‘Vikingos’ se apoya en la religión para engrandecer su trama en la 2ª T


George Blagden y Travis Fimmel escenifican el choque de creencias en la segunda temporada de 'Vikingos'.He de confesar que la segunda temporada de Vikingos me ha dejado, desde un punto de vista puramente personal, una sensación extraña. Por un lado, la mejor noticia de estos 10 episodios es que van a tener más desarrollo en otra temporada. Por otro, existe un cierto desánimo al comprender que habrá que esperar varios meses hasta que eso ocurra. Porque si la primera temporada era un ejercicio notable de dramatización histórica, esta nueva entrega se erige más como un trabajo de intriga y suspense, de traiciones e intereses enfrentados, brillante e imprescindible, capaz de jugar con el espectador incluso cuando le da las pistas suficientes para que intuya el lugar y las verdaderas intenciones de cada personaje. Todo gracias a un trabajo, fundamentalmente, de desarrollo dramático de los roles principales.

Algo en lo que, lógicamente, tiene mucho que ver el creador de la serie, Michael Hirst (serie Los Tudor), cuyo amor por contar la Historia de forma creíble y alejada de subjetivismos no hace sino acrecentar el valor de una producción como ésta. Eso no quiere decir que no se distingan entre héroes y villanos, claro está, pero es su forma de tratar los conflictos lo que le lleva a distinguirse de productos que, en cierto modo, son mucho más lineales en ese sentido. Esta nueva temporada, que continúa con el ascenso de Ragnar Lothbrok (de nuevo un magistral Travis Fimmel) y su deseo por atacar Inglaterra, ofrece al espectador una visión mucho más compleja del conflicto entre vikingos e ingleses, y lo hace a través de algo tan sencillo y universal como la religión, utilizando para ello a tres personajes fundamentales: el propio Ragnar, el monje interpretado por George Blagden (Los miserables) y el rey Ecbert de Wessex, al que da vida Linus Roache (Non-Stop).

Gracias a ellos, Vikingos se convierte en algo más que un estudio sobre la cultura y costumbres nórdicas para derivar en una reflexión sobre las creencias, los dioses a los que adora cada cultura y, sobre todo, la ignorancia e intolerancia de aquellos hombres que no ven más allá de lo que su mitología les cuenta. Teniendo esto en cuenta, esta segunda temporada logra engrandecer la figura del protagonista al convertirle en un individuo de una inteligencia fuera de lo común. Inteligencia que va más allá del campo de batalla o de las intrigas palaciegas. Como ya se apreció en la primera parte, el personaje de Fimmel, a quien se le ha podido ver en The experiment (2010), es un hombre curioso, inquieto, cuyo único objetivo es lograr unas condiciones de vida mejores. Su constante apuesta por el diálogo y el acuerdo contrastan notablemente con la idea que siempre se ha tenido de la cultura vikinga, más si tenemos en cuenta que los secundarios principales tienen tendencia a usar la violencia antes que la cabeza.

Empero, la genialidad de Hirst no reside tanto en esto como en el hecho de establecer una comparación bastante curiosa de las dos culturas. Vikingos y cristianos se definen como grupos sociales fanáticos e incapaces de ver más allá de lo que sus creencias les dictan. Lejos de poseer rasgos diferenciadores, ambas culturas se muestran muy similares, capaces de las mayores atrocidades en nombre de unos dioses que uno y otro bando tachan de falsos. No hay más que tomar dos de los acontecimientos más violentos y salvajes de la temporada para comprender que las diferencias entre ambos mundos no son tantas. Me refiero, claro está, a la crucifixión y al águila de sangre, dos métodos de tortura que, cada uno en su estilo, denotan un gusto por la sangre y la violencia igual de bárbaro para aquellos a los que se considera traidores. Pero como uno se puede imaginar, son muchas más las conexiones entre ambos mundos, entre ellas las similitudes entre los personajes de Roache y Fimmel (un futuro enfrentamiento entre ambos será algo digno de analizar) y, sobre todo, el personaje de Blagden, verdadero nexo de unión de ambos mundos y cuyo debate espiritual es síntoma más que evidente de las similitudes entre todas las religiones.

Intriga perfecta

Pero dejando a un lado tratamientos y personajes históricos que se dan cita en esta nueva temporada, lo más llamativo de Vikingos es su desarrollo dramático, un ejemplo de suspense formal que debería ser estudiado varias veces antes de escribir una sola palabra de un thriller, sea el que sea. Y no porque la trama sea capaz de ocultar sus verdaderas intenciones al espectador; ni siquiera porque tenga un giro de última hora en su tercio final. Suele decirse que la magia consiste desviar la atención hacia una mano para, con la otra, hacer el truco. Bueno, pues Hirst podría ser calificado de mago. Prácticamente desde su primer episodio la serie presenta a un héroe atacado, preso de sus pactos de lealtad y asediado por traiciones de los que antaño fueron sus aliados, entre ellos un Floki que vuelve a erigirse como uno de los pilares de la producción gracias al trabajo del actor Gustaf Skarsgård (Kon-Tiki).

