en la figura de la hija muy ligada emocionalmente, la resolución no habría sido tan increíblemente sólida.

Por mucho que pueda parecer lo contrario, todo en Homeland está interconectado. Ese es uno de sus mayores éxitos y uno de los motivos por los que se destaca del resto. Todo, desde un pequeño detalle en una trama secundaria hasta una revelación fundamental en la historia principal, está destinado a justificar la forma de resolver la trama. Es por eso que para acceder a la serie deben dejarse prejuicios o experiencias previas que se tengan en producciones similares, pues nada es lo que parece. Una historia tan aparentemente insustancial como el drama familiar del personaje de Saylor ayuda a encontrar las motivaciones principales de los protagonistas; los conflictos familiares del personaje de Mandy Patinkin (La princesa prometida) son la clave para iniciar la operación con la que desbloquear Irán; incluso la odisea que sufre Brody en Sudamérica y que, a priori, nada tiene que ver con la CIA, generan una revelación de lo más interesante que modifica el prima con el que debe verse la serie.

Un futuro peligroso

Está claro que estamos ante una serie excepcional en todos sus aspectos. Tanto la temporada que aquí abordamos como su predecesora son claros ejemplos de que una historia debe tener vida propia, de que sus personajes no deben estar atados por convencionalismos dramáticos que les obliguen a actuar de forma distinta a su naturaleza. Y mucho menos que les eximan de responder por sus actos. Siendo sinceros, he de reconocer que la conclusión del último episodio fue un impacto se mire por donde se mire. Tal vez fuese algo que, en cierto modo, se venía preparando desde algunos episodios antes (desde luego, no genera tanto impacto con el atentado), pero sus secuelas son mucho más duraderas y profundas. No quiero decir con esto que no sea una final apropiado. Es más, es el único posible. La valentía de afrontarlo sin paliativos de ningún tipo es digna de aplaudirse, sobre todo teniendo en cuenta las numerosas presiones que con toda probabilidad hubo por parte de los responsables de emitirla.

Pero esto, aun a riesgo de resultar repetitivo, es Homeland, y al igual que otras series como Boardwalk Empire, no tiene miedo de explorar nuevos territorios dramáticos. Eso sí, siempre dentro de sus propios límites y sabiendo en todo momento cuáles son sus fortalezas y sus debilidades, quiénes son sus protagonistas y sus verdaderos argumentos. Esto le permite jugar al ratón y al gato, ofreciendo una experiencia única que alcanza cotas extrañamente desconcertantes en esta tercera temporada. El problema es el conjunto de preguntas sin respuesta que siempre deja en el aire (algo que, por cierto, también contribuye a engrandecer su presencia). Si la segunda temporada era impactante y sorprendente, esta se vuelve intrigante y dramáticamente irremediable. Un final que, sin lugar a dudas, marca un antes y un después en la serie, y que obliga a replantear numerosas cuestiones en torno a los personajes y sus posiciones en la trama.

La forma de concluir los arcos dramáticos de los principales integrantes del reparto (Danes, Lewis y Patinkin) obliga a pensar que sus relaciones y sus participaciones en la serie serán radicalmente distintas. En algunos casos posiblemente se reduzca a la mínima expresión (en otros ni siquiera existirá). Esto abre una abanico de posibilidades no solo desde un punto de vista argumental (parece que se juega con la idea de centrar la atención en Iraq), sino también a la hora de incorporar nuevos personajes, algunos de los cuales ya han tenido presencia en esta tercera temporada. Este es, por cierto, un aspecto que la serie necesita cuidar. Muchos de los secundarios que adquieren un cierto peso en las tramas tienden a diluirse a medida que su participación se aleja de la zona de influencia de la protagonista, relegándose a apariciones esporádicas que contrastan con la importancia que se les otorga en dichos momentos.

Claro que es un problema menor, pues la intensidad de la trama es tal que pocas veces importa el destino de estos personajes y sus respectivas tramas. Sea como fuere, Homeland ha cerrado un arco argumental en esta su tercera temporada, y lo ha hecho de una forma tan brutal y maravillosamente lógica que ha puesto patas arriba todas las previsiones y convenciones que puedan existir (algo parecido pasó en la temporada anterior). Muchos pensarán que este es el fin de la serie, pero ya se está trabajando en la cuarta temporada. Ahora las dudas recaen en este futuro inminente y peligroso de una serie que se enfrenta a dos caminos distintos: continuar (o mejorar) su calidad dramática, o convertirse en un producto mediocre a la sombra de sus tres primeras y excepcionales temporadas. En todo caso, el resultado será el mismo: redefinirse.