Comenzando por su hermano, al que vuelve a dar vida de forma imponente Clive Standen (Namastey London), y terminando por su primera esposa, una imprescindible Katheryn Winnick (Tipos legales), el mundo que rodea a Ragnar se derrumba de forma progresiva a medida que avanza la trama. Apenas existen momentos de satisfacción personal para el personaje, lo que por cierto acentúa el carácter dramático y derrotista de su viaje. Los guionistas aprovechan estos acontecimientos iniciales para generar la idea de incertidumbre, de vulnerabilidad en el héroe y, sobre todo, para hacer olvidar su inteligencia. Y de hecho lo logran a tenor del resultado final, que si bien no es una sorpresa mayúscula, si es un tanto inesperado. Estos primero momentos sirven, como digo, para introducir una serie de detalles de la trama que la reconducen por donde los creadores pretenden, y que pasan fundamentalmente por mostrar únicamente las intenciones del personaje de Donal Logue (serie Copper), situando al protagonista como epicentro de las intrigas. Esto puede provocar, como de hecho ocurre, que algunos hechos de la trama no encuentren una explicación lógica, y este es uno de los pocos reproches que se le puede hacer a la serie. Si es que es un reproche, claro.

Este desarrollo de la trama principal, además, cuenta con el apoyo de las numerosas tramas secundarias, cuyo objetivo no es otro que consolidar la idea de que los conflictos alrededor del personaje de Fimmel se multiplican de forma exponencial. La traición de su hermano, el divorcio de su primera mujer, la guerra en Inglaterra, la traición de sus amigos, el incremento de su familia o los ataques a su pueblo crean un marco perfecto para el drama en el que se ve sumido el personaje. Curiosamente, en medio de la temporada este drama pasa a ser una ficción absoluta, y Hirst deja las pistas suficientes al espectador para que este ate los cabos necesarios. La genialidad de su desarrollo reside, no obstante, en que a pesar de esas pistas, a pesar de que puede llegar a intuirse el juego de poder que se establece entre los personajes, el clímax del episodio final funciona a la perfección. Puede que incluso mejor. Un clímax que puede verse varias veces de forma sucesiva sin llegar a resultar obvio, lo que da una idea de la magnitud de lo construido a lo largo de la temporada. Pocas veces un desenlace ha sido tan planificado a lo largo de los episodios previos.

Se puede decir, por tanto, que esta segunda temporada de Vikingos es notablemente mejor que su predecesora desde todos los puntos de vista, sobre todo del dramático. La apuesta por centrar la atención en la religión y el tratamiento que se hace del suspense otorgan una mayor entidad a la serie, que más allá de combates espectaculares y unos actores en estado de gracia, ofrece un trasfondo social y político muy interesante. La única nota discordante no pertenece al contenido de la serie, sino a su formato. Al igual que ocurre con Juego de Tronos, una producción de estas características, con un nivel artístico, narrativo y formal que roza la perfección, no puede tener temporadas tan cortas y con un desarrollo tan acentuado, pues la espera hasta la siguiente tanda de episodios puede hacerse tan eterna como los banquetes del Valhalla.

‘La vida de Brian’, ironía y crítica modernas en una parodia bíblica


La crucifixión final de 'La vida de Brian', uno de los momentos más recordados del cine.La comedia está repleta de nombres inmortales que han convertido al género en lo que es. Dejando a un lado los protagonistas del cine mudo, directores como Billy Wilder (Con faldas y a lo loco), actores como Jerry Lewis (El profesor chiflado) o el grupo Monty Phyton se han erigido en iconos de un tipo de comedia muy concreto. Si el primero suele asociarse al enredo y la comedia de situación, el segundo es un referente en el humor más físico. Los terceros, sin embargo, hicieron del humor ácido y crítico su bandera. Hoy jueves, 21 de noviembre de 2013, el grupo anuncia su regreso tras décadas de inactividad (al menos en conjunto), una noticia que se espera con interés en algunos círculos. Por ese motivo, desde Toma Dos vamos a abordar algunas de las claves de su particular visión de la comedia en la que posiblemente sea su película más importante, La vida de Brian (1979).

Dirigido por Terry Jones (Los caballeros de la mesa cuadrada y sus locos seguidores), el film es una parodia del cine religioso y, en líneas generales, de la religión católica. El protagonista de la cinta, Brian, ha sido marcado desde que nació. Su sino es ser confundido con el mesías. No es de extrañar, pues nació el día de Navidad en un establo muy próximo al verdadero mesías. A medida que se va haciendo adulto los malentendidos se irán haciendo cada vez mayores y más importantes, hasta el punto de que su vida se convertirá en un pálido reflejo de la que tuvo Jesucristo. De esta breve sinopsis se desprenden algunos de los pilares narrativos presentes en todas sus obras, que se completan con una visión muy crítica de lo absurdo de la sociedad actual, por mucho que esté ambientado en el Imperio Romano.