‘Homeland’ da un vuelco lógico a su trama en su segunda temporada


El final de la segunda temporada de 'Homeland' destruye la CIA.Si he de ser sincero, la segunda temporada de esa obra de arte que es Homeland me parecía, en su puesta en escena, menos impactante que la primera temporada. No quiero decir con esto que no sea igual de intensa. De hecho, supera con creces el drama, la tensión y los giros dramáticos profundos que tenían los 12 episodios anteriores. Pero sí daba la sensación de que, capítulo tras capítulo, las revelaciones sorprendentes e inesperadas habían desaparecido. Debo entonar un merecido mea culpa por dudar de la capacidad de los creadores de la serie. No solo ha tenido un desarrollo capaz de dejar anonadado al espectador capítulo tras capítulo. Es que con la conclusión de la temporada rompen todos los esquemas habidos y por haber en la dramatización de cualquier historia, situando el punto de giro más importante justo antes de finalizar la trama. Una muestra más de que estamos ante uno de esos productos diferentes, únicos y coherentes que abundan poco en la televisión y el cine.

Puede que lo más destacable de todo el producto sea, precisamente, su coherencia. Al igual que ocurre con otras series como Boardwalk Empire, existe una ausencia total de miedo escénico a la hora de afrontar los caminos por los que transita la historia y el desarrollo emocional de los personajes. Si hay que enfrentar al protagonista a su moral terrorista, se hace, aunque haya que romper con el argumento básico de la serie; si hay que torturar a la agente de la CIA protagonista, pues se la tortura. Y si hay que destruir la CIA para convertir al principal villano de la producción en el buen y acosado militar que debe esconderse en la tercera temporada, pues se hace. Y se hace a lo grande, como todo lo sucedido en este thriller. Es este acontecimiento el final de una temporada brillante, un punto y aparte en la historia que pone patas arriba todo lo acontecido hasta ahora, con una sede de inteligencia tocada de muerte (como puede verse en la imagen) y con nuevos y suculentos sospechosos de terrorismo infiltrado en esta guerra que, con acierto, se describe en estos ya 24 episodios.

Disfrutar de Homeland es disfrutar de una coherencia narrativa que pocas veces se consigue en una producción audiovisual. Porque si los guionistas no tienen reparos en afrontar situaciones complejas desde un punto de vista dramático, muchos menos tienen a la hora de adaptar a los personajes a dichas situaciones, modificando no solo sus puntos de vista, cada vez menos simples (si es que alguna vez lo fueron), sino las relaciones entre ellos. En este sentido, la segunda temporada deja para la posteridad algunos momentos que ocuparán, o deberían ocupar, un puesto relevante en la historia de la televisión. Sin ir más lejos, el interrogatorio al protagonista donde este confiesa, entre lágrimas y una derrota moral apabullante, los planes a futuro del terrorista más buscado de Norteamérica (y que, a falta de Bin Laden, responde al nombre de Abu Nazir). Pero hay mucho más, como el asesinato del Vicepresidente de los Estados Unidos o la ya citada bomba en la CIA.

Todos ellos, hilados con mano firme entre numerosas líneas argumentales secundarias cuya incidencia en la principal es bastante notable, conforman un entramado tan complejo como deleitable, tan intenso como sencillo de atender. En esta dualidad radica el gran atractivo de la serie. Con un tema tan puramente norteamericano como es el ataque en su propio suelo de terroristas islamistas consigue atrapar al espectador en una telaraña de intereses, amenazas y sentimientos encontrados que ni el mejor cine negro podría lograr. Y en esto, por suerte, no solo cuenta con unos guiones impecables.

Los actores, de buenos y malos

Antes mencionaba que esta segunda temporada ha tenido cambios dramáticos en estratos muy profundos. Dichos cambios se han producido, sobre todo, en el ámbito emocional y psicológico de los personajes, tanto en los principales como en los secundarios. Empero, el mayor cambio se ha producido en Nicholas Brody, marine norteamericano convertido a terrorista que interpreta Damian Lewis (Hermanos de sangre) y que, casi por arte de magia, termina convertido en fugitivo, inocente de un atroz crimen que se le imputa por falsas pruebas. Un cambio de 180 grados que, como todo en la vida, tiene su lado oscuro y no es, ni mucho menos, así de simple.

Junto con Carrie Mathison (una Claire Danes menos radical y paranoica), es el personaje más complicado. Su moralidad, como la de cualquier ser humano, no es blanca o negra, sino que está compuesta por una serie de tonalidades grises que lo hacen mucho más cercano a la realidad, más vulnerable y al mismo tiempo más accesible en sus decisiones y sus diatribas. Es gracias a esta falta de prejuicios de los creadores que el espectador puede empatizar con un terrorista, hasta el punto de aceptar sus motivaciones y convertirlo en el bueno de la historia, posición que parece ocupará en la tercera temporada (visto lo visto en estos episodios, la verdad es que nadie puede hacer una apuesta segura).