Así, La vida de Brian parte de la idea que tenían Graham Chapman (El sentido de la vida), John Cleese (Un pez llamado Wanda), Terry Gilliam (Doce monos), Eric Idle (Casper), Michael Palin (Brazil) y el propio Jones de que el humor debía partir de la ironía que existía en las grandes historias a través de los detalles que las componen. No se trata de crear gags visuales; nadie tiene que estamparse contra una pared para provocar una risa. Basta simplemente con diálogos que reflejen el absurdo comportamiento del ser humano en determinadas situaciones. El hecho de que el film tome como excusa la historia bíblica de Jesús no es sino una excusa para criticar, siempre con el humor inglés que caracterizó al grupo, algunos de los aspectos del ser humano más ridículos.

Esa reducción al absurdo de problemas sociales como los ídolos de barro, los falsos profetas o las escisiones políticas para crear nuevos grupos que, en el fondo, solo se distinguen en detalles insignificantes, ofrecen una imagen global de una sociedad incongruente, individualista y al mismo tiempo necesitada de creer en algo más que en sí misma. De ahí que se idolatren individuos que llegan a donde están por circunstancias, por carambolas que, en otro contexto y situación, tal vez no llegarían a ningún sitio. Ejemplos en la película hay muchos: ese falso milagro con el hombre que llevaba décadas sin hablar, la adoración de una zapatilla o, en otro orden, esas extrañas organizaciones pseudopolíticas cristianas que nunca dejan de debatir sin llegar a conclusiones claras.

El humor cotidiano

Ese es, sin duda, el punto fuerte de este clásico de la comedia. La vida de Brian termina siendo el reflejo de una sociedad paródica, ridícula, que sitúa a un individuo como centro de todas sus esperanzas y, al mismo tiempo, de todos sus males. Y mientras tanto, problemas más reales (algunos de ellos mostrados en el film, aunque solo sea de forma testimonial), son relegados a un segundo plano. El resultado, al igual que ocurre en la Biblia, es la condena de un hombre inocente que, en el caso del film, tiene la mala suerte de atraer miradas que no desea, buscando únicamente cosas tan sencillas como integrarse en algún grupo o gustarle a una chica.

Pero el humor de los Monty Phyton no se limita únicamente a la crítica de estos valores o, mejor dicho, de estos comportamientos. Otra de las claves de su obra es la cotidianidad de sus situaciones cómicas, la rutina de muchos de sus giros narrativos y de sus gags visuales. Momentos como el anuncio de Pilatos ante una multitud que se congrega únicamente para reírse de él, o el que tiene lugar en los angostos pasillos de las prisiones para que los condenados sigan las instrucciones para una correcta crucifixión dan cuenta no solo de esa ironía que antes mencionábamos, sino de la imagen habitual de situaciones extraordinarias y trágicas. Lejos de considerarlo falta de sensibilidad, el grupo de cómicos se nutre de esto para ahondar aún más si cabe en el legado que el ser humano ha dejado a lo largo de su Historia, y que aún hoy sigue haciendo.

Gracias a esto, y al hecho de tomar como punto de partida las historias bíblicas, la película crea un panorama único en el que lo absurdo hace acto de presencia desde el primer momento, humanizando hasta situaciones casi grotescas situaciones como la lapidación, que es presentada como un espectáculo de masas prohibido a las mujeres (“porque está escrito”), pero al que acuden ellas casi en exclusiva disfrazadas con una barba. Por no hablar del final en la cruz, todo un resumen perfecto de la filosofía del humor de estos cómicos: la mejor forma de afrontar las peores situaciones es mirando el lado brillante de la vida. Dicho de otro modo, el humor es la mejor medicina para analizar, con una perspectiva amplia, los problemas que nos rodean.

Desde luego, La vida de Brian es un clásico, al igual que otros films de los Monty Python. Y lo es gracias a ese humor ácido del que hacen gala y que les permite no solo reírse de conceptos más o menos generales, sino bajarlos a un nivel más mundano para criticarlos. En este proceso son imprescindibles los detalles, pero no son lo que otorga fuerza a su humor. Es, por el contrario, el carácter mundano de las situaciones que presentan lo que genera el gag, lo que provoca el choque visual y conceptual que da lugar a la carcajada. Que una lapidación se considere casi como una oportunidad de fiesta, o que un encargado de prisiones despache a los condenados a crucifixión como si estuviera sellando impresos dan una idea de esta conversión en cotidiano lo extraordinario. Eso es en el fondo el humor de este grupo de cómicos que, como decía al inicio, anuncian hoy su regreso.

Diccineario

Cine y palabras

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