Incluso las nuevas incorporaciones al elenco, algunas más destacas que otras, poseen un grado de complejidad pocas veces visto. Si hubiese que etiquetar algún aspecto de categoría inferior al resto, ese podría ser el de los terroristas que trabajan para Nazir (sobrio Navid Negahban), delineados con poca o ninguna profundidad dramática, aunque lo cierto es que tampoco existe el tiempo necesario para ello. Por lo demás, la evolución dramática de los secundarios ya conocidos (como la relación de Brody con su familia, cada vez más degradada) y la de los nuevos personajes (sobre todo Peter Quinn, con los rasgos de Rupert Friend) no solo está a la altura de los acontecimientos, sino que demuestran que el mundo creado en la serie tiene vida propia y casi independiente al control de los guionistas.

Esta segunda temporada confirma a Homeland como uno de los mejores productos de los últimos años. Su solidez narrativa y la valentía a la hora de afrontar cambios importantes en su desarrollo dramático la convierten en un producto de obligado visionado y dejan al espectador en una situación total de indefensión. Indefensión entendida como una falta total de previsión de los acontecimientos, lo que obliga a entregarse al devenir natural de lo que vaya a ocurrir. Solo queda, por tanto, maravillarse de los intensos diálogos y las impactantes revelaciones, y esperar la resolución del imprescindible giro dramático final de esta segunda temporada.

‘Homeland’ destrona a ‘Mad Men’ en la 64 edición de los Emmy


Desconozco si en la reciente entrega de los premios Emmy (la edición número 64) han tenido algo que ver la reciente muerte del embajador norteamericano en Libia, las declaraciones del presidente Barack Obama sobre sus gustos televisivos o la sensibilidad a flor de piel, 11 años después, que mantienen los estadounidenses a raíz del 11-S. Lo más probable es que todo eso no sean más que tonterías con las que se especula para poner más morbo a un hecho bastante simple: una magnífica obra como Homeland le ha arrebatado el trono de las series de televisión a otra gran obra de la pequeña pantalla como es Mad Men. La otra gran triunfadora, como viene siendo habitual, fue Modern Family.

Particularmente soy de la opinión de que el terror a otro atentado dentro de las fronteras de Estados Unidos ha tenido mucho que ver en la decisión, pues la forma en la que aborda el terrorismo, el islamismo y el trabajo del espionaje la serie protagonizada por Damian Lewis (Una vida por delante) y Claire Danes (Stardust), ambos ganadores de un premio, es impecable, dejando en cada capítulo, en cada giro argumental, una duda razonable sobre la moralidad de las decisiones del marine converso. Si a esto se suma el otro factor, el de la lucha antiterrorista, se obtiene un producto que explora todos y cada uno de los rincones del sentir norteamericano, desde el miedo a fallar en la defensa del país hasta grupos sociales como el núcleo familiar.

En cierto sentido, es el tratamiento de este núcleo familiar el que ha hecho que la comedia Modern Family sea una de las más reconocidas de los últimos años, y en esta ocasión ha vuelto a demostrar que los próximos proyectos necesitarán de todas sus armas si quieren acabar con el reinado de esta particular familia. Ni siquiera estrenos tan sonados como GirlsVeep han conseguido hacer tambalear el mito de esta serie.

Aunque puede que la mayor sorpresa fuese la de Mejor Serie Dramática, sobre todo si se tienen en cuenta algunas de las candidatas (Boardwalk EmpireBreaking BadJuego de tronos), no han sido menos sorprendentes algunos galardones de actores y actrices. Sin ir más lejos, Jim Parsons, el ya icónico e inolvidable Sheldon Cooper de The Big Bang Theory se quedó sin su tercer Emmy consecutivo como Mejor Actor de Comedia, premio que fue a parar a Jon Cryer por Dos hombres y medio.

La política ha sido, junto a la familia, otro de los temas que más presencia han tenido en los ganadores. La propia Homeland posee una buena carga de crítica y radiografía política, pero no es la única. Una veterana de la comedia como Julia Louise-Dreyfus (serie Seinfield) fue premiada como Mejor Actriz por la ya mencionada Veep, una especie de crónica de la vida de la vicepresidenta de Estados Unidos con un estilo visual y humorístico muy particular de los norteamericanos… tal vez demasiado particular. Por otro lado, Game Change, que relata la vida de Sara Palin durante las elecciones del 2008, se llevó dos premios, uno a Mejor Miniserie o Película, y otro a Mejor Actriz en esta categoría, que fue a las manos de Julianne Moore (Hannibal).

En cualquier caso, esta 64 edición de los Emmy abren la puerta a un cambio en el panorama televisivo, monopolizado en cuestión de premios durante los últimos años. Homeland se convierte así en la punta de lanza de una serie de productos de la pequeña pantalla de una altísima calidad que ven cómo sus posibilidades de ser reconocidos algún día con este galardón crecen notablemente. Lo mejor de todo es que en esta pugna siempre gana el mismo dada la calidad dramática de los candidatos y la sobresaliente factura técnica que están alcanzando las series de televisión. Me refiero, claro está, al espectador.

Relación de candidatos y premiados en la 64 edición de los premios Emmy

El mayor miedo de Estados Unidos toma forma con ‘Homeland’


Que el 11-S ha marcado a los estadounidenses ha sido algo evidente desde que se produjo el atentado. La política internacional ha estado basada, casi en exclusiva, en detener a los islamistas. Pero el cine y la televisión, sobre todo esta última, han tardado algo más en hacerse eco de las consecuencias devastadoras que tuvo la masacre. Y, como era de esperar, no lo han hecho desde un punto de vista político, sino social. Muchas de las ideas, además, dejan entrever la teoría de que detrás de cualquier atentado en suelo norteamericano hay responsables de las altas esferas del país. La reciente Revenge es una muestra de ello, si bien algo velada por las venganzas, los amores y las traiciones personales. El caso de Homeland, uno de los títulos más importantes del 2012, es bien distinto, y aborda de forma más clara ese concepto del traidor oculto entre la sociedad que amenaza la seguridad del país.

De hecho, posiblemente ponga en imágenes uno de los mayores miedos de Estados Unidos, si no el mayor: la conversión a la causa islamista de un soldado que ha jurado defender la bandera de rayas y estrellas, y las sospechas de la CIA acerca de sus verdaderas intenciones cuando, tras ocho años de cautiverio, regresa a casa de forma casi milagrosa. Intrigas, sospechas e informaciones ocultas que poco a poco van saliendo a la luz son las bazas de este tipo de historias, y la serie protagonizada por Claire Danes (Stardust) y Damian Lewis (Hermanos de sangre) no renuncia a ellas, sino todo lo contrario: las explota de forma excepcional haciendo al espectador partícipe de la paranoia de la espía protagonista.

Es este uno de los pilares más sólidos de todos los episodios. Los guionistas estructuran los diversos arcos narrativos de forma harto sutil, controlando en todo momento lo que quieren mostrar para generar una idea falsa o dar pistas sobre la evolución de cada uno de los personajes. Un juego, en definitiva, en el que el espectador entra con la intención de resolverlo antes de verlo en pantalla, pero que nunca llega a conseguirlo por la cantidad de ases escondidos en las mangas de los creadores. Junto a esto, los continuos saltos temporales entre presente y pasado, en lugar de aclarar algunos acontecimientos, generan nuevos giros argumentales tan coherentes como inesperados.

Hemos mencionado antes la paranoia que acosa constantemente al personaje de Danes. Más allá de que la actriz se muestra un tanto sobreactuada en algunos momentos, forzada en buena medida por un personaje extremo al más puro estilo Sarah Lund en Forbrydelsen, la impotencia de ver cómo sus teorías, que comienzan con buen pie, son desbaratadas una vez tras otra, provoca que el espectador realice sus propias elucubraciones sobre posibles villanos infiltrados en las filas de los buenos de la función. Una consecuencia lógica de un trama tan bien armada que encuentra el corazón en una idea imprevisible aunque sencilla vista a posteriori.

Futuros atentados

Estos primeros 12 episodios enfocan constantemente hacia una dirección: un atentado focalizado en una persona aunque con múltiples víctimas y con la venganza personal como sustrato. La resolución de los diversos arcos argumentales, que confluyen en un único escenario dramático, es empero uno de los momentos más perturbadores de la serie, y que abre la puerta a casi tantos interrogantes como los que se plantearon en el espléndido piloto de esta primera temporada.

Era de esperar que el atentado al que se hace referencia durante la trama no se produzca finalmente. Y, curiosamente, no es por motivos ideológicos (aunque existe un pequeño resquicio de que la conversión del soldado no fuera del todo satisfactoria), sino por la familia, ese pilar fundamental de la sociedad norteamericana que en esta ocasión evoluciona desde la ruptura y el desasosiego hasta la unión férrea y el mensaje de que lo más importante es la unidad de este núcleo social. Así y todo, es precisamente este elemento el que provoca una evolución de los acontecimientos más peligrosa si cabe, dejando la puerta abierta a un tipo de terrorismo ideológico con el que no se especulaba desde la lucha contra el comunismo.

Puede que Homeland no cuente con una labor interpretativa de alto nivel (aunque sí hay momentos de auténtico deleite), pero la magnífica definición de personajes, cada uno con la grandeza que otorgan las miserias personales, integrada en una trama con giros argumentales sólidos y bien repartidos, convierten a esta trama de espionaje y terrorismo en uno de los mejores programas de la parrilla televisiva.

Diccineario

Cine y palabras

A %d blogueros les gusta esto